El Rey Julián: Varón y dandi

Julian Maclaren-Ross Dos nuevas traducciones devuelven al presente la figura del escritor dandi maldito de los años 40 londinenses

El dandismo resulta, a la larga, poco sostenible. Quizás sea porque la dulce crueldad y la monovisión que lo fertilizan se tornan imposibles pasada cierta edad, y el mantenimiento del jardín de la elegancia es incompatible con próstatas llameantes y galletas espachurradas en camisas. O quizás sea porque parte de la gente que también pasta en los prados del Vestir Bien son puchinelis bulímicos con menos profundidad que una piscina Toi y, en general, gente que nunca despertaría nuestra admiración, sino más bien el deseo de incrustar en su réctum la maraca raniforme con 12 cascabeles de nuestro hijo menor.

Por otra parte, el dandismo interesante es el heróico, no el pueril. La belleza pretérita de tíos impolutos en medio del hundimiento general y personal, hombres despeñados y cojeantes pero aún aferrados precariamente al alféizar del abismo, zapatos lustrosos y dieta forzosa, negándose a admitir la pena o el fracaso. Gente sutilmente odiosa, cierto, pero de una forma única, valiente, con una concepción de la estética personal que no emanaba de Vogue o la pasarela, sino de una fiera visión de la individualidad.

Julian MacLaren-Ross (el guioncito del apellido es inventado, como tantas otras cosas de su vida) quizás sea el mejor ejemplo de la malograda, morosa y tuberculosa dandibohemia londinense de la década de los 40. La escena pre-beatniks del Soho de la IIª Guerra Mundial, alcohólico hogar de Francis Bacon, Dylan Thomas y tantos otros. Un submundo que fermentaba en los pubs insalubres del barrio bohemio por definición, mientras allá arriba cundía el racionamiento, los apagones y los impactos de los V2 nazis. Nacido en 1912 en el seno de una familia de clase media venida a menos, Julian pasó no obstante parte de su infancia en la riviera francesa. Los internados galos y el ejército -donde sirvió de joven- forjarían su idea de sí mismo como marginado en un entorno hostil, así como su increíble capacidad de auto-preservación. Una capacidad que se pondría a prueba en Fitzrovia (norte del Soho, bautizado así por el pub Fitzroy Tavern), el mini-país en el que se instaló de civil y que ya nunca abandonaría hasta su muerte.

El Julian de 1943, King Julian, se había reinventado a sí mismo con éxito: mucho antes de publicar ya andaba por los pubs tildándose de escritor y luciendo su imperecedero kit estético: cigarrillo emboquillado, traje de pana carmesí (y clavel en la solapa), chaqueta con cuello de astracán, faja marrón, corbata de seda, gafas de aviador (que llevaba, no haría falta decirlo, también de noche) y un bastón indonesio dando ritmo a sus pasos. En el Soho crepuscular y austero de los 40’s, los transeuntes debieron admirarle como aztecas enfrentados a su primer ovni aterrizante. Tan inolvidables resultaban su estampa y actitud, que MacLaren-Ross terminaría apareciendo como personaje en las novelas de sus contemporáneos. El más célebre de ellos sería el exhibicionista, autoabsorto y contradictorio esteta X. Trapnel en Los libros sí amueblan una habitación, décimo volúmen de Una danza para la música del tiempo de Anthony Powell.

Pero más allá de sus calcetines y cameos, Maclaren-Ross es importante por dos cosas: su estilo literario y posterior defecación en él. Porque si bien las motivaciones originales de Julian a la hora de planear vivir de la escritura no eran particularmente admirables, su talento le llevaría a firmar obras de gran calidad; ágiles, duras, irónicas y elásticas, como las recientemente traducidas De amor y hambre (1947) y Veneno de tarántula (1946). Entre sus fans se contaban figurones como Evelyn Waugh, Anthony Powell, Cyril Connolly o el propio Greene, y todo apuntaba a las estrellas.

Sin embargo, lo que sigue es derrumbe y vergüenza, y Maclaren casi inventó la figura del has-been, o talento primordial malogrado por una mala gestión de los bienes inspiracionales. Julian quemó, violó y arrastró por aguas fecales su arte hasta que de él no quedó más que una risible autoparodia. ¿Cómo? Viviendo muy por encima de sus posibilidades, empeñándose con medio Londres, aceptando cualquier tipo de empleo (guiones de serie B, noveluchas pulp) para pagar a sus acreedores, alienando a sus editores, volviéndose alcohólico, etc.

Pero el peor mal que aquejó a Maclaren-Ross fue la llamada “Soho-itis”, o el síndrome bohemio por el cual uno se pasa la vida en el pub de turno relatando sus planes literario-artísticos en lugar de estar poniendo en práctica dichos planes. Hasta su fallecimiento en 1964, Maclaren-Ross pasó una remarcable parte de su vida en el bar, medio tísico y ocasionalmente homeless, pero -eso sí- manteniendo aquella dignidad precaria que era su marca de fábrica, “un atractivo aire de triunfo en la cara de la derrota que le hizo santo patrón del culto al fracaso que imperaba en el Soho” (Paul Willets). Quizás fuese un mentiroso de poco fiar, un lechuguino corrupto, manirroto patológico, monologuista insoportable, borracho y toxicómano. Pero en un mundo sin color, su única obsesión fue ser Él. Y lo consiguió, vive Dios.

Kiko Amat

Obras esenciales

De amor y hambre (1947; Lumen 2007)

Veneno de tarántula (1946; La Bestia Equilátera 2009)

Tostadas de jabón (selección de cuentos; La Bestia Equilátera 2009)

Memorias de los cuarenta (La Bestia Equilátera, previsto para el 2011)

Biografia

Fear and loathing in Fitzrovia; the bizarre life of writer, actor, soho raconteur Julian Maclaren-Ross, Paul Willets (Dewi Lewis Publishing, 2005)

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 6 de octubre del 2007. Esta versión es ligeramente más extended que le que finalmente se publicó)

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