Archivo de julio de 2010
Vacaciones
Nos vamos de vacaciones. A la antigua, del 1 al 31 de agosto, con extrema desconexión, pañuelos anudados a la cabeza y camiseta de tirantes. Hasta la vuelta, amigos.
Lista del Mes (Julio-Agosto): 10 grupos 80’s alemanes (que usted no ha escuchado)
1) The Birdy Num Nums: Su nombre sabía a turrón (está sacado de El Guateque, por supuesto: ¡Pajarito Dum-Dum!). Grabaron un single en Fab! Records (el sello de The Creeps y Makin’ Time) y pusieron a John Cleese en portada. En la cara B se esconde ese favorito en nuestra casa, “All I dream to do”, puro folk-rock a lo Turtles, revisitado.
2) Die Profis: Los Profesionales, desde Dusseldorf. Punk-pop-mod del mejor, como unos Brighton 64 germánicos, como los Jam del All Mod Cons o los Newtown Neurotics del “Suzi”, pero cantando en alemán. Vocación himnal, además: su “Hoffentlich, ja!” es una oda a los skins, mods y rockabillies de los 80’s. Y para qué hablar de “Mit panken und trompeten” o “Der beat”. Ultra-amados en nuestro hogar. Tienen Myspace, increíblemente: http://www.myspace.com/dieprofis
3) The Shiny Gnomes: Un nombre auténticamente escalofriante para un grupo genial. Su excepcional instinto para el himno pop y la psicodelia tarareable nos daría, entre otros hits, “Afternoon”; un emotivo cántico al viernes tarde, cuando todo parece a punto de empezar.
4) The Losers: Eran austríacos, pero no importa. Muy moddies: Querían ser como Brian Auger & The Trinity, aunque sonaban más bien a Small Hour (lo que ya nos está bien). Otro himno de trompeta y tambor: “Boys are bound to be free” (piensen Housemartins/Redskins/The Moment y piel de gallina generalizada). Uno de ellos tiene ahora un grupo de 60’s garaje que graba en Detour, The Parascopes.
5) The Time Lapse: Un trío de ruidazo mod empeñado en parecerse a John’s Children (versioneaban dos de sus canciones, “Desdemona” y “Jagged time lapse”), aunque también nos dejaron una revisión de la mejor canción de los Beatles. Que es “Rain”, no haría falta decirlo.
6) The What…For!: De no ser por estos berlineses y su evangelismo pop nacional (en su día nos grabaron decenas de cintas) no conoceríamos casi nada de lo expuesto aquí. Eran el mejor grupo de 60’s beat y mod (un 70% de los miembros de la banda lo eran) de Alemania, fans de The Remo Four y The Boots y Downliners Sect, pero también de Makin’ Time y The Prisoners. Todo lo que grabaron vale la pena, y encima lucían un variado mod-garderobe.
7) The Chocolate Factory: También en Fab! Records y primos-hermanos de los anteriores. Igual querencia por el 60’s mod-beat, afiliación al trompetismo soul y fondo de armario mod. Como unos modernos Koobas, vamos. Su LP 45 minutes out of 3 years contiene versionazas de The V.I.P’s, del “60 minutes of your love” de Homer Banks, del “I wanna be free” de Joe Tex y más, además de grandes temas suyos.
8) Die Sache: Representando el power-pop-mod de ojos azules, sección de vientos desatada y cristalino sonido 1984. Su Mini-LP The girl who stole the Eiffel tower vale cuatro perras, y sin embargo contiene una porrada de hits. Escuchen “Long distance call” y emociónense, hombres.
9) Stunde X: Se autodefinían como “original paisley-punk” y eso exactamente es lo que eran. Punks psicodélicos con camisas de amebas y bastante mala baba y urgencia rítmica (recuerdan a los Salvation Army americanos, si precisan más señas). Su “Befreit Martin Semmelrogue” era un poco como su campaña Free John Sinclair local, y no les digo nada de “Wir wissen was wir wollen” (Hacemos lo que queremos). Chelsea boots y cócteles molotov: una gran combinación.
10) The Gents: No confundir con los ingleses, aunque estaría usted perdonado. Mod revival de manual, sólo que punkizado (algún cabello oxigenado, a lo Long Tall Shorty) y parecida intención marsellesa (“Modern time”). Dos singles sólo, pero muy recomendables.
Kiko Amat
Libro del Mes (Julio-Agosto): LUIGI BARTOLINI Ladrones de bicicletas
LUIGI BARTOLINI
Sajalín editores
182 págs.
¿Quién dijo que los ladrones son gente honrada? A Verlaine, ese listo bigotón de deforestada frente, me gustaría ver en una callejuela vaciando el contenido de sus bolsillos ante la mirada cavernosa de un subhumano con navaja y luego preguntarle -él ya desnudo, el mostacho inundado de mocos- si aún considera que aquella basura toxicómana y trotante que se aleja con su cartera y jubón es uno de sus “queridos ladrones”. También le preguntaría lo mismo a Genet. O a cualquier poetita bien intencionado y naïf que en alguna ocasión haya romantizado la figura del chorizo amoral como un ente libre, puro, más cercano al ideal de la anarquía que el resto de nosotros, los ciudadanos losers que sí acatamos unas ciertas normas éticas de comportamiento social. Todos los que hemos pasado por el siempre humillante trámite del asalto a mano armada (o el robo con escalo, o cualquier modalidad de apropiación ilícita de bienes ajenos) intuimos que la figura del bandido-que-mola es una falacia decimonónica, y que por cada Robin Hood del barrio (ese personaje que tanto escasea en la vida real, pero que tanto abunda en la mitología de Hollywood) hay cientos de mangutas viles y amorales que desplumarían a viejecitas reumáticas, minusválidos indefensos y huérfanos tuberculosos y escupepulmones sin tan siquiera pestañear. Pero no me entiendan mal: por supuesto que sería maravilloso que los Ladrones Éticos existieran, y que su sindicato encaminara sus esfuerzos a recuperar y redistribuir lo que la banca y los oligopolios nos arrebatan. Desgraciadamente, la experiencia nos demuestra que en su profesión se tiende a buscar al más desvalido, confiado y manso de los vecinos, aquel con menos rejas en la ventana y inferiores posibilidades de salir tras ellos con un imponente fusil de matar jabalíes, no al verdadero culpable del empobrecimiento general de la población.
Por todo lo mencionado, y algunas cosas más, es tan vivificante y original el libro de Luigi Bartolini, Ladrones de bicicletas. El autor definió su novela como “anti-flaubertiana y anti-decimonónica”, añadiendo: “Fueron en efecto los novelistas franceses quienes convirtieron en héroes, promoviendo un mito demagógico, a ninfómanas provincianas del tipo de Madame Bovary, o los poetas que, como el ingenuo Verlaine, cantaron a los queridos ladrones y los dulces asesinos”. Su protagonista, por contra (en las explicativas palabras del autor) “se da el gusto de hacerles jaque mate a los ladrones, dándoles caza por los meandros de una Roma que, en el año 1944, presa todavía de la guerra civil, estaba en el triste dominio de los ladrones y asesinos”. Pues es éste, sin más complicaciones, el argumento de la novela: el anónimo héroe -alter-ego poco encubierto del autor- recorre esa Roma post-Mussoliniana llena de conversos, demócratas renacidos, sanguijuelas estraperlistas y “siervos fascistas” en busca de la pandilla de cuatreros miserables que acaba de birlarle el vehículo. En su épica, quevediana y humorística quest, el protagonista no topa con gallardos embaucadores de alma socialista, ni asaltacaminos comunistas avant la lettre, ni nada: sólo ratas repugnantes, duerme-roba-come-defecatorias, que no merecen casi el epiteto de hombres. Un “hervidero de miseria”, una “muchedumbre de sabandijas de rostros flacos, oscuros y amarillentos” a los que compara con las ortigas y los alelíes, y otras “hierbas trepadoras y parásitas”. No ve Bartolini atenuante de su condición; no les da el beneficio de la duda. Si él, que es otro muerto de hambre (uno que encima, desde hace muy poco, está condenado a ir a pie a los sitios), se resiste a precipitarse en el el Perro Come Perro del capitalismo desalmado, no ve por qué aquellos despreciables cacos merecerían ser considerados de forma romántica. No hay nada romántico ni bello en sustraer por la fuerza cosas de tus congéneres, nos recuerda una y otra vez Bartolini: sólo el más gargajeable de los gusanos desplumaría a un igual. Página tras página vemos que no hay solidaridad ni empatía en el género delincuente (más allá de un silbido-alarma cuando se acercan los pies planos), ni por supuesto ideario político: “A los ladrones sólo les atrae robar y la política es para ellos el espacio de la perfecta indiferencia (…) Por un instante supuse que era anarquista, pero me equivoqué de medio a medio; era sencillamente un sujeto para el que alemanes, aliados, comunistas, etc. son cosas que van y vienen, ya que sólo existe una realidad: robar en vez de trabajar”. Ni una sola vez se encuentra nuestro desbicicletado amigo a un “ladrón por poesía, ladrón por filosofía”, algún ardiente defensor -como por lógica debería ser- de que “la propiedad es un robo” o enemigo del Capital. Ante sus cansados ojos, lo que hay es un ejército cruel de descuideros y criminales, una turba apolítica y caníbal, desconocedora del amor profundo o el ideal elevado. Una pandilla de hijos de puta de antología, vamos.
Todo ello nos lo relata el gran Bartolini con inmenso sentido del humor, gran agudez léxica (“amenazas de pugilato”, “perfume meretricio” y otras descripciones irónico-cultescas) y rotunda visión satírica. Y mucho amor, pues la indignación de Bartolini es pía y sin mácula, y en su corazón cabe todavía el más cálido de los sentimientos: por Luciana, su mujer (a la que el entrañable señor no deja de piropear a lo largo de la trama), pero también por todos los hombres buenos, del uno al otro confín. Dicho esto, Bartolini, aquel bendito cascarrabias, aprovecha su obra -ya que se pone- para saldar cuentas con algún corrupto personaje público, y también con algunos de sus apocados enemigos (en su gran mayoría rapaces compañeros de profesión). Sí, una buena parte del libro es Bartolini buscando B-R-O-N-C-A, habiendo aceptado que “las batallas son aceptables. Representan los momentos fatales de nuestra existencia” y que no hay forma de pasar por esta vida sin darse de guantás (dialécticas, físicas) unas cuantas veces. Es imposible no troncharse, jaleando al autor a la vez, cuando uno lee orgullosas justificaciones como (cito el párrafo entero): “Es lo más natural del mundo que pueda tener y tenga, como han tenido los hombres de mi tipo, infinitos enemigos en muchos campos; enemigos que tomados uno a uno no valen un pimiento, pero que todos juntos forman, aunque sólo sea eso, un número, un bloque, un peso que noto sobre los hombros. De modo que mi elección es sencillísima. Se trata de cargármelos, como hicieron Caravaggio y Benvenuto Cellini, o dejarlos hacer”. Y culmina, enfadadísimo y a un paso de mentar nombres y apellidos, con: “Mi meta es la única depuración posible: la de los imbéciles ex redactores de la página cultural de los distintos Giornale d’Italia”.
Por supuesto, como todos ustedes saben, Ladri di biciclette sería adaptada homónimamente a la pantalla en 1948 por Vittorio de Sica y Cesare Savatini, cambiando radicalmente el espíritu de la historia. El furioso escritor de clase media-baja y espíritu anarco-dandy del libro se trasformaría en la adaptación cinematográfica en un compadecible cartelero lumpen, y el tono quijotesco, satírico, alegre y picaresco de la obra original mutaría en uno de los dramones más lacrimógenos de la historia del cine, con niño famélico incluido. Por supuesto, Bartolini, ese contumaz y elegante buscabullas, no pudo resistir la tentación de añadir en la reedición de 1954 de su novela una nota agraviada en la que reivindicaba el carácter épico-satirico del libro, a la vez que denostaba contra la versión gris y neorrealista de Da Sica. “En la película”, afirmaba, “no se advierte un caballero ni buscándolo con candil: en cambio, en la novela, los caballeros ponen en jaque a los ladrones”. Caballeros desheredados (pero honestos y pulcros) contra ratas amorales y nihilistas: un combate plausible para un mundo que -en algunas cosas- no ha cambiado tanto, ¿no creen?
Kiko Amat
Disco del Mes (Julio-Agosto): JOE JACKSON I’m the man
I’m the man
(A&M, 1979)
¡Oh, accesible placer! ¡Oh, la baratura y el éxtasis! Este mes, y para contrarrestar el crack bursátil que estrangula nuestros bolsillos, hemos considerado apropiado escoger como Disco de Julio-Agosto un disco omnipresente, comercial y muy conocido (y también algo despreciado por los connoisseurs). Pero, especialmente, muy barato. Sí, lectores y fans: I’m the man de Joe Jackson es el ejemplo perenne de Placer a Euro -como lo definiría otro amante del cajón Todo a 3, Miqui Puig- y una olvidada, desatendida joya a cuatro reales. Decidir hablar de un LP tan célebre, por otro lado, no es un acto casual (casi nada en Bendito Atraso lo es), y tras nuestra selección se agazapa una sólida razón político-emocional: contrarrestar la deriva intoxicante hacia la rareza por sí misma que parece infectar a tantos disqueros y blogueadores. Nos referimos, claro está, al fenómeno por el cual mola de repente escuchar a un músico esquimal que toca el laúd con los testículos, testificado por gente que parece ignorar las formas más elementales de pop occidental del siglo XX. Ya saben de qué hablo: el cuadro mediante el cual se va uno internando en la cruzada por lo raro, siguiendo líneas de grato esnobismo adolescente y afirmando rotundas majaderías para quedar como más explorador de lo desconocido. Todos hemos pasado por esa simpática patología, la cara más oscura y degenerativa de la cual es penetrar en el infielno de lo gratuitamente bizarro, y terminar tratando con desdén a los grandes discos de pop clásico 50’s-60’s-70’s-80’s. Y pasar hora tras hora encadenado al blog del notas aquel del laúd testicular, o escuchando a lo que parece una ensemble de monos titis aturdidos por fruta en avanzado estado de fermentación, o adquiriendo el más reciente CD de grito gutural importado desde Ulan Bator, una cosa que suena como si alguien estuviese yaciendo con un herbívoro dentro de un almacén pirotécnico en llamas. Y que conste que celebramos y celebraremos las incursiones en la música africana, india, o de cualquier sitio que sea no-white-rock; pero -atención- sin dejar de desconfiar del hype. Que alela y envilece, ya lo saben.
A lo que íbamos: I’m the man es aerodinámico, brillante, cromado, y todo en él huele a súper-producción late-70’s y técnicos de estudio californianos y cocainómanos, limpieza aural y una claridad de visión matutina casi cegadora. Y aún así -¡ay!- la gente suele tratarlo a patadas: porque salió en A&M (el sello uncool por definición: Nazareth, Styx, Supertramp, Rick Wakeman, Bryan Adams…), porque en los 80’s estaba en absolutamente todos los pafetos musicales del Baix Llobregat, Catalunya, España, El Mundo (¿Existe triunfo mayor que éste? ¿Que el tarareo global?) y porque lo grabó Joe Jackson: aquel señor con anticipada cara de mangosta senil, decreciente masa capilar (retirándose a grandes zancadas y dejando tras de sí la célebre figura del “tridente” craneal), afectado acento de Dallas (pese a ser de Staffordshire -Reino Unido- el muy fraudulento) y querencia por la composición pop de cariz tradicional frente al runga-rungueo atolondrado del punk. Pero la razón principal del maltrato al que es sometido es el éxito masivo del álbum, ¡y en los Estados Unidos, encima!: su estigma es la permanencia sempiterna de la canción homónima en las FMs más comerciales de Classic Rock, sonando al ladito de America, Boston y David Lee Roth mientras automóviles del tamaño de hidroaviones se deslizan por autopistas interestatales.
También se le tiene cierta inquina al bueno de Joe por haber personalizado la “new wave”, entendida desde algunos frentes como comercialización total del punk, aunque en realidad no era más que otra nueva vuelta al pop comercial de los 60’s: la misma frescura, las mismas corbatas coloreadas, la misma brevedad y chasqueo dedil, pareja intrascendencia-a-primera-vista pero denso peso emocional con el pasar de los días y años. Innegablemente, hay algo de cierto en todo esto: Joe Jackson -como Elvis Costello, The Police y tantos otros artistas MOR de nueva generación- se benefició del renovado interés en las formas menos pomposas y más inmediatas de pop que trajo el punk rock. De haber emergido en 1974 aún estaría tocando con Legs & Arms, su pub-band de espantoso nombre, en algún barucho de Portsmouth. Pero no menos cierto es que Jackson provenía de un ambiente completamente distinto al de, digamos, The Damned, Slits o Sex Pistols -Jackson era un pianista sofisticado, y había estudiado en la London’s Royal Academy of Music- e igualmente opuestas eran sus intenciones de crear una música pop letrada, pizpireta, una nueva ola con laca y charol que (sin embargo) no estaba tan lejos de la Ola Más Vieja de Todas: la de los compositores clásicos de los 40’s y 50’s: Rodgers & Hart, Porter, Berlin, etc.
Por todo lo mencionado, I’m the Man suena a eterno, como si siempre hubiese estado allí, emergiendo a lo largo de las décadas bajo otros nombres y cadencias y sonidos, como el vigilante de El Resplandor (“Usted siempre ha sido el vigilante”). A los fans de Jackson no nos resultaría para nada anacronístico ni sorprendente cuando, unos álbumes después, rendió tributo al jive/swing de Cab Calloway y Glenn Miller (en Jumpin’ Jive, su genial disco de 1981) y, mismamente, se puso a los pies de Cole Porter con su ambicioso (y también magnífico) Night & Day de 1982, todo cosmópolis misteriosa y fracs y áticos y pitilleras con iniciales grabadas y señoritas sofisticadas con vestidos de tul verde esmeralda.
Pero en 1979 -1er año del Señor de Infinita Gloria del Mod Revival- Jackson aún no había hecho tan obvias sus raíces, y I’m the man epitomiza la nueva ola, entendida como pop lustroso y potente en su vertiente de lírica más memorable (pero no por ello menos inmediata). I’m the man tiene tantos hits (hits que la gran mayoría de los grupos que residen en las listas hoy en día ni soñarían en fabricar, hits entendidos como pedazos inolvidables, atemporales, de pop glorioso) que uno no sabe ni por donde empezar. El álbum está dividido como la gran mayoría de álbumes clásicos: hay baladas, hay medios tiempos y hay castañas pilongas. Estas últimas son, es innegable, las que producen el efecto Loctite del disco, y son -cada una de ellas- verdaderos triunfos del pildorazo power pop nervudo. Pero antes de entrar en detalles, quitemos de en medio al verdadero elefante en la habitación de esta crítica, la canción homónima del disco y Bomba H del pop estridente: “I’m the man”. Con su bajo gigante y galopante, su letra llena de giros y recitado de novelties colocadas con efecto bumerán (para que vuelvan una y otra vez al recuerdo: “hula-hoop”, “skateboard”, “kung fu”), su armónica medio ahogada por el huracán de riffs y la voz urgente, intensa, de Jackson… It’s a hit, hit, hit, que dirían The Free Design. Y ustedes lo pueden comprobar pinchándola donde se les antoje: en reuniones de la Conferencia Episcopal o bodas armenias, clubs para indies tontuelos o patibularias mazmorras rock. Nada importa -diferencias de clase, empleo, tamaño genital- a la que empieza a sonar ese éxito más grande que el propio artista, “I’m the man”. Como la Motown, es uno de los grandes ecualizadores humanos. Y la letra, cantada in character en primera persona por Jackson, parodia la figura del inventor de modas (“I’m the man that gave you the yo-yo”, como reza el adhesivo estribillo) y es la remonda.
Los otros dos castañazos despeinantes del álbum, “Don’t wanna be like that” y “Friday”, mantienen el bajo tenso, proficiente de “I’m the man”, y (de hecho), de todo el álbum; pues este 2º LP de Joe Jackson quizás tenga uno de los bajos más rotundos, elásticos y melódicos de la historia del pop, que tocaba un tal Graham Maby (luego en They Might Be Giants). “Don’t wanna be like that” es como el prototípico mod anthem, sólo que relata la -desde entonces- clicheada reacción del músico pop al reciente éxito mundial: “no quiero terminar como aquel”, todos los productores angelinos son unos sacamantecas, la gente cree que me conoce pero no han visto mi verdadero Yo, bla-bla-bla. Y contiene, sí, un sobrenatural bajo muelle que suena como debían sonar las catapultas medievales al soltar pedrusco (¡dzzzzziiiIIING-G-G-G-G-BA-DONNNNG!). “Friday”, por su parte, también suena a grito de guerra mod, pero en este caso narra la creciente adicción a las cápsulas de una ex-flower child, o algo así. No es que importe demasiado, pues mi Yo de 1986 decidió -con su inglés aún en periodo de ensamblaje- ignorar todo el significado lírico original y rebautizarlo como himno teen al viernes, y aún la canto y bailo feliz con ese espíritu. (Podríamos trazar, de hecho, una teoría infalible sobre la relación entre el escaso conocimiento del inglés que poseían los pop fans españoles y su relación privada con canciones que serían re-inventadas con nuevos significados. La mencionada “Don’t wanna be like that”, sin ir más lejos, simbolizaba para mi modelo de Yo 1986-1987 una refutación himnal a la entrada en el mundo adulto-serio).
De las baladas como “Amateur hour” no hace falta hacer una montaña: la voz inconfundible y confortable de Jackson las acarrea hacia donde deben ir (convirtiéndonos en un amasijo de babeante sentimentalismo por el camino), pero no son lo mejor del disco. El auténtico culmen de esta obra, en mi opinión, son los dos mid-tempos emotivos del LP. “Different for girls” es una conmovedora conversación chico-chica sin atisbo alguno de lugar común (más bien todo lo contrario: la letra los invierte) que llevaría a JJ al #5 de las listas inglesas, el puesto más alto que escalaría nunca. Y luego está la majestuosa “The band wore blue shirts”: una formidable glosa del músico de orquesta con un trabajo que hacer, una refutación del romanticismo de la vida como músico nocturno narrada con lenguaje kitchen sink y paciente atención al detalle (“Me and the bass guitarrist / have even shined our shoes”), y que paradójicamente se convierte en una sentida, romántica, narración del mencionado modus vivendi. “The band wore blue shirts” tiene uno de los mejores estribillos de la historia de la música pop, o al menos uno de los más conmovedores: un soliloquio resignado que suena a suspiro anti-nostalgia expelido con encogimiento de hombros, con un “bah, esto era así y punto”, y que sin embargo consigue infaliblemente hacerle a uno temblar de melancolía cada vez:
I guess someday my kids will ask me ’bout the old days
I guess that I’ll tell them that there ain’t much to tell
The waiters wore black dinner jackets and all that kind of thing
And the band wore blue shirts
And the music played on
No hace falta que les recuerde lo que ya proclamamos en el Disco del Mes de junio: todas las canciones que nombran piezas de ropa molan y molarán siempre.
Después de este pequeño ejemplo de su letra, ¿que más podría decirles? Ignoren el precio de I’m the man y ese pedazo de pegatina con un signo de admiración y la leyenda BEST PRICE en cuerpo 36 (no traten de esconderla. Todo el mundo en la disquería la ha visto y sabe de qué pie cojean), traten de no juzgar el hecho de que esté en el cajón más asqueroso de la tienda, entre el Face Value de Phil Collins y otro feísimo de Phil Manzanera. Porque I’m the man está a la altura de esos cénits del pop siglo XX que tenemos en la parte impenetrable de la cámara acorazada de Bendito Atraso, discos con los que el álbum de Joe Jackson puede codearse sin temor al ridículo: The Left Banke, Jimmy Webb, Magnetic Fields, Harry Nilsson, Alison Statton, los hermanos Sherman, Go-Betwens, Johnny Mercer, Gary Usher y todos los demás. Es así de bueno.
Y en cuanto a mí, debo decirles que lo del baratismo no puede aplicarse del todo. Pues tras desmenuzar a fuerza de escuchas la primera cinta BASF que lo contenía (al otro lado estaba el Wha’ppen de The Beat, escuché esa cinte millares de veces a lo largo de 1986-87-88), y readquirirlo en una feria del disco de Victoria Station unos años después (las 2 libras mejor invertidas de mi vida), terminé -por vergonzoso fanatismo y completismo collector- comprando también la versión del disco en caja con cinco singles de 7 pulgadas. Oh, sí: Para poder pinchar por ahí “The band wore blue shirts” con mayor confort, y también porque me dió la gana; para lo grande que es ese disco, su precio material era completamente despreciable. Pero, incluso así, es un dispendio que ahorrarán si se hacen con el LP en formato normal. No les dé vergüenza, amigos; jamás se arrepentirán. Kiko Amat
Este libro podría ser tu vida
Crónica Loquillo da en Barcelona Ciudad su conmovedora versión de lo que representó ser un rocker adolescente en 1974-1981
En España no tuvimos 60’s, dice siempre un amigo; no tuvimos 60’s, así que los vírgenes y tempranos 80’s españoles son nuestros 60’s. Por consiguiente, si les toleramos a los artistas foráneos de los 60’s -por inocentes, por pioneros- los flirteos con el lujo, el star-system y la decadencia del final de la década, ¿por qué no hacemos lo mismo con algunos artistas 80’s de aquí? Todo esto dice mi amigo, y con razón. Y si les cuento esto es para que no entren aquí con mentalidad post-punk de “este es un vendido”. Tienen ustedes que cambiar el chip. Tienen que recordar qué había aquí en 1974, qué tipo de cultura pop, que tipo de concepción hazlo-tú-mismo en cuanto a la industria discográfica, que modelos previos dignos de rockanrollers en los que fijarse había: nada. No había una mierda, y si no lo recuerdan, ya se lo cuenta Loquillo en Barcelona ciudad.
Ustedes creen conocer a José Mª Sanz, Loquillo, pero lo cierto es que no le conocían bien. Yo tampoco, la verdad, pero siempre sospeché que tras la armadura de rockstar soberbia se acurrucaba el espíritu de un teenager fascinante; más que nada porque siempre queda algo de toda aquella extrema pasión, y Jagger-Richards antes de abúlicos archimillonarios eran excitados fans quinceañeros de Willie Dixon. Así que, para disfrutar de Barcelona Ciudad, van a tener que hacer como en las novelas de espada y brujería, y dejar en la puerta del templo sus preconcepciones. Abandonen todo lo que creen saber de Loquillo El Personaje post-1989, y encontrarán aquí un libro emotivo, honesto, didáctico y esencial para los que, habiendo crecido en la Barcelona de después del ’92, asumen que esto de ahora es lo que siempre hubo.
En 1974, en España, “todo está por inventar”, como afirma Loquillo, y Barcelona es la ciudad secreta: por sus túneles subterráneos circulan los pioneros de una historia alternativa del país, los primeros tramperos que indagaron en el misterio del rock’n’roll y la subcultura cuando aún nadie tenía ni pajolera idea, y las cosas (parafraseando a Astrud) daban miedo y daban risa de tan por estrenar que parecían. Barcelona Ciudad, en este sentido, es la crónica de un viaje iniciático de libro de estilo: adolescente working class topándose con el brillo de neón de la subcultura pop urbana, alejándose de su barrio y de la tradición paterna para afiliarse a (qué coño: ¡para inventar!) una Nueva Tradición. Nik Cohn lo hizo de maravilla en 1968, pero créanme si les digo que Loquillo se ha lucido lo suyo aquí.
Los momentos de sincera emoción de Barcelona Ciudad nos golpean como caderazos de Gene Vincent: cuando habla de la inventiva DIY que tenían que aplicar para conseguir ropa a su gusto (fabricándose corbatas rocker con chapas de Pepsi, retocando camisas viejas de Papá…), algo que resultará casi de pintura rupestre para los que nacieron en la Barcelona del cool instantáneo Topman; cuando habla del “jeroglífico” no-escrito-aún del mundo underground, y cómo uno tenía que atar cabos, unir cosas en su propio universo, seguir pistas (“¿Sabes que la portada de un disco puede cambiarte la vida?”, pregunta, refiriéndose a Elvis: The Sun Collection); cuando relata, simplemente, las pulsiones adolescentes (“Vivo en el centro de mí mismo”) o las tensas pero dulces relaciones paterno-filiales; cuando habla de todos esos sitios míticos que ya no existen (La Avenida de la Luz, el Salón Ibérico, el Marienbad, la discoteca Don Chufo) o los pioneros con los que se topó en esta odisea subcultural, una rua de nombres propios que suena al “History lesson Part.II” de Minutemen: Moi Sorolla, Tutti, Carlos Segarra, Jaime Fábregas, Sabino Méndez… Todos muertos de ganas de comerse la urbe y explotar por sus calles.
Lo importante y vital de Barcelona Ciudad es su autenticidad de emoción, su completa sinceridad, su contagioso romanticismo. En ella, y por esta vez, Loquillo no trata de blindarse: escribiendo, vuelve a tener 17 años (“Es la hostia”, suelta, cuando empieza a vivir esta Otra Vida), incluso recuerda cómo era el saber reírse de uno mismo (cuando ironiza sobre su etapa Dylan, por ejemplo). Es este reflexionar sobre su apasionado, dedicado y entusiasta Yo de 1980 lo que les va a llegar al alma: si alguna vez fueron adolescentes, y si encima lo fueron pre-1992, y si para más inri vivieron aquellos días rápidos inmersos en alguna de las subculturas rock’n’roll del momento, esta es su historia; el libro de Loquillo podría ser su vida. Pero si no, da igual; léanlo de todos modos.
Porque, ¿cómo no amar a un libro que celebra el mersey beat, Phil Ochs, los Sírex, los Who, el punk, Los No, el “Soy así” de Los Salvajes, Charly records, los minilips, Último Resorte, Vince Taylor, Johnny Kidd y Telegrama? ¿Y que además maldice a los hippies, los chiruqueros, Ángel Casas, la gauche divine y el rock layetano, Miguel Ríos, Mike Olfield y los pijos heroinómanos? Si es que encima es un manual irrebatible de Cosas que Molan contra Cosas que Apestan, caramba.
No les entretengo más: compren este libro. Es, por fín, nuestra versión. Desde aquí un ruidoso Bravo.
Kiko Amat
Barcelona ciudad
José Mª Sanz, Loquillo
Ediciones B
260 págs
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 14 de julio del 2010)
Lo mejor del sul
Motown española Una de las pocas celebraciones del 50avo aniversario del sello: un libro de edición limitada con todas las portadas de aquí
1. ¿Por qué la Tamla Motown es una de las más majestuosas músicas del siglo XX? Acérquense, que yo se lo explico. No, el hippie con la camiseta del Aoxomoxoa que espere fuera. La Tamla Motown, decía, esa sublimación del sixties R&B hecho pop universal desde Detroit, reúne en su ser tres factores fundamentales: 1) Comunión, 2) Veracidad, y 3) Dominación Global. Comunión significa fusión de almas y celebración de la empatía mediante un ritmo bailable: en la pista, disparando al aire y golpeando pompis con el bailaor más cercano, todos somos lo mismo (incluso el tío de la camiseta del Aoxomoxoa). Somos parte de la humanidad, igual que el notas sudoríparo de al lado, y si nos golpean, ¿no sangramos? etcétera. Ahí entra el factor 2) Veracidad: no sólo el ritmo fuerte nos une en la catarsis rítmico-empática (chúpate esa, Terry Eagleton), sino que encima la letra habla de nosotros, de nuestros problemas, con una innegable autenticidad de emoción, de forma hermosa y tarareable. Estos factores, multiplicados por la cantidad de gente que bailó éxitos de la factoría, nos llevan al factor c) Dominación Global. Durante algunos años, la Tamla Motown -y, por extensión, el soul negro- fue la música más popular del mundo: esto, que tanto chincha a los jesuitas del northern soul, es no obstante uno de sus más celebrables atributos: Su increíble popularidad. Una popularidad que, al contrario de como sucede con Coldplay o U2, sucede por las razones adecuadas. Sí, siento desvelárselo así, a botepronto y sin epidural: existen Verdades Objetivas. Esas verdades indican que Smokey Robinson es grande y Bono un necio. Y que cada vez que suena “This old heart of mine”, aunque sea en una boda -especialmente si es en una boda- los ángeles cantan; porque es algo bello, y también porque mientras siga sonando la Motown habrá esperanza para la humanidad (pese a que un sector de ella compre entradas para Hoy no me puedo levantar).
2. España se perdió casi todas las cosas buenas que pasaron en los 60’s en el resto del mundo, pero no el soul. Entre 1967-69, y a lo largo de la década siguiente, a la gente de aquí le chiflaba el “sul” (pronunciado así), y posteriormente el “fanky” y la música disco (cuyo nombre, por fortuna, suena igual en los dos idiomas). Si quieren troncharse, por cierto, con el asunto de los españolitos rebautizando disco-hits, deben leer algún ensayo de Francisco Casavella o DJ Ragnampiza (en las discos que frecuentaban ambos, el “Going back to my roots” de Richie Havens era conocido como el “Sube al autobús”). Asimismo, en las boités playeras de los 60’s patrios, las Supremes o los Temptations dominaban una amplia sección de la noche, lo que provocaría a su vez: 1) La avalancha de grupos españoles metiendo trompetas a go-go en sus discos (consulten los recopilatorios Sensacional soul Vols. 1 y 2 de Vampisoul, ya tratados en estas páginas) y 2) la inclusión masiva del soul en las importaciones discográficas españolas; y, por consiguiente, de aquellos EPs en las sombrías discografías paternas. Sí: por muy burro que fuera el padre de uno (no es mi caso), de repente las probabilidades de que Arthur Conley yaciera al lado de Capri y Salomé se convirtieron en altísimas. Eso, a su vez, proporcionaría asueto y esperanza a aquellos adolescentes 80’s que, década y media después, empezaban a excavar en el montón de singles y topaban con el “Baby love” o “Siete habitaciones oscuras”. Pero esa es otra historia.
3. O no. De hecho, es la misma. Como les comentaba, una gran cantidad de soul fue publicado puntualmente en nuestro país. Con portadas distintas, títulos traducidos, hojas promocionales y el resto de morralla para collectors. Hoy, Felix A. Domínguez y Pedro García, dos DJs trastocados por el completismo y la música negra, han aunado sus reservas de Motown española en un libro que viene a ser el equivalente de medirse la propia picha y publicar centimetraje en el BOE. Sí, esta celebración del 50 aniversario de Motown, que a la sazón se titula El sonido de la joven América en España, es una vacilada en cuatricromía y edición limitada. Carece de ensayos sociológicos, y la historia de cada 7” se resume en un prosaico párrafo: pero nada de eso importa. Lo que sí importa son esas flamantes cubiertas, prueba incontestable de que el formato es esencial, esas fotos raras y -un extra nada desdeñable- esas traducciones tronchantes. Porque, quizás ya lo sepan, en España las tareas de traducción de canciones foráneas se las daban al mongui del pueblo (“¡Eh, Agamenón, deja en paz esa gallina y ven aquí, que ha llegado el último de Furtops!”) o al cuñado coñón que pasaba por allí, Soberano en mano, cuando llegaban los masters. Sólo así se explican traducciones tan creativas como “No comas con Bill” (“Don’t mess with Bill”), “Miel de Chile” (“Honey chile”), “Al dedillo” (“Fingertips”), “Ya veremos” (“Come see about me”) o, mi favorita, “Creo que haré autostop” (“I believe I’m gonna take this ride”). Pa’berse matao.
Kiko Amat
El sonido de la joven América en España
Félix A. Dominguez y Pedro García
Autoeditado
160 págs.
Edición limitada de 1000 ejemplares
Pedidos a: 50motown@gmail.com
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 14 de julio del 2010)
Una entrevista transatlántica con Kiko Amat
Una entrevista reciente (de título inquietante) para los amables chicos de Point Magazine, con los habituales denuestos y alabanzas, listitas, debilidades y confesiones trasnochadas. Es ésta.





