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Disco del mes (mayo 2013): LOS CANGUROS Un salto adelante (1986-1990)

LOS CANGUROS

Un salto adelante (1986-1990)

(Bcore, 2013)

Es 1988. Mis dos grupos locales predilectos acaban de disolverse o, atrapados en un limbo contractual, no tocan ni que los maten. La orfandad emocional-musical en que me sumen las despedidas de Brighton 64 y Los Negativos es severa, pero, qué caramba, no pierdo la fe: después de todo tengo diecisiete años, y aún me quedan Kamenbert y Los Canguros[1]. Ese par van a dibujar mi escudo de armas, mi autoayuda musical, durante lo que queda de década. En particular Los Canguros, el secreto mejor guardado de Barcelona, seguidos por un centenar de fieles, escuchados por pocos más, un grupo que parece hablarnos a unos pocos chiflados de forma íntima. David Feck (de Comet Gain) afirmaba en un artículo para La Escuela Moderna que Orange Juice y Julian Cope quizás fuesen sus bandas favoritas, pero a quienes más cerca sentía eran The Jasmine Minks; por malditos y minoritarios. Algo parecido me sucede a mí con Los Canguros. Me pertenecen, no sé cómo decirlo. Son míos y de nadie más.

Los Canguros eran un grupo singular, incluso desde la perspectiva actual. Sus composiciones incorporaban elementos de muchos lugares lindos y ciertamente modescos (Makin’ Time, nueva ola española, Tamla, Los Brincos, The Barracudas, pop 80’s raro, Petula Clark, The Prisoners, sonido de Rickenbackers…) pero, al igual que la mayoría de bandas mod de los primeros ochenta, trascendían sin angustias la influencia sixties que se les presuponía. Los Canguros eran extraños y pioneros y no encajaban muy bien en la escena que les vio nacer, y esos son atributos comunes en cosas que merecen la pena: los que son raros entre los raros. Dentro del culto mod –por aquel entonces enfrentándose a sus primeros cismas y guerras civiles- eran una estupenda anomalía: versionaban a Pere Ubu, The Cure y Booker T & The MG’s cuando algunas voces reclamaban ya cerrar filas por el lado sosainas. Acarreaban un órgano Farfisa la mar de ye-yé, es cierto, pero el cacharro era manipulado con intenciones perversas: algunas de sus canciones recordaban más a The Fall o Blue Orchids (lo veo ahora) que a Spencer Davis Group o Small Faces. Otra peculiaridad suya de difícil digestión: hacían baladas. Baladas pesimistas, amargas de narices, cubiertas de pesimismo y traición y arrepentimiento adulto. Como “Tú no sabes lo que es la vida”[2], “El sentido de la vida” o la semi-movidita “Cinco años”. Pop meditabundo e intolerablemente maduro que parecía haber vivido ochenta años y sufrido mil más. Un catálogo de desventuras cotidianas relatado en tres minutos. ¿“He sido un cobarde y he pagado por mi error”? Si aquello era deep soul, esto era deep pop. Nunca la nueva ola había sonado menos nueva, adolescente y atolondrada que en aquellas tres baladas (y digo esto, naturalmente, como elogio). Los Canguros, si me permiten la broma fácil, estaban en las antípodas de los la-la-las y cómo brilla el sol y Mari-pili-no-no-no de muchos de sus contemporáneos. Lo suyo, a veces, era el desespero y el abatimiento pertinaz; y eso estaba bien, aunque entonces no nos lo pareciera tanto.

El responsable de aquella única perspectiva (y de casi todo lo demás) era el avanzado Felipe, líder de la banda, un mod articulado y agudo que imprimía en todas las canciones un espíritu reflexivo, una mirada precozmente melancólica, idiosincrásica, nada bovina ni endeble. Gracias a él, las canciones decían cosas como “Alguien tiene que resolver todo el mal creado / Alguien tiene que defender a los débiles de ti” (“El hombre de piedra”) o narraban viñetas como “Un puñado de inútiles reunidos / Se matan a copas en un hotel céntrico / Ellos siempre fueron pequeños adultos / Y ahora están allí como expertos en el congreso de la juventud” (“Congreso sobre la juventud y su problemática (MCPR)”). Felipe era capaz de romperte el corazón en un corte a lo Décima Víctima y, en el siguiente, urdir un hit trotante, himnal y lleno de vida, que condenaba las hipocresías del mundo cuadrado. Incapaz de ajustarse al molde clásico del pop-beat, Felipe también imprimía un desquite post-punk y desencajado a muchos de sus éxitos nueva ola. “Congreso sobre la juventud y su problemática (MCPR)”, por ejemplo, mutaba a media canción en un trompicado crescendo psico-surfero que recordaba tanto a David Thomas (Pere Ubu) como a la primera Creation de Biff Bang Pow! y The Jasmine Minks. Felipe era un hombre que se conocía al dedillo sus discos pop, sin duda.

Los atributos de Felipe, además, se magnificaban en colaboración. Si uníamos la biblioteca mental, riqueza verbal e intuición pop del principal compositor a la vitalidad de un segundo guitarrista con instintos adecuados (Sergi Arola, futuro súper-chef), instalábamos una cantante con personalidad y pendientes de aro (Charo Boix, ex-Kamenbert), recurríamos a un impertérrito bajista de la escuela Entwistle (Joan Quesada “El Cura”, con sus blazers bicolor) y dejábamos que el mencionado (e inquietante) Farfisa de David M. Parra lo cubriera todo… El resultado era un quinteto inusual y excitante que alcanzaría a producir algunos de los hits más iluminados y menos aplaudidos de su tiempo: además de las doblemente mencionadas “Congreso sobre la juventud y su problemática (MCPR)” y “El hombre de piedra” (una oda alternativa a Barcelona, una inspirada defensa del débil) encontrarán aquí la barracudiana “El eco de las olas” (solo disponible en descarga), la doble cara A mod-Motown que nunca fueron “El Dorado Whiskey club”/”Yo-yós y boomerangs”, “El día que vuelvas” y “Un tipo raro” (ambas Makin’ Time en cañí, compuestas por Arola), mi super-favorita “Tomás” (“y los campos de trigo/ se mecen como olas del mar”, también Makin’ Time del segundo álbum). Y, por supuesto, sus tres versiones habituales: “Grinding halt”, “El sonido de la ciudad” (“Street waves” de Pere Ubu) y “The Time is tight”. Gran música pop, gran música pop.

Pero, ¡ay!: como hemos apuntado, muy pocos abrazaron aquel escurridizo sonido. Las razones son de pura mala pata, nada más y nada menos. Sitio incorrecto en el momento pésimo. Cinco o seis años atrás, Los Canguros hubiesen grabado singles y elepés a mansalva, dejando un legado tan incuestionable e imperecedero como el de sus amigos Brighton 64. O a la inversa: dos o tres años más hubiesen bastado para que el quinteto encontrara su sitio. El propio Felipe aduce hoy que si solo llegan a aguantar hasta 1991, podrían haber sido (tal vez) grandes como Los Sencillos[3]. Habiendo nacido en el lado tirando a malo de los 80’s, por contra, Los Canguros languidecieron sin contrato discográfico durante un lustro, produciendo maquetas que escuchaban solo cien majaras y persiguiendo infructuosamente un elusivo lanzamiento en vinilo que nunca llegaría a materializase. La estruendosa falta de interés mundial, unida a las clásicas “desavenencias insalvables” entre miembros de la banda, acabó con Los Canguros, el grupo que deja el legado más inaudito (en la definición literal de la palabra) del pop raro español: tres maquetas en casete, una demo en directo y (gracias a Dios) tres canciones incluidas en el LP recopilatorio Barcelona Húmeda. Hasta hoy.

¿Y en cuanto a mí? Como suele suceder, solo reparé en la huella que había dejado el grupo muchos años después, cuando de improvisto (en cualquier situación) irrumpían en mi cabeza sus memorables melodías de órgano, pequeños riffs poliédricos o letras pegadizas, duras y hondas. Ese recuerdo brotaba incluso de mis dedos al escribir, y fragmentos de Felipe se desparramaban sobre los folios de mis novelas de sopetón, sin remitente ni paseusted, y transcurrían unos minutos hasta que caía en que acababa de copiar palabra por palabra un par de estrofas de Los Canguros. “Alguien tiene que pagar por todo el mal creado”, se repetía una y otra vez en Rompepistas. Casi nadie cazó la referencia. ¿Cómo podrían haberlo hecho? La frase venía de un grupo que el Cosmos olvidó en un desván polvoriento.

Insisto: hasta hoy.

Pues lo de que fuesen míos y de nadie más tuvo gracia por un tiempo, y aquel tiempo acabó: ha llegado la hora de que finalice el cruel ninguneo que sufrieron, y de compartir su legado con la ciudadanía. Aquí viene, al fin, directo desde 1988 y fresco como un jurel, el sonido marsupial de Los Canguros. Nunca la palabra “rescate” ha tenido un significado más hermoso que el que le da este disco recopilatorio de no-éxitos. Un disco que, además de acarrear las asombrosas composiciones de Felipe y los suyos, viene con mini-fanzine interior: un samizdat de fotos de época, textos (el que acaban de leer, sin ir más lejos) carteles de conciertos y páginas del Reacciones. Y menuda portada.

Es un día feliz para nuestro pop secreto. Kiko Amat

(Este texto es una versión levemente retocada del que se incluye en el folleto interior del recopilatorio)


[1] De hecho, también me quedan El Último de la Fila y La Granja, pero este no es el momento ni el lugar para hablar de ellos. Y en cuanto a Kamenbert, merecen otro texto de igual extensión que el presente.

[2] Que cantaba: “Ser rebelde no es decir que lo eres”.

[3] O, como Felipe humorísticamente aduce, “Los Sencillos fueron los Charlatans de mis Prisoners”.

Disco del mes (marzo 2013): BLITZ Voice of a Generation

BLITZ

Voice of a Generation

(No Future 1982 / Paoagájuv Hlasatel Records, 2012)

Suelen impactar los dos bigotes. También la supuesta adherencia al culto Oi! y el lugar de origen de la banda: New Mills, un poblacho de Derbyshire. Ahí tienen ustedes el beso de la muerte, un espléndido pastel de tres pisos de prejuicio para los punk-rockers de miras angostas: skins de pueblo con mostachazos. Lo cierto es que Blitz no eran 100% skins, aunque sí de pueblo; y lo de los dos bozos supralabiales es innegable. Ahí están, en todo su frondoso esplendor, para todo aquel que desee contemplarlos. Justo debajo de sus narices.

Pero: Blitz eran un grupo de street punk enfadoso y antistablishment inglés de principios de los 80. Dos punks y dos skins. Pelopinchos oxigenados, felpudos al dos, pantalones lejiados, cruzadas de cuero y bombers. Todos con botas, por lo que pudiese pasar. Citas literarias, las justas. Solían tocar junto a Discharge. Les descubrió Gary Bushell (bautista del Oi! y primer aglutinador del “movimiento”, hoy columnista-populista para el ominoso The Sun), que les recomendó a Chris Berry, de No Future Records. Los dos primeros singles (el EP All out attack y Never surrender) treparon hasta el #3 y #2 de las listas independientes inglesas, lo que no es moco de pavo; y sin promoción de ningún tipo, a lo burro y de boca en boca. Hacia esa época Blitz ya habían intuido que cierto pescao iba a venderse en las gradas del Oi! y el punk eructador-callejero, y (según testifica su ideólogo Nidge Miller –uno de los dos bigotudos- en una entrevista incluida en la hoja interior de esta reedición) los dos punks subrayaron su imagen más skinhead con gran celeridad. No solo eso: tras comprobar que The Addicts conseguían artículos y parabienes gracias a su (harto cómico) look Naranja Mecánica, Blitz no dudaron en disfrazar de drugo a su cantante para una sesión de fotos. Aquello, no falla, les llevó directos a la portada del Sounds de 9 de enero de 1982. La manifiesta cara de incomodidad del cantante, Carl, es inolvidable. Ojos con rímel y todo, pobre pájaro. Pensando: Qué dirán mis amigos, joder.

Sin embargo, pese a las soflamas de Bushell y las participaciones en recopilatorios como el esencial Carry on Oi! (Secret Records 1981), Blitz nunca encajaron del todo en la supuesta escena. Eran (más o menos) de izquierdas y algo más futuristas que sus compañeros de tendencia, eso para empezar. Su evolución podría compararse a la de sus amigos Peter & The Test Tube Babies. Así como otros grupos Oi! se aceporraron y atrincheraron (incluso metalizaron, como los Rejects) más y más según avanzaba la década, Blitz y los Testies se cubrieron con un capote negro y ayudaron a gestar un sonido after/post-punk que a menudo se parecía más a Killing Joke, Crisis o Zounds, incluso ATV, que a The Business, The Last Resort o The 4 Skins. El fuerte de Blitz era el himno punk callejero con coro de gradería, que sí, y desde luego no se trataba de Gang of Four, pero las aristas eran puntiagudas, las sisas tirantes y el aliento amargo. Al igual que harían The Ruts en la escuela del 77, Blitz acentuaron la penumbra y la paranoia de su punk, un punk-rock de guerra fría que no puede esconder la atmósfera de IIIª Guerra Mundial y lluvia de exocets flamígeros que imperaba a su alrededor. Lo que dijimos de The Ruts en una reciente reseña, lo decimos aquí: es imposible escuchar canciones de este álbum y no pensar de inmediato en los primeros grupos de Dischord, de Faith a Minor Threat, y todo el sonido incipiente de Washington DC. La tensión y claustrofobia evidente en la mayoría de cortes del LP les sitúa en una órbita más cercana a Fugazi que a Splodge, si entienden lo que quiero decir. Pero alguna gente no sabe pasar por encima de esas botas y tirantes, bigotes en el bar. Esa es la maldición de Blitz.

No importa: Voice of a generation es un elepé excelente. Tiene la parte bocazas y agresiva y metejumos del street punk convencional, estilo Infa-Riot, pero (como decíamos) mezclada con manía persecutoria, premoniciones de futuros nucleares, música de alambradas. Es un disco con la mosca tras la oreja, muy poco festivo, nada Cockney Rejects. Blitz reían poco, como Harry Crews. La producción está llena de ecos y ambientes casi dub de fondo, y las composiciones se dividen en dos campos visibles: los himnos Oi! y las post-punkis, con algún flirteo proto-hardcore entre ambas zonas. Los himnos son eso: himnos. Salves marineras. Oi-punk bélico, épico, berreable y lleno de emoción, la mayoría con letras sobre compañerismo y unidad juvenil, anti-poder y anti-adultos: “We are the boys”, “Voice of a generation” (ambos títulos podrían estar en un LP de mod revival, si me entienden), “Your revolution”, “Propaganda” (con su parón y batería castrense) la impetuosa “Escape” (que da inicio con un inconfundible aullido de Oi-oi, let’s go!), “Moscow” o la versión de Lou Reed, “Vicious” (de por sí inusual en un álbum de punk arrabalero).

La otra mitad es (¡aleluya!) la que separa a Blitz de sus colegas de generación. Las after-punks. Es Joy Division con puños americanos, eso sí, norteño y frío y violento como una pelea a botellazos en la puerta de un pub de Durham, cráneos rasurados y remaches en las cruzadas y patadas en los huevos. La celebrable dicotomía estriba en la combinación de bajo-guitarra angulosa y manchesteriana con la voz de estibador aficionado a los carajillos, las letras bien bélicas y proletarias, sin alusiones situacionistas ni guiños a pensadores alemanes. Modernismo + pugilato. “Nations on fire”, por ejemplo, empieza con un dub espacioso, lleno de ecos, que luego se transforma en punk speedico. También post-punkean “Warriors”, “Closedown” (prima hermana del “Jinx” de los Test Tube Babies), la perversa “T.O.?” (“What do you think you’re doing / Touching me there?”), “Bleed” o “4Q”, que empieza casi como The Purple Hearts y que al segundo muestra sus verdaderas cartas (4Q = Fuck You). Es una grandiosa combinación.

Voice of a generation llevó a Blitz al #27 de los charts nacionales (no los indies), de nuevo sin promoción de ningún tipo, y les permitió aparecer en el programa de la BBC Nationwide. Oh, Nationwide. Siempre me ha encantado ese metraje. Tras un playback de “New age”, aparece de entre bambalinas un lechuguino con pajarita (como lo oyen) y peinado Simon Le Bon que les realiza la entrevista más faltona, clasista y resabiada que he visto en mi larga y azarosa vida. Y los pobres Blitz allí, aguantando el chaparrón, intentando articular por qué lo de la “voz de una generación”, pugnando por encontrar las palabras adecuadas frente aquella ejecución pública, sin duda pensando en lo que le acontecería al petimetre en su bazo y rótulas si no hubiese una cámara allí.

Los Blitz originales fueron siempre incapaces de separar del todo las dos facetas que les comentábamos, incluso cuando decidieron cambiar de sonido en su single de 1983, “New age” (no incluido aquí, y que saldría fulminado hasta el #2 de las listas independientes). “New age” es sensacional, y ejemplifica la esquizofrenia que aún padecía la banda: deseosos de avanzar, pero anclados al barrio. Como Carlito’s way. Empieza con un Korg, instrumento prohibido en el Oi!, continua con una batería electrónica, y la letra arranca con palabras hermosas: “When I hear…. the sound of concrete and steel / I sense a rhythm, that science can’t feel”. Y justo cuando ya estás a punto de cambiarles de cubeta viene el estribillo: “And the kids on the street / And the kids everywhere / And all I gotta say is the kids don’t care”. Es bonito. Es como un ex-gánster redimido que ha jurado no volver a dañar a nadie, pero de golpe un día los malos le ponen entre la espada y la pared y estalla y crea gran dolor. Es irónico, precisamente por eso, que los fans se sintieran traicionados por “New age”. En el fondo, se trata de los Blitz de siempre, un poco más lúcidos en lo lírico y tras comprar un sintetizador de segunda mano, quizás se aplicaron un poco de sombra de ojos, quizás el cantante llevaba una camisa a lo Visage, pero el mostachón de Nidge seguía allí detrás, como una ancla de permanencia y una declaración de principios. Jorobando cualquier posibilidad comercial futura. La modernización de su sonido es una repintada de pared donde se sigue viendo el grabado faltoso original. Un camuflaje fallido.

Tras “New age”, Blitz partieron peras, y la mitad que continuó con el nombre original (Carl fue su impulsor, tal vez aún furioso tras la tremenda humillación del sombrero hongo) transformaría su estilo –esta vez de veras- en el single “Solar” y el álbum Second Empire Justice (1984) pasándose a lo loco a un sonido medio New Order medio A Flock of Seagulls que, ese sí, sentó como un tiro a sus seguidores de siempre. Y con razón. Nidge Miller continuaría durante años con el grupo Rose of Victory, todo badanas y camisetas sin mangas (incluso así alcanzaron a grabar algún tema digno, como el inspirado instrumental “Overdrive”), re-reunió a Blitz en los 90 y moriría en el año 2007 en un accidente de tráfico. Esta oportuna reedición nos recuerda por qué Blitz fueron de lo mejor de su quinta y género, aunque jamás, nunca jamás, vayan a aparecer en los libros sobre post-punk (de Simon Reynolds). Kiko Amat

Disco del mes (febrero 2013): MODEST PROPOSAL Single-minded

MODEST PROPOSAL

Single-minded

Unicorn, 1987

Estaba reviendo ayer un episodio de The Sopranos por tercera vez y de repente lo dijeron. Era en “The Telltale Moozadell”, cuando Christopher Moltisanti se hace con un garito anticuado llamado Lollipop y decide regalárselo a Adriana La Cerva para que monte su club de rock, y entonces entran a echarle un vistazo, y alguien (quizás Silvio Dante) lo suelta: “¡Aquí es siempre 1987!”.

Esa frase, como suele suceder, me llevó a otros pensamientos: 1987. Cosas que sucedieron en 1987. Es un año de resonancias simbólicas para mí. Rompepistas, claro, tiene lugar en 1987. 1987 es uno de los años del frescor, antes de las torceduras, o quizás en medio de ellas pero en un momento en que nada dolía ni nada asustaba y el futuro quedaba muy lejos. Mis dieciséis. Durante un rato estuve pensando en discos que aparecieron aquel año, y de repente –bonita coincidencia- caí en que unos cuantos de ellos habían sido Disco del Mes aquí. Daddy’s highway de The Bats. Magic still exists de The Leopards. Cryptic and coffee time de The StingRays. Brave words de The Chills. From the heart down de The Sinners. Álbumes extraordinarios, cada uno a su manera. Y entonces decidí poner en práctica un pequeño experimento. Fui a la Expedit y empecé a sacar más discos publicados en 1987. Al cabo de unos minutos, tuve que detenerme. Abrumado. Nunca había pensado que tantos discos queridos pertenecieran al mismo año. La lista era emocionante. Allí, expuestos, estaban muchos de los preferidos de toda una vida, y sin embargo jamás había trazado una línea que los uniera: Fleshtones vs Reality. Gruesomania de The Gruesomes. At First Sight de The Stems. El Tallulah de The Go-Betweens. I Am a Wallet de McCarthy. Unseen Ripples From a Pebble de The Wolfhounds. El problema es la edad de Brighton 64. El primero de La Granja. The cost of Loving de The Style Council. Boomerang de The Shoes. The people who grinned themselves to death de The Housemartins. Psonic Sunspot de The Dukes of Stratosphear. Wig Out At Denkos de Dag Nasty. Hate your friends de Lemonheads. Discos extraños, intensos, hermosos, cada uno de ellos maravilloso en su campo, algunos interconectados, otros distantes en un mapa musical. Pero todos ellos parte de mí, y de mi educación. Algo tiene esa mitad de década, que produjo algunos de nuestros discos predilectos.

Y entonces reparé, más magia negra, que el disco que iba a escoger este mes también era de 1987. Single-minded, de Modest Proposal, es un elepé típico de 1987, y suena como tal. Modest Proposal eran un cuarteto de Washington DC que solo gozó de tres o cuatro años de vida. No tienen ni entrada en wikipedia, así que no se molesten en buscar. Su escena, sin duda, era la mod americana de los ochenta (Manual Scan, The Scene, Mod Fun…) con algunos lógicos lazos –que compartían los Manual Scan de Bart Mendoza- con el Paisley Underground de San Francisco, muy especialmente The Three O’ Clock, junto a los que Modest Proposal tocaron en varias ocasiones. Mod Fun eran otros habituales compañeros de gira. Modest Proposal también telonearon a nuestros adorados The Times en su única visita al Reino Unido. El círculo se estrecha, y aún lo hará más. Un miembro eventual de la banda acabó tocando en Minor Threat. Todo está conectado, y en Washington DC más aún.

El sonido de este único álbum (en realidad es una recopilación del single “I’ve Seen Your Face Before”/“Nobody Says No” y varias demos de 1984-87) es exactamente lo que están pensando en este momento, y que saben que aquí nos pirra: mod moderno 80’s que mira tanto a The Smiths y The Jam como al beat sesentero. Modest Proposal pertenecen a esa hornada global de grupos que, aún siendo mod revival o filomods o criptomods o pro-beat o pop-psicodélicos, sonaban 100% al año en curso. Los nombres son favoritos de Bendito Atraso: Yeh Yeh, The Claim, The Dentists, Hurrah!, Biff Bang Pow, The Kick, The Jasmine Minks, los grupos de Flying Nun (The Chills, especialmente), la primera Creation, The Three O’Clock, incluso Makin’ Time… Era un tiempo en que grupos ingleses como The Moment –radical e inconfundiblemente mods- se bautizaban en honor al “The Unguarded Moment” de The Church, Los Canguros versionaban a Pere Ubu, el Pop-ish Frenzy! de Purple Hearts anticipaba a The Stone Roses, Brighton 64 sonaban post-punk y The Claim miraban tanto hacia Morrissey como a Ray Davies. Otras épocas, sin duda; otras tradiciones.

Modest Proposal pertenecen exactamente a esa tradición, quizás con un deje más power pop (a lo The Plimsouls, Pezband o 20/20) que la mayoría de ellos. Salió en el epítome de sello mod 80’s, Unicorn (de acuerdo, junto a Countdown), donde compartían catálogo con otros relucientes grupos de Nuevo Mod como The Times de Ed Ball, The Risk o The Threads. Unicorn se especializaría más adelante en sacar grupos de gozoso ska-pop como The Busters o The Braces, y otros de ska algo más inmundo como Just Kidding. En cualquier caso, no procede ahora hablar de ellos.

El disco de Modest Proposal es tan bueno y está tan vivo que parece imposible que sean absolutos desconocidos (excepto, no hace falta decirlo, en círculos de amantes del mod revival). Rechazando el formato de álbum clásico (una instrumental, algún medio tiempo, una balada, unas cuantas de bien rápidas…) Modest Proposal hacen lo que solo puede definirse como reunir doce singles en un álbum de 12”. Es un elepé de caras A de sencillo y, como tal, puede ser demasiado. Demasiado para tu cuerpo. No hay reposo ni estacionamiento, no hay momentos reflexivos: solo píldoras. Lo que los amantes del power pop denominamos Pepinos o Castañazos. Hits. Uno detrás del otro. Algunos son más beat, otros son más post-punk, otros son glorioso mod revival de manual: pero todos son himnos juveniles de rechazo y desamor. “The Hardest Part”, “Live Today”, “I’ve Seen Your Face Before”, ”Laugh and Live” o “Nobody Says No”. Esta última muestra de forma bastante fiel cómo es su sonido: junten a The Chords y The Ruts con post-punk (Lack of Knowledge, Crisis, lo que quieran) y luego añadan beat y power pop y coros estilo The Records. Es esa mezcla, contundente y extraña y excitante, la que define a Modest Proposal. Un grupo que se inspira en el sixties pop, pero todos sus miembros tocan como Joy Division. Una combinación gloriosa.

Cada uno de los cortes utiliza todo el surtido catálogo de trucos del cancionero pop: palmas a porrillo, parones como para una boda (parones de los buenos, los que reanudan el ritmo con un bajo solitario), crecidas de tono por doquier y coros a tres voces. Ganchos que hacen que las canciones se graben en la memoria. Solo faltan los violines y las trompetas. Casi mejor así. Las fotos de contraportada acaban de situar a Modest Proposal, si es que aún hacía falta, en un momento exacto del siglo: cuellos subidos, americanas de gales más bien bolsudas, tejanas blancas, pendientes en las orejas, pelopinchos nueva ola y peinados de secador-tifón. Una instantánea de 1987, un tiempo y un lugar lejanos que no existen ya.

Modest Proposal duraron lo que el tren en la estación, como suele decirse, y poco después de lanzar este álbum ya no existían (aunque poco después se reencarnarían en The Mondays, también con mini-álbum en Unicorn). Single-minded llegó a mis manos en algún punto de 1988, en forma de cinta TDK, junto al Invitation to the blues de The Risk y el Hits from 3000 years ago de Anthony Meynell (de Squire). Al cabo de un par de años extravié la cinta, y lo único que me quedó de ellos fue un flyer inglés en A-4, color azul marino, que anunciaba el lanzamiento del LP. Alguien me lo había traído en 1987 de la tienda The Cavern, en Carnaby Street, junto con un surtido elenco de bibelots y artilugios de mod pietierno: la obligatoria camiseta con la diana de la RAF, la tejana Cavern hecha de papel cebolla, las chapas de “Jamaican Jazz” y “Tracie!” y “Parka Power” y “Nutty”, todas esas porquerías adorables. Aquel flyer permaneció enchinchetado a la pared de mi habitación hasta que el día que me fuí de casa de mis padres, a los veintidós. Aún debo tenerlo por algún lado. Y hace dos semanas me marché a Bilbao y un amigo tenía el álbum, y lo vendía, y me lo vendió. Aún no me creo mi suerte.

Modest Proposal, es inevitable, se reunieron el año 2009 (tocaron junto a Dot Dash, a su vez descendientes de Julie Ocean, que se parecen no poco a los Modest Proposal), pero por legítimo que nos parezca el asunto ni a ustedes ni a mí nos interesa escuchar su encarnación presente. Los que sí nos interesa, y eso no va a cambiar, es escuchar una y otra vez este estupendo disco, realizando el amplio abanico de bailes-caseros-de-gente-que-no-tiene-maldita-idea-de-tocar-un-instrumento y –permítanme el cliché juvenil- molestando a los vecinos. Siempre ha sido así, ¿para qué cambiarlo?

1987, está claro, fue un gran año. Kiko Amat

Disco del mes (enero 2013): DEXYS One day I’m going to soar

DEXYS

One day I’m going to soar

BMG, 2012

Kevin Rowland ha estado algo piyuli. Eso nadie lo duda. Loco de atar, y ni siquiera estamos considerando la que lió con el vestidito de canesú y las lap-dancers en aquel festival donde por poco le sepultan a vasazos. No, estamos hablando de toda su vida, de las que ha armado en el pasado: las peleas, los cambios de rumbo, la cabezonería irracional, la manía persecutoria, los disfraces cuestionables, los cismas y pogromos, el amor desmesurado por prendas, discos e ideas acompañado de completo desprecio por las personas… Tomadas en paquete y analizadas desde un prisma médico, la mayoría de sus acciones se leen hoy como la hoja de ruta de alguien con trastorno bipolar (por no decir de un psicópata terminal). Lo dice él mismo en la primera canción del nuevo disco de Dexys: “Well I know that I’ve been crazy / and that can’t be denied”. Nosotros no le íbamos a llevar la contraria y, de todos modos, sabemos lo que sucede con los que entran en la lista de Enemigos de Kevin.

Hoy, Kevin Rowland está mejor, del mismo modo que Edwyn Collins está mejor (a pesar de la terrible enfermedad que padeció). Están mejor en el sentido de que eran hombres consumidos por una visión flamígera, hombres llevados por la furia de sus propias obsesiones y rencores, y si bien es cierto que esas cosas producen inmensos discos de música pop, también son tremendamente dañinas para el alma. Rowland está hoy reconciliado con su Gran Locura, y One day I’m going to soar es el producto de ese pacto con su pasado. De esa revisión de su demencia. Dicho esto, Rowland (siempre haciendo lo opuesto de lo que se espera de él) no ha entregado un álbum confortable para escuchar cerca del fuego, sino un tremendo disco de confesión, remordimiento e inventario moral que no veíamos desde las eras del deep soul, vamos. Una cosa musicalmente festiva pero líricamente amarga, cuyos arrebatos de vodevil, peleas escenificadas a lo Pimpinela y general ambiente de Philadelphia Soul no logran suavizar una serie de terribles reflexiones sobre su condición y traspiés y dolor creado.

Ignoremos la biografía -sería absurdo repetirla aquí- y saltemos directamente a One day I’m going to soar, el primer disco de Dexys en casi treinta años. Las revistas musicales y los plumillas habituales, incapaces de encontrar un término medio entre el desprecio o la adoración servil (ahora procede decir que Dexys molan) no han encontrado un solo fallo en este nuevo álbum. Esto solo puede explicarse porque a) no conocen demasiado a fondo la obra de Dexys, o b) le temen (lo que sería perfectamente comprensible, considerando su talante inflamable), pues algún fallo tiene, vaya eso por delante. Acostumbrados a la épica beligerante de sus títulos clásicos, nombres de canciones como “You”, “Me”, “Lost”, “Now” o “Free” parecen sacados de una colección de caras B de Cast; y aunque el género prevalente es (sin duda) el 70’s soul, en algunas ocasiones la ensemble deriva hacia los primeros Commodores. Asimismo, cuando no punza sus heridas supurantes con un palitroque, Rowland tiende a deslizarse sin querer hacia el estribillo cliché estilo David Soul: “siempre te amaré”, “eres lo que más quiero”, “pienso en ti”, “te quiero”, etc. Un tipo de dialéctica teenybopper que le pega más bien poco, considerando que Rowland es uno de los tipos más dañados, retorcidos y adultos del pop.

Pero quizás lo mencionado en el párrafo anterior (los títulos monosilábicos, las blanduras Te-Quiero-Nene, el ocasional momento Lionel Ritchie), sea solo un fondo sobre el que contrastar las verdades brutales que Kevin va a dejar caer en nuestro regazo, como la típica cabeza cercenada en una película de horror. Tiene una lógica perversa: Rowland deja caer sus Te Quieros y sus arrumacos besín-besán para que el bofetón nos pille por sorpresa. Es entonces cuando, nosotros excitados en el asiento de atrás, puede anunciarnos tan pancho que es “incapaz de amar”, que “estaba tan perdido por dentro/ y traté de esconderlo del mundo” y, que en general, ha llegado a una conclusión a la que llegaron antes que él otros notorios metepatas como Harry Crews: que una vida tranquila con mujer e hijos no es lo que el destino le tenía reservado. Y que o lo tomas o lo dejas, qué le vamos a hacer.

Desde allí, Rowland ataca. Se ataca a sí mismo, como un locatis con compulsión autolaceradora a quien le hubiesen regalado por equivocación una hoja de afeitar nuevecita. No hay lugar para la autocompasión ni las excusas: Roland se sienta en el diván y confiesa su personalidad obsesiva, su ferviente deseo de ser alguien, sus constantes fantasías y sueños, su potencialmente dañina incapacidad de encontrar satisfacción en nada, la forma inmunda en la que ha tratado a sus allegados, amigos y súbditos, los anhelos de su infancia y el inmenso dolor que habita en su corazón. En ese sentido, “Lost” sea tal vez la letra más dura:

I was always dreaming about something, about how my life could be,

Full of music, girls and clothes I dreamed about beauty,

and it was good but there was always disturbance in my mind,
pretty soon it was obvious that I was lost inside,
I was so lost, I was lost inside
I was so lost, I was lost inside,
but I tried to hide it from the world and all of my family,
I could not exist in the world, like there was something wrong with me.
(but now you’ve grown and you understand how things are meant to be
and it’s time you stopped the dream and faced up to reality)

Lo que está diciendo Rowland es sencillo: no estoy bien, no. No soy como vosotros. La personalidad del artista se revela aquí simultáneamente como fuente de inspiración y de perpetua infelicidad, como la esquizofrenia de aquel famoso pintor, la visión torcida que permitirá el mejor arte pero nos mandará desorejados al psiquiátrico. Rowland sabe que la misma cosa que le impide ser feliz es la que le obliga a “ponerlo todo” en las canciones. Confesión de libro de estilo, la que abarca desde John Fante a los primeros libros de santos. Abrir las entrañas y diseccionarlas temerariamente, armado solo con el escudo de la ficción o la canción. La separación que viene implícita en el gesto de construir una melodía pop para esa verdad (o modelar un protagonista para que acarree la culpa) es precisamente la que nos acerca a dicha verdad. El camino narrativo es, al final, el que cuenta mayores verdades, pues carece de la compulsión embellecedora o la visión heroica que son inseparables de la autobiografía. En ese sentido, el Rowland guerrero de antaño se ha esfumado: el único ataque (“¡Attack attack, I said attack attack!”) que se siente con ánimos de hacer es contra su propio trasero. Y nosotros decimos: bravo, Kevin. Hay que ser muy hombre, muy viejo, muy valiente y muy sabio para iniciar una escabechina de estas proporciones. Que es épica, sin duda, pero en la vertiente de estoica autoinmolación. Tomen si no la letra entera de “Me”. Algo que, de encontrarlo entre las páginas del diario de nuestro hijo adolescente, nos haría sollozar de pura congoja para, una vez repuestos, llamar de inmediato a las autoridades:

There’s something wrong with me, people don’t respect me,
don’t seem to like me no, they want to hurt me so,
There’s something wrong with me, I can’t let no-one see,
I pretend I’m ok until I find my way,
Cos if they see that I’m weak I know what they’ll do to me,
They’ll only hurt me and I know that they will take her from me,
I mustn’t let them know, I mustn’t let it show,
They’ll take the piss out of me or talk down to me,
and if she sees she’ll know, cos If I’m weak she’ll go,
Well I know what I’ll do I’m gonna be someone,
and then no-one can put me down cos I will be number one,
(…) and now all these people are depending on me and that man who was my friend,
I think he’s robbing from me,
I don’t know where to go, I don’t know who is friend or foe,
I can’t handle this, I don’t want to handle this, what the fuck happened?

El disco tiene muchas otras cosas celebrables: Pete Williams ha cobrado un nuevo protagonismo (excesivo a ratos, especialmente en directo, cuando se bambolea en mangas de camisa por el escenario como un gran peluchón de Barrio Sésamo); el trombón de Big Jim Patterson, Celtic Soul Brother #2, se escucha en la mayoría de las canciones; hay nuevos fragmentos de diálogo, tan típicos del Don’t stand me down; hay varias peleas de pareja (rozando la horterada; pero es horterada de calidad, sépanlo); Mick Talbot, de The Style Council, deja su impronta organística en otro buen número de cortes (“Me” recuerda sospechosamente al “Shout to the top”, por cierto); y hay una porrada de armonías y melodías que sacan lo mejor de la herencia O’Jays, Harold Melvin & The Blue Notes, Barry White y los últimos Kool & The Gang. Unan todo eso a la nueva voz narrativa de Rowland (pues su voz física está igualita que donde la dejó en 1984), a la importancia de un disco de intención conceptual (tendría que haberse llamado My fault, como el libro de Billy Childish) y temática profunda verbalizada con engañosa ligereza del 70’s soul pulido, y comprenderán por qué Rowland ha vuelto a publicar algo que está por encima de la mayoría de sus contemporáneos. Tenga o no canciones con títulos monosilábicos. Qué bien que volviste, Kevin. Kiko Amat

Disco del mes (diciembre 2012): JONSTON Veo visones

JONSTON

Veo visones

Primeros Pasitos / Pez Plátano, 2012

En Bendito Atraso, liberados de la esclavitud de la novedad que asfixia a tantas otras publicaciones, no estamos siempre por lo actual. A menudo se nos desvía la mirada a los años cincuenta, o treinta, el siglo XIX, el año mil o más allá; a menudo no estamos por lo de hoy, no señor, sin duda confiados en que resultará veraz el viejo axioma que esgrimía Casavella al hablar de lecturas y novedades: si algo es bueno, lo será igual en diez años; si algo es malo, en diez años no se acordará de él ni su prima, y nos ahorraremos el haberlo leído. Podríamos aplicar esta máxima a un gran número de productos de hoy, y de hecho lo hacemos. No porque sean directamente malas o no nos gusten, sino porque –como el melodioso gu-gú de un bebé ajeno- no las necesitamos. Ni nos molestan, ni nos enriquecen. Y, como ustedes saben bien, la vida es un suspiro, y las montañas de discos y novelas excelentes siguen aquí, proyectando su sombra ominosa sobre nosotros, recordándonos el faenón que nos espera de aquí a la sepultura.

Jonston no es así. Por él no esperaremos diez años: es magnífico ahora, y su talento se proyecta hacia el futuro. Con una aureola de artista minoritario que no tiene forma de sacudirse de encima (¡ojalá no fuese así!), Jose Ignacio Martorell, alias Jonston, sigue sacando discos sorprendentes que solo escuchan unos pocos cientos de ciudadanos. Sus conciertos barceloneses, es cierto, reúnen a una fiel pero escasa parroquia. Los fans de Jonston somos familia. El otro día conversé con dos de ellos en un Music Spy Club, y fue como comentar una cosa íntima, una operación de rótula o un bautizo en la parentela. Algo que solo nos concernía a los tres. Jonston aún no llega a mucha gente, es cierto, pero él sigue a lo suyo. Afilando su disciplina, grabando discos hermosos.

Veo visones es el tercer álbum de jonston. Antes estuvieron Jonston (2007) y el criminalmente pegadizo Taller de memoria (2010). Los referentes de este madrileño son tan visibles –en cada álbum, no solo en el que nos ocupa- que parece que los lleve garabateados en la cara con un Edding 3000: power pop americano, de Shoes y 20/20 a los cuatro Yellow pills, Peter Case y Paul Collins, Nerves, Plimsouls y The Beat; Robyn Hitchcock y los Soft Boys; psicodelia castiza, adaptada a la sensibilidad manchega, nada revivalera: como si Julian Cope fuese oriundo de Lavapiés; folk-rock y los ocasionales toques country-rock; pop inglés de los sesenta (Kinks, especialmente).

Jonston agarra esos discos favoritos y los revive con canciones propias de inmensa calidad. Sus melodías son pegadizas, sus letras memorables. Es su estilo lírico una especie de psico-surrealismo pop que, si queremos ponernos sentimentales, recuerda vagamente a cuando Los Negativos se ponían a saltar por encima de hotdogs, o hablaban de cigarras panameñas y setas en formol. Jonston también parece tener –como Robyn Hitchcock- debilidad por la fauna y flora del planeta, y muchas de sus letras versan sobre calamares y peces y plantas. Otras utilizan artefactos del mundo tecnológico (hay teléfonos y teletextos, también astronautas y naves), algunas más utilizan personajes de ficción como Sherlock Holmes, o superhéroes inventados (como el entrañable y casticísimo Bat-Chulapo de la canción homónima). Todas sin excepción son extravagantes, divertidas y con calado. Su carácter lúdico las hace indicadas para compartir con niños (los hijos de una familia de amigos nuestros se saben las letras de pé a pá) si bien a quien van destinadas realmente es a un público adulto nada pomposo y que sabe apreciar la música pop cuando trasciende en apabullante forma de arte.

Lo que trato de decir es que las canciones de Jonston no me gustan; me emocionan. Veo visones ondea al menos tres hits clásicos, de los de tararear por la calle, sobre su cabezota: “Yo quiero ser astronauta”, “Caballo de Troya 25” y “Apaga y enciende”. Las tres tienen vértebras de todas esas cosas majestuosas que hemos indicado antes: Robyn, Cope, power pop americano, Kinks… Hay una trompeta triunfal y trascendente en la primera, un tono a ratos ranchero a ratos épico que encantará tanto a los fans de Love como a los de Sufjan Stevens. “Caballo de troya 25” empieza como los Who y al momento recuerda al éxito que Game Theory no fueron capaces de firmar, y entonces lanza un estribillo digno de los Egyptians etapa “If I were a priest”. “Apaga y enciende”, por su parte, pertenece a la tradición de Shoes, Speedies, Tommy Keene y todas las Pymes manufactureras de pop melódico y estribillos Big Star. Junto a estas tres encontraran también memorable psicodelia pop (“Veo visones”), chotis-punk garajero (“Bat-chulapo”), pop submarino y acolchado con ecos de Dukes of Stratosphear (“Calamar con sombrero”), ciencia ficción televisiva con un riff de bajo que recuerda al “Styrophoam” de Tyla Gang (“Presentimiento de culpa (Calamar segunda parte)”), oscuro garaje-post-punk 80’s a lo Blue Orchids (“Termotanque (Nada como el hogar)”) y mucho más. Hay de todo, y todo es espléndido. Mención especial merece la última canción del álbum, “Viviendo la vida de los demás”, quizás la que más se aleja del sonido general del elepé: una balada de 3:29 minutos llena de melancolía y ternura, sin pianos de cola ardiendo, búhos o motocicletas; solo un tipo a solas con sus ectoplasmas privados, y de fondo un rasgado Quadrophenia que contribuye a dar la perspectiva nostálgica y amarga. Su frase “Si alguna vez fui alguien seguro que hace tiempo se fue” es una de las más bellas, duras y honestas que hemos escuchado de un tiempo a esta parte en una canción pop. La canción merece ser escuchada cinco o seis veces seguidas, para ver si es real. Lo es.

No sabemos en cuantas listas del año saldrá Veo visones, pero sí podemos asegurar que en nuestra discoteca ocupará un lugar preferente. Lo de Jonston, es que es para siempre. Les ruego que compren y regalen este gran disco. Kiko Amat

Disco del mes (noviembre 2012): CLIFF BENNETT & THE REBEL ROUSERS Slow Down

CLIFF BENNETT & THE REBEL ROUSERS

Slow Down

(Edsel Records, 1985)

Got To Get You Into My Life

(See for miles, 1986)

Observen su raya al lado. No hace falta ser un genio para comprender por qué en 1969 ya nadie quería ver sus álbumes ni en pintura. Cliff Bennett no cambió. El pobre creyó hasta el fin que podía seguir manufacturando excelente soul y R&B británico sin doblegarse ante las exigencias juveniles. Que se podía aún ser un rhythmanblusero docto y aplicado, con escaso carisma hormonal y el culo más bien fofo, y la gente seguiría escuchando aquella gloriosa música de negros. El pobre vivió siempre en el mundo de 1962, cuando los bluesmen ingleses eran beatniks académicos con pasado skiffle, todo perillas y reuniones esotéricas en el Eel Pie Island, tufarada a resclosit, caspa y ceniza en los jerséis trenzados de marino, extraños singles de Stateside y Slim Harpo en el reproductor, malas dentaduras y el perímetro neumático de Graham Bond. Cuando existían la Blues Inc. y la Graham Bond Organization y Cyril Davies y Chris Farlowe (que tampoco era Robert Redford, precisamente), Zoot Money y todos aquellos fulanos no muy agraciados, es cierto, pero repletos de pasión y conocimiento. Bennett debió observar el advenimiento de los Rolling Stones con estupor, tal vez también con fanatismo incipiente y cariño de hermano mayor, sin sospechar que aquellos meneos de pelvis y morritos de meretriz le mandarían en un par de años directo a la cola del paro. Los Stones mataron al rhythmanblusista repeinado. Miren de nuevo las pintas de su grupo: parecen los agentes de seguros de Jagger, no sus compatriotas en R&B. El canto de cisne estaba sonando para los suyos, todos aquellos encorbatados y serios músicos de la escuela de Hamburgo.

Pero Cliff Bennet no cesó en su empeño. No señor. Ni todos los vaivenes culares de Jagger ni todas las felaciones de las que Keith Richard disfrutó en el backstage le impidieron dejar la faena curiosa y de buen ver. Él y sus Rousers pasaron diez años yendo a trabajar en el R&B y el soul, fichando cada mañana, ajenos a las campanas ensanchándose en la calle y las casacas de Lord Kitchener destellando a su alrededor, sordos al feedback y la distorsión, al nuevo sonido freakbeat y pop art, y no digamos ya al de la psicodelia. Cada día bien peinaítos, con sus trajes Ivy League y su artesanía curtida en mil Locarnos, Meccas y Star Clubs. Con una tarea encomendada, y solo una forma de hacerla: bien. Divertida y profesional y bailable. Sin golpes de efecto ni trampas lascivas: solo grandes discos. Rectos y honestos.

Cliff Bennett y sus Rebel Rousers tocaron juntos durante diez años, de 1958 a 1968. Al principio eran un grupo de rock’n’roll, si bien harto numeroso: seis tipos. Saxo, piano, bajo-batería-guitarra y Benett al vozarrón negroide. Hacían cosas de Elvis, Duane Eddy (elemental), Jerry Lee Lewis… Cuando les fichó el excéntrico productor Joe Meek, conocido –entre muchas otras cosas- por fabricar réplicas británicas de estrellas yanquis, los Rebel Rousers eran sus Jerry Lee Lewis. No duró mucho. El grupo ya se había pasado al R&B, y durante los primeros tres singles para Parlophone perfeccionarían ese beat-R&B con cadencias soul que también manejaban The Escorts o The Roulettes. La diferencia, insistimos, yacía en el número de músicos. Cliff Bennett & The Rebel Rousers iban directos hacia la formación soul-tumulto que tan popular sería en el Reino Unido de mediados de los sesenta. Más gente arriba que abajo, al estilo de todos esos héroes de club mod: Geno Washington & The Ram Jam Band, Jimmy James & The Vagabonds… No es casualidad que, al decidir reorientar su carrera del punk pedestre hacia el soul bélico, cierto grupo llamado Dexy’s Midnight Runners mirara sin vergüenza hacia todas esas bandas. Searching for the young soul rebels lo dice bien claro: el grupo buscó consuelo e inspiración en los discos de Cliff Bennett y Zoot Money. Siete miembros siempre. Siete es el número mágico. Melé soul.

Como era tradición por aquel entonces, nuestros siete Rebel Rousers emigraron a Hamburgo en 1963 como el que se apunta a un internado: para aprender otro idioma, pasando las peores privaciones, desconectados de la familia. Para endurecerse, y así endurecer su sonido. Las sesiones de ocho horas en el Star Club, con sus imprescindibles peleas de marinos, anfetas a go-gó y demencia insomne, transformaban a todos aquellos grupos ingleses en máquinas escénicas. Cliff Bennett & The Rebel Rousers se hicieron allí. Uno regresaba de Hamburgo hecho todo un hombrecito, y habiendo dejado atrás el amateurismo timorato y la endeblez instrumental.

A la vuelta, les ficha Brian Epstein para su escudería NEMS. A Epstein le chifló la pulcritud Ivy League del grupo, su sonido sólido y, sobre todo, su profesionalidad a prueba de bombas. Los Rebel Rousers, sin embargo, ignoran la beatlemanía emergente y sacan otro par de sencillos de puro soul inglés, la mirada ya firmemente puesta en Tamla Motown, Drifters, Sam & Dave y Solomon Burke. Y, sin embargo, Cliff Bennett no se limitaba a imitar a sus héroes: en sus interpretaciones siempre aparecían variaciones de tempo, pequeños detalles añadidos, pianos extraños o riffs repetitivos que elevaban las canciones a otra esfera, haciendo que valiera la pena su uso. Solo hay que escuchar su “You’ve really got a hold on me” de los Miracles. La suavidad aerodinámica de Smokey se torna aquí balada de pub con acento de Middlessex, una cosa completamente inglesa que diez años antes podría haber aparecido en una película de los estudios Ealing. Motown vodevil, y una batería que parece estar anunciando la aparición de un trapecista. Desorden ordenado. A Berry Gordy seguro que le causó una trombosis.

Y luego estaba la VOZ de Bennett. Esa voz-grito modulable y poderosa que también poseían Steve Marriott, Rod Stewart o Steve Winwood. El bramido bronco de los soulmen blancos ingleses. Uno de sus mejores productos de importación.

Cliff Bennett & The Rebel Rousers solo se desviaron del soul estilo Stax/Motown durante un único sencillo: “Got my mojo working”, de 1964. El grupo se apuntó al furor rhythmandblusero que tomaba la Gran Bretaña, pero lo hizo a su manera. A la vieja usanza. Brian Hogg aduce en la contraportada del recopilatorio de Edsel que ni buscando encajar encajaron: el R&B del septeto era limpio, planchado, puntual, elegante y de club. Era el R&B de los primeros Bluesbreakers de John Mayall en el Klooks Kleek, no el de los melenudos fardapaquete con maracas y armónicas aulladoras en el Crawdaddy. Un R&B encorbatado y cortés que, ay, también empezaba a estar fuera de lugar. Anticuado, como ellos eran. I’m old fashioned but I don’t mind it.

Así que nuestros Rousers no volvieron a desviarse de la senda. Se quedaron en lo suyo, que era hacer apabullante soul nocturno cara sí, cara también. Su séptimo sencillo fue “One way love” / “Slow down”. La primera era de los Drifters, la segunda de Larry Williams (un claro homenaje a los días de Hamburgo). La primera la versionarían Dexys, la segunda The Jam. No hace falta ser una lumbrera para ver las conexiones.

Los tres últimos años de vida del grupo son los mejores. En su primer LP graban todos sus amores, ignorando también la creciente tendencia a firmar canciones propias (inexistente en la tradición negra) que empezaban a instaurar Beatles/Stones/Dylan. El debut lleva magníficas interpretaciones de las Soul Sisters (“I can’t stand it”), Shirelles (“Sha la la”, que también hacían los Manfreds), Don Covay (“Mercy Mercy”) y no uno sino dos cortes de los Impressions de Curtis Mayfield (“It’s alright” y “Talking about my baby”). El álbum entero está lleno de Curtisismos, incluso en las que no son de Curtis.

Es el culmen de su etapa Sam & Dave/Stax, que verá dos nuevos álbumes y varios sencillos cada vez más apartados de la deriva estilística predominante. Su único hit es, por supuesto, su semicélebre versión de los Beatles, “Got to get you into my life”, que los Rousers transformaron en un huracán de soul a empellones (subrayando los vientos existentes en la original) y que les llevó al #6 de las listas. Por lo demás, siguieron a lo suyo: Garnett Mimms, Drifters, trajes a juego, cabellos bien cortados y caras de llegar a la hora a las sesiones tras desayunar copiosamente y habiendo echado un sueñecito reparador. En 1968, este acercamiento “sock-it-to-me” (como lo definiría Roger Dopson) de septeto clubesco para veladas desenfrenadas de soul puro era, ni más ni menos, un anacronismo. En 1968, nadie quería soul, ni que se lo regalaran (excepto en España, siempre dos o tres años tarde, que descubrió el soul precisamente en 1968). Cliff Bennet & The Rebel Rousers se habían convertido en un brontosaurio olvidado y semidescompuesto que alguien hubiese extraviado en el guardarropía del Twisted Wheel. Pero esa es una mala imagen: Cliff Bennett nunca se dejaron pudrir como saurios obsoletos. Siguieron haciendo lo suyo, sordos al ruido del mundo, hasta el día de su despedida. Su excelente legado, reunido en estos dos complementarios recopilatorios de Edsel y See For Miles, es una nueva demostración que del aislamiento y la cabezonería suelen salir cosas grandes.

Kiko Amat

Disco del mes (octubre 2012): THE SINNERS From the heart down

THE SINNERS

From the heart down

(Amigo Musik AB, 1987)

Durante una época, parecía que el mundo entero era sueco. La discutible culpa –pues también podría juzgarse como acierto- la tuvo el Ruta 66 de finales de los ochenta, que perdía el trasero por cualquier grupo de rock’n’roll nórdico, e inundó sus páginas de bandas de tipos con jeans pitillos muy estrechos, botines psicodélicos, ojos azulísimos y apellidos llenos de fonemas dorso-palatales-fricativos-sordos y diéresis enloquecidas. De golpe se antojó normal hablar de las canciones de Magnus Swärdh-Alkmar (me lo invento) en una bodega de Les Corts, como si hubiéramos nacido en Uppsala y todos aquellos nombres raros y perfiles hamletianos fuesen lo más normal del mundo.

Lo cierto es que la mayoría de los grupos suecos, no me pregunten cómo, parecían llevarlo en la sangre, El rock’n’roll, digo. Tocaban y pensaban como grupos ingleses, tal que si el linaje del skiffle y el beat y el R&B hubiesen brotado en su península en lugar de en la isla nubosa que se aloja un poco a la izquierda. Y, de hecho, el plantel de grupos sixties suecos no tenía nada que envidiar al de otras zonas con alto índice de superfabulosidad eurobeat, mod y garajosa, como Holanda o Alemania. Si estos dos últimos tenían a Q’65, Outsiders, The Motions y The Boots, Suecia podía enorgullecerse de haber alojado a los sensacionales The Tages (super-mod-R&B-pop-art), The Longboatmen (favorito freakbeat whoesco de Bendito Atraso) y los fallidos aunque grandes The Namelosers (lo mismo: ruidazo Who y grandes camisetas op-art). Quizás no sea tan disparatado afirmar que estos cimientos sujetarían la potente generación de 1985-89 sueca.

Pero ojo: eso no es lo mismo que decir que todos sus grupos fuesen excepcionales: había petardos, como en todas partes. Y, asimismo, las bandas energéticas parecían ser mayoría. Quizás se trataba de un esfuerzo común para tratar de disimular la existencia de sus paisanos Roxette, pero entre 1987 y 1989 se publicaron excelentes discos de garaje, pop y rock’n’roll allá en Suecia. The Wylde Mammoths (que grababan en Crypt), Crimson Shadows (normalicos), The Nomads (favoritos de Ruta 66), The Stomachmouths (favoritos de esta casa, y también de Ruta 66, que los trajeron a tocar al KGB hacia 1988), Wilmer X o Psychotic Youth sacaron singles o elepés fornidos, decididamente celebrables, quizás no trascendentes o imperecederos –tampoco eran obras maestras- pero sí bien estrepitosos y juveniles y flequilleros. Y eso, mis amigos, es de lo que va el pop.

En este Disco del Mes hemos dudado hasta el último segundo entre dos grupos favoritos de la casa: The Creeps y The Sinners. Al final nos decantamos por los segundos, aunque solo fuera por el viejo reglamento de Bendito Atraso: protege al desvalido, haz caso al ignorado. Porque si bien The Creeps –que disfrutarán de un futuro Disco del Mes, se lo aseguro- no han sido aún invitados al Rock and Roll Hall of Fame y sus discos se encuentran ya a cuatro pesetas en todos los cajones de saldo, lo de los Sinners parece de pogromo. No se acuerda de ellos ni el proverbial Tato. En la lista de grupos de rock suecos de la wikipedia no salen ni en broma (claro que tampoco salen The Tages, lo que ya indica la fiabilidad del asunto), y es muy difícil toparse con alguien en bares y bodegas que afirme recordarles. Y de tener sus discos, ya ni hablamos.

Es una pena, porque su elepé From the heart down (Amigo Musik AB, 1987) aquí siempre nos ha parecido la monda. Le tenemos cariño hasta a la portada, que es sinceramente tirando a inmundita, incluso nos enternece la imagen de la banda, tan r’n’r de 1987: ojos pintados, camisas de topos, pantalones estrangulados, un ocasional tupé aquí, un cardado Dogs d’Amour allá, una americana de un botón acullá, una beisbolera que aparece por el margen derecho, unos creepers que asoman por debajo, unas camperas inquietantes que se entrevén al final de unos elásticos tremendos y potencialmente castradores. En aquella época, muchos grupos iban así; parecía ser una especie de código no hablado. Garajeros con aire hair-rock, por decirlo rápido y mal. Gente que amaba a The Replacements, el surf, el R&B y el 60’s punk, pero que lucían como teloneros de Quireboys. Miren nomás aquí a su cantante Sven Köhler haciendo el mico. ¿No les recuerda a alguien? A Bunbury, en efecto. Pero, ¿qué podemos decir? Le seguimos teniendo cariño a ese look y a esos andares farrucos.

Pero nos estamos yendo por la periferia: son las canciones de lo que les queríamos hablar. From the heart down tiene un montón de grandes composiciones. Es un álbum variado: el grupo tomaba de diversos sonidos y décadas (50’s a 80’s, sin problemas ni traumas), y las canciones rebotaban por el disco con heterogenia de tutti-frutti. No es que cada corte fuera un resumen de influencias, no me entiendan mal, sino más bien que cada canción venía de un lugar concreto y reconocible. Una era rockabilly, la otra surfeaba por las sisas, la de más allá era garaje puro de oliva y la siguiente power pop con signos de admiración, y sellaban el matxembrat con una que sonaba a ABBA (en bueno). Ese jaleo de influencias, unido a la visión compositiva y la embestida rítmica del quinteto, por no hablar del vozarrón testosteronil del mencionado Sven, tomaban forma en un disco lleno de sorpresas, donde un baile relevaba al anterior y uno no sabía hacia donde iba a tirar y acababa derrengado de tanto dar brincos y danzar el twist.

Fíjense bien: From the heart down lleva trompetas fleshtonianas y empujones The Plimsouls (“Good & evil”), rockabilly modernizado con caderas pop (“Future kiss”), estribillos con berreado de siglas (“You ain’t different”, y su vigoroso ¡D-I-F-F-E-R-E-N-T!), holocausto australiano a lo Radio Birdman (su casi-casi hit europeo “Walk on by”, favorita de rockeros de uno al otro confín), una que podría ser de BB Sin Sed (“999 kisses”), midtempos tensos y con alto porcentaje de cool (“If I only were lazy”) y una especie de cosa que aquí amamos sin freno y no sabríamos definir: “Sin city”. Tiene sección de viento, un bajo diapasón que recuerda a The Del-Fuegos y un escalonado build-up de canción que no escuchábamos desde los Byrds. Sin exagerar.

El disco, si tenemos que ser francos, está más superproducido y abrillantado que el Pleased to meet me de The Replacements, factor que no es necesariamente malo: aquí nos gustan los discos 80’s que suenan 80’s, aunque sean de garaje-rock. Y tiene un par de canciones mediocres, cosa que sí lo es (mala, queremos decir): “Watch out” es un malaconsejado ladrillo rock de 7:19 minutos que no se sabe muy bien lo que anhela conseguir, y la penúltima canción (“I’ll be your baby tonight”) es lo que ya imaginan: un tema de Dylan que popularizaron UB40, y que tiende a lo odioso lo hagas como lo hagas y lo pongas donde lo pongas. The Sinners fueron y lo colocaron en penúltimo lugar del álbum, emplazamiento que según Robert Forster siempre aloja el peor corte de un LP. En este caso, toda la razón.

The Sinners se rockizaron más y más con cada nuevo álbum, y corporativizaron su sonido de la peor manera hacia principios de los 90’s, llegando a aparecer repetidamente en MTV y siendo nominados para Grammys. The Creeps harían lo mismo con aquel nefasto funk-chungo-en-chalequillos de su última etapa, si recuerdan. Pero nada de esto importa mucho, porque siempre nos quedará su álbum de debut, conseguible por cuatro perras chicas en su ropavejero de confianza. Suyo será, si lo desean con suficiente fuerza. Kiko Amat

Disco del mes (septiembre 2012): THE YOUNG SINCLAIRS Chimeys

THE YOUNG SINCLAIRS

Chimeys

Chimney Swep, 2010

Que la imagen no lo es todo es algo que salta a la vista al observar las fotos interiores del disco: cuatro indies americanos relativamente hirsutos y panzones, atrapados en una serie de imágenes junto a la furgoneta y en repetitivos comederos de carretera. Bostezo. Podría tratarse de cualquiera. Podrían haber grabado el reclásico disco de indie rock americano, del que ya existe una patente sobreabundancia en el mercado, y ser el archienésimo grupo de indie/college rock americano, que ídem. Pero, por fortuna, lo que contienen los surcos es algo completamente distinto: un álbum completo de precioso pop psicodélico, paisley underground y folk-rock añejo, grabado en el año 2008 en un sello microscópico y recibido con ensordecedor silencio mundial.

El grupo se llama The Young Sinclairs, el álbum Chimeys (sin ene), y su caso es parecido al de The Art Museums (pretérito disco del mes en Bendito Atraso): si cierra uno los ojos dejan de ser cuatro yankis patilludos con Vans y camiseta-de-grupo-rock-clásico y se transforman en una mezcla de The Times, The Barracudas del Mean time, Flamin’ Groovies del Shake some action, surtido de power-pop original y cualquier grupo de folk-garaje con fuzz, pelucón y Rickenbackers (The Leaves, por ejemplo). Son, al igual que los Art Museums, cuatro hombres enamorados de un sonido y una era; aunque no buscan sonar obcecadamente antañones, por fortuna. Su perspectiva podría asociarse a los grupos de los grandes grupos de garaje de los 80’s: espíritu sixties grabado en estudios contemporáneos.

El álbum no es perfecto (podría pasar de 13 canciones a 10 y nadie resultaría herido), pero cuando da en la diana, la flecha queda clavada, pueden creerme. “Forever after” es la que suena más a The Times (64 vía 84, Whaaam Records, Ed Ball…) mezclados con los Thanes del “Hey girl”, mientras que el resto del álbum perfecciona hits propios de 1964 a 1966, esencialmente americanos, con el mencionado espíritu paisley underground/80’s garaje. “Didn’t you baby” es el single en potencia: una cosa aguerrida y tierna a la vez, como el ”Violent times” de los Barracudas y el mencionado “Shake some action” de los Groovies. Abunda el folk rock con Rickenbackers al estilo Byrds (“I’ll get even”, por ejemplo), hay una pieza que parece extraída de un Nuggets “Pop” (“We spoke our minds”, que podría venir firmada por The Strawberry Alarm Clock y pueden conseguir en 7”), y por todas partes se encuentra uno ventiscas de arpegios McGuinn, psicodelia folk americana estilo Kaleidoscope, folk-beat pizpireto al modo The Beau Brummels (“You can have her”), incluso un baladón que recuerda a las mejores baladas pop de The Jasmine Minks, “(I need you) To be strong”. Esta última toca hueso de forma particular. Por alguna razón me recuerda a mis canciones tristes favoritas de adolescencia, como “Going her own way” de The Backdoor Men, todas esos lamentos sobre chicas en proceso de marcharse de nuestro lado que tan fielmente relataban el proceso de ruptura adolescente.

El elepé no tiene “dog dinners”, que diría Luke Haines, aunque la única pieza que se aleja de su sonido (“Future man”, con su intento de aplicarle un filo post-punk al ritmo) es, salta a la vista, la peor del conjunto. ¿Algo más? Sí. El grupo como tal ya no existe, pero pueden conseguir el disco –como yo hice- escribiéndoles directamente y mandando dólares. Hagan sus deberes, si les place. El resto de su catálogo se compone de un cassette-only release (la declaración de principios estéril por definición), un álbum recopilatorio de sus CDRs descatalogados y un par de sencillos. Debemos agradecer haber topado con este sensacional disco a Enrique “antena parabólica del indie” Ramos, quien lo puso en un programa de radio al que estuvimos invitados. Todo un hallazgo, Quique. Kiko Amat

Disco del mes (Julio/Agosto 2012): THE BATS Daddy’s highway

THE BATS

Daddy’s highway

Flying Nun, 1987

Como anticipo a este verano nos complace recomendarles uno de los mejores álbumes salidos de Flying Nun: el debut de The Bats. Se titula Daddy’s highway, se publicó en el magnífico año de 1987 (muchos Álbumes del Mes en esta casa se editaron por esos aledaños), y acaba de ser reeditado en su forma original por el sello que lo vio nacer. The Bats eran -y siguen siendo, pues continúan en activo- Robert Scott, Kate Woodward, Paul Kean y Malcolm Grant, y unieron sus destinos en Christchurch (NZ), hacia 1982. Si ustedes están mínimamente versados en el año de marras, y en los artefactos que emergieron de Nueva Zelanda sobre aquella época  (el llamado “sonido Dunedin” de Flying Nun: The Chills, The Clean, The Verlaines, Tall Dwarfs, etc.) ya pueden imaginar cuales fueron los parámetros fundacionales del cuarteto: pop melancólico, sutil y elegante, enraizado en el beat, los Nuggets y la V.U., pero que reusó todo aquel legado para refundar un pop nuevo con actitud punk y espíritu generacional. Sí, aunque emergieran de la otra punta del globo y fuesen santamente a su bola, The Bats –y, por extensión, el Dunedin Sound- suenan a puro 1987 independiente inglés: The June Brides, The Jasmine Minks, Razorcuts, Hurrah!, McCarthy, The Dentists (sin el garaje), pop escocés, etc. Por afinidades, vamos, no por mimetismo. Pop jangleoso con Rickenbackers cristalinas, ocasionalmente modesco y Byrdsiano, a ratos oscuro y amenazante, a ratos trotón y feliciano, pero siempre artesano y meticuloso. Como The Go-Betweens, The Bats prestaban una gran atención a la forma de las canciones, su perdurabilidad, su estructura y composición; buscando un método de componer que no estuviese trillado ni recordara demasiado al rockete de viejo cuño, pero que tampoco escampara por senderos de desvarío experimental.

En el álbum, consecución de varios años lanzando EPs crudos, abundan canciones con el violín solitario de Alistair Galbraith (puro The June Brides), y otras que usan una caja de ritmos razonablemente cálida, y todo se funde en un sonido coherente mediante la voz rica y cercana de Robert Scott, las guitarras quebradizas, el bajo de Kean y el órgano no-garajero de la Woodward. En el terreno de las baladas pop, The Bats son tan efectivos y emocionales como The Jasmine Minks (escuchen “Sir Queen”), pero también dominan la penumbra y lo sombrío (“North by north”, que es como el “Pink frost” de The Chills) y el hit celestial (“Treason”, “Round and down”, “Block of wood”, “Daddy’s highway” y bastantes más). ¿Cimas? Las favoritas de Bendito Atraso, si quieren saberlo, son “I miss these things”, que parece continuamente a punto de romperse y deshilacharse, deshacerse en las manos del oyente, pero se eleva cada vez en un monumental tobogán de crescendo; y una canción extra que no aparecía en el LP original (fue cara B de “Block of wood” y viene incluida en los downloads de la reedición): “Calm before the storm”. Un imponente himnazo POP con coros sacramentales, varias capas de tristeza dulce, sonido cuadrafónico a lo They Might Be Giants y emoción dérmica a porrillo (por no hablar de su letra); una canción que podría haber sido éxito para The Smiths o The Housemartins, o cualquier otro grupo de pop hermoso con acceso al mainstream. 2:50 minutos de absoluta perfección coral que los sencillos chicos de Dunedin decidieron ocultar en una modesta cara B, como si se tratase de un tesoro infantil. Tal vez pensando, con razón, que el álbum ya contenía suficientes canciones rotundas e inolvidables, y que no era plan de ponerse jactanciosos. Kiko Amat

Disco del mes (junio 2012): SKIN-DEEP More Than Skin-Deep

SKIN-DEEP

More than Skin-Deep

Skank Records, 1988

La nostalgia prematura siempre es algo emocionante de contemplar. Es una aberración inspiradora: la melancolía por los años pasados, cuando aún están aquí, sentados a nuestra vera. Skin-Deep, en ese sentido, eran un triple monstruo: adolescentes melancólicos, skinheads y practicantes de un pop-con-armónica-y-vientos que estaba mucho más cerca de The Housemartins que de los Rejects o los 4 Skins.

Skin-Deep pertenecen a la tercera ola ska inglesa (después de la entrada del ska original en los 60’s y su adopción punk por la 2-Tone en 1979), la de mediados de los ochenta. Es esa una ola un tanto denostada, porque –es cierto- engendró a unos cuantos grupos y discos mediocres (Off The Shelf, el terrible Ska for ska’s sake, casi todos los grupos americanos exceptuando a The Toasters…). Pero, a la vez, también produjo un puñado de discos excelentes de grupos olvidados: The Loafers, The Burial, unas pocas de The Riffs (“Blind date”, en concreto), The Hotknives, The Braces (“Julie Julie”, súper-hit de toda la vida en Bendito Atraso) y, de manera preferente en esta casa, Skin-Deep. El grupo se formó en 1985 en Doncaster, y permaneció en activo solo tres años, disolviéndose en diciembre de 1988. En ese breve periodo de tiempo, la banda alcanzó a editar el excelente LP More than Skin-Deep, un artefacto pop 80’s altamente inusual que un fan del pop dudaría en adquirir, por culpa de ese inquietante logo Lonsdalesco (mil veces utilizado en el Oi! más gutural e insatisfecho) y por la abominable tira cómica del dorso.

Pero no: More than Skin-Deep está en las antípodas más antipódicas del Oi! (por mucho que el género nos guste lo suyo aquí). A excepción de la versión del “Come into my parlour” de The Bleechers, tampoco abunda el reggae o el ska como tal, si bien las guitarras escupen skank-skank de vez en cuando. Las coordenadas son plenamente pop: Housemartins baratos de cara B (piensen en “The mighty ship”), Jam y Madness, Redskins (sin el deje funk), northern soul chapuzas y algo de mod revival, incluso folk acústico envuelto en Harringtons. Una gran mayoría de canciones del álbum hablan de “aquellos días”, de cómo terminaron nuestros años de juventud, y mira que creíamos que iban a durar siempre, y ahora está todo perdido, perdido sin solución. Fútbol por la calle, durmiendo en comisaría, persiguiendo a chicas, dando lustre a las botas, cortándonos el pelo una y otra vez, haciendo novillos, condecorándonos con chapas. Su lírica, a pesar de las cabezas rapadas y las Martens de ocho agujeros, desprende una madurez y una sensibilidad muy poco común en el entorno skin. Skin-Deep son, por contradictorio que suene, skins meditabundos, pelados sensibles y muy, muy entrañables. La voz de Wayne Kenton es naíf, esforzada, temprana. Escuchando el álbum te dan ganas de abrazarle con fuerza, y frotarle el cráneo, y luego susurrarle Tranquilo, hombre, todo saldrá bien.

Por supuesto, no todo salió bien, especialmente para el notorio Mik Whitnall (guitarra), que después de una adolescencia como amoroso skin norteño, y después de haber engendrado las perlas de este álbum (además de una segunda parte con los elegantones y jamaicanescos The 100 Men), decidió mandar salud y legado a hacer gárgaras e ingresar en el nefasto grupo del igualmente nefasto Pete Doherty, Babyshambles. Solo podemos vaticinar qué debe sentir Whitnall, entre entrada y salida de centro de desintoxicación y onerosa foro de portada en el News of the World, al escuchar aquellos evocativos hits de su infancia. Las hermosas y prematuras “All the fun”, “Our own way”, “I won’t be fooled” (100% The people who grinned themselves to death), “More than Skin-Deep”, con todas esas trompetas juveniles, el intenso instrumental “Baddies boogie” (que, ¡oh ironía!, Pete Doherty recuperó catastróficamente para su espantoso grupo) o la Billy Bragg-esca “The Sycamores”, quizás la canción más extraña jamás grabada por un grupo skinhead: guitarra casi acústica, miradas afligidas, timidez e inseguridad, y un tono general que recuerda a los Smiths, o los Jam del “Fly”. Folk con bombers y una lectura política similar a la de “The Eton Rifles”: esos chavales de barrio pijo y universidad privada (The Sycamores era una zona residencial para familias adineradas de Doncaster) son los que nos van a llevar al horror nuclear. ¿Quién dijo que los skinheads no podían ponerse profundos (a su manera)?

Como pueden imaginar, More than Skin-Deep fue ignorado de forma unánime por toda la prensa musical del Reino Unido. O sea: es que ni salió comentado (a los Cockney Rejects al menos sí los sacaban, aunque solo fuese para insultarles). Y es que a los periodistas musicales nunca les han hecho demasiada gracia los pelados, quizás porque uno no puede citar a Mallarmé o Guattari al hacer crítica de sus discos. Pero no sufran: Bendito Atraso se complace una vez más en corregir el acostumbrado desvío intelectual de la prensa mayoritaria presentándoles aquí el mejor disco grabado por un grupo de skins adolescentes. Como pronto comprobarán, es una frágil y memorable maravilla. Kiko Amat

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