Disco del mes (enero 2012): THE LOUD FAMILY Plants and birds and rocks and things
THE LOUD FAMILY
Plants and birds and rocks and things
Alias, 1993
En su debut narrativo It feels so good when I stop (una de las mejores novelas que leí en el 2009, si les interesa saberlo), Joe Pernice escribía una broma tan para nerds discográficos que me avergüenza haberla pillado. La chanza aparece en un fragmento ambientado en una sala de conciertos, donde los protagonistas han ido a ver un show de Lou Barlow (de Sebadoh). Cuando uno de los teloneros finaliza su actuación, Pernice activa todos los mecanismos de la crueldad para decir: “cuando los Coughins terminaron su set de caras B de Game Theory…”. Solo un idiota con miles de discos podría haber cazado esta bromita, que por otra parte se anuncia con completa seriedad, sin amago alguno de ironía. La traducción Nerdo-Humano se la hago en un santiamén, no se angustien. Pernice insinúa sibilinamente algo que muchos fans sospechamos pero no decimos: Game Theory eran un grupo de los ochenta que sacó un montón de elepés más o menos adecuados (aunque demasiados), discos psé en los que no encontrabas hits ni por asomo; álbumes donde todo era correcto y no te dabas de narices con chascos ni estropicios, pero tampoco iluminaciones. Yo mismo tengo todos los discos de Game Theory –están siempre a 4 o 5 euros, invariablemente, en todas las tiendas de segunda mano de Europa- y nunca en la vida he cantado una canción suya. Es imposible: desaparecen justo después de escuchadas, como arrancadas de la memoria por un goblin travieso. De ahí la saeta de Pernice: “caras B de Game Theory” es una metáfora que sugiere algo burdo y efímero, quieroynopuedez, gris parduzco, cubeta de Todo a 3 Euros. La cara mediocre de un grupo de por sí bastante mediocre.
Todo esto es injusto y cruel aunque, como decía, no del todo falso. Scott Miller tenía un talento notable para la letra sugerente (y literaria) y no le faltaba oído para la melodía; pero flaqueaba a la hora de conectar el estribillo inmortal, esa es la espantosa verdad. En cualquier caso, su carrera se redimió con su segundo grupo, The Loud Family, y especialmente con su LP Plants and birds and rocks and things (Alias, 1993). En este, su disco de debut, Scott Miller se deshace de lo más irritante de su estilo (referencias crípticas, semiótica, estructuras melódicas imposibles, tonadas sepia y notas caducifolias…) y conserva sus mejores rasgos: humor fino, ironía, letras memorables y (¡Al fin! ¡Costó diez años llegar aquí!) canciones perfectas, brillantes, perennes. El título del álbum está sacado del “Horse with no name” de America (“there were plants and birds and rocks and things…”), una referencia que a los diecisiete me hubiese hecho vomitar en cascada de impresionante caudal y que hoy en día, ya anciano y sabio, solo puedo celebrar (es una canción sensacional, digan lo que digan los punks). ¿La portada con la que The Loud Family decidió presentarse ante el mundo? Inmundita, como todas las de la época: fotos borrosas, tipografía estirada, colores gos-com-fuig y franca moderación asociativo-evocativa. Pero salten por encima de ella, háganme caso, y podrán retozar en la mullidez de sus hits, que son muchos (el album lleva 19 canciones). De la psicodelia-pop moderna (“Aerodeliria”) al patadón de power-pop lozano y vigoroso (“Jimmy still comes around”) o dulzón (“Rosy overdrive”) college-rock enérgico (“Idiot son”), y amagos de hit radiofónico (“Isaac’s law”), pasando por aires 60’s pop (“Take me down (to halloo)”) o un recitado que anticipa a The Dismemberment Plant (“Spot the setup”). A ratos recuerdan a The Posies, otros a Redd Kross, otros más a los primeros indies de IRS (empezando por Peter Buck y compañía), en algunas –las más lisérgicas- a The Three O‘Clock (Michael Quercio había colaborado con Game Theory, sin resultados aparentes) y en ocasiones a nadie más que a ellos mismos, o a unos Game Theory en versión mejorada. Si insisten.
Tanto los títulos como las letras son inolvidables, un detalle que ya era constante en la obra de Scott Miller pero que aquí alcanza su cénit: ¿cómo no amar cortes bautizados como “Ballad of how you can all shut up”, “Some grand vision of motives and irony”, la maravillosa “Don’t thank me all at once” o “Self righteous boy reduced to tears” ? (chúpate esa, Moz). Líricamente, el disco es im-pe-ca-ble, en cada estrofa se esconde una frase pegadiza, una comparación astuta, una rima certera (lean la totalidad de sus letras aquí). Y encima,
insisto, entalladas en finas armonías con introducción-nudo-desenlace, principio y final, sin desvaríos ni experimentitos ni extravíos polifónicos. La producción es de Mitch Easter, a quien ustedes tal vez conozcan por su grupo Let’s Active (muy parecidos a Game Theory: semejantes tonos gris-calamar y ausencia de hitódromo), pero se antoja improbable; es más probable que le identifiquen como productor de R.E.M. en su etapa crucial (1981-1984), cuando firmó Chronic Town y Murmur, así como álbumes de Pylon y Pavement. Su arte contribuye a que Plants and birds and rocks and things sea un elepé sólido, notable, con el que Scott Miller logró alcanzar al fin la excelencia. Porque quizás “The Coughins no iban a ninguna parte”, como decía Joe Pernice en su novela, tal vez Game Theory solo eran capaces de fabricar caras B asustadizas y evanescentes, pero llegaron The Loud Family (más vale tarde que nunca, Scott, hijo de mi vida) y remediaron todo el asunto.
Les abandono con la habitual nota biógrafo-emotiva: como les sucede a todos los collectors alucinados y maniáticos, me cuesta mucho dejarme aconsejar por dueños de tiendas de discos. Siempre asumo, sin duda injustamente, que a) controlan menos que yo todo este asunto de los discos maravillosos y me acabarán endilgando el No parlez de Paul Young, o b) son unos hippies locos que poseen varias copias del mismo disco de Utopia en diferentes grados de conservación. La adquisición de este elepé de The Loud Family, por consiguiente, representa una de las únicas veces en que he comprado discos a ciegas (aun no conocía a Game Theory), y lo hice confiando únicamente en el gusto del vendedor: aquel señor barbudo y circunspecto que era copropietario de la tienda bipolar por excelencia, la desaparecida Stand Out/Minus Zero en Blenheim Crescent (Notting Hill Gate). Dos tiendas en una, como saben todos los que fueron allí a adquirir discos sensacionales alguna vez, divididas misteriosamente estilo La gran rasa, con los dos dueños cara a cara, agazapados en sus respectivos burladeros, y por todas partes millares de discazos de todos los estilos que importan. Fue en esa gran tienda donde uno de los dos Bills (pues, para colmo, se llamaban igual), el que era fan a muerte de los primerísimos R.E.M., se lanzó a recomendarme el Plants and birds and rocks and things. Desde aquel 1995 (lean Mil Violines, capítulo “Cricklewood 1995”, para más detalles) he escuchado el disco con regularidad, y aún no he sabido encontrarle puntos blandos ni desniveles. Un álbum que perdura, como verán. Kiko Amat



