Autozancadillas musicales

Autosabotaje pop Analizamos el concepto del autobatacazo voluntario –o músicos que buscaron arruinar sus carreras intencionadamente- en pop y rock’n’roll, a raíz de varios documentales incluidos en el festival In-Edit 2011 y algunos ejemplos clásicos como Arthur Lee (Love), Steve Marriott (The Small Faces) y Wreckless Eric.

En el pop existen muchas formas de fracasar o, como mínimo, de no conseguir triunfar. La más sencilla, por descontado, es ser un pedazo de carne magra sin talento alguno. Esto no sirve como axioma absoluto, pues su valor queda refutado por la existencia entre nosotros de Britney Spears o Madonna -maniquís amorales que alcanzaron la cima gracias a su despiadada ambición- pero ya me entienden. La ecuación se complica cuando topamos con artistas que fracasaron a pesar de su genio; que reunían todos los atributos fundamentales para convertirse en estrellas y echaron a perder su oportunidad. ¿Cómo se explica que unos grupos se hagan mega y otros se hundan en la más insondable de las cloacas? Esa, me temo, es una pregunta que no soy capaz de contestar. Además, si tuviera la respuesta, ustedes estarían admirando una página en blanco de Cultura/S, y yo yacería sobre una colchoneta en mi piscina californiana, ojeando desganado el nuevo Mojo (con mi rostro en portada) mientras Keira Knightley me prepara el vermú.

La mejor forma de comprender esta dicotomía éxito/fracaso quizás sea comparando músicos con talentos mellizos cuyas carreras tomaron senderos opuestos. Un ejemplo obvio: The Doors y Love. Dos grupos en la misma compañía (Elektra), empatados en cuanto a potencial, con músicos proficientes, fulgurante salida de meta (de hecho, Love llevaban ventaja), liderados por songwriters apuestos y audaces, y pareja aspiración a la excelencia. Y sin embargo, The Doors fueron catapultados al número Uno mientras Love se atascaban a perpetuidad como pie de página del 60’s pop. ¿Por qué? La respuesta, amigos, yace en el autosabotaje. The Doors emprendieron gira tras gira, entraron en el juego de la industria (Jim Morrison se sacaba la minga en el escenario y maullaba histérico que quería yacer con su madre, pero luego acudía a las sesiones fotográficas) y aceptaron las contradicciones inherentes en el negocio musical. Love, por otro lado, se negaron a cruzar las fronteras de su L.A. natal -no iban de gira jamás-, hasta que su líder Arthur Lee decidió disolverles (terminado Forever changes) y reorientar la banda hacia el pedregal del blues-rock. Desde allí, fracaso estrepitoso, toxicomanía y cinco años de cárcel. ¿Ven la diferencia? A Jim Morrison le sentó fatal la fama y procedió a autodestruirse, pero Lee se autosaboteó antes del éxito. No es lo mismo.

Su ejemplo nos permite trazar un esquema del autosabotaje y sus cinco posibles causas:

1) Falta de ambición.

2) Integridad incorruptible (a veces heroica, pero ocasionalmente fútil y/o mal entendida, a menudo aplicada con suma mala pata).

3) Incapacidad de lidiar con el éxito o tolerar la notoriedad.

4) Profundo conflicto interior (falta de autoestima, traumas infantiles, demonios del ayer, sempiterno crepúsculo del alma, enfermedad mental certificada, etc.).

5) Estupidez (o ceguera del raciocinio que a veces viene causada por un exceso temporal de ego, otras por una carencia neuronal permanente).

Estas cinco causas no suelen darse a la vez, aunque sí es frecuente toparse con dos o más de ellas en el mismo paciente. Pongamos a Steve Marriott. En 1968, el líder de The Small Faces acababa de conseguir un #1 en Inglaterra por el álbum Ogden’s Nut Gone Flake y un #2 por su single “Lazy Sunday”. Eran, sin lugar a dudas, el grupo más popular del Reino Unido. ¿Cómo aprovechó Marriott tal fortuna? Primero procedió a sacar un single rarísimo, “The Universal”: una canción excelente, pero que se empecinó en grabar en su propio patio con una guitarra de juguete y acompañamiento vocal canino. Cuando el extraño single no consiguió el reconocimiento esperado, Marriott perdió el oremus y declaró que The Small Faces necesitaban un quinto miembro (ver punto 5), razón por la que se peleó con los demás músicos (5), y abandonó al grupo en directo la noche de fin de año (5). Y no solo eso: mientras los dejados formaban The Faces junto a Rod Stewart (regresando al estrellato fornica-groupies con triunfal baraúnda de trompetas), Marriott inauguró su nueva dirección blues-rock en los pedestres Humble Pie (puntos 2 y 5), adoptando un afónico segundo plano (2 y 3) y entregándose vorazmente a un par de adicciones durante el largo descenso hacia la inmundicia (4); un descenso solo interrumpido por un par de ocasiones auspiciosas para su retorno que también saboteó con saña. Marriott pasó de ser una de las más prometedoras estrellas de 1968 a fracasado oficial del sixties pop, recorriéndose el circuito inglés de pubs en peto tejano y bigote Fu-Man-Chú, cantando con voz de gravilla un espantoso blues tras otro, para acabar pereciendo en 1991 en un incendio casero.

Otros casos combinan menos factores. Wreckless Eric, el benjamín nuevaolero de Stiff Records, puede echar la culpa de su tropiezo a la más rotunda falta de ambición. En su emotiva biografía A dysfunctional success, Eric admite que nunca quiso “elevar la composición de canciones al nivel de artesanía”; él solo pretendía tocar en bares, grabar discos e ir tirando. Su libro define a Elvis Costello como alguien “desagradablemente ambicioso” que sabía a dónde iba (semidirecto a la cima), mientras él era un chico inseguro (ver punto 4) que solo anhelaba abandonar su empleo diario y pasarlo bien. El descubrimiento de que aquello no podía hacerse sin genuflexiones a los A&R, intención carrerista y corrupción moral (2) destruiría al frágil punk, que tras sabotear a conciencia su halagüeño futuro (arruinando giras, rompiendo contratos, bebiéndose el océano) vivió casi una década como arquetípico has-been alcoholizado (4), tocando clásicos del rock en pubs insalubres. El caso Wreckless termina bien, eso sí: tras retornar a la sobriedad, Eric formó The Len Bright Combo (junto a Russ Wilkins y Bruce Brand, de The Milkshakes) y protagonizaría uno de los mejores sabotajes anti-industria musical de la historia: en mitad de un concierto londinense, Eric distinguió entre el público a un influyente ejecutivo de EMI. Tras interrumpir la música, aquel se dirigió al micrófono y, señalando al pobre infeliz, anunció que el grupo no continuaría hasta que abandonara la sala (Wilkins añadió: “No te necesitamos. Ya tenemos nuestro propio sello y tiene más letras que el tuyo”).

Hay más casos. Tras el bombazo mundial de “Come on Eileen”, Kevin Rowland (de Dexy’s Midnight Runners) se negó a extraer singles de su siguiente LP, confinándolo al olvido (Puntos 4-3 camuflados de 2: terror al escrutinio crítico parapetado tras una máscara de bélica rectitud). The Wild Swans, el grupo más prometedor del Liverpool 80’s, rechazó dar entrevistas o aparecer en TV, se negó a firmar con Arista y regresó a un plácido olvido (del que recién han emergido con nuevo disco, treinta años más tarde). Y luego está mi ídolo Bill Withers: ex-superstar del soul, abandonó el tinglado a mediados de los 80 para arroparse en un inspirador anonimato que implicaba pasar el resto de su vida con su familia y amigos, friendo costillas en el porche. Puestos a autosabotearse, esa parece ser la técnica más recomendable.

The Replacements, The Kinks, Blaze Foley y Bobby Liebling: cuatro casos a estudio

El festival Beefeater In-Edit 2011 presenta este año varios filmes que centran su análisis en la autozancadilla de músicos pop. Los analizamos usando el esquema causal.

The Replacements: Color Me Obsessed (2011) deja clarito por qué la gente recuerda hoy a Nirvana y no a The Replacements. El paralelo Doors-Love acude a la mente: Kurt Cobain lucía una camiseta de Corporate rock magazines still suck, se disfrazaba de lagarterana en TV y todo el paripé, pero luego aparecía en especiales para MTV y recogía los premios. The Replacements, por el contrario, estaban genuinamente desinteresados en triunfar. El éxito era para ellos una desagradable consecuencia del rock’n’roll, un mal añadido que estaban obligados (o no) a soportar. Y así como Vic Godard, otro autosaboteador inglés, respondió “no es culpa mía” cuando un crítico aventuró que su carrera parecía estar despegando, The Replacements despreciaron una y otra vez las demandas mercantiles –tocando siempre ebrios, insistiendo en hacer solo versiones- hasta que su carrera hizo puf en 1991.

Veredicto: 1-2.

The Kinks: Uno jamás diría que los célebres Kinks se autosabotearon, pero si se les compara a Beatles o Stones queda claro que jugaron en otra liga. Inferior, tal vez, aunque por decisión propia. Ray Davies declara en Imaginary man (2011) que “Beatles y Stones colaboraron en el juego, pero los Kinks no sabían hacerlo”. Tras ser vetado en los USA, el introspectivo Davies continuó el resto de su carrera conectando con el zeitgeist a regañadientes, desoyendo al mainstream y creando un pop con ideas que era “completamente no enrollado, no rock’n’roll”, deliberadamente inglés, anticuado y anti-flower power.

Veredicto: 2-3.

Blaze Foley: Sus canciones importan mucho menos que el volumen inhumano de su autosabotaje. En Blaze Foley – Duct Tape Messiah (2011) se juzga a este auténtico prodigio de la autozancadilla con inusitada dureza. Ni siquiera su dañino bagaje de polio, sobrepeso y padre violento se considera atenuante de los futuros desmanes. Enumero un par: Foley acudió beodísimo al acto de presentación de su primer disco, para luego llevar al sello a la bancarrota. Más adelante detendrían a su productor con cocaína (esto no fue culpa suya), y Foley se dejó robar los masters de su nuevo LP del coche (esto sí). El etcétera es extenso y dañino hasta su muerte violenta en 1989.

Veredicto: 1-4-5.

Bobby Liebling: Last days here (2011) relata la caída del cantante del grupo metálico Pentagram, un drama tan exagerado que parece de Lars Von Trier. Solo dos ejemplos: pifiaron una audiencia con KISS (llegaron horas tarde porque se les antojó hacer auto-stop) y un par de años después, tras grabar al fin una prometedora maqueta con Columbia Records, Liebling se marchó en mitad de la cita decisiva con los ejecutivos del sello. Aunque hay que admitir que tener a un padre en el Pentágono y a una madre chiflada (4) no son precisamente cimientos para la estabilidad adulta -hoy agoniza en el sótano paterno atizándole al crack y la heroína- lo de Liebling sigue siendo sensacional autosabotaje.

Veredicto: 3-4-5.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 26 de octubre del 2011. Las imágenes son, en orden descendente, de Steve Marriott, Bobby Liebling, Wreckless Eric y The Replacements)

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