Archivo de enero de 2011

Kiko Amat con el 1er aniversario de Breakaway

Para aquellos de ustedes a los que agraden los discos estupendísimos, los chicos y chicas de la tienda Breakaway (revival clothing) de Barcelona nos han invitado (royal we) a pinchar unos cuantos de ellos para celebrar el primer aniversario de su establecimiento. La cosa tendrá lugar en el Underground, sito en la calle Granada del Penedés 19 (la del flisflas, para que me entiendan), y tocarán Los Retrovisores y pincharán Undersounds y aquí el menda.

Los discos que serán rotados en dicha velada se centrarán (por la parte que nos corresponde) en mod revival y sus periferias (de Purple hearts, Long Tall Shorty y Teenbeats a Rudi, Newtown Neurotics, TV21, The Donkeys y The Claim), indie cretácico y C86 (June Brides, Jasmine Minks, Brilliant Corners, Razorcuts), algo de sonido medway (Prisoners, Childish-ismos), cosas que simplemente nos apetecen una cosa bárbara (el “Do it again” de The Kinks 80′s ) y otras que evaden clasificación, pero que son la mar de maravillosas y danzables (el “Love your shoes” de Furniture, el “Apocalypso” de Monochrome Set). Y pop con trompetas, como si no existiese un porvenir y soplando a go-gó.

Y esto sucederá este venidero viernes 28 a las 23:00h en el lugar ya apuntado más arriba. Se les espera.

Humorismo Pt.3: Siete libros para mondarse

1) Hogar dulce hogar, Sam Lypsite (Random House Mondadori): Quizás el libro con el que más mas he reído en la vida. El relato está escrito, en su mayor parte, en forma de cartas al boletín del instituto que manda un ex-alumno über-perdedor, Lewis Miner (alias “Bolsa de Té”). Escatológico, bestial y muy gráfico, este es el tipo de humor zafio pero cortante que les gustará a los fans de los Farrelly Brothers o Supersalidos. Y la sublime traducción de Javier Calvo hará que no se pierdan un solo chiste.

2) J.P. Wodehouse: Todo. Pero especialmente las novelas que giran entorno al tándem Bertie Wooster (el señorito) y Jeeves (su ayuda de cámara), y aún más especialmente mi favorito: El código de los Woosters. Que -¡Oh, coincidencia!- Anagrama acaba de reeditar como parte del Omnibus Jeeves, Tomo I (junto a ¡Gracias, Jeeves! y El inimitable Jeeves). Humor screwball de enredos, contratiempos, ridículo y doble-ceja-arqueada (pero también carcajadas) que, pese a ser puro años 30, es atemporal.

3) Decadencia y caida, Evelyn Waugh (Anagrama): Más humor negro inglés de doble ceja, con ocasional estrépito de risotada en algunas páginas, cimentado sobre ridículo público, patosez, desorientación vital y desagrado hacia el propio cuerpo (y hacia uno mismo). En este caso, ambientado en el rígido ambiente de las instituciones docentes inglesas y protagonizado por el profesor más inadecuado de la historia, Paul Pennyfeather. Su segunda novela de humor antes de que se pasara al dramón es ¡Últimes notícies!, traducida recientemente al catalán por A Contra Vent.

4) La suerte de Jim, Kingsley Amis (Destino): Prima hermana de la anterior. Trata también de un anodino profesor universitario, Jim Dixon, que intenta por todos los medios complacer a su superior, el pomposo Professor Welch. Todo sale al revés, como pueden imaginar. Contiene la mejor y más divertida descripción de una resaca jamás escrita.

5) Billy El mentiroso, Keith Waterhouse (Ediciones del Viento): Tiene lo mejor de ambos mundos: la mitad del libro es mondante, y la otra mitad agridulce (y el final dramático). Pero en las partes humorísticas, la historia del mundo paralelo del empleado de pompas fúnebres Billy Fischer es desternillante. Humor suave, elegante pero impenitente, que trata también del sentirse inadecuado en un mundo grisáceo y triste.

6) Jardiel Poncela: Todo. Ver artículo limítrofe.

7) Juan Ignacio y José Ángel: dos hombres sin destino, Montero y Maidagán (Pepitas de Calabaza, 2010): Adaptación de una obra de teatro que fue llevada a los escenarios por Pánico Escénico, la compañía de Álex de la Iglesia. Tiene humor absurdo a lo Mihura/Tono/Jardiel actualizado con el humor surreo-bestia-freak español de Faemino y Cansado o Muchachada Nui/La Hora Chanante. Aparecen Chuck Norris, Grace Kelly, Adolf Hitler, Charles Manson, Ben-Hur y la madre de Ben-Hur, entre otros. Para morirse de risa.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente como despiece al ensayo sobre humorismo -del mismo autor- que fue tema central del suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 12 de enero del 2011)

Humorismo Pt. 2: Sí a la violencia (de Jardiel)

Jardiel Poncela Blackie Books empieza su campaña de reivindicación del autor madrileño publicando dos de sus novelas, Amor se escribe sin Hache y La tournee de Dios.

Una amiga mía, enfrentada recientemente al humor bestial de la serie inglesa Black Books, se vió acorralada hasta tal punto que sólo acertó a espetarle a su novio: “Però, De què riu l’home?” (el novio no contestó; estaba revolcándose por el suelo en pleno ataque de risa). Dejando de lado lo memorable de la frase, hay que admitir que la incógnita es de lo más legítima: ¿De qué rayos se ríe el hombre? Nada más lejos de mi intención aquí que tratar de explicárselo, especialmente cuando alguien tan versado en ello como Jardiel Poncela admitía en su crucial prólogo a Amor se escribe sin Hache que “definir el humorismo es como pretender clavar por el ala una mariposa, utilizando de aguijón un poste del telégrafo”.

Así que lo que voy a hacer aquí es hablarles directamente de Jardiel Poncela, aprovechando las recientes reediciones de Blackie Books. Ustedes habrán escuchado hablar o no de Jardiel, pues su obra ha sido progromeada década tras década por cenizos de tendencias políticas (supuestamente) opuestas. Los señores de la chaqueta de pana que hablan diciendo “compañeros/as” jamás le perdonaron a Jardiel que terminara poniéndose de parte de la España Franquista hacia 1938, y que después de su exilio regresara tan pancho al lado Nacional. Pero la decisión un tanto precipitada de Poncela tampoco le acarrearía magnos laureles de poeta protegido en una España timorata y carrinclona que era incapaz de aceptar su humor carnicero. Así que Jardiel, como los mejores iconos, sigue siendo detestado por los peores cretinos de cada década y no encaja bien en ninguna parte. Y por ello hay que dar lustre a su nombre y legado de una vez por todas.

Jardiel Poncela nació en Madrid en octubre del 1901, y se autodefinía como “feo, singularmente feo, feo elevadamente al cubo. Además, soy bajo: un metro sesenta de altura”. Inicialmente se ganaba la vida como periodista humorístico en revistas como Buen Humor y Gutiérrez, y fue en una de las omnipresentes tertulias de café de los años veinte cuando conoció al que sería su máxima influencia en aquellos años de aprendizaje: Ramón Gómez de la Serna. Jardiel sólo escribió cuatro novelas: Amor se escribe sin hache (1929), Espérame en Siberia, vida mía (1930), Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? (1931) y La tourneé de Dios (1932). Todas fantásticas, qué quieren que les diga. El resto de su producción se centró en las obras de teatro, campo donde (en mi opinión, que es la que cuenta) fabricó las cumbres de su obra. Como por ejemplo Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936), deliciosa y delirante saga de unos señores que toman -para su desespero y tedio final- el elixir de la eterna juventud. Amor se escribe sin hache es, a la sazón, una sátira de las novelas de amor, escrita con la única intención de reírse de “las novelas de amor al uso (…) exactamente igual que hizo Cervantes con los libros de caballerías”. El argumento es lo de menos, y que tratar de ser racional sobre éste sería (permítanme que cite Un cadaver a los postres) “como televisol en luna de miel: innecesalio”.

Jardiel era un tipo extrañamente moderno, bastante anglófilo (llegó a trabajar en Hollywood) y a todas luces avanzado a su era en lo tocante a las relaciones de pareja. Se crió en un entorno familar intelectual y fue desde muy niño expuesto a todo tipo de disciplinas artísticas. Por fortuna, Jardiel siendo Jardiel, esto no le convirtió en un charlatán pedante sino precisamente lo opuesto: en su recurrido prólogo, el autor admitía que “(prefiero) una página de Julio Verne traducida por un analfabeto a toda la Ilíada, recitada por Homero en persona”. Una frase que podría resumirle como artista y lector; pues Jardiel insistió una y otra vez en practicar esa, la más bella de las dicotomías: reírse hasta la saciedad de sí mismo y de su obra, pero a la vez tomarse su arte muy en serio. Poca gente consigue transcurrir por su creación así, sin practicar en demasía lo primero (y terminar convertido en un titella amoral) ni lo segundo (y terminar convertido en un imbécil).

Y hablando de imbéciles. Quizás el rasgo más loable de Jardiel es ese carecer por completo de miedo al qué dirán, atributo del que hacía alarde a la menor ocasión. Solo tomando el prólogo de Amor…, vemos que Jardiel llama “imbécil” a varios contemporáneos, admite que “asesinaría a bastante gente” y define un par de cosas como “sandeces abazofiadas” y “palabras putrefactas”. Como ven, la autodefinición de su arte como “humorismo violento” no era una forma de hablar: el humor de Poncela es violento y salvaje (aunque educadísimo, pues Jardiel odiaba el mal gusto), y es así porque nace de la admisión de que el mundo está lleno de imbéciles sin remedio. Y que la única forma de vivir es dándoles candela.

Pero para que no me espeten que estoy realizando una encendida loa deificante, he de admitirles que Jardiel tenía sus fallos, como todo hombre. Para empezar, y dijese lo que dijese, era más misógino que un franciscano del año mil. Cosa que, por otra parte, me trae sin cuidado. Otro fallo es su encendido anticomunismo, que -no obstante- le hace el anticomunista más divertido del mundo (toda una novedad). Su prólogo a La tournee de Dios es quizás el argumento anti-igualdad, anti-libertad y anti-fraternidad más mondante de la historia, y uno de poco se atraganta de la risa cuando, hablando de autores soviéticos, Jardiel suelta lo de “entre Virgilio y Katiussupoff me quedaré siempre con Virgilio, que no olía a sardinas”. Más clasista y la diña, el tío. Una vez leído este prólogo, a uno ya no le parece tan casual que Poncela regresara maletas en mano al bando nacional.

Jardiel terminó su vida a los 50 años (en 1952) olvidado por todos, reivindicado por nadie, arruinado y abandonado por sus amigos. Recuperarle ahora quizás sea el gesto de decencia más apremiante de los últimos cincuenta años. Pues Jardiel, como las cosas más estupendas de la historia, siempre fue demasiado algo para alguien: demasiado elitista y señorito para los izquierdistas, demasiado irreverente y libertino para los de derechas, demasiado intrascendente para los los amantes de las cosas de altar y panteón. Y así como él juzgaba a las personas por su sentido del humor (única forma de juzgar a alguien, por otra parte), nosotros -sus discípulos- debemos juzgar a las personas por si les gusta o no Jardiel. Que es como decir si les gusta o no el humor. ¿Y bien? ¿De qué lado están ustedes?

Kiko Amat

Enrique Jardiel Poncela

Amor se escribe sin hache

Blackie Books

360 págs

La tourneé de Dios

Blackie Books

487 págs

(Artículo publicado como segunda parte del ensayo sobre humorismo -del mismo autor- publicado como tema central en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 12 de enero del 2011)

Humorismo Pt.1: Humor o barbarie

Superhumor La literatura con humorismo, arte capital desde el primer día en que un bípedo se puso a garabatear historias onerosas, ha cruzado en España un periodo árido, pero vuelven a resurgir los humoristas. Analizamos aquí la idea del humor a la vez que celebramos a Jardiel Poncela, J.P. Wodehouse y los modernos (y antiguos) francotiradores de la risa.

Hace poco estaba yo en el ascensor de mi bloque, simulando ser una persona como las demás y entablando conversación pueril con una vecina (trato de evitar que los convecinos me visualicen como al escritor loco de El resplandor, hacha en ristre camino de sus aposentos), cuando esa cháchara inane declinó hacia el tema de las guarderías. Mi hijo ha entrado, el suyo no, bla-bla, “proyecto pedagógico”, bli-blu (¿Dios, podrá morirse uno de aburrimiento?), y de repente mi boca -sin consultar antes con mi cerebro- tuvo a bien de espetarle a la vecina: “En la guardería pública que queríamos, uno sólo entra si el niño es celíaco, disléxico, leproso y tuberculoso. Así que estamos pensando en mutilar al nuestro”. Mi vecina, al escuchar esto, se quedó lívida, la tez cenicienta y la boca hecha párking, y sólo alcanzó a balbucear un “pero… pero… pero… mutilar, no, hombre”, mientras un extremo de su labio superior traquetreaba como un toldo de caravana al viento. Y sólo respiró aliviada cuando yo, igualmente boquiabierto, caí en que la mujer no había reparado en el acento humorístico y le espeté: “Es broma, señora”.

Y entonces, la lacerante verdad de lo que había sucedido impactó en mi frente con la fuerza de cien menhires. Porque uno da por hecha la existencia del sentido del humor, pero lo cierto es que mucha gente carece de él. Y esa carencia, esa minusvalía (porque es una minusvalía, señores: el no-humorismo como primer síntoma palpable de memez congénita), explica una remarcable cantidad de las tragedias acontecidas a lo largo de la historia. Me disculparán si me pongo dogmático (y pelín demagógico), pero, ¿No era precisamente la completa falta de sentido del humor y la inexistente capacidad de reírse de uno mismo -y del propio país- una de las piedras fundacionales de los totalitarismos del siglo XX? ¿No dirían ustedes que si algo definía las actividades y soluciones más bien finales del Tercer Reich era que nadie se reía nunca? ¿Ustedes son capaces de imaginarse a Goering, Hitler y Hess tronchándose de risa y palmeándose vigorosamente los muslos en aquella Bürgerbräukeller por algo que no fuera un chistecito racial-genocida? En efecto: si algo comparten todos los Padres de la Patria, salvadores maoístas o sturmtruppers de camisa marrón es la completa ausencia de sentido del humor en su ideario. No hay risa en Stalingrado, en Auschwitz-Birkenau, el golpe de estado franquista de 1936, el Gran Paso Adelante o las pasadas elecciones para el parlamento catalán. Casi todas las cosas históricamente perniciosas para la humanidad (sea la COPE, el partido nacionalsocialista alemán, Vargas Llosa o Radiohead) comparten entre ellas la absoluta ausencia del humor, la diversión o la ironía en sus planteamientos.

Humor 4 – Terror 0

Porque, de hecho, el humor es lo contrario del Mal: el humor es el antídoto contra el horror, la ignorancia y la barbarie. Nada desactiva en mayor medida al maligno que la risa en su cara. Porque la risa, señores, tiene poder, y disculpen si me pongo rumbero. El humor es un arma, y por ello tantos literatos y satiristas lo han utilizado en su obra. Asimismo, nada les interesa más a los “serios de la pipa” (como los llamaba Francisco Casavella) que arrancarle el humorismo a los clásicos: la Alta Literatura se cimenta en gravedad, reverencia y estatuesca circunspección. Para ellos, el humor es una bobada insustancial, una necedad anti-artística, un chascarrillo de taberna: el verdadero arte es trágico, solemne, épico, o simplemente no es. Traten de entenderles: si empezaran a admitir que Shakespeare es esencialmente un escritor humorístico (hay que tomar incluso Hamlet como un sainete irónico, grotescamente excesivo) o que Kafka era uno de los mayores autores cómicos del siglo XX, ¿quién sabe qué tendrían que terminar admitiendo? ¿Que el humor es, de hecho, pieza angular de la literatura más importante desde el 1605? No, como argumentaba Casavella, a los “serios de la pipa” les interesaba convertir a Kafka en “una especie de pseudomístico amargado, es decir, en ellos mismos”. El humor no conviene. El humor no interesa. Los grandes escritores no son humorísticos y, en caso de serlo, es esencial lobotomizar su lectura para extirpar cualquier asomo de humor. La visión de la Alta Cultura es una visión franciscana: reír es de lelos, reír deforma las facciones, reír no es santo.

Pero un rápido vistazo a los cúlmenes de la palabra escrita nos demuestra lo contrario: son humorísticos Quevedo, Cervantes, Larra, toda la picaresca, los satíricos ingleses o americanos (Defoe, Swift, Twain…), Lewis Carroll, Wilde… De hecho, si uno excava en los cimientos de la literatura británica, cae en la cuenta de que todos los autores clásicos comparten un poso de ironía y sátira; incluso aquellos que se ha intentado sepultar en el Mausoleo de Autores Severísimos: Samuel Pepys, Horace Walpole, Coleridge, Samuel Butler… Pero admitir esto sería, ya dijimos, fatal. Es por ello que en el canon literario, las obras que hacen reír y divierten son consideradas menores, y los tochos son los Libros de Veras. Es por ello que el Decadencia y caída de Evelyn Waugh se toma como una obra inferior a Retorno a Brideshead, pese a que la primera es una obra maestra de la causticidad y el humor fatalista, y la segunda una plúmbea saga de nobles abufandados “con dudas”. Es por ello que Martin Amis, esa alma en pena encadenada a la búsqueda del reconocimiento académico, no descansó hasta abandonar por completo el humor tierno de El diario de rachel o la risa asilvestrada de Dinero, y no se le consideró un autor importante hasta que empezó a firmar libros que versaban sobre Stalin, el Holocausto, o vaya usted a saber qué nuevo tema cenizo.

Y en nuestro país, tres cuartos de lo mismo. Les reto a citarme cinco autores de los últimos cincuenta años que hayan sido respetados y a la vez realizaran literatura con humorismo (Mendoza es la excepción que confirma la regla). Los escritores más celebrados por la crítica literaria del último medio siglo son los agoreros, los épicos, los fabricantes de dramones y -digámoslo claro- los pesados. Aquellos que hacían semi-reír (García Hortelano, Gómez de la Serna) o tenían intenciones claramente cómicas (Jardiel, Mihura, Tono, De La Iglesia…) serían ninguneados por el canon de la Alta Literatura, y relegados a la condición de fofós sin talento, aptos solo para el chiste, el sinsentido, la bufonada, el teatro popular, pura literatura pulp condenada a retornar a la pulpa que la originó. Y es por ello que insisto en todo esto, tirándome de los cabellos y golpeandome el pecho como una ama de casa puesta de minilips. Estoy tratando de sembrar la alarma, como en las películas de ciencia ficción de los 50’s: para salvarles a todos ustedes, inmolándome a mí mismo ante los invasores si es preciso.

Los tontos que ríen

Los tontos no ríen. Se trata, de hecho, de todo lo contrario: el humor es el más definititorio signo de una inteligencia cristalina, de una clarividencia intensamente humana, de una palpable ausencia de miedo. La risa salta por encima del terror, domeña la angustia, nos eleva, nos blinda y a la vez nos hace cercanos. La risa es uno de los mejores vehículos de la empatía, el humor la más certera manera de efectuar protesta, o comentario político, de transmitir un mensaje profundo, de hacerlo memorable y arrancarle de cuajo la gravedad académica, la corrección política, el nihilismo. A menudo, la única reacción plausible ante la barbarie es la risa: conocida es la anécdota de Kurt Vonnegut emergiendo de un bunker antiaéreo un día de febrero de 1945 y enfrentándose al cósmico terror de Dresden (la ciudad reducida a cascotes por los bombardeos yankis) con lo único que su cuerpo se veía capaz de expulsar: un ataque de risa. A veces, la carcajada es la única contraofensiva imaginable. La mejor novela anti-guerra jamás escrita es Catch-22, que es una tragicomedia; ocasionalmente más tragi que lo otro (Heller poseía un sentido del humor bastante negruzco), pero incluso así fundamentalmente sarcástica y absurda.

No por casualidad, uno de los mayor elogios que, en el Reino Unido y Norteamérica, pueden dedicársele a una novela es “funny”. Cuando un libro es “sad and funny” es que ya ha alcanzado el morrocotudo cénit: triste y divertido, como la vida misma. Aquí no: en nuestro país se pretende que únicamente lo gravoso y tupido es la esencia de la vida, que el que se atreve a reír es un acemila que no ha entendido nada de cómo funciona en realidad el mundo, y que el auténtico arte es el que se expone con esa cara de tener a alguien bailando jotas sobre nuestro juanete. Pero ustedes saben que, de nuevo, es exactamente lo contrario: sólo los que sabemos de veras cómo funciona este guiñol patético sabemos también que es casi obligatorio usar el humor en nuestros escritos, y lo hacemos con partisana beligerancia. La risa es nuestro kalashnikov, la seriedad con ínfulas nuestro enemigo.

Esas ínfulas son asimismo las que explican que las generaciones, grupos y tendencias literarias más aburridas, cursilonas y sólo-para-críticos de los últimos veinte años (el “realismo histérico” de Foster Wallace o Rushdie, el posmodernismo en general -en su versión nocillesca española, particularmente) sean fenómenos que no admiten el humor en su seno. El humor, de ser usado en sus obras, debería empezar por la auto-ironía, y la auto-ironía haría trizas violentamente los metafóricos ropajes del emperador, ropajes mismamente tejidos a base de cultismos, anti-empatía, cripticismo post-universitario, cinismo y aspiraciones de mística genialidad (con pipa) que comparten sus autores. La sharía anti-humor lleva implantada en nuestro país desde hace mucho tiempo ya, y desafiarla, rebelarse contra ella, es aún para un autor un suicidio crítico ejemplar. Según los marmóreos especialistas de la vieja guardia, los autores que hacen reír son poco más que payasos tirapedos, productores insignificantes de literatura de WC y que, encima, se permiten tener fans que no solo no son otros literatos, sino gente normal como usted, yo y la vecina del quinto (no la mía; es un decir).

Por supuesto, este tipo de nueva (aunque eterna) literatura con humorismo hará lo que siempre ha hecho la literatura viva ante la reacción de la crítica más almidonada: saltarla como si se tratara de un plinton, ignorarla como como la pieza inútil de una Edad superada y dirigirse, como siempre han hecho las cosas emocionantes de la historia de la creación, a los humanos con pulmones, temblores y carcajadas que no habitan en bibliotecas inexpugnables sitas en torres de marfil. Y buscará hacerles entrega a dichos humanos de ese algo elevado que surge de la culpa y el dolor y la vergüenza hacia uno mismo, y que se construye (no hay otra forma) mediante humor: brutal, explosivo, orgulloso y salvaje, violento humor, como siempre ha sido y será. Y es la realización de esa entrega una alta aspiración; aunque cubra sus humanos miedo y desnudez con sonoras risotadas.

Kiko Amat

(Articulo principal de la serie sobre humorismo, publicada como tema central en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia de 12 de enero del 2011)

Listas, tenderos y fascistas

Según el autor inglés David Peace, “las listas son para fascistas y tenderos, no para anarquistas y rockeros”. Yo añadiría que también son una cosa de niños (“Mis mejores amiguitos son, en este orden…”) y, por descontado, de periodistas culturales, el gremio que cada diciembre presenta sus listas totalitarias con Lo Mejor Del. Ciertamente, una vaga pestilencia fascistoide emana de esos rankings con los que nos azotan el pompis cada fin de año. Cuanto menos se trata de fascismo cronológico; porque, ¿Puede alguien decirme por qué rayos tiene uno que ceñirse al año en curso? En una gran cantidad de ocasiones, nuestro favorito más reciente es del 1887. Si nos arrancan la potestad de poner a gente muerta, nos veremos obligados a rellenar con medianías actuales; y eso si que no. Antes muertos que sencillos.

Por supuesto, para los obsesivos-compulsivos, esas listas son los ladrillos con los que erigimos un universo en paz: Los diez bigotes menos afortunados del rock. Diez canciones que lleven una estrofa en pésimo castellano (¿“Spanish bombs yo te quiero y finito/ Yo te querda, o ma corasón”?). Diez canciones en las que sale alguien silbando. Diez artistas verdaderamente merdosos, pero con una canción buena. Y un tedioso, inquietante y altamente divorciatorio etcétera.

Siendo esta dolencia una causa de empatía menor que el Síndrome de Fatiga Crónica, hay que celebrar cuando se edita un libro de listas heterodoxas. Les hablo de Hang the DJ; an alternative book of music lists, un hilarante viaje por los Top 10 temáticos de varios escritores, críticos y músicos. La gracia inherente de estos Tops es precisamente su selección temática. Así, encontrarán Diez canciones que uno asocia a películas 80’s, Diez interludios hablados en el pop, Diez buenas power ballads (“More than a fe-e-e-eling!”), Diez canciones de garaje sin autoestima (esa “Born loser”) y muchos más. Mi favorita, sin embargo, es esta: Diez Canciones de los últimos 25 años que resultarían perturbadoras para un tipo que llevara en coma desde 1983.

No hace falta que les diga que precisamente una de las gracias de las listas es no estar de acuerdo con ellas, insultar al hacedor y jurar venganza. Así, mi particular bête noir del libro es el imbécil de Simon Reynolds y sus “Doce grandes artistas que son terribles influencias”. Cascadas de indignación manaban de mis orejas, queridos lectores, cuando leí lo que afirmaba de Who, Dexys o Smiths. Pero, ¿y el buen rato que pasé injuriándole? Para esto sirven las listas. Preparen sus mejores denuestos y a por ellas.

Kiko Amat

(Artículo publicado como despiece del artículo central “Pasión por las listas” en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 5 de enero del 2011)

Miqui y Kiko, entusiastas

Avisamos con nada de antelación. Mañana martes 25 de enero Kiko Amat emergerá de su palacio de jade para hablar con su compinche Miqui Otero en una charla organizada por el Club 3C en la galería SETBA de la Plaza Real. Se hablará de Hilo Musical, de la generación del entusiasmo, de militancias y beligerancias, del humor violento y el papel de la emoción, de planes de dominación mundial futuros, de novelas que están siendo escritas por ambos y de escritores (cercanos y lejanos) que les chiflan. En el panfleto del club se recalca que es “sólo para socios”, pero uno asume que si acuden tres o cuatro fans disfrazados de vaca (a lo Top Secret), o al menos armados de suficiente entusiasmo, les permitirán el acceso. Oh, sí: lean recortes de la cosa aquí y acullá.

Miqui Otero: ardiendo en llamas de entusiasmo

Novela Con humorismo y pasión se planta Miqui Otero en medio del panorama español. Un parque temático de ahora, un músico rock’n’roll de los 60’s, batallitas, pop y Galicia: disfruten del Hilo Musical.

¿Es esto una guerra? Si es así, acaban de desembarcar los aliados. Cuando de niño jugaba al juego de mesa La IIª Guerra Mundial no me inquietaba que mi ejército (el inglés, por supuesto) fuese vapuleado por los nazis en las primeras rondas, pues en la tirada 8 entraban los yankis y entonces, juntos, le zurrábamos la lúdica badana a esa Wermacht comefrankfurts. En literatura, esta tirada 8 se ha hecho esperar lo suyo, pero al fin han hecho entrada “los nuestros”. O al menos uno de ellos.

Ese Uno viene locuaz y titularero, con ganas de empezar “grandes batallas a la luz del sol”, que cantarían Charades. Su nombre es Miqui Otero, y quizás les suene por las recientes entrevistas en las que, con ocasión del lanzamiento de su debut Hilo Musical, se ha dedicado a hablar de cosas tan inauditas como el Enfoque Cómico, Entusiasmo vs. Cinismo y la Auténtica Influencia Pop. Si en esto del escribir hay bandos, Otero está en el ejército de la literatura entusiasta, figurativa y divertida, aunque también dura cuando procede, que se nutre del universo vivencial de uno, literatura que no habla de literatura (Vonnegut diría que “no tiene la cabeza metida en su propio culo”) sino de Cosas Que Pasan y Momentos Catárticos y Amores Furiosos, literatura valiente que no busca impresionar a cuatro críticos decimonónicos, sino que tiene fans; una novela que no teme hacer reír ni tampoco ser fieramente romántica y emotiva. Y que, encima, ostenta trama.

Quizás les sorprenda que esto me sorprenda pero es que, ¿aquí?, los que buscaban realizar novelas basándose en estos parámetros eran tres y el cabo, y uno de los tres falleció. Y de golpe llega Miqui Otero, que no tiene trampa ni cartón, que no utiliza el salero de las referencias pop para darle vitamina a un peñazo de vocación erudita, sino que escribe dando mandoblazos de Autenticidad de Emoción y Vida. Sí, Hilo Musical está lleno de vida, y la cita a John Fante no es casual. Haber escrito una novela así, manufacturada con esa pasión, sin renegar del denostado pulp o el humor, yendo a la caza del enganche clásico, rehuyendo la ampulosidad y la pacata “experimentación” de las generaciones recientes… En fín, tiene su mérito.

Hilo Musical, a la sazón, habla de parques temáticos (como el Pastoralia, de George Saunders), pero también de músicos 60’s que sobrevivieron grabando para el hilo musical, y contiene sublevaciones espontáneas y un protagonista tan torpe que a su lado Holden Caulfield parece Claude Van Damme. Pero dejemos que el autor, mediante esos titulares naturales que expele al hablar, comente para Cultura/S los atributos capitales de este debut:

1) Pop: “Pop para mí es ritmo, honestidad, estribillo. Y no textos de vocación erudita salpicados con algún tag contemporáneo o una mención a Radiohead. Sé que las convenciones que exige una novela no son las de una canción de dos minutos, si no, además de imprudente, sería idiota. Las canciones de menos de tres minutos que se escriben y gritan en un garaje antes de que nadie las escuche. Esas canciones son inocentes, pero no imbéciles y mucho menos vacías de significado. El pop, como dijo alguien mejor que yo, es una cultura de objetos encontrados, de referentes compartidos a todas las clases sociales. Pero también es una gincana de códigos secretos y fascinantes”.

2) Pulp: “De esos escritores que cobraban a la línea me quedo con la obsesión por la trama, por la aventura, en tiempos en que eso parece cutre o poco sofisticado. Para mí, su papel en el Tardofranquismo fue seguramente más importante que el de la literatura de alto quilate. Por una sencilla razón: los compraba gente de la calle y prometían un horizonte de futuro en un país gris que parecía no tenerlo. Esos libros democratizaron el futuro. Ese compromiso con la fantasía y la aventura es el que quiero tomar de ellos”.

3) Enfoque Cómico:  “Creo que está en horas bajas en nuestro país, pero no ha sido así siempre. Ahí está Enrique Jardiel Poncela. Parece que la palabra “divertido” siempre se dice con una mueca condescendiente, cuando no debería ser así. Chesterton dijo “lo contrario de divertido no es serio. Lo contrario de divertido es aburrido”. El motor del mundo es la incoherencia y el absurdo, ¿cómo no usar la comedia para afrontarlo? Si lo hicieron Joseph Heller o Kurt Vonnegut con las vivencias en la IIª Guerra Mundial, por qué no hacerlo nosotros con nuestras miserias juveniles o con nuestro pasado reciente como país”.

4) Entusiasmo vs. Cinismo: “Si el malditismo fue la lacra de la anterior generación, el cinismo es el de la mía. Esa manía de estar de vuelta de todo sin haber disfrutado del viaje de ida, del universo de “las primeras veces”. El cinismo es como un sofá cómodo desde donde comentas la jugada como si lo supieras todo. Y, lo peor, cuando te das cuenta, tu espalda está fastidiada: los sofás blandos son especialmente perjudiciales para tu columna. Mi intención era ofrecer algo colorista y con brillo, que te diera más ganas de salir a la calle y no de encerrarte en tu habitación”.

Y bravo. Esta conexión con autores contemporáneos es una cosa tan rara que hay que saborearla a fondo, por si no hay otra en media década. Mis más recientes y felices apoplegias sucedieron hace ya unos años, con La balada del Pitbull de Pablo Rivero y El Secreto de las fiestas de Francisco Casavella. Cómo no graznar feliz aquel “Let’s celebrate” de las Jones Girls cuando en el mismo año aparecen Corona de Flores de Javier Calvo y este Hilo Musical. Quizás se trate de una hermosa epidemia.

Kiko Amat

Hilo musical

Miqui Otero

Alpha Decay (Col. Héroes Modernos)

298 págs.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 22 de diciembre del 2010. Este era el encabezamiento original, que luego se modificó por cuestiones de espacio -mutando en “Humor, emoción y pop”)

The Zombies: El cuerpo incorrupto de Argent y Blunstone

Se les consideraba segundones en el plantel del pop británico de los 60’s, un grupo de beat-pop oscuro sólo para exhumadores de gemas sesenteras, pero el tiempo y unos cuantos homenajes les han dado la razón. Su recuperación ha sido lenta: Popllama sacó en 1994 un recopilatorio llamado World of the Zombies (con Posies, Zumpano, Young Fresh Fellows…). Luego se fueron sucediendo los patrocinios de celebridades del pop y el rock. Y finalmente Wes Anderson colocó la baya en el pastel al escoger una semi-olvidada cara B (“The way I feel inside”) para un momento crucial de The life aquatic. El consenso actual es finalmente el que unos cuantos hermanos del espíritu libre llevábamos décadas voceando: The Zombies son una cumbre del pop sofisticado inglés. Y aún diremos más: poca música del siglo XX supera a la suya en cuanto a elevación, belleza y elegancia. Quizás unos cuantos discos de negros; pero estos también tienen su papel en esta saga. Hablamos con su teclista y co-líder Rod Argent de soul, desaires y grandes melodías.

Antes de empezar a diseccionar zombies, confiésanos por favor cuales fueron tus catarsis musicales como fan, antes de que comenzara tu carrera como músico pop.

El rollo Middle of the Road pre-rock no me gustaba nada, cosas como el “Magic moments” de Perry Como y cursiladas así. Fue mi primo Jim Rodford (posteriormente miembro de The Zombies, The Kinks y Argent) el que me puso el “Hound dog” de Elvis Presley hacia 1956. Unos meses antes me había introducido a Bill Haley & The Comets, el “Rock around the clock” y no me había gustado demasiado. Pero Elvis me impactó: ¡era energía cruda! A lo largo de los seis meses posteriores, no escuché otra cosa que el “Hound dog”, día y noche, y luego empecé a descubrir el resto de r’n’r: “Mistery train”, “Lawdy Miss Clawdy”, “My baby left me”… Esa fue la primera catarsis. La segunda fue casi simultánea, y también vino de mano de mi primo, que era cuatro años mayor que yo. A sus 15 (mis 11) empezó a apasionase por el skiffle de los primeros proto-beat groups, con los instrumentos fabricados por ellos mismos (como el tea chest bass) y todo eso, y yo empecé a acompañarle a conciertos. Fue en uno de ellos cuando juré que formaría un grupo algún día. Y lo hice.

Una de las cosas que siempre me han sorprendido de vuestros dos primeros hits (“She’s not there” y “Tell her no”), incluso ahora, después de haberlos escuchados cientos de veces, es lo extraños que son. Por debajo del obvio empuje pop hay un tempo rarísimo, instrumentación inusual (más jazz que beat), pasajes casi bossa nova… No se me ocurre nadie más que tirara por esas rutas, aparte de los Artwoods del Jazz in Boots EP, los Manfred Mann del Instrumental Assasination EP, Zoot Money Big Roll Band y la Graham Bond Organization.

Es cierto. Desde siempre me ha encantado el jazz. Tres o cuatro años después de mi encuentro con Elvis, hacia 1959, descubrí a Miles Davis y el grupo que llevaba entonces (Bill Evans, Coltrane, Adderley…), en la época del Kind of blue (1959) y me dejó de piedra. Al empezar a hacer canciones mezclé la influencia de aquel tipo de jazz con el rock’n’roll que me encantaba y algo de música clásica. Realmente, ahora lo veo, era una manera de componer inusual; la mayoría de los grupos de entonces estaban influidos exclusivamente por el R&B y r’n’r  como Beatles, Stones, Yardbirds… Aciertas al mencionar a Manfred Mann en nuestra misma onda. De hecho, en una ocasión en que fuimos al Ready, Steady, Go! escuché a Miles sonando desde un camerino, y al sacar la cabeza vi a Manfred Mann escuchándolo. Nos pusimos a hablar de jazz, y me confesó que era muy fan de los Zombies. También dijo que teníamos un nombre espantoso, y que deberíamos cambiarlo. ¡Afortunadamente no le hice caso!

Vuestro repertorio también incluía bastante R&B, lo normal para la época, y en el LP de debut (The Zombies, 1956) parecéis un grupo beat más convencional, versioneando el “Got my mojo working” (aunque también el “Summertime” de Gershwin). Pero hasta que Rhino en 1985 sacó vuestras grabaciones de 1965-1967 para la BBC no se vió lo gigante que era para vosotros la influencia del soul americano, especialmente Tamla Motown y soul de Chicago. Eso os acerca a The High Numbers/Who y The Action (o The Eyes of Blue y A Band of Angels), grupos que eran 100% fans de esos sonidos.

¡Cierto! En Inglaterra, parece que fueran los Beatles los que empezaron el amor a las armonías vocales, pero en nuestro caso venía por vía Tamla Motown y Curtis Mayfield con The Impressions. De hecho, hay una canción nuestra llamada “Whenever you’re ready”…

Justamente te iba a preguntar por ella. Durante años asumí que era una versión de Curtis, como las que The Action hacian de los Temptations o las Marvelettes, por lo Chicago que sonaba.

Eso es un gran elogio. Creo que nuestro amor hacia el soul era obvio. A lo largo de 1964 y 1965 estuvimos de gira por America, y siempre acompañábamos a artistas de soul negros como Patti Labelle, las Velvelettes… A todos esos artistas les encantaba lo que hacíamos, y nos adoptaron como uno de ellos.

En perspectiva, creo que el soul de Detroit y Chicago pueden considerarse cimas de la creación humana a lo largo del siglo XX. Hay poca música que la supere en cuanto a belleza.

Es increíblemente hermosa, sí, y además tan inventiva a la vez, llena de alma y sentimiento, con millones de detalles y ganchos… Lo tiene todo.

Es curioso (o adecuado) que cuando terminásteis The Zombies y empezó Argent, uno de los músicos reclutados para tu nueva banda fuese Russ Ballard, que había estado en otro grupo que profesaba gran amor hacia el soul pop y la Motown, The Roulettes (versionaban el “The tracks of my tears” y el “Stubborn kind of fellow”, si recuerdas).

Es cierto, aunque en el momento nunca les presté la atención que merecían, a The Roulettes. No fue hasta que Argent despegaba que no vi claro lo mucho que Russ adoraba (y todavía adora) la Motown, y él fue el que aportó al grupo las partes más influenciadas por el gospel o el soul sofisticado.

Vuestro americanismo negroide quizás influyó en la forma en que los Estados Unidos se volcaron en vuestra música, llevando dos temas vuestros al Top Ten.

Sí, les gustamos mucho. ¿Quién sabe cual es la razón? Cuando grabábamos “She’s not there” nos pareció una pieza la mar de normal, pero lo cierto es que examinándola ahora es rarísima: está basada en el teclado, suena inquietante y misteriosa, muy jazzy… Desde luego, no es material de Top Ten. Creo que en nuestro éxito influyó la suerte y el contexto: justo cuando sacamos aquellos singles, los Beatles empezaban a dominar los Estados Unidos, y nosotros formábamos parte de la British Invasion.

Es curioso que vuestro segundo disco (y obra maestra del pop) Odessey & Oracle (1968) fuese recibido con completa indiferencia. El primer single extraído del LP, “Care of cell 44” (mi canción favorita vuestra) ni siquiera entró en las listas.

Al principio, los álbums no se consideraban importantes; por eso nuestro debut consta de unos cuantos originales y un puñado de versiones que estaban en nuestro set en directo, y se grabó en una toma. Hacia la época de Odessey & Oracle, los LPs ya se juzgaban de forma distinta, pero aún así no vendió nada. Los críticos decían que era un álbum importante, pero incluso cuando explotó “Time of the season” (la segunda edición del single fue #3 en Estados Unidos), el disco seguía sin vender. No tuvo la menor trascendencia hasta quince años más tarde, cuando Paul Weller empezó a hablar en entrevistas de lo bueno que era, o Dave Grohl declaró en la TV sueca que “Time of the season” era su single favorito.

La guinda a lo extraño (y hermoso) de toda vuestra recuperación actual sería la inclusión de una cara B de single semi-olvidada (“The way I feel inside”) en un momento crucial de The life aquatic, la película de Wes Anderson. Aunque la exhumación de vuestro legado había empezado en 1994, con aquel 10” de Popllama, World of the Zombies, con versiones de Young Fresh Fellows, Zumpano, Posies, Sneetches…

Aquel recopilatorio fue un honor, aunque no conocíamos a ninguna de las bandas. En cuanto al filme, fue encantador, pero muy extraño. Al igual que el revuelo con el 40avo aniversario de Odessey & Oracle, nos pilló por sorpresa. Nunca creímos que fuese un disco muy comercial. Ahora veo que, sin haberlo deseado, hicimos lo correcto: no tuvimos un hit a corto plazo, pero alcanzamos una perdurabilidad que otras bandas más exitosas de entonces no obtuvieron. Nuestro disco ha durado más.

¿Cuales eran vuestras intenciones al grabar Odessey & Oracle? Imagino que erais conscientes de los experimentos de Beach Boys (con Pet Sounds), Who (A quick one) o Beatles (Revolver) en el mismo campo de pop barroco y sofisticado. Vuestra “Changes”, por ejemplo, es muy Pet Sounds.

No tratábamos conscientemente de sonar como nadie, pero es indudable que Pet sounds nos influenció; la manera en que trataba las armonías, y las líneas de bajo, por ejemplo. Yo estaba constantemente escribiendo partes de bajo y batería en mi cabeza, e inevitablemente algo de Beach Boys y Paul McCartney debió colarse en mi forma de componer.

Cuando miras desde fuera las carreras post-Zombies de sus dos miembros principales parecen cosas casi enfrentadas: Argent tirando hacia el prog-rock y Colin Blunstone, por el contrario, encaminado hacia el soft-pop melódico. Pero luego vas investigando y descubres que el One year de Blunstone es una producción tuya, o que su hitazo de pop-soul a la Zombie “She loves the way that I love her” fue coescrita por ambos, o que en Ennismore (el segundo LP de Blunstone) la banda es Argent.

Es cierto. Pero lo primero que he de añadir es que, aunque aparezcamos como co-autores, “She loves the way that I love her” es sólo mía. Escribo con cantantes en la cabeza (en Argent para Russ Ballard), y esa canción la hice para que fuese perfecta para Colin. One year, por otra parte, puede tener un aire más blando que Argent, pero si te fijas es un LP muy progresivo y radical. “Misty roses”, por ejemplo, es completamente avantgarde y avanzada; la escribimos pensando en Bartök. Buscábamos romper barreras pero a la vez trabajar dentro de los límites pop que Colin buscaba para su carrera. Colin siempre fue el fan#1 de Argent, y viceversa.

Llevo toda una vida pensando por qué en Ennismore hay una canción llamada “Andorra”. ¿Me lo puedes contar, por favor, y darle paz a mi alma?

(Ríe) La respuesta es bien poco esotérica, me temo: la canción habla de un viaje que Colin y su esposa realizaron a Andorra, y el sentimiento mágico que les envolvió al estar rodeados de las montañas del Pirineo.

Kiko Amat

(Entrevista publicada originalmente en una versión sucinta para la revista Rockdelux#290 de Diciembre del 2010. Esta es la versión extendidísima, exclusiva para Bendito Atraso)

Lista del mes (enero 2011): 8 de bigotes improcedentes

1) The Teardrop Explodes: Del subidón al bajón, en una sola instantánea. A un extremo, Julian Cope: una suerte de chamán-druida-nota con zamarra de la RAF 1930’s, cazo capilar a lo Brian Jones, botas Moby Grape y besuqueantes morritos Billy Idol. Un ídolo juvenil psicodélico, del uno al otro confín de su cuerpo. Y al otro, aquel tío, el del bigote: Alan Gill, uno de sus guitarristas iniciales (en la época crucial). Quien, de acuerdo, co-compuso “Reward”; pero eso no es excusa para ir por el mundo con pinta de cruiser enloquecido. Y con bandana.

2) Blitz: Cuando en 1976 algún incontrolado empezó a escupir aquello de “en el punk todo vale”, seguro que no se refería a lo de dejarse crecer a lo loco el pelo sub-narizal. Blitz, que eran norteños y rudos, se apresuraron a no rasurar su hirsutismo labial, creando a su paso esa peculiar variación (altamente midlands) del Oi!/Street Punk: el punk/skin mostachudo. Aunque, en su descargo, hay que decir que en la Inglaterra 70’s el vello facial estaba aceptado en casi todas las subculturas. Excepto en la mod, aunque si analizan severamente la muchedumbre que se agolpa en la portada del Strength of a nation de los Teenbeats, seguro se topan con algún buen bozo.

3) Todo el Wigan Casino: Ver también Blitz. En las midlands, y especialmente en Wigan, nadie estaba exento de lucir unas espléndidas cerdas Freddie Mercury en el ecuador de la jeta. Parece mentira que la subcultura que poseía el mejor gusto musical del planeta (la northern soul), y que encima descendía por línea directa de la otra subcultura con mejor gusto del planeta (el modismo), terminara luciendo esas escobillas en plena faz, y ondeando aquellos grotescos pantalones-canadiense en las pantorrillas. Imaginamos que tanto calcinarse las retinas analizando singles raros de Shrine acabaría pasando factura en las capacidades observatorio-discernidoras de los soulies de antaño.

4) Lo Mod: O, más bien, sus reumáticos y lumbagosos descendientes, aquellos que formaban el grueso de los Scooter Clubs británicos, los que mantuvieron “viva la llama” (podrían haberla aplicado sobre sus incontrolados mostachos) de 1967 a 1975. Miren a todos los extras que, sobre ruedas, marchan de fondo en Quadrophenia (reclutados, como es bien sabido, de las filas del escuterismo de la época) y sorpréndanse con el elevado ratio de mostachez que impera en su seno.

5) Toda la psicodelia: La culpa, como siempre, de John Lennon. Quizás. No tenemos a mano los archivos que lo prueban, pero tuvo que ser él –sin duda- el primero en empezar a llevar bigotón de manillar de bicicleta conjuntado con casaca militar y guedejas de El Nazareno. Tal infección arrastraría a todo el mundo, desde The Action (ahora Mighty Baby, o deberíamos decir Mighty Facial Hair) hasta Los Salvajes. Una catastrofe de ámbito planetario que, no obstante, algún moderno insensato continúa obstinado en replicar aún hoy.

6) Bigotillos 80’s soul (y hip hop): Ya saben de qué hablo. Los que lucían desalmados como Oran “Juice” Jones en videos tan repugnantes como el de “The Rain”, una de las canciones que más efectivamente logró extirparle el soul al soul. En el lado del rap, sólo hay que agarrar a Ice Cube (o Eazy E): bienvenidos al bigote más repelente del Cosmos. Una cosa flácida, deforestada e inconsistente que parece recién brotada, y que hace que el ex-NWA parezca un camarerillo marroquí de 13 años. Aquí decimos: si no hay otro remedio que dejarse crecer un cepillo facial, al menos háganlo de forma viril. O sea, a la victoriana, y unido –en plan puente colgante de lianas – con las propias patillas.

7) Dr. Feelgood: O al menos de Sparko, su guitarrista. Pero en este caso no puede aplicarse lo de “improcedente”. En Dr. Feelgood siempre encajó un buen bigotón de gangsterazo inglés venido a menos. Sólo podemos celebrar que no se universalizara en el ámbito grupal, y empezase a ser imitado por los impecables Wilko y Lee Brilleaux. En cuanto a bigotes adecuados, en la lista podríamos incluir también a los Dexys Mark I (siete miembros, dos bigotes) y al Billy Childish actual, en su encarnación 1870’s.

8) Paul Weller: Duró sólo un par de semanas, pero existe documentación que lo asevera. Una prueba de que la incipiente pasión por el 70’s rock puede ser dañina para la salud mental de cualquiera, por muy Modfather que sea.

Disco del mes (enero 2011): DOGS Different (Phonogram/Phillips, 1979)

DOGS

Different

(Phonogram/Phillips, 1979, reeditado por Marilyn, 1986)

Es difícil usar palabras nuevas para hablar de rock’n’roll viejo. Y esa dificultad quizás sea la razón por la cual tanta crítica rockera de los últimos veinte años puede leerse como el delirio inconscientemente humorístico de un motora damnificado por la ingesta de LSD pocho (“Suena como si una motosierra bañada en Jack Daniels estuviese cercenando el pito de un estegosaurio conectado a una torreta de alta tensión en mitad de una lluvia de meteoritos…”). Lo cierto es que la disección de discos magníficos de cosas no-vanguardistas y no-abstractas –abstractas como lo son el techno o el free jazz, por ejemplo- debería estar cimentado, como tantas otras cosas, en palabras sencillas, agudas, cortantes y definitorias. E imaginativas y pictóricas, sin permitir que planee la pinza. En el caso de rock’n’roll, de ese rock’n’roll elevado y estupendo que tanto nos agita, los parametros etiquetadores deben ser siempre los mismos: tenso, tirante, nervioso, ruidoso, algo agresivo, algo chulesco, pegajoso, bailable (en cualquier modalidad no-sardanista) melodioso (o sea: tiene que tener melodía), un poco negroide y muy memorable. Oh: y espacioso.

En una excelente entrevista de Jon Savage con Crass que publicó recientemente la revista Mojo (aunque el texto como tal es de 1989, diez años después de la disolución de la banda), su co-fundador Penny Rimbaud esgrimía una teoría altamente edificante: si algo tienen en común el skiffle, el Mersey Sound, los Television y el punk rock es la cantidad de espacio libre que dejan: “Fuí a ver tocar a Television, y Tom Verlaine se interrumpió en mitad de un fraseo de guitarra, algo que nadie había hecho desde hacía diez años. Había tocado exactamente lo que quería, y el resto era espacio, y lo mismo pasaba socialmente”. Para luego razonar: “El sonido Mersey estaba lleno de espacios libres. Te permitía entrar en él. Era una extensión del skiffle (…) En realidad, el punk era skiffle, y lo mismo sucedía con el Mersey Sound; era algo abierto. Nadie hacía más de lo estrictamente necesario”. Uno puede extender esta definición al rock’n’roll primitivo, al sonido mod más nervioso y enfadado, a la Motown y el soul pre-Philadelphia en general: están llenos de campo que llenar, y nadie sobre-extiende su visita, nadie alarga las notas para realizar innecesarias demostraciones de ego ni virtuosismo: menos es más, siempre más. En todos ellos se trata de reducir, cortar, arrancar, eliminar lo superfluo. Tanto los músicos de estudio de Motown (los Funk Brothers) como la Wrecking Crew californiana de los 60’s –el equivalente de los anteriores en producción pop- tenían el talento para alcanzar a fabricar, si así lo hubiesen deseado, solos infinitos, redobles barrocos, para apretujar gimnásticamente catorce notas vocales en una (a lo Mariah Carey) o sacarse de la pelvis una línea demostrativo-funambulista de bajo de quince minutos. Pero conscientemente rechazaban hacerlo, porque cada uno de ellos tenía una faena encomendada, y la canción requería espacio abierto para respirar, y sólo se tocaba lo estrictamente necesario para que siguiese funcionando el ritmo, el encanto, la atracción, la succión. Y uno, tras pensar en todo ello, podría aventurar que es justamente ese vacío en la canción el secreto del  hit sempiterno -sea en pop, hardcore, Chicago soul o ska- el factor que secuestra la voluntad y hace regresar al fan una y otra vez: la amplitud. Lo espartano. La decoración escasa y funcional. Lo básico. Lo primordial.

Para hacerles una prueba práctica –estilo Quimicefa- de que la fórmula que acabo de aventurar funciona, y no van a explotarnos en la cara las probetas humeantes, podría seleccionar cientos de cientos de discos de mis estanterías; pues, en verdad les digo, la mayoría de mis singles y álbumes basan su existencia en esa existencia de ESPACIO (de acuerdo: Steely Dan no). Pero voy a ejemplificarlo con un disco que reúne todas las condiciones antes mencionadas: Different (Phonogram/Phillips, 1979) de los franceses Dogs.

Los Dogs eran un cuarteto derivado en power-trío que nació en 1973 en Ruén, normandía, la Francia, y que vivió siempre paralelo al punk-rock, pese a que su formación lo precedía (anticipaba, incluso). Ciertamente, los Dogs eran fans de todo aquello que ahora es el arquetipo del cool, pero en 1974 no molaba un pelo y les gustaba solo a cuatro majaras con acné fuera de control y pésimo estilismo capilar: R&B bestiota, proto-punk de Detroit, rock’n’roll básico y sin cortinaje, soul de griterío y barbacoa, Flamin’ Groovies, incipiente pub-rock de patilla y chalequillo, garaje raro y sixties pop californiano. En una combinación de factores ya clásica, la poca pericia inicial y entusiasmo hormonal de los chicos, unido a sus grandiosas aspiraciones emulatorias, creó algo muy parecido a lo que hoy se entiende como punk rock: rock’n’roll veloz, nervioso, mosqueado, emocionado y emocionante, siempre a punto de quebrarse, siempre limpio y puro y afilado y concreto, andando por la fina línea que separa contención espartana de morrocotuda exhuberancia.

Anteriormente a Different, la banda había grabado varios EPs en sótanos, letrinas y armarios ajenos (todos excitantes, todos sonando a rayos, todos breves como un chasqueo de dedos), pero solo su álbum de 1979 contiene la mejor cara A de la historia. Todas las cosas magníficas del mundo suenan en esta cara A -compuesta en su totalidad por el líder del grupo, Dominique Laboubee- algunas como obvia influencia (MC5, Byrds, Flamin’ Groovies, Chuck Berry, VU, Shadows of Knight y Standells, Who, Stooges) otras por puro parentesco con contemporáneos en activo (Jam –a quien telonearon en 1977- Lurkers, los primeros Dr. Feelgood y Hot Rods –medio influencia, medio hermanos de sangre- Clash y Pistols, Saints, Radio Birdman y Heartbreakers). Es un lado de álbum que establece en axioma lo afirmado al inicio de esta crítica por Penny Rimbaud: gran tensión y espacio, unidos a algo de fervor y prisas, buenas influencias y actitud firme.

Different está considerado de forma unánime como su disco más pop, y quizás por esa razón –como puede leerse en la enciclopédica entrevista al grupo publicada en el fanzine Noise for heroes- desde algunos sectores se les trató de etiquetar como grupo de mod revival. El propio Laboubee afirma en dicha entrevista que, aunque el álbum recordaba a todo lo que escuchaba entonces su principal compositor (“It really sounds like what I was into in 1979: little bits of everything, British ‘60s, US garage bands and ‘77 punk”), la portada trataba conscientemente de evocar una cierta imagen mod-sixties. Caramba. Con todos los respetos hacia alguien de tanto talento como Laboubee, hay que tomar con cierta ironía y grandes dosis de contexto esta afirmación. Quizás para un crítico de la vieja guardia del NME del momento (hippie, gordo, feo, fan de Doobie Brothers, etc), el suyo era un afirmativo mod look, pero los que ya habíamos buceado lo suyo en los pormenores de La Gran Pinta, lo que vimos en portada fue a un tío vestido de Miguel Bosé etapa “Linda” (aunque peinado como el zagal moreno de Parchís), acompañado de otros dos energúmenos cariacontecidos, uno posiblemente primo de Rick Buckler en su etapa de caracolillo fulicular, y otro que parece el dealer de speed marrón de Richard Hell. Y no es que tenga ninguna importancia; pero se antojaba necesario puntualizar.

Y ahora, a lo vital: la cara A contiene siete excelentes canciones. “A different me” y “Gotta tell her” son hipertenso punk australiano y Johnny Thunders y “Aloha Steve and Danno” y “Jumpin’ in the night” y Lurkers y MC5 cuando estos versionaban a Little Richard y bailaban como James Brown. “Words” es un cachopo semicrudo de 60’s punk con armónica, medio Feelgood en su etapa crucial (es decir: con Wilko), medio macarrismo y tumbao-al-andar de Stooges, todo sonido del garaje y riffs de molino a lo Townshend; alma Nuggets desde los lavabos embozados del Hope & Anchor, por decirlo de algún modo. “More from you” es mi hit personal: tiene un claro toque mod revival (heredado, sin duda, de su parentesco con los Jam: trío, fans de Who, Rickenbackers en ascensor, etc) que les hace parecerse a los mejores Chords/Purple Hearts, y ello se sublima y eleva con arpegios de Byrds estimulados farmacéuticamente y Flamin’ Groovies etapa Shake some action. Sí: ¡viva! Oh, y contiene un semi-parón hacia el final que le eriza a uno todo el vello corporal erizable. “I’m real” regresa puntualmente a Dictators, con la tensión amplificada del “Descent into the mäelstrom” de Radio Birdman, pero “Stranger than me” recobra la calidad himnal de “More from you”: puentes y estribillos amplios, épica pop-punk-folk-rock a lo Chris Wilson, potencia farruca y una batería metronómica que se lo echa todo a su espalda, como un protagonista de Sometimes a great notion. Y la cara finaliza con “(I’m gonna learn to) live with it”. Otro himno, caramba. ¿Cómo podría definírsela? Digamos que toda la carrera no-surf de The Barracudas podría cimentarse exclusivamente en ella (y unas cuantas canciones de Ed Cobb y Gary Usher, de acuerdo). Un eufórico final para un lado de LP perfecto.

Y es posible que en este mismo instante, todos ustedes estén a punto de espetarme, de forma perfectamente lícita: cara A, cara A, pero ¿Qué narices sucede con la cara B? Bien, se lo diré ahora mismo: es curioso, tras tanto compararles con los primeros Jam, que Dogs tropezaran en las mismas piedras que aquellos. Lo peor de los tres primeros álbumes de los Jam, como sabemos todos sus fans, son las versiones: innecesarias, algo bobas, mal seleccionadas y exhibiendo un único atributo: la sobre-aceleración. O eran canciones que, con franqueza, uno no deseaba ni escuchar en su versión original (“Batman”, por el amor de Cristo), o eran entes insuperables en su forma primigenia, canciones de negros que ni un übermensch del rock’n’roll hubiese atinado a mejorar (“Heat wave”, “In the midnight hour”) o eran copias exactas de obras maestras del sixties pop (“David Watts”), que causaban en el oyente múltiples “vale, ¿y qué?” mentales. Este Different cojea por culpa de exactamente los mismos tendones dañados, y discúlpenme si nos ponemos un poco en plan IIª Intifada Modernista: ¿Qué sentido tiene versionear insuperables canciones de R&B y soul como el “Nobody but me” de los Isley Brothers o el apabullante “Fortune teller” de Benny Spellman? Cuando, para colmo, ya habían sido versionadas anteriormente por todos los grupos de R&B británico de 1964, y también por cada uno de aquellos grupos de garaje-pop americano de los mid-sixties. Y la única respuesta a esta pregunta más o menos retórica es: como declaración de principios. O para hacer brincar a la audiencia en un concierto. Y ambas cosas son, sin duda, acciones respetables y fundadas en una intención pura y hermosa. Pero aún así; tras escuchar todas las composiciones originales de Dominique Laboubee que componen el Different, ¿no se quedan ustedes deseando más? Y, en ese injusto desear, ¿no maldicen el lugar a codazos que marcan a su alrededor estas dos versiones completamente olvidables? La salvación de la cara B, y lo que la redime de una condición similar a la de las caras de versiones grabadas en directo (que la gente jamás escucha en los discos recopilatorios) es la presencia de “The greatest gift”, un mid-tempo angustiado pero entusiasta que vuelve a recordar a la conexión Groovies-Byrds de la que hacian alarde Dogs al menor despiste.

Aunque este Different, como dijimos, apareció en Francia en 1979, no llegaría a manos españolas –si exceptuamos a cuatro illuminati- hasta que el sello Marilyn lo reeditó en 1986. Y entonces se abrieron todos los infiernos. Aunque no en nuestra casa: aquí, haciendo alarde de ese irritante y exclusivista clasismo moddy que tantos daños ha inflingido en el espíritu adolescente (y alguna que otra victoria, hay que admitir), no pudimos pasar por alto la mencionada pinta Boseística de su líder y cara pública. Por imbécil que suene esto. Y nos costó un par de años de leer entrevistas Dog-laudatorias a Jeremy Gluck (de The Barracudas) y de quebrar el código de varios artículos semi-incomprensibles publicados en las revistas rock del momento (“Dogs suenan como una bola de keroseno introducida vía rectal en el colon putrefacto de un dodo con antrax…”) para caer en lo estúpido de nuestra posición, y redimirnos a base de cilicios y purgativos. Desde entonces, la cara A de Different nunca ha dejado de sonar en nuestro tocadiscos, y por ello anhelamos que en breve empiece a hacerlo en los suyos.

Kiko Amat

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17 de DAME MI SOUL (Y DÉJAME EN PAZ)


1) Seven Years

2) Shoes

3) Showdown

4) What Have I Got to Lose

5) This is the Thanks I Get

6) Rainmaker

7) If I Could Only Be Sure

8) Tears

9) Cashing In

10) It's an Uphill Climb to the Bottom

Y siete más


Leer más

RICHARD BRAUTIGAN

Un general confederado de Big Sur

Blackie Books

THE SNEETCHES

Sometimes that's all we have

Creation / Alias, 1989