Disco del mes (mayo 2012): THE LEOPARDS Magic Still Exists
Magic Still Exists
Voxx, 1987
Después de más de veinte años, un disco y yo volvemos a encontrarnos. Este es un escenario común para los hermanos que se emancipan del nido familiar y emprenden una vida por separado, dividiendo sus colecciones discográficas en el proceso. Muchos discos amados terminan en la estantería del otro, y relaciones sentimentales con determinados álbumes –especialmente los raros, o difícilmente conseguibles- quedan interrumpidas en un momento dulce. En mi familia, mi hermano se quedó sin absolutamente nada de mod revival (era todo mío). Yo me quedé sin un 90% del garaje 60’s y 80’s que me chiflaba (lo había comprado todo él). Y nuestro 60’s mod, freakbeat, club mod, etc sufrió una injusta y salomónica división por la mitad, dejando en ambas casas una zanja estilo Berlín Este/Oeste que tardaríamos años en enmendar (re-consiguiendo los discos fugados al otro lado del muro).
The Leopards fue uno de tantos grupos que el imparable, además de lógico, curso de la existencia me hizo dejar de escuchar. Eran un grupo de Kansas que –avanzándose a su tiempo- se había autoeditado el primer álbum Kansas City Slickers (en su propio sello, Moon Records) en 1977, y que tardaría una década entera en grabar su segundo elepé, Magic Still Exists (Voxx, 1987). Ambos discos son, como algunas de las mejores cosas, imposibles de clasificar. The Leopards no encajaban bien en ninguna parte: no eran un grupo de power pop al estilo Bomp!, tampoco eran un grupo punk (pese a la autoedición, la pasión y el año en que publicaron) ni un grupo de nueva ola. Lo sixties, una etiqueta que a primera vista les sentaría mejor (por Voxx, y los flequillos, y el órgano y el amor a Kinks y Easybeats), era un traje que les iba estrecho en todas las sisas. The Leopards incorporaban music hall, victoriana, ragtime, jazz, y musicales de Broadway en su sonido, consiguiendo así algo que estaba tan lejos de Dead Boys como de Zeros y Miracle Workers. The Leopards solo suenan a Leopards (y, si uno se pone ñigui-ñigui, también a los Kinks del Village Green; pero no por copiarlos, diría yo, sino porque hurgaban en el mismo pozo de influencias que Ray Davies). Y en las fotos lucen como una suerte de Big Star desvencijados con toques 1886. Extraños.
Ambos discos están llenos de proto-hits y melodías inolvidables, pero por cercanía, catálogo, familiaridad y producción, me decanto por el Magic Still exists. Contiene lo más cerca que estuvieron de tener un éxito radiofónico: “Psychedelic boy”, niña mimada del DJ angelino Rodney Bingenheimer y himno-sátira (ambivalente) al revivalismo sixties; mezcla la épica del “I wish it could be 1965 again” de The Barracudas con el tono compasivo y tristón de “The boy in the paisley shirt” (una canción que es su prima cercana), de Television Personalities. Junto a ella encontramos uptempos de R&B-powerpop con armónica (mi hit juvenil “I’m drowning”, que tanto me recordaba a los mejores Nine Below Zero o a Lew Lewis Reformer), powerpop huracanado y rockandrollero estilo Plimsouls (“Block party”, gritada con entusiasmo parejo al de Keith Streng), pizpireto ye-yé con rasgados de juglar medieval y aire tiki (“Back on the track”), Kinkismos (“Harlean’s house” o “Maggie Lane”, esta última puro “Dead end street”), antesalas de TFC (“Waiting”), instrumentales filo-surf con cinematográfico aire John Barry (“Dusty treasures”), maravilloso beat sixties realizado con medios 80’s (“Last night” o “It can happen to you”, que suena bastante Sneetches), r’n’r atropellado (“Empty people”), psicodelia-pop británica harto inclasificable (“Chief Red Scar’s World Famous Herbal Cure Show”), palmadas y castañuelas por doquier. Un cocido de sonidos, ya ven. Y el organista (Dennis Pash) llevaba sombrero canotier y pajarita, como si le hubieran pillado navegando en bote por Cambridge. El conjunto resulta ser un artefacto de pop artesano, aislado del mundo, lleno de guiños y confesiones que denotan la existencia de un rico universo personal y que discurre ajeno al hype y al mainstream. Una obra de freaks enamorados de sus colecciones discográficas, en resumen.
Voxx reedita al fin esta obra esencial de outsider art, y Munster se la pone cerquita mediante su distribuidora. Nunca The Leopards estuvieron tan cerca del mundo, ni fueron tan populares. No se lo piensen más y únanse al abundante (y, a juzgar por las cantidad de entradas en la red, creciente) club de fans de The Leopards, antes de que este objeto precioso vuelva a descatalogarse. Kiko Amat



