Lista del mes (Julio/agosto 2012): El porqué de sus peinados

1) El llonguet (1977-83): Llamado así por su similitud con el extinto panecillo catalán. La apariencia exterior de este cardado era la de una voluminosa masa de levadura ascendente a la que se hubiese tratado de subyugar en última instancia con un desesperado cachiporrazo longitudinal. Esa forzada raya en medio era la causante de su apariencia panecillesca, aunque de frente también se parecía lo suyo al dorso de un camello postrado. Llevose a lo largo de toda la EGB. Creador: mi madre.

2) El Puercoespín Gomináceo (1984): Frustrado intento de lucir “moderno” en 7º de EGB, y de paso rebelarme contra El Terrible Llonguet. Los motivos primigenios de este atusado se pierden en la noche de los tiempos (¿Qué debí tratar de emular?, me pregunto hoy. Porque este cataclismo no pudo erupcionar de mi cerebro sin estímulos externos). Se trataba de un espectacular flat top, aunque inundado de litros de pringosa gomina que convertían la superficie craneal en un apelmazado lecho de clavos foliculares. Apariencia exterior: un cruce entre miembro de Level 42, cama de faquir y presentador del Arsenal. Creador (de este y todos los siguientes): El menda.

3) El Bruce Foxton (1985): Todos los mods tiernos de 1979 a 1985 cometieron en algún momento de su militancia este terrible error: fijarse en el miembro equivocado de The Jam a la hora de recaudar inspiración estético-capilar. Esencialmente, El Bruce Foxton era un mullet. No hay otra forma de llamarlo: un mullet despiadado y despatillado (como todos los mullets son), aunque en el caso de quien esto escribe, con moderado vokuhila (cola-castor) en la zona nucal. Dicho todo ello, hubiese sido peor aún fijarse en Rick Buckler, con sus pajizos bucles frontales de pretor romano (y semi-llonguet ocasional en el altiplano).

4) El Martin Blunt (1986): Despechado tras el fracaso del anterior, decidí tomar como modelo a algún otro músico de mod revival que se pareciera menos a un miembro de Bordon 4. El elegido fue Martin Blunt, de Makin’ Time, etapa Rhythm & Soul (Countdown, 1985). Su estilo de pelambrera era, de nuevo, gloriosamente simple de describir: se trataba de un rapado moderado con ligera concesión a la patilla de pelo. Clásico mod tempranísimo, etapa 1964, aunque con cierto deje skinhead. Para asegurarme de que no habría contratiempos, llevé la portada del álbum a mi peluquero de toda la vida, Antonio, que un poco más y se traga el Celtas. Por supuesto, al verme luciendo camisa de paramecios -de mi madre- un colorido disco pop bajo el brazo y exigiendo un cardado no-convencional, pensó que me había vuelto maricón.

5) El Backcombing (1987-90): Qué casualidad: tantos años odiando al Llonguet, y mi peinado favorito de adolescencia acabó pareciéndosele en grado extremo. Del backcombing ya se habló con anterioridad en la Lista #16 Cosas que me gustaron (y ya no): “ningún otro atusamiento capilar resulta tan poco atractivo (y menos masculino) en un hombre como el backcombing; es, realmente, el peinado más absurdo que existe, solo superado por las pelucas de la corte de Versalles”. Consiste en peinar un llonguet, y luego atacarlo violentamente por coronilla (peinando hacia atrás) y frente (peinando hacia delante), hasta que en mitad del cráneo permanezca solo el cráter de un hachazo. Y dejando un flequillo absolutamente rectilíneo de dos o tres dedos en la frente , al que se les añadirán un par de patillas de pelo exageradas. El ejemplo obvio (y modelo juvenil) es Ronnie Lane, de The Small Faces, aunque cualquier fulano inglés de 1965-68 con guitarra en la mano les sirve, la verdad. Rod “The mod” Stewart se hizo famoso llevando el backcombing a risibles extremos de pirámide azteca (aunque siguió hinchándose a follar, lo que prueba que eran otros tiempos con valores distintos). Aquel peinado mío era un espanto, en todo caso, y las chicas lo odiaban, pero a mí me hacía feliz.

6) El Skinhead crop (1988-hoy): Un intento de vigorizar mi maltrecha masculinidad (que, por culpa del backcombing, estaba bajo mínimos). El rapado al 3 o 4 ha sido utilizado regularmente en esta crin desde una muy temprana adolescencia, y se alternaba con otros aderezos capilares. Es fenomenalmente práctico, viril, luce rudo y no requiere peines, peinetas ni bigudíes. Y puede uno hacérselo a sí mismo, lo que ya es el colmo de la autarquía personal.

7) El Skinhead crop con raya (1992-3): Fallido experimento que solo se prolongó un par de años. Históricamente, la raya se marcaba al 0 en un rapado al 3, y era otro recurso skin para emular a los músicos soul de la América negra o a los rude boys jamaicanos. Bien, pues aquí el jefe decidió intentarlo en una peluca ostensiblemente más larga. Opiné que se trataba tan solo de magnificar la crencha para que resultara más visible en medio de las greñas. El resultado, ya imaginan, fue un gran viaducto de extrañísima tonsura que se abría en medio del cráneo como un cortafuegos de cuero cabelludo, y que mis amigos bautizaron como “el desagüe”. Ominosa situación real: cuando llovía, el “desagüe” hacía honor a su nombre, y enviaba todo el caudal de agua directo a mis cejas y nariz, como un trampolín acuático de ignominia. Éxito entre las féminas: 0.

8) El Tupé (1990, 1997, 2005, 2009): El tupé es como una alergia estacional que se manifiesta en mi frente cada medio lustro. Su visita suele ser breve (requiere demasiados cuidados), pero agradecida. La primera vez que recaló en mis bulbos fue en 1990, cuando los amables barberos militares de Cartagena aniquilaron sin compasión mi persistente backcombing, haciéndome el mayor favor que me ha hecho nadie nunca (y encima creyendo que me sometían a la disciplina castrense). ¡Gracias, servicio militar! La segunda vez fue tras la escucha de The Orange Juice (el tercer álbum). Desde entonces, forma sotobosque en mis folículos de forma regular, y aquí siempre le reservamos habitación.

9) El Hitler Youth (1998, 2006, 2010): Tupé + fuerza de la gravedad + gomina + lectura descontrolada de novelas victorianas + afición a la IIª Guerra Mundial. El tupé, extenuado después de varias semanas de tiesez urbana, terminaba derramándose a un lado, momento en que le aplicábamos un par de buenos lametones de potingue fijador. El conjunto, si bien ejecutado, debería asemejarse lo suyo al peinado de un SA de permiso en Bavaria (o un combatiente libertario en la Guerra Civil Española, como deseen).

10) El Casco Chino (1998-2000): Desafortunada consecuencia de estar down and out en Londres (sin un duro, vamos), y poseer una máquina eléctrica de afeitar cráneos. No era un peinado 100% autosuficiente porque, tras afeitar los lados y la nuca, algún desaprensivo debía pasar la tijera por el tejado y arreglar como bien pudiese el flequillo. Una vez terminado, el paciente lucía, en efecto, como uno de esos indistinguibles obreros-hormiga de Beijing, solo que moteado por algunas reveladoras llanuras de trasquilado involuntario. El aspecto final era de leproso camboyano tras haber pasado una extenuante sesión de electro-shocks en el centro jemer de turno.

11) El Backcombing trasnochado (1999): Se agarra el Casco chino, con su flequillín y toda la pesca, y se le administran un par de semanas de no-ducha. Macerar con el pringue durante unos días más y entonces encrespar manualmente en aisladas estalagmitas filo-dread de pura roña. No tengo ni idea de qué intentaba conseguir. ¡Aborten misión!

12) El Cero (1997, 2000, etc.): Última solución para errores y situaciones límite como el anterior, y muchos otros. Al cero, y volver a empezar desde la pinta de presidiario victoriano o reo de vernichtungslager. Cualquier cosa es mejor, así que la satisfacción futura está garantizada.

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