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Disco del mes (febrero 2012): MAKIN’ TIME No lumps of fat or gristle guaranteed
MAKIN’ TIME
No lumps of fat or gristle guaranteed
(Fab, 1986)
Algunas apreciaciones subjetivas que quisiera compartir con ustedes: de todos los grupos de abre comillas mod revival cierra comillas, Makin’ Time eran los más interesantes. Tal vez eran menos punks que Purple Hearts, The Chords y Teenbeats, pero compensaban su falta de punkitud con sofisticación, elegancia, frescura y hits. Su pop (pese a formar parte de la segunda ola de la escena abre comillas mod revival cierra comillas) era muy poco revivalista, visionario, muy del momento: Julie Driscoll mezclada con Bangles, pop limpio (¡esas producciones de Pat Collier y Will Birch!), Motownesca adaptada a los ochentas, toques jazz y blue-eyed soul, un sonido Vox Continental/Farfisa lleno de raíces que –no obstante- se integraba en una visión actual y excitante del nuevo pop. Nada de 1-2-3-4, aullidos, Ba-ba-ba-batman y Rickenbackers estridentes: su ritmo se enfocaba mejor hacia Georgie Fame, Cliff Bennett y Timebox, pero con la adecuación al entorno y el mirar hacia adelante de The Style Council, Vic Godard y Dexys.
Makin’ Time eran un cuarteto de Wolverthampton (West Midlands) formado en 1983 como combo de R&B pedestre. Cuando se incorporó la teclista Fay Hallam en 1984, la nueva ola de la escena mod –por aquel entonces obcecada en huir de los punkismos, las chapas y el pogo de 1979-1981- hizo de ellos su grupo emblema. Era el suyo un sonido de mod club que no negaba sus cimientos, pero que rechazaba amurallarse en ranciedades añejas. Pocas bandas consiguen un sonido auténticamente único, inconfundible (The Sea & Cake, The English Beat, Television, The Fall…) y Makin’ Time eran una de esas bandas: la voz rica y tonal de Mark McGounden, el órgano flirteante y voz sólida (piensen en Anita O’Day o Julie London) de Fay Hallam, el melódico bajo de Martin Blunt y la batería fiera, compacta, precisa y muy Motown de Neil Clitheroe (así como su look Freddie & The Dreamers)… Eran todo elementos que se unían en un grupo harto particular y talentoso (tres de sus miembros componían, y encima lo hacían bien), mucho más cercano por ámbito y ambición a Weekend que a Secret Affair. Y todas esas canciones maravillosas, tan memorables y llenas de guiños y ganchos y coros.
Su primer álbum, Rhythm’n’Soul (Countdown/Stiff, 1985), es una maravilla. Su título es autoexplicativo. Soul-pop rítmico, pulido y joven. Cada canción un single potencial. Ellos impecables en portada y contraportada: jerséis de cuello redondo, brogues, bufandas al hombro, tops a rayas,
un barbilampiño Martin Blunt con corte de pelo casi skinhead y pinta Ivy League. Muchos amaron el álbum (como el gran Dave McCullough, que dijo en Sounds: “Fay Hallam is God”; el disco obtuvo varios Singles of the Week y dos de sus canciones escalaron las listas) y otros lo odiaron (un tal Roger Holland les definió como “tinny Manfred Mann tupperware sound”). Muchos de nosotros lo pusimos en el plato y allí se quedó, toda una vida. Here is my number baby. Feel like it’s love. Stop this cryin’ inside. The girl that touch my soul, pa-pa-pa-pa-pa.
Makin’ Time podrían haber sido grandes. Pero su sello, Stiff, se vino abajo y, justo antes de eso sucediera, el capo Dave Robinson (en un último y desesperado intento de conseguir éxito mainstream) les obligó a grabar un maxi con el “Pump it up” de Elvis Costello en la cara A. Craso error, que solo les reportaría burlas de una prensa rockera y/o arty siempre dispuesta a denigrar lo mod (en una crítica alguien escribió, simplemente: SACRILEGE). Cuando Stiff mordió el polvo y desapareció del planeta, Makin’ Time, huérfanos y humillados, decidieron autoeditarse el segundo LP. Y de él quiero hablarles.
No lumps of fat or gristle guaranteed (Fab, 1986), a pesar de su título atroz, es un gran disco. Siempre ha sido el patito feo de Makin’ Time, porque fue concebido como back-to-basics (con un sonido cavernoso y vagamente garajero, que se acercaba puntualmente al Medway sound de The Prisoners), y también porque para entonces nadie estaba prestando demasiada atención. No importa; las canciones de Hallam-Blunt-McGounden eran aún superlativas. El disco despide un cierto aroma de ansiedad, de intranquilidad y decepción; todo es más oscuro y triste, pese a que Pat Collier y Will Birch seguían dando cera y puliendo cera en el estudio. La atmosfera es, ocasionalmente, parecida a la de El problema es la edad de Brighton 64: un grupo desilusionado y harto que, sin embargo, decide arrear un postrero zarpazo. Makin’ Time bailan aquí para detener la marea de la tristeza; no hay otra manera. Siguen sonando hits a porrillo: Power-pop-beat-mod en “Hard woman” y “Need somebody”, o vagamente psych en “I always get what I want”. En “I’m not really a welder” el grupo aúna las caras B de Georgie Fame con las caras B de Housemartins en un semi-instrumental emocionante y nervioso. “Night time” es mi hit: Petula Clark con 80’s mod, la voz elevada de la Hallam llevando el tema más allá. Un mod sound nada obvio, nada revivalista: una white soul vision verídica y con sangre en las venas, sin poses ni coartada intelectual. Going to a go-go, todo el mundo. No lumps… aparecería en Alemania con el título cambiado (Two down, Fab 1986), la misma portada tirando a inmunda, y un collage retrospectivo de recortes de prensa y fotos promocionales antiguas que ya olía a epitafio.
Makin’ Time se disolvieron poco después, tras una gira por Alemania, y este segundo intento del que les hablo sería olvidado por la raza humana. Fay Hallam y Martin Blunt formaron The Gift Horses con el fornido Graham Day (The Prisoners), pero solo alcanzarían a sacar un single (“Rosemary”, con la estupenda balada “Learning to bring yourself down” en la cara B). Un final feliz: Hallam y Day se casaron, y encima formaron The Prime Movers. Su excelente primer disco The sins of the fourfathers (parte The Prisoners, parte Deep Purple del “Hush” y Small Faces más fieros) era energético, riffeante y muy gorila, si bien en posteriores trabajos derivarían (¡ay!) hacia el prog y los botines de múltiple hebillaje. La Hallam terminaría fundando dos grupos post-Prime Movers: The Fay Hallam Trinity y Phaze: ambos practicando un sonido Brian Auger lisérgico, todavía con aquella voz amplia y honda como las rocosas. Y en cuanto a Martin Blunt, ustedes ya saben de qué se le acusa: fundó los siempre plúmbeos The Charlatans junto al tipo aquel de los labios de abadejo, confundiendo a una generación entera de fans que, por asociación (un par de flequillos, un órgano machacante, una versioncilla, el pasado de Blunt, una fotito junto a scooters churriguerescas), etiquetarían aquel endiablado espanto como sonido mod. Pero si lo que buscan es soul-pop-mod blanco, arraigado y lozano a la vez, Makin’ Time son el grupo que han de escuchar. Y no le hagan un feo a este segundo álbum, que es estupendo. Kiko Amat
Lista del mes (julio-agosto 2011): 8 bares que amé
1) Barcelona: Casi mi bar de infancia. Un BUP alternativo. Mi perdición. Una champañería –aunque nunca vi a nadie beber champán allí- de extracción progre y clientela heterogénea que sobrevivió en Sant Boi hasta 1989 (a ojo de buen cubero) y que no sería exagerado decir que nos proporcionó un nada desdeñable ensayo sobre el mundo venidero. Sonaban Elvis Costello, Joe Jackson, Los Burros y EUDLF, Specials, Selecter, Stray Cats y el Sandinista, o yo lo recuerdo siempre así (que es lo mismo). Podías grafitear el lavabo (en Rompepistas, las pintadas descritas en la escena de primera fractura Clareana-Rompepistas están extraídas directamente de aquel WC). Y, claro, estaba poblado por rockers, mods, skins, punks, hippies y todo tipo de flora demente municipal. Ya me lo decía mi madre: “no te juntes con esa gente, que acabarás mal”. Amén.
2) Kolakao: Emplazado en la columnada sala de una antigua sucursal bancaria, y con vibraciones de auténtico ateneo/club social, este fue el irreductible y único bar local para los de mi pandilla durante seis largos años (1988-1994). Un lugar donde todo el mundo conocía tu nombre, así como las canalladas que cometiste la noche pasada (con todo detalle). Veranos enteros recuerdo, veranos sentados en la terraza de la placita, mascando aceitunas de la bacallaneria de al lado, bebiendo cerveza en jarra y viendo las horas, las chicas y las expectativas futuras pasar de largo. Academic inspiration you gave me none, como suele decirse.
3) 1986: A una manzana del anterior, y sito en una habitación de 6m2 (máximo), el 1986 era una cosa cuca, y un satélite operativo del anterior que se usaba para cambiar de aires (a 100 metros: ese era el temerario alcance de nuestra sed de mundo). Ton, su dueño, ponía amablemente las cintas que llevabas (recopilatorios de Kent, Housemartins, Dexys, el Monkey Business, el Keep on comin’ through the door…) hasta que las casetes terminaban poniéndose cómodas allí. Veranos enteros recuerdo, veranos sentados en la terraza, etc, etc.
4) La Costa Brava: Otro segundo hogar, este más reciente. Acaba de cerrar definitivamente sus puertas, y por ello en casa estamos de luto. Pero, a lo largo de los años en que estuvimos juntos, La Costa era un lugar de arropamiento comunal, sabiduría, chubasco de quintos y tinnitus sorpresivo (por los discos de música industrial o RRV con las que te asaltaba Albert, el dueño). En mi mente “la bodega rockera” está guardada en formol, en la misma postura, estática e inmutable como una fotografía amarillenta: sentados en la puerta, sin zapatos, escuchando el Nuggets, botellín en mano, discutiendo de política, insultando a algún fariseo/memo, tronchándonos todos y cerca, muy cerca, de la felicidad completa. O platicando sobre Jardiel Poncela, Anagrama y chanson con Pedropedia y otros tertulianos. ¡Vives en nuestro recuerdo, Costa brava!
5) The Blue Posts: En medio del mercado callejero de Berwick street (Soho, Londres) sobrevive aún este pub victoriano que cobijó nuestras posaderas diariamente desde 1999 a 2002. Guinness fría y cacahuetes reveníos, camareras australianas en rota (que un amigo irlandés se iba beneficiando según bajaban del avión, como un fálico comité de bienvenida), televisión inexistente y un landlord poco amigo de disturbios o turistas al que vimos desalojar (él solito) a un sólido contingente de hooligans curdas en pie de guerra. Allí también fuimos felices y acariciamos el lomo aterciopelado de la plenitud vital.
6) Canigó: Sin exagerar: durante unos años, estábamos allí todo el santo día. No recuerdo ir a casa en ningún momento, así que durante una época (la de mayores hostilidades beodas) debieron disponer sacos de dormir en la alacena. Cacofonía de multitudes, conversaciones a voces, discusiones sobre discos hermosos y grupos olvidados, siempre algún conocido entrando por la puerta, o haciendo cola para ir al váter y, de fondo, aquella cinta muda de Lo Mejor de Motown. Los mejores momentos.
7) Quimet & Quimet: Actualmente es un reducto para señoras con abrigo de visón y turistas de postín, pero durante unos cuantos años era tan solo una bodega clásica, más fiable que el Halcón Milenario y con una cantidad descabellada de cervezas a la disposición de uno. Pasé más de mil años, muchos más, entre sus paredes, y en más de una ocasión algún amigo me llamó por teléfono allí, como si se tratase de mi despacho. En ella cantamos a menudo, siempre a berridos, lo que sin duda explica el irreversible y decidido cambio de orientación (y clientela) del lugar. Y nuestra inexorable –aunque amable- expulsión final. El éxodo continuaba.
8) Bar Oller: Siempre habrá un nuevo lugar al que ir. El nuevo (aunque casi centenario) es el entrañable bar Oller, situado justito enfrente de la estatua del Hércules con cachiporra del Passeig Sant Joan. Clientela amigable, terraza-solarium, camarero atento y unas cervezas que parecen recién arrancadas de las entrañas de un iceberg. Quedamos allí, a las 12:30h. No tarden.
Libro del mes (julio-agosto 2011): SANTIAGO LORENZO Los millones
Santiago Lorenzo
Libros Mondo Brutto
205 págs.
¿Los millones? Su reino no es de este mundo. ¿De qué reino hablamos? De uno que sobrevive perdido, aislado, olvidado, una meseta 80’s que –contra todo pronóstico- vuelve a nosotros en pleno 2011, acarreando algo de paz para combatir el desasosiego y la presente banalidad de base. Pero no me entiendan mal: Los millones no es un libro ochentas; simplemente está ambientado allí. En 1986, para ser exactos. Esta sensacional novela, por añadidura, ostenta la más escueta y a la vez descriptiva nota de contraportada que hemos visto jamás: “Marzo de 1986. A uno del GRAPO le tocan doscientos millones de pesetas en la Lotería Primitiva. No puede cobrar el premio porque no tiene DNI”. Pero esta (por otra parte) fabulosa reducción de trama podría llevarles a engaño, porque Los millones dista mucho de ser una noveleta-con-guiño, una broma pulp con aroma cañí, por mucho que transcurra en el Madrid de mediados de los ochenta y por mucho que su protagonista sea “terrorista”. He aquí una novela que podría ser descrita como “analógica”, de la forma en que Thomas Pynchon se refirió al Stone Junction de Jim Dodge. Un libro que, tanto por su celebración de las cosas que ya no existen, por su inherente panegírico a ese mundo (a ese Madrid) en vías de desaparecer, como por su lenguaje deliberadamente anacrónico, como por su rechazo a truquitos metaliterarios o fragmentación posmo, podría ser de cualquier época, perenne, inmutable. Noventayochista, si me permiten exagerar. Esta es, entonces, una novela pre-tecnológica, pre-globalización, escrita por alguien que aún está enamorado de Salgari, Verne, Chesterton, el Valle-Inclán de Luces de bohemia y Conan Doyle, ajeno a los dimes y diretes del mundo editorial, sus modas y bagatelas, sus pisaverdes y sus pelmazos. Una novela casi de aventuras, solo que en lugar de suceder la acción en un altiplano perdido de la Amazonia o en un bajel pirata que sortea el Cabo de Hornos (o en un café de 1924), su adictiva trama se nos presenta en un maravilloso Madrid 1986 preservado para nosotros con el amor y el cuidado de un veterano entomólogo.
La trama detectivesco-conspirativa de Los millones, como habrán imaginado, es solo un pequeño encanto de los muchos que pasea por ahí esta remarcable obra. Uno pasa las páginas con furia, enfrentado a un misteriete que tiene tanto de El hombre que fue jueves como de The Ipcress file. Pero lo que deja más poso, lo que le rompe a uno el corazón, es su maravillosa oda a un mundo que parecía eterno, y resultó no serlo. En ese sentido, Los millones es una obra nostálgica, de la forma menos imbécil, menos barata y menos estéril posible: una novela que celebra la sociedad, comunidad y forma de vida de 1986, un universo que aún era remarcablemente parecido al de 1886, un medio ambiente que creíamos destinado a la eternidad, y que hacia mitades de los 90 nos arrancaron de debajo de los pies sin avisar ni pedir permiso. Piensen en el reciente “My town” de The Wild Swans, o el “Losing Haringay” de The Clientele, o la penúltima novela de Jonathan Coe, y entenderán el sentimiento subyacente aquí; incurable pesadumbre por lo que ya no existe.
Los millones, por tanto (sin caer jamás en la sensiblería Reader’s Digest, o el afectado kitsch gilipollas del que luce una camiseta de Naranjito), le canta a Radio Ochenta Serie Oro, a la cazalla y los botellines, a las chupas de “termoforro”, a la prensa deportiva, los Bonys y el mundo social pre-Facebook, pre-móviles, pre-subnormalidad. En ese sentido, como obra que aplaude a un planeta 80’s tan seguro de su permanencia como inquieto por el futuro, la novela es insuperable. Es irónico, asimismo, que el responsable de describir esa sociedad sea, precisamente, un protagonista forzado a la marginación y a la asocialidad, pero tal vez sea su estática soledad la que realza la vida de una ciudad que vivía en la calle; o, más concretamente, en los bares de ésta. Y es que Los millones es también un canto al bar, a sus costumbres, hábitos, clichés y particularidades, a sus leyes y su aspecto, tanto interior como exterior. Desde luego, solo alguien que haya pasado media vida en bares y bodegas (ver lista de julio-agosto) puede ser capaz de plasmar con semejante meticulosidad molecular el maremoto de detalles y referencias que pueblan la prosa del libro. Como el propio autor reconoce al final, “todas las localizaciones de la novela son reales, y funcionaban como tales en 1986”. Ni que lo jures, Lorenzo.
No obstante, debemos insistir, esta no es una novela vivencial. Su propósito final es ese entretenimiento de vieja escuela, Jardielesco y Mihurista, que los cráneos previlegiados de la literatura actual rehúsan tocar, y que tan en falta se echa en las librerías de hoy. Y a la vez, esas aventuras son la excusa para hablar con grandioso pathos de la soledad y la supervivencia, de lo dañina que es la carestía amical, del hueco en el alma que horada la falta de seres a quien amar, y a la vez a las posibilidades redentoras del amor romántico, del compadreo eterno, del encuentro de la media naranja. Por si esto fuese poco, casi inadvertidamente, Santiago Lorenzo erige simultáneamente un manual para el ahorro, un decálogo para arreglárselas con pocas perras, que apreciaran todos los manirrotos patológicos y dados al dislate pecuniario.
Como todo debe encajar, quizás sepan ya que Santiago Lorenzo es además artista pre-tecnológico (no se pierdan sus esculturas-híbrido de modelismo amueblante), cineasta (suyas son Mamá es boba y Un buen día lo tiene cualquiera, además de varios cortometrajes premiados aquí y allá), señor con cola de caballo y amante fatal de una buena barra de bar. Es decir: un humano al que desearíamos conocer, abrazar, sepultar en lisonjas, abrumar mediante brindis de repetición y, ya juntos y ebrios, maldecir la dictatorial intangibilidad y estulticia de estos tiempos nuevos, nada salvajes. Compren su libro, por favor.
Kiko Amat



