Recuerdo de Rompepistas
Rompepistas oral en el Atrium de Viladecans fue hermoso, si preguntan. Puig habló y bailó y demostró sus tablas, los figurantes bebieron y mearon en una valla y pintaron (no sin cierta dificultad) una polla en un lienzo, Marc Botey no dejó de pintar fragmentos de canciones maravillosas con su guitarra y su eco, sonaron cinco o seis éxitos de los chicos con botas, y la juerga terminó con una invasión de escenario final por parte de los mismos chicos con botas originales.
El autor presentó la cosa con estas palabras:
“Al principio, antes que nada, está la historia. La historia es lo importante.
En ese sentido, el autor, el libro, son irrelevantes. Sin la historia no hay nada.
Rompepistas, ante todo, es una historia: la historia de mis amigos, y de algunas cosas que nos pasaron cuando éramos una pandilla, cuando éramos niños. Es mi historia, o al menos una parte crucial de ella. Y esa historia, pese a los añadidos narrativos, es esencialmente real, y está llena de nombres propios y gente que existió.
En el libro, nadie es nadie, pero todos somos todos. Nuestras vidas están allí, para que las leyera la gente.
Rompepistas es una historia que no tenía historiador, y que nadie iba a contar: nuestros años ochenta pandilleros en el extrarradio de Barcelona. Es un homenaje a los chicos con botas que fuimos. Como nadie parecía dispuesto a hacer ese homenaje, tuve que encargarme yo del asunto.
Pero esta noche no rendimos tributo a la prosa ni al objeto que la almacenaba, y mucho menos al tipo que puso los sustantivos y las subordinadas en orden.
Esta noche rendimos tributo a un mundo desaparecido, a nuestro pasado, a nuestras raíces y tradiciones, a los años que nunca volverán, al lugar de donde venimos, que nunca, nunca, nos hemos conseguido sacar de encima.
Esta noche rendimos tributo a, sobre todo, una amistad.
Buenas noches y bienvenidos a Rompepistas”.



