Lista del mes (mayo 2012): 7 de canon irrelevante

1) Dylan: ¿Dylan? Esto (señalando a un disco de Dexys, y parafraseando a Minutemen) es Dylan para mí, caramba. Mi verdad. Debo confesarles que nunca me ha importado un bledo Bob Dylan, independientemente de los avances que pusiera en práctica en diversos géneros musicales y comunidades subculturales. Digo “avances” por decir algo, pues se cargó él solito la fructífera y combativa comunidad folk de los sesenta (ver libro del mes de Ian Svanonius en estas mismas páginas, un par de años atrás) y la impetuosidad y belleza espartana del pop 60’s (ver Mil Violines, donde se incide en todo esto en mucho más detalle). Y –aunque indudablemente compuso unas cuantas buenas canciones- no esperen que me ponga a la cola de escritores y Dylanólogos enloquecidos que han malgastado una vida tratando de descifrarlas. Y sigo prefiriendo las versiones pop de Byrds y Turtles, caiga quien caiga y le pese a quien le pese.

2) Beatles / Stones: Para que no hubiesen rencillas ni discusiones entre ambos, hace años decidí que no tendría ni un solo disco de ninguno de los dos grupos. Su preponderancia y sobreabundancia radiofónica, en discografías de los suegros y en la televisión, en cualquier caso, hacen que la posesión física de sus álbumes sea completamente innecesaria. ¿Cómo dicen? Por supuesto que me gustan Rubber soul y Revolver (a pesar de la excrementicia “Yellow submarine”) y soy bien consciente de su influencia en el pop-psych inglés y en la psicodelia americana de la Costa Oeste. Pero como entidades en sí mismas, ninguno de los dos grupos ha hecho siquiera una pequeña muesca en mi alma o canon personal. Por añadidura, yo empecé de muy jovencito con los Who. Créanme si les digo que cuando uno ha iniciado su relación amorosa con los discos escuchando el “I can see for miles”,  todo lo demás suena a margarina para diabéticos y cosas de colegio católico. Incluso los Stones más crudos y ritmanbluseros.

3) Tom Waits: No entiendo a Tom Waits. No sé qué pretende, ni le entiendo cuando canta. ¿Lleva un calcetín gordo de deporte en la boca, o qué? ¿O es que simplemente está borracho? Bueno, muchos otros cantantes en la historia del pop y pre-pop también lo estuvieron, y no cantaban como si acabaran de administrarles un supositorio de Diazepam. Por supuesto, respeto su gusto, y admito que su imaginería de cuadro de Edward Hopper da el pego, y me parece respetable que su lírica hable de los mismos desposeídos que ennoblecieron Nelson Algren o John Fante. Pero que no venga a farfullar a mi tocadiscos, si puede ser.

4) Leonard Cohen: Vengo de un mundo donde nadie sabe quién es Leonard Cohen, ni a nadie le interesa. No hay mucho más que añadir. Más de treinta años después, a la mayoría de mis amigos de infancia siguen pareciéndoles mucho más relevantes en sus cuitas diarias las canciones de John Holt, Jam, Kaisers, Fleshtones o The Beat. Se lo digo en forma de canción: Leonard Cohen means nothing to me. Entiendo que Cohen estuviese más salido que Georges Simenon, pero su angustia testicular no es razón suficiente para lamentarse de ese modo, ni erigir esa longeva carrera sobre los hombros de los lectores de prensa musical. ¿Saben que en Monterrey (o Woodstock, no pienso ni siquiera googlearlo) tuvieron que levantarle de la cama para que fuese a tocar? ¡El tío estaba en pijama en su bungalow! Creo que eso dice mucho de su entusiasmo y empuje juvenil, la verdad.

5) Lou Reed: Post-V.U., no empiecen a chillarme. Ya sé que todo lo de Velvet underground era una maravilla, pero en cuanto a él en solitario, ¿Qué quieren que les diga, hijos de mi vida? Pffff. Y no me digan que no le he escuchado lo suficiente: en los bares de mi pueblo sonaba a todas horas el disco famoso aquel suyo; si, hombre, ya saben. Aquel. Sin embargo, como si yo fuese una piedra de río, aquellas canciones nunca atravesaron mi dermis, nunca lograron atravesarme ni empaparme por dentro; y asimismo muchos otros álbumes de otros artistas se quedaron conmigo para siempre. ¿Por qué? No hay una razón particular por la cual esto sucede. Algunas cosas te tocan, otras no. Es así de simple.

6) Bruce Springsteen: Me encanta insultar al Boss, especialmente en Catalunya. En Inglaterra -o Tomelloso, mismamente- a nadie le importa un comino si lo haces, pero en nuestro país, meterte con él en público es como lanzar vivas a ETA en un bar, o soltar en una conferencia de prensa que te gusta toquetear a menores de edad en la puerta de los colegios. La gente reacciona (primero) con incredulidad, y (segundo) con ferocidad linchatoria. Sí: afirmar que Springsteen te parece una mierda es como ir a Montserrat y cagarte en la cabeza de la Moreneta: una especie de intolerable insulto, no a un artista concreto, sino a una nación, una sensibilidad, un pueblo, unos mártires. Pero lo cierto es que, a pesar de la airada suspicacia con la que observo a una notable mayoría de sus fans (los de la rama Nautimoc, jersey anudado y apellido de oasis català), me trae al pairo el bueno del Brus. Vete a saber, a lo mejor incluso es majo. Nunca lo sabré, porque por supuesto no van a presentármelo jamás, y por descontado no tengo un solo álbum suyo, ni lo tendré en la vida. Otro día les cuento mis recuerdos asociados a “Born in the USA”.

7) David Bowie: Esto lo he puesto para tocar los huevos. Realmente sí me gusta mucho Bowie, y que no tenga ni un solo LP suyo en solitario (poseo, no haría falta decirlo, todo lo que hizo pre-1968) es exclusivamente fruto del azar y los accidentes de la vida. Así que si les place, pueden regalarme (cuando nos volvamos a ver) cualquier disco de su carrera. Se lo agradeceré de veras.

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