Lista del mes (junio del 2012): Una educación en disquerías (parte Uno)
1. Papermusik: Era un habitáculo de la calle Riera Baixa que –típico de los 70’s y primeros 80’s- vendía tanto discos como cómix contraculturales y el ocasional libro rock. Era de color verdoso, me parece. Sé que existía un Señor Papermusik, pero no consigo recordarle, ya que íbamos allí únicamente a consultar el oráculo Víctor (López, semi-alias: “Mágico”) cuando teníamos 15 o 16 años. “¿Esto está bien, Víctor?” (tirando de su manga), “¿Y este mola, Víctor?” (imprimiendo nuestros dedos grasientos de ensaimada en el lomo de algún bootleg carísimo), “¿Debería comprarme algo de este grupo con nombre sensacional que se llama Sonic Youth, Víctor?” (aún recuerdo su respuesta: “No. Son una brasa”). ¿Qué vendía la tienda? Lo que ya imaginan: rock’n’roll, garaje y punk. Allí gastamos las primeras 1500 pesetas en uno de los Nuggets temáticos (el de “Pop”). La inversión dolió, pero valió la pena.
2. Castelló: Nunca me gustó Castelló. No era un sitio que frecuentásemos con alegría, la verdad. Dicho esto, tenía una sección etiquetada “Psicodelia; importación” y otra que rezaba “Soul; importación”. Estos códigos querían decir simplemente que la tienda almacenaba en stock todas las novedades de Kent, Bam Caruso, Big Beat, Soul Supply, Edsel, See For Miles, etc. De mediados y finales de los ochenta. Todos los sellos, en resumen, que fueron nuestra auténtica educación sentimental (y, aún, los sellos que más amo)… Por tanto allá que nos íbamos los niños de las parkas como abejas a la rica miel, despreciando noblemente el resto de cajones grisáceos de la tienda. Compras que cambiaron mi vida: el recopilatorio de The Electric Prunes, el de The Action, el Club soul de Kent, el recopilatorio de The Creation, John’s Children, The Misunderstood… Ya ven por dónde voy. Mis discos favoritos, y no se hable más.
3. Edison’s: Una tienda mucho más acogedora que la anterior. Situada también en Riera Baixa, aquella sucursal de Edison’s (existían unas tres o cuatro en Barcelona) se ocupaba especialmente de segunda mano más o menos aceptable, pero también lucía un par de cajones con preciado material “Import” (¿recuerdan la pegatina circular que llevaban todas las portadas?). Sea como fuere, aquí el menda decidió premiar la fidelidad y compromiso de la tienda por el buen rock’n’roll hurtando de un cajón el These birds are dangerous de The Birds (el mini-LP que Edsel sacó en 1985). ¿Cuál fue la técnica usada en aquel improvisado golpe, me preguntan? Doblar el condenado vinilo sobre mi barriga (estilo refajo) por debajo de la parka, y presionar con ambos brazos para impedir que se notara mucho el molesto pasajero. Y salir a toda prisa, mascullando un azorado ¡Adiós! sin despegar en absoluto los brazos del cuerpo. Aún tengo ese disco, y cada vez que me topo con él me viene a la mente lo repugnante de mi acto. No es broma. Perdón, Edison’s.
4. Siete Pulgadas: También desaparecida, como las tres anteriores (en su forma original), el “Siete Pulgas” era un establecimiento dedicado únicamente al punk rock, el hardcore, el gótico y el indie (aunque al fondo de la tienda me temo que también vendían metal) de la calle Comtal. Siempre sonaba música atronadora, y lo llevaban una pareja de filo-siniestros que eran sinceros amantes de los discos. No eran muy simpáticos (aunque sí amables), pero da lo mismo, porque a los geeks de los discos eso de la simpatía nos importa un rábano. No íbamos allí a tomar el té con pastas, y las novedades siempre aparecían allí antes que en ninguna parte. Mejor disco que compré allí: El primer LP de The Parasites, que me alegró e iluminó a lo largo del confuso trienio 1991-93. Peor disco que compré allí: la basura ignominiosa que era el primer LP de Echobelly. Sí, durante tres segundos yo también creí que el Britpop traería unos cuantos discos chulos. No fue así, como nos enseña la historia.
5. Reckless: No da aquí para relatar todo lo que tengo que decir sobre Reckless Records de Berwick St. (Soho, Londres). Para detalles lamentables y muy delictivos, les cito en el próximo En las Batallas. Para todo lo demás, tan solo les diré que era una de las tiendas a las que era asiduo durante los años en que viví en Inglaterra, y que Dios decidió premiar aquella dedicación mía con un empleo en la misma. Recuerdo el primer disco que compré allí, antes de empezar a ser empleado: el Wild man on the loose de Mose Allison, original, 7 libras. Discos que como un imbécil me vendí allí para comprar otros discos (¡y cómo lamento haberlos vendido!): El 20 jazz funk greats de Throbbing Gristle, el Headquarters de los Monkees, el Once upon a dream de los Rascals… Fondos de armario que completé allí: Trojan, ska temprano y jazz vocal como para parar un tren de mercancías en pleno descarrilamiento.
6. Music & Video Exchange: Tampoco era la disquería más acogedora del planeta, pero sí la más barata (en cualquiera de sus sucursales: Notting Hill Gate, Berwick St. o Camden Town). No importa que los empleados sigan tratándole a uno como una cucaracha inmunda; no somos nenitas sollozantes. Lo que importa de veras -esos cientos y cientos de álbumes- estaba allí, y en cantidades mareantes. Su peor cajón: el de 60’s. Nunca había allí un solo disco que valiera la pena (obviamente, porque se lo quedaban antes los empleados, como es tradición). Su mejor cajón: UK Indie A-Z y US Indie A-Z. La mitad de nuestra colección de Creation, Cherry Red, Rough Trade, Sub Pop y tantas otras fue adquirida allí. Y por un precio ridículo. Lo mismo con todos los recopilatorios de un solo artista que sacó hermosamente Charly R&B en los 80’s: Chuck Jackson, Gene Chandler, gene McDaniels… Todo a cinco libras, gente.
7. Charity Shops (en general): No son disquerías como tales, sino tiendas de beneficiencia con licencia para vender cantidades imponentes de esa bazofia que nadie ha amado nunca. Para conseguir algún disco lindo uno tiene que lidiar antes con espejos en forma de guitarra manufacturados a base de incrustación de conchas, o ropa 80’s que ni el más descocado Lionel Ritchie hubiese osado lucir, pero al final –si perseveran lo suficiente- esos discos majos pueden aparecer. Mejor disco que pincé en una Charity: el “Paris blues” de Tony Middleton, reedición en Grapevine (también aprovecharían el furor northern para editar el “What” de Judy Street, ambos hits de Wigan). ¿Por cuánto? 20 peniques. Veinte miserables peniques por una de las canciones más profundas y emocionantes del planeta. No está mal, la verdad.
8. Intoxica: Nunca compré mucho en Intoxica de Portobello Road, si he de serles sincero. Frecuentaba el establecimiento para parlotear con uno de sus codueños, el amigo Nick Brown (ex-The Membranes), y para contemplar como el mismo humillaba una y otra vez a los turistas que cometían el craso error de entrar a preguntar por álbumes de Radiohead o Bruce Springsteen. Les hundía, se lo aseguro. Todos los clichés sobre disquero enfurruñado y no-vengas-aquí-a-hacerme-perder-el-tiempo se hacían ciertos en la figura de Nick Brown y su permanente aura nicotinesca, que expulsaba a patadas a los regulares viajeros australianos o despistados pijos castellanos en Barbour (“¿Yu haf de Bitels?”) mientras yo me tronchaba en segundo plano. Merecido se lo tenían, joder. Ahora que me acuerdo, también me agradaba manosear los EPs originales de The Artwoods o The Motions preciados a 400 libras cada uno, sabiendo que nunca, nunca, serían míos (pero qué hermosos eran, madre mía).


