En las Batallas #10: Veneno en la piel

No es una cagada de gaviota, ¿de acuerdo? Es un Spiderman. Salta a la vista. Es un Spiderman según lo dibujó Todd McFarlane, el dibujante más espantoso que ha existido nunca. ¿Por qué decidí tatuarme su versión? Fue otra genial idea típica de un mundo que erigimos sobre aguas turbulentas: mis años ochenta. El que empezó la moda fue mi amigo D, que era un skinhead apuesto y de tez aceitunada. Un día se presentó en el bar con un tigre en el brazo. Un tigre tatuado, no uno de verdad (aquello era imposible de confundir con un felino real: la fotocopia de fotocopia de un tigre bajo una palmera, según lo interpretaría un niño disléxico y daltónico). Su mala suerte fue que, ¿el día que nos lo enseñó? Le había brotado un grano de pus en plena palmera. Las bromas sobre el coco de la palmera no se hicieron esperar, y se prolongaron durante los cinco años siguientes. En ese periodo, mi amigo D añadió a su piel un elenco de los tatuajes más desaconsejables jamás realizados: un búho, un mago Merlín con una bola de cristal, un tribal enloquecido… El búho, por cierto, era realista -no anagramático del northern soul- pues D era un skin árabe ecologista que miraba somormujos en su tiempo libre. Es broma; no era árabe de verdad. Pero sí skin y ecologista, que ya es suficiente cruz.

En fin. Cuando vi los tatuajes de D, decidí tomar el camino contrario al que me estaba señalando mi cerebro (“Nunca te hagas algo así, imbécil”). Unos años antes había visto otros tatuajes, en Cartagena, cuando hacía la mili. Los reclutas más delincuentes de mi cuartel se fabricaron una máquina de tatuar con un motor de Scaléxtric, un bolígrafo Bic y una aguja de coser (literalmente) y empezaron a inscribir gárgolas deformes en troncos ajenos. Un amigo mío de Rubí se dejó tatuar un “águila” en el pecho. Pongo comillas porque, no hace falta que se lo diga, aquello no parecía un águila, sino un croissant tras un grave accidente de motocicleta.

Después de haber visto aquel “águila”, el tigre de D me parecía algo sacado de la Capilla Sixtina, así que me dije: voy a tatuarme algo así de molante en el omoplato derecho, caramba. Decidí hacerme un Spiderman, porque me gustaba Spiderman. Unos años más tarde lo racionalizaría de forma más cool, pero hoy no estoy aquí para mentirles: me gustaba Spiderman y se acabó; qué quieren que les diga. Cuando mi madre lo vio me dijo algo que repetiría incesantemente durante los veinte años siguientes: Ai, boget. La ignoré y volví a contemplar en el espejo aquella maravilla-con-telarañas mía.

El Spiderman, alias Cagada de Gaviota, había sido tatuado por un señor francés -sin duda buscado por la gendarmería- que tenía un estudio en la calle Argenteria. Pascal, se llamaba. Paseé el Spiderman de Pascal por las playas más lumpen del Baix Llobregat, despertando asombro y envidia a mi paso. En el Playafels de la época, los únicos que lucían tatuajes eran ex-presidiarios, gitanos o marineros. Un tío tatuado, aunque fuera con el excremento de ave zancuda que exhibía yo, hacía girar cabezas a su paso, créanme. Parece imposible de imaginar hoy, cuando incluso las amigas de mi abuela van tatuadas, pero así era.

En cualquier caso, el éxito de Spiderman Inmundo me llevó a buscarle compañía. El tatuador escogido esta vez fue otro fugitivo de la ley francesa llamado Philipp, y su estudio –cuando acudí a mi cita- estaba lleno de nazis imberbes dejándose pintar postales vikingas, cruces célticas y recuerdos del Reich. Supongo que Chez Philipp se consideraba país neutral, de otro modo no entiendo por qué no me sacudieron. Quizás no consideraron mi Peter Pan una seria amenaza de cara a la revolución nacionalsocialista. Han oído bien: era un Peter Pan de Disney, en jarras. Con la leyenda FOREVER YOUNG. ALL OR NOTHING enmarcándolo bien en mi bíceps, para que nadie dudara sobre su razón de ser ni nos faltara qué leer en momentos muertos.

Si piensan que aquello fue el último clavo de ignominia que laceró mi dermis juvenil, se equivocan. Aún tuve el ánimo de hacerme otro, en plena zona lumbar. En este caso, honrando la tradición chola de mi pueblo, opté por grabar eternamente el nombre de mi actual mujer (entonces aún novia en pruebas). Decidí grabarlo en japonés, por si acaso la moza me dejaba y tenía que inventarle un nuevo significado a aquel galimatías durante el resto de mi vida (“Os digo que aquí pone Chop Suey, leches”). No sé por qué me dio por hacerlo en japonés; nunca me ha interesado especialmente su cultura nacional. Para colmo le caí mal al tatuador, y el hombre torturó mis carnes con una saña inusitada. El muy desalmado llegó a decirme: “¿Te duele esto? Me alegro”. Pasé siete años desconfiando de lo que aquel sádico había escrito en mi piel (“¿Será de verdad Chop Suey?”), hasta el día en que le descubrí mis lumbares a Kay (de Comet Gain) y ella (tras el shock) deletreó, fonema tras fonema, el nombre de mi esposa. Menudo peso me quité de encima.

Aquello debería haber sido el final, pero no lo fue: aunque parezca incomprensible, me tatué seis veces más. Alguna gente no aprende nunca.

Kiko Amat

(Esta décima entrega de la serie En las Batallas fue publicada originalmente en la revista Barcelonés de mayo. La fotografía no es de mi Spiderman; este lo saqué al azar de Internet. El mío es mucho, mucho, infinitamente, peor)

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