Admirando a Jabois

Me gusta tanto Manuel Jabois que está empezando a caerme mal. Porque, por mucha nobleza profesional que uno tenga, hay un límite de talento ajeno que todo escritor es capaz de soportar. Y Jabois es el tipo de autor que va por el mundo rompiéndoles el corazón a los aspirantes a escritores, los que han pasado media vida en talleres literarios y recibido clases paranormales del espíritu de Borges, y a pesar de ello solo parecen capaces de escribir bobadas y clichés. Y entonces viene este garboso sinvergüenza, un chico de pueblo que sustituyó su hemoglobina por combinados flamígeros tiempo atrás, y suelta una frase que interrumpe el tráfico y altera las condiciones meteorológicas.

La voz que escribe todas estas columnas, publicadas mayormente en El Progreso y el Diario de Pontevedra entre el 2009 y el 2011, pertenece al Jabois personaje, pero sospecho que guarda un gran parecido con el real: un guaperas “canalla, mujeriego y errático”, siempre presto a perder los papeles, vomitar en lavabos y encamarse con damas de dudosa catadura. Pero a la vez, este granuja noctámbulo es un ser dulce, benigno, frágil y dañado. Escribiendo sus columnas, el autor pone en práctica un sistema venerable que poca gente considera crucial: llevar su vergüenza en la solapa, y mutar su desdicha en humor impúdico. Que es lo que, al fin y al cabo, distingue a los Grandes Hombres.

En esta recopilación encontrarán ustedes sucesos de actualidad, batallitas adolescentes, crónica periodística y tragicomedia nocturna, y todo ello revestido de la prosa brutal y bellísima de Jabois. Importa poco si habla de magreos en la playa, de Manuel Fraga, de licor café o su amigo Luís, pues el estilo es tan perceptivo, y tan compasivo el humor, que parece incapaz de hacer aburrido un tema. Huelga decir que no deben buscar completa veracidad en sus escritos; como Nik Cohn, Jabois no permite que la verdad se entrometa en una buena historia, y poco importa. Porque algo como “Morir en Caneliñas”, la epopeya de una noche de verano en que el joven Jabois decide “hacerse el guay” y termina desvanecido en la playa con una melopea atroz para despertar rodeado de bañistas a la mañana siguiente, solo está al alcance de los mejores y más bravos cronistas. Bravo. Kiko Amat

Manuel Jabois

Irse a Madrid y otras columnas

Pepitas de Calabaza

188 páginas

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 21 de septiembre de 2011)

3 comentarios para “Admirando a Jabois”

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