Dexys y el inventario moral
Dexys El retorno del célebre grupo inglés es el único comeback aceptable del pop, y su nuevo álbum One day I’m going to soar (BMG, 2012) un ejercicio admirable de reflexión y resistencia a la nostalgia.
1. La historia de Dexy’s Midnight Runners está tan enraizada en el mito que es imposible desligar su música de la épica. La noción era buena desde el principio: formar un grupo de soul obsesivo en el Birmingham de 1978, en pleno atardecer punk. Kevin Rowland, antiguo punk rocker de segunda, se puso al mando. Abruma la leyenda de los primeros días: las peleas con periodistas, la ruda imagen de estibadores portuarios, el robo de los masters de su primer LP para renegociar el contrato con EMI, su negativa a dar entrevistas con “la prensa hippie”. Confrontación directa, emoción y sinceridad autoexplorativa son los arquetipos de Dexys desde el principio, y nunca cambiarán.
Dicha confrontación tenía en el cambio uno de sus vórtices fundamentales. Incluso hoy, Rowland lo considera “la única constante aceptable”. De la estética Mean Streets de Searching for the young soul rebels (EMI, 1980), Dexys pasaron a ser vagabundos de Steinbeck en Too-Rye-Ay (Mercury, 1982), y de allí a la Ivy League, raya-al-lado y camisas Oxford, para Don’t stand me down (Mercury, 1985). Y luego están los singles: de 1979 a 1982, su lista de doce sencillos -de “Dance stance” a “This Is What She’s Like”- es insuperable, la más fiera y profunda música popular jamás publicada. No hay resbalones cualitativos. Y las declaraciones de principios que rubricaban cada lanzamiento, y los cismas y pogromos, aquel trombonista obligado a aprender el violonchelo, aquel otro que se encasquetó la boina que no procedía y fue despedido…
En efecto, Dexys cambiaron de formación una y otra vez (traducción: Rowland echó a todo el mundo), cada vez más insulares, peleando contra todos. El Rowlandísimo capitaneaba el barco a base de perpetua insatisfacción y seriedad, intenso hasta la extenuación, incapaz de disfrutar del éxito. Un tirano perfeccionista con metas elevadas. Despotismo ilustrado, en cierto modo: el grupo era él. Todo para Dexys, pero sin Dexys. La lista de ex-miembros agraviados ocupa dos campos de fútbol, es cierto, pero ¿y esas canciones inspiradoras?
2. Dexys terminaron mal, y por ello merecen volver. Su obra maestra de 1985 (Don’t stand me down) fue saboteado a partes iguales por Rowland –que rechazó extraer singles del álbum- como por la prensa, que fue implacable. Lo cierto es que, pese a la genialidad del disco, aquel Rowland no estaba muy fino. Ya de por sí inclinado a la desilusión y la inseguridad, el fracaso del LP lo arrojó a un foso de depresión y toxicomanía. Alguna gente está hecha para lidiar con la fama, otra no; y Rowland era demasiado perfeccionista para tumbarse sobre los laureles. Y luego está la decepción implícita en el superéxito. ¿Qué haces cuando consigues lo que más deseabas? Rowland no lo dudó: se fue al infierno. En los años que siguieron a su espantá, cada vez que re-emergía estaba un poco menos cuerdo. La locura del Rey Kevin llegó a su punto álgido cuando reapareció vestido de señora en la portada del inmundo My beauty (Creation, 1999), y a todos sus fans se nos petrificó el esfínter. Gracias, Kev, macho.
3. Rowland no es una estrella del pop. Siempre ha sido demasiado maduro para su edad, demasiado terco para el show business. Su carrera fue truncada brutalmente por el destino, pero él no transigió nunca, incapaz de deslizarse por la cuesta de la complacencia. Poco después de sacar “Geno” en 1980 (su primer número uno), nuestro hombre ya se negaba a tocarla en directo. No se trataba de eso, parecía decirle a su audiencia; estamos aquí para algo más grande, so ceporros. Durante años se resistió a sacar disco o tocar en directo: el momento no era el adecuado. El circuito de la nostalgia le hubiese hecho rico, pero la cosa no iba por allí. “Puro, tiene que serlo”, cantaba en 1982.
One day I’m going to soar es el último capítulo de la saga. Los nostálgicos no encontraran en el nuevo álbum muchas razones para el júbilo, pero sí los fieles que evolucionaron con el artista. Para empezar se trata de un disco conceptual, con intención narrativa. Está lleno de pasajes
orquestados y de ese viejo recurso Rowland: la conversación como forma de transmitir ideas. He aquí un hombre que ha tocado fondo, que lo sacrificó todo por un ideal de belleza y perfección, y que regresa para contar cómo le ha ido. Niños abstenerse: este es un elepé solo para adultos. Rowland explora sus flaquezas, sus inseguridades, sus peores defectos. “Incapable of love” es de lo más bonito que se llama. El disco es un inventario moral hecho de arrepentimiento pero también de humor y resignación. Aquel joven cabreado se ha convertido en otra persona; alguien que ha visto el lado salvaje y regresa con nosotros, no intacto (tampoco se trataba de eso) sino todo lo contrario: lleno de profundas cicatrices para compartir.
Las cosas clásicas siguen aquí: los violines célticos, la sección de viento Stax, los interludios hablados, los crescendos sublimes, la frase inspiradora, los miembros ilustres. Incluso la estética a juego: ahora se trata de un look 40’s “exagerado”, camisas Hawaianas, gorras de gángster, zapatos bicolor. Es solo que algo les ha sucedido a todas esas cosas: ahora son grandes en tamaño y adultas en edad. En directo Dexys tocan el nuevo elepé entero, canción a canción. Cuando llega la hora de repasar algún viejo favorito, Kevin pone en práctica un recurso que ya utilizó en el 2003: transformar las canciones. Si él ha cambiado ¿por qué no deberían hacerlo sus obras? “Come on Eileen”, por ejemplo, se transforma en un tour de force de diez minutos. Ningún nostálgico emerge de la sala satisfecho: Dexys no han vuelto para rememorar viejas glorias. Esto iba de repasar los tropiezos de una vida, y construir algo nuevo. Algo que merezca la pena. Rowland dijo una vez: “Conozco discos que dan fuerza. He escuchado discos que inspiran a la gente (…) a SER quien o lo que quieran. Tengo discos con el poder de hacerme llorar. (…) La ambición de Dexys Midnight Runners es hacer discos con ese valor”. Tras escuchar One day I’m going to soar, es inevitable concluir que han vuelto a hacerlo. Kiko Amat
(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el 29 de agosto del 2012)


