Haciendo soul en su mente
Mingering Mike Presentamos a la estrella más prolífica del soul de los 60’s, un infatigable productor y músico de Washington DC que sin embargo jamás grabó o publicó un solo disco ni tocó en directo.
1. ¿Quién no ha tenido alguna vez un grupo imaginario de rocanrol? Que levante la mano el que nunca ha soñado en menear el cucu en un conjunto de rock bullicioso frente a un contingente de groupies danzantes. ¿Nadie? Díganme, se lo suplico, que no era yo el único que daba brincos en mi habitación (el Apollo Theatre), en pijama (traje de lamé dorado) ante una escoba (un micrófono) mientras soplaba en un cepillo (la armónica). Y yo que creía que todos codiciábamos la adulación perpetua y la autoestima estratosférica (y, huelga decirlo, el asueto genital) del estrellato pop. Que esto era, en fin, un delirio de muchos que no debería avergonzarme (ahora veo que sí).
En todo caso, esta ocurrencia se desvaneció de mi archivo de fantasías recurrentes a los catorce años (de acuerdo, de acuerdo: fue a los veinticinco), y jamás volví a pensar en mi plantel de grupos imaginarios: Los Egocéntricos, Henry & The Mancinis, Los Coppertones y tantos otros que me callo por puro sonrojo. Pero ¿se imaginan lo que habría sucedido si hubiese pasado el resto de mi existencia recreando los posibles discos y carreras de aquellos productos de mi psique?
2. Hace cuatro años se descubrió que alguien así había existido. Se hacía llamar Mingering Mike. Su aparición representó para círculos de fans de la música soul algo así como topar con una sublimación material de su propio fandom apasionado, y sus creaciones discográficas se analizaron como falsificaciones bizarras elevadas a la altura del original mediante improbabilidad, laboriosidad e imaginación deslumbrante.
El advenimiento del fenómeno Mingering Mike se lo debemos a un investigador privado y coleccionista de discos llamado Dori Hadar. Estaba el hombre un día del año 2007 pringándose los dactilares en un rastro de Washington DC cuando reparó en un extraño disco llamado The Mingering Mike Show –Live From the Howard Theater. La portada pintada a mano, el ignoto sello (Nation’s Capitol Records) y la selección de artistas desconocidos (The Monitors, The Colts Band, Mike & The Minutes, The Mailavar Dancers…) hizo creer a Mr. Hadar que acababa de darse de morros con un valioso incunable de soul raro. Imaginen su sorpresa cuando, al extraer el vinilo del interior, apareció un círculo de cartón con los surcos pintados a mano. Un rápido vistazo al resto de la caja le bastó para cerciorarse de que aquel no era el único disco ficticio del lote. La mayoría de álbumes eran piezas semejantes, manufacturadas individualmente y bautizadas con gran exhuberancia: Can Minger Mike Stevens really sing?, Mingering Mike and The Big “D” boogie down at The White House y un largo etcétera. Y no solo eso: Mingering Mike también era
“productor” de otros artistas igualmente ficticios (editados de forma idéntica) como Joseph War, Audio Andre y los Outsiders. El colmo de la locura era que la mayoría de ellos venían envueltos en celofán y etiquetados con precios de época, simulando haber estado en venta alguna vez. Repetidos viajes a aquellos encants fueron desvelando la existencia de cientos de LPs, singles, cartuchos de ocho pistas, bandas sonoras originales (!!) y dobles álbumes en directo. Todo obra de Mingering Mike, quizás el artista más prolífico del soul 60’s. En su cabeza.
3. Pero ¿Quién era Mingering Mike? Nada más que un imaginativo adolescente negro de los sesenta llamado Mike, obsesionado por superestrellas soul como Temptations, Impressions o Marvin Gaye. Que el noblote Mike no tuviese la menor noción de música no fue óbice para que, desde 1968 (con el “lanzamiento” de su debut, Sittin’ by the window para Mother Goose Records), el joven empezara a erigir una compleja y sobrecogedora fantasía mental en clave soul. ¿Cómo era en realidad la vida del tal Mike? Bien, como suele suceder con los mejores ejemplos de outsider art y folk art, los trabajos del falso soulman pueden también leerse como diarios en clave. La mayoría de presuntos artistas de su compañía eran alter egos de primos y familiares, y los eventos capitales de la existencia del muchacho se filtraron una y otra vez en títulos y canciones (su llamada a filas en plena guerra de Vietnam, por ejemplo, daría pie a varios discos pacifistas con mensaje).
Mike abandonaría el quimérico negocio de su música hacia 1977 -tras cien discos y nueve películas (que también dirigió)- y solo el afán arqueólogo de Dori Hadar sería capaz de insuflarle un inesperado soplo vital post-mortem. Tras muchas pesquisas, Hadar localizó al hoy sesentón Mike en Washington DC. Un impago involuntario a la compañía guardamuebles había provocado que un desalmado subastara toda su discografía hacia el año 2003; de ahí que su tesoro artístico –y faena de una vida- terminara defecada de cualquier manera en un mercadillo de mala muerte.
Pero no hay mal que por bien no venga. Aquella catástrofe permitió, gracias al cielo, que el mundo fuese consciente de la existencia de Mingering Mike y añadiera su genio al panteón de visionarios con majara-universos similares, de Henry Darger (autor de The Story of the Vivian Girls) a Justo Gallegos (aquel labriego que se está construyendo su propia catedral en Mejorada del Campo, Madrid). Hoy en día existen varios libros dedicados a la obra de Mike, su cosmos privado ha sido objeto de repetidas exposiciones, y en el año 2010 el artista prestó su primera portada para un grupo real: el debut del grupo Kings Go Forth. Por si eso fuese poco, X, la estupenda novela de Percival Everett que recién ha publicado en nuestro país Blackie Books, luce cubierta ad hoc del delirante Mike. Un sueño hecho realidad, ni más ni menos, para el niño que creyó ser Tamla Motown.
Kiko Amat
Más información:
http://www.mingeringmike.com/
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 30 de noviembre de 2011)



