Este libro podría ser tu vida

Crónica Loquillo da en Barcelona Ciudad su conmovedora versión de lo que representó ser un rocker adolescente en 1974-1981

En España no tuvimos 60’s, dice siempre un amigo; no tuvimos 60’s, así que los vírgenes y tempranos 80’s españoles son nuestros 60’s. Por consiguiente, si les toleramos a los artistas foráneos de los 60’s -por inocentes, por pioneros- los flirteos con el lujo, el star-system y la decadencia del final de la década, ¿por qué no hacemos lo mismo con algunos artistas 80’s de aquí? Todo esto dice mi amigo, y con razón. Y si les cuento esto es para que no entren aquí con mentalidad post-punk de “este es un vendido”. Tienen ustedes que cambiar el chip. Tienen que recordar qué había aquí en 1974, qué tipo de cultura pop, que tipo de concepción hazlo-tú-mismo en cuanto a la industria discográfica, que modelos previos dignos de rockanrollers en los que fijarse había: nada. No había una mierda, y si no lo recuerdan, ya se lo cuenta Loquillo en Barcelona ciudad.

Ustedes creen conocer a José Mª Sanz, Loquillo, pero lo cierto es que no le conocían bien. Yo tampoco, la verdad, pero siempre sospeché que tras la armadura de rockstar soberbia se acurrucaba el espíritu de un teenager fascinante; más que nada porque siempre queda algo de toda aquella extrema pasión, y Jagger-Richards antes de abúlicos archimillonarios eran excitados fans quinceañeros de Willie Dixon. Así que, para disfrutar de Barcelona Ciudad, van a tener que hacer como en las novelas de espada y brujería, y dejar en la puerta del templo sus preconcepciones. Abandonen todo lo que creen saber de Loquillo El Personaje post-1989, y encontrarán aquí un libro emotivo, honesto, didáctico y esencial para los que, habiendo crecido en la Barcelona de después del ’92, asumen que esto de ahora es lo que siempre hubo.

En 1974, en España, “todo está por inventar”, como afirma Loquillo, y Barcelona es la ciudad secreta: por sus túneles subterráneos circulan los pioneros de una historia alternativa del país, los primeros tramperos que indagaron en el misterio del rock’n’roll y la subcultura cuando aún nadie tenía ni pajolera idea, y las cosas (parafraseando a Astrud) daban miedo y daban risa de tan por estrenar que parecían. Barcelona Ciudad, en este sentido, es la crónica de un viaje iniciático de libro de estilo: adolescente working class topándose con el brillo de neón de la subcultura pop urbana, alejándose de su barrio y de la tradición paterna para afiliarse a (qué coño: ¡para inventar!) una Nueva Tradición. Nik Cohn lo hizo de maravilla en 1968, pero créanme si les digo que Loquillo se ha lucido lo suyo aquí.

Los momentos de sincera emoción de Barcelona Ciudad nos golpean como caderazos de Gene Vincent: cuando habla de la inventiva DIY que tenían que aplicar para conseguir ropa a su gusto (fabricándose corbatas rocker con chapas de Pepsi, retocando camisas viejas de Papá…), algo que resultará casi de pintura rupestre para los que nacieron en la Barcelona del cool instantáneo Topman; cuando habla del “jeroglífico” no-escrito-aún del mundo underground, y cómo uno tenía que atar cabos, unir cosas en su propio universo, seguir pistas (“¿Sabes que la portada de un disco puede cambiarte la vida?”, pregunta, refiriéndose a Elvis: The Sun Collection); cuando relata, simplemente, las pulsiones adolescentes (“Vivo en el centro de mí mismo”) o las tensas pero dulces relaciones paterno-filiales; cuando habla de todos esos sitios míticos que ya no existen (La Avenida de la Luz, el Salón Ibérico, el Marienbad, la discoteca Don Chufo) o los pioneros con los que se topó en esta odisea subcultural, una rua de nombres propios que suena al “History lesson Part.II” de Minutemen: Moi Sorolla, Tutti, Carlos Segarra, Jaime Fábregas, Sabino Méndez… Todos muertos de ganas de comerse la urbe y explotar por sus calles.

Lo importante y vital de Barcelona Ciudad es su autenticidad de emoción, su completa sinceridad, su contagioso romanticismo. En ella, y por esta vez, Loquillo no trata de blindarse: escribiendo, vuelve a tener 17 años (“Es la hostia”, suelta, cuando empieza a vivir esta Otra Vida), incluso recuerda cómo era el saber reírse de uno mismo (cuando ironiza sobre su etapa Dylan, por ejemplo). Es este reflexionar sobre su apasionado, dedicado y entusiasta Yo de 1980 lo que les va a llegar al alma: si alguna vez fueron adolescentes, y si encima lo fueron pre-1992, y si para más inri vivieron aquellos días rápidos inmersos en alguna de las subculturas rock’n’roll del momento, esta es su historia; el libro de Loquillo podría ser su vida. Pero si no, da igual; léanlo de todos modos.

Porque, ¿cómo no amar a un libro que celebra el mersey beat, Phil Ochs, los Sírex, los Who, el punk, Los No, el “Soy así” de Los Salvajes, Charly records, los minilips, Último Resorte, Vince Taylor, Johnny Kidd y Telegrama? ¿Y que además maldice a los hippies, los chiruqueros, Ángel Casas, la gauche divine y el rock layetano, Miguel Ríos, Mike Olfield y los pijos heroinómanos? Si es que encima es un manual irrebatible de Cosas que Molan contra Cosas que Apestan, caramba.

No les entretengo más: compren este libro. Es, por fín, nuestra versión. Desde aquí un ruidoso Bravo.

Kiko Amat

Barcelona ciudad

José Mª Sanz, Loquillo

Ediciones B

260 págs

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 14 de julio del 2010)

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