Archivo de octubre de 2010

¡Dignidad para Wolf!

Wolf Mankowitz Limpiamos la memoria del gran escritor inglés de los 50’s, acusado maliciosamente de pertenecer al KGB y haber participado en la franquicia James Bond.

1. Este verano leí con indignación en un periódico español la siguiente noticia: como demostraba la desclasificación de varios documentos del MI5 británico, la agencia de contraespionaje había investigado durante más de una década “al guionista de Dr. No Wolf Mankowitz” por sospechar que era agente del KGB. Mi virtuosa ira no manaba de la supuesta pertenencia al Kominet soviético del maestro Mankowitz -cada uno tiene los hobbies que tiene- sino de que mi ídolo fuese tildado de “guionista del Dr.No”, una afirmación similar a decir “Ha fallecido Marlon Brando, el padre de Superman” o “Entra en coma Richard Attenborough, el malo de Jurassic Park”. El acto de etiquetar así a Mankowitz era un doble acto de escupir sobre su tumba pues, además de ignorar el resto de su obra, la noticia no mencionaba que el escritor inglés se avergonzaba de haber formado parte de lo Bond y exigió que retiraran su nombre de los créditos del filme.

2. Mankowitz, desinfectemos aquí su memoria, fue en realidad uno de los mejores escritores ingleses de los 50’s. Nacido ruso-judío en el East End londinense e hijo de un comerciante de antigüedades, Wolf pertenece también al equipo de Autores que Escriben de lo Vivido F.C. Sus dos novelas más exitosas, Make me an offer (1952) y A kid for two farthings (1953) hablaban respectivamente de sus experiencias personales como mercader de cachivaches antiguos y de los sastres judíos en su empobrecido East End natal. Mankowitz fue también un experto guionista, y suyas son las adaptaciones fílmicas de la mencionada A kid for two farthings (Carol Reed, 1955) o de la obra de teatro The bespoke overcoat, que Jack Clayton (el director de Room at the top) filmaría en 1956. Para los fans del Soho 40’s y 50’s y el ambientillo de Gaggias, anfetas y modern jazz, Mankowitz es un Santo Patrón, pues firmó la historia corta Expresso Bongo, que en 1958 se transformaría en la obra de teatro y película homónima. Expresso Bongo es una parodia-puñalada de la escena de ídolos musicales adolescentes del Soho y los mánagers despiadados que los adoptaban, maleaban y luego soltaban como clavos ardientes. En cuanto a ácida sátira de la escena Tin Pan Alley y su churrería de popstars no tiene parangón. En el cine fue Cliff Richard quien interpretó al alelado Bongo Herbert (manipulable pubescente toca-bongos), mientras Lawrence Harvey (de Room at the top) daba maléfica vida al manager Johnny Jackson.

Expresso Bongo es asimismo crucial por dos cosas que no existirían sin ella. Una es, sin duda, la película de 1957 Sweet Smell of success (aquí Chantaje en Broadway), con Tony Curtis interpretando a la trajeada sanguijuela Sidney Falco, un venenoso manager del Broadway 50’s visiblemente inspirado en su antecedente Sohoístico. La otra es, sin pretender mancillar vacas sagradas, la novela de 1959 de Colin MacInnes, Principiantes. Pese a tratarse de mi libro favorito, los años y las lecturas me han obligado a admitirme a mí mismo que Expresso Bongo estuvo allí antes. Aunque más centrado en la parte managerial, triscaba por el mismo claroscuro Soho 50’s de gángsteres, meretrices y teenagers proto-mod. Y encima, y esto si me dolió admitirlo, el lenguaje de Mankowitz era más espontáneo que el de MacInnes, su prosa dotada de un rara elasticidad y emotividad no-cursi que le hacían superior. Al castellano casi no se le tradujo, así que siéntanse libres de tomar este artículo como un S.O.S. editorial.

3. Y en cuanto a lo del espionaje y lo de Bond, resolvamos este tema en un par de líneas: Mankowitz no fue espía de nadie, sino un simpatizante marxista cuyos contactos con la embajada soviética tenían que ver únicamente con su deseo de traducir a Chéjov. Además, fue muy crítico con la invasión soviética de Hungría. Su mujer sí había pertenecido al Partido Comunista inglés, pero bueno; la mía de joven era fan de Bruce Springsteen, y eso no me hace a mí fan del Boss (Dios nos libre).

Mankowitz sí fue, en cambio, responsable de presentar a Cubby Broccoli y Harry Saltzman, los dos productores de Dr.No, y por tanto su mano selló la alianza que produciría el primer Bond. También colaboró en el script -aunque, ya dijimos, lo lamentaría luego- y en 1966 (quizás buscando un desquite) escribiría el guión de la parodia Bond Casino Royale. Un inmejorable acto de redención.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 27 de octubre del 2010. )

Nota a la publicación en web: Como coincidencia fascinante, dos semanas después de la publicación del artículo anterior, leo lo siguiente en una nota al pie del artículo “Sharp Schmutter” que Colin MacInnes escribió para The Twentieth Century en 1959 (y que yo jamás había leído, hasta hoy) y que incluía una mención a Wolf Mankowitz: “A quien estoy muy agradecido -a pesar de que no busco culparle de las consecuencias- por  haberme animado a escribir sobre teenagers“. Todo encaja una vez más, amigos lectores.

Mal viaje en la (podrida) Gran Manzana

Novela El prolijo autor Arthur Nersesian presenta su séptima novela ambientada en el distópico Nueva York de un pasado paralelo.

La tentación de escribir sobre un emplazamiento geográfico-temporal ficticio para realizar sátira política siempre ha estado presente en literatura, desde Los viajes de Gulliver hasta 1984 y Un mundo feliz. Es un canto de sirena al que muchos autores parecen incapaces de resistirse, y gracias a esa debilidad tenemos los lugares apocalíptico-futuristas de Nihilon, la Interzona, Oceanía, la Confederación Norteamericana y un largo etcétera. Arthur Nersesian, poeta laureado del East Village y novelista de compulsión casi mecanógrafa, ha sucumbido recientemente a dicha patología, y el resultado de ello es Staten Island: un libro que puede hacerles viajar a lugares mágicos y temibles, abrir nuevas puertas de su percepción, o proporcionarles una neuralgia infernal, depende de cómo lo tomen.

La acción de Staten Island tiene lugar en Nueva York, a lo largo de una semana de 1981. Excepto que no es Nueva York, sino una especie de desquiciante réplica de la ciudad construida en medio del desierto de Nevada, después de que la original fuese semi-devastada por el ciego terrorismo de varios grupos armados. En medio de todo esto está el amnésico Uli, un tipo cuyo único recuerdo es un código para asesinar a alguien. Con ese propósito empieza a cruzar el falso Nueva York, una infra-ciudad también dividida a perpetuidad entre dos gangs, los Cagaos y los Puteros (sic). La misión de Uli muta a lo largo de su periplo, tornándose en una odisea para desmantelar al malvadísimo establishment que le envió allí con sabe quién qué miserable propósito. Esto era, más o menos, el argumento, que indudablemente Nersesian pergeñó en un momento de fatal subidown en su ático de NY.

El ambiente de Staten Island remite a El Almuerzo Desnudo de Burroughs y al Ubik de Phillip K. Dick, tanto por la perpetua sensación de extravío mental como por la abundancia de drogaína sintetizada y caricambiantes agentes pegando tiros y voces. Todas las críticas han mencionado a esos dos colgaos muy fumaos, Kirkus Reviews incluso lanzando el atrevido -y desagradable- titular “Imaginen a William S. Burroughs y a Phillip K. Dick compartiendo una aguja hipodérmica” (¡ecs!). Staten Island puede recordarles también a creaciones no literarias pero de marco igualmente distópico como el 12 monos de Terry Gilliam, Mad Max, Rescate en Nueva York y tantos otros ejercicios de “¿Te imaginash (dar calada) que la tierra fueshe (dar calada) aniquilada en un (dar calada profunda) armageddon biológico-conshpirativo? (exhalar)”. A su vez, la sátira demente, los nombres cómicos, la sobreinformación y el caos evocan a Pynchonismo del bueno, aunque Pynchon sea otro de esos autores admirables que, sin embargo, conviene leer con un bote de Ibuprofeno 600mg a mano.

Todas estas cosas son, en verdad les digo, positivas, si bien por momentos puede dar la impresión que Nersesian está tropezando con su propio pito y haciéndose un lío diabólico con las múltiples facciones enfrentadas. En varias ocasiones el lector se topa con escenarios que remiten (no se sabe si involuntariamente) al sketch del Frente de Liberación de Judea de La Vida de Brian. Todas esas conspiraciones, lavados de cerebro, comicios, distritos, corporaciones y partidos políticos embolicando la proverbial troca y dejando al lector migrañoso, boquiabierto y residualmente molesto. Y quizás esto era precisamente lo que pretendía Nersesian, quién sabe.

Staten Island está también trufado de guiñazos pop y personajes reales haciendo cameos, con o sin alias: el cantautor Fillip Ocks -Phil Ochs- Abbie Hoffman -como él mismo- los Weather Underground, los Yippies, y tantas otras figuras emblemáticas de la contracultura americana. El armenio-yanqui Nersesian, para aderezar el caldo, se permite también espolvorear un puñado de referencias al genocidio armenio, su particular bestia negra histórica. Staten Island lo tritura todo en un potaje lisérgico-satírico-locatis que le deja a uno a topos y sacando burbujas por la boca, como un personaje pseudo-envenenado de Los laureles del César. Trepidante y satirizante, quizás no sea esta la lectura más plácida que van a tener este mes, y desde luego no es el mejor libro de Nersesian (el honor recae sobre Manhattan Loverboy, de temática igualmente conspirativa), pero son incuestionables su bravura y voluntad de ir más allá.

Kiko Amat

Staten Island

Arthur Nersesian

Alpha Decay

Traducción de Pablo Cañamares

340 págs

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 13 de octubre del 2010)

O de Obsesión (flamenca)

En el caso de la obsesión, el tamaño sí importa. La modalidad es irrelevante mientras se trate de una obsesión colosal, ardiente y autodestructiva. Cuanto más queme y mate, mejor resultará leer sobre ella; no tanto por schadenfreude o alegría por el morrón ajeno como por fascinación hacia la fiera pasión del semejante, esa pasión congelada y absoluta y hegemónica que llamamos obsesión.

El protagonista (y autor) de Duende es un inglés sangrehorchatil llamado Jason Webster, el típico producto de Oxbridge que pasa por la vida cual acongojado diapasón, pidiendo perdón cuando le pisan, montando en bicicleta por el campus, leyendo a poetas muertos y comiendo bazofia. Hasta un día. Un aciago día en que la novia le deja, y a Jasón le da un yuyu superlativo (y, algunos dirán, insensato) cuya resolución es venirse pa’España a aprender flamenco. Esto, que parece la típica majarada impulsiva de recién separado (ergo: hacer algo que va avergonzarte el resto de tu vida; sea depilarte los testículos o tatuarte un Peter Pan) en Jasón se torna obsesión pura y temible. Como vemos en Duende, El Guiri -como termina llamándole todo Dios- se muda primero a Alicante y posteriormente a Madrid (recalando en Granada), mientras por el camino perfecciona su manejo de la guitarra española, ingesta de coñacs y aspiración de sustancias harinosas.

La vida ibérica de Webster resulta una excelente lectura, pues sus peripecias son legión. Cuernea a un cazador con su bailaora mujer, viaja en un maletero, se une a un grupo de gitanos cocainómanos (que comparten casa con un burro defecador), se torna músico callejero, se pega una trompada en un coche robado y es involuntario testigo de una reyerta a navajazos, entre otras aventuras trepidantes. Y ni una sola vez emerge de sus pálidos labios la frase: Mecagüen la leche, con lo bien que estaba yo en Oxford.

Al ser un libro que contempla con ojos nuevos las tradiciones y cultura de un país, algunos fragmentos de Duende suenan a conversación de ascensor: el calor de Madrid es seco, los españoles gritan, hay una cosa apestosa que se meten en la boca llamada Ducados, Dios Santo, ¿aquí matan a los toros, no? Las mismas frases, pronunciadas por un español, serían los clichés que uno saca en conversación con la portera. En boca de un hispanista que pocos días antes estaba pedaleando por la campiña, sin embargo, se tornan harto reveladoras. Y este es otro de los encantos de Duende: ¿Cómo nos ve un inglés recién llegado? Se lo digo yo, para que no se hagan ilusiones de europeísmo: como enanos medio árabes que hacen mucho escándalo, ignoran la higiene personal y no dominan lo de respetar el espacio físico del prójimo. Buen ojo, Jason. Kiko Amat

Duende

Jason Webster

Los Libros del Lince

318 págs.

Traducción de Luis Murillo Fort

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 29 de septiembre del 2010)

L’Home Intranquil, just like a yo-yo

Y perdonen el guiño a Ruby Winters. El cuarto libro de Kiko Amat (primero en catalán, primero no-novelístico, primero de WC-lit) L’Home Intranquil sube y baja en las listas de más vendidos de Catalunya. Ahora está el 7, ahora desaparece, ahora vuelve a reaparecer en el 4, ahora se va de cañas. Nadie sabe dónde narices está ahora, ni se le espera proximamente. Si vienes a cenar, llama antes, chato.

Lista del Mes (Octubre): 11 notas de contraportada favoritas

1) Saint Etienne, So tough y Foxtrot Alpha Base: No sé qué más se puede pedir, amigos. Una de ellas la escribió Kevin Pearce, y la otra Jon Savage; ambos Santos Patrones en nuestra casa. Y sus palabras, en los dos casos, eran poéticas, evocativas, llenas de referencias a discos de Trojan, bolsas Adidas, futurismo y tradición, singles de freakbeat raros, dub, mod-idad y el Londres secreto. Maná para nuestras bocas, vamos.

2) The Jasmine Minks Soul station: A Bob Stanley le tocó también el turno de escribir notas para este recopilatorio de los Jasmine Minks, de quien era ciego fan, y para entonces había aprendido bien la lección de los maestros: menciones al “mod-ernismo”, la “soulfulness” y “todo en blanco y negro, muy intenso” y una “virtuosa filosofía mod-punk”. Está todo aquí, en cuatro párrafos. Y el grupo, con las camisas de amebas abrochadas hasta el último botón y las Rickenbackers al viento. El resto -la investigación- ya era sólo nuestra.

3) Kent Records: Como se comentó el pasado mes al celebrar el Club Soul de Kent, las notas de Harboro’ Horace (Ady Croasdell) eran más que notas de contraportada: eran a la vez reminiscencias melancólicas, celebración orgullosa de pertenencia a culto adolescente, declaraciones de amor a la mejor música del planeta y, encima, venía todo aderezado con algo de suave sentido del humor y la ironía. Todo muy campechano, muy norteño, pero bello e inspirador y lleno de alma soulie.

4) MC5 Kick out the jams: Ya las conocen, las de John Sinclair. “Estoy hablando de unidad, hermanos y hermanas” y toda la retórica revolucionario-simbiótica de carne, sonido y “re-sensibilización”, motherfuckers. No se entiende la mitad, pero le flambea a uno el espíritu.

5) John Coltrane A love supreme: Un clásico de la elevación, la elegancia y el entusiasmo. Francisco Casavella juraba por ellas, a pesar de la insistente devoción al Creador que se desprende de sus líneas. Pero si piensan en el Big Bang, o en algo metafórico (el amor fraternal entre humanos) se vuelven súbitamente laicas, espirituales, sin que el asunto ensanchador de almas tenga nada que ver con los sucesos crucificantes de Judea en el año 30 de nuestra era.

6) Brighton 64 Deja ya de tocar a mi chica: Y aún nos estamos riendo con aquella gloriosa primera línea que decía “Engorroso trabajo el de presentar un  disco de un grupo tan malo como Brighton 64, el terror de los tímpanos de la Ciudad Condal”. Uno de los contados casos en que humor y pop juvenil se han unido sin provocar vergüenza ajena. Eran de Joaquín Felipe, como recuerdan, uno de los mejores pensadores del temprano asunto mod 80’s.

7) The Style Council Introducing: Nos caiga bien o mal Paolo Hewitt, y pensemos lo que pensemos de aquel librito susceptible de líbelo en el que apuñalaba ruinmente a Weller (que se merecerá algunas cosas, pero esto decididamente no), algunas de las notas iniciales de The Capuccino Kid – o Hewitt, como sabe todo el mundo- estaban la mar de bien. Luego el tipo se lo creyó, y empezó a rizar el rizo y a hacerse el graciosete, un fallo bastante común y generalizado en todo el campo Style Council de los últimos días. En el caso del que nos ocupa, las menciones al 70’s feeling, la elegancia, la fraternidad, el groove, los suedeheads y la negritud subliman el texto, y lo hacen un perfecto acompañante a un disco crucial.

8) Dexy’s Midnight Runners Searching for the young soul rebels y Too-Rye-Ay: No eran notas como tales, sino pequeños apuntes o poemas o explicaciones poéticas de ésta o aquella canción. Citas de la Biblia, fragmentos de Brendan Behan, one-liners Rowlandianos y mini-poemas que se le quedaban a uno grabados en el corazón para siempre: “They came from all around these boys. Some boys wore flames in their hair, these boys…

9) The Creeps Now dig this!: Estaban en sueco, así que nunca conseguimos saber qué decían. Pero parecían muy elocuentes, y llevaban multitud de º y de / dentro de las letras, como cuando hablaban los vikingos de La gran travesía de Astérix.

10) Brian Hogg: El sabio de Brian no era precisamente un rapsoda, y algunos de aquellos textos para los álbumes de Bam Caruso eran de una aridez considerable, pero en una época pre-internet este señor lo sabía todo del beat, el R&B británico y la psicodelia. Cada una de aquellas contraportadas era una enciclopedia portátil, que algunos estudiamos y memorizamos eternamente como si fuésemos libros andantes de Fahrenheit 451.

11) The Action The ultimate action: Las notas de Paul Weller en que otorgaba su bendición a los mejores fabricantes de Motown modesca de los 60’s. Un clásico en sí mismas, aunque el ensayo nunca haya sido el fuerte de Weller. Un  rápido vistazo en diagonal nos confirmó que, efectivamente, se mencionaban las palabras “Mod scene”, “Tamla” y “soul”, y con ellas nuestro Yo emparkado de 16 años suspiró, lleno de alivio, anticipación y emoción sincera.

Kiko Amat

Libro del Mes (Octubre): MONTERO Y MAIDAGÁN Juan Ignacio y José Ángel

Juan Ignacio y José Ángel: dos hombres sin destino

MONTERO Y MAIDAGÁN

Pepitas de Calabaza

128 págs

Tras haber pasado la última semana traduciendo La Montaña Mágica al sánscrito, aprendiendo ruso para leer a Gógol en original, transformando un cuento de Borges en un spoken word act para ser representado con filarmónica de instrumentos de juguete y diseñando un juego de mesa basado en el Gravity Rainbow de Pynchon, me siento algo cansado, y con ganas de relajarme. Incluso los intelectuales tenemos momentos de fatiga mental, y el deseo ferviente de ser amenizados con alguna obra alegre, despreocupada, errática y majareta.

Para los menos plomos de ustedes, y para todos aquellos que no gustan de leer nuevas novelas sobre violaciones y abusos a menores, víctimas del Holocausto, paseítos psicoliterarios por Dublin o Vidas Insulsas de Escritores Muertos, he aquí la satisfacción más arbitraria, irracional, demente y tronchante de este año: Juan Ignacio y José Ángel: Dos hombres sin destino, de Montero y Maidagán (así, sin los nombres de pila). JI y JA -incluso la abreviación del título suena a choteo- es una adaptación de una obra de teatro que fue llevada a los escenarios por Pánico Escénico (la compañía de Álex de la Iglesia) y Elemental Films. De esto no teníamos aquí la menor constancia, pues por norma general preferiríamos ser vistos en un homenaje a Sau que en un teatro, pero no importa: ha llegado aquel texto hecho páginas, y vio Bendito Atraso que era bueno. Y antes de que se nos olvide, Montero y Maidagán son los guionistas de la primera temporada de un programa llamado Camera Café, que tampoco llegamos a ver nunca pero con el que -aparentemente- la gente se moría de risa.

Pero a lo que íbamos. Si uno tiene que comparar, JI y JA se asemeja a varias cosas: tiene algo de Ionesco, sin las altas pretensiones; tiene un poco de Joe Orton, por la mala hostia; tiene un pelo de surrealismo -no afectado- y una garrafa de caradura, atrevimiento y Quién-dice-que-esto-no-puede-hacerse. Tiene Jardiel-Poncelismo, indudablemente, sólo que actualizado y brutalizado (Jardiel odiaba las palabrotas y las guarradas, por desgracia), y también regusto a Tono y Mihura (como afirma verazmente el propio Álex de la Iglesia en la faja acompañante), incluso algo del elemento sorpresivo del Gómez de la Serna de El Incongruente, sin nada de la palabra poética o la imagen bellísima de éste. No hay nada “bellísimo” en JI y JA, a no ser que consideren el carcajearse en sí mismo como un acto de belleza; algo que, por otra parte, sería perfectamente lícito considerar.

JI y JA, si hemos de afinar aún más en la comparación, se sitúa también en el bando del humor surreo-bestia-freak español, de Faemino y Cansado, los early Martes y Trece o Muchachada Nui/La Hora Chanante en su vertiente satírica y citadora (y descalabrante) de la cultura popular. Pero, pese a las referencias y citajes y apariciones estelares (Chuck Norris, Grace Kelly, Adolf Hitler, Charles Manson y Ben-Hur, y la madre de Ben-Hur), el texto no es nada posmoderno, nada arty y carece de pretensiones literarias, atributos estos que celebrarán los que odian las cosas posmodernas, arties y llenas hasta la náusea de pretensiones literarias.

No, debemos decírselo como es: JI y JA es para morirse de risa. Es un libro de despertar a tu durmiente pareja en el lecho conyugal tras haberte topado con un fragmento atacador del músculo risil y estallar en carcajadas leoninas. Es de reírse mucho, y muy fuerte, hasta que empiecen a sonar las escobas ametrallantes de los vecinos en el suelo (su techo). La trama empieza normal -dos cuarentones losers pasan la vida delante de la televisión, hasta que uno de los dos decide hacer algo con ella (con su vida, no con su televisión)- prosigue demencialmente, y termina de juzgado de guardia y entrada de Urgencias del psiquiátrico. Oh, y hacia el final llega el Fin del Mundo. Pero mientras tanto, las situaciones absurdas y el humorismo violento y la fraseología descacharrante se suceden como gags de Aterriza como puedas, como acordes de hardcore trumpatrumpa: uno después del otro, sin tregua, como jabatos, a toda velocidad y en nuestra pobre jeta.

Hay momentos ciertamente inolvidables: los comentarios a la versión del director de Ben-Hur que van pasando por la tele (con Ben-Hur probándose sandalias, o hinchándose a cruasanes: “Más le vale a Ben-Hur desayunar fuerte para lo que le viene encima”), o a un documental de Cousteau (“¿Este hombre estará tan arrugado realmente os es que siempre que lo sacan está saliendo del agua?”), las reflexiones sobre buda y el budismo (“Imagínatelo con melena”), las intervenciones de los padres de uno de los protagonistas (que viven dentro de una caja de cartón en mitad del living), la fiesta de personajes históricos malignos, la entrevista telefónica -purito Jardiel, mezclado con Gila- de la que sólo escuchamos un extremo (“Sí, dígame. Vale… El Rojo… La fabada… La paz en el mundo… Marco Polo… la honestidad… Café con churros… Gracias a usted”)… Podríamos seguir y seguir, pero es mejor que vayan encajando estos guantazos geniales ustedes mismos.

Bienvenidos a un libro que es una fiesta, escrito por dos autores con grandioso sentido del humor grotesco y tino para la risa de psilobicina; un libro que podrán leer donde quieran, cierto, vivimos en un país libre, si bien deberán enfrentarse ustedes a las consecuencias; pues esto debería venir con adhesivo: “No hojear en lugares públicos”. Si incluso así deciden hacerlo, no se sorprendan luego cuando la gente empieza a formar un círculo temeroso a su alrededor. Son las carcajado-grituras que están pegando, que distraen al conductor y hacen llorar a los niños.

Paso a los locos de la calle, y que se partan ustedes bien.

Kiko Amat

Disco del Mes (Octubre): CHARADES Revolución solar

CHARADES

Revolución solar

(B-Core, 2010)

Si uno juzga por la cantidad de espacio que se les ha dedicado en los medios, otros lanzamientos de este último año son mucho más importantes que el Revolución solar de Charades. La realidad, sin embargo, es que el volumen desmesurado que se les dedica a todas esas bandas carentes de talento en quien están pensando ustedes ahora es solo eso: espacio. Los malos grupos en este país son como brontosaurios: ocupan la hostia, y sus nombres aparecen en cuerpos gigantes, pero en realidad los cerebros son más bien diminutos, y su presencia y producto están condenados -por fraudulentos, por insulsos, por mercantilistas, por haberse prestado a anunciar ropa vaquera- a la extinción-por-meteorito. La emocional, cuanto menos.

Charades, digámoslo claro y temprano ahora, antes de que se nos escape la furia, son la mejor banda de este país. En verdad os digo que son algo único, y le rompe a uno el corazón ver las entrevistas pacatas y formuláicas que se les hacen, las platitudes que se dicen al tratar de encasillarlas y por supuesto el ninguneo -involuntario, quizás- al que las someten el zeitgeist y la saturación de oferta en nuestros tiempos. Leyendo las “sandeces abazofiadas” (como diría Jardiel) que se escriben mentando su nombre, uno podría estar tentado a pensar que las Charades son un grupo más, un grupo de chicas más, un grupo imitador de Vivian Girls más. Un grupo cualquiera, en resumen.

La realidad es distinta: he aquí un grupo español que vive verdaderamente en una onda privada y fértil y fascinante, muy suya, muy poco de fijarse bizqueando en qué hace el empollón de al lado, y encima esa onda secreta se manifiesta hacia el exterior con el talento compositivo gigante, envidiable, de Isabel Fernández y las suyas. Revolución solar es, ciertamente, un disco único, perdurable, elevado y -déjenme que diga esto- trascendente de la forma menos pomposa en que uno puede buscar la trascendencia. En Revolución solar se cruzan, según yo lo veo, un par de tradiciones que no solían encontrarse: hay un tema tribal, guerrero, nativo que las emparienta con Delta 5, Lora Logic, Slits (porque no todos los grupos de chicas se parecen a Slits -como Girlschool, no jodan- pero Charades si tienen un deje a ellas), incluso Bow Wow Wow si me provocan. Y ese tribalismo o ritmo de danza de la lluvia se funde aquí con el amor a la armonía californiana, el psych-pop más soleado y los Moby Grape y el tema barroco, indie-psicodélico-californiano de gente como Beachwood Sparks. Esta es una combinación extraña, pero que en Revolución Solar produce la mejor música pop.

Pese a ser este un disco perfecto y sin relleno alguno, tres hits llegan a mi corazón, tres: “Grito tu nombre” (que empieza con un repiqueteo de tambor primitivo) y “Revolución solar”, porque juntas son el single perfecto, música moderna de carga de la brigada ligera que suena épica sin ser imbécil, alta sin ser aburrida, guerrera sin ser auténticamente violenta. Sí, “Revolución solar” es, no se engañen, una canción guerrera, una canción brigadista, una canción de tomar armas. ¿Recuerdan cuando The Ex versionearon el “Ay Carmela”, fundiendo en su cover la furia autóctona izquierdista original con un ritmo Zounds / Adam & The Ants que hacía que sonara como música de los indios Crows? ¿Reinterpretada por CRASS? Pues añádanle a esa cosa extraña y vigorosa un paquebote de armonías vocales del Big Sur y verán lo que les queda: “Revolución solar”. Y les confesaré algo más: hice la prueba Dr.Dre -a lo G-funk- y la escuché en el coche, a volumen quebratrompas y acelerando (por carreteras deshabitadas) y les juro que sonaba a música del Apocalipsis, sección Salvación Personal. Música redentora y combativa, llena de una belleza increíble y de crescendos que le ensanchan a uno el alma. Desde el “You’ve lost that lovin’ feeling” de los Righteous Brothers que no escuchábamos crescendos y altitudes como éstas. ¿Cuantos grupos deben soñar en producir un día algo tan gordo y alterador-de-vidas como la sección intermedia de “Revolución solar”, cuando aumenta el tempo y trotan cada vez más fuerte los caballos y los tambores avanzan a campo abierto, hacia la muerte segura? Esas crecidas de tono, esas subidas al cerro de los octavos, son sin duda uno de los distintivos más claros de Charades, y en sus dominios reinan y nunca repiten.

“Aguaceros”, que también es una cosa singular y estupenda, tiene otro de ellos a los 30 segundos de empezar el tema, una elevación gradual tan emotiva, tan bien fabricada, con una explosión final tan certera, que es imposible evitar que no toque, que no le afecte a uno de algún modo. Muchos artistas de distintas disciplinas, estoy seguro, darían un brazo por ser capaces de conmover así, en tres notas, por sorpresa y de una manera tan intensa y para siempre. En “Aguaceros” escucho de fondo muchas cosas, la mayoría de ellas no relacionadas con Charades, pero cuya sensibilidad la canción me hace recordar: Teardrop Explodes, The Claim, The Chills, los Gruppo Sportivo emotivos y no bobos del Design Moderne (1982), tantas cosas.

Pero hablábamos de batallas: mi otra favorita indudable, por lo dicho antes, es la explícita “En las batallas”. Una canción que empieza como si no pasara nada, como aquel que no quiere la cosa, y al poco se ven sus intenciones, que son serias, pero luego vuelve a mentir (esta es una canción de doble engaño), y en el minuto 1:47 simula deshincharse, entra un xilofón, y uno ya está agarrando sombrero y paraguas cuando de repente sucede aquello. El nuevo y definitivo ascenso que acompaña el belicoso canto (al menos en lo emocional) “En los combates / En las batallas”, y que la convierte en una canción anti-miedo y pro-coraje, un dador de valentía y una suerte de himno imprevisto y, quizás, ni siquiera intencionado.

Y podría seguir hablándoles y aullando el resto de canciones de Revolución solar durante un largo rato. Y haciendo cábalas, jugando a charadas (permítanme el chiste), argumentando que “Medio cielo de revolución” suena a Rogue Wave, y “Harold & Maude” a las Au pairs del Playing with a different sex. Pero el listaje no nos alcanzaría, y al final tampoco se iban a hacer a la idea de lo grande de este álbum. Junto a Jonston e Incrucificables, es sin duda de lo mejor que ha dado el underground del país en estos últimos diez años. Ahora sólo queda realizar el único gesto a nuestro alcance: inclinarnos ante la majestad, brillantez, belleza y amplitud de este disco. Un trabajo que los años convertirán en clásico.

Kiko Amat

Entrevista verborreante con Kiko Amat

Y otra amena charla con ese Fidel Castro de la respuesta entrevistil, Kiko Amat. Esta vez para Waaau TV. Véanlo todo en sus dos partes (obviamente, no cabía en una sola) aquí y también acá. Se recomienda no seguir con la vista el movimiento prestidigitador de manos, pues marea y aturde.

Nuevo Yo Fui el primer en L.E.M.

Una nueva edición de la serie Yo Fui el primer… en La Escuela Moderna, en esta ocasión dedicada a ese moderno ex-modernista, Felipe, de Los Canguros, los Fresones Rebeldes y Cola-Jet Set. Plausible Número 6 del modismo barcelonés y avanzado representante de la class of 79. Léanlo aquí.

La pesadilla de Stanislas

NICK GARRIE

The nightmare of JB Stanislas (40th anniversary Deluxe Edition)

Elefant Records

60’s pop barroco Mucho antes de haberlo escuchado, la mayoría de coleccionistas de 60’s pop oscuro sabíamos de la existencia de The nightmare of JB Stanislas por su rareza y calidad elusiva, estilo Nessie: te sonaba que existía alguna copia pululando por ahí, pero nunca estabas cerca cuando ésta emergía del sótano mohoso donde había pasado los últimos lustros. Y si daba la casualidad de que sí estabas al acecho, al final daba lo mismo porque por allí rondaban otros collectors de ojos zombis con muchos menos escrúpulos que tú, deseosos de entregar esos dañinos 1200 euros que ya nunca se usarían para poner pladur. Euros malgastados, encima, pues en el 2005 Rev-Ola lo reeditaría en CD, una iniciativa a la que se sumó Wah Wah con su edición en vinilo. Y ahora esta nueva edición del álbum, con libreto (casi noveleta) escrito por el propio Garrie, extras y demos.

El autor del LP, Nick Garrie, era un gamberrazo que había salido catapultado de toda public school donde paraba, y que finalmente emprendió la ruta que tantos chavales ingleses con alma beatnik (como Marc Bolan, o Rod “The Mod” Stewart) habían tomado antes: gandulear por Francia bandurria en mano, a ver si caía alguna gabacha piernilarga o un contrato. Tanto ganduleó Garrie en Saint Tropez que al final llamó la atención de Eddie Vartan, productor de DiscAZ (el sello de la Bardot y Polnareff). La tragicómica historia que sigue es casi de The Rutles: metieron a Garrie a empellones en un estudio con una orquesta de 56 músicos. Se grabó el álbum a velocidad diabólica, ignorando toda sugerencia del autor (quien -infeliz- buscaba un sonido folkie-desnudo). Cuando aquello estuvo terminado, Lucien Morisse, el dueño de DiscAZ y mentor del asunto, se quitó la vida, llevándose con él toda posibilidad de éxito comercial del proyecto. Garrie se alejó de allí encogiendo los hombros, y rogando (en plan El Escudo Averno) que nadie volviera a recordarle aquel fiasco.

Pero la rareza, la calidad legendaria del LP, es un desdeñable tanto por ciento de su encanto. La primera canción del disco, “The nightmare of JB Stanislas”, ya avisa de por donde camina: pop barroco y pastoral a lo Ogden nut’s gone flake de los Small Faces, con el espíritu cantautor de Bill Fay y la intuición pop de Emitt Rhodes/ Paul McCartney. “Can I stay with you”, que es la siguiente, empieza también con una flauta que es puro Steve Marriott campestre y continua los derroteros emocionantes del Rubber soul. Otras, como”Bungles tours” o “Queen of queens”, acarrean el eco vodeviliano de Kinks o los Who más coñones, con tubas y palmeo de caderas cockney. Otras más, como “David’s prayer”, huelen a folkie asceta en caravana, la tradición de Vashti Bunyan con orquestación pop a lo Bridget St.John. Es de hecho esto -la orquestación- lo que hace pensar una y otra vez en The Pretty Things del Emotions: violines y trompetas añadidos contra la voluntad del grupo, pero con resultados sobrecogedores: “The wanderer” o “Stephanie city” suenan a pop psicodélico con sinfónica adosada y las canciones más pegadizas y orquestadas del Bryter Later de Nick Drake.Y ustedes pensarán: ¡maravilloso! Y eso es lo que, a la sazón, es este disco: una maravilla. De los numerosos extras, lo mejor es el primer single de 1968, “Queen of spades”/”Close your eyes”, con guitarra fuzzeante a lo SF Sorrow. Y, para los que no les agrade este asunto de los mil violines desbocados, la oportunidad de escuchar varios de los cortes del disco en formato acústico original. Pero a mí déjenme los violines, se lo ruego. Kiko Amat

(Crítica publicada en la revista Rockdelux #287 de septiembre)


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