Simple, cantable y sincera
Sherman Brothers Fallece Robert B Sherman, uno de los dos talentosos compositores de El libro de la selva y Mary Poppins, entre muchas otras bandas sonoras Disney.
1. Alguna gente (me consta) visiona películas infantiles por placer. Les hablo de gente que no mide 98 centímetros ni traga chuches, sino adultos hirsutos que se sientan en la oscuridad y –sin que nadie les encañone- se ponen a mirar muñecotes cabezudos en su pantalla. Los practicantes de esta chocante actividad de ocio –uno está tentado a llamarla perversión, especialmente si piensa en Pocahontas- suelen aducir que “son divertidas”; pero no quien les habla. Aquí uno dejó de ver películas para niños a la edad pertinente, y no se reenganchó a ello hasta que empezaron a aparecer pigmeos torpones en su salón, y no le quedó más remedio que retomar el hábito. Sin extraer de ello el menor placer, por descontado.
La reciente muerte de Robert B. Sherman, compositor de bandas sonoras para Disney durante los 60’s y 70’s, ha contribuido a recordarme lo nefasta que es la música de casi todos los filmes infantiles modernos. Y ello me ha vuelto a provocar una furiosa añoranza hacia las músicas que crearon él y su hermano Richard. Pero (ojo), sin nostalgia: es un disfrute objetivo, pues las canciones son estupendas. Las coloque uno en el contexto que sea.
2. Ustedes conocen íntimamente el trabajo de los hermanos Sherman, incluso si su nombre no les dice nada. Porque estos dos hermanos neoyorquinos fueron los artífices de canciones tan estupendotas como “Quiero ser como tú” (El libro de la selva, 1967), “Supercalifragilísticoespialidoso” y “Chim chim cher-ee” (Mary Poppins, 1964), “Thomas O’Malley” y “Todos quieren ser un gato jazz” (Los aristogatos, 1970) o “Portobello Road” (La bruja novata, 1971), entre otras. Todas ellas sen-sa-cio-na-les canciones de pre-pop –aunque repletas de guiños al jazz, el swing y la música latina- que exhiben arriesgados (e imborrables) juegos de palabras y notas. No exagero: cualquiera de estas joyas está a la altura de grandes genios del Great American Songbook como Johnny Mercer o Cole Porter, y si no tienen más caché en sí mismas es porque se usaron para ilustrar monigotes aporreantes y panteras parlanchinas.
Los dos hermanos heredaron el talento de su papá, el compositor de Tin Pan Alley Al Sherman, quien también les legaría el fenomenal credo de “las tres S”: una canción debe ser siempre “Simple, Singable and Sincere” (“Simple, cantable y sincera”: ¡Aplíquense el cuento, Radiohead!). Bob y Richard jamás se saltaron dicha regla, y por ello aún es inevitable menear el trasero a go-gó cuando suena lo de “Chu-bi-ri-chu / Quiero ser como tu-u”. Aunque sea la veinteava vez que nos tragamos la p*** película.
La entrada al negocio de los Sherman empezó con bandas sonoras para películas de Annette Funicello, starlet del cine juvenil 50’s, aunque también habían probado suerte con el rock’n’roll (“You’re Sixteen”, hitazo para Johnny Burnette). Disney -siempre alerta cual ave de presa empresarial- les fichó sin perder ni un minuto, y una de sus primeras colaboraciones para la casa fue el fofo himno de los parques Disney “It’s a small world”. A partir de allí los infatigables Hnos. Sherman producirían año tras año algunas de las bandas sonoras más memorables del cine. Su legado es tan rico que si a uno le da por compararlo al ska-rock-con-fragmento-rapeado-para-púberes-yankis de Shreck o el mainstream-pop-ponzoña-con-balidos-Celine-Dion de El rey León, lo más probable es que termine llorando. Y vomitando. A la vez, y ante los atónitos ojos de sus querubines.
3. Pero no todo era así de lindo en la vida de los Sherman, como demostró el documental The boys: the Sherman brothers story (2009). En el filme ambos admitían compartir una relación puramente profesional, y relataban cómo habían “perpetrado una fachada” de amor fraternal cuando en realidad estaban separados por “dos años y medio, y cinco eones”. Los Sherman, sin embargo, evitaron liarse a guantás durante varias décadas por el bien de su artesanía (podrían tomar ejemplo Ray y Dave Davies de The Kinks), y esta reprimida animosidad no hace más que añadirle valor a su disciplina.
¿Y cual es el legado de ésta? Bien, su estilo es vírico: los Beach Boys trabajaron con ellos en “The Monkey’s Uncle” (para la película homónima de 1965) y ya nunca pudieron sacarse de encima el bacilo Sherman. Lo mismo con Van Dyke Parks, que se acercó por allí para arreglar “The bare necessities” (no era de los Sherman, pero ellos la reinventaron) y quedó infectado al instante. Y en cuanto a músicos actuales, ecos de su sonido se escuchan en múltiples popistas, de Duglas T. Stewart (BMX Bandits) o Sufjan Stevens al madrileño Wild Honey (que admite Mary Poppins como animal de compañía) o Fred i Son. La leyenda continúa. Kiko Amat
(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia de 20 de junio del 2012)


