Libro del mes (mayo 2012): FREDERICK EXLEY Desventuras de un fanático del deporte
Desventuras de un fanático del deporte
Frederick Exley
Duomo
408 págs.
“Ese tipo escribe fatal”. “Menuda novela putrefacta ha escrito Y”. “Preferiría escuchar el sincronizado estertor de la muerte de mis dos hijos varones a leer otra novela de X”. Y así siempre. Tengo poca paciencia con los libros malos, debo admitir, y raramente les concedo el beneplácito de la duda. ¿Y si mejora hacia las últimas cincuenta páginas? La verdad es que nunca lo sabré, pues yo habré abandonado la lectura de aquel excremento muchas páginas antes. Hacia la 30, más o menos. Esta práctica (saltar por la borda de un libro pésimo a la primera de cambio) es la causante de que algunos amigos me busquen a menudo las cosquillas con la siguiente frasecita: “¿Cómo puedes decir eso sin habértelo leído?”. Mi respuesta a esa invectiva es, invariablemente: En efecto, no me lo he leído, amigo mío. Ni jamás lo haré, por supuesto. Este libro es ponzoña. Basura inmunda, titi. Y, como suele suceder con la basura, no necesito ponerla en mi plato y degustarla a pequeños mordisquitos, acompañada de un burdeos joven, para luego digerirla plácidamente a la sombra de un sauce llorón. Con arrearle un par de bastonazos desde una distancia prudente ya tengo suficiente; ya distingo de qué está hecha, créeme. Del mismo modo, opino que treinta páginas dejan más que suficiente espacio crítico para decidir si algo es o no es una porquería sin alma.
Por fortuna, esta deprimente ecuación también funciona en sentido inverso. Con algunos libros (los mejores), uno llega a la página treinta enamorado perdidamente del autor. Es el caso de Desventuras de un fanático del deporte, de Frederick Exley, que leí en menos de una semana, pero que amé desde el primer momento. Es esta una memoria ficticia, aunque, en palabras del autor (fallecido en 1992), “los acontecimientos que se describen en este libro guardan cierta semejanza con los de ese largo malestar que es mi vida”. La novela narra la historia de Fred Exley, un autoengañado aspirante a escritor en los Estados Unidos de los 50’s, la posguerra de Eisenhower. Como tantos otros libros reseñados en Bendito Atraso, el protagonista es un personaje abocado a la autodestrucción, perseguido por múltiples demonios y rodeado por lo peorcito del vagón: borrachos, inútiles, timadores, vagos, escritores pésimos y cronistas deportivos. Es esta, por consiguiente, la historia de un fracaso, y por tanto una historia que se ha contado antes muchas veces; aunque raramente así de bien.
El libro avanza a base de flashbacks constantes y recuerdos entremezclados, pero una gran parte de la acción es fiel a esta secuencia:
1) Exley emerge a los páramos de la América salvaje, lleno de empuje y demencial confianza en sus aptitudes.
2) Exley pierde la cordura, la salud, la pasta y la dignidad en el proceso, de bar en bar y partido de fútbol en partido de fútbol, de mujer en mujer y de comisaría en comisaría (y enfermería). Peleando, bebiendo como un pirata enloquecido, maniatado por el deseo insatisfecho (por no hablar de la ocasional impotencia sexual) y redactando la prosa más autoindulgente y babosona que imaginarse pueda.
3) Exley se repliega en el sofá de alguien (un amigo, o su madre) para lamerse las heridas.
4) En ese sofá Exley se adentra en un claro proceso de depresión maníaca, caracterizado por largas horas de visionado de televisión, ingesta de lípidos y conversaciones con perros.
5) Llegan los loqueros.
Y así continuamente.
Las razones del odio interior de Exley son variadas, pero digamos que su negrura impenetrable viene causada básicamente por la sombra perenne que dibuja la figura del padre (un súper-macho, deportista retirado, adorado por sus coetáneos) y por la patente imposibilidad de alcanzar las cotas de madurez-con-bíceps de aquel, a la vez que por el terrible –y gradual- descubrimiento de que dicho padre era, en realidad, también un pobre hombre: fatuo, violento, desgraciado y adicto a la veneración pública. Es esta relación edipoesca la que, por otro lado, ata la historia de nuestro protagonista con la de Frank Gifford, un célebre jugador de fútbol americano cuyo destino cree Exley (en su delirio) que está enlazado al suyo. Todo este malvivir y perpetua angustia, a su vez, provocan que Exley hijo se convierta en un padre inoperante, lejano, incapaz de dar o recibir afecto y con definitivos visos de psicopatía. Exley toma a lo largo de su periplo todas las acostumbradas decisiones erróneas y experimenta cada uno de los fracasos del círculo cromático: sexuales, sentimentales, espirituales, familiares y literarios. No se deja ni uno. Y sazona esos fracasos con el recuerdo de lo que pudo ser, del hombre que era antes de que todo empezara a torcerse. La mejor receta para la tragedia.
Desventuras de un fanático del deporte es un título que (en su traducción española) puede llevar a engaño. Este no es un libro sobre deportes, de la misma manera que Cuerpo de Harry Crews no era un libro sobre culturistas. Tampoco es un libro sobre borrachos, como lo era el Abluciones de Patrick DeWitt. Exley era el típico escritor de 1968 y, aunque algunos le comparen con Cheever, Yates, Mailer o Ford (inevitable pensar en El cronista deportivo), yo le mezclaría con la generación de los últimos 60’s: Ken Kesey, Joe Heller, Kurt Vonnegut, Don Carpenter, etc. Su amargura, humor negro, estilo emotivo y elástico, querencia por el bildungsroman, visión oscura y post-beat de esa América que recién se daba cuenta de lo que sucedía en Vietnam, son características del periodo. La forma en que utiliza la risa más triste del planeta le empareja al Algo sucedió de Heller; los tratamientos de electroshock y las detalladas visitas al frenopático hacen pensar invariablemente en Alguien voló sobre el nido del cuco, de Kesey. Y a la vez posee todas las cualidades de la novela americana clásica (de O’Hara al Coover de Whatever happened to Gloomy Gus of the Chicago Bears, incluso a El cronista deportivo de Ford, con la emoción y el humorismo de Fante). Es este, pues, un libro a la vieja usanza, sin golpes de efecto ni piruetas metaliterarias, un libro que confía en la paciencia, la empatía y la curiosidad del lector.
Ocasionalmente, el libro abusa de todas ellas. Desventuras no es, digámoslo claro, una novela perfecta. La sección de Chicago se hace un poco larga, quizás precisamente porque es cuando al protagonista le van mejor las cosas; folla, bebe y es feliz. Hakuna Matata, de acuerdo, pero el bienestar y la placidez no suelen crear gran literatura. Las extensas partes de gusaneo y patata-de-sofá, del mismo modo, se describen con extenuante detalle (cada telenovela, cada marca de patatas fritas, cada ventosidad, cada conversación con el desventurado perro de la madre…) hasta terminar con la resistencia del lector, que se ve empujado a leer en diagonal unas cuantas páginas. Y en cuanto a los delirios alcohólicos y las descripciones de sueños, qué puedo decirles que no les haya dicho antes en otras críticas: entorpecen la lectura de manera muy irritante (y, por tanto, me las salté sin el menor remordimiento).
Pero nada de esto importa demasiado. El pathos, el humor, la compasión y el maravilloso estilo de Exley compensan por todos los baches antes descritos. Exley es como un Nelson Algren que sufriese incontinencia verbal aún más acusada: a veces se le va la mano con el detalle, pero el poso que deja su prosa es tan rico y hermoso, tan lleno de nutrientes y frases inolvidables, que uno no puede hacer otra cosa que perdonarle. Al final, merece mucho la pena leerle. Como lector y como hombre. Kiko Amat


