La espantosa monotonía del mal
Eso es lo primero que sorprende: la monotonía. “No había nada tan monótono en su uniformidad como el vicio humano”, decía Harry Crews en El cantante de gospel. Ese es el mayor shock que esconde Enterrad mi corazón en wounded knee, clásico recuento de la destrucción sistemática de los indios americanos, la parte más obscena del Destino Manifiesto. Hannah Arendt acuñó el término “banalidad del mal” para describir los programas nazis, pero podría haber estado hablando del trato a los nativos americanos. Las marchas forzadas, los campos de concentración, la deshumanización del oponente como paso previo al exterminio, la propaganda y las calumnias… Todo esto fue probado por el ejército de los Estados Unidos, y muchos de los colonos que ocuparon las tierras indias, de 1860 a 1890, bastante antes de que el primer nacionalsocialista asomara la cabeza. Wounded Knee fue un poco como Guernica: un lugar donde probar inhumanidades.
Dee Brown relató esos treinta años de codicia del hombre blanco con un libro avanzado a su tiempo, el primero en su especie, escrito justo antes de que muchos de los testigos presenciales murieran y se llevaran su recuerdo consigo. Brown dejó hablar a las víctimas, los jefes y guerreros indios de todas las tribus –oglallas, sioux, cheyenes, apaches, navajos, nez percés y todos los demás- por vez primera, y su obra (publicada originalmente en 1970) conmovió al mundo y se convirtió en un best seller internacional. A partir de allí ya se hizo posible decir que John Wayne era un nazi, como cantaron MDC, y Custer un animal de bellota.
Por supuesto, los años le han arrancado al libro el potencial novedoso: todos partimos ya –gracias a la nueva óptica de Hollywood, y los libros de ficción que siguieron su estela- de que los buenos eran los indios, no los cowboys. Y asimismo, es imposible no sentir náuseas al leer sobre las continuas matanzas de mujeres y niños (Sand Creek, Tongue River, Wounded Knee…) y la impertérrita deshonestidad del gobierno de los Estados Unidos, que rompió sin despeinarse tratado tras tratado con los nativos. Es la terrible meticulosidad de este libro, así como su prosa contable y desprovista de dramatismo, la que engancha y a la vez destruye al lector. Llega un momento del libro en que vence la monotonía, y quizás sea esa la prueba más clara de la espantosa regularidad del mal. Kiko Amat
Enterrad mi corazón en Wounded Knee
Dee Brown
Turner Noema
451 págs
Trad. de Carlos Sánchez Rodrigo
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 30 de mayo del 2012)


