Richard Brautigan: hippy hippy pop
Novela Blackie Books da comienzo a su esperada “Biblioteca Brautigan” con la publicación de la segunda novela del dulce autor americano
Todavía soy capaz de recordar el seísmo Brautigan, la primera vez que le leí, y lo que sucedió después: yo, suspendido en el aire, los pies haciendo tolonc-tolonc-tolonc sin suelo que les sostuviese, como el Coyote de los dibujos animados. Y luego, la familiar erupción en el pecho, de nuevo el volcán del fanatismo incipiente empezando a escupir materia. El shock de leer a Richard Brautigan fue el típico salto de trampolín cambiavidas sobre el que tantas veces se ha escrito: la primera vez que alguien vió a Elvis por la TV en 1956, o a los Sex Pistols en directo, por ejemplo. Un mundo nuevo amanece, y de repente las barreras se esfuman y todo parece posible. De golpe, tras devorar aquel triple volúmen (A confederate general from Big Sur, Dreaming of Babylon y The Hawkline monster), vi con perfil diáfano ante mi narizota cómo escribir una novela, y me puse a ello sin dilación. El resultado fue un libro que hoy me inunda de una extraña sensación de sonrojo mezclado con simpatía: realmente parece un homenaje a Brautigan, así de patente es la influencia, el tono y ritmo, en aquel debut.
La supremacía de ese influjo no es algo que me sorprenda. Sé bien qué encontré en sus libros: las posibilidades infinitas de la metáfora traviesa, de la comparación virgen e inesperada, carente de cliché; el encanto de la frase corta, el uso del punto y aparte, el capítulo breve; el ritmo casi musical de su prosa; lo elástico y valiente de su voz narrativa, de tono tan infantil e inocente (Vonnegut admitió, como él, escribir con la voz de un niño); la excentricidad y el todo-vale de sus tramas; el humor pillastre. Leerle era, ¿cómo se lo diría yo? Como leer narrativa beat mezclada con novela juvenil de aventuras, contada por El Pequeño Nicolás mientras sonaban los Buzzcocks. Puro ritmo, empujones y risas de patio de colegio, de primera borrachera, pura literatura pop. Las palabras puro y pop le vienen de perlas: su estilo es simple, concreto, desprovisto de manerismos y afectación, yendo al grano, sin poesía trillada; como la voz de un niño cuando empieza a hablar. Palabras que saben a nuevo.
Y no obstante, su estilo no estaba desprovisto de mellas. Richard Brautigan fue el autor favorito de los hippies, y leyendo La pesca de la trucha en América, su cénit de infantilismo y cháchara LSD, es fácil ver porqué. El propio Lawrence Ferlinghetti – editor de City Lights y pope beat- afirmó: “Como editor, siempre esperé que Richard creciera como escritor. Me parece que era esencialmente ingenuo, naïf”, y añadía que en Brautigan no era algo impostado: realmente era así, un poco ganapia, y La Pesca de la Trucha en América es, ni más ni menos, su novela más mística, azucarada y pueril. Ideal para hippies, vamos.
En La pesca…, la voz narrativa es la voz del pillao del barrio, la baja-por-exceso-de-ácidos que todos los pueblos tienen: una mezcla de El Rey Pescador con el dealer majarón de Withnail & I. No me pidan que les cuente de qué va la novela, porque ni tengo la menor idea ni nadie puede asegurarlo a ciencia cierta. Son una larga serie de dulzonas historias fluviales, unidas por un lazo pesquero y versando alrededor de algo o alguien (a veces es un lugar, otras un ser) llamado Pesca de la Trucha en América. En efecto, dicho así parece una cara B de Hawkwind. Por supuesto, si superan la falta de trama, la ocasional charla hippy-dippy y lo inconnexo del asunto, se encontrarán a Brautigan, maravilloso como siempre: aún comparando como le salía de allí (“Me puse cómodo, como el astigmatismo” o “sacaba el pulgar como si fuese un racimo de plátanos”), aún hablando con su voz de EGB, aún desbarrando con ese lúdico surrealismo que es su marca de fábrica.
El resto es historia: La pesca de la trucha en América se hizo atómicamente célebre, vendió millones de ejemplares, y los niños descalzos de la Era de Acuario erigieron a Brautigan como uno de sus Dioses. Brautigan, que había pasado los recientes años de su vida vendiendo libros de poesía autoeditados por las calles de San Francisco, aprovechó la coyuntura divina para montar divinamente a toda fémina con la que se cruzaba (llegó a publicar su número de teléfono en un libro, el muy viejo verde), forrarse un poco, gastar lo que había ganado en bobadas (2000 dólares al mes en llamadas telefónicas, por ejemplo), aferrarse a un par de adicciones -especialmente al bebercio- y hacerse algo mayor. Pero no mucho, ya que el 14 de septiembre de 1984 se pegó un tiro en su rancho de Montana. Su cuerpo no sería descubierto hasta al cabo de un mes, cuando ya había alimentado a todos los gusanos de la zona; quizás el final menos inocente posible para alguien como él.
Lo que Brautigan alcanzó a hacer años antes de morir, no obstante, fue abandonar el cuelgue de Pasota en Benidorm para escribir novelas cada vez mejores, mejor escritas y menos “idas”, aunque igualmente originales. Al contrario que como lo vieron los hippies -que le darían la espalda según se iba oscureciendo- mi Brautigan favorito es el tardío: si exceptuamos A confederate general from Big Sur, que es su debut de 1964 (y uno de mis libros favoritos), y The Abortion, de 1966, mis esenciales son 70’s y 80’s: especialmente su parodia de novela policíaca Dreaming of Babylon, de 1977 (traducida como Un detective en Babilonia por Anagrama en 1982), el cénit de su carrera.
Hoy en día, como bien afirman en Blackie Books -a quien debemos agradecer el valeroso paso de publicarle- Brautigan sigue despertando pasiones ardientes. Mucha gente le detesta (George Steiner y Julian Barnes le pisotearon en sus críticas) y otros siempre le hemos amado, reverenciado y (con perdón) intentado copiar. La Pesca de la trucha… debe considerarse tan sólo como el primer escalón hacia una Biblioteca Brautigan completa (la intención de la editorial) de la que disfrutar al fin en nuestro país. Lean esta primera entrega, sin duda, digieran todo lo bueno que contiene, apoyen la iniciativa y eríjanle un mini-altar; pero no corran, que lo bueno está por venir. Palabra. Kiko Amat
Richard Brautigan
La pesca de la trucha en América
Blackie Books
153 págs.
Traducción de Pablo Álvarez Ellacuria
(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 16 de junio del 2010)



