En las Batallas #5: Instituto de Vandalismo Público

Los niños construyen juguetes donde no hay, usando ramas, piedras, cojines. El hombre primitivo evolucionaba para adaptarse a su entorno, desarrollando capacidades olfativas, perdiendo o ganando vello donde era menester. Nosotros nacimos en 1971 en un pueblo del extrarradio barcelonés, y un rápido vistazo a las posibilidades de solaz que ofrecía aquel culo de mundo nos convenció de que, fuese lo que fuese lo que pusiéramos en práctica para divertirnos, iba a provenir de nuestro propio bricolaje existencial.

Claro que, por mucha maña que uno tenga, si la materia prima es un montón de basura humeante no puede esperarse que los platos resultantes sean haute cuisine de tres tenedores. Así que optamos por calzarnos botas, agarrar cogorzas y destrozar el mobiliario urbano. El pueblo se convirtió en un chikipark gigante con licencia para el pillaje nocturno. ¿Qué otra cosa íbamos a hacer?

Algunas madrugadas, regresando de los bares, las piernas blandas como babosas, nos colábamos en panaderías y nos llevábamos su pan seco. Y entonces, en la calle, empezábamos batallas. Guerras de pan, todos allí aullando, con la humedad del río en las rótulas, lanzándonos chuscos de pan a la frente los unos a los otros, borrachísimos y hartos de todo.

Otras noches nos subíamos a alguna cuesta y les quitábamos el freno a un par de contenedores de basura, y hacíamos carreras calle abajo, jaleando a los que iban en el interior de los vehículos, la porquería pegándose a los tejanos y los dedos, mejor ir pensando qué ibas a contarles a tus padres sobre aquel pestazo a mierda, sardina y vino agrio.

Cambiábamos vallas de sitio, cerrando calles. Arrancábamos señales a patadas y nos las llevábamos entre dos o tres, como operarios aplicados, aparcando el Stop en cualquier lugar cuando nos cansábamos de él. Robábamos cualquier cosa que no necesitáramos: conos, farolas, sillas de bar, troquelados publicitarios de videoclub. Una mañana  de sábado de 1990 abrí los ojos con un dolor de cabeza termonuclear y me descubrí abrazado a Eddie Murphy y Richard Pryor. Los dos allí, tumbados en mi litera. No veas el susto hasta que me di cuenta de que era el cartel a tamaño natural de Noches de Harlem.

Pero nuestra gran afición eran las papeleras. La papelera.

Muchas noches, saliendo del bar, echábamos a correr gritando “¡papelera!”, hasta la plaza del monumento a la sardana, diez o doce de nosotros, las caras brillando de sudor alcaloide, y agarrábamos la papelera de la esquina al unísono, tal que estibadores concienzudos. Y entonces, como si fuese algo simbólico, la incrustábamos en medio del círculo sardanista, aplaudiendo y muertos de risa. Al terminar solíamos quedarnos un rato mirando el fruto de nuestro esfuerzo, satisfechos de la faena bien acabada.

Cada domingo durante dos o tres años los vecinos de la plaza amanecieron con la papelera coronando su monumento. ¿Qué pensaban? Lo que debió causarles más desasosiego era la convicción de que iba a estar allí cada mañana, como un fenómeno poltergeist.

¿La policía? A veces venía, a veces no. Nosotros éramos más, y teníamos anfetaminas; no nos preocupaba la guerra de desgaste. Una de aquellas veladas encontramos un montón de sillas viejas en una esquina, y se nos ocurrió erigir un tablao flamenco. Las dispusimos en círculo, y los skinheads empezaron a dar palmas de cualquier manera, sin el menor ritmo, y en mitad del círculo se plantó la bailaora. El curda. Yo. Allí, por bulerías, realizando florituras alambicadas con una mano mientras con la otra ondeaba los bajos de mi parka, como si fuera una falda de faralaes.

En éstas que llegaron los municipales, y los chicos cesaron de dar palmas, poco a poco, como un tren perdiendo fuelle, y yo sin darme cuenta. Continué barriendo el aire con la parka y berreando con los ojos cerrados (ya estaba metido en el papel) ¡AAAAAY! ¡TOMA QUE TOMA! ¡ESOOO!¡ALE ALE! ¡ASÍ SE BAILA! como un anormal, hasta que sentí el top-top dactilar de la ley en el hombro.

Cuando me volví, tenía a un guardia urbano delante. Un señor mayor, ancho y marchito, con cara de estarse preguntando por qué leches dejó su aldea en Badajoz para venir aquí. En sus ojos, blandos como huevos poché, se leía: Ya no tengo edad para esto, chavales.

- El carnet- me dijo, intentando ser civilizado.

- ¡Dios santo, qué pestazo a carajillo!- le grité, tapándome la nariz, a medio centímetro de su boca.

Me la dio con la mano abierta, en la sien, la guantá. Salí despedido unos pasos hacia atrás, y por suerte fui a caer de espaldas sobre las gomas protectoras de una obra, que me rebotaron de nuevo a él. Como en un ring. Mientras me metían en el asiento trasero del coche celular, yo iba frotándome el lado entumecido de la cara. Dormí en comisaría, firmé lo que tenía que firmar al amanecer y en unos meses me llevaron a juicio, donde me cayó una multa por desacato a la autoridad. 100.000 pesetas, a descontar de mi sueldo en SEAT. Las pagué. ¿Qué otra puta cosa iba a hacer?

Kiko Amat

(Quinta entrega de la serie mensual En las Batallas, publicada en el número de noviembre de la revista Barcelonés )

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