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En las Batallas #3: T.R.I.P.I.S. (1ª parte)

La idea, durante un tiempo, era la siguiente: drogadicción temática. Planeábamos ir al zoo pasados de tripis, a un sex-shop de popper, a un museo de speed, borrachos a clase, de anfetas al monte; todo para ir variando las vistas de nuestra pérdida de sobriedad. Como si así estuviéramos probando “algo nuevo”, que decía aquella canción. Por supuesto, nunca pruebas “algo nuevo”; es lo mismo de siempre, y provoca los mismos (y gratificantes) estímulos. Por añadidura, hay un límite de cosas nuevas que puede uno probar. Cuando éstas llegan a su final, empieza el reiterativo ciclo de la ponzoña.

Pero en 1992 aún no estábamos en esta tesitura. Estábamos, de hecho, con ambos pies inciertamente plantificados en nuestro periodo lisérgico. No es que nos hubiésemos vuelto hippies: seguíamos siendo la misma cochambre skinhead, solo que ahora cargábamos con las temibles alforjas de la experimentación tripal (de hecho, ¿skins de tripi? Suena aún como una infalible receta para el desastre).

Así que un feliz día de febrero de 1992 decidimos ir al Carnaval de Vilanova i la Geltrú convenientemente intoxicados de una potente modalidad de ácido llamada Gorbachovs. Era el año caliente del hooliganismo en Barcelona –un miembro de los Brigadas Blanquiazules había sido apuñalado recientemente por los Boixos Nois- y en consecuencia veíamos nazis locos parapetados en cada esquina. Un observador neutral podría haber apuntado que, en ese paranoico estado mental, lo más desaconsejable sería ingerir ácidos. E irse a un pueblo donde todo el mundo lleva máscaras. E ir ataviados con el completo uniforme de skins 80’s. Y hubiese tenido toda la razón. Pero a las 20:00h, ajenos a todo raciocinio, nos plantificamos diez de nosotros en el epicentro del carnaval.

¿Alguien ha visto alguna vez lo que acontece cuando uno mea sobre un hormiguero? ¿El estado de completa desorientación formícida que sucede a la lluvia úrica? Una situación similar explotó en nuestro grupo cuando empezó a hacer efecto la droga, como en Apocalypse Now. Unos que triscan por aquí. Otros dos que se mondan durante una hora, tratando de pedirles unas cervezas a unas camareras (disfrazadas de) hippies. Otros tres que tratan de unirse a una comparsa de carnaval, y son echados a puñetazos. Otros dos –vuelven a ser los idiotas de las hippies- que creen haber visto venir hacia ellos a los padres de uno.

Un momento: eran los padres de verdad.

No iban disfrazados de sus padres. Eran sus malditos padres, la madre que les parió. ¿Qué hacer: arriesgarnos a que nos viesen huir despavoridos, o ir allá y contarles que acababamos de tener una conversación la mar de edificante con un reno que de golpe se transformó en Makarios III, fallecido patriarca de la iglesia ortodoxa chipriota? Enfrentados a la disyuntiva, echamos a correr.

Unos minutos después, como en los reagrupamientos automáticos de las grandes manadas de bisontes, volvíamos a estar todos juntos, ahora tratando de colarnos en una discoteca. Y de repente -¡atención!- uno de los nuestros gritó:

- ¡Navaja! ¡Ese skin acaba de sacar una navaja!

Nadie pidió detalles. Nadie sugirió que, dado el estado general, la navaja pudo haber sido un arenque, un pañuelo, un pepino. Como locos, como lemmings, como gente que ha perdido sin remedio la razón, huimos rambla abajo al galope otra vez.

Fue entonces cuando tratamos de refugiarnos en otro bar, y un cholo gigante nos impidió la entrada. Era como Luca Brasi y el Coloso de la Patrulla X, juntos. Todos retrocedieron un paso atrás, menos uno. El más gilipollas. Yo. Miré bizqueando al titán, tratando de ajustar su imagen, y me acerqué a él, y de mi boca brotaron estos vocablos, que mis amigos aún repiten ante el fuego para amenizar las largas noches de invierno.

- Mira tío –farfullé, sin miedo ni atisbo alguno de cordura- ¿Sabes qué vamos a hacer? Cagaremos entre todos un gran truño para tu madre.

Dije eso, allí, ante los dos metros de sólida fibra muscular, mientras a mi alrededor descendía el silencio.

Cagaremos.

Entre todos.

¿Un gran truño, dices?

Sí, y aparentemente solo para entregárselo a la madre de este gorila sanguinario.

Oh, el shock. El shock de todos. La incredulidad que compartimos. Nadie se movió durante unos segundos que se tornaron décadas. El bruto aquel no se creía que un tuberculoso de 1.70 le hubiese faltado a la madre, y encima amenazando con defecar para ella un imposible mojón comunal. Los amigos del tísico no creían que el retrasado mental de su amigo hubiese sido capaz de farfollar tal locura. Y el propio idiota (yo) estaba paralizado como una estaca, tratando de discernir si los verbos y predicados que terminaban de ser escupidos de su boca eran realmente suyos.

El ogro procedió finalmente a estrujarme el cuello con gran violencia, ghhhkkkk, mientras los míos tiraban de mis pies en dirección opuesta y el oxígeno dejaba de regar mis terminales nerviosas. Hay un momento para vivir y uno para morir, como cantaron los Byrds, y todo apuntaba a que –con franqueza- mi hora había llegado.

(Continuará)

Kiko Amat

(Tercera entrega de la serie En las batallas que está publicando mensualmente la revista Barcelonés)

En las batallas #2: Puede producir nerviosismo

Todas las cosas, incluso las más imprudentes, tienen su metodología. Hacia 1992, casi todos los de mi pandilla nos habíamos habituado a engullir anfetamina como si se tratase de gominolas. Las usábamos para bailar, aguantar la ingesta de alcohol y mantenernos despiertos mucho más rato, aunque es lícito preguntarse por qué alguien querría estar tantas horas despierto en el Sant Boi de 1992.

La era dorada de la intoxicación estimulante española terminó, pero una nueva ola de aceleradores químicos bautizados con eufemismos renacía en las farmacias: Delgamer, Centramina y Finedal (supongo que llamarles Acelerex, Velocidina y Cebollazol hubiese resultado demasiado obvio). El quid, en todo caso, residía en su adquisición: ninguna de dichas pastillas se vendía sin receta, y parecía poco probable que nuestros médicos de cabecera decidieran de sopetón que lo que les convenía a nuestros temblequeantes cuerpos de veinte años era una severa dosis diaria de sulfato.

Se imponía una resolución, así que una noche aprobamos de forma unánime cruzar la línea de la legalidad. Al imbécil de la pandilla a quien le tocó dar el primer paso delictivo fue a mí: pedí hora a mi dermatóloga (mi madre se había emperrado en curarme el acné) y acudí una mañana de primavera a su consulta. Tras haber observado mi dermis aceitosa sin efectuar ninguna mueca de repugnancia discernible, la amable colegiada salió de la habitación –para consultar, tal vez, alguno de sus volúmenes sobre casos extremos- y yo premié su benignidad y confianza empezando a rebuscar en todos sus cajones como un perro enloquecido por la hidrofobia. Tras unos instantes de puro escenario Requiem por un sueño topé con su libreta de recetas y, sudando como un auténtico cerdo, arranqué de cuajo una veintena. Justo entonces entró la señora y se puso a hablarme, y tal vez me informó de que había pillado la lepra, no sabría decir. Porque, por supuesto, en lo único que podía pensar mientras embutía el recetario arrugado en mi bolsillo era que mis amigos iban a recibirme como a un héroe.

Aquella semana inauguramos nuestra rutina veloz, nuestra cadena de montaje de putos colgados. Cada viernes agarrábamos un par de recetas –las habíamos fotocopiado, así que las existencias eran infinitas- y hacíamos parada en casa del amigo Randy, que tenía letra de médico. Una vez nuestro amanuense particular había replicado la firma de mi dermatóloga  y especificado el producto deseado, nos marchábamos a hacer la ronda de farmacias. Primero, por Sant Boi. Unos meses más tarde, cuando ya nos tenían fichados en todas, por los pueblos colindantes: Cornellà, Gavà y Viladecans. Mi maravillosa táctica era esta: “si vamos con un gordo nadie sospechará”. Por tanto, en el contingente que realizaba la ronda siempre debía estar presente el Luz, que era el más orondo de la banda. Y, aunque nosotros creímos que este era un plan sin fisuras, y que éramos unos maestros del disfraz, lo que el dependiente veía era esto: dos skins flacos (uno de ellos con acné galopante y medio mod) y un tercero con sobrepeso, los tres ostensiblemente tensos, la mirada a medio entristecer, los pantalones de tubo y las bombers de saldo, haciendo gala de una notable falta de experiencia criminal y encima acarreando una receta fotocopiada de una dermatóloga que exigía una cantidad irracional de estimulantes anoréxicos. Con una rúbrica muy poco convincente, por añadidura.

- Son para éste –señalábamos al Luz- que está muy gordo.

Y el caballero tras el mostrador empezaba a marcar el 091.

Pero lo delirante de esto es la cantidad de ocasiones en que sí nos hicieron entrega de la mercancía. En aquellas ocasiones, un júbilo explosivo tomaba al grupo. ¿Veinte cápsulas de Centramina (composición: 90% de sulfato de anfetamina) a 100 pesetas? ¡Tiembla, Cosmos!

Desgraciadamente, a toda bonanza sigue una recesión, y lo bueno siempre acaba mal (cantaban La Granja). Un día se terminaron las recetas, o las posibilidades de continuar practicando el timo, y la sequía nos catapultó a tomar medidas aún más desesperadas. Un día, en un salto de fe que nadie ha sido capaz de olvidar, me presenté en el bar con una enciclopedia farmacéutica y les anuncié a todos:

- Vamos a consumir todos los medicamentos de aquí, de la A a la Z, que recomienden no mezclar con alcohol o que puedan “producir nerviosismo”. ¿Todos de acuerdo?

Puesto que nadie contestaba, les señalé el primero: Apsedon. “Toca éste”, añadí, porque ya me había vuelto completamente majara y no atendía a razones.

La noche siguiente tomamos todos nuestras cuatro cápsulas de Apsedon, y nos pusimos a esperar que cayera el chaparrón de nerviosismo. Y mientras aguardábamos, por hacer algo, me puse a leer los efectos secundarios:

- Al loro: dice que el abuso de este medicamento buede brovogar obsdrugción de las fosas dasales.

- ¿Gomo? –me preguntó el Hedilla.

- Las fosas dasales –le dije, señalándome la narizota. Y todos venga a reír.

Kiko Amat

(Segunda entrega de la serie de columnas sobre batallistas adolescentes del autor publicadas mensualmente en la revista Barcelonés)

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