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Libro del mes (mayo 2013): RICHARD PRICE The wanderers
Richard Price
Roja y Negra (Random House Mondadori)
263 págs.
La esencia de The Wanderers, para mí el mejor libro de Richard Price, podría resumirse con la simple respuesta que dio el autor a una de nuestras preguntas, en la inspiradora entrevista que le hicimos hace unos años:
“En ese cambio de dinámica, quizás lo más perceptible es la desaparición de la mitología. The Wanderers estaba más cerca de Hubert Selby Jr. o Algren, escritores muy emotivos y poéticos, pero poco a poco has ido evolucionando hacia una mirada más sobria.
“En efecto, el mito ha saltado por la ventana. The Wanderers era un libro emocionalmente realista, pero en todo lo demás su tono era… Como si los protagonistas se emborracharan 25 años después de los hechos y empezaran a deslizarse por la senda de la memoria. Ese es su armazón: la reminiscencia deformada por el alcohol, el realismo mágico, la nostalgia, el pasado reinventado. Ese tipo de magia todavía perdura en mis libros, pero creo que se muestra exclusivamente mediante el lenguaje. En todo lo demás, me concentro en lo que de veras está sucediendo”.
The Wanderers, así, es un libro emocionalmente realista, y la cima de la Primera Persona de Price. Habla de él mismo y sus amigos de juventud como ningún otro libro suyo haría (la otra excepción es el también genial Bloodbrothers, que abandona el pandillerismo para concentrarse en la familia y los lazos de sangre). El propio Price admite en dicha entrevista que hacia el cuarto libro estaba completamente quemado por la narrativa más o menos vivencial, y que decidió emprender una segunda etapa de algo que podría definirse con las palabras de Nelson Algren: “reportaje emocional”. Así, existen dos etapas claramente definidas en la obra de Richard Price. El Realismo Emocional o Novelas Vivenciales por un lado (The Wanderers, Bloodbrothers, etc), donde el autor escarba en sus propios recuerdos y experiencias, y por el otro los libros de Reportaje Emocional, donde Price se mete en pieles ajenas y vive las vidas de otros (de Clockers en adelante, hasta –de momento- La vida fácil). Dicho esto, aunque respetamos toda la carrera del escritor, y desde luego celebramos sus guiones para The Wire y todo lo demás, no hará falta que les diga qué sección de su obra celebramos con aquí más pasión.
Yeah: la mitológica. Acertaron. The Wanderers, lo afirmaba el propio Price, es un libro lleno de nostalgia, melancolía y épica, aunque no por ello exento de dureza y pena. No se puede explicar mejor: lo que cuenta The Wanderers no es exactamente lo que sucedió en la adolescencia de Price, sino el relato que emergería si toda la panda se juntase en un bar veinticinco años después y empezaran a contar batallitas y a ponerse sentimentales después de unos cuantos chupitos. “La reminiscencia deformada por el alcohol”, añadió. O, como diría Harry Crews, una verdad emocional envuelta en una sarta de mentiras. The Wanderers puede inscribirse perfectamente en la tradición de novelas sobre pandillas y delincuencia juvenil, a la vez que en la de novelas marginales escritas con emoción. Imaginen Rebeldes o Principiantes, solo que en duro. Imaginen Última salida para Brooklyn, con menor sordidez y alguna que otra victoria pírrica. Piensen en Another Saturday Night de Nik Cohn, un relato de espíritu idéntico al de este. Y no teman imaginar Rompepistas porque, qué narices, no existiría si no hubiéramos leído varias veces The Wanderers. Las cosas como son, y no somos Led Zeppelin.
El debut de Richard Price es simplemente la mejor explicación de los vínculos existentes en una pandilla de jóvenes que se ha hecho jamás. Es un libro que habla de ser adolescente, y las rabias, pasiones y dramas que vienen en tal pack. Sus protagonistas tienen entre 16 y 17 años, los de 18 se perciben como mucho mayores, y los de 21 son casi ancianos (según Los Wanderers). Es justo la perspectiva que existía en mi adolescencia, en 1987. Un mundo de niños donde se han cambiado los juguetes por singles, navajas, chavalas, chupas de cuero y partidas del millón. Nadie como Price ha analizado los comportamientos y relaciones que anidan en la tribu juvenil: el énfasis en el prestigio y la masculinidad, la zanja existente entre caradura pública y blandura privada, el hacerse el machito y luego lidiar con los demonios de forma privada, el caparazón y la debilidad, la completa segregación chicos-chicas, el aburrimiento, la excitación, el atolondramiento, el sentimiento fácil, el zumbido, el arrebato, la pasión por el ruido y el volumen.
¿Y mientras tanto dónde se encuentran los padres de dichos teenagers, se preguntarán? En la novela solo existen cuatro tipos de padres: 1) Padres que riñen 2) Padres idiotas 3) Malos Padres y 4) Padres Ausentes. O una pasmosa combinación de los cuatro elementos. La mayoría zurran a sus hijos, la otra mitad les observan con completa incomprensión. En todo esto The Wanderers y sus coloridos nombres (Eugene Caputo, Buddy Borsalino, Richie Genaro, Joey Capra…) se montan su historia: juegan al fútbol en parques, buscan desesperadamente perder la virginidad, se dan de cazos día sí día también con el resto de pandillas rivales, inventan insultos sobre madres ajenas y disfunción eréctil y chupar pollas haciendo uso de una asombrosa capacidad de imaginación y expresión oral (pese a lo ruinoso de su currículo académico), hablan de nenas guapas y de lo burros que son los padres de cada uno, chismorrean sobre este y aquel, hablan de novias reticentes y hacen ver que follan más de lo que lo hacen. Van clavando remaches en el machito exterior pero por dentro tiemblan y se estremecen de puro pavor. No piensan demasiado en el futuro pero, cuando lo hacen, se dan cuenta de que no pinta extraordinariamente halagüeño. Sueñan con huir de allí pero son patológicamente incapaces de imaginar cómo (lo de ir a la universidad ni se contempla, desde luego): uno de los pocos puntos de fuga que se plantean es la marina mercante. Y mientras pasan los días siguen emborrachándose, mascando chicle, escuchando a las Shirelles y a Dion y jugando a los bolos y tratando de meterse entre los muslos de alguna italiana con acné y pelo de colmena.
Esta historia podía contarse de muchas maneras, pero Richard Price utiliza las herramientas que valoramos en la Iglesia del Bendito Atraso: sencillez, excitación, mito, épica, ruido, contención, arrebato. Impulso perpetuo, chispa electrizante. Como dijo Nik Cohn: “No es que en principio tenga nada especial contra las obras maestras, pero yo me inclino por la imagen, por lo heroico”. Obsesiones teen plasmadas en imágenes inolvidables. Cohn dijo también que el pop debía ser “sencillo e inteligente a la vez, debe encerrar hábilmente sus implicaciones y tiene que ser rápido, divertido, sexy, obsesivo y un poco épico”. Todo ello resume bien lo que también es The Wanderers: puro ruido teen, escrito con la melancolía, la tristeza y el pathos de alguien maduro que ha dejado aquellos años atrás; pero sin olvidar. Sin olvidar la belleza, las prisas, el amor por estar vivo y la excitación de cada nuevo mañana. Y sin poder cicatrizar, tampoco, el dolor por las derrotas y por las cosas que podían haber sucedido pero finalmente no lo hicieron. Todos los sueños rotos. The Wanderers es uno de los mejores libros jamás escritos sobre la experiencia adolescente, con todas sus manifestaciones -la chulería, el flash, el ritmo, la inocencia a punto de ser asesinada, la pasión no negociable, la inconsciencia y el atolondramiento más encantador- narrada con la mejor épica y el sentimiento sincero.
The Wanderers está, ya lo imaginan, también llena de rock’n’roll y pop: The Shirelles, Dion, Smokey Robinson & The Miracles, Neil Sedaka, Fabian, Marvin Gaye, Mary Wells. “Any day now” y “Soldier boy”. “Da Doo Run Run” y “Donna”, “Sherry” y “Runaround Sue”. Asimismo, es de agradecer que todos estos referentes solo aparezcan como lo que son: amores de los Wanderers, herramientas que usan los chicos, cosas que escuchan mientras suceden las cosas que suceden. No hay análisis musicales, no se mencionan vidas de músicos. “Dieciséis lentas, doce rápidas y seis cha-cha-chás”. Oh, Dia-a-a-ane. Música para meterse mano. Música para soñar en habitaciones púberes llenas de pósters. Sin nada de esa sobrereferencia tan en boga hoy que hace que las novelas parezcan interminables catálogos de gustos del autor (hablo de ti, en efecto, Michael Chabon; no te escondas, Dana Spiotta; ponte en pie, Arthur Nersesian; un paso al frente, Jonathan Lethem).
Mi escena favorita de The Wanderers es, por supuesto, la de la despedida de la panda en la boda de Buddy Borsalino, y con ella quisiera despedir esta reseña:
“Joey cantaba y lloraba a la vez. A Perry le entró una gran tristeza que le hormigueaba por la cabeza y los hombros. Richie estaba aterrado por lo que no sabía. Eugene se conmovió con las lágrimas de Joey, pero tenía más de media mente puesta en Nina Becker. Buddy rodeó con los brazos el cuello de Richie y de Joey y apretó tanto como pudo, como si cuanto más apretara, más cosas seguirían igual. No tardaron en estar todos con los brazos rodeándose el cuello unos a otros, con los dedos clavados en la carne, tratando de formar un círculo que nada –escuela, mujeres, niños, bodas, madres, padres- pudiera penetrar”.
Kiko Amat
Libro del mes (marzo 2013): KEN KESEY Casta invencible
Casta invencible
El Aleph Editores
Parece un ladrillo, y en cierto modo lo es. Un arma arrojadiza. Casta invencible es el segundo libro de Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, reputado freak 60’s, icono contracultural, ilustre pirado, pionero del LSD, capitoste de los Merry Pranksters y héroe personal de Bendito Atraso. Kesey escribió este particular sujetapuertas de 785 páginas en 1964, lo llamó Sometimes a Great Notion, e inmediatamente después de poner el punto final decidió que la novela como formato narrativo estaba obsoleta, y que pa’qué voy a releer ahora todo este berenjenal. Casta invencible, así, merece ser leído con generosidad y también con generosas dosis de contexto. Cómo decirles: es un libro no corregido; publicado a pelo y con un par. Nadie se atrevió a toserle a Kesey lo de las casi ochocientas paginotas (¡eh, vuelve aquí, puto demente!) y si lo hicieron, él ya no estaba por la labor. Se había encaramado a Furthur (autobús de los Pranksters, con Neal Cassady al volante) vestido de Capitán Marvel, subido de STP, y ya quemaba llantas en dirección a Nueva York, donde iba a presentarse la novelaza. Yo me lo he tomado siempre como un libro póstumo, a Casta invencible, como si algún piernas se hubiese encontrado el fajo de folios en un desván y el editor hubiese decidido que la ocasión la pintaban calva. Ken Kesey, el novelista, en cualquier caso, ya había muerto (figurativamente hablando) y entrado en otro plano de trascendencia: la piradez iluminada (él lo llamaba “entropía”), que desde luego debió reportarle muchas más alegrías que las que le había dado encerrarse en un cubículo durante meses para escupir páginas manuscritas. Kesey se montó un Tolstoy, lió un Bill Withers, nos hizo un Alison Statton y nos enseñó un dedo corazón erecto. Se largó, importándole dos pedos lo que pensáramos de él y de sus obligaciones como novelista insustituible del siglo XX, se largó para bailar danzas arapahoes y beber con Ángeles del Infierno y pintarse la cara una y otra vez, y nos dejó esto en el regazo. Esta cosa. Esta cosa que uno no sabe como masticar.
Les he dicho todo lo anterior para que luego no me lloren. Casta invencible es uno de los libros más difíciles que van a leer en su vida, y su lectura un reto que no debe tomarse a la ligera. Casi todas las decisiones de forma y estilo que toma Kesey desafían las convenciones habituales. Es difícil saber qué hacer con ella. Para empezar, es algo experimental. La voz narrativa cambia de un personaje a otro sin avisar (quiero decir sin avisar en absoluto), como si la primera persona fuese una pulga chiflada que anda brincando de un cerebro a otro. Eso ya hace que el libro deba leerse con cierta atención. En segundo lugar, ya lo habrán sospechado, es largo. Oh, sí. Largo como un día sin pan y sin reloj en medio del desierto, enterrado en arena hasta el cuello. No sé ustedes, pero yo no suelo leer libros de 800 páginas. No son lo mío, y La hermandad de la uva
tiene 206, cómo se lo explico; esa es mi extensión predilecta (300 si enloquezco). Para más inri, el libro es también algo errático, y Kesey se recrea (igualito que un tipo que anda por el mundo con un gran ciego de ácido, de hecho) en los detalles más nimios. No está pesado ni medido, Casta invencible: unas conversaciones duran media página, otras veinte. Idealmente, una novela debe estar unificada, debe usar a lo largo de la narración unas similares unidades de medida, y ésta desde luego no pasó por el proceso. Kesey se pasó por las nalgas el proceso, fuese el que fuese. Otra cosa: empieza con una descripción de un paisaje y su tiempecito, que como todo el mundo sabe es la destrempada #1 para un lector. Elmore Leonard lo dijo más clarito que el agua: “Never open a book with weather”. Y por si todo esto les parece poco, también abunda el cortinaje, que es como los escritores no-posmodernos y no-metaliterarios denominamos a la sobreabundancia de cursivas. Palabras inclinadas aquí y allá, que indican las cosas más terribles: referencias a libros ajenos, fragmentos oníricos, pensamientos en voz alta, idiomas ajenos al de la novela (franchute, las más de las veces), todo eso. En el caso de Casta invencible se trata, por fortuna, solo de diálogos interiores, pero no por ello deja de ser algo exasperante. Cortinaje: cuanto menos, mejor. En cualquier caso, Kesey también se limpió el trasero con esta idea.
Bien. Hasta aquí todas las razones para no leer la novela. Pero no es eso para lo que les he citado aquí. Esta vez les insto a saltar grácilmente sobre los defectos de Casta invencible y leerlo igualmente. Hagan el favor de confiar en mí. Las recompensas son numerosas. Casta invencible es un libro sobre la testarudez, el coraje y seguir el camino que uno escoge incluso si se te pone en contra el planeta entero. Es un libro sobre el individualismo, sus bondades y sus peligros. ¿Qué haces cuando las opciones vitales a considerar son Individualismo Brutal o Colectivismo Domesticado? La novela cuenta la historia de una familia de leñadores de Wakonda, Oregon, los Stamper, y cómo deciden ponerse en contra de los sindicatos (y el pueblo entero) ignorando una huelga pactada. Se trata, en efecto, de una familia de esquiroles, y ya pueden situarlos en el contexto de la época que, hagan lo que hagan, continuarán siéndolo. En ese sentido, Casta invencible deambula por una senda en apariencia similar a la de The angry silence, el drama inglés de 1960, las preguntas que se hace son las mismas, y también puede (como en la película) tomarse por los lados equivocados. No lo hagan. Kesey no defiende este individualismo demencial, como tampoco defiende cierto tipo de borreguismo colectivista. Van mal dadas por ambos lados, y la simpatía que generan tipos inolvidables como el patriarca de la familia, Henry Stamper, son del tipo Sopranil: menudo hijo de perra, cómo se puede ser tan cabezota, etc. La empatía es resbaladiza, y Kesey nos quita y da esa identificación con los Stamper a su antojo. Los vas odiando y amando todo el rato, como sucede en la vida real con nuestros amigos y familias. Putos paletos, los Stamper, pero qué pelotas tienen, no hay bicho que les doblegue, y así una y otra vez.
Casta invencible también habla de conflicto. De guerras y batallas y luchas extenuantes, antiguas como el planeta. De barricadas inacabables e ínfimo terreno ganado, como en la Guerra del 14. Habla de familias, y lo que sucede en ellas. Son guerras entre los dos hermanos, Hank y Lee, uno el rudo y retaco leñador, el otro el estudiante que regresa al redil familiar para ayudar con la faena; dos visiones del mundo enfrentadas, un diálogo manchado y empañado por años y años de afrentas, rencillas, desdenes y dolores, una conversación imposible en donde el menor desliz abre todas las viejas heridas. También es la guerra de una familia contra El Resto del Mundo: fuck the world. Y otra guerra: el hombre contra la tierra. La naturaleza en Casta invencible no es del tipo En azúcar de sandía, no es la madre tierra benigna y floreada de los sueños hippies, los
campos de fresa forever. Esta es la naturaleza de ríos desbordados que se llevan pueblos por delante, es la de los tifones y los huracanes y tsunamis y relámpagos, la que mata personas y arrasa ciudades. Es la naturaleza en rebelión contra las agresiones del hombre; la palmada refleja contra el parásito que está a punto de hincar el aguijón. En eso Kesey, como los Stamper de la novela, fue también incapaz de doblegarse a las expectativas de su público y tiempo. Charles Bowden lo dice bonito en el prólogo: “Kesey era el héroe de la generación tye-dye, y sin embargo sacó un libro gigantesco que hablaba de camisas de franela, sudor, trabajo brutal en los bosques, un libro casi prehistórico en sus rabias y amores y creencias”. Solo por eso ya hay que amar a Kesey. Es una jugada Rowlandiana en todo su esplendor, un zurullo en la cara de las expectativas generadas: tomad, blandengues de la contracultura, freakies pasmados, aquí tenéis un libro atávico y cerril sobre rompehuelgas acabronados e ignorantes luchando contra la comunidad y los árboles. ¿Os gusta? ¿No? Bueno, pues iros a la mierda. Cassady, pon en marcha el autobús, leches. Ken Kesey dijo una vez: “La faena del escritor es no besar culos, no importa lo grandes y sagrados y blancos y tentadores y poderosos que sean”. Kesey no besó un solo culo, y esa es otra razón para amarle, y para amar Casta invencible, su particular coloso en llamas, su Titanic, su golem patoso.
Casta invencible está increíblemente bien escrito, a pesar de los obstáculos antes nombrados, y las frases memorables que les asaltarán (mi copia original en Penguin Classics está hecha un asco, destripada por furibundas cicatrices de subrayado y llena de post-its amarillentos), y los personajes increíbles que amarán-odiarán, compensan por el arduo camino a través de las zarzas. Es un libro lleno de sabiduría y profundidad, que habla como pocos de la condición humana, de las cosas que hacemos, de las batallas que perdemos y las victorias inútiles que nos llevamos al buche. En él hay muerte, dolor, violencia, deseo, esfuerzo y una testarudez sobrehumana. Y leerlo, ya les conté, es una lucha. Una de las buenas, un combate apasionante. En cierto modo encaja que una novela sobre combates extenuantes y sobre la cabezonería de unos cuantos hombres asilvestrados requiera para su lectura una cantidad equivalente de empuje y sufrimiento lector. Casta invencible va, primordialmente, de “¡Jamás cedas un centímetro!” (el lema de los Stamper) y va de luchar por algo. Si ustedes ceden una sola página, si ustedes dejan de luchar, nunca lograran coronar su cima. Esto no es un libro, es una prueba hercúlea, y no todos pueden pasarla. Veamos quién es el jabato que lo termina. Y lo termina bien. Kiko Amat
Libro del mes (febrero 2013): LARRY McMURTRY La última película
La última película
Gallo Nero Ediciones
Pocas cosas hay más tristes que estar atrapado en un pueblo en mitad de la nada. De hecho, hay muchas cosas más tristes que ésa (gulags, orfandad, hambrunas, discos de Radiohead, etc.), pero me refería en particular a la tristeza por erosión; esa que casi ni sabes que existe, de tan acostumbrado que estás a llevarla en hombros, como si fuese un niño de dos años particularmente gandul, hasta que un día te levantas por la mañana y, tirándote de los pelos, exclamas: DIOS MÍO ME HE ESTADO ABURRIENDO LOS ÚLTIMOS VEINTE AÑOS. Entonces te pones los pantalones y los zapatos y la camiseta y te marchas a otro lugar, cuanto más lejos mejor. Sin decírselo a nadie. Mejor así.
La última película, de Larry McMurtry, es el mejor libro jamás escrito sobre soledad, tedio y desesperación pueblerina. Desesperación callada, que es la que de verdad acaba matando. “Sonny estaba desconcertado, no sabía cuál era el problema”, escribe McMurtry, describiendo una de tantas metidas de mano rutinarias en el coche de uno de los protagonistas, “no se le ocurrió plantearse que se aburría”. Los tres temas fundamentales del libro son, precisamente a) Esa angustia-aburrimiento plomiza y espesa de pueblo que lo cubre todo, b) El deseo de escapar por cualquier método a tu alcance de ese eterno aburrimiento de pueblo y c) Las majaderías que pones en práctica cuando un día reparas en que jamás, después de todo, vas a abandonar tu maldito pueblo. La última película es como The Wanderers en rural y amplio y ventoso, sin la sordidez de violaciones, navajazos y abortos; es Rebeldes sin ni tan siguiera meneo de bandas y hostilidad nocturna (a sus personajes se les niega incluso esa excitación; no hay nada contra lo que rebelarse de forma tan obvia); es como American Graffiti a la mañana siguiente, y desde la perspectiva de los que se quedan: la noche de diversión ha quedado atrás, y ahora cómo cojones encaramos los siguientes 60 años de hacer lo mismo. Cada. Día. De. Nuestra. Puta. Existencia. Knockemstiff sin drogas. “Curbside” de Damien Jurado, puesta en páginas de ficción. “Now those days are gone / Slowly they’d slipped away”.
Los personajes de La última película son ratones atrapados en un laberinto muy grande (las vastas llanuras tejanas) pero que deambulan por pasadizos muy estrechos (la limitada visión del mundo que se tiene en un villorrio con un par de centenares de habitantes: Thalia). Todo es estático, en Thalia. Nunca sucede nada. Todo el mundo conoce a todo el mundo: sus secretos, lo que hicieron ayer, su pasado, sus traspiés, sus cornadas. “Small town, small minded”, cantaban los Lambrettas. En ese opresivo medio ambiente, los personajes de La última película hacen lo que pueden para evadir su hastío.
Centran la narrativa del pueblo dos mejores amigos: Duane, el guaperas futbolista, y Sonny, su adláter tímido y más patoso (especialmente con las mujeres). Ambos pasan el tiempo morreándose con sus novias, jugando al billar en los únicos billares del pueblo, tomando batidos en el único café del pueblo y viendo filmes en el único cine del pueblo. Qué grande monde. El dueño de las tres cosas es Sam The Lion, cansado señor con perpetuo dolor de pies que también oficia de mentor/padrino de los dos muchachos. ¿Novias? La importante es la guapa y rica, Jacy Farrow, que sale con Duane y es hija de la antaño gran beldad de Thalia, la elegante y borracha y amarga Lois Farrow. Jacy es manipuladora, vana y pizpireta, mientras que su madre –uno de los grandes personajes secundarios de la novela- es una especie de Mrs. Robinson de provincias. Todos los personajes se sienten insatisfechos, melancólicos y asqueados (los jóvenes sin ser conscientes de ello). Sonny empieza una relación adúltera (su primera relación, de hecho) con una señora madura, la abatida Ruth Popper, esposa del entrenador del equipo de fútbol. Lo de Sonny y Ruth es como un Verano del 42 en un paisaje infinitamente peor, aunque no exento de cariño e intimidad. Jacy, por su parte, planea unirse al grupo de fiesteros pijos del pueblo vecino, pero para ser aceptada por su líder primero tiene que perder la virginidad. El inocente y casamentero Duane, que bebe los vientos por ella, será su gran baza. Todo se desencadena desde allí.
Larry McMurtry, el autor, es un célebre ex-librero, novelista y guionista tejano que ha escrito un montón de novelas, la mayoría ambientadas en el Oeste americano, otro buen montón en la Texas de hoy. Fue amigo de Ken Kesey, y de hecho yo escuché hablar de él por primera vez en Ponche de ácido lisérgico de Tom Wolfe, aquella crónica sobre el viaje en autobús de los Merry Pranksters. McMurtry, que había estudiado con Kesey en la Stanford University, fue el anfitrión de Kesey y sus Bromistas cuando su periplo les llevó a Houston. Le debió costar una fortuna adecentar la casa tras su partida. La última película, como ustedes saben, fue llevada al cine de forma inusualmente bella por Peter Bogdanovich en 1971, en el filme del mismo título. McMurtry también es autor del guión de Brokeback Mountain, el largometraje que ha jorobado las excursiones de pesca de todos mis amigos hasta el fin de sus días. Ahora sabemos qué sucede allí.
La última película es la tercera novela del autor (de treinta o así que escribió), y aparentemente la que contiene más resonancias autobiográficas. Una excelente obra de narrativa sobre sueños rotos, ansia de escape y monotonía opresiva, escrita con profunda sencillez y llena de belleza. Sonny, hacia el final del libro: “Le invadió una sensación similar a la que experimentaba por las mañanas, con la diferencia de que esta nueva percepción era peor: entonces se había sentido solo en el pueblo, pero allí, de pie en las líneas de banda, sujetando la cadena, se sintió como si ni siquiera estuviera en el pueblo; no estaba en ninguna parte”. Ruth Popper, en la penúltima página: “Notaba que en la punta de la lengua tenía algo que le había llevado cuarenta años aprender, algo sabio, o valiente, o hermoso, que por fin podría decir. Sería justo lo que Sonny necesitaba saber de la vida, y lo habría dicho de no haberse sentido tan poseída por su propio alivio”. Como John Fante, McMurtry cuenta una serie de verdades desnudas, sin filigranas ni trucos. “Cuanto más ajustado y pequeño lo hacías”, decía Bukowski, “menos cabida tenían el error y la mentira”. McMurtry explica esa inmovilidad, ese repentino deseo de algo, lo que sea, que se despierta un día en el epitálamo de algunos personajes, y lo explica armado de contención y simplicidad y Verdad. Sin gritar ni prestidigitar. Página a página. Son su pausa y nulo deseo de hacerse notar, sus frases discretas pero concretas, las que consiguen transmitir la quietud mortecina, la estrechez estranguladora, de Thalia y sus habitantes con tal efectividad. Lo que sucede allí, lo sentimos en el alma. Lean y suspiren por Duane, Sonny, Jacy, Lois Farrow, Sam The Lion y Ruth Popper. No son personajes fáciles de olvidar. Una novela gigante, de palabra sencilla y herida perpetua. Me encantó. Kiko Amat
Libro del mes (enero 2013): WAGUIH GHALI Cerveza en el club de snooker
Waguih Ghali
Sajalín Editores
Traducción de Güido Sender Montes
215 págs.
Bares, nostalgia y amistad entre hombres. Tres preceptos que hacen de esta novela uno de mis pequeños hits personales de los últimos meses. Cerveza en el club de snooker, de Waguih Ghali, es un libro entrañable que me colmó de paz y simpatía. Pertenece a la tradición angry inglesa del Hurry on down de John Wain o el Look back in anger de John Osborne, mezclada con el humor estudiantil del Lucky Jim de Kingsley Amis o el Decadencia y caída de Evelyn Waugh (de acuerdo, quizás no tan tronchante), si bien está situada (para mi estupor) en un ambiente completamente inesperado: el egipto de Nasser de principios de los años sesenta. No se trata de un libro europeo con ínfulas multiculturales, sino lo opuesto: un libro europafílico escrito desde las orillas del Nilo. Los más despiertos de ustedes ya habrán identificado la dolencia que lo gestó: anglofilia. La vieja anglofilia que también sufrieron Mazzini, Voltaire y el Kaiser Guillermo, la que Ian Buruma definía tan bien en Anglomania y que Waguih Ghali, autor de esta feliz obra de arte, sin duda notó palpitar en su corazón.
Cerveza en el club de snooker es un trabajo indudablemente vivencial, pues –como nos indica la contraportada- Ghali pertenecía a la rama pobre de una familia cristiana de Egipto. Fue partidario de la política anticolonialista de Nasser, pero al poco tiempo se afilió al partido comunista y desarrolló una perspectiva crítica con la política represiva del nuevo gobierno. Ghali emigró primero a Londres, luego a Suecia y finalmente a Alemania, donde –mientras trabajaba en una fábrica- escribió en inglés ésta, su única novela. Ghali se suicidaría en 1969 en el piso londinense de su amante, la editora Diana Athill.
Los dos protagonistas del libro, Ram y Font, son dos jóvenes amigos egipcios, “ingleses hasta la náusea”, que sobreviven en el Cairo de principios de los sesenta, soñando despiertos con sus años londinenses. Para mellar el aguijón de la melancolía, Ram y Font le atizan con saña a un sustituto casero de la Bass (lo consiguen mezclando cerveza egipcia, whisky y vodka) y pasan los días holgazaneando y bebiendo en el club de snooker donde trabaja el segundo. Un minuto suspiran sobre Albion, al siguiente están reflexionando sobre su identidad, ya alterada sin solución: “La sofisticada mentalidad europea había matado algo bueno y natural que poseíamos, lo había matado para siempre jamás. Ahora me doy cuenta de que tanto Font como yo perdimos lo mejor que teníamos: el don de nuestros nacimientos, por así decirlo; algo indescriptible pero sólido, oculto y, sobre todo, natural. Lo perdimos para siempre. Y quienes saben lo que es, no pueden apoderrarse de ello… Poco a poco perdí mi yo natural. Me convertí en el personaje de un libro o en alguna proeza de la imaginación; mi propio actor en mi propio teatro”. Y también: “Nos fuimos aquel día y ya nunca volveremos, aunque ahora volvamos a estar aquí”.
Indudablemente, Ram y Font se han convertido en otra clase de gente. Egipcios aguados que pasan el día idealizando ese mundo “de intelectuales, trenes bajo tierra, calles adoquinadas y verdes prados (…) El mundo donde los estudiantes tenían habitaciones, y novias mecanógrafas, y cantaban canciones y bebían cerveza en grandes jarras, nos llamaba a gritos. Un mundo enteramente imaginado”. Paradójicamente, o no tanto, Ram y Font son furiosamente anti-colonialistas, y detestan a la burguesía europeizada de su propio país. Uno puede comprender su punto de vista: Ram y Font parecen defender su derecho individual a enamorarse perdidamente de una cultura lejana sin que por ello esa cultura tenga que venir a meter el hocico en el Canal de Suez, cambiar el paisaje y decirles a sus compatriotas cómo tienen que vivir. Los que vivimos una dicotomía parecida a orillas del Mediterráneo sabemos lo que siente Font: ¿por qué no puede uno fantasear sobre una Inglaterra de Conan Doyle, R&B y bicicletas Raleigh sin que tengan que desembarcar catorce millones de turistas ingleses en su propia casa? La anglofilia es una dolencia que se fortalece a base de intimidad, no de hegemonización (y mucho menos de colonización).
Toda esa vieja anglofilia, por añadidura, posee una ironía final: lo que les sucede a Ram y Font es la misma tesitura en la que se encontraron los mods originales de los sesenta. Tanto intentar parecer italianos o parisinos solo hacía que subrayar su acérrima e inmutable britanidad patizamba. Ram y Font nunca serán otra cosa que lo que son: egipcios anglófilos, con lo mejor y peor de ambas culturas. Ram y Font cuentan chistes egipcios pero hablan ojipláticos de Kilburn, WW Jacobs y el New Statesman; se afilian a la revolución egipcia (“la única cosa importante que nos había pasado era la revolución egipcia. Nos hicimos a ella de manera natural e incondicional, sin ningún fanatismo ni propósito concreto”), detestan a los ciudadanos americanizados y se entregan con cierta vehemencia al activismo político anti-imperialista, aunque en el club de snooker sigan pensando en pintas de bitter y en Virgina Woolf. Su situación tragicómica les hace adorables. El espacio que habitan, ese punto temporal con fecha de caducidad que caracteriza los periodos de inmediata posguerra o entreguerras (Berlin de 1950, Weimar, India colonial, etc.) aporta a la novela un muy adecuado contrafuerte de volatilidad efímera, aburrimiento Commonwealth y europeidad a punto de desmorone. Ram y Font deambulan por ella como argonautas medio curdas, más sentimentales que músicos irlandeses, empapados de nostalgia por el futuro, por las cosas que aún han de suceder.
Dicho así, podría parecer que el libro es una larga disertación sociocultural. Nada más lejos de la realidad. Escrito con una prosa sencilla, limpia y elegante (piensen en Sillitoe o Fante), Waguih Ghali nos cuenta una historia, o muchas. Suceden cosas. Hay innumerables peleas de amigos (Ram contra Font, Font contra Ram), un divertido y extenso flashback londinense, travesuras semi-revolucionarias por el Cairo nocturno, merluzas cotidianas, amor no correspondido y luego sí correspondido (la elusiva Edna) y, sobre todo, mucho despertar a la vida. Ram sueña y bebe y piensa y lee y romantiza: “Quería vivir. Leía y leía y Edna hablaba y yo quería vivir. Quería tener asuntos con condesas y enamorarme de una camarera y ser un gigoló y ser un líder político y ganar en Montecarlo y ser vagabundo en Londres y ser artista y ser elegante y ser harapiento”. Cerveza en el club de snooker enamorará, así, a los afectos a la novela de formación, de ritos de pasaje, que encontrarán aquí toda la inocencia, humor, bochorno, sed de experiencia y ansia de pasión que caracteriza a las novelas de jóvenes airados con corazones llameantes. La única diferencia es que, en este dulce libro, los corazones son egipcios. Les invito a conocerles. Kiko Amat
Libro del mes (diciembre 2012): DONALD RAY POLLOCK El diablo a todas horas
El diablo a todas horas
Libros del Silencio / Empúries
“Es el Nelson Algren de nuestro tiempo. Publíquenlo ahora”. Eso lo dije yo, cuando me preguntaron. Una editorial me había entregado el manuscrito de Knockemstiff, debut narrativo de Donald Ray Pollock, para que realizara una lectura, y mi imperativo entusiasta era el punto final a cuatro páginas de enloquecidos parabienes. En aquella casa no me hicieron el menor caso (resulta inconcebible: ¿Cómo alguien podría no hacerme caso todo el tiempo?), pero afortunadamente otras dos editoriales se abalanzaron sobre la novela, y una de ellas incluso me pidió un prólogo para su traducción al castellano. Eso fue con Knockemstiff. Decididamente mi novedad favorita del 2011.
Tan solo un año después llega El diablo a todas horas, segundo trabajo de Donald Ray Pollock, y me mantengo en mis trece: este gran hombre es de veras el Nelson Algren de nuestro tiempo. O el Harry Crews. O Edward Bunker, o Howard Braly, o el primer Richard Price, o (¡no intenten detenerme ahora!) Don Carpenter. El diablo a todas horas podría ser una mezcla de El cantante de góspel de Harry Crews (recién aparecido en Acuarela) y Badlands de Terrence Malick. El diablo a todas horas es, para qué andarnos con rodeos, una de las mejores novelas que he leído en la vida, y así se lo estoy contando. ¿Sube directa a nuestro podio de Mejor del Año? Podría, podría, pero existe un celebrable inconveniente: este 2012 ha visto aparecer también No saldré vivo de este mundo de Steve Earle (Libro del Mes de noviembre en Bendito Atraso) y el mencionado debut de Harry Crews, publicado originalmente en 1968. La cosa está reñida, y según parece solo va a poder dirimirse a puñetazos (de no estar muerto ganaría Crews, que ostenta veintisiete años de karate).
El diablo a todas horas posee, en cualquier caso, todas las cualidades que buscamos en una novela: dureza, compasión, redención, belleza, violencia, una trama adictiva y trenzada con tino, algo de humor (negro, calcinado humor), personajes inolvidables, aventuras dañinas, humanos extravagantes (pero creíbles), códigos de honor, locura y obsesión, fanatismo, sangre fácil y el Sur. Oh, y predicadores malvados. Y psychokillers en ruta (recuerden Badlands, olviden Natural Born Killers). Y un payaso gay. También un sheriff corrupto. Y bastantes disminuidos físicos o amputados (puro Harry Crews). También padres que han perdido la chaveta, incapaces de soportar el dolor de la pérdida o la ominosa carga de los recuerdos y la culpa. Eso: y culpa, mucha culpa (casi lo olvidamos); culpa a raudales. Y una elevada dosis de ignorancia sureña; esa ignorancia pura, casi admirable, demente y orgullosa. Y pueblos de mierda en medio de la nada (antes fue Knockemstiff, ahora es Meade) que, valga el lugar común, se convierten en personajes por derecho propio. Y sed de venganza, de retribución brutal. Y secretos de familia, onerosas cosas-nunca-dichas y

que mejor no saber jamás. Y bocadillos de chopped, alcohol flamígero, enfermedades venéreas, moscas y sacrificios humanos. Vómito y mierda y zurribandas tumultuosas y una abultada fila de cadáveres. ¿La trama? Al igual que sucedía en Knockemstiff, se trata de un mapa cruzado con encuentros y desencuentros, donde las vidas de unos interfieren fatalmente en las de lo demás. El porcentaje de malvados y benignos no anda tan ladeado como podría suponerse: cinco o seis de nuestros personajes podrían ser considerados buenos o potencialmente buenos (Arvin, la malograda Lawana, la malograda Charlotte, Emma, Hank Bell); cinco o seis más caerían en algún punto del diagrama de la maldad (redimible o más allá de la redención: el cura pervertido Preston Teagardin, los psychokillers Sandy y Carl, el sheriff sucio Boedecker, la jauria de matones clásicos, el abogado corrupto Henry Dunlap); y dos o tres más son simplemente subnormales, o malos-por-subnormalidad-o-inacción, o tipos chiflados de puro dolor insostenible (los extrañísimos predicadores Theodore y Roy; el demenciado padre de Arvin, Willard, y su fatal obcecación por los sacrificios expiatorios de fauna local).
Pero no se me confundan: esto no es gótico sureño, como escupen algunos despreocupadamente cada vez que aparece una novela firmada en algún punto del sudeste norteamericano. No hay impostura en El diablo a todas horas ni soluciones mágicas al asunto. La novela de Donald Ray Pollock se erige exclusivamente a base de compasión, redención y justicia (si bien ocasionalmente tardía, o post-mortem). Como Algren o Crews, Pollock ama a sus carneros, incluso a los más descarriados del rebaño; comprende su pesar, también cuando se transforma en perversidad. Esa comprensión, sin embargo, no les exime del castigo: los que tenían que pagar, pagan. El bueno logra salir de allí andando hacia el horizonte, pero sus hombros están llenos de vísceras y su alma a reventar de pesadumbre. Arvin, nuestro sufrido protagonista, termina como un tiznado Lucky Luke. La salvación existe, parece decirnos el autor, pero no va a resultar barata: hay que descender unos cuantos círculos del infierno para siquiera otearla en la distancia. Oakley Hall diría que “es bueno vivir con algo así en la conciencia”. Pollock parece no saber si es bueno, pero sí inevitable. No hay otra forma de limpiarse.
Por supuesto, la cantidad de violencia y sangre ha provocado que los críticos cursis de siempre lamenten la obsesión “pornográfica” del autor por los mamporros y los disparos a bocajarro, por los animales destripados y la putrefacción de la carne, por las cicatrices y los muñones y las
patadas en los huevos y las botas polvorientas. ¿Cómo describirles a dichos críticos el lugar físico y espiritual en que alguna gente habita? Owen Jones lo afirma en su Chavs; la demonización de la clase obrera: los orígenes opulentos quizás no te impidan sentir empatía hacia los más desfavorecidos por el sistema, pero desde luego sí dificultan tu comprensión de en qué mundo viven los del montón del cubo; las cosas que aman, el lenguaje que utilizan, su extraña dignidad, su forma de resolver los problemas. Para esos académicos, el mundo que pinta Pollock resulta tan extraño y lejano como el de una novela de marcianos. Lo lógico es que no lo entiendan. Y aún siendo así: me enoja. Es mi vieja patata en el hombro, ¿entienden?
Donald Ray Pollock habla de todo esto sin afectación, sin filigranas, desde dentro del intestino y poniéndose perdido de mugre, pero sin perderde vista el éxtasis, el humor, el amor y la belleza. Trabajador manual en una fábrica de papel durante 32 años y autor publicado a los cincuenta, Pollock es el epítome de héroe working class literario. Asimismo, si bien el contexto es crucial, si bien la autenticidad emocional es un requisito obligado, sus orígenes importarían poco si su novela fuese mediocre. Y, desde luego, no es el caso. Por añadidura, Pollock no juega la carta “fuck you, I drive a truck” (que diría Jim Dodge), no cae en la tentadora autoparodia del proletario para que aplaudan unos cuantos académicos pijos, el equivalente literario del gag Yorkshire de Monty Python (“vivíamos diez en un zapato dentro de un charco…”). Es este un señor digno con la nuca impecablemente rasurada que resulta que pasó 32 años en una factoría inmunda. Es lo que hay. Inevitablemente, muchos resaltan este hecho al hablar de su obra, lo cual es legítimo: la cosa, después de todo, tiene pelotas. Pero esto no es un chimpancé que ha pulsado por azar un par de teclas y le ha salido Madame Bovary. Esto es un rotundo, inmenso escritor que ha desarrollado lo que tantos ansían: un universo propio, reconocible y rico, y una voz dura, maleable y bella para explicar aquel mundo.
El diablo a todas horas es una tremenda novela. De lo mejor que he leído nunca. Me descubro ante Donald Ray Pollock. Kiko Amat
Libro del mes (noviembre 2012): STEVE EARLE No saldré vivo de este mundo
Steve Earle
El Aleph
Traducción de Javier Calvo
271 págs.
Les presento a Doc. Doc es un médico de buena familia al que encontramos en vertiginoso tirabuzón vital: adicto perdido, hecho unos proverbiales zorros, malviviendo como médico-para-todo (todo mayormente ilegal) y abortista de cabecera en el barrio de South Presa, San Antonio, Texas, durante el año del Señor de 1963. Doc es un hombre en mal estado; bienes frágiles, manipulen con sumo cuidado. Se aloja en la casa de huéspedes Yellow Rose Guest Home, que llevan Marge, una lesbiana pelirroja de armas empuñar, y su amante rubia-platinesca Dallas. Su camello es un hombre montaña mexicano llamado Manny. Los dos son buenos amigos, unidos aún más por un poco común inviolable contrato adicto-dealer y por la birria de existencia que llevan. Manny pasa las horas vendiendo heroína en su coche y jugando al dómino con Doc en el bar. El roce hace el cariño. El bar en cuestión lo dirige una mexicana afable y sentimental llamada Teresa. Y ronda por la zona un pies planos llamado Hugo, cuyo papel es el de clásico tocapelotas corrupto (si se le paga a tiempo, asimismo, no ocasiona inconvenientes). Lo olvidaba: Doc comparte estancia y cerebro con el espectro de Hank Williams. El Hank Williams, alcohólico y malhadado icono del country triste y desesperanzado de los años cincuenta, hecho aquí ectoplasma cenizón. La trama insinúa que Doc es el mismo curandero que –en la vida real- acompañaba a la superestrella country por estos mundos de Dios, siempre armado con un abultado libro de recetas narcótico-estupefacientes. Realidad hecha leyenda. El mito como mejoría (o simple aumentación) de la realidad, vaya.
En fin. Ya ven el retablo románico que nos ha pintado Steve Earle –veterano roots rocker, ex-toxicómano, izquierdista empedernido y discípulo de Townes Van Zandt, además de actor en The Wire y Treme- en su debut narrativo largo: dos lesbianas, una mexicana, un camello, un pasma sucio y un fantasma country en pleno Dallas, 1963: ese es el entorno del viejo Doc. Su agitada vida social. Por si el tutti frutti de desgraciaditos sabía a poco, el escritor deja caer en medio de la comunidad a una espalda mojada llamada Graciela, cuyo pachuco chulapón ha tenido a bien de abandonarla con bombo. Doc, las venas de quien ya empiezan a parecer el metro en hora punta, practica el deseado aborto y desde allí Graciela empieza a fusionarse con el cálido microclima de la Yellow Rose Guest Home (cayéndole cada vez peor a Hank Williams, por cierto, desplazado del corazón de Doc por la recién llegada).
Pero no se me despisten, que ahora viene lo mejor: resulta, por añadidura, que Graciela tiene una herida en la muñeca que no se cierra jamás. Porque no es una herida. Es un estigma, de los de toda la vida y de los de toda la Biblia, de modo que Graciela desarrolla poderes curativos y todos los pacientes de Doc empiezan a curarse a una velocidad de espanto. Incluso Doc, el viejo Doc-dame-veneno-que-quiero-morir, gradualmente siente cómo va disminuyendo su tremebunda adicción (para nuevo desespero de Hank Williams, que ve cómo su poder sobre el matasanos disminuye a parejo ritmo).
Solo nos falta la tradicional figura maligna. Siempre hay una (si no me creen, miren a sus compañeros de oficina o, más cerquita, a los nombres de su árbol genealógico), y No saldré vivo de este mundo no es una excepción: entra el padre Killen, párroco irlandés de la iglesia más cercana. Cuando Killen se entera de lo que está sucediendo en la pensión (¡abortos! ¡milagros!), su primera reacción es la incredulidad, que rápidamente se torna cólera torquemadil y luego fe enloquecida. Fe enloquecida + cólera justiciera, como ustedes saben, es la infalible y probada receta para casi todos los genocidios y matanzas desesperadas que ha presenciado la historia. Así que ya pueden imaginar hacia donde van a encaminarse las acciones futuras del cura maníaco. A vender boletos del Domund ya les digo que no.
Lo que sucede a partir de allí mejor dejarlo sin contar. Además, si ustedes son como yo, ya habrán dejado caer apresuradamente el inestable explosivo líquido que llevaban una hora manipulando para presentarse –tras atropellar a varios ancianos del barrio que manaban del Casal Sant
Jordi- en su librería de confianza, exigiendo a berridos y manotazos en el mostrador esta primera novela de Steve Earle. No va a defraudarles. No saldré vivo de este mundo, ya lo habrán intuido, es una heredera directa de esa tradición que tanto nos gusta: las novelas de caídos buenos. Los libros sobre gente maja con mala vida y peor pasado. Las historias de tipos que están en el fondo del cubo y, pese a su precaria posición en la cadena alimenticia y el escalafón social, tratan de sacar lo mejor de sí mismos. Gente que lo hace lo mejor que puede con las herramientas que les han tocado en suerte, que diría aquel poeta.
No saldré vivo de este mundo es, así, una novela de infortunio, culpa y redención: periodismo emocional americano de la escuela que nos chifla: Nelson Algren, Harry Crews, John Fante, el primer Richard Price, Hubert Selby Jr., Donald Ray Pollock, Don Carpenter… El paisaje donde se enmarca esa emoción vivida es el andamiaje Rue del Percebe que tantos autores han usado antes, con resultados excelentes: la comunidad de vecinos de clase baja (o directamente delincuente). De Principiantes a Need (de Nik Cohn), pasando por The L-Shaped Room y El hombre del brazo de oro, muchos libros se han escrito sobre el piso de viviendas y su entramado de plantas: el infracosmos desesperado pero solidario del lumpen urbano y marginal.
Ya ven, en cualquier caso, hacia donde me encamino con pasos firmes. Esta es ficción compasiva, humanista, que pretende mostrar el lado bueno de vidas pésimas, en lugar de regodearse en su sordidez. La novela de Earle no es timorata ni anhela edulcorar la realidad, pero tampoco va por ahí recubriéndola a brochazos de melodrama barato o sentimiento falso (o peor: sangría epatadora) para lectores desalmados o para esos críticos literarios que, tal vez faltos de acción en sus vidas intramuros, necesitan que fallezca la huerfanita tísica o violen al octogenario para alcanzar la paz.
No, este es un libro lleno de bondad. Se trata, ni más de menos, de realidad sublimada con cierta épica y encerada con humanidad. Como el propio Earle afirmaba en una entrevista que le hicimos para Rockdelux, el suyo es un libro responsable. A la usanza de Nelson Algren, el escritor rebusca en el fondo del alcantarillado y encuentra allí santos, milagros y catedrales. Podría pintar a los bípedos que caminan por el mal lado de la ciudad como incurables hijos de rata, pero se niega a hacerlo. Porque Earle sabe, como usted y yo sabemos, y además por propia experiencia, que hay gente digna y benigna en todas partes, incluso en las esquinas donde no pega el sol. Earle conoce la existencia de la redención; sabe que la posibilidad de mejoría es un hecho, no una falacia de folletín. Por consiguiente, nutre a su obra de una palpable posibilidad de arrepentimiento e indulto: las cosas pueden mejorar. La mugre mancha, pero puede lavarse; puede enseñarnos. A veces hay que caer del todo para levantar cabeza; una revelación total solo se consigue en pleno descenso. A veces es bueno vivir con algo así en la conciencia, que dijo Oakley Hall. Y todas esas cosas.
No saldré vivo de este mundo, por añadidura, tiene final feliz. No es exactamente el que imaginan, pero lo tiene. Y déjenme decirles algo más: no es solo un acto de supremo valor el colocarle uno, sino una declaración de principios. Una afirmación rotunda: sé que esto existe, porque lo he visto. Si ustedes son de los que intuyen que la redención existe, por elusiva que parezca, esta novela se convertirá en un libro de cabecera. Si son de los que desconfían de esa posibilidad, bueno… Tal vez Earle sepa convencerlos. Y si no lo hace, ¿qué puedo decirles, además de que lo siento en el alma?
Kiko Amat
Libro del mes (octubre del 2012): JUAN PABLO VILLALOBOS Si viviéramos en un lugar normal
Si viviéramos en un lugar normal
Juan Pablo Villalobos
Anagrama
188 págs.
En nuestro mundo hay espantos. Están a nuestro alrededor, no hace falta enumerarlos. Uno tiene que aprender a vivir con ese catálogo de inmundicias. Pero, ¿cómo hacerlo? Una de las tácticas es, sin duda, rodearse exclusivamente de excelencias no-pomposas, no-fraudulentas, no-histriónicas: artefactos duros, hermosos, divertidos, sencillos, llenos de vida. En música, literatura, cinematografía, tiro al arco o estratografía secuencial. Vida sangrante y palpitante, no artificial.
Si viviéramos en un lugar normal, segundo libro del mexicano Juan Pablo Villalobos, encaja a la perfección en las hechuras espirituales de Bendito Atraso, y reúne un elevado número de elementos apetecibles: está ambientada en los ochenta (mexicanos); la voz del protagonista es infantil-adolescente (trece años); y, por añadidura, más de pueblo que un tractor (“Todo esto ocurrió hace más de veinticinco años, en la década de los ochenta, época en la que yo pasé de la infancia a la adolescencia y de la adolescencia a la juventud, alegremente condicionado por lo que algunos llaman visión pueblerina del mundo, o sistema filosófico municipal”); habla de esa clase baja muy baja que de forma delirante ha acabado creyendo que pertenece a la media (“como si los niveles socieconómicos fueran un estado mental”); está llena de insultos, imprecaciones y gravísimos juramentos; es humorística con bathos: una verdadera comedia de profundidad; el autor la ha ambientado en el seno de una familia de notable bizarría; es una novela subversiva sin ser panfletaria; y está muy, pero que muy, bien escrita.
“Corta, brutal y divertida” es el triple mandamiento de la novela moderna tal y como la concebía nuestro héroe BS Johnson, y el libro de Villalobos cumple la máxima con gran eficacia: nada en esta obra es superfluo. Orestes, fino narrador teenager del libro, nos llevará, con su lenguaje minucioso y precoz capacidad de análisis social, a través del hilo conductor de la trama: su descubrimiento de la lucha de clases, y la cruzada para evitar el desahucio de su chabola familiar en el cerro de la Chingada (ahora recalificada y de gran interés inmobiliario). Su familia, ya lo verán, no tiene desperdicio: siete hermanos (dos de ellos “gemelos de mentira”, que encima desaparecen en un punto de la trama y hay que ponerse a buscarlos), una madre con tendencia al melodrama hiperbólico y un padre maestro de civismo filohelénico (campeón del insulto: la primera frase del libro es “Vas y chingas a tu reputísima madre, cabrón. ¡Vete a la chingada!”). Tanto el padre como Orestes salpican la novela de reflexiones filosóficas y existencialistas de gran calado, aunque manifestadas con ingravidez y salero. Es lo mismo que hizo Tibor Fischer en su Filosofía a mano armada: convertir la filosofía en una insuperable fuente de comicidad, adaptándola a las curvas peligrosas de la ficción. Funciona.
Si viviéramos en un lugar normal es, pues, la historia de esta zarrapastrosa familia y su guerra perdida contra el ayuntamiento, los dos partidos corruptos y los promotores adinerados. Es una historia de resignación patética en un lugar donde, paradójicamente, “la dignidad se consigue humillándose”. Habla del pecado natural que uno hereda por el mero hecho de nacer pobre, y por ello su tono es el único posible: la comicidad. El humorismo disparatado, salvaje y exagerado. Pues solo con humor puede un autor hablar de la hecatombe sin resultar afectado, pomposo o plañidero. “Nosotros necesitábamos cualquier cosa”, escribe hermosamente Villalobos, “que nos salvara del pánico del instante, y dentro de las posibilidades que se nos ofrecían no encontramos nada mejor que una broma infantil, un chiste que contribuyera a creer que lo que estaba pasando no era tan grave, que iba a arreglarse, que teníamos derecho a reírnos en medio de la desolación”. Mi pueblo natal en 1987, no les digo más.
Por ello mismo, el estilo y la perspectiva de la novela me recordaron también al último capítulo de Black Adder, “Goodbyeee”: en él, las risas enlatadas y las retorcidas comparaciones de Edmund Blackadder, los chascarrillos nerviosos de sus adláteres, resultan la mejor forma de subrayar la inhumanidad incomprensible de la Iª Guerra Mundial, su obscena inversión de términos morales. El malogrado y revendido Ben Elton comprendió perfectamente esta dicotomía, del mismo modo en que lo ha hecho Villalobos: solo el humor puede explicar el horror. Si viviéramos en un lugar normal se ríe en medio de la desolación, en efecto, tal y como Vonnegut se carcajeó cuando emergió de su refugio antiatómico para enfrentarse a las ruinas de Dresden. Su esperpento y disparate pintan de fosforescente la humillación, el hambre y la negación del orgullo, y los convierten en motivo de carcajada: falling and laughing, una vez más. Pobrets però alegrets, y a la mierda lo demás.
Por si todo esto no fuera suficiente, Si viviéramos en un lugar normal incluye también vacas inseminadas, toros coleados, inmigrantes polacos, peregrinos sanjuaneros, naves espaciales, cientos y cientos de quesadillas de pobre, botoncitos milagrosos que arreglan televisores defectuosos, sandías psicodélicas y un montón apabullante de juramentos, insultos y mentadas de reputa madre. Es decir, que tiene todo lo que hay que tener y, encima, es breve. Si a ello le suman una sentida defensa de la anormalidad (“Todas las cosas normales eran cabroncísimas de lograr. En el colegio se especializaban en organizar genocidios de extravagantes para convertirnos en personas normales”) que recuerda en grado sumo a la de El secreto de las fiestas de Francisco Casavella, comprenderán que el libro de Villalobos se haya convertido en artefacto de cabecera para Bendito Atraso. Lo leerán en un suspiro, pero se quedará con ustedes para siempre. Y si de veras les pirra, no duden en adquirir también su celebradísimo debut, Fiesta en la madriguera. Villalobos no decepciona. Kiko Amat
Libro del mes (septiembre 2012): BS JOHNSON La contabilidad privada de Christie Malry
La contabilidad privada de Christie Malry
BS Johnson
Libros del Silencio
Traducción de Marcelo Cohen
205 págs.
Pueden cogerlo por donde quieran: BS Johnson podía ser un narrador excelente, sin duda avanzado a su tiempo, pero también un tocapelotas irritante. Y lo decimos nosotros, que en esta casa somos fans de lo suyo y hemos leído (a veces con gran dificultad, y dejando escapar sonoros juramentos) todos sus libros. Si quieren conocer cuáles eran sus postulados y cómo le fue la vida, les recomiendo que lean Like a fiery elephant, la extensa biografía que le escribió el gran Jonathan Coe (una de las mejores biografías que hemos leído, de hecho), pero a grandes rasgos BS era una especie de Kingsley Amis de clase obrera obsesionado con el modernismo, Beckett (a quien adoraba) y Sterne, así como –nooooooo- la exploración formal. Lo que oyen: la experimentación con las tipografías y receptáculos del libro, por un lado, y muy especialmente con el concepto de “verdad” narrativa. Johnson estaba auténticamente empecinado en romper la ilusión de verdad que sostiene una novela, y por ello no cesaba de interrumpir la trama con intervenciones propias (el cansino equivalente de mirar a cámara y dirigirse al espectador en un filme), negaciones de las afirmaciones expuestas en la narración y protagonistas al modo Animal Man que empiezan a cuestionarse su existencia y poner en duda la omnipotencia del escritor. En suma: cortadas de rollo. Chascos, que le aguantamos porque le tenemos flaca.
Pero BS era un tipo molante. Estaba por la honestidad, el humor, el dolor y la salvajada. Una de sus mejores frases (incluida, de hecho, en este Libro del Mes, y pronunciada por el propio Christie Malry) es: “Hoy la novela únicamente debería proponerse ser divertida, brutal y corta”. Un axioma que en Bendito Atraso siempre hemos abanderado y recitado hasta el tedio. Johnson era un hombre dañado, lleno de rabia y dolor (se suicidó en 1973), y que anduvo media vida peleándose con críticos, editores y cualquiera que se cruzara en su camino. Pareció ejemplificar el célebre lema de John Osborne: “Never explain, never apologize”. Como ya indicábamos en el primer párrafo, BS oscilaba entre dos mundos en perpetua oposición: era fan de la novela no-pomposa, corta, llena de vida y humor y acción, y sobretodo clásica; pero su entera trayectoria parece intentar desmentir su validez. Como un profeta loco, vamos; como un orate que se pasa el día discutiendo a voces con su amigo
imaginario. Su carrera, como se aduce en alguna parte de esta novela, “es un constante diálogo con la forma” (sí, esta frase también nos hace entrar ganas de huir trotando hacia las colinas). La contradicción demente de su ideario se manifiesta en las constantes reflexiones sobre lo “anacrónico” de la novela (generalmente incluidas en las propias novelas), por parte de un hombre que no podía dejar de escribirlas.
Pero no sufran, el tipo de experimentación que contiene La contabilidad privada de Christie Malry es la más digerible y divertida de toda su carrera. Recuerden: hablamos de un fulano que en la excelente Albert Angelo (una novela, por otra parte, convencional) incluyó agujeros en determinadas páginas para que el lector pudiese observar lo que sucedía en algún punto ulterior de la trama (Cortada de Rollo #1); que en The unfortunates, su obra más notoria, usó la técnica (también utilizada en la Composición #1 de Marc Saporta –recientemente traducida por Capitán Swing- y el conocido Rayuela de Cortázar) de dejar las páginas sin encuadernar, y recomendar al lector que las barajara a su antojo para “construir” una nueva novela (Cortada de Rollo #2); y que en House Mother Normal (“a geriatric comedy”) utilizaba extensos espacios sin imprimir para producir el efecto de lagunas mentales que padecían los seniles protagonistas (Cortada de Rollo #3).
No, Christie Malry no es de ese estilo. Su experimentación es del tipo cáustico y spoileador al que hacíamos mención antes: una novela con trama en la que sus personajes ocasionalmente cuestionan dicha trama y los artificios de la disciplina narrativa. Metaficción, en efecto, de esa que le arruina el día a uno si viene de parte de aquel escritor presuntuoso o aquel otro fulano ininteligible. Pero esta es también una novela divertida, muy amarga y llena de mala leche, casi un manual de sociopatía para aquellos de ustedes que estén perpetuamente enfadados con el mundo. El argumento de la historia es el siguiente: el humilde contable Christie Malry decide, mediante el asentado proceso empresarial de la doble contabilidad (débitos y réditos que deben igualarse al final del día), devolverle al mundo sus constantes afrentas. Me lo invento: ¿Que la casera me trató está mañana con cierta rudeza? Yo efectúo una amenaza de bomba en una juguetería. ¿Que me devuelven el cambio mal en el kiosco? Ocasiono desperfectos variados en mi oficina. Dicho de esta manera casi parece un manual operacional para el Unabomber; y, en cierto modo, así es. O lo sería si el libro no estuviese tan lleno de humor, ingravidez y esperpéntica mala folla. Por supuesto, la creciente furia de Malry, ese Guy Fawkes de escritorio, solo puede terminar con un acto de macroterrorismo a gran escala que no les desvelaremos aquí. Pero sí nos permitimos mencionar que la adaptación fílmica del libro, producida el año 2001 (y con banda sonora de, cómo no, el favorito de esta casa Luke Haines), no obtuvo permiso de lanzamiento hasta el año 2006. ¿Por qué razón? September 11, amigos. No hace falta decir más. Lean las peripecias de esta especie de Baader-Meinhof-de-una-sola-persona, chupatintas terrorista extraordinario, y entren a formar parte del club de fans de BS Johnson. Pese a sus perdonables chascos narrativos, un tipo grande. Kiko Amat
Libro del mes (Julio/Agosto 2012): ANTONIO BAÑOS Posteconomía. Hacia un capitalismo feudal
Posteconomía. Hacia un capitalismo feudal
ANTONIO BAÑOS BONCOMPAIN
Libros del Lince
En el libro de este mes volvemos a hablarles de economía y política. Pues sí: ¿es que no ven la que está cayendo allá fuera, desdichados? Ahora no es el momento de revisitar a Enid Blyton o Kenneth Grahame, por mucho que nos gusten. Entender lo que está sucediendo se ha convertido en el motor imperativo de esta santa casa, que también es la de ustedes. En entradas anteriores les hablamos de Matt Taibi y su Cleptopía, de Guillem Martínez y su Cultura de la Transición, o de los documentales de Adam Curtis (The century of the self o The power of nightmares). Hoy les traemos el sensacional Posteconomía. Hacia un capitalismo feudal de Antonio Baños Boncompain. Baños, periodista antisistema y orgulloso heredero de la tradición libertaria, era hasta hace poco nuestro columnista favorito en el desaparecido (asesinado) periódico Público, y ya había dado muestras de su visión preclara en el celebrado La economía no existe (también para Libros del lince). En Posteconomía, Baños expone cómo nos estamos acercando a una Nueva Edad Media (NEM) y cómo la historia ha dado la vuelta entera sobre sí misma, regresando a un periodo pre-humanista, pre-derechos del hombre, donde los factores que regían/rigen las vidas de los hombres eran/son el miedo, el oscurantismo, la sumisión y el vasallaje. Baños utiliza para explicar este genial (y verídico) concepto una prosa belicosa y ágil, llena de humor negro, sabiduría y pop, que tanto te cita a San Pablo, San León Magno o Paul Valery como a Mortadelo y Filemón, Tino Casal, Devo o Moe (de Los Simpsons). Pero sin hacer el bobo, ya me entienden. Sus comparaciones siempre vienen a cuento, no son artimañas ilegítimas para hacerse el “pop” o el posmoderno.
Posteconomía está dividido en tres partes. La primera se centra en la economía como “ciencia desmadrada” que “no explica la realidad, sino que la dicta”. Nos habla de la superburbuja, de la especulación global (la causante de todos nuestros males presentes) y de la aparición de este nuevo tipo de “economía cuántica” o posteconomía. Apunta a los tres “problemas gordos” de la economía (complejidad, causalidad y velocidad) y cómo esta ha entrado en una “función superior: la función de acotar lo posible”. Esto, según Baños, explica que “las acciones humanas que no incorporan rentabilidad en sí mismas se convierten en invisibles: el regalo, lo gratuito, el sexo por placer, el trabajo generoso… En el caso de la generosidad, la compasión o la misericordia, ha sido necesario un cambio de nombre (solidaridad) y un modelo de negocio adscrito (ONG) para hacerlas identificables y valorables. Sólo entendemos las cosas a través de porcentajes y gráficos, de la misma manera que en el Medioevo entendían la realidad natural a través de milagros y maldiciones”. Baños, en otro momento brillante, habla del relativamente novedoso concepto de la “calidad de vida” como un “nuevo y titánico esfuerzo de dotar de valor y transaccionalidad a todo acto vital”.
Una vez comprendida la manera en que funciona el berenjenal de esta economía mística y totalitarista, el autor nos traza ahora los paralelismos entre la Edad Media y nuestra era. De eso trata la segunda parte del libro. Son tantas esas similitudes que a uno le cuesta comprender cómo no lo vimos antes (Baños cita a mucha otra gente que sí alcanzó a verlo, y escribió libros sobre ello). La cosa es a la vez de una complejidad tremebunda y una simplicidad chocante, pero Baños consigue exponerlo evitando tanto los palabros como los lugares comunes. Puesto que esta segunda parte es, en sí misma, una metáfora, es comprensible que Baños abuse de ellas, en el mejor sentido posible: todo se compara a cómo era durante la época feudal. Hablamos de un sistema neoseñorial, basado en vasallajes y servidumbres, en corveas y testosterona y una “niñatización de las élites”, un mundo de brutos nobles (no nobles brutos: queremos decir señores feudales que no sabían hacer la O con un canuto) aislados en castillos protegidos por mercenarios, con una cultura elitista e incomprensible –latinajos- que se mantenía separada del vulgo en abadías fortificadas, y un espacio Mad Max tierra-de-nadie y perro-come-perro entre dichos castillos que solo se pisaba para pedir diezmos o reclutar soldadesca que emplear en nuevas cruzadas hacia tierras desconocidas. Donde la diferencia económica entre castas es/era la más obscena de la historia: los de arriba poseen palacios, joyas y ducados, los de abajo disentería, heno y
una patata con gusano. Un territorio que era autogestionado, en el peor sentido de la palabra (que también existe): villorios con el culo al aire sin más remedio que organizarse, porque la sociedad feudal ni siquiera les consideraba parte del sistema. ¿Les suena? Baños habla del clustering, de la castillificación del hogar, de “la pérdida del monopolio del Estado-nación para ejercer la violencia y la representación política; la multiplicación de los interlocutores y los grados de decisión”, los “hoodies de los suburbios vestidos como Robin Hood en busca de un nuevo anonimato; los estudiantes Erasmus como nuevos goliardos que viajan por universidades pendientes solo del fornicio y el gaudeamus (…) el twitero como nuevo trovador (…)”. Por añadidura, “la comunicación entre personas queda en manos de señores feudales autónomos (Facebook, Google)”, y ya no depende de una red estatal de ferrocarriles o correos. Que cada perro se lama su jopo, en resumen.
La tercera parte es la más corta, porque se centra en iniciativas a nuestro alcance para combatir contra esa NEM. Pese a su brevedad, empero, es una sección primordial del libro. Las vías que Baños propone son insólitas, y sus sugerencias provienen de una voz llena de sensatez, sí, pero que aún siendo sensata es posible que escandalice a muchos izquierdosos de la vieja escuela. Baños propone volverse reaccionario, no revolucionario, pues el capitalismo es un movimiento cinético que se alimenta precisamente de los centrifugados revolucionarios que se van sucediendo en su estómago. “A un movimiento no es razonable oponerle otro movimiento, puesto que hay muchas posibilidades de que, en lugar de anularse, sus dos inercias se sumen (…) Si un revolucionario puede compararse a un toro embistiendo, el reaccionario debe ser como una mula inmóvil, terca y desobediente”. Baños indica que “la retirada del cuerpo, el agotamiento, la pereza y la inacción como protesta son términos fuertemente atractivos. Las cuatro D: Desertar, Desobedecer, Disolver y Descansar”. Reclama la vigencia de ser “anti”, un término estigmatizado por la “plaga progresista”. Baños recurre al antifascismo y al antiesclavismo como pruebas de “ejercicios de descreimiento frente a la evidencia” y el consenso generalizado. El autor sugiere, además, optar por un decrecimiento “autogestionario y antipatriarcal”. Reclama la dignidad de la escuela antisistema y anticapitalista, entendidos como viejas tradiciones de desobediencia que se remontan a los plebeyos romanos del 494 a.C., los Levellers de la Guerra Civil inglesa, los sabotajes luditas en plena Revolución Industrial o tantos otros. “No son tiempos de construir ni de aportar”, sentencia. “Una resistencia, en su definición más eléctrica, se caracteriza por ralentizar e impedir los flujos. Y esa es la función antirrevolucionaria que se nos demanda”. Lo que pide Baños es que volvamos a funcionar de forma procomunista y comunitaria: “Contra la propiedad, usufructo. Contra la competencia, cooperativa. Contra la usura, regalo, y contra el dinero fiduciario, moneda libre”.
Todo esto es, gracias al cielo, lo que hemos reclamado humildemente desde aquí, de La Escuela Moderna a Bendito Atraso, solo que mejor expuesto, y habiendo leído aún más librajos: estrechamiento de lazos comunitarios, gratuidad, rechazo no negociable a la publicidad o la intervención del comercio y “las redes” y, muy importante, desaparición y no-colaboración. No estar en sus foros ni ir a sus sitios, no venderse espiritualmente por una búsqueda de notoriedad o réditos, huir como la peste de las performances políticas y los intentos epatadores de protesta-shock-chic-pop, lleve guitarras o no. En pocas palabras: estar con los nuestros, y atrasarnos en nuestras bodegas. No participar del progreso. Permanecer en nuestras cuevas de ilustración y buenas maneras, como “gente equilibrada” que no quiere participar en su enloquecida y agotadora exigencia de novedad, producción, fidelidad al producto, ambición. Ser un cabestro antisistema en un mundo de fanáticos con el cerebro lavado, de este modo, “se convierte en una postura ponderada, adulta y decente con lo que es el planeta y la felicidad de quien lo puebla”. Se trata, ya lo habrán pillado, de “exaltar el no”. De atrasarse y desobedecer. Cada vez que ellos no pueden enterarse, comprender, comprar o ponerle nombre a lo que hacemos es una nueva victoria. El mensaje no podía ser más atractivo. Háganse ya con este libro. Kiko Amat
(A Antonio Baños le entrevistaremos en septiembre aquí, en Bendito Atraso)
Libro del mes (junio 2012): VV.AA CT o la Cultura de la Transición
CT o la Cultura de la Transición
Debolsillo
El libro más importante que van a leer este año es éste. A efectos prácticos, quizás se convierta también en el libro más útil que han leído en los últimos treinta años, pues explica de forma retroactiva todo lo que ha sucedido en este país hasta hoy. Es decir, explica el hoy: cómo estamos donde estamos, en este país pobre y bobo y de derechas donde reina la desigualdad y la mendacidad y el caciquismo y la gilipollez más supina.
Les voy a contar de qué habla, y voy a hacerlo con las palabras de Guillem Martínez y Amador Fernández-Savater, dos de los trabajadores culturales y periodistas que han acuñado y definido el término (CT). Un término que cambia radicalmente, a todos los efectos, la dialéctica política y cultural de nuestro país. A partir de ahora, todo debe analizarse en el contexto de la Cultura de la Transición (CT) y su pertenencia a ella (o su marginalidad, impuesta por la misma).
Nos lo cuentan así: la CT es el paradigma cultural hegemónico de las últimas tres décadas en este país. Se trata del proceso mediante el cual las izquierdas de la transición optaron por la “desactivación” de la cultura (“ese campo de batalla pasó a ser un jardín”, como afirma GM) y –no se lo pierdan- en otorgar el papel de formular la realidad y sus límites al Estado. La CT nace con las derrotas de los movimientos radicales de los 70 (contracultura, movimiento obrero autónomo, anarquistas libertarios, etc.) y se consolida en 1977 con los pactos de la Moncloa (los pactos oficiales del franquismo con la oposición que terminaron efectivamente con “la izquierda del interior” en los últimos años del régimen). El resultado de todo ello es que desde 1981 no se dispone de ninguna lectura de la realidad que no sea la facilitada por el Estado. Tanto GM como AFS subrayan ejemplos tan obvios de esa situación como el 23F y, muy especialmente, el 11M del 2004, con los atentados de Atocha. Esa aberración en particular explica a la perfección la “extraña y asombrosa” Cultura de la Transición, una cultura –como arguye GM- única en el mundo. En otros lugares del planeta, la prensa está educada para contradecir al Estado: es su función más básica. Incluso países con gobiernos que dejan mucho que desear (Estados Unidos, o el Reino Unido) conservan sólidos espacios de prensa libre que aún utiliza el método periodístico clásico (observación de la realidad + control del poder). En la España del 11M, sin embargo, los medios españoles mantuvieron la (ficticia) versión gubernamental de los hechos (“Es la ETA”) durante cuatro días enteros (¡cuatro!), cuando hacía más de tres que se había hecho pública (gracias a los corresponsales extranjeros) la verdadera autoría de la masacre. De hecho, el presidente llegó a llamar personalmente a varios directores de diario para “intensificar la propia tesis frente a los atentados”. Esto es algo inconcebible en cualquier otro país (que no sea Corea del Norte, como aduce GM). En la Gran Bretaña tienen a Cameron, pero también The Guardian, un periódico de enorme tirada y que es irreductible en su independencia y mosca-cojonerismo anti-gubernamental. En España estamos con el culo al aire, y sepan que la cultura no va a defendernos.
En efecto, el rasgo primordial de la CT es que está completamente alineada con el poder. Su labor consiste en desactivar la cultura de elementos problemáticos, crear estabilidad política y cohesión social (que todo el mundo piense lo mismo). Fabricar consenso, en resumen. Es una cultura vertical, modulada de arriba hacia abajo, una cultura circunscrita y altamente jerárquica. Según GM: “La cultura no se mete en política –salvo para darle la razón al Estado- y el Estado no se mete en cultura –salvo para subvencionarla, premiarla o darle honores”. En la CT desaparecen los productos culturales “problemáticos”, la CT decide qué es cultura y qué no, y (fundamental) establece los marcos de discusión, lo que AFS define como “los límites de lo posible”. Como muy bien explica el libro, “el sistema de partidos y el mercado no son ni pueden ser objeto de discusión (…) Se puede hablar sobre nacionalismo, la lengua o el laicismo, pero no sobre la precariedad, los desahucios y las hipotecas”. Podemos discutir, sin duda, pero solo de temas aprobados y desactivados previamente por el Estado (y el mecanismo CT que actúa como su mamporrero). Esto convierte a la cultura en una gigantesca máquina propagandística del Estado, una cultura sin crítica alguna hacia el sistema, salpicada de falsas controversias y rebeldes de porexpán. Es la cultura de El País, Almodovar, los suplementos culturales y los debates matutinos, “la culpa es de la ETA”, Pep Guardiola y Rafael Nadal, y los no-debates estériles que se suceden con pasmosa regularidad en los foros de opinión y en las voces de los columnistas a sueldo. Una cultura paupérrima, servil, elitista y repugnante. Y muy de derechas.
Este libro les aclarará todo eso, y lo hará de una forma tan precisa e ilustrada que van a entenderlo todo de golpe. Todo. La existencia de algo como Babelia y el éxito de la Movida, Marías y Cercas, Ramoncín y Loquillo y Alaska, las películas sobre la Guerra Civil, el papel de la SGAE, la “libertad sin ira” y la ausencia de crítica literaria, y la porquería de pop y cine y literatura mainstream que nos ha tocado sufrir. También, para que no se nos depriman, muestra el libro las primeras fracturas en la CT (15M, el “No a la guerra” del 2003, la oposición a la ley Sinde…) y traza un posible escenario futuro, en todas sus disciplinas y entornos (internet, prensa, música, incluso en el humor). Todo ello lo van a encontrar en esta espléndida selección de textos (además de GM y AFS están Isidro López, Víctor Lenore y muchos otros), y por cinco ridículos euros. Ya no tienen excusa para evitar comprender lo que está sucediendo. Kiko Amat








