Libro del mes (enero 2013): WAGUIH GHALI Cerveza en el club de snooker
Waguih Ghali
Sajalín Editores
Traducción de Güido Sender Montes
215 págs.
Bares, nostalgia y amistad entre hombres. Tres preceptos que hacen de esta novela uno de mis pequeños hits personales de los últimos meses. Cerveza en el club de snooker, de Waguih Ghali, es un libro entrañable que me colmó de paz y simpatía. Pertenece a la tradición angry inglesa del Hurry on down de John Wain o el Look back in anger de John Osborne, mezclada con el humor estudiantil del Lucky Jim de Kingsley Amis o el Decadencia y caída de Evelyn Waugh (de acuerdo, quizás no tan tronchante), si bien está situada (para mi estupor) en un ambiente completamente inesperado: el egipto de Nasser de principios de los años sesenta. No se trata de un libro europeo con ínfulas multiculturales, sino lo opuesto: un libro europafílico escrito desde las orillas del Nilo. Los más despiertos de ustedes ya habrán identificado la dolencia que lo gestó: anglofilia. La vieja anglofilia que también sufrieron Mazzini, Voltaire y el Kaiser Guillermo, la que Ian Buruma definía tan bien en Anglomania y que Waguih Ghali, autor de esta feliz obra de arte, sin duda notó palpitar en su corazón.
Cerveza en el club de snooker es un trabajo indudablemente vivencial, pues –como nos indica la contraportada- Ghali pertenecía a la rama pobre de una familia cristiana de Egipto. Fue partidario de la política anticolonialista de Nasser, pero al poco tiempo se afilió al partido comunista y desarrolló una perspectiva crítica con la política represiva del nuevo gobierno. Ghali emigró primero a Londres, luego a Suecia y finalmente a Alemania, donde –mientras trabajaba en una fábrica- escribió en inglés ésta, su única novela. Ghali se suicidaría en 1969 en el piso londinense de su amante, la editora Diana Athill.
Los dos protagonistas del libro, Ram y Font, son dos jóvenes amigos egipcios, “ingleses hasta la náusea”, que sobreviven en el Cairo de principios de los sesenta, soñando despiertos con sus años londinenses. Para mellar el aguijón de la melancolía, Ram y Font le atizan con saña a un sustituto casero de la Bass (lo consiguen mezclando cerveza egipcia, whisky y vodka) y pasan los días holgazaneando y bebiendo en el club de snooker donde trabaja el segundo. Un minuto suspiran sobre Albion, al siguiente están reflexionando sobre su identidad, ya alterada sin solución: “La sofisticada mentalidad europea había matado algo bueno y natural que poseíamos, lo había matado para siempre jamás. Ahora me doy cuenta de que tanto Font como yo perdimos lo mejor que teníamos: el don de nuestros nacimientos, por así decirlo; algo indescriptible pero sólido, oculto y, sobre todo, natural. Lo perdimos para siempre. Y quienes saben lo que es, no pueden apoderrarse de ello… Poco a poco perdí mi yo natural. Me convertí en el personaje de un libro o en alguna proeza de la imaginación; mi propio actor en mi propio teatro”. Y también: “Nos fuimos aquel día y ya nunca volveremos, aunque ahora volvamos a estar aquí”.
Indudablemente, Ram y Font se han convertido en otra clase de gente. Egipcios aguados que pasan el día idealizando ese mundo “de intelectuales, trenes bajo tierra, calles adoquinadas y verdes prados (…) El mundo donde los estudiantes tenían habitaciones, y novias mecanógrafas, y cantaban canciones y bebían cerveza en grandes jarras, nos llamaba a gritos. Un mundo enteramente imaginado”. Paradójicamente, o no tanto, Ram y Font son furiosamente anti-colonialistas, y detestan a la burguesía europeizada de su propio país. Uno puede comprender su punto de vista: Ram y Font parecen defender su derecho individual a enamorarse perdidamente de una cultura lejana sin que por ello esa cultura tenga que venir a meter el hocico en el Canal de Suez, cambiar el paisaje y decirles a sus compatriotas cómo tienen que vivir. Los que vivimos una dicotomía parecida a orillas del Mediterráneo sabemos lo que siente Font: ¿por qué no puede uno fantasear sobre una Inglaterra de Conan Doyle, R&B y bicicletas Raleigh sin que tengan que desembarcar catorce millones de turistas ingleses en su propia casa? La anglofilia es una dolencia que se fortalece a base de intimidad, no de hegemonización (y mucho menos de colonización).
Toda esa vieja anglofilia, por añadidura, posee una ironía final: lo que les sucede a Ram y Font es la misma tesitura en la que se encontraron los mods originales de los sesenta. Tanto intentar parecer italianos o parisinos solo hacía que subrayar su acérrima e inmutable britanidad patizamba. Ram y Font nunca serán otra cosa que lo que son: egipcios anglófilos, con lo mejor y peor de ambas culturas. Ram y Font cuentan chistes egipcios pero hablan ojipláticos de Kilburn, WW Jacobs y el New Statesman; se afilian a la revolución egipcia (“la única cosa importante que nos había pasado era la revolución egipcia. Nos hicimos a ella de manera natural e incondicional, sin ningún fanatismo ni propósito concreto”), detestan a los ciudadanos americanizados y se entregan con cierta vehemencia al activismo político anti-imperialista, aunque en el club de snooker sigan pensando en pintas de bitter y en Virgina Woolf. Su situación tragicómica les hace adorables. El espacio que habitan, ese punto temporal con fecha de caducidad que caracteriza los periodos de inmediata posguerra o entreguerras (Berlin de 1950, Weimar, India colonial, etc.) aporta a la novela un muy adecuado contrafuerte de volatilidad efímera, aburrimiento Commonwealth y europeidad a punto de desmorone. Ram y Font deambulan por ella como argonautas medio curdas, más sentimentales que músicos irlandeses, empapados de nostalgia por el futuro, por las cosas que aún han de suceder.
Dicho así, podría parecer que el libro es una larga disertación sociocultural. Nada más lejos de la realidad. Escrito con una prosa sencilla, limpia y elegante (piensen en Sillitoe o Fante), Waguih Ghali nos cuenta una historia, o muchas. Suceden cosas. Hay innumerables peleas de amigos (Ram contra Font, Font contra Ram), un divertido y extenso flashback londinense, travesuras semi-revolucionarias por el Cairo nocturno, merluzas cotidianas, amor no correspondido y luego sí correspondido (la elusiva Edna) y, sobre todo, mucho despertar a la vida. Ram sueña y bebe y piensa y lee y romantiza: “Quería vivir. Leía y leía y Edna hablaba y yo quería vivir. Quería tener asuntos con condesas y enamorarme de una camarera y ser un gigoló y ser un líder político y ganar en Montecarlo y ser vagabundo en Londres y ser artista y ser elegante y ser harapiento”. Cerveza en el club de snooker enamorará, así, a los afectos a la novela de formación, de ritos de pasaje, que encontrarán aquí toda la inocencia, humor, bochorno, sed de experiencia y ansia de pasión que caracteriza a las novelas de jóvenes airados con corazones llameantes. La única diferencia es que, en este dulce libro, los corazones son egipcios. Les invito a conocerles. Kiko Amat



