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Lista del mes (mayo 2013): 10 nuevas entradas
Simplemente: los últimos diez discos que han entrado en mi casa.
1) PJ Proby Enigma (Liberty 1967): No lo compré por los estándares de soul que revisita, que en el fondo no dejan de ser la vieja canción de siempre (si escucho “Reach out I’ll be there” una sola vez más le muerdo el ojo a alguien), sino por su tremendísima versión del “I can’t make it alone” de Goffin/King. Una canción tan profunda, tan deep soul, que le llega a uno al hueso. A mí esta canción me deja espiritualmente en pelota picada: hervido, sin dermis, al descubierto, sin escudos. Es una gran petición de ayuda para los que siempre hemos sido incapaces de pedirla. Y está llena de parones dramáticos, cargados de significado y sentimiento, que aún le suman más pathos al asunto. Proby, además (como tal vez sepan), es el protagonista oculto del I’m still the greatest says Johnny Angelo de Nik Cohn, uno de los libros emblemáticos de esta bendita casa.
2) Marcos Valle Marcos Valle (Odeon 1970, Light In The Attic 2013): Me gusta toda la carrera de Marcos Valle, desde sus primerísimas canciones de bossa convencional a sus discos extraños de mediados de los setenta (un favorito personal: Previsao do tempo, de 1973). Este es uno de los pocos que me faltaban, recién reeditado por los chicos de Light In The Attic (responsables de muchas otras reediciones de calado, como las de Judee Sill). Un álbum epicúreo y lúdico, lleno de guitarras con fuzz, 60’s pop americano, ritmos relajados y letras entrañables como la de “Quarentao simpatico” (Cuarentón amigable, que no sé muy bien si merezco suscribir). Oh: y revisita su super-clásico “Os grilos” (también conocida como “Crickets sing for Ana Maria”) practicándole una operación de bossa (extirpándole la bossa, vamos). La portada me chifla, sépanlo.
3) The Tweeds Music for car radios (Eat Records 1981): El HIT del mes de Bendito Atraso es “We ran ourselves”. Buscábamos el sensacional “I need that record”, que es su cripto-hit clásico de powerpop-mod-Who americano (pueden encontrarlo, por cierto, en la reciente recopilación de Numero Group Buttons) y creíamos que esto iba a ser un decepcionante segundo plato. Ah, amigo. Nos esperaba una de esas sorpresas que solo acontecen una vez cada década. “We ran ourselves” es una mezcla del “Play the breaks” de Plimsouls, el “Neverland” de DB’s y el “Just a touch” de R.E.M. Es ese tipo de canción. Un himno juvenil para dar brincos y sentirse adolescente otra vez. Para hacer novillos y recordar los flechazos de BUP y el alud de batallitas. No la busquen en internet, porque no está* (chincha y rabia, downloaders). La única forma de escucharla es venir a mi casa. O apalancarse en el rellano, pues al volumen que la pongo se escucha desde el entresuelo, se lo garantizo.
4) Los Canguros Un salto adelante (1986-1990) (BCore 2013): Vayan a Disco del Mes, me hacen el favor.
5) The Softies The softies (Slumberland, 1996): Ya está. Ya tengo toda la discografía de las Softies. El duo Jennifer Sbragia y Rose Melberg compiten por ser la banda que MÁS MELANCÓLICO me pone del mundo entero. A lo largo de los noventa puse sus dos álbumes, It’s love y Winter pageant, sin descanso en mi tocadiscos, con preferencia por los días grises y tristes y lluviosos del mes. Las Softies me ponen tan autoconmiserativo y flagelante que su escucha casi se podría calificar de placer culpable (si no fuera porque también existe un factor curativo en sus composiciones); o directamente de masoquismo. Cuando las escucho pienso en dos cosas: domingos mojados ingleses y el periplo nocturno a la fábrica de la SEAT, 1996. Duele pero duele bueno, que diría Susan Cadogan. Esto es un 10”, el formato más irritante y estúpido que existe, pero qué le vamos a hacer.
6) Natural Four Natural four (Curtom/Buddah 1974): Uno de mis conjuntos favoritos de 70’s soul, en el sello de Curtis Mayfield y luciendo unos trajezuquis elásticos de quitar el hipo (por el susto). Trajes que, por cierto, el bueno de Edwyn Collins cortapegaría en su maxi The magic piper, sustituyendo las caras del cuarteto por la suya en un alarde de sofisticación pre-Photoshop. Este es su primer álbum, y está lleno de grandes canciones de soul elegante y violinesco, la mayoría obra de ese otro gran hombre, Leroy Hutson. Produce el álbum un tal R. Tufo, detalle que pongo en su conocimiento únicamente porque me divierte su apellido. Soy así de simplón, ya lo saben.
7) The Claim Boomy tella (Esurient 1988): Les he hablado mucho ya de The Claim, uno de mis grupos favoritos de los ochenta, sección filomod inglesa. Sin ir más lejos en la reseña de su excepcional recopilación para Rev-Ola, Black Path. En breve publicaremos una kilométrica entrevista en exclusiva con David Arnold, su guitarra, pero mientras tanto déjenme anunciar que al fin me hice con una copia de este, su segundo álbum. Tiene lo mejor de la primera Creation, The Jasmine Minks (primos hermanos), modismo latente, pasión por el pop clásico inglés escuela Jam-Kinks-Who, letras kitchen sink y un montón de melancolía morriseyana. Todo lo que nos gusta, en resumen, concentrado en un solo grupo. Y no se lo van a creer: este no me lo compré, sino que me lo dio un amigo a quien no le gustaba. Cosa que lamento y celebro a la vez, por razones asquerosamente obvias. Incluye un par de mis favoritas del grupo: “Christopher” y “Not so simple Sharon says” (titulazo).
8) El Último de la Fila A veces se enciende (PDI 1988): Un capricho, a decir verdad, pues ya tenía las dos canciones en el álbum Como la cabeza al sombrero y no necesitaba para nada la atroz versión de 6 minutos que aparece aquí. Pero soy un sentimental, además de –no haría falta decirlo- un repugnante collector (y me gusta la portada, qué narices le voy a hacer).”A veces se enciende”, al igual que “Ya no danzo al son de los tambores” (titulazo), me transportan de un puntapié a mis dieciocho años de nuevo, en un muelle de Cartagena, enamoraíto de la vida a pesar de las cornás. La producción superproducida 80’s es como para salir huyendo y nunca parar (hacen que Steely Dan parezca un grupo de squatters grabando en un orinal), pero “El Último” siempre serán una terrible debilidad contra la que me quedo sin defensas. Me da igual que me chillen.
9) Chris Stamey It’s alright (A&M 1987): Otro crimen de producción, o cómo los 80’s a veces defecaron en la boca del pop lindo. A Stamey ya le conocen: era el lado más pop y melódico de The DB’s, un hecho que puede probarse sobradamente escuchando los discos que sacaron una vez el amigo se largó (el inmundito The sound of music, sin ir más lejos, con aquella portada terrible y sonido rockero). It’s alright, sin embargo, está lleno de proto-hits destrozados por estudios glaciales y productores chiflados. “Incredible happiness”, uno de los obvios puntos álgidos del álbum, lleva una batería trituradora que escandalizaría a los mismísimos INXS y hubiesen rechazado Roxette entre muecas de desagrado (por excesiva). En resumen: este es un disco bonito grabado merdosamente, y su disfrute exige un extenuante esfuerzo de generosidad. No sé si podré escucharlo mucho más, porque esa batería me tiene frito, se lo juro.
10) Bill Withers Making music (Columbia 1975): No es su mejor álbum, pero da lo mismo. Withers me gustaría incluso con una gralla incrustada en el culo y soplando por el trasero los grandes éxitos de The Cranberries. En Making music hay demasiado funk y un par de baladas sacarinosas, pero ¿saben qué? Me aguanto. “I wish you well” es un temazo, por ejemplo. Y nadie escribe mejores cantos al optimismo y a ser mejor persona y gracias a la vida que me ha dado tanto que mi ídolo Bill: “The best you can” es algo majestuoso y le-silbo-a-la-mañana-y-bendigo-mi-suerte a la altura del “Lovely day” (y eso es decir mucho; himno de Bendito Atraso). Y, por supuesto, está su voz. Esa voz curativa, tan humana y terapéutica. Gracias a Dios que existe Bill Withers. Gracias a Dios que existen todos estos discos.
(*) Aparentemente, sí lo está. Varios lectores lo han puesto en nuestro conocimiento con el único propósito de Humillar al Ludita.
Lista del mes (marzo 2013): Un Top 15 automático para marzo
Nos apetecía hacer un Top 15 de canciones predilectas que escuchamos estos días, nada más. Sin ninguna excusa en particular y solo for the sake of the song, que diría Townes Van Zandt.
1) ASTROLABIO Sin razón: Es una versión del grupo de Mallorca El Primer Tercio. Donde la original era puro Felt, la moderna es Superchunk y TFC y YLT y Los Planetas. Incluida en el recopilatorio Mallorca Nochentas; reinventando los 80’s, que en breve trataremos para Cultura/S de La Vanguardia. Temazo gigante.
2) URTAIN Atrapado en la ciudad: Del mismo recopilatorio, esta vez una revisión de Los Malditos, de su disco de 1991. Recuerda a La Granja que, cómo no, también están incluidos en la recopilación. Por alguna razón me hace pensar en Los Canguros (debo ser yo), y también a Flying Colour, el grupo post-Zeros de Hector Peñalosa. Power-pop a lo Yellow Pills, limpio y frágil y hermoso.
3) THE BITTER SPRINGS TV Tears: El hit de su último disco. Habla de ese momento particular en que uno sabe que ha tocado fondo: cuando lloras con cualquier mierda de la tele. No son ellos, que eres tú, desgraciado. En breve leerán el pedazo de entrevistote que le hicimos a Simon Rivers para Rockdelux. Hasta entonces, vayan escuchando esto.
4) AMERICAN MUSIC CLUB Outside this bar: Buena gente: cuando le dijimos al viejo Feck (de Comet Gain y Cinema Red and Blue) que nos gustaría adentrarnos en el mundo de Mark Eitzel y AMC, recibimos casi a vuelta de correo dos cedés (¡dos!) con una selección de sus mejores momentos. A eso le llamo yo pasión pedagógica. Esta es mi canción preferida, que por supuesto me rompe el corazón (como era la intención de su autor). Muy deprimente, pero con ese algo de umpf que le eleva a uno.
5) BLITZ Warriors: Ver Disco del Mes. Bigotes, angustia apocalíptica, street-punk sofisticado (no es un oxímoron) y botas en cara ajena. No salían en el Rip it up and start again, por razones obvias (han sido borrados de la historia, como todo el Oi! i el mod revival) pero aquí nos chiflan y los reivindicamos hasta la afonía.
6) ABSURDO Barcelona de plástico: Gran himno del grupo de HC/SE de Barcelona. Aquí somos gente de bar, así que la parte edge no nos toca ni de cerca ni de lejos. Pero la furia y la pasión sí, coño. Y también la rabia contra esta ciudad castrada, que compartimos plenamente.
7) LOS ENEMIGOS An-tonio: El momento más sentimental de su reciente concierto en Barcelona. La letra siempre me ha emocionado, aunque no entienda la mitad (¿Un bar en el fondo del mar?). Deben ser estrofas como la de “El día en que sus cenizas canten / no será por ti, por ti no”. Gran música para conducir, aunque con el vitoreo y el cante de poco nos damos una leche en la AP7.
8) LOS UROGALLOS Como un tigre: Siempre hemos sido fans de TCR y Los Incrucificables (¿De dónde se creen que sale lo de Bendito Atraso?), y por ello estamos en plena verbena por su nueva encarnación glam-rock (vía Intronautas), Los Urogallos. Un espléndido corte con pateo Slade y letra paternofilial que no abandona el tocadiscos casero. Y es de Chin Chin, la casa de Pamplona a quien debemos Los Ginkas. ¡Viva!
9) ISLANDIA NUNCA QUEMA The wrong parade: Son de Tarragona y suenan a The Clean y Sneaky Feelings y Felt etapa Creation y The Chills y algo de Sarah Records. Las letras tienen enjundia, y son (o pese a ser) en inglés. Los escuchamos por primera vez en la Bodega Tuyus de Miqui Puig, y desde entonces les seguimos de cerca, a corta distancia.
10) MAMÁ Nada más: Cara B de su single Chicas de colegio, de 1980, para Polydor. En círculos modernos no se acuerda de ellos ni su prima (excepto los chicos de Rock Indiana, que siguen sacándoles discos), pero para nosotros esto es mucho mejor que Los Secretos, e igual de lindo que Nacha Pop. Nada que envidiar al power pop foráneo, nuestro particular hit Big Star madrileño, podrían haber sido tan grandes como los Raspberries, etc. La conocimos en un bar de Bilbao (gracias Diego), y desde entonces somos íntimos.
11) MODEST PROPOSAL The hardest part: Vean Disco del Mes de Bendito Atraso del mes pasado. El mejor mod revival americano, cosecha 1985 y con cromados y peinados a la última. Hit de dar saltos y aporrear cubertería y hacer AAAAAAHs épicos. “Laugh and live” también nos toca la fibra, que lo sepan.
12) VIC GODARD & MATES MATES Les parts del cos: Vic Godard canta en catalán, Mates Mates ponen trompetas y cosas, y nosotros ahí: con la piel de gallina. Uno de los singles del año y una idea sensacional de los de Vic. Gran pop, gran pop, a la altura de lo mejor de Godard (y eso, ya lo saben, es decir mucho)
13) EL INSTANTE El instante: Mezclen The Bureau, Haircut 100, mod español con pocos medios y early Danza Invisible. Pues eso. Eran barceloneses, estaban con la agencia de contratación Steep (la de Brighton 64) y los escuchamos por primera vez hace unas semanas en la Bodega Tuyus, naturalmente. Aunque merece la pena decir que el single como tal nos lo consiguió Pablo Jiménez, ex-miembro del grupo y buen amigo de la casa.
14) THE BATS Popgun: No son los neozelandeses. Estos eran americanos, de Connecticut, el single (inencontrable como una mala cosa) es de la casa Gustav, y salió en 1980. Por fortuna, tras años de irle a la caza alguien lo ha reeditado y nos ha ahorrado disgustos y abogados (de divorcios) mil. De lo mejor del pop con power -piensen en 20/20 o Pointed Sticks- con órganos beat y estribillo imborrable.
15) BART DAVENPORT Someone to dance: Nuestro amado El Barto ha amanecido todo 80’s nueva ola americana, de la lustrosa y lijada. Que aquí nos agrada. En “Someone 2 dance” recuerda a The Photos, The A’s, Phil Seymour y los menos punkis del power pop de allá, aunque no por ello se ha acercado al AOR. Una belleza de disco, y un refresco considerable para aquellos filisteos que no gusten de su vertiente brasileña-folk.
Lista del mes (febrero 2013): 10 cosas que me hacen reír
1) Genitales masculinos: Dylan Moran los describe como “algo que podría estar colgando de las fauces de un tiburón”. Las pollas siempre me hacen reír, independientemente de su estado. En mi juventud vi muchas, y no de la forma Gimnasio Pompeya que sospechan. Las vi de la otra forma, la no-placentera y Oi!. En la disyuntiva entre reír o llorar por la aparente extinción de todas las vaginas del mundo, opté por reír; y así sigo. Riéndome como un chiflado cada vez que me topo con un pene. Lo que sucede cada vez menos a menudo, a decir verdad, si no contamos los encontronazos con el mío (y ese lo evito en la medida de lo posible). Bukowski, por cierto, estaba muy orgulloso del tamaño de sus testículos. Cuando lo leí en la biografía de Barry Miles tuve que reírme. Por pelotas, y nunca mejor dicho.
2) Malas traducciones: Y, en general, el idioma imposible de los que traducen a lo burro. Cuando vivía en Inglaterra me pasaba el día leyendo sobre patinazos en “engrish” (orientales escribiendo en inglés transcripciones literales de sus enrevesados idiomas natales) y se me saltaban las lágrimas. Creo que todavía existe alguna web faltona dedicada al tema. David Sedaris es otro gran aficionado al asunto, razón por la que tituló su reciente libro Engulfed in flames (lo sacó de unas gráficas instrucciones de un hotel japonés sobre qué hacer en caso de incendio). Por supuesto, aquí hacemos lo mismo, cosa que me hace carcajear en voz alta en bares. Banderillas: Little Flags. Bombas: Bombs. ¿Es esto hilarante, o se trata únicamente de la forma en que opera mi pequeño cerebrín? Cuando me siento alicaido solo tengo que rememorar a aquel español al que escuché en 1995, en un hostal de Londres, explicar en inglés a otro fulano cómo se hacía una paella, diciendo: “Do you know gamba?”. Sensacional. El buen humor regresa a mí de inmediato.
3) Metidas de pata espectaculares: Ajenas o propias, pero (francamente) prefiero las propias. Las ajenas me hacen sufrir en demasía. Hace dos días escasos me esforzaba en convencer a un fulano de que me gustaba muchísimo una determinada obra suya (para salir del paso), y me confundí de título de una forma tan auténticamente grotesca que de poco me pongo a chillar a carcajadas tras haberlo dicho. Al final, opté por salir por piernas y esconderme tras un biombo y morderme las uñas. A la hora de meterme en la cama, cuatro horas más tarde, aún me reía (solo, como es la gran prerrogativa de los que no están bien de la cabeza). Me acordaba de la cara del tipo, esa jeta compuesta de oprobio, confusión extrema, curiosidad, dolor y locura con la que le abandoné en la fiesta, y no podía parar de reír. Quizás aún esté así, aquel pájaro: boquiabierto y sollozando en medio de un guateque vacío. Lo siento, hombre (pero tampoco tanto, no exageremos).
4) Culos: Ver punto uno, y por exactamente las mismas razones. Culos de tíos, se entiende; los otros no me hacen reír en absoluto (cuando digo los otros quiero decir los de las mujeres, no los de los niños, por supuesto). Un culo masculino alboreando en contexto inesperado siempre (repito: siempre) me arrancará una risa. Me reiría con ello aún emergiendo de una trinchera, bayoneta en mano en 1917, o picando piedra en un gulag siberiano. Mi amigo D me conoce esa debilidad, y por eso cada vez que nos encontramos pone en práctica su viejo gag de “Oh, se me ha caído algo”. Ya pueden imaginar la mecánica, no es algo de Heidegger: D exclama “se me ha caído el mechero” y al inclinarse a recogerlo aparecen, como los dos soles de Tattooine, ese espléndido par de nalgas. La gracia suprema del gag es llevarlo al extremo hardcore, e inclinarse de tal forma que el perplejo avistador acierte a vislumbrar también un atisbo de testículo floreciente. Oh, gracias a la risa, que nos ha dado tanto. En el extrarradio este gag era lo más, y aún consigue tocarme la fibra. Especialmente, todo sea dicho, si el agraviado es un transeunte inocente que no se esperaba nada de aquello.
5) Pompa: Con la extrema seriedad también me dan ataques. Cuanto más pomposo y afectado es algo, más hilaridad me despierta. Unos meses atrás, algún malparido me envió una “performance” de un par de escritores españoles recitando no-sé-qué-cosa-uy-súper-rompedora, y me carcajeé como si me hubiese lanzado a los morros el gag de la enana de Chiquito de la Calzada. En otra ocasión me reí en voz alta leyendo Sophie’s choice de William Styron (“se besaron glotonamente”, “el vino era ambrosíaco”), para gran consternación –y luego furia temible- de mi esposa, que me lo había recomendado. Cuando veo un cantante pop cerrando los ojos y poniendo aquella cara de aguantarse la caca me resulta inevitable soltar una enorme carcajada. El ballet, no hace falta ni decirlo, me hace tronchar. Sí: la gente tomándose muy en serio me hace reír enormemente; es una terrible paradoja. Los literatos y los artistas, por tanto, siempre me parecen cómicos. El Tom Wolfe de Yo soy Charlotte Simmons me hizo deshuevar, y era un libro sin ninguna intención humorística. En su caso hay que decir que no era tanto por pretenciosidad, sino por ese estilo Tom Wolfe que hace tiempo bauticé como “Mi Suegro en Una Rave Techno”. Es decir, un señor mayor imitando muy mal la jerga joven. El rap de Homer, vamos. 700 páginas del rap de Homer.
6) Humor inconsciente: Esto podría englobar el punto 5, pero me apetecía ponerlo por separado. Una infinidad de cosas que no están hechas por humorismo me parecen comiquísimas. La lista es colosal: mentiras de políticos, pilladas de políticos, teatro callejero, estupidez en general, performances artísticas a lo “Mirror, Father, Mirror” (recuerden Ghost World), ignorancia inquietante (por ejemplo: una conocida web CT colocó hace muy poco a Dexy’s Midnight Runners en una lista de One Hit Wonders), soberbia descocada, vanidad ridícula, estoyloquez incontenible, mala narrativa, pop inmundo, ínfulas de grandeza y un larguísimo etcétera de esperpénticas manifestaciones de la condición humana. Que no me es ajena, pero me hace reír igualmente. Especie lamentable somos, por Dios.
7) Humor inglés: Si han leído Bendito Atraso o cualquier cosa de las que llevo mascullando y garabateando desde 1985, casi, ya sabrán lo que pienso del humor inglés. Es mi tipo de humor. Wodehouse, Kingsley Amis, Keith Waterhouse, Fawlty Towers, Father Ted (el irlandés cuenta igual), David Nobbs, Black Adder, el primer Evelyn Waugh, las columnas de Charlie Brooker, las tiras de Stephen Collins, los largometrajes de Simon Pegg y Nick Frost, Spaced, Black Books, Dylan Moran (irlandés), Ricky Gervais, Fry & Laurie, Peep Show, Graham Linehan, Tamsin Greig (la involuntaria reina del corpsing -alguien que rompe a troncharse en medio del set- y las tomas falsas), los Python por supuesto, los Goons aún más, Spike Milligan, Dudley Moore y Peter Cook y un largo, larguísimo, etcétera. Eso no quiere decir que no me ría con los americanos. Lo hago, y a mandíbula batiente. Es solo que allí, en el fondo del humor inglés, yace un tipo de amargura, fatalismo y tristeza que lo humanizan y convierten en algo la mar de cercano. Algo que resuena en mi interior.
8) Autoasco: Repugnarme a mí mismo me hace reír lo suyo. A veces incluso en tiempo real, cuando me estoy mirando en el espejo al emerger de la ducha (les ruego no llamen a los loqueros) o en alguna borrachera particularmente asquerosa. Siempre me han hecho mondar mis propias carencias, en todos los ramos (afectivas, físicas, sociales). Parece un nuevo caso de reírse para no llorar, concurro con ustedes, pero lo cortés no quita lo valiente. Me pone jocundo mi deformidad. Mi monstruosidad es mi solaz. También las insospechadas majaderías que uno puede llegar a soltar, por azoramiento o patosía (ver punto 3) o incomodidad social o puros nervios o temulencia grave. Subnormal profundo, o al menos eso es lo que suele deducir la concurrencia.
9) Ingenio propio: Esta es la más triste de todas. Me hacen una gracia inmensa y tremebunda mis propias bromas, como sabe muy bien mi señora y los pobres infelices que me rodean en mi absurda cotidianidad. O sea: me parezco tronchante. Un genio del humor y el wit. Es irrelevante la gracia que le haga a la gente, quiero que quede claro. Yo me hago reír, en un ejemplo de chocante autosuficiencia que solo podría superar si me autofelara. Intentarlo, qué duda cabe, también me haría morir de risa. Visualícenlo, háganme ese favor.
10) Algunos amigos: Algunos amigos/familiares crueles y astutos saben qué cosas me hacen reír (bueno, ahora también las saben todos ustedes, joder) y, por tanto, proceden a menudo a presionar las teclas de mi hilaridad. Una selecta minoría de ellos acierta siempre. No es tan difícil: solo tienen que seguir los puntos 1 y 4, poner un montón de muecas, gesticular enloquecidamente, contar las anécdotas juveniles más cerdas y oprobiosas posibles, insultar a alguien un montón, relatar algún desafortunado lance de cariz sexual y luego caerse de forma no-fatal por unas escaleras con toda la curda. Y perder un zapato. Lo del zapato es clave. Una vez le han pillado el truco, satisfacerme está chupado, ya ven.
Lista del mes (enero 2013): Hecho en Sant Boi, o 11 cosas por las que es famoso mi pueblo.
1) El rugby: El deporte y los locos son los pilares de la vida en mi pueblo natal desde hace más de un siglo. La U.E. Santboiana es el equipo que introdujo el deporte en España, y siempre ha ganado trofeos y copas. Mi propio padre fue un jugador notable del primer equipo, ejerció de directivo y aún hoy es delegado de campo en el club. A los diecisiete, lo que yo veía por las calles de mi pueblo era invariablemente: tipos con el cuello muy ancho (los del equipo) o gente certificadamente chiflada (los del manicomio). Todo allí giraba en torno al rugby. Como bien explica Rompepistas, en ese escenario los skins, punks y mods que emergimos en los ochenta resultábamos aún más feos, ratas y agusanados de lo que habríamos parecido en otro maldito pueblo. Por supuesto, no hace falta que diga que las chicas se pirraban por los rugbistas, condenándonos a los chicos con botas a una adolescencia de furiosa masturbación. Todo el asunto le llena a uno de amargura, por mucho que el deporte como tal me parezca digno y encomiable.
2) Los locos: Sant Boi, como es bien sabido, alberga dos de los hospitales psiquiátricos más grandes del país. Masculino y femenino. Son muy famosos (ejemplo: mi mujer creía que Sant Boi era un psiquiátrico, no un pueblo; o sea: que todo Sant Boi era recinto hospitalario). El masculino se fundó a finales del XIX, y tiene más años que la polka (es vagamente modernista, de hecho). Recientemente tiraron los muros, buscando eliminar la estigmatización de los locatis de dentro. En todo caso, solo hace falta decir que para mí, de niño y teenager, estar rodeado de locos era la normalidad absoluta. Estaban en las calles, los bares y, si uno se descuidaba, en el propio lavabo (pues mi propia madre era enfermera del psiquiátrico femenino y –no les miento- a veces se traía faena a casa). En efecto, en Sant Boi predominaba una amplísima tolerancia por la chifladura y el comportamiento estrafalario, mucha más (asumo) que en lugares sin gigantesco manicomio. Quizás eso nos salvara la vida, después de todo.
3) Toni Ribas: Es un actor porno. De joven le veías en bares del pueblo, en entorno rugby. Ahora te lo encuentras con los glúteos prietos y una gota de sudor en el labio, bailando el Mete-Saca en páginas para adultos. Desconozco lo que ha sido de él (quiero decir: cómo va su carrera como fornicador profesional), pero siempre me acuerdo de una cosa que sus amigotes me contaban, y que me hacía tronchar: a veces, el tipo –ya empezada su carrera de semental hardcore- aparecía en barbacoas del pueblo acompañado de actrices porno rusas. Imaginen el cuadro. Está uno masticando un pedazo de butifarra y aparece por la puerta Sophie Evans. De hecho, era exactamente así. Hay testigos a porrillo.
4) Alcoholismo: No tengo claro si es un dato apócrifo, pero en 1987 circulaba este rumor: un periódico había escrito que Sant Boi era el pueblo con el índice de alcoholismo más alto de Catalunya. Como no teníamos muchas cosas de las que estar orgullosos, mis amigos y yo nos tomamos aquel dato como un elogio de primer orden, y procedimos a pedir una nueva ronda de Ponche Caballero en vaso de tubo. En efecto: en Sant Boi había y hay aún bares. Muchos bares. Cuatro o cinco por manzana, vamos. En 1987 no existía cine ni clubs sociales, pero sí estaban el Baldiri o el Plaza o el Viqueitors o el Faro o… Pasamos media vida en aquellos tugurios, pidiendo que nos pusiesen cintas de 2-Tone y empujándonos a puñetazos en el retrete, y en ellos aprendimos lo que era la vida. Cada uno tiene sus universidades, qué le vamos a hacer.
5) Subculturas: Durante los años ochenta, Sant Boi era un cómic de Azagra hiperrealista, un pesebre tribal viviente. Para una pueblociudad de 80.000 habitantes, existía un número descabellado de punks, mods, skins y rockers, y todos se embutían en el mismo bar, llenos de convivialidad y solidaridad por encontrarse en una tesitura apestosa (es decir, perdidos en medio de la nada, escupidos de la boca de Dios). Era pura solidaridad ante la catástrofe. No manejo estadísticas fiables, pero aventuremos que en una familia con cuatro hijos, uno de ellos salía desviado hacia el lado malo de la calle. Cuando yo iba a 1º de BUP, el patio era un mar de parkas y tupés y chupas de cuero negras y peinados cuestionables. Imaginen la cantidad, que superábamos a los siniestros/góticos por 20/1. Había pintadas de The Jam y Crazy Cavan por todas partes. Academic inspiration you gave me none, pero sí de todo lo demás. Coraje y resistencia, sin ir más lejos.
6) Ruinas romanas: A decir verdad, mi pueblo natal no es muy famoso por esto, aunque existir, existen. No son muchas, cuatro cascotes mal erigidos y el ocasional pedazo de vajilla resquebrajada, prueba irrefutable de que los romanos se olieron lo que iba a ser aquella urbe a orillas del Llobregat y decidieron poner pies en polvorosa antes de que fuese demasiado tarde. Uno no puede sino asumir que, una vez esfumados los legionarios romanos, los bárbaros del norte tomaron su lugar. No hay otra forma de explicar el talante de la población hacia 1985-89. Sangre goda, se lo juro; sangre goda.
7) Los canalones de Flip: Un fulano muy alto al que los del rugby llamaban Flip –parecía una langosta, a decir verdad- se comió en una ocasión 32 canalones, para ganar una apuesta. Su explicación de cómo lo hizo (“Me’n foto un, i després un altre, i així vaig fent”) se me antoja aún como uno de los grandes pensamientos existencialistas del siglo XX. Treinta y dos canalones. Son un montón.
8) Celebrities: No tenemos tantas celebridades como otros pueblos del extrarradio de Barcelona, de acuerdo, pero alguna hay. Flipen y apunten. Es como el Bronx, casi todos son gángsters, homosexuales o deportistas de élite: un miembro de Locomia; Rojo, aquel futbolista del Barça; también el mendas alto que juega en la NBA y todo el día anuncia bancos y potingues; su hermano; el ex-director de la ONCE, Miguel Durán (es como haber tenido a Bugsy Malone de vecino); aquel cholo loco que agredió a un pasajero de los Ferrocarriles Catalanes y aún debe estar recibiendo atención psiquiátrica (no podía haber nacido en mejor sitio); un humorista de segunda, ni recuerdo el nombre; una modelo de ropa de señora, tampoco recuerdo cómo se llamaba; Toni Ribas, of course; Albert Malo, que es un rugbista célebre. Y para de contar. Creo que no me dejo a nadie. ¿Impresionados? Lo sospechaba.
9) Grupos pop: Todo lo que conseguimos en el campo de la subcultura lo echamos a perder en el campo del rock’n’roll. Para una villa tan poblada, la ausencia de grupos musicales es un enigma que solo puede explicarse por la sobreabundancia de bares. Es de suponer que la juventud quedaba extenuada después de pasar todo el día dándole al vaso y ya no se sentían con fuerzas ni para enhebrar un mísero “Blitzkrieg bop”. No les nombro a los pocos grupos que se han esforzado por romper la maldición porque no iban a sonarles ni en broma. Exceptuando, tal vez, a Los Vampiros en La Habana, un grupo tan de Sant Boi que en la contraportada de su primer álbum aparecían junto a toda su peña, a lo Banda Trapera del Río. Sacaron (milagrosamente) dos álbumes, pero el mal de ojo regresó tras su disolución. Sant Boi es un subsuelo sin nutrientes para el rock’n’roll; todo lo que plantas allí muere sin remedio.
10) Nivel 2: Era el grupo mod de Sant Boi. Un trío. Nunca grabaron nada, y su único contacto con la inmortalidad fueron dos páginas en el modzine Standards y una reseña negativa en Reacciones. Yo iba a verles su local de ensayo siempre que podía y mi madre no se enteraba (tenía solo catorce añines). Versionaban “En la medianoche”, la de Brighton 64, pero no recuerdo mucho más. La anécdota del Chopped mezclando alcohol de 90º en el vodka que aparecía en Rompepistas está sacada de una de aquellas tardes. Luego se cambiaron el nombre a Efectos Secundarios.
11) Silvia Resorte: No la he puesto en celebridad porque iba a molestarse. Una de las punks originales del país es santboiana, aunque como toda persona cabal tomó las de Villadiego a la mínima de cambio. La primera actuación de Último Resorte fue en el psiquiátrico de Sant Boi, y es uno de esos momentos definitorios de una subcultura que la gente toma casi como leyenda imposible. Es un gesto demasiado perfecto, estética e ideológicamente. Pero real. Tocaron para una audiencia compuesta por punks y locos. Ríete tú de los Sex Pistols en el Manchester Free Trade Hall. Sant Boi, como dijo alguien una vez, es que “no te lo acabas”. Extraño lugar, extraño lugar.
Lista del mes (diciembre 2012): El ABC de la injuria
1) Insúltese a usted mismo: Solo aquel que ha sido lacerado en el ojo propio puede mofarse de la bizquera ajena. Al fin y al cabo, se trata siempre de lo mismo: doy asco, das asco, da asco, damos asco, etc. Unidos y asqueando, como en un video de Kate Perry. Alguien dijo que uno aprendía a reírse de uno mismo con el tiempo, pero que las dagas del humorismo se afilaban en el prójimo (pues en la adolescencia todos somos muy intensos y nos tomamos a la tremenda). Quizás sea cierto, pero si van a hacer público su disgusto les recomiendo que comiencen del modo opuesto: eres una basura, y yo más. Salgan, a poder ser, peor parados de su crítica que el mismísimo criticado. Un atributo añadido: si encima vocean todos sus secretos asquerosos (aquella vez que restregaron el pito contra un caniche, lo de la inconveniente diarrea en mitad del pugilato), nadie podrá echárselos en cara. Un secreto no puede ser ominoso cuando deja de ser un secreto. Es un truco fenomenal.
2) Nunca insulte al débil: Insulte bien, pero mire siempre a quién. Aunque pueda ser tentador ultrajar al hombrecillo ponzoñoso y raquítico que malhabla de nosotros a nuestras espaldas, sería poco noble (y demasiado fácil) devolver el menoscabo. Sean nobles. Ataquen al poderoso, y orinen exclusivamente en los ojos del enemigo.
3) Insulte seguro: Es decir: entomólogos sí, terroristas islámicos no. No merece la pena morir por un insulto. Tampoco quisiera recomendarles que se metan con el débil (vean punto anterior), pero desde luego no deberían importunar jamás a quien puede matarles. O sea: literalmente. Extinguir su aliento de vida. Dos grupos quedan, así, exentos a perpetuidad de su invectiva: ultras asesinos e islamistas extremos con pericia en la manipulación del clorato potásico. Buenísima gente ambos, de veras.
4) No insulte a sus amigos: Que bastante hacen con aguantarle. ¿Hay algo más infame que difamar a los amigos de uno? Hay que hacer piña, como en los castellers, suceda lo que suceda. Nunca mancillen a un hermano, por lo que más quieran. Es traición sumarísima. Ni un perro lo haría.
5) Insulte con humor: Una crítica furibunda (el equivalente manuscrito de sacar espumarajos por la boca, arrancarse la camiseta a lo Hulk y tartamudear chillidos de acusica), moralista y realizada sin sentido alguno del humor desautoriza irremisiblemente su contenido. En lugar de ser considerados peligrosas serpientes de la pradera que golpean de manera letal serán recordados como marujas neurasténicas, de las que pierden el oremus en medio de una reunión de propietarios por un quítame allá las obras en el quinto. Mantengan la calma. Sean divertidos. No hagan el ridículo.
6) Insulte por razones legítimas: Supongamos esto: alguien declara que, por ejemplo, el último disco de The Sea and Cake es mediocre. Esa no es razón suficiente para que usted le veje. El tipo carece de orejas, sí, o no le funciona como es debido el hemisferio izquierdo del cerebro, ¿qué más da? Escojan con tino la razón de su escarnio: por lealtad, política, orgullo o dignidad familiar sí; por estética, gusto, lugar de procedencia o diferencia de opinión en materias filmográficas decididamente no. Respeten completamente el gusto de mierda del otro, como dice el chiste. Peleen por lo sensato, no por la nadería. El gusto no dice absolutamente nada de nadie, como ya saben, no es un elemento de juicio salubre y estarán cometiendo una terrible injusticia.
7) Insultar sin señalar: …mantendrá sus dientes en su lugar. Insulte genéricamente, por favor. Insulte con descripciones amplias como llanuras, y en las que quepa más de un imbécil. Eso cumplirá tres cometidos: en primer lugar, no irán señalando, que es de pésima educación. En segundo lugar, varios imbéciles podrán sentirse aludidos, con lo que habrán multiplicado por ciento la efectividad del desaire. No diga nunca: “cagaré en la boca de esa execrable rata llamada Juan Bofarull”. Diga: “Cagaré en la boca de esa execrable rata que publicita bancos”. Bingo: de repente, más de una decena de canallas amorales entran en la descripción. En tercer lugar, conviene que no olviden el Factor Cagón: cuando acuda a ustedes a pedir explicaciones aquel luchador bosnio retirado con brazos como marsopas anabolizadas, siempre podrán farfullar un socorrido: “No iba por ti, Vasili”. Triste, pero en ocasiones ha salvado vidas.
8) Si insulta, le insultarán: Luego no se haga el agraviado. No quieras para tu prójimo lo que no quieras para ti mismo, y todo eso. O, lo que viene a ser lo mismo: si usted es de los que pasan seis noches en vela, pierden diez kilos y se plantean cambiar de residencia e identidad fiscal cada vez que el memo de turno les escupe una menudencia sarcástica en Twitter, quizás no deberían estar en este negocio. Solo un determinado tipo de personalidad puede recibir ofensas con la misma largueza con la que las reparte. Es una cuestión de talante, sépanlo.
9) Insulte con precaución local: Contexto. Los críticos americanos pueden decir de un artista concreto que es un hijo de ramera de Babilonia que fue amamantado por perras sarnosas y cuyo aliento huele a tumba merovingia. Pueden decirlo así, y encima mentando nombre y apellidos con abandono, por una sencilla razón: nunca van a toparse con el mencionado hijo de ramera de Babilonia. Lo más posible es que dicho descendiente de fulana con halitosis goda viva en un faro al noroeste de las Hébridas, y jamás se cruzarán con él. Así cualquiera, claro. En Barcelona, sin embargo, existe un 85% de posibilidades de que el pájaro en cuya cara ventosearon con aquel impetuoso post matutino tome el vermú en nuestro bar habitual. A diario. De nuevo, reflexionen largo rato sobre si merece la pena toda esta incomodidad social y trifulcas a puñetazos en bares. A nuestra edad, y con numerosa descendencia a la que avergonzar.
10) Nunca insulte la apariencia física de alguien: Está fuera de límites. Por cuestiones de pura decencia y, además, (por si no se había dado cuenta) usted tampoco es un adonis. Por añadidura, está prohibidísimo escarnecer a alguien mediante imaginería homosexual: es vil, vulgar y, más grave aún, jamás ofende. En los foros virtuales, por ejemplo, se suele faltar por defecto al enemigo mediante nada sutiles alusiones al afecto ajeno por la inserción rectal. ¿Qué clase de insulto es ése? Solo un chimpancé con el encéfalo del tamaño de una mandarina podría pensar que “a X le metieron un rábano en el culo” es una ofensa. Si realmente a uno le gusta meterse rábanos en las posaderas, el insulto queda desactivado por razones obvias (solo se están enumerando las preferencias del enemigo en cuestiones de placer cular); y si a uno no le gusta en absoluto meterse rábanos por salva sea la parte, ¿Por qué ofenderse si alguien sugiere lo contrario? Estamos en el siglo XXI y no somos capos sicilianos ni ajados falangistas: insulten con honor y tino.
11) Las familias no se insultan: Recuerden a la mamá de Omar y la perrería que le jugaron aquellos bergantes de Avon y Stringer Bell. Mujeres, madres e hijos son de azúcar. Esta norma es sagrada. No chismorreen sobre la mujer del enemigo, por famosamente desinhibida y alborotada que se ponga en los actos sociales, al caer el sol.
12) No insulte la mano que le da de comer: So imbécil. ¿Cómo se le ocurre? Cuando esten en la cola de la INEM verán sin ningún género de dudas que aquella impertinencia no valía un despido, y que después de todo tampoco era tan graciosa. El jefe siempre es el mejor, ¡larga vida al jefe! Tenemos una prole que alimentar.
13) Con los publicistas vale todo: Y con los fachas también. Y los hipsters. Y los banqueros. Fachas y publicistas y hipsters y banqueros: ese es el sector de la población para la que no debe aplicarse ninguna de las prevenciones listadas. Ni siquiera la de la familia.
14) Aprenda karate: Por lo que pueda pasar con los fachas de antes. En cuanto a los publicistas y los hipsters, no se preocupen; son unos lilas.
Lista del mes (noviembre 2012): 14 de Ich Bin Ein Nerd
Si usted piensa que es un nerd, entonces probablemente lo es. Esta simple regla de tres suena a canción de Robyn Hitchcock, pero no es por ello menos cierta. La explicación es simple: si fuese usted un jock, no andaría pensando cosas así. Estaría gruñendo y arremetiendo contra defensas contrarios, participando en concursos de beber chupimetros, ayuntándose con pendones desorejados (incluso apareándose con ellas; la naturaleza del bruto trotante, al contrario que la del dandy, es reproductora) y poniendo en práctica bromas macabras cuyo destinatario es precisamente aquel desvalido nerdazo de allí. El que autoexaminaba, azorado, su estigmatizada condición en un rincón desierto de presencia femenina. Nosotros los freaks.
Llegará algún día en que los normalos decidirán finalmente exterminar a los freaks y nerds. Puro higienismo racial, nada personal contra nosotros. Cuando aquel día llegue, lo más arduo será la tarea organizativa, burocrática y de investigación genealógica que les espera. Eso nos proporcionará algún tiempo. Aquí tienen, de momento, catorce puntos de reconocimiento –basados, en su gran mayoría, en el más simple autoexamen- que les facilitarán la certificación de su patología y el inmediato plan de fuga.
1) IIª Guerra Mundial: ¿El sospechoso hace alarde de un desconcertante conocimiento técnico sobre la IIª Guerra Mundial y, más concretamente, sobre el IIIer Reich? Entonces es casi seguro uno de ellos. Todos los nerds hablan del segundo conflicto más importante del Siglo XX desde dentro, como si hubiesen estado hundidos en el fango de Dunquerque o hubiesen maquinado junto al Führer el Putsch de la Cervecería. Por ello sus conversaciones, escuchadas desde lejos y si uno no presta atención a los cenefescos cárdigans que lucen los interlocutores, podrían fácilmente confundirse con las de un grupúsculo de Combat 18. Pero no teman; el nerd no es nazi per se (aunque, si le dejaran, probablemente esclavizaría a lo Galactus al resto de la galaxia; especialmente a la mitad femenina). Su dialéctica nacionalsocialista es un inocente subproducto de todas esas tardes de sábado leyendo biografías de nazis famosos y moviendo ficha en juegos de mesa de Nike & Cooper.
2) Superhéroes: Lo normal no es saberse todos los superhéroes de Marvel y DC, sépanlo. Máxime, y por no quedar mal, uno puede conocer los cuatro o cinco famosos, o a los que Hollywood ha dedicado película con explosiones. Pero cuando alguien empieza a mascullar apelativos de la cuarta regional de Los Vengadores, superhéroes o villanos que solo aparecieron brevemente en un número americano y por meras exigencias de guión (cito de memoria: Maëlstrom, Espadachín, Escorpio I, Cabeza de Huevo, Torbellino, Mantis…) No lo duden, es uno de ellos. A los nerds les chifla la cosmogonía de las capas y mallas, imagino que por una simple identificación subconsciente con su perfecto opuesto, el enmascarado Maciste musculitos que va por el mundo desfaciendo entuertos y partiendo caras y encamándose con Red Sonja. En paños menores, y con aquel qué-más-me-da caballeresco tan atractivo (excepto en el caso de Spiderman, un embrollo de culpa y psicodramas) que engatusa a las mujeres.
3) Identidad Secreta: Un secreto: el vociferante troll anónimo (o con alias absurdo: Gilgamesh14, CremallerusEspantosus6, Limahl2…) de internet que amenaza con penetrar analmente a cualquiera que no perciba la brillantez de Die Hard II, y el mortificado mindundi que tiembla, silencioso, en una esquina del café mientras examina boquiabierto un moco recién extraído… ¡Son la misma persona! Es este un fascinante caso de desdoblamiento de personalidad que hubiese encantado a los primeros psiquiatras austríacos. De día, acongojado alfeñique con propensión a la neumonía. De noche, soliviantado, faltón y, sobretodo, porfiado bocazas virtual. Sería una cosa de superhéroes si no fuese por la carencial identidad virtual del tipo, que deja bastante que desear.
4) Pulcritud personal / Dejadez criminal: Los nerds somos o muy limpios o muy cerdos. No existen términos medios. Hemos tomado aquí la primera inclinación porque es la que nos toca de cerca, pero lo cierto es que si van ustedes a alguna de nuestras reuniones (ferias del disco, salón del cómic, etc.) verán que ambas persuasiones gozan de sus adeptos. Por un lado está el raya-al-lado pétrea, fragancia de Nenuco, camisa planchada por mamá (o camiseta con superhéroe/alienígena/Hobbit/broma privada de empollón/etc.), funcional anorak bien abrochado y mochila repleta de gadgets subatómicos. Por el otro el filo-psychokiller de guedejas llardosas, manteca sub-barbillar, uñas enlutadas, camiseta de Lobo y general hedor a matadero industrial. Dos perfiles para una misma idea.
5) Control freak: Si los freaks evitan trabajar cerca de normalos y buscan juntarse con los de su misma especie es por reveladores detalles como este. Uno pasa toda su vida escondiendo su condición nerda hasta que le toca emplearse de técnico informático en una oficina, y un día descubre que en la cocina le han movido la taza del café dos centímetros hacia el lado que no correspondía, y entonces monta en cólera y todos se ríen de él y su tacita de Darth Vader, y antes de que puedan decir control freak ya ha agarrado una catana y acabado con toda la oficina y suenan las primeras sirenas. El freak necesita su universo en orden: las cosas en montoncitos perfectos, las sillas en ángulo exacto, las luces encendidas tres veces antes de dejar la definitiva, las rutinas solidificadas en perspex e inamovibles. Se ve que Gainsbourg era así, pero su incomprensible éxito entre el sexo opuesto nos impide clavarle el sambenito de Le Freak.
6) Manías: Por decir una: tapones de oídos. Ponérselos en bares (imagino) porque le molesta el cacareo del vulgo y le importuna la máquina de café. O hacer punta a todos sus lápices (elucubro) y mantenerlos siempre en perfecto estado de revista, listos para el subrayaje. Los freaks han de tener sus manías, cuantas más mejor. Algunas son dañinas, otras –especialmente si oscilan alrededor del manipulado de Plutonio- más peligrosas. Lo esencial es no acercarse a él bajo ningún concepto y dejarle tranquilo con sus cosuchas almacenadas cromáticamente.
7) Suspenso en gimnasia: La pesadilla recurrente del freak aún es encontrarse de repente en mitad de una clase de Educación Física, en segundo de BUP. Contemplando de lejos el plinton y sabiendo a ciencia cierta que en unos segundos va a estar sólidamente hincado en su próstata mientras cincuenta desalmados en chándal se tronchan. No, para un freak nada es peor que la gimnasia: los vestuarios, las chicas de la clase con camisetas sudadas, el ridículo público, el llegar el último en la maratón de la escuela, el altísimo grado de hirsutismo púbico que exhibían los demás compañeros… Esos recuerdos infaustos nunca se borran, y explican una gran cantidad de masacres en colegios. Todo freak que se precie debe ostentar al menos un MD de educación física en su currículum. Forzado a presentarse en septiembre, no hace falta decirlo, con el resto de tullidos y monstruos de la clase: los cojos, las gordas y el bizco. Y, a su lado, yo. Quiero decir, él.
8) Carnet tardío: El freak ideal no conduce. Su emplazamiento natural es el asiento de copiloto, con el cinturón de seguridad puesto desde el párking y las dos manos sobre el regazo, silbando para sí mismo la Marcha imperial de La Guerra de las Galaxias. Cuando consigue sacarse el carnet, ha de ser a la quinta, mínimo, y preferentemente a la novena y por pura compasión examinadora. Ayuda haberse cargado un coche de autoescuela en medio de Montjuïch (caso real; no pregunten). Cuando ya conduce, sin embargo, es el automovilista perfecto: cauto, respetuoso, limpio y paciente. Lo señaliza todo. Nunca denuesta. Posiblemente acarrea el cadáver semidescompuesto de su madre en el maletero, pero no se lo tengan en cuenta.
9) Coleccionista: El almacenaje incontrolado de bazofia es uno de los atributos inamovibles del freak. No importa el objeto de la colección: pueden ser los muñequitos vintage de Star Wars, con el Halcón Milenario en estado Near Mint, o pueden ser singles de northern soul o, como es el caso de Robert Crumb, swing y blues en acetato de los años treinta. Lo importante es tener. Tener tener tener. Tenerlos todos, y amarlos más que a nada y nadie en este mundo. Humanos incluidos.
10) Deformidad física/fealdad: Echemos un vistazo a ese espejo: si el tipo que nos devuelve la mirada es, por decirlo rápido, feo, hemos avanzado un gran paso hacia el establecimiento de la nerdidad; pues el nerd es, por definición, un aborto. O, en el mejor de los casos, un tío psé, solo que subyugado por el presidente M.A.O. del rostro nerd: Miopía, Acné y Ortodoncia. En cualquier caso, jamás será un adonis; el nerd irreductible teme a La Mujer, y ninguna transmutación alquímica a lo El Profesor Chiflado va a convertirle en un lenguaraz Tyler Durden de abdomen chocolatinoso y pene infatigable. Si al susto facial podemos añadirle alguna minusvalía venial (leve cojera, una falange extra, ombligo convexo, tuertez con parche en el ojo a lo Moshe Dayan…) tendremos al freak perfecto. Canten conmigo: ¡Superfreak! ¡Na na na!
11) Propensión a las enfermedades: Una nariz goteante es el detalle sublime del freak. Su pañuelo Hermes de freakidad. Haber pasado hepatitis, apendicitis, tuberculosis, déficit de vitaminas, déficit de calcio (con sus acompañantes y ultrarrompibles huesos de canela) y fimosis son las medallas al valor del nerd. Ojo: las cicatrices heroicas no son nada freak; no vayan enseñando por ahí el agujero de bala.
12) Juegos de mesa/computadoras: La cuestión es implicarse a vida-o-muerte en algo donde no participen tías, que requiera intelecto, una sensibilidad casi infantil y 0% de esfuerzo físico. Hoy en día las actividades en boga son los juegos de ordenador y el equivalente del rol que se juegue en los Manga-cafés, pero hace un siglo (pues los nerds ya existían en la época victoriana) era la investigación de lepidópteros, la filatelia y los trenes en miniatura. Y la masturbación compulsiva.
13) Masturbación febril: El nerd se masturba, oh sí. Se masturba con la furia de un guerrero semita del Antiguo Testamento (y con la misma rabia ciega, terror sobrenatural y primigenio auto-odio). De ahí ese olor tan particular que suele anunciar su llegada, esa mezcla de arenque y Nivea que desprenden sus (inexplicablemente tersas) manos. Son las horas y horas acumuladas sin haber conocido muller, y supliendo el dulce contacto de la dermis femenina con una visita apresurada a www.massiveknockers.com.
14) Abstinencia: No es nuestro caso, desde luego. El desprecio supremo al Cacaolat caliente y la querencia por el líquido que entretiene siempre nos hará freaks incompletos. Excepto en Inglaterra. Allí, incluso los nerds supremos (vean Spaced) se emborrachan. Es un gran país.
Lista del mes (octubre 2012): Conciertos de mi vida (una lista algo rock)
Esta es una lista un poco de foro rockero. Espero que sepan perdonarnos, por esta vez. No están en orden de importancia.
1) The Fleshtones (KGB, Barcelona, 1991): Todo se ha contado ya sobradamente en Mil violines. El mejor concierto de mi existencia, y no se hable más. Realicé una conga tremebunda con el grupo en las escaleras de la sala, con eso queda todo dicho. Creo que también me arranqué la camiseta repetidas veces, me subieron a hombros los amigotes, y muchos otros despropósitos causados por la edad (mía) y la armónica (de Peter Zaremba). Aquello parecía una mezcla de boda judía, fiesta de Animal house y despiporre medieval. Nadie logró emerger de allí seco, cuerdo o sobrio.
2) Texas Is The Reason + Samiam (Powerhaus, Londres, 1996): Para echarse a llorar y, luego, secándose uno las lágrimas con un puño, lanzarse a lo loco del escenario. Ambos grupos sonaban en impertinente y cansina rotación en nuestro tocadiscos, aquel largo invierno de 1995 (ver Mil violines). Ha habido otros tipos de “emo” (palabra que ha perdido por completo el significado, es cierto), pero nunca como este. Una tristeza y un nervio, tenía todo aquello… Y había hits, amigos, había hits.
3) Snuff (Powerhaus, Londres, 1996): Al poco de ver a Samiam y Texas Is The Reason acudimos al mismo tugurio para encontrarnos con nuestros favoritos ingleses de entonces, Snuff. Por fortuna, el grupo justo terminaba de publicar Demamusabebonk y estaba en plena etapa de Hammond mod, parkas, trombón, descantille Oi! y hardcore emocional. Lo que oyen: todo junto. Stage diving, camisas de paramecios, letras sobre Vespas y batería apocalíptica. Otro concierto para no olvidar nunca. Menudos eran, los Snuff.
4) Comet Gain (Water Rats, Londres, 1995): Dudo entre si los vi en un bill que incluía a Mary Lou Lord, u otro que apretujaba en la misma velada a Des Man Deablo, Skinned Teen y no sé quién leches más. O solos. Da lo mismo: vi a CG muchas veces durante 1995-96. Estaban justito en el periodo Wiiija de Say Yes! y The Getting ready EP, pre-Magnetic poetry: tocaban “Dreams of a working girl”, “Steps to the sea”, “Hideaway”, la tensona “Tighten up”, “Say yes”, “Baby’s alright”… Una maravilla, y un privilegio. Solían terminar con el “Chainsmoking” de Subway Sect, que nunca grabaron. Solía presentarles en español aquí el menda (tengo fotos que lo prueban).
5) The Lyres (Puertohurraco, Barcelona, 1993?): No me acuerdo del año, sinceramente. ¿Cómo iba a acordarme? Entre 1992 y 1995 la ingesta de espirituosos alcanzó en mi pueblo límites auténticamente incendiarios: aquellos cuatro años son un gran manchurrón de color gris, puntuado solo por ocasionales flashes musicales, narcóticos o meramente vandálicos. Sí recuerdo, no obstante, que aquella noche Jeff Connolly llevaba gafas de sol policiales y una cogorza de insuperable magnitud. Iba tan pedo que le firmó a un amigo un autógrafo donde se leía: Fej. Ni deletrear su nombre de pila sabía, el andoba. Eso no fue óbice para que diesen el mejor concierto de garaje rock farfisero que he visto con estos ojos míos, que algún día se comerán los gusanos.
6) The Devil Dogs (Puertohurraco, Barcelona, 1993?): Una semana después del anterior, o así. Se repitió la farra de los Lyres, pero con punk rock dictatoriano, rápido y simple y directo a la bolsa testicular. Uno del grupo llevaba las barras y estrellas cosidas al pantalón, estilo MC5. Participamos en uno de los últimos pogos gozosos y sostenibles, no dañinos, de nuestra vida. El Triplete del Garaje-punk Macanudo de Nuestras Vidas se hubiese sublimado aquel mes con la llegada de The Cynics a los pocos días, pero llegaron tarde a la sala (y encima cargados de camisetas donde se leía The Cynics, Spanish Tour sobre una inquietante rojigualda imperial: en Barcelona no vendieron ni una).
7) The Loved Ones (La Boite, Barcelona, dos noches de 1994): Tanto nos gustaban los Loved Ones que acudimos a ambos pases, viernes y sábado. Por edad nunca vi a los grupos de R&B mod británicos de 1964, pero al menos vi a lo que más se les ha parecido nunca. Los cuatro apuestos modernistas californianos estaban que no cabían en sí del gozo: llevaban toda una gira tocando en festivales de blues para vejetes de barba cana y campera enhiesta, y de golpe y porrazo se vieron atrapados en un espontáneo weekender adolescente y rodeados de mods allá donde miraran. Llegaron a versionar Desmond Dekker y Georgie Fame, imagínense el festival que se llegó a armar. Luego nos fuimos con el grupo a jugar al billar y a ligar al Badlands. No hicimos bien ni una cosa ni la otra.
8) Thee Mighty Caesars (Frat Shack, Londres, 1995): También en Mil violines. Llegaron al escenario en una cuadriga tirada por sus propios fans. La decoración era toda fake-romana. Habían muchos fulanos vestidos de leones (“Lions get in free”, anunciaba el flyer). Era una fiesta toga. Todos éramos tribunos y centuriones y vestales por una sola noche de intenso garaje-punk y latinajos. ¿Y les sorprende que sea este el concierto que justifica una vida?
9) The Headcoats (Saint John’s Tavern y The Boston Arms, infinidad de noches, 1995-96, 1997-2001): No puedo escogerles una vez ni aunque me retuerzan con saña el antebrazo izquierdo. Todas las veces que vi a Billy Childish, Bruce Brand y compañía eran trascendentes y magníficas y un farrazo. Y asimismo, al final uno –viviendo allí al lado, y ellos con su regularidad residente- las daba por hechas. Como si fuese lo más normal del mundo, eso de ver al mejor grupo de rock’n’roll del planeta cada viernes a la hora en punto. Quien los agarrara ahora, concho.
10) Edwyn Collins (Plaça del Rei, Barcelona, 1997): El Edwyn estaba de un humor de putos perros (menudo refunfuñón estaba hecho por aquel entonces), pero tocó todas esas canciones emocionantes, incluyendo “Consolation prize” (que el muy cenizo presentó diciendo “Seguro que ninguno de vosotros conoce esta canción”) y “Felicity”. Lo pasamos en grande. Unas semanas después tocaron allí mismo Belle & Sebastian, entre las murallas de la plaza y a media luz, y nos agarramos una melopea de dimensiones tan exageradas que no vimos ni una sola canción. La frase literal que se pronunció aquel día fue: “Si no llego a ir así de pedo, este hubiese sido uno de los conciertos de mi vida”. Pobre diablo bebedor: lo que te perdiste, por sediento y berzas.
(Por decir solo diez. Ha sido una ardua tarea. Hubo una época en que ir a ver conciertos era la prioridad vital absoluta, así que uno terminaba viendo a cientos de grupos anualmente. Tomen estos como botón de muestra. Otro día les hablo de los pésimos, que también los hubo)
Lista del mes (septiembre 2012): 11 de Oigo voces (algunas de mis laringes favoritas)
1) Bill Withers: Nos gusta todo de Withers. Su moral, su vida, su perspectiva, su trayectoria, sus canciones, sus letras, su desaparición temporal, su música y, naturalmente, su voz. Withers podía realizar el tono calmo y uy-me-ha-salido-así que parece completamente espontáneo y relajado, como si lo estuviese cantando en la ducha. Pero también podía ponerse gallito y soltar EL FALSETE MÁS LARGO QUE NADIE HA EXCLAMADO NUNCA (SIN TOMAR AIRE). Si no me creen escuchen esta fantástica “Lovely day”, minuto 3:05, pero les ruego que no traten de replicarlo en su casa. Es imposible igualar esa proeza vocal.
2) Tim Hardin: Casi que no sé qué decirles de Hardin, de lo mucho que me pirra toda su carrera. No sabía por dónde empezar; se trata, después de todo, de mi cantautor favorito de los 60’s. El tono es el que suele gustarnos aquí: íntimo, potente pero capaz de realizar inflexiones casi de alcoba, un sonido que (perdonen la cursilería) a veces sienta como una caricia en el recoveco adecuado. Pruébenle en “Don’t make promises“, una de las versionadísimas cimas de Tim Hardin 1 (hagan el favor de ignorar las imágenes del video). Oh, la versión de Timebox siempre nos ha chiflado, también.
3) Jackie Wilson: Uno de los vozarrones agudo-graves más reconocibles del soul. Déjense de Otis y Sam Cooke (aunque les amamos), nosotros nos quedamos con el tercero en hermandad de “El mejor cóctel” (bueno, también con Curtis). Olvídenlo, aspirantes: ni diez siglos de clases de canto podrían hacerles bramar como Jackie. ¿De dónde sale esa llamada? Parece proceder del centro de la tierra, como un ardiente chorro de magma, y es un bálsamo para cualquier alma fatigada. A esto se le llama estar tocado por la mano de Dios. Lloren con “I get the sweetest feeling” y con “Because of you” (oh, tan favorita de Bendito Atraso), se lo ruego.
4) Paul Heaton: No solo el sonido pinza-en-nariz de su voz es inconfundible, sino que el cantante de The Housemartins también podía acceder a falsettos-chillidos tan descomunales como el que efectuó en “I’ll be your shelter” (nos disculparan el video new age. Frase favorita de la canción: “Marx will work for us right around the clock”). Por cierto, que el otro día tuvimos la suerte de verle en un pub barcelonés (éramos los únicos catalanes del local) con ocasión de un concierto secreto, y nos berreó el “Caravan of love” a cappella y en toda la oreja. O sea, en serio: que estábamos a medio metro de su tráquea. Viva Heaton. No es Bill Withers, pero casi.
5) Laura Nyro: Mi querida Nyro. Un bramido de soprano capaz de tumbarse a la bartola en las notas más bajas y de elevarse sobre los cerros como un majestuoso cóndor andino. Con arranques histriónicos-Castafiore magníficamente ejecutados, también. Nuestra cantante favorita, sin discusión. Véanla aquí, en un tremendo “Save the country”, en directo.
6) Mose Allison: Mi querido Mose. Mi cantante predilecto, sin siquiera fijarme en las cosas magníficas que también ejecuta al piano, su ethos ni su forma de componer. Solo su voz: zureo de palomo, recitado sureño, textura casi manoseable, mascullaciones entre dientes y tarareos para sí mismo: nadie hace lo que él. Miren cómo va, a su ritmo, en el “I love the life I live” de Willie Dixon, incluido en su maravilloso LP Mose alive.
7) Sam Prekop: Me recuerda vagamente al anterior. El cantante de los fenomenales The Sea & Cake canta templado, con un ronroneo tranquilo y elegante, inaudito en cualquier forma de indie-rock (aunque, por supuesto, ellos no son indie-rock). Para mí: terapéutico. Prueben esa buena medicina en “New schools”.
8) Chali 2NA: Uno de los cuatro vocalistas de Jurassic 5. En el mayestático hit “Concrete Schoolyard” (top casero de Bendito Atraso) él es quien entra en el minuto 0:58. Su tono es tan distinto del de los demás miembros, su modulación tan profunda y amplia, que parece tratarse de otro tipo de bípedo. El Constantino Romero del hip hop.
9) Gift of Gab: Otro rapper. El señor voluminoso de Blackalicious. En este caso, se trata más de la forma de organizar las frases que de la voz como tal. Escúchenle encadenar adjetivos y adverbios y nostalgias en la bella “Make you feel that way”.
10) Kevin Rowland: El Gran Balido de Dexy’s Midnight Runners. Completamente afectado (Rowland no se desenvuelve así, gracias al cielo, en conversación), y sin embargo una de las voces más distintivas de la historia. Pueden escucharle aullar tremendos gorgoritos en este “I’m just looking” de la Projected Passion Revue.
11) Jeremy Gluck: El cantante canadiense de The Barracudas. Algo en su voz, algún tipo de timbre extraño, me ha resultado siempre reconfortante y curativo. Les adjunto esta, “Violent times”, por la única razón que siempre me ha emocionado; pero su voz nunca suele fallar (en disco).
Lista del mes (Julio/agosto 2012): El porqué de sus peinados
1) El llonguet (1977-83): Llamado así por su similitud con el extinto panecillo catalán. La apariencia exterior de este cardado era la de una voluminosa masa de levadura ascendente a la que se hubiese tratado de subyugar en última instancia con un desesperado cachiporrazo longitudinal. Esa forzada raya en medio era la causante de su apariencia panecillesca, aunque de frente también se parecía lo suyo al dorso de un camello postrado. Llevose a lo largo de toda la EGB. Creador: mi madre.
2) El Puercoespín Gomináceo (1984): Frustrado intento de lucir “moderno” en 7º de EGB, y de paso rebelarme contra El Terrible Llonguet. Los motivos primigenios de este atusado se pierden en la noche de los tiempos (¿Qué debí tratar de emular?, me pregunto hoy. Porque este cataclismo no pudo erupcionar de mi cerebro sin estímulos externos). Se trataba de un espectacular flat top, aunque inundado de litros de pringosa gomina que convertían la superficie craneal en un apelmazado lecho de clavos foliculares. Apariencia exterior: un cruce entre miembro de Level 42, cama de faquir y presentador del Arsenal. Creador (de este y todos los siguientes): El menda.
3) El Bruce Foxton (1985): Todos los mods tiernos de 1979 a 1985 cometieron en algún momento de su militancia este terrible error: fijarse en el miembro equivocado de The Jam a la hora de recaudar inspiración estético-capilar. Esencialmente, El Bruce Foxton era un mullet. No hay otra forma de llamarlo: un mullet despiadado y despatillado (como todos los mullets son), aunque en el caso de quien esto escribe, con moderado vokuhila (cola-castor) en la zona nucal. Dicho todo ello, hubiese sido peor aún fijarse en Rick Buckler, con sus pajizos bucles frontales de pretor romano (y semi-llonguet ocasional en el altiplano).
4) El Martin Blunt (1986): Despechado tras el fracaso del anterior, decidí tomar como modelo a algún otro músico de mod revival que se pareciera menos a un miembro de Bordon 4. El elegido fue Martin Blunt, de Makin’ Time, etapa Rhythm & Soul (Countdown, 1985). Su estilo de pelambrera era, de nuevo, gloriosamente simple de describir: se trataba de un rapado moderado con ligera concesión a la patilla de pelo. Clásico mod tempranísimo, etapa 1964, aunque con cierto deje skinhead. Para asegurarme de que no habría contratiempos, llevé la portada del álbum a mi peluquero de toda la vida, Antonio, que un poco más y se traga el Celtas. Por supuesto, al verme luciendo camisa de paramecios -de mi madre- un colorido disco pop bajo el brazo y exigiendo un cardado no-convencional, pensó que me había vuelto maricón.
5) El Backcombing (1987-90): Qué casualidad: tantos años odiando al Llonguet, y mi peinado favorito de adolescencia acabó pareciéndosele en grado extremo. Del backcombing ya se habló con anterioridad en la Lista #16 Cosas que me gustaron (y ya no): “ningún otro atusamiento capilar resulta tan poco atractivo (y menos masculino) en un hombre como el backcombing; es, realmente, el peinado más absurdo que existe, solo superado por las pelucas de la corte de Versalles”. Consiste en peinar un llonguet, y luego atacarlo violentamente por coronilla (peinando hacia atrás) y frente (peinando hacia delante), hasta que en mitad del cráneo permanezca solo el cráter de un hachazo. Y dejando un flequillo absolutamente rectilíneo de dos o tres dedos en la frente , al que se les añadirán un par de patillas de pelo exageradas. El ejemplo obvio (y modelo juvenil) es Ronnie Lane, de The Small Faces, aunque cualquier fulano inglés de 1965-68 con guitarra en la mano les sirve, la verdad. Rod “The mod” Stewart se hizo famoso llevando el backcombing a risibles extremos de pirámide azteca (aunque siguió hinchándose a follar, lo que prueba que eran otros tiempos con valores distintos). Aquel peinado mío era un espanto, en todo caso, y las chicas lo odiaban, pero a mí me hacía feliz.
6) El Skinhead crop (1988-hoy): Un intento de vigorizar mi maltrecha masculinidad (que, por culpa del backcombing, estaba bajo mínimos). El rapado al 3 o 4 ha sido utilizado regularmente en esta crin desde una muy temprana adolescencia, y se alternaba con otros aderezos capilares. Es fenomenalmente práctico, viril, luce rudo y no requiere peines, peinetas ni bigudíes. Y puede uno hacérselo a sí mismo, lo que ya es el colmo de la autarquía personal.
7) El Skinhead crop con raya (1992-3): Fallido experimento que solo se prolongó un par de años. Históricamente, la raya se marcaba al 0 en un rapado al 3, y era otro recurso skin para emular a los músicos soul de la América negra o a los rude boys jamaicanos. Bien, pues aquí el jefe decidió intentarlo en una peluca ostensiblemente más larga. Opiné que se trataba tan solo de magnificar la crencha para que resultara más visible en medio de las greñas. El resultado, ya imaginan, fue un gran viaducto de extrañísima tonsura que se abría en medio del cráneo como un cortafuegos de cuero cabelludo, y que mis amigos bautizaron como “el desagüe”. Ominosa situación real: cuando llovía, el “desagüe” hacía honor a su nombre, y enviaba todo el caudal de agua directo a mis cejas y nariz, como un trampolín acuático de ignominia. Éxito entre las féminas: 0.
8) El Tupé (1990, 1997, 2005, 2009): El tupé es como una alergia estacional que se manifiesta en mi frente cada medio lustro. Su visita suele ser breve (requiere demasiados cuidados), pero agradecida. La primera vez que recaló en mis bulbos fue en 1990, cuando los amables barberos militares de Cartagena aniquilaron sin compasión mi persistente backcombing, haciéndome el mayor favor que me ha hecho nadie nunca (y encima creyendo que me sometían a la disciplina castrense). ¡Gracias, servicio militar! La segunda vez fue tras la escucha de The Orange Juice (el tercer álbum). Desde entonces, forma sotobosque en mis folículos de forma regular, y aquí siempre le reservamos habitación.
9) El Hitler Youth (1998, 2006, 2010): Tupé + fuerza de la gravedad + gomina + lectura descontrolada de novelas victorianas + afición a la IIª Guerra Mundial. El tupé, extenuado después de varias semanas de tiesez urbana, terminaba derramándose a un lado, momento en que le aplicábamos un par de buenos lametones de potingue fijador. El conjunto, si bien ejecutado, debería asemejarse lo suyo al peinado de un SA de permiso en Bavaria (o un combatiente libertario en la Guerra Civil Española, como deseen).
10) El Casco Chino (1998-2000): Desafortunada consecuencia de estar down and out en Londres (sin un duro, vamos), y poseer una máquina eléctrica de afeitar cráneos. No era un peinado 100% autosuficiente porque, tras afeitar los lados y la nuca, algún desaprensivo debía pasar la tijera por el tejado y arreglar como bien pudiese el flequillo. Una vez terminado, el paciente lucía, en efecto, como uno de esos indistinguibles obreros-hormiga de Beijing, solo que moteado por algunas reveladoras llanuras de trasquilado involuntario. El aspecto final era de leproso camboyano tras haber pasado una extenuante sesión de electro-shocks en el centro jemer de turno.
11) El Backcombing trasnochado (1999): Se agarra el Casco chino, con su flequillín y toda la pesca, y se le administran un par de semanas de no-ducha. Macerar con el pringue durante unos días más y entonces encrespar manualmente en aisladas estalagmitas filo-dread de pura roña. No tengo ni idea de qué intentaba conseguir. ¡Aborten misión!
12) El Cero (1997, 2000, etc.): Última solución para errores y situaciones límite como el anterior, y muchos otros. Al cero, y volver a empezar desde la pinta de presidiario victoriano o reo de vernichtungslager. Cualquier cosa es mejor, así que la satisfacción futura está garantizada.
Lista del mes (junio del 2012): Una educación en disquerías (parte Uno)
1. Papermusik: Era un habitáculo de la calle Riera Baixa que –típico de los 70’s y primeros 80’s- vendía tanto discos como cómix contraculturales y el ocasional libro rock. Era de color verdoso, me parece. Sé que existía un Señor Papermusik, pero no consigo recordarle, ya que íbamos allí únicamente a consultar el oráculo Víctor (López, semi-alias: “Mágico”) cuando teníamos 15 o 16 años. “¿Esto está bien, Víctor?” (tirando de su manga), “¿Y este mola, Víctor?” (imprimiendo nuestros dedos grasientos de ensaimada en el lomo de algún bootleg carísimo), “¿Debería comprarme algo de este grupo con nombre sensacional que se llama Sonic Youth, Víctor?” (aún recuerdo su respuesta: “No. Son una brasa”). ¿Qué vendía la tienda? Lo que ya imaginan: rock’n’roll, garaje y punk. Allí gastamos las primeras 1500 pesetas en uno de los Nuggets temáticos (el de “Pop”). La inversión dolió, pero valió la pena.
2. Castelló: Nunca me gustó Castelló. No era un sitio que frecuentásemos con alegría, la verdad. Dicho esto, tenía una sección etiquetada “Psicodelia; importación” y otra que rezaba “Soul; importación”. Estos códigos querían decir simplemente que la tienda almacenaba en stock todas las novedades de Kent, Bam Caruso, Big Beat, Soul Supply, Edsel, See For Miles, etc. De mediados y finales de los ochenta. Todos los sellos, en resumen, que fueron nuestra auténtica educación sentimental (y, aún, los sellos que más amo)… Por tanto allá que nos íbamos los niños de las parkas como abejas a la rica miel, despreciando noblemente el resto de cajones grisáceos de la tienda. Compras que cambiaron mi vida: el recopilatorio de The Electric Prunes, el de The Action, el Club soul de Kent, el recopilatorio de The Creation, John’s Children, The Misunderstood… Ya ven por dónde voy. Mis discos favoritos, y no se hable más.
3. Edison’s: Una tienda mucho más acogedora que la anterior. Situada también en Riera Baixa, aquella sucursal de Edison’s (existían unas tres o cuatro en Barcelona) se ocupaba especialmente de segunda mano más o menos aceptable, pero también lucía un par de cajones con preciado material “Import” (¿recuerdan la pegatina circular que llevaban todas las portadas?). Sea como fuere, aquí el menda decidió premiar la fidelidad y compromiso de la tienda por el buen rock’n’roll hurtando de un cajón el These birds are dangerous de The Birds (el mini-LP que Edsel sacó en 1985). ¿Cuál fue la técnica usada en aquel improvisado golpe, me preguntan? Doblar el condenado vinilo sobre mi barriga (estilo refajo) por debajo de la parka, y presionar con ambos brazos para impedir que se notara mucho el molesto pasajero. Y salir a toda prisa, mascullando un azorado ¡Adiós! sin despegar en absoluto los brazos del cuerpo. Aún tengo ese disco, y cada vez que me topo con él me viene a la mente lo repugnante de mi acto. No es broma. Perdón, Edison’s.
4. Siete Pulgadas: También desaparecida, como las tres anteriores (en su forma original), el “Siete Pulgas” era un establecimiento dedicado únicamente al punk rock, el hardcore, el gótico y el indie (aunque al fondo de la tienda me temo que también vendían metal) de la calle Comtal. Siempre sonaba música atronadora, y lo llevaban una pareja de filo-siniestros que eran sinceros amantes de los discos. No eran muy simpáticos (aunque sí amables), pero da lo mismo, porque a los geeks de los discos eso de la simpatía nos importa un rábano. No íbamos allí a tomar el té con pastas, y las novedades siempre aparecían allí antes que en ninguna parte. Mejor disco que compré allí: El primer LP de The Parasites, que me alegró e iluminó a lo largo del confuso trienio 1991-93. Peor disco que compré allí: la basura ignominiosa que era el primer LP de Echobelly. Sí, durante tres segundos yo también creí que el Britpop traería unos cuantos discos chulos. No fue así, como nos enseña la historia.
5. Reckless: No da aquí para relatar todo lo que tengo que decir sobre Reckless Records de Berwick St. (Soho, Londres). Para detalles lamentables y muy delictivos, les cito en el próximo En las Batallas. Para todo lo demás, tan solo les diré que era una de las tiendas a las que era asiduo durante los años en que viví en Inglaterra, y que Dios decidió premiar aquella dedicación mía con un empleo en la misma. Recuerdo el primer disco que compré allí, antes de empezar a ser empleado: el Wild man on the loose de Mose Allison, original, 7 libras. Discos que como un imbécil me vendí allí para comprar otros discos (¡y cómo lamento haberlos vendido!): El 20 jazz funk greats de Throbbing Gristle, el Headquarters de los Monkees, el Once upon a dream de los Rascals… Fondos de armario que completé allí: Trojan, ska temprano y jazz vocal como para parar un tren de mercancías en pleno descarrilamiento.
6. Music & Video Exchange: Tampoco era la disquería más acogedora del planeta, pero sí la más barata (en cualquiera de sus sucursales: Notting Hill Gate, Berwick St. o Camden Town). No importa que los empleados sigan tratándole a uno como una cucaracha inmunda; no somos nenitas sollozantes. Lo que importa de veras -esos cientos y cientos de álbumes- estaba allí, y en cantidades mareantes. Su peor cajón: el de 60’s. Nunca había allí un solo disco que valiera la pena (obviamente, porque se lo quedaban antes los empleados, como es tradición). Su mejor cajón: UK Indie A-Z y US Indie A-Z. La mitad de nuestra colección de Creation, Cherry Red, Rough Trade, Sub Pop y tantas otras fue adquirida allí. Y por un precio ridículo. Lo mismo con todos los recopilatorios de un solo artista que sacó hermosamente Charly R&B en los 80’s: Chuck Jackson, Gene Chandler, gene McDaniels… Todo a cinco libras, gente.
7. Charity Shops (en general): No son disquerías como tales, sino tiendas de beneficiencia con licencia para vender cantidades imponentes de esa bazofia que nadie ha amado nunca. Para conseguir algún disco lindo uno tiene que lidiar antes con espejos en forma de guitarra manufacturados a base de incrustación de conchas, o ropa 80’s que ni el más descocado Lionel Ritchie hubiese osado lucir, pero al final –si perseveran lo suficiente- esos discos majos pueden aparecer. Mejor disco que pincé en una Charity: el “Paris blues” de Tony Middleton, reedición en Grapevine (también aprovecharían el furor northern para editar el “What” de Judy Street, ambos hits de Wigan). ¿Por cuánto? 20 peniques. Veinte miserables peniques por una de las canciones más profundas y emocionantes del planeta. No está mal, la verdad.
8. Intoxica: Nunca compré mucho en Intoxica de Portobello Road, si he de serles sincero. Frecuentaba el establecimiento para parlotear con uno de sus codueños, el amigo Nick Brown (ex-The Membranes), y para contemplar como el mismo humillaba una y otra vez a los turistas que cometían el craso error de entrar a preguntar por álbumes de Radiohead o Bruce Springsteen. Les hundía, se lo aseguro. Todos los clichés sobre disquero enfurruñado y no-vengas-aquí-a-hacerme-perder-el-tiempo se hacían ciertos en la figura de Nick Brown y su permanente aura nicotinesca, que expulsaba a patadas a los regulares viajeros australianos o despistados pijos castellanos en Barbour (“¿Yu haf de Bitels?”) mientras yo me tronchaba en segundo plano. Merecido se lo tenían, joder. Ahora que me acuerdo, también me agradaba manosear los EPs originales de The Artwoods o The Motions preciados a 400 libras cada uno, sabiendo que nunca, nunca, serían míos (pero qué hermosos eran, madre mía).


