Entradas con la etiqueta ‘1987’
Disco del mes (Julio/Agosto 2012): THE BATS Daddy’s highway
Daddy’s highway
Flying Nun, 1987
Como anticipo a este verano nos complace recomendarles uno de los mejores álbumes salidos de Flying Nun: el debut de The Bats. Se titula Daddy’s highway, se publicó en el magnífico año de 1987 (muchos Álbumes del Mes en esta casa se editaron por esos aledaños), y acaba de ser reeditado en su forma original por el sello que lo vio nacer. The Bats eran -y siguen siendo, pues continúan en activo- Robert Scott, Kate Woodward, Paul Kean y Malcolm Grant, y unieron sus destinos en Christchurch (NZ), hacia 1982. Si ustedes están mínimamente versados en el año de marras, y en los artefactos que emergieron de Nueva Zelanda sobre aquella época (el llamado “sonido Dunedin” de Flying Nun: The Chills, The Clean, The Verlaines, Tall Dwarfs, etc.) ya pueden imaginar cuales fueron los parámetros fundacionales del cuarteto: pop melancólico, sutil y elegante, enraizado en el beat, los Nuggets y la V.U., pero que reusó todo aquel legado para refundar un pop nuevo con actitud punk y espíritu generacional. Sí, aunque emergieran de la otra punta del globo y fuesen santamente a su bola, The Bats –y, por extensión, el Dunedin Sound- suenan a puro 1987 independiente inglés: The June Brides, The Jasmine Minks, Razorcuts, Hurrah!, McCarthy, The Dentists (sin el garaje), pop escocés, etc. Por afinidades, vamos, no por mimetismo. Pop jangleoso con Rickenbackers cristalinas, ocasionalmente modesco y Byrdsiano, a ratos oscuro y amenazante, a ratos trotón y feliciano, pero siempre artesano y meticuloso. Como The Go-Betweens, The Bats prestaban una gran atención a la forma de las canciones, su perdurabilidad, su estructura y composición; buscando un método de componer que no estuviese trillado ni recordara demasiado al rockete de viejo cuño, pero que tampoco escampara por senderos de desvarío experimental.
En el álbum, consecución de varios años lanzando EPs crudos, abundan canciones con el violín solitario de Alistair Galbraith (puro The June Brides), y otras que usan una caja de ritmos razonablemente cálida, y todo se funde en un sonido coherente mediante la voz rica y cercana de Robert Scott, las guitarras quebradizas, el bajo de Kean y el órgano no-garajero de la Woodward. En el terreno de las baladas pop, The Bats son tan efectivos y emocionales como The Jasmine Minks (escuchen “Sir Queen”), pero también dominan la penumbra y lo sombrío (“North by north”, que es como el “Pink frost” de The Chills) y el hit celestial (“Treason”, “Round and down”, “Block of wood”, “Daddy’s highway” y bastantes más). ¿Cimas? Las favoritas de Bendito Atraso, si quieren saberlo, son “I miss these things”, que parece continuamente a punto de romperse y deshilacharse, deshacerse en las manos del oyente, pero se eleva cada vez en un monumental tobogán de crescendo; y una canción extra que no aparecía en el LP original (fue cara B de “Block of wood” y viene incluida en los downloads de la reedición): “Calm before the storm”. Un imponente himnazo POP con coros sacramentales, varias capas de tristeza dulce, sonido cuadrafónico a lo They Might Be Giants y emoción dérmica a porrillo (por no hablar de su letra); una canción que podría haber sido éxito para The Smiths o The Housemartins, o cualquier otro grupo de pop hermoso con acceso al mainstream. 2:50 minutos de absoluta perfección coral que los sencillos chicos de Dunedin decidieron ocultar en una modesta cara B, como si se tratase de un tesoro infantil. Tal vez pensando, con razón, que el álbum ya contenía suficientes canciones rotundas e inolvidables, y que no era plan de ponerse jactanciosos. Kiko Amat
Un amor de St. Swithin’s day
Novela Fenomenal epopeya a lo largo de 20 años, tan romántica como humorística, por uno de los autores revelación ingleses del momento
Aquí tienen a uno de los Mejores Libros del 2010. ¿Quién lo diría, verdad? Si no llego a llamarles la atención, hubiesen pasado de largo sin verlo. Porque es feo. Más feo que pegarle a un padre con un calcetín sudado y lleno de perdigones. ¿Recuerdan aquella canción de Bo Diddley que decía “No puedes juzgar un libro por su portada”? Bueno, a veces sí puedes. O podrías, si el diseñador no te hubiese endilgado una foto tan -pero tan- cursi que espantaría hasta al agente de Doris Day. Da igual: yo les insto a ser valientes, lectores de Cultura/S; pues la novela de David Nicholls bien vale una mirada condescendiente de su librera. Si se atreven a abrirlo con un dramático gesto descapuchador se toparán con una novela original, divertida, cálida y emotiva, cuyas virtudes han cantado ya escritores como Jonathan Coe y Nick Hornby. Y yo, que me dispongo a hacer lo mismo en las lineas que siguen.
Siempre el mismo día cuenta la historia de Emma Morley y Dexter Mayhew, dos estudiantes ingleses que se “enrollan” (permítanme que utilice vernacular joven) un 15 de Julio, día de San Swithin -como la canción de Billy Bragg- del año 1987. Ella es guapetona-tabalot, clase obrera de Nottingham, aguda y mordaz, buena y sincera; él es vanidoso y algo superficial, ricacho de los Home Counties, ligoncete y con tendencia a la perdida de papeles, un poco capullo, pero en el fondo un trozopán. A lo largo de las páginas del libro vamos a ver cómo evolucionan sus vidas durante los veinte años siguientes, con sus encuentros, rupturas y aventuras. Y vamos a topar con ellos cada 15 de julio del año en curso, de ahí el título. Veo ya a algunos de ustedes realizar el gesto de meterse dos dedos en la boca mientras de su traquea emerge la frase Cuando Harry encontró a Sallyagghjggk; pero se equivocan. Siempre el mismo día no es para nada una novela predestinada a mutar en bodrio feel-good de Hollywood, aunque sin duda tratarán de adaptarla extirpando con rabia todas las partes buenas.
Las partes buenas son, de hecho, multitud. Los diálogos son geniales, para empezar. Imaginen el wit afilado de Noël Coward o Wilde, pero en creíble. Creíble y brillante, y encima fresco, y además auténtico. La autenticidad de la fuente es otro de los atributos de Un dia, pese a que el asunto del 15 de julio pueda parecer un simple gimmick. Pues Nicholls, ese Rodríguez de la Fuente del mundo bípedo, posee una grandiosa capacidad para la observación de humanos en su hábitat natural. Sus frases de disección antropológica son a veces emotivas, estilo Kevin Rowland (“Hojas quemadas y petroleo: sabe a 1995”) a veces de risa (“No lleva ropa interior, sólo una camiseta negra que no le llega a las caderas. Es un look que no le queda bien a ningún hombre del mundo”).
Lo que nos lleva al humorismo de Nicholls: una cosa inspirada y harto efectiva. Su humor no es de sonrisilla je-je y ceja arqueada, sino de trompeteante REVA (Risas en Voz Alta) y carcajada-cañonazo, conseguida a base de certeros dobles sentidos, imagenes imborrables -ocasionalmente escatológicas, cómo no- y una dosis heroica de ingenioso sarcasmo, cortesía de Emma. Algunos sosainas allá fuera mantienen que el sarcasmo es “la forma más baja de ingenio”, señal inequívoca de que nunca han oido hablar de Basil Fawlty o Chandler Bing. Varios de los momentos más hilarantes del libro provienen de la ácida reacción de Emma al patetismo circundante (la cena romántica con el cómico nerd), aderezados con algo de sano derrumbe personal y mamarrachadas varias de Dexter (como cuando da un biberón con una borrachera atroz).
Y de las sonrisas a las lágrimas, como los Von Trapp. El equilibrio de la novela se consigue con momentos selectos de gran seriedad. Pero no de la plumbea o pacata, sino de pathos sincero y pena certeramente pintada. De entre ellas destaca la visita de Dexter a su madre enferma de cáncer terminal; esa visita egoïsta, indigna, cobarde e increiblemente borrachuza que se les va a atragantar en la garganta como un gran pretzel untado en grava.
O sea que así estamos: van a llorar, se van a tronchar, van a terminar el libro con la sensación alucinatoria de que conocen a esta gente de toda la vida (como adujo Coe), pero -eso sí- van a tener que ir por el mundo con un libro forrado, como si aún cursaran 6º de EGB. Un pequeño precio a pagar, no me digan, por un placer tan enorme. Kiko Amat
Siempre el mismo día / Un dia
David Nicholls
Maeva
431 págs.
Traducción de Jofre Homedes Beutnagel
Columna
503 págs.
Traducción de Esther Roig
(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 18 de agosto de 2010)



