Los hijos de Mambrú: punks de Berlanga

A las webseries quizás les acabe sucediendo lo que al punk rock, en el sentido más operativo del término: que la completa desaparición de diques, ausencia de financiación y (al menos teórica) libertad creativa resulten a la vez bendición y maleficio. En el punk rock, el Todos Podemos Hacerlo permitió a unos cuantos pisaverdes librarse de los corsés corporativos y empezar a trabajar por libre (y, en el proceso, gestar un puñado de discos fetén), pero a la vez inundó el planeta de malas copias, paparras y cínicos. Al no ser un conocedor de su mundo, ignoro hasta qué punto se reproducirá este escenario en las webseries, y por el momento solo he topado con el perfil bueno del fenómeno. Es decir: la ausencia de mapas de este naciente arte ha permitido que se cuelen en él chicos brillantes con un dudoso futuro en las sitcoms oficiales. Mario Bravo, uno de esos creadores, aduce que “en cierto sentido, la tecnología digital es a la producción cinematográfica algo parecido a lo que  la fotocopiadora supuso  para el despegue de los fanzines en nuestros años mozos: una asombrosa reducción de costes. Si consigues el equipo, con una idea puedes realizar una película”

Los hijos de Mambrú es una webserie creada por los madrileños Óscar Parra de Carrizosa y el mencionado Mario Bravo. Está ambientada en la ofensiva de 1937 sobre Terual, en la Guerra Civil Española, pero no huyan: Mambrú es más La Vaquilla que Soldados de Salamina. En ella no aparecen Ana Belén, Jorge Sanz ni Ariadna Gil, sino cuatro actores jóvenes que interpretan la versión seriada de un chiste viejo, en versión bélica: un gallego, un catalán de Esparraguera, un manchego y un seminarista fugado del bando nacional. A lo largo de sus nueve capítulos también aparecen un par de soldados marroquíes (uno de ellos natural de Alcoi), un carlista gordo, un cura ultramontano que vive en un búnker y un comandante franquista (¡sí, es Fernando Esteso!).

Esta es, como pueden suponer, una webserie de humor, pero no se dejen engañar por los chistes de flatulencias, la aparición puntual de zombis o el conato de canibalismo: tras la astracanada y el exceso y la discusión sobre los huevos del apóstol Santiago se agazapa, como siempre, la eterna tragedia de la condición humana. En ese sentido, Los hijos de mambrú incide en algo poco común a la hora de hablar la Guerra Civil: el que, junto a los miles de militantes polarizados de ambos bandos, coexistían un montón de pillos despistados, apolíticos y lerdos a los que la Gran Contienda había pillado con trapicheos a medio hacer. Incapaces de abandonar el escenario de la batalla, todos esos desgraciados continuaron haciendo en tiempo de guerra lo que hacían en tiempo de paz: sobrevivir, trampear, bromear, discutir bobadas, hablar de sexo (“Yo tengo por costumbre acceder por el culo a la Mercè”) y buscar alimento. Esta webserie va, en suma, de los pringados, los machacas y los pasotas. Los que no podían ni siquiera esgrimir razones morales para justificar su uniforme; solo arbitrariedad geográfica, pereza a la hora de desertar o abulia política. Mambrú, así, retrata la Guerra Civil como una mili con un montón de muertos: un escenario al que muchos fueron integrados de forma forzosa o azarosa, que nadie (typical spanish) se tomó tan en serio como en países centroeuropeos con luchas fratricidas similares, y al que muchos se incorporaron llevados por inquinas mundanas y pecados veniales: odio al vecino vocinglero de la FAI o resentimiento hacia el cuñado facha. O, simplemente, por estar en el lugar equivocado en el peor momento posible. Berlanga dijo de La Vaquilla que era una película “en la guerra civil, no de la Guerra Civil”, y lo mismo puede decirse de Los hijos de mambrú.

Y aún más cosas a celebrar: la productora que realiza esta serie ha sido fundada como cooperativa, su posicionamiento estético brota de una ética punk (ver despiece), y los escasos recursos de los que disponen se han puesto en uso a la manera utilitaria: attrezzo del Rastro, fiambreras en vez de catering, amigos no-remunerados y una valiente búsqueda de localizaciones. Además, no son hipsters ni les agradan las sitcoms o romcoms, citan a Berlanga cada dos palabras, y Amanece que no es poco (José Luís Cuerda, 1988) les parece el súmmum de la creación artística española. ¿Cómo no tenerles simpatía?

Los Padres de Mambrú (según Mario Bravo)

El espíritu de La Vaquilla

“Sobrevuela la serie. Pero en realidad todo Berlanga planea sobre ella. A mí me gustan bastante más los guiones que firmó con Azcona. Este tándem es una demostración de que el ser humano crece con la dificultad. Siendo un entusiasta de los guiones que escribieron “contra la censura”, el Belanga con libertad creativa me parece bastante tostón”.

El surrealismo

“También está muy presente, desde el Buñuel más frívolo hasta Amanece que no es poco. Hay demasiadas cosas que solo pueden explicarse mediante el cortocircuito con la realidad que propuso el movimiento surrealista (en su vertiente frívola; el Buñuel tremendista nos gusta bastante menos)”.

Comedia británica bárbara

“Somos devotos de esa tradición. Series como The Young Ones o Bottom, que atravesaban los límites de la corrección, son una influencia patente en nuestras tramas. Resulta curioso porque Óscar es muy fan de Los Cinco y yo de Doctor en Alaska, pero a la hora de sentarnos a escribir sale el lado macarra y el humor de aquel patio de colegio donde nos conocimos en nuestra infancia”.

El punk

“Claro, porque la actitud de colgarse una cámara al hombro, echarnos al monte y ponernos a rodar con lo que tenemos a mano no es muy diferente a la de otros que hicieron lo mismo utilizando una guitarra”.

Web oficial de la serie:

http://loshijosdemambru.com/

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 16 de mayo del 2012)

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