Libro del mes (marzo 2012): NELSON ALGREN Un paseo por el lado salvaje

Un paseo por el lado salvaje

NELSON ALGREN

Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores

Cuando se empieza a escribir, es lógico emular al maestro. Dicho esto, conviene también no ser berzas y escoger con tino a dichos maestros. Y no me refiero solo a no escoger basura (lo que, sin duda, es aconsejable), sino a saber tomar algo asequible, comenzar desde un punto de partida lógico y no lanzarse a intentar superar a un guepardo en los cien metros lisos. Como alumno-en-proceso con una relativa experiencia a mis espaldas, me alegra mirar atrás y ver que utilicé el sentido común, en lugar de lanzarme a tontas y a locas a pergeñar manuscritos influenciados por novelas insuperables, definitivas en su ambición, ámbito y resultado final. Dicho de otro modo: hace diez años –cuando se publicó mi primera novela- me gustaban igual Catch 22 que Un detective en Babilonia, pero de haber intentado escribir algo inspirado en la primera me habría arreado un contundente costalazo que aún estaría doliéndome ahora. En uno de los pocos momentos de precoz (aunque verdadero) autoanálisis de mi vida, vi que la línea que separaba el más abyecto fracaso de algo parecido al triunfo (en cuanto al artefacto literario resultante, no en cuanto a ventas o respuesta crítica) yacía en parte en saber qué emular, a qué aspirar, te pareces a Papá o a Mamá. Por consiguiente, mis dos primeros libros buscaron intencionadamente la inspiración en Richard Brautigan, Nik Cohn, Bukowski, McInnes, el Vonnegut de Barbazul o Madre noche, la trilogía teenager de Susan Hinton, el Billy Liar de Waterhouse, noveletas kitchen sink, etc. Incluso Fante, si puedo permitirme el atrevimiento de colocarme a su sombra. Objetos artísticos espléndidos y defendibles y bellos y mondantes y sinceros y llenos de vida pero que, asimismo, me parecían alcanzables. Cosas favoritas, pero cercanas. Uno debe aprender a andar antes de intentar volar, ¿No les parece?

Por otro lado, mi biblioteca está llena de autores que ni borracho intentaría emular. Sencillamente, son demasiado buenos para mis escasas habilidades. Sus logros me parecen tan elevados, su prosa tan elástica y perfecta, la solidez y ritmo de sus tramas algo tan arquitectónico, su oído para el diálogo algo tan magnífico, su capacidad de empatía y comprensión de la condición humana un atributo tan grandioso, que mi insignificante yo narrativo se ve incapaz de llegar a esas alturas. Es demasiada altitud para mí, se lo digo tal y como es. Nunca escribiré un Sometimes a great notion; esa posibilidad no está en mis manos. Tampoco expulsarán mi espíritu, inclinación y cerebro un Watusi en tres volúmenes, un Something happened, un The big sleep, un Oliver Twist… La lista es interminable, si bien nada dolorosa, por paradójico que suene. Uno conoce bien sus limitaciones, y para qué hacer un drama de ello. Es mucho más razonable trabajar para mejorar el regalo que la providencia te ha otorgado, y buscar la excelencia dentro de sus (amplias) posibilidades. Y al tiempo, seguir disfrutando con una envidia sobria y lozana de todos esos libros insuperables. Inmensos. Excelentes.

Un paseo por el lado salvaje, de Nelson Algren, es uno de esos libros excelsos que jamás me verán emular, haciendo en el proceso el más espantoso de los ridículos. Pues emularlo no es posible, aunque dedicara años a intentarlo y pasara por divorcios, abandonos y un surtido elenco de drogadicciones. Pues este es el libro definitivo (sin contar a Dickens) sobre los perdidos. Protagonizan la obra los “amantes, sátiros, pirados en fuga, los burlados, los mutilados, los atormentados, los caídos sin remedio y los pícaros. Todos aquellos a los que nadie echaba un cable y por los que nadie rezaba”. Los que “procedían del lado equivocado de una ciudad que solo tenía dos lados: el malo y el peor”. Cuando se publicó en 1956, la obra causó cierto revuelo. No era la primera vez que alguien dedicaba un libro entero a hablar con simpatía de los que yacen en el arroyo (Dickens de nuevo, sin ir más lejos) pero muy pocas veces se había hecho así. Así de bonito y duro y cierto y completo. Y, sobretodo, con esta empatía. La vasta e inacabable empatía de Algren quizás sea, junto a su dominio de un lenguaje duro y maleable, su mayor talento.

En este paseo toparán ustedes con vagabundos de tren, hombres asilvestrados con los zapatos en ruinas, prostitutas y chulos a tutiplén, “peleles y cleptos, pirados y dipsos”, tullidos en cantidad tal como para hundir un barco, timadores y buscavidas, borrachos y drogadictos, “chicos mortecinos cuyo único goce expiraba en un gruñido porcino”, idiot savants y analfabetos, “mastuerzos cuyos vicios se desbordaban tan fácilmente como el café en los platillos de las tazas”… Lo peor de cada casa, lo más chungo del vagón. Y, ¿saben qué? Que allí abajo, lo crean o no, uno encuentra a menudo mejor gente que allá arriba. “¿Cómo podía culparse de nada a un hombre que ya no había empezado bien?”, nos dice el autor. Algren sabe (al contrario que algunos de sus personajes) que “siempre hay sitio para uno más en el fondo”, y su novela es casi una enumeración de todos los caminos que uno puede tomar para caer de bruces en el fondo verdadero.

Algren no prioriza aquí la trama; la novela carece de misterios, de historias autoconclusivas, de finales épicos, de situaciones inesperadas. Hay acción, pero es tan arbitraria como los designios de un mundo que dejó a la mayoría de sus habitantes con el culo al aire. “Malos tiempos y peores circunstancias, ésos en los que las chicas tiernas se endurecían y las chicas curtidas se ablandaban”. Esos tiempos y los hombres y mujeres perdidos que los pueblan son el material que verdaderamente interesa al autor. Contar bien su historia y circunstancias, y emocionarnos en el proceso, es el definitivo objetivo de Algren. Si quieren suspense y tiros, parece decirnos, vayan a un folletín de cuatro cuartos. Esto es vida real, y aquí la redención va cara.

Su aspiración queda clara en aquella frase de Conversations with Nelson Algren, cuando afirma (hablando de The man with the golden arm, su otra obra maestra): “I like these people in my book”. Incluso cuando han perpetrado actos terribles (y Algren no mira hacia otro lado cuando toca afrontarlos), los ojos del autor están llenos de compasión. En el mencionado Conversations… Algren define su estilo como “reportaje emocional” y añade que “la compasión no sirve de nada sin un escenario”. Lo que hace el escritor en Un paseo por el lado salvaje es, por consiguiente, darle un rico y complejo escenario a esa compasión e interés por la condición humana en sus estratos más ruinosos. Se trata de dignificar la pobreza, que diría el gran Santiago Lorenzo. O, a la vez, de cómo la pobreza dignifica. Se trata de contar las cuitas de esos hombres pobres y abandonados, tocados por la mala suerte, emperrados en acabar mal, incapaces de alterar su apestoso destino. Y ponernos en su lugar. Ver que podría habernos pasado a nosotros y que todos somos lo mismo.

Se antoja difícil resumir la historia que cuenta esta novela. Hay cien, y todas parecen igualmente importantes. A primera vista parece que la cosa va de las andanzas y desventuras del analfabeto convertido en chulo, el “semental arrabalero” Dove Linkhorn, pero una mirada más pausada nos desvela que el resto de paseantes en este bulevar de miseria son igualmente cruciales para el autor. Las prostitutas Kitty Twist o Hallie Breedlove, el perverso tullido Schmidt (“un hombre que ha sido destruido una vez y que había luchado con todas sus fuerzas para volver al reino de los vivos no sería elegido para sufrir una segunda destrucción. Dios no lo permitiría”), el timador compulsivo y ex-jockey Finnerty, los compañeros de celda, los dipsomaníacos de saloon… Cuando aparecen, roban la cámara y todo lo demás desaparece: su narración se torna lo más importante, y las digresiones en torno a su bagaje devienen imprescindibles partes de la totalidad. Nadie emerge aquí sin contexto: el contexto lo es todo.

Y, por último, qué me dicen de esa forma de escribir: “Pero por encima de la traición, bajo el jolgorio, se cernía, aquel verano sofocante, la sensación de que todo eso era tan triste como un brindis al sol en un país invadido. En las caras estragadas de las jovencitas y en las maquilladas de los chicos en los bares clandestinos flotaba la sensación de una derrota inminente”. Es imposible fingir en prosa esta verdad y empatía: si no se tienen (ni se han vivido), ni cien mil talleres de narrativa conseguirán que expulsen una frase con algo que se acerque ni de lejos a la horrible y maravillosa verdad de Algren. “Y como el polvo en un mundo que recobra la esperanza, el alma enferma del macarra se limpió. Una sensación de bienestar lo llenó como se llena una copa. Se sintió agradecido por las pequeñas y las grandes alegrías y deseó que fuera hora de comer para sentarse a la mesa”. O una cita breve que condensa una gran parte del libro: “No tenían razones para no emborracharse”. La lista de frases-epifanía es tan extensa, de hecho, que podría pasar el día entero transcribiendo citas memorables y no habría hecho más que empezar. Les cito solo la frase –sobre tatuajes- del libro que tiene a su vez más números para convertirse en otro tatuaje en la piel de alguien, algún día: “Quería hacer algo que ellos nunca pudieran deshacer. Que nadie pudiera deshacer”.

Resumiendo: Un paseo por el lado salvaje es una de las mejores novelas de la historia. No puede vivirse entre humanos sin haberla leído. No puede escribirse esto sin haber estado entre humanos. Amándoles, a ser posible. Léanla, y sobre todo no olviden jamás las tres reglas eternas: “Nunca juegues a cartas con un tipo que se llame Doc. Nunca comas en un restaurante que se llame Mamá. Nunca te acuestes con una mujer cuyos problemas sean más graves que los tuyos”. Kiko Amat

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