Libro del mes (octubre/noviembre 2011): DOROTHY BAKER Young Man With a Horn

Young Man With a Horn

Dorothy Baker

Readers Union Limited

284 págs.

Hay buenas y malas noticias. La buena noticia es que este es mi libro favorito (o, cuanto menos, uno de los cinco predilectos). Las malas noticias son que no está traducido, y que, por consiguiente, todo indica que me estoy saltando el infructuoso intento de norma autoimpuesta en Bendito Atraso para no comentar libros no disponibles en nuestro país. El motivo de tal decisión es sencillo: puesto que me estaba quedando afónico de tanto recomendarlo a editoriales y editores y amigos sin que –por el momento- nadie me hiciese el menor caso, un día me dije: quizás una crítica pormenorizada y un Libro del Mes ayudarían a la causa. A la vez que mejorarían mi voz. Si recuerdan, ya citamos esta novela en la Lista del Mes de junio, como una de esas cosas que deberían ser traducidas de inmediato.

Young man with a horn, digámoslo claro desde el principio, es el mejor libro jamás escrito sobre música y obsesión, juntos, y la catástrofe implícita de vivir con tal obsesión gobernando los pasos de uno. Lo escribió Dorothy Baker (no confundir con Dorothy Parker) en 1938, una novelista que  nunca volvería a escribir algo tan inmenso, emotivo y profundo y vívido como su debut. En ese sentido, Young man with a horn es un libro-maldición. ¿Cómo se supone que debe un autor superar algo así?

Otros libros han hablado bellamente de la obsesión y la pasión destructiva, de Moby Dick a The Demon (de Hubert Selby Jr.) a El hombre del brazo de oro de Nelson Algren, pero lo que hace a Young man with a horn tan maravilloso y cercano para los de nuestra particular persuasión es que solidifica dicha pasión ardiente y la trasporta al mundo del jazz. El tema principal es fácilmente resumible: la autodestrucción de un hombre condenado a morir por la carga de su obsesión, por la imparable locura de su fijación. Su dicotomía es quizás la más terrible de todas: lo que te ha salvado la vida también te la quitará. Pues el peso de tu obsesión inflamable, la belleza de tu devota pasión, no pueden acarrearse sin que te termine consumiendo. La vieja historia, en efecto; una de las narraciones más viejas de la raza humana. Aquel hombre, el trompetista del título, sabe que debe amar su arte hasta las últimas consecuencias, aunque todo a su alrededor termine completamente calcinado. Ya desde las primeras páginas, la autora nos advierte de que: “Nuestro hombre es, odio decirlo, un artista cargado con ese terrible bagaje, el alma de un artista. Pero carece de aquello que debería acompañarla siempre –y casi nunca lo hace: la habilidad de mantener el cuerpo a raya mientras el espíritu prosigue en busca de su destino. Así que se hace pedazos, y no a pequeña escala. Lo hace de tal modo que termina muriendo en el proceso”.

Resumirles la trama es también pan comido: Rick es un trompetista blanco de los 30’s. Un niño prodigio destinado al conservatorio. Pero por el camino Rick intima con unos cuantos negros, que le enseñan la sublime belleza del jazz y el modo adecuado de practicarlo con el corazón. Rick es consumido por el jazz, y por el intento de llevarlo a un estado de perfección total. Pero hay un precio a pagar: esa lucha por rozar la belleza divina del jazz le despierta al trompetista una gran sed, y esa sempiterna sed, a su vez, le hará trizas y destruirá todo cuanto ama. Este libro cuenta cómo aquel hombre dañado intenta llenar su negrura, intenta acabar con ese demonio, produciendo la música más bella que nadie ha escuchado nunca. Pero la carga de esa belleza, el darse cuenta de la inmensidad de lo que uno está haciendo, termina siendo demasiado para Rick, que se encamina hacia el vacío en busca de algún tipo de paz, de un descanso a su febril cruzada. Ese vacío se lo proporciona el bebercio, inevitablemente. Lo demás viene en el pack, y el tipo se lo ve venir. “Rick tenía el tipo de cara nerviosa y tirante del hombre que sabe algo, el tipo de cara que suele acompañar a cualquier tipo de pasión. Suele verse en revolucionarios, maníacos, artistas… En cualquiera que sepa que amará algo, para bien o para mal, hasta el día en que muera”. Como es sabido, Baker admitió haberse inspirado en la vida del jazzman Bix Beiderbercke (que murió alcohólico a los veintiocho) para escribirla.

Young man with a horn es doblemente hermoso por la foma en que expresa el amor no-en-venta hacia algo. La incorruptibilidad de aquellas cosas que nos mantienen vivos, y por cómo debe vivirse una vida devota (sí: devota, aunque suene a monje albigense) y pura para cuidar de ellas, y nunca desperdiciar su promesa, ni descuidarlas en manos de fariseos o mercachifles, ni permitir que sean manchadas por el comercio, la publicidad, la banalidad, la estupidez. Young man with a horn defiende de manera casi política el no hacer concesiones, no doblegarse nunca ante el mercado, el cheque, el negocio: la pasión no se pacta, y esto que hacemos no está en venta. Las sentencias emocionantes sobre aquel “uncompromising beat” se suceden en el libro a puñetazos, casi en cada página. “Qué sabemos excepto que tenía una forma particular de hacer lo que hacía, y un amor hacia ello tan grande que nunca en la vida hizo la menor concesión, o lo decepcionó, o olvidó”. No he realizado el recuento total de palabras, pero en Young man with a horn aparecen más “passion” y “obsession” en todas sus variantes sinónimas que en los dos primeros álbumes de Dexys: “Music for him, wasn’t a business; it was a passion, and he was ready to give up to it”. Amén.

Otros libros han hablado de jazz de manera magnífica, de Scott Fitzgerald a George Melly, pasando por el But beautiful de Geoff Dyer (su único libro sin taras, a decir verdad), pero nadie consiguió describir la abrumadora belleza del jazz en cuanto a fuerza imparable de la vida como lo hizo la Baker, la trágica narración implícita en su sonido, su mensaje de amor, pérdida, infidelidad, traición, envejecimiento, todos los temas eternos. “It was the music of men who look backward with wisdom rather than forward with faith”. Dorothy Baker también alcanzó a pintar con maestría la camaradería y actitud de sociedad secreta, con todos sus ritos y tics y drogas y significantes, de las big bands de los treinta. Todos aquellos hombres maduros con sus cicatrices correspondientes, expulsando a través de sus instrumentos el dolor que todos acarreamos, toda la culpa y el remordimiento y el odio. Todos aquellos hombres fanáticos, dedicados a una sola cosa con empeño unidireccional: “He stayed in his joints with his own kind, the incurables, the boys who felt the itch to discover something. He stayed within the closed circle of the fanatics, the old bunch of alchemists, and there he did his work”.

No es casualidad que tantos vehículos subculturales hayan utilizado esta última frase, y por extensión toda la novela, para describir la obsesión juvenil y los ritos tribales de las subculturas de posguerra. Kevin Pearce la utilizó en su Something beginning with O, y Comet Gain empezaban recientemente su “The weekend dreams” (en su versión siete pulgadas para Doble Vida) con un recitado de dicha cita. Young man with a horn es, por todo lo enumerado, uno de los libros más bellos e intensos que se han escrito nunca. El mod book por antonomasia, pese a que casi nunca se le nombra en las listas al uso. Y, al contrario de lo que ha sucedido con otros libros favoritos en esta casa (de Nelson Algren, Ken Kesey y un largo etcétera) su versión fílmica –con Kirk Douglas, Lauren Bacall y (puagh) Doris Day, y dirigida por Michael Curtiz- no produce demasiados retortijones intestinales.

Un libro que les cambiará la vida, oigan bien lo que acabo de decirles.

Kiko Amat

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