Libro del mes (enero 2012): P.G. WODEHOUSE Omnibus Jeeves I y II

Ómnibus Jeeves Tomos I y II
P.G. WODEHOUSE
Anagrama

Cada uno tiene sus puntos de fuga, sus grandes evasiones. Con los años, algunos hemos ido almacenando Lugares Seguros donde refugiarnos cuando arrecia la tormenta de basura: sitios felices, llenos de confort, cargados de recuerdos dulces, fragmentos de un mundo inocente y perfecto que luego, inevitablemente, se torcería por varios emplazamientos. Esos Lugares Seguros pueden formar parte de la propia memoria, o haber entrado en nuestra constitución vía oral, auditiva u ocular. Dicho de otro modo: pueden ser recuerdos dichosos o pueden ser artefactos culturales que llevan años incorporados a nuestro universo sentimental, y que tras miles de visionados o escuchas ya forman parte de la familia. Películas, libros y discos como viejos amigos, como testigos involuntarios de nuestras vidas, entes que a veces llegan incluso a entrometerse en ellas (cuando copiamos inadvertidamente el comportamiento de un personaje de novela, o empezamos a repetir esa frase pegadiza de aquel film, o mejor aún, cuando un fragmento de narrativa o una canción nos empujan a cambiar –literalmente- de vida; iluminaciones, tics, asociaciones temporales).
Por otro lado, la evasión como concepto tiene muy mala fama, y supongo que es porque una parte nada desdeñable de la población busca evadirse a bordo de vehículos que son auténticos eriales del espíritu: videojuegos, deporte mainstream, televisión o bazofia de Hollywood. Pero luego está la evasión Huysmaniana, Wodehousiana, las vacaciones en un mundo privado que se rige por normas que sí podemos comprender, un planeta secreto donde nada puede dañarte, y existen aún la nobleza, la gentileza y la dignidad, y los hombres se rigen aún por inquebrantables códigos personales. Visto así, nada tiene de intrínsecamente malo el largarse a uno de esos lugares por un tiempo (especialmente si consideramos que uno siempre acaba regresando, por narices, a su época). Otra cosa muy distinta es la evasión majareta: recientemente escuché la historia de un skin francés actual que había decidido pretender que vivía de veras en los 60’s; pero no congelado en el tiempo, no. El amigo decidió ir avanzando por la década paralela según la década real iba avanzando. Así, si su delirio empezó en el 2008, pretendiendo que estaba en 1968, hacia el 2012 debería ya haber llegado al 1972, ¿entienden? Eso implicaba –según me contaron unos amigos- incluso comprar mapas de época a la hora de viajar, por imposible que suene. Loco skin.
Pero me estoy desviando del tema original. Les hablaba de Rincones Intactos y de Lugares Seguros, y les hablaba de evasiones. Mis evasiones son muchas y coloridas, pero una de las superiores, mi predilecto mundo perdido, es el universo de P.G. Wodehouse. Ustedes ya conocen a Wodehouse, y si no es así deberían presentarse en su librería local de inmediato y adquirir toda su obra. Wodehouse es el mejor autor de humor inglés de la historia; sin él no existirían Tom Sharpe, Coe, Kingsley Amis o Stephen Fry (ni siquiera Ben Elton, si me permiten exagerar). Nada es concebible sin la presencia pretérita del maestro; ni Black Adder ni Gosford Park, ni Fawlty Towers ni Father Ted. Él estaba allí antes, y lo hizo mejor que nadie, y su arte viene en línea recta desde el Shakespeare más cómico (pasando por Gilbert & Sullivan y Henry Fielding, si quieren).
Su planetario, su zona de batalla, era el entuerto de situación, el enredo endiablado y la comedia basada en el malentendido y el ridículo cataclísmico. Padre de todas las sitcoms habidas y por haber, Wodehouse pintaba sus novelas en un marco inmutable (la clase alta inglesa de principios del siglo XX) donde todo permanecía siempre igual; sólo mutaba el alcance de la trastada, el nivel del tropiezo, lo magnífico de la confusión y lo memorable del humorismo. Aunque escribió innumerables novelas y creó todo tipo de personajes, el más conocido es –por supuesto- el inmortal tándem que forman Bertie Wooster y su mayordomo Jeeves. El primero es un gentleman pusilánime, más bien corto de entendederas, susceptible de meterse en trapisondas y con una infalible configuración genética para irrumpir allá donde no le llaman, siempre armado del peor plan posible. El rubicundo y barbiflácido Bertram está, sin duda, lleno de buenas intenciones (las tramas casi siempre orbitan alrededor de un amigo en apuros que –de forma muy imprudente- le pide ayuda), pero eso no impide que invariablemente meta la pata y consiga estropear aún más el estado de las cosas. Cuando todo parece irremisiblemente perdido, hace su aparición Jeeves, epítome del mayordomo capaz y eficiente (además de ilustrado), y consigue deshacer el entuerto y sacar del atolladero al azorado Bertie. Todas las novelas de la serie Bertie-Jeeves siguen un argumento similar, y los elementos con los que Wodehouse juega también tienden a ser los mismos: confusión de un personaje por otro, chica que se enamora de Bertie (un personaje casi asexuado) cuando está prometida a un buen amigo del mismo, las dos tías-torbellino (Tía Agatha y Tía Dahlia) dándole candela, el amigo aún más lerdo y torpe que Bertie (Gussie Fink-Nottle), el amigo brutote que suele ser también aún más tonto que el señorito Wooster (Tuppy Glossop), las artimañas que se trajina Bertie para intentar recuperar algún objeto (una peñora de amor en las manos equivocadas, un diario voluble de manchar reputaciones, un cacharro de porcelana…), apariciones de Anatole, el temperamental chef francés (ideal para un poco de caos lingüístico y, por qué no, para mofarse de los galos), y un largo etcétera, sin olvidar el alcohol. Wodehouse, como todo literato astuto y con intenciones humorísticas, sabía a ciencia cierta que pocas cosas son más divertidas que emborrachar a un personaje (o animal, como el loro temulento en De acuerdo, Jeeves) no acostumbrado al licor. En sus libros, y especialmente en la serie Bertie-Jeeves, suelen intervenir los espirituosos, generalmente como desencadenantes del caos o remedios contra la cobardía, y (del mismo modo) también lo hacen las resacas. Wodehouse incluso lista los tipos existentes de jaquecazos con origen etílico en The Mating season: “the Broken Compass, the Sewing Machine, the Comet, the Atomic, the Cement Mixer and the Gremlin Boogie”. Sensacional.
Algunos cenizos y fanáticos sin ningún sentido del humor quizás aduzcan que las novelas de Wodehouse son “apolíticas”, o que perpetuan el estado de las cosas, o la diferencia de clases, o cualquier otro sinsentido de amargado-sin-amigos. No serían los primeros. Wodehouse cosechó infinidad de detractores en la época por culpa de su completo desinterés en política. Ni siquiera el estallido de la II Guerra Mundial alteró su monumental pachorra; Wodehouse, flemático como pocos, casi consigue creer que la guerra no estaba estallando. Por desgracia, por aquel entonces aún residía en Francia y a los nazis no les quedó más remedio que ir a detenerle a su casa (me lo imagino abriéndoles la puerta entre sorprendido, divertido e indignado, como los Bretones de Astérix en Bretaña). Su poco talante luchador, escaso patriotismo, y dudoso historial antifascista (por inexistente), en cualquier caso, le hicieron ganarse numerosos enemigos literarios, entre los que se contaban Sean O’Casey o A.A. Milne, el piernas de Winnie the Pooh. Pandilla de lloronas moralistas, del primero al último, si quieren que les diga lo que pienso. El arte de Wodehouse, por si algún alcornoque aún no se ha dado cuenta, está lleno de humanidad, compasión y humor (tres atributos que, en mi opinión, son inseparables). ¿Qué importa si habla exclusivamente de un mundo de gentilhombres y lacayos? PG Wodehouse trabajó siempre dentro de su universo-burbuja, y al hacerlo creó una de las más vastas colecciones de narrativa humorística jamás vistas por el hombre. Buscarle un perfil político es “como televisol en luna de miel: innecesalio” (que decían en Un cadáver a los postres). ¿Que Wodehouse era elitista, me dicen? ¿Que en sus novelas no aparecen proletarios ni por casualidad? (y cuando lo hacen son más bien zopencos). Pues qué quieren que les diga; al menos tenía un sentido del humor divino, que es más de lo que se puede decir de mucha gente. Y además, si me permiten que lance una teoría al vuelo, ¿no podría leerse la inalterable superioridad intelectual de Jeeves como una pulla a los toffee-nosed hemofílicos de la clase alta? La imagen que sus novelas daban del baronete londinense (disipado, algo calavera, vago, borrachín y muy burro) no era precisamente del agrado del establishment, que esperó hasta 1975 (el año de su muerte) para otorgarle al fin a Wodehouse la KBE (Orden del Imperio Británico). Como dijo el embajador inglés en Washington, “sus novelas dan una imagen del caracter inglés que no nos interesa que se reproduzca”. Indeed.
Anagrama ha alegrado muchas existencias humanas reuniendo al fin en dos sólidos Omnibus seis de las mejores novelas Bertie-Jeeves. Mi favorita, El código de los Woosters (que también fue la primera que leí) está incluida en uno de ellos, así como las cimas del humorismo De acuerdo, Jeeves o Adelante, Jeeves. Son todas parecidas, e igualmente geniales. La única evolución que he sido capaz de detectar en ellas es una mejora de la artesanía del autor según avanzan los años. Dicho de otro modo: las novelas de los 40’s son superiores a las de los 20’s. En lo demás, son fiables, sólidas e inmutables como una motocicleta italiana antigua, un concierto de Teenage Fanclub o una receta culinaria de la abuela. Cosas que nunca fallan. Son para mí estos libros casi un balneario personal, unas vacaciones en miniatura, un sólido Lugar Intacto que ni cambios de década ni de-evoluciones tintadas de “progreso” han conseguido vencer. Un viejo paisaje al que siempre puedes regresar, y que se obstina en continuar igual, contradiciendo el curso del resto de las cosas del planeta. La evasión más elevada y más mondante que un hombre puede desear. Y ese lenguaje. Y esa jerga. Y esa ironía. Y esos antónimos, esos oxímorons inesperados, esas hipérboles enloquecidas, esas paradojas hilarantes, los circunloquios desatados, las comparaciones afiladas, tan inusuales, la finura de su vinagre… Leerle es maravillarse una y otra vez con las posibilidades infinitas del lenguaje humorístico.

No les digo más. Lean por favor a Wodehouse: les hará mejores y, por añadidura, se van a mear encima de la risa. ¿Qué más se podría pedir? Kiko Amat

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