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Losers corner: una entrevista exclusiva con The Claim (Pt.1)

En Bendito Atraso hemos hablado hasta la extenuación de The Claim, uno de los grupos más injustamente olvidados de los ochenta. The Claim lo tenían todo: filo-modismo, modernidad, ambición mezclada con principios firmes, tradición Kinks-Who-Jam, atención al detalle local, elegancia y empuje, alboroto pero también melancolía y pesar, espíritu y dialéctica de melodrama kitchen sink, posicionamiento político, tupés + flequillos, baladas y barullo. Podrían haber sido tan grandes como The Housemartins. Merecían haber sido mucho más grandes que Blur. Y pese a que les amaron Bob Stanley, Everett True, Kevin Pearce y otros próceres del periodismo musical inglés, las críticas entusiastas nunca se tradujeron en éxito popular. The Claim corrieron la misma suerte que The Jasmine Minks, The Go-Betweens o The June Brides: olvido con culto entre algunos cientos o miles de fanáticos.

Desde aquí –pobres de nosotros- no podemos “turn back the hands of time”, que diría Tyrone Davis, pero sí podemos reivindicarles, recomendarles, celebrar su pasión y brillo. Y una forma de hacerlo, y hacerlo bien, es entrevistando a uno de sus miembros e ideólogos. Desde aquí, y en dos partes, una charla exclusiva con David Arnold, guitarra de la banda.

Veníais de un pueblo pequeño del sureste inglés, pero -en tus propias palabras- The Claim mirabais “hacia el exterior”. Algunas de las mejores cosas surgen desde ese particular punto de vista: la insularidad mezclada con curiosidad famélica por ver mundo.

Por supuesto. Todo se basaba en la imaginación juvenil. El pueblo en el que crecimos era minúsculo. Cuando íbamos al pueblo más cercano para comprar discos, y más tarde a hacer nuestros primeros conciertos, nos parecía una gran metrópolis. Pero la cultura popular de masas permite imaginar conexiones más grandes. En Chatham o Gravesend en el invierno de 1981, escuchando el Sandinista o discos viejos de blues y soul, imaginábamos lo que debía ser vivir en Nueva York o Chicago. Siempre aspiramos a ser parte de un mundo pop más amplio. En aquel momento, y este fue el más grande de todos los legados del punk, lo hicimos todo por tratar de ser (desde nuestro punto de vista) originales; no sólo copiar y hacer lo obvio. Extrañamente, en una especie de proceso de retroalimentación inversa, después de haber imaginado el gran mundo de allí fuera terminamos sonando más rurales, celebrando lo local, el pueblo pequeño, la villa inglesa. Había algunos personajes reales y peculiaridades de la vida cotidiana que nos rodeaban, y nos pareció que tenían que enchufarse en un universo pop mayor. Darlos a conocer.

También afirmaste que erais “paletos poco articulados”, pero que la música os dio una nueva capacidad de percepción y expresión. Yo vengo también de un pueblo relativamente pequeño y puedo decir que la música pop era la única forma de acceder a belleza en la atmósfera triste, fea y aburrida de mi adolescencia.

Eso es, Kiko. La música sigue siendo mi mayor placer. Cuando está bien hecha es arte puro. Me encanta. La primera vez que lo experimentas, sobre todo cuando no hay otro tipo de arte o belleza a tu alrededor, es algo muy profundo. Por supuesto, esto sucede de distintas maneras. Sí, existe una música especial que conecta contigo emocionalmente, escrita e interpretada por personas que consideran que su música es arte. Pero también está la parte comercial del asunto. Cuando empezamos no éramos particularmente cool. Desde luego no escuchábamos nada tremendamente sofisticado. Pero lo que recibimos de la música que escuchábamos, el golpe emocional y estético de (por ejemplo) “Thick as Thieves”, “Wasteland” o “Baba O’Riley” era, y todavía creo que es, equivalente a lo que uno pueda obtener de una gran obra orquestal, una pintura o una pieza de cine clásico. En aquel momento no existían muchas otras cosas que te proporcionaran algo así, tal vez la ocasional película rara, o el paisaje a través de los pantanos.

Además, en esa situación, el pop es lo único que articula tus pensamientos más profundos, los que aún no has aprendido a ordenar con palabras. Como Irish Jack, un famoso mod original, le gritó a Pete Townshend de The Who después de verles tocar “I Can’t Explain” por primera vez: “¡Habéis articulado algo que sentíamos pero no sabíamos cómo decir!”

Qué casualidad, curiosamente acabo de leer esa cita de Irish Jack en la autobiografía de Pete Townshend, Who I Am. Su noción del manifiesto del Goldhawk Social Club, en el sentido que Townshend se erigió como portavoz de los niños para quien estaba tocando, es muy poderosa. La mejor música permite esa conexión entre artista y público; lo sabes cuando la escuchas. The Who la tuvieron durante un corto periodo. The Jam también. Desde luego, The Claim aspiramos a lograr esa conexión, pero, ya sabes, ¡jugábamos en una liga menor! La época también era diferente. La década de los ochenta, principios de los noventa, fue una época extraña. Mucha música en aquel momento buscaba ser inteligente, auto-referencial y poco dispuesta a comprometerse emocionalmente. Nuestras mejores canciones, como “Bitter Little Pieces” y “Losers Corner” creo que trascendieron todo aquello.

Kevin Pearce fue vuestro mentor. Él ayudó a desarrollar vuestras ideas “en una narrativa”, como tú lo definiste. ¿De qué manera? ¿Era vuestro Pete Meaden[1]?

Kevin suministraba las palabras, la explicación de lo que éramos. Él articuló la historia de quiénes éramos y por qué éramos importantes. No era realmente un Pete Meaden, porque nunca nos quiso convertir en algo que no éramos o obligarnos a hacer cosas que no queríamos, incluso nos forzó a mantener nuestro nombre cuando vacilábamos. Kevin nos dio gran fuerza y ​​aliento, y captó inmediatamente que Dave Read[2] era un artista único. Pearce acababa de publicar la primera edición de su nuevo fanzine The Same Sky cuando nos conocimos. Había escrito anteriormente Hungry Beat, que fue muy importante en los primeros días de Creation Records. De hecho, el primer número de Hungry Beat puede verse en la portada del primer álbum de Biff Bang Pow!. Nos movíamos en círculos similares. Había visto tanto a The Claim como a una brillante banda de Manchester llamada Laugh tocando con sus también favoritos Jasmine Minks, y escribió acerca de las dos bandas de una manera que sugiere que nos tomó en serio: Laugh y The Claim como posibles herederos al trono del pop brillante. Por supuesto, eso nos impresionó. Éramos un grupo minúsculo, tocábamos en lugares pequeños y éramos los habituales teloneros a primera hora de la tarde. Poco después Jim Shepherd, el frontman de Jasmine Minks, me dijo que Kevin iba a comenzar un sello, y unas semanas más tarde estábamos en él. Había algunas cosas que limar antes de nuestro debut. Kevin quería hacer un single y nosotros un álbum. A continuación, el distribuidor se cabreó, en parte por el coste de un álbum y en parte porque el primer lanzamiento de Kevin, Way Ahead de Hurrah! fue, desde el punto de vista del sello de Hurrah!, un pirata. De todos modos, al final lo conseguimos. Estuvo con nosotros hasta el single “Sporting Life”/”Sunday”, tirando de sus propios ahorros para seguir sacando lanzamientos de Esurient. Tras Boomy Tella, nuestro segundo álbum, el fabricante y distribuidor cerraron el grifo. Pese a algunas buenas críticas, y dos o tres apariciones en el programa de John Peel, el disco se vendió mal. Uno de los defectos de la forma en que se distribuían entonces los discos independientes era que las tiendas sólo aceptaban discos que estaban siendo promocionados activamente, lo que nunca podíamos pagar. El resultado fue que nuestro disco llegó a muy pocas tiendas, y no mucha gente pudo comprarlo. Kevin le hizo un corte de mangas a la distribuidora y decidió pasarse al Hazlo Tú Mismo. Nosotros cubríamos los costes de grabación, y Kevin pagaba el prensaje, y empezó a ejecutar una operación de venta por correo desde su dormitorio. Era un purista. Trabajó sin descanso para nosotros, también para Emily y los Hellfire Sermons, pero en última instancia acabó completamente desilusionado con todo el asunto. Quizá buscábamos cosas diferentes. No puedo negar que nosotros queríamos tener éxito.

Creciste con Kinks, Jam, Smiths, Who… ¿Quién más ayudó a dar forma a vuestro sonido y la estructura de vuestras canciones? O, simplemente, ¿de qué grupos eras fanático cuando empezaste con The Claim?

Muchos. Definitivamente hubo diferentes influencias en diferentes etapas de nuestra carrera. Siempre escuchaba a los Beatles, The Jam y The Who. Dave y Martin también. Pero David Bowie también fue importante para nosotros, su material pop de principios de los 70’s. Luego cosas del punk / new wave : The Clash por supuesto, los Sex Pistols, Elvis Costello. Había un montón de cosas interesantes en nuestra zona, cuando empezamos a tocar en los pueblos del Medway, alrededor de 1984: Wipeout, The Prisoners, The Milkshakes… The Dentists fueron importantes a nivel local. Al igual que nosotros empezaron a tomar cosas de la música independiente de la época, incluyendo a los grupos de Creation. Me encantaban Jasmine Minks y Biff Bang Pow! Conviene añadir que también amábamos la música de baile. Mucho soul, R & B, reggae y jazz, y hacia 1990 era imposible no escuchar cosas como Soul II Soul, Massive Attack y Gangstarr.

Mucho se ha escrito sobre la escena y el sonido Medway. Erais muy distintos de Billy Childish, Graham Day y los demás, sobre todo por vuestra sensibilidad pop moderna. Utilizabais los 60’s para construir música de 1987, cosa que ellos no hacían.

A ninguno de ellos le interesaba en absoluto el mundo moderno. Recuerdo que me enfadé bastante en una incursión musical temprana a Chatham. Me encantaban The Prisoners y bebía de cada palabra que soltaba Graham Day. Él no me conocía; yo solo era un joven fan que pululaba por allí y en los conciertos le acosaba un poco. De todos modos, una noche se presentó en un show que dábamos en el bar del sótano del Churchill, en Chatham, a ver a la banda principal (los Daggermen, creo). Después de haber tocado me acerqué y le pregunté qué pensaba de nosotros, esperando sin duda un ofrecimiento para telonearles en ese largamente codiciado concierto en la gran ciudad. El resultado fue que no le gustamos en absoluto. Fue bastante contundente y honesto. Pero lo que me molestó no fue eso, sino el comentario de que sabía que no íbamos a gustarle antes de haber tocado una nota ¡porque teníamos un kit de batería moderna, no un kit vintage de los sesenta!! Bueno, eso endurece tu determinación, la verdad, tu voluntad de hacer lo tuyo. Curiosamente David y Martin terminaron en uno de sus proyectos post-Prisoners (The Gift Horses) y David, de hecho, incluso trabajó con él en el Cuerpo de Bomberos. También es cierto que llegamos a nuestra cima poco después de que se hubiesen separado y la escena Medway ya había evolucionado. The Dentists iban en ascenso en 1986/87, igual que nosotros. También estaban los Men From Memphis, Hyacinth Girls, Three Burning Souls, Apricot Brigade, Envy, Swinging Time y The Love Family, todos ellos sonaban más contemporáneos y en fuerte contraste con las bandas Medway más orientadas hacia los sesenta. Y en 1987 había un gran promotor, Terry Lane, que organizaba conciertos con las grandes bandas independientes del momento, como Wedding Present y My Bloody Valentine.

Supongo que a Billy Childish vuestro amor por The Smiths debía sonarle como la chifladura pecaminosa total.

Es difícil describir lo emocionante que era estar en el vecindario de Billy Childish. Sé que no le gustaba lo que hacíamos musicalmente, pero siempre fue alguien accesible, alentador y preparado para atraer e inspirar a cualquier persona que se tomara el tiempo y la molestia de hablar con él, o al menos desafiarlo a un juego de ajedrez en el Grutts Café de Rochester. Había asimilado la ética punk que pregona que uno debe hacer las cosas por sí mismo, así que todo aquel que tratase de hacer algo creativo, diseñar un cartel, ponerse a tocar o sacar un disco, estaba haciendo algo que valía la pena desde su punto de vista. Era una perspectiva muy democrática. Los conciertos de los Milkshakes tenían ese espíritu, algunos de sus discos también. Había otras conexiones. Trabajé con un gran tipo, Malcolm Polo, que había sido vecino de Billy. Él me obsequiaba con historias sobre Billy haciendo explotar cosas en su jardín trasero. Malcolm había sido marino mercante y había estado con John Lennon en Liverpool y Hamburgo. Era una historia cautivadora y sé que a Billy le encantaba.

Mi único problema con el arquetípico rock’n'roll y garage punk al estilo Headcoats es la falta de melancolía. Necesito ese pop sin armadura, un poco triste y nostálgico a veces, al borde del folk (a lo “English Rose” o “A sense of Belonging”). El punk de Medway tiene toda la crudeza y energía y pasión, sí, pero no buenas baladas.

Estoy de acuerdo. Los Prisoners tenían elementos de melancolía. “Mourn my health” y “Thinking of You”, por ejemplo, y algunas de las canciones del Thewisermiserdemelza. Me hubiera gustado que desarrollaran esa faceta un poco más. La única vez que casi me metí en una pelea con Billy Childish y Mickey Hampshire, por cierto, estaba en el Nag’s Head de Rochester y el motivo fue esa falta de contrastes en su estilo. Creo que Billy hizo alguna broma acerca de mi novia, sobre su pelo o cutis, y yo le respondí que todos sus discos sonaban igual. Lo siguiente que sé es que estábamos fuera a punto de zurrarnos, aunque por fortuna al final prevaleció el sentido común. Pero lo dije en serio. The Milkshakes y los subsiguientes grupos de Billy eran siempre geniales en directo, pero sus discos eran aburridos, y todos sonaban igual.


[1] Mod face original y uno de los fundadores del asunto. Fue manager de The High Numbers, y se le atribuye la responsabilidad de convertir a The Who en el grupo favorito (junto a Small Faces) de los mods de los sesenta.

[2] Vocalista, compositor y frontman de The Claim.

(Esta ha sido la primera parte de una entrevista exclusiva de David Arnold, de The Claim, para Bendito Atraso. La semana que viene publicaremos la segunda parte. Entretanto, les recomendamos que se hagan ya con el imprescindible recopilatorio Black Path; retrospective 1985-1992, que llevamos años festejando)

Disco del mes (mayo 2013): LOS CANGUROS Un salto adelante (1986-1990)

LOS CANGUROS

Un salto adelante (1986-1990)

(Bcore, 2013)

Es 1988. Mis dos grupos locales predilectos acaban de disolverse o, atrapados en un limbo contractual, no tocan ni que los maten. La orfandad emocional-musical en que me sumen las despedidas de Brighton 64 y Los Negativos es severa, pero, qué caramba, no pierdo la fe: después de todo tengo diecisiete años, y aún me quedan Kamenbert y Los Canguros[1]. Ese par van a dibujar mi escudo de armas, mi autoayuda musical, durante lo que queda de década. En particular Los Canguros, el secreto mejor guardado de Barcelona, seguidos por un centenar de fieles, escuchados por pocos más, un grupo que parece hablarnos a unos pocos chiflados de forma íntima. David Feck (de Comet Gain) afirmaba en un artículo para La Escuela Moderna que Orange Juice y Julian Cope quizás fuesen sus bandas favoritas, pero a quienes más cerca sentía eran The Jasmine Minks; por malditos y minoritarios. Algo parecido me sucede a mí con Los Canguros. Me pertenecen, no sé cómo decirlo. Son míos y de nadie más.

Los Canguros eran un grupo singular, incluso desde la perspectiva actual. Sus composiciones incorporaban elementos de muchos lugares lindos y ciertamente modescos (Makin’ Time, nueva ola española, Tamla, Los Brincos, The Barracudas, pop 80’s raro, Petula Clark, The Prisoners, sonido de Rickenbackers…) pero, al igual que la mayoría de bandas mod de los primeros ochenta, trascendían sin angustias la influencia sixties que se les presuponía. Los Canguros eran extraños y pioneros y no encajaban muy bien en la escena que les vio nacer, y esos son atributos comunes en cosas que merecen la pena: los que son raros entre los raros. Dentro del culto mod –por aquel entonces enfrentándose a sus primeros cismas y guerras civiles- eran una estupenda anomalía: versionaban a Pere Ubu, The Cure y Booker T & The MG’s cuando algunas voces reclamaban ya cerrar filas por el lado sosainas. Acarreaban un órgano Farfisa la mar de ye-yé, es cierto, pero el cacharro era manipulado con intenciones perversas: algunas de sus canciones recordaban más a The Fall o Blue Orchids (lo veo ahora) que a Spencer Davis Group o Small Faces. Otra peculiaridad suya de difícil digestión: hacían baladas. Baladas pesimistas, amargas de narices, cubiertas de pesimismo y traición y arrepentimiento adulto. Como “Tú no sabes lo que es la vida”[2], “El sentido de la vida” o la semi-movidita “Cinco años”. Pop meditabundo e intolerablemente maduro que parecía haber vivido ochenta años y sufrido mil más. Un catálogo de desventuras cotidianas relatado en tres minutos. ¿“He sido un cobarde y he pagado por mi error”? Si aquello era deep soul, esto era deep pop. Nunca la nueva ola había sonado menos nueva, adolescente y atolondrada que en aquellas tres baladas (y digo esto, naturalmente, como elogio). Los Canguros, si me permiten la broma fácil, estaban en las antípodas de los la-la-las y cómo brilla el sol y Mari-pili-no-no-no de muchos de sus contemporáneos. Lo suyo, a veces, era el desespero y el abatimiento pertinaz; y eso estaba bien, aunque entonces no nos lo pareciera tanto.

El responsable de aquella única perspectiva (y de casi todo lo demás) era el avanzado Felipe, líder de la banda, un mod articulado y agudo que imprimía en todas las canciones un espíritu reflexivo, una mirada precozmente melancólica, idiosincrásica, nada bovina ni endeble. Gracias a él, las canciones decían cosas como “Alguien tiene que resolver todo el mal creado / Alguien tiene que defender a los débiles de ti” (“El hombre de piedra”) o narraban viñetas como “Un puñado de inútiles reunidos / Se matan a copas en un hotel céntrico / Ellos siempre fueron pequeños adultos / Y ahora están allí como expertos en el congreso de la juventud” (“Congreso sobre la juventud y su problemática (MCPR)”). Felipe era capaz de romperte el corazón en un corte a lo Décima Víctima y, en el siguiente, urdir un hit trotante, himnal y lleno de vida, que condenaba las hipocresías del mundo cuadrado. Incapaz de ajustarse al molde clásico del pop-beat, Felipe también imprimía un desquite post-punk y desencajado a muchos de sus éxitos nueva ola. “Congreso sobre la juventud y su problemática (MCPR)”, por ejemplo, mutaba a media canción en un trompicado crescendo psico-surfero que recordaba tanto a David Thomas (Pere Ubu) como a la primera Creation de Biff Bang Pow! y The Jasmine Minks. Felipe era un hombre que se conocía al dedillo sus discos pop, sin duda.

Los atributos de Felipe, además, se magnificaban en colaboración. Si uníamos la biblioteca mental, riqueza verbal e intuición pop del principal compositor a la vitalidad de un segundo guitarrista con instintos adecuados (Sergi Arola, futuro súper-chef), instalábamos una cantante con personalidad y pendientes de aro (Charo Boix, ex-Kamenbert), recurríamos a un impertérrito bajista de la escuela Entwistle (Joan Quesada “El Cura”, con sus blazers bicolor) y dejábamos que el mencionado (e inquietante) Farfisa de David M. Parra lo cubriera todo… El resultado era un quinteto inusual y excitante que alcanzaría a producir algunos de los hits más iluminados y menos aplaudidos de su tiempo: además de las doblemente mencionadas “Congreso sobre la juventud y su problemática (MCPR)” y “El hombre de piedra” (una oda alternativa a Barcelona, una inspirada defensa del débil) encontrarán aquí la barracudiana “El eco de las olas” (solo disponible en descarga), la doble cara A mod-Motown que nunca fueron “El Dorado Whiskey club”/”Yo-yós y boomerangs”, “El día que vuelvas” y “Un tipo raro” (ambas Makin’ Time en cañí, compuestas por Arola), mi super-favorita “Tomás” (“y los campos de trigo/ se mecen como olas del mar”, también Makin’ Time del segundo álbum). Y, por supuesto, sus tres versiones habituales: “Grinding halt”, “El sonido de la ciudad” (“Street waves” de Pere Ubu) y “The Time is tight”. Gran música pop, gran música pop.

Pero, ¡ay!: como hemos apuntado, muy pocos abrazaron aquel escurridizo sonido. Las razones son de pura mala pata, nada más y nada menos. Sitio incorrecto en el momento pésimo. Cinco o seis años atrás, Los Canguros hubiesen grabado singles y elepés a mansalva, dejando un legado tan incuestionable e imperecedero como el de sus amigos Brighton 64. O a la inversa: dos o tres años más hubiesen bastado para que el quinteto encontrara su sitio. El propio Felipe aduce hoy que si solo llegan a aguantar hasta 1991, podrían haber sido (tal vez) grandes como Los Sencillos[3]. Habiendo nacido en el lado tirando a malo de los 80’s, por contra, Los Canguros languidecieron sin contrato discográfico durante un lustro, produciendo maquetas que escuchaban solo cien majaras y persiguiendo infructuosamente un elusivo lanzamiento en vinilo que nunca llegaría a materializase. La estruendosa falta de interés mundial, unida a las clásicas “desavenencias insalvables” entre miembros de la banda, acabó con Los Canguros, el grupo que deja el legado más inaudito (en la definición literal de la palabra) del pop raro español: tres maquetas en casete, una demo en directo y (gracias a Dios) tres canciones incluidas en el LP recopilatorio Barcelona Húmeda. Hasta hoy.

¿Y en cuanto a mí? Como suele suceder, solo reparé en la huella que había dejado el grupo muchos años después, cuando de improvisto (en cualquier situación) irrumpían en mi cabeza sus memorables melodías de órgano, pequeños riffs poliédricos o letras pegadizas, duras y hondas. Ese recuerdo brotaba incluso de mis dedos al escribir, y fragmentos de Felipe se desparramaban sobre los folios de mis novelas de sopetón, sin remitente ni paseusted, y transcurrían unos minutos hasta que caía en que acababa de copiar palabra por palabra un par de estrofas de Los Canguros. “Alguien tiene que pagar por todo el mal creado”, se repetía una y otra vez en Rompepistas. Casi nadie cazó la referencia. ¿Cómo podrían haberlo hecho? La frase venía de un grupo que el Cosmos olvidó en un desván polvoriento.

Insisto: hasta hoy.

Pues lo de que fuesen míos y de nadie más tuvo gracia por un tiempo, y aquel tiempo acabó: ha llegado la hora de que finalice el cruel ninguneo que sufrieron, y de compartir su legado con la ciudadanía. Aquí viene, al fin, directo desde 1988 y fresco como un jurel, el sonido marsupial de Los Canguros. Nunca la palabra “rescate” ha tenido un significado más hermoso que el que le da este disco recopilatorio de no-éxitos. Un disco que, además de acarrear las asombrosas composiciones de Felipe y los suyos, viene con mini-fanzine interior: un samizdat de fotos de época, textos (el que acaban de leer, sin ir más lejos) carteles de conciertos y páginas del Reacciones. Y menuda portada.

Es un día feliz para nuestro pop secreto. Kiko Amat

(Este texto es una versión levemente retocada del que se incluye en el folleto interior del recopilatorio)


[1] De hecho, también me quedan El Último de la Fila y La Granja, pero este no es el momento ni el lugar para hablar de ellos. Y en cuanto a Kamenbert, merecen otro texto de igual extensión que el presente.

[2] Que cantaba: “Ser rebelde no es decir que lo eres”.

[3] O, como Felipe humorísticamente aduce, “Los Sencillos fueron los Charlatans de mis Prisoners”.

Disco del mes (febrero 2013): MODEST PROPOSAL Single-minded

MODEST PROPOSAL

Single-minded

Unicorn, 1987

Estaba reviendo ayer un episodio de The Sopranos por tercera vez y de repente lo dijeron. Era en “The Telltale Moozadell”, cuando Christopher Moltisanti se hace con un garito anticuado llamado Lollipop y decide regalárselo a Adriana La Cerva para que monte su club de rock, y entonces entran a echarle un vistazo, y alguien (quizás Silvio Dante) lo suelta: “¡Aquí es siempre 1987!”.

Esa frase, como suele suceder, me llevó a otros pensamientos: 1987. Cosas que sucedieron en 1987. Es un año de resonancias simbólicas para mí. Rompepistas, claro, tiene lugar en 1987. 1987 es uno de los años del frescor, antes de las torceduras, o quizás en medio de ellas pero en un momento en que nada dolía ni nada asustaba y el futuro quedaba muy lejos. Mis dieciséis. Durante un rato estuve pensando en discos que aparecieron aquel año, y de repente –bonita coincidencia- caí en que unos cuantos de ellos habían sido Disco del Mes aquí. Daddy’s highway de The Bats. Magic still exists de The Leopards. Cryptic and coffee time de The StingRays. Brave words de The Chills. From the heart down de The Sinners. Álbumes extraordinarios, cada uno a su manera. Y entonces decidí poner en práctica un pequeño experimento. Fui a la Expedit y empecé a sacar más discos publicados en 1987. Al cabo de unos minutos, tuve que detenerme. Abrumado. Nunca había pensado que tantos discos queridos pertenecieran al mismo año. La lista era emocionante. Allí, expuestos, estaban muchos de los preferidos de toda una vida, y sin embargo jamás había trazado una línea que los uniera: Fleshtones vs Reality. Gruesomania de The Gruesomes. At First Sight de The Stems. El Tallulah de The Go-Betweens. I Am a Wallet de McCarthy. Unseen Ripples From a Pebble de The Wolfhounds. El problema es la edad de Brighton 64. El primero de La Granja. The cost of Loving de The Style Council. Boomerang de The Shoes. The people who grinned themselves to death de The Housemartins. Psonic Sunspot de The Dukes of Stratosphear. Wig Out At Denkos de Dag Nasty. Hate your friends de Lemonheads. Discos extraños, intensos, hermosos, cada uno de ellos maravilloso en su campo, algunos interconectados, otros distantes en un mapa musical. Pero todos ellos parte de mí, y de mi educación. Algo tiene esa mitad de década, que produjo algunos de nuestros discos predilectos.

Y entonces reparé, más magia negra, que el disco que iba a escoger este mes también era de 1987. Single-minded, de Modest Proposal, es un elepé típico de 1987, y suena como tal. Modest Proposal eran un cuarteto de Washington DC que solo gozó de tres o cuatro años de vida. No tienen ni entrada en wikipedia, así que no se molesten en buscar. Su escena, sin duda, era la mod americana de los ochenta (Manual Scan, The Scene, Mod Fun…) con algunos lógicos lazos –que compartían los Manual Scan de Bart Mendoza- con el Paisley Underground de San Francisco, muy especialmente The Three O’ Clock, junto a los que Modest Proposal tocaron en varias ocasiones. Mod Fun eran otros habituales compañeros de gira. Modest Proposal también telonearon a nuestros adorados The Times en su única visita al Reino Unido. El círculo se estrecha, y aún lo hará más. Un miembro eventual de la banda acabó tocando en Minor Threat. Todo está conectado, y en Washington DC más aún.

El sonido de este único álbum (en realidad es una recopilación del single “I’ve Seen Your Face Before”/“Nobody Says No” y varias demos de 1984-87) es exactamente lo que están pensando en este momento, y que saben que aquí nos pirra: mod moderno 80’s que mira tanto a The Smiths y The Jam como al beat sesentero. Modest Proposal pertenecen a esa hornada global de grupos que, aún siendo mod revival o filomods o criptomods o pro-beat o pop-psicodélicos, sonaban 100% al año en curso. Los nombres son favoritos de Bendito Atraso: Yeh Yeh, The Claim, The Dentists, Hurrah!, Biff Bang Pow, The Kick, The Jasmine Minks, los grupos de Flying Nun (The Chills, especialmente), la primera Creation, The Three O’Clock, incluso Makin’ Time… Era un tiempo en que grupos ingleses como The Moment –radical e inconfundiblemente mods- se bautizaban en honor al “The Unguarded Moment” de The Church, Los Canguros versionaban a Pere Ubu, el Pop-ish Frenzy! de Purple Hearts anticipaba a The Stone Roses, Brighton 64 sonaban post-punk y The Claim miraban tanto hacia Morrissey como a Ray Davies. Otras épocas, sin duda; otras tradiciones.

Modest Proposal pertenecen exactamente a esa tradición, quizás con un deje más power pop (a lo The Plimsouls, Pezband o 20/20) que la mayoría de ellos. Salió en el epítome de sello mod 80’s, Unicorn (de acuerdo, junto a Countdown), donde compartían catálogo con otros relucientes grupos de Nuevo Mod como The Times de Ed Ball, The Risk o The Threads. Unicorn se especializaría más adelante en sacar grupos de gozoso ska-pop como The Busters o The Braces, y otros de ska algo más inmundo como Just Kidding. En cualquier caso, no procede ahora hablar de ellos.

El disco de Modest Proposal es tan bueno y está tan vivo que parece imposible que sean absolutos desconocidos (excepto, no hace falta decirlo, en círculos de amantes del mod revival). Rechazando el formato de álbum clásico (una instrumental, algún medio tiempo, una balada, unas cuantas de bien rápidas…) Modest Proposal hacen lo que solo puede definirse como reunir doce singles en un álbum de 12”. Es un elepé de caras A de sencillo y, como tal, puede ser demasiado. Demasiado para tu cuerpo. No hay reposo ni estacionamiento, no hay momentos reflexivos: solo píldoras. Lo que los amantes del power pop denominamos Pepinos o Castañazos. Hits. Uno detrás del otro. Algunos son más beat, otros son más post-punk, otros son glorioso mod revival de manual: pero todos son himnos juveniles de rechazo y desamor. “The Hardest Part”, “Live Today”, “I’ve Seen Your Face Before”, ”Laugh and Live” o “Nobody Says No”. Esta última muestra de forma bastante fiel cómo es su sonido: junten a The Chords y The Ruts con post-punk (Lack of Knowledge, Crisis, lo que quieran) y luego añadan beat y power pop y coros estilo The Records. Es esa mezcla, contundente y extraña y excitante, la que define a Modest Proposal. Un grupo que se inspira en el sixties pop, pero todos sus miembros tocan como Joy Division. Una combinación gloriosa.

Cada uno de los cortes utiliza todo el surtido catálogo de trucos del cancionero pop: palmas a porrillo, parones como para una boda (parones de los buenos, los que reanudan el ritmo con un bajo solitario), crecidas de tono por doquier y coros a tres voces. Ganchos que hacen que las canciones se graben en la memoria. Solo faltan los violines y las trompetas. Casi mejor así. Las fotos de contraportada acaban de situar a Modest Proposal, si es que aún hacía falta, en un momento exacto del siglo: cuellos subidos, americanas de gales más bien bolsudas, tejanas blancas, pendientes en las orejas, pelopinchos nueva ola y peinados de secador-tifón. Una instantánea de 1987, un tiempo y un lugar lejanos que no existen ya.

Modest Proposal duraron lo que el tren en la estación, como suele decirse, y poco después de lanzar este álbum ya no existían (aunque poco después se reencarnarían en The Mondays, también con mini-álbum en Unicorn). Single-minded llegó a mis manos en algún punto de 1988, en forma de cinta TDK, junto al Invitation to the blues de The Risk y el Hits from 3000 years ago de Anthony Meynell (de Squire). Al cabo de un par de años extravié la cinta, y lo único que me quedó de ellos fue un flyer inglés en A-4, color azul marino, que anunciaba el lanzamiento del LP. Alguien me lo había traído en 1987 de la tienda The Cavern, en Carnaby Street, junto con un surtido elenco de bibelots y artilugios de mod pietierno: la obligatoria camiseta con la diana de la RAF, la tejana Cavern hecha de papel cebolla, las chapas de “Jamaican Jazz” y “Tracie!” y “Parka Power” y “Nutty”, todas esas porquerías adorables. Aquel flyer permaneció enchinchetado a la pared de mi habitación hasta que el día que me fuí de casa de mis padres, a los veintidós. Aún debo tenerlo por algún lado. Y hace dos semanas me marché a Bilbao y un amigo tenía el álbum, y lo vendía, y me lo vendió. Aún no me creo mi suerte.

Modest Proposal, es inevitable, se reunieron el año 2009 (tocaron junto a Dot Dash, a su vez descendientes de Julie Ocean, que se parecen no poco a los Modest Proposal), pero por legítimo que nos parezca el asunto ni a ustedes ni a mí nos interesa escuchar su encarnación presente. Los que sí nos interesa, y eso no va a cambiar, es escuchar una y otra vez este estupendo disco, realizando el amplio abanico de bailes-caseros-de-gente-que-no-tiene-maldita-idea-de-tocar-un-instrumento y –permítanme el cliché juvenil- molestando a los vecinos. Siempre ha sido así, ¿para qué cambiarlo?

1987, está claro, fue un gran año. Kiko Amat

Una gran entrevista a Bart Mendoza (Manual Scan)

Bart Mendoza, héroe del mod revival americano (con Manual Scan) e insigne baluarte del revival garaje de los 80′s y primeros 90′s (con The Shambles), habla en una emotiva entrevista para la página de “dandis del Tercer Mundo” La Trampa del Bulevar.

Si a ustedes les interesa tanto como a nosotros el tema San Diego garaje (The Tell-Tale Hearts, sin ir más lejos) y mod ochentas hagan el santo favor de pinchar aquí.

Sabemos qué quiere decir el bueno de Mendoza cuando afirma: “Así como amaba los sonidos mods vintage, descubrí que los grupos contemporáneos de mod, garage y powerpop eran realmente excitantes. Durante esos años vivíamos para ver a 20/20, The Plimsouls, The Knack, Paul Collins Beat, The Crawdaddys y luego a grupos como The Bangs, Untouchables, Three O’Clock, Question…”. Oh, sí.

Brighton 64: la banda de la casa de la bomba

Cambié la plastilina por Brighton 64, y vaya si acerté. Yo tenía catorce años, y durante el verano en que finalizaba EGB, agosto de 1985, empecé a amar con locura al grupo. Al principio me enamoré sin haberles siquiera escuchado, solo admirando las fotos: dos desnutridos hermanos masai en trajes prietos y zapatos Jam, pómulos cincelados, cabellos en alta tensión, calcetines cegadores y camisas a topos. Cuando un amigo me grabó Haz el amor empecé a adorarles de un modo nuevo, intensificado pero aún lleno de mito y reverencia. Amé a Brighton 64 como chicos en otros países amaron a Bowie, Beatles o Roxy Music: con un anhelo aldeano de niño obnubilado, como las niñas adoran a los guaperas del Super Pop. Para mí, Brighton 64 eran inalcanzables popstars de otro planeta, superhéroes mod a los que emular tras la cerca extrarradial. Mis ídolos, por ridículo que suene.

Brighton 64 habían empezado cuatro años antes, en septiembre de 1981, en el barrio barcelonés de San Gervasi, clase media alta y colegios progresistas. Unos meses antes de su gestación, Ricky Gil –cantante y bajista- recién firmaba el pacto de sangre con el culto mod. La conversión del grupo a dicha subcultura –Albert Gil, guitarra y compositor, imitaría a su hermano en breve- marcaría para siempre a Brighton 64, y sería culpable de darles tanto alas como (¡ay!) cadenas. No obstante, como les correspondía en cuanto a miembros de la moderna iglesia 80’s mod, B64 abandonaron raudos el inicial R&B añejo –versiones de Chuck Berry, blues, etc- para adentrarse con fervor en el pop madrileño (Secretos, Nacha y Pistones), la nueva ola y el punk inglés. En siete años de carrera, Brighton 64 acertarían a mostrar de forma proficiente el influjo oldie de la Tamla Motown, el 60’s pop o el surf, pero jamás se desprenderían de aquel olor a nuevo, a gama 1986, puntiagudos los pelos y el pop fiero acabado de estrenar.

Los dos primeros singles del grupo evidencian el progreso de los Gil. El chatarrero himno mod revival “Barcelona blues” de 1983 convive todavía en el primer 12” con “Donde yo caí”, ajada versión del estándar “Down the road apiece” con acento pub-rock. Sin embargo, ya en el segundo single, “Deja de tocar a mi chica” / “No volverán” (Flor y Nata, 1983) el rock ha muerto: los surcos solo respiran música moderna y una anacrónica madurez lírica de Albert Gil, que canta en la cara B un precoz y emotivo lamento por los amigos perdidos.

En los primeros cuatro años de vida de la banda la formación cambiaría varias veces, y terminaría cimentándose el power-trío, con sección de viento añadida y providencial entrada del batería Tino Peralbo. Sobre su fichaje, Ricky Gil comentaría: “nuestro sonido cambió de manera radical, se hizo más moderno, más cuadrado, más limpio, más ochentas, menos sixties”. El grupo vivía dos vidas: como estandarte mod, participando de los ritos y rallies del movimiento juvenil; y a la vez intentando conquistar la industria musical, mientras la prensa les alababa o despedazaba dependiendo del día y el escriba. Aparecieron al mismo tiempo en modzines secretos (como Reacciones) y magacines mayoritarios, tocaron cuatro noches seguidas para su tribu a la vez que aparecían en TV3 y macroconciertos de la Mercè. A uno de los dos públicos iban a romperle el corazón.

En febrero de 1985 grababan su primer mini-LP, Haz el amor, para Twins (sello de Hombres G), un disco esquelético, vibrante, lleno de oscuro pop del año en curso. El tono general era extrañamente siniestro, amenazador, manchesteriano avant la lettre. Su única concesión sixties fue la versión del “Walking the dog” que titula el álbum, tan punkizada que carecía por completo de negritud. Pero la gran evolución de Brighton 64 estaba al caer: en 1986 la banda –ahora cuarteto, con el órgano Vox de Jordi Fontich- empezó a escuchar a grupos como The Fleshtones o The Barracudas. Desaparecían los trajes y entraban las camisetas a rayas rojas, tejanas blancas, pitillos negros, sienes rapadas y tupés en crecimiento. Su despelotado power pop de latón se tornaba pistonudo motor de garaje, pop tenso, surf y soul. Quizás no fuese esta la época heroica de B64, pero sí la que iba a reportarles los mayores elogios críticos y triunfos sónicos. El grupo dejaba atrás cualquier constricción de decálogo tribal –se hacía patente su abandono tácito del modismo como vórtice cohesivo- y por un breve instante parecía que el mundo fuese suyo. El resto de grupos españoles de su quinta estaban triunfando (Rebeldes y Loquillo, sin ir más lejos), así que ¿Por qué no ellos? Por añadidura, la dedicación a la banda era total, y su dinámica giratoria les llevaría a pasar el día en la furgoneta, fundando un underground al estilo Black Flag, inaugurando capítulos en pueblos remotos donde recién se acababa de inventar la rueda. Cambiando vidas, si quieren.

1986 y 1987 proporcionarían a los hermanos Gil sus mayores victorias y sinsabores. Un sonido cada vez más redondo, fichaje con EMI, directos épicos –como los premios Radio 3 en Studio 54, confeso epítome de la banda, o la Merçè del 87, 150.000 personas coreando gozosas “Barcelona blues”- disfrute escénico absoluto y unas jornadas de pre-producción del segundo LP que Ricky Gil considera los días “más felices de mi vida” se mezclarían con la más tosca ensalada de despropósitos corporativos que uno pueda imaginar. La cima del grupo fue también su fin: EMI canjeó el primer álbum por un maxi a 45rpm, desechando el resto de canciones. Sólo cuando “La casa de la bomba” estalló en Los 40 Principales EMI accedió a grabar el LP (El problema es la edad) si bien usando todas las taimadas traiciones del libro de clichés multinacional: substitución de miembros por músicos de estudio, obligación contractual de realizar playback en saraos mercantiles y, como saeta final, una de las portadas de álbum más inmundas de la historia.

Pocos grupos sobreviven a apostasías como esas. Brighton 64 lo intentaron, benditos sean: cambiaron de formación –a sexteto- fundaron un grupo de versiones para dar rienda suelta a sus amores (Los 4 Fabulosos) y, sobretodo, siguieron agarrando la guagua para tocar en cualquier club de Vigo, Vic o Venus. Así les despedí yo, en su último concierto catalán: noviembre de 1988, Sant Pere de Ribes, entregados al máximo tras sus teloneros (Els Pets), su tifón pop potente y emocionante, tan hermoso y levanta-almas como siempre, condenado a perecer antes de llegar a viejo. Veintitrés años después, a pesar de las zancadillas y la mala suerte, el legado de Brighton 64 habla aún de excelencia, juventud, orgullo y pasión extrema. Uno nunca vuelve a enamorarse así.

3 discos

Haz el amor (Twins, 1985)

Un mini LP tan tirante y juvenil que parece a punto de desgarrarse. Muchos lamentaron entonces el sonido 80’s –ecos, penumbras post-punk, punteos agudos- pero aún funciona como prueba del Carbono 14: Haz el amor es puro 1985. “La próxima vez” suena tanto a Vapors y los Jam de “A Bomb in Wardour Street” como a Dinarama, Parálisis Permanente o los Pistones de “Las siete menos cuarto”. “Haz el amor” corta todo vínculo con el original de Rufus Thomas, y –conscientemente o no- parece darle la mano a los Joy Division del “Disorder”. En la emocionante “Conflicto con tu ayer” sopla ventisca Motown, pero es de factura Dexys/”Town called malice”, nada retro. No faltan himnos con numerales pop-art (“Explosión juvenil #17”) ni lazos a grupos afines (“Fotos del ayer” de Los Negativos). Reluciente y muy hermoso.

La casa de la bomba (12”, EMI, 1986)

El fiasco de EMI se materializó en carpetazo al primer álbum y apuesta por el formato maxi discotequero. Un monumental error de promoción que, con todo, no quita lo valiente: he aquí un disco estupendo y, tal vez, también cima musical de la banda. Su impulso y fuelle se agotarían antes del segundo LP, pero aquí queda para la historia un grupo en completo control de sus facultades físicas y mentales. Hits superlativos (“La casa de la bomba”, puro “Summer fun” y diatriba anti-adultos, sin duda su canción emblema), insuperables secciones de viento (“La canción del trabajo”, con arreglos Tommy Hunt), auténticos stompers soul de ojos azules (“El mejor cocktail”, homenaje a la música negra con estribillo inmortal: “Otis, Jackie Wilson y Sam Cooke”), guiños líricos al R&B (“Llueve en mi corazón”) y baladones doo-wop (“Ojos, botellas y traiciones”). Pura vida. Ya no se publican maxis así.

El problema es la edad (EMI, 1987)

Un acertado título y una portada nefasta –parece de Emilio Aragón- visten a un disco extraño: la intención de EMI era aprovechar la bomba con un álbum que llevara los dos éxitos del maxi (“El mejor cocktail” y “La casa de la bomba”), canciones antiguas y unos cuantos temas nuevos. Pero el grupo empezaba a acusar la falta de ideas y la desilusión con el negocio. Eso explica la abundancia de amargos medios tiempos (“Igual, nos da igual”, apuntando a la industria del disco, o “Solo tus besos”, recuperada de Los Novios), correcto garajismo barracudista (“Me dejo querer”), intentos de pop hit fallidos (“Palabras con sabor”) o exitosos (la espectacular “(Club negro) La calle 46”, donde Makin’ Time toparon con The Bangles). Un álbum desigual, aunque no carente de canciones elevadas.

La canción

La casa de la bomba(7”, EMI 1986)

Para qué buscar originalidades, si es su mejor canción. Que conquistara estilo blitzkrieg las atroces listas de Los 40 fue un añadido que nos llenó de confuso y sorpresivo orgullo. Esta es una de esas marsellesas pop de las que ustedes han oído hablar a menudo, pero que se suceden tan pocas veces en la historia: “My generation”, “Dance Stance”, “Maybe tomorrow” y “La banda de la casa de la bomba”. Es así de grande, digna, potente y rabiosa. La letra está sacada del ensayo sobre surfers extremistas “La banda de la casa de la bomba” de Tom Wolfe, que Anagrama reeditó en 1983, y posee todo lo que uno busca en los himnos pop: muchas declaraciones de pertenencia y primitivos alaridos de abrupta ruptura generacional (“Olvidé a mis padres muy lejos de aquí / Los cambié por olas y un par de Thunderbirds / Todo por vivir”). Nadie lo podría hacer mejor.

Las 1000 caras de los Gil

Como niños con déficit de atención, Brighton 64 se dividieron un par de veces en grupos paralelos para poder pulsar todas sus pasiones. Los Novios fueron su otro perfil en 1983-85, un grupo que era como B64 con chica al mando (la enigmática y bellísima María Rodríguez-Rey), sin trajes ni guiños mod-soul, dirección Alaska-Banshees. Fue una auténtica tragedia que no dejaran legado discográfico, porque en mi opinión eran bien buenos. Los Cuatro Fabulosos, por otra parte, solo representaron un divertimento personal de los Gil a lo largo de 1989 para poder tocar hits de Who, Byrds o Joe Tex.

Otro cantar –otro cantar muy distinto, quiero decir- sería el sinfín de grupos post-Brighton 64 que, juntos o por separado, han ido presentando los Gil Brothers desde aquel 1989 de infausto recuerdo. Su mejor brote fue, sin duda, Los Brigatones, el intento de segundo intento que realizaron B64 aún en formato sexteto, cambiándose el nombre, tiñéndose el cabello, envolviéndose en faralaes y confesando su alma rumbera. El álbum 20 días y 20 noches ostenta, sin embargo, algunas grandes canciones: la que titula el disco, sin ir más lejos, una tromba de Madness y Gabinete Caligari. En cuanto a los pastiches rumba-hit (“Pensando en ti”), no dudo del amor sincero de los Gil hacia Los Chunguitos, por ejemplo, pero lo cierto es que no les pegaban en absoluto.

No es este el lugar para hablar de Matamala, Top Models, Chest y tantas labores post-B64. El juicio sobre sus cualidades o faltas pertenece a otras páginas. Solo apuntar algo de cajón: ninguno de ellos era Brighton 64, ni –por consiguiente- llegó siquiera a rozar las inspiradoras cimas compositivas del grupo nodriza. Y, aunque aquí el que firma no está interesado en el negocio del revival, sean cuales sean sus razones (algunas perfectamente legítimas, como pagar el alquiler), hay una sola posdata a la decisión de reunir este año a Brighton 64: si vas a revivir tus viejas glorias, revive a la que alcanzó la excelencia. Porque el primer corte siempre será el más profundo, que cantaría PP Arnold.

Kiko Amat

Cronología

1981

Primeros ensayos. El grupo lo forman Daniel Paradell (voz y guitarra), Albert Gil (guitarra), Ricky Gil (bajo), Quinito (batería). Primer concierto, sala Magic, como teloneros de Telegrama.

1982

Conciertos varios –incluyendo Rock-Ola (Madrid)- y primera aparición en TV (Musical Express). Cambios de formación, Ricky pasa a la voz.

1983

Flor y Nata Records publica el maxi-single Barcelona Blues. B64 se transforma en trío con la incorporación de Andrés Verdú (ex-Killwatts) a la batería.

1984

Flor y Nata Records publica el single “Deja de tocar a mi chica/No volverán”. Primeros conciertos de Los Novios. Cabezas de cartel en el festival “La Cresta de la Ola”, en el Mercat del Peix de Barcelona.

1985

Verdú abandona el grupo y es sustituido a la batería por Tino Peralbo. Grabación de Haz el amor en los estudios Tramontana. Twins publica el mini-LP Haz el amor.

1986

Jordi Fontich se incorpora al grupo como teclista. El productor Paco Trinidad contrata a Brighton 64 para EMI.  Se publica el maxi La casa de la bomba.

1987

El grupo recoge el premio de Radio 3 a la mejor canción del año. EMI publica el LP El problema es la edad. Multitudinaria actuación en las fiestas de la Mercè.

1988

EMI publica el single El mejor cóctel. Tino Peralbo abandona y el grupo se transforma en sexteto.

1989

1 de julio: último concierto de Brighton 64, plaza de toros de Tomelloso. Se publica el LP de Los Brigatones, 20 días y 20 noches.

Ecos

“Las referencias eran los grupos de mod revival pero, sobre todo, los grupos de los sesenta como The Who, The Kinks, Small Faces, The Action, etcétera que conocíamos por discos o por películas (…) También nos apasionaba el blues, el r&b y el soul, pero al tiempo estaban nuestros contemporáneos como Nacha Pop o (…) Loquillo y Los Rebeldes. Aunque en principio no tuvieran nada que ver con nosotros estéticamente, eran lo mismo: un rock y un pop con las letras muy inmediatas y juveniles. En el fondo era una combinación estética de las referencias británicas y, luego, de las cosas que teníamos a nuestro lado”

Albert Gil, La voz de Galicia 2011

“Grupos como Nacha Pop, los Secretos y los Pistones, todos ellos de Madrid, estaban sentando las bases de un tipo de canción pop en castellano que nos atraía y encajaba con una manera sencilla y directa de entender la música”

Ricky Gil, en Bola y Cadena

“La prensa “oficial” cargaba contra nosotros a la menor ocasión. En las páginas de Rock Espezial y Popular 1 las críticas de nuestros discos y conciertos eran devastadoras, y llegaron a publicar la falsa noticia de que nos habíamos separado”

Ricky Gil, en Bola y Cadena

“Estábamos haciendo una música nueva. No sé si lo llegamos a conseguir, pero sí tengo muy claro que lo buscábamos. Brighton 64 queríamos ser rompedores y originales. Hubo gente que no lo entendió, porque se fijo solo en nuestra estética y nuestro nombre. Eso nos marcó mucho en lo bueno y lo malo porque, claro, un grupo con un nombre así podía parecer un simple grupo de revival o retro y no lo éramos en absoluto”

Albert Gil, La voz de Galicia 2011

“No nos interesa arrastrar solo a minorías. Estamos haciendo música y diciendo cosas, y queremos llegar al máximo de personas posibles. Cuando empezamos hacíamos versiones de los Kinks y los Who, música realmente antigua. Entonces estaba de moda el tecno y los siniestros. Ahora resulta que todo el mundo reniega de las innovaciones y está a favor del soul y el rhythm’n’blues. Si dentro de un tiempo la cosa cambia y todo eso pasa a la historia, nosotros continuaremos con los tres acordes de siempre, aunque no vendamos nada”

El Món, 27 de febrero de 1987

(Artículo publicado previamente en la revista Rockdelux #299 de octubre del 2011. Esta es la versión extendida)

Disco del mes (julio-agosto 2011): THE ART MUSEUMS Rough frame

THE ART MUSEUMS

Rough frame

(Woodsist, 2010)

Quizás ustedes ya hayan oído hablar de The Art Museums. En caso de que no sea así, empecemos con un buen chasco: acaban de disolverse (o eso deducimos de su codificado y escueto mensaje en Myspace). Las buenas noticias son que, al contrario que la mitad de mis grupos favoritos españoles de los ochenta, The Art Museums sí dejan legado: un álbum y un par de singles que no pueden faltar en su colección. The Art Museums son una de esas maravillosas contradicciones tan anacrónicas como atemporales, y desde luego geográficamente paradójicas. Como un grupo de merseybeat en la Barcelona de 1988, o una banda afrocubana en Saigón, o un violín irlandés en Caracas, The Art Museums pertenecen y no pertenecen a su lugar de procedencia, San Francisco. Suenan a 60’s deshilachados, corales y optimistas, en efecto, pero su testigo no viaja en un tren directo, sino en el típico borreguero que efectúa setecientas paradas en todos los pueblos innombrables (y fuera de ruta y camino equidistante) que puedan imaginar. Así, en lugar de beber de la cultura pre-hippy de su ciudad natal, de toda la armonía West Coast pretérita y de los miles de cantautores psicodélicos que poblaron sus pendientes, The Art Museums evitan los atajos y agarran los 60’s via 80’s, casi como The Style Council (o los mods originales) agarraron Inglaterra vía Europa. Su sonido es The Who y 60’s mod, sí, pero tal y como los imaginó Dan Treacy, replicando su iconografía a base de pobreza monetaria, corazón partío, falta de medios y concepción de grabación guerrillera-punk. Por tanto, The Art Museums toman el art-pop sesentiano de la mano de Flying Nun, Sarah y, muy (pero que muy) especialmente, de los filomods con veleidades artísticas del sello Whaaam!: The Times, los TVPs de 1982, primeros The Pastels, Small World psicodelizados, The Gifted Children, etc. Las similitudes con The Times (uno de los grandes grupos olvidados de los 80’s, y de mis favoritos de toda la vida) son tan exageradas –sin jamás rozar el pastiche- que aún me sorprendo al toparme con fotos de The Art Museums y recordar que son un cuarteto mixto de psico-nerdos californianos, ex-Skygreen Leopards y ex-Whyst, compañeros de sello de Vivian Girls y Crystal Stilts, y no varios pálidos ingleses ataviados con colgantes de sopa Campbell’s, jerséis con cuello de tortuga, gorras Lennon, vaqueros blancos y pisamierdas. Para acentuar la similitud, The Art Museums tienen la desfachatez de hablar de lo mismo que sus predecesores (subcultura, héroes pop, chicas modernas en cafés, escritores antiguos, actores fallecidos, jardines con esculturas…) y, puesto que graban con una vetusta tape machine, su sibilante producción es idéntica a la de los arty-mods lo-fi de 1983 (es decir, que el álbum suena como si lo hubieran grabado en el tracto digestivo de un gran cetáceo).

Todo esto daría un poco de miedo si no fuese por lo natural que resulta. The Art Museums aparentan ser gente que ama dicho estilo, y tienen la decencia de no disfrazarse de Ed Ball 1984. En lugar de pasar horas tratando de replicar el look de aquel video de “The painted word”, The Art Museums se han aplicado aquí a componer unas cuantas canciones inmortales, de lírica The Style Council y ecos The Jasmine Minks, que contrastan (y encajan) maravillosamente con sus barbas y camisetas de Mantles (otro grupo igualmente anglófilo de su mismo entorno). “So your baby doesn’t love you anymore”, con su batería Marbú, su mención a una “american movie” y su vocalista-en-gruta, suena a primer LP de Television Personalities. “Paris cafes”, pop apaisado y amplio con metronómica caja de ritmos y letra referencial, pura psicodelia 80’s, parece prima hermana del “Kardomah cafe” de los Cherry Boys. Y qué decir de “Oh modern girls”, cara B imaginada del “Big painting” de The Times.

Pero olviden la retahíla de nombres e influencias que acabo de lanzar graciosamente al aire como trasnochado confeti: todas estas referencias que listé son, en verdad, irrelevantes. Lo que realmente importa aquí -y deben recordar siempre- es lo siguiente: si les gusta el pop bonito, sin aditivos ni grasazas conceptuales, romántico y frágil y elegante, The Art Museums se convertirán en uno de los hallazgos más preciosos y preciados del año. Aunque ya no existan. O precisamente por su no-existencia.

Kiko Amat

Coleccionistas #25 en La Escuela Moderna

Y el protagonista de esta nueva entrega de Coleccionistas es nuestro viejo camarada de armas, Miguel Lozano, desde Gijón. Old 80′s mod, collector sanote, izquierdoso a ultranza, padre con Martens, anglófilo impenitente y fan del deporte rey en su versión menos clientelista y lucrativa.

Todas sus respuestas (y bien largas que son), en nuestra página cosanguínea, La Escuela Moderna.

Léanlas de inmediato, amigos.

Yo fui #9: Ricky Brighton

Una nueva entrada de la celebrada serie de historia y tradición subcultural de La Escuela Moderna, en este caso dedicada a un mod pionero: Ricky Gil, de Brighton 64.

Pueden leer sobre este fascinante asunto aquí mismito.

La juventud baila con el sonido 80′s mod de…

Un listado de los discos pinchados el pasado 28 de enero por Kiko Amat en la sala Underground, con ocasión del 1er aniversario de la tienda Breakaway. Casi todo es 80′s mod revival no-obvio (como el tardío y modernísimo “Friends again” de Purple Hearts, o el rarote single de The Accidents) y periferias del asunto (Rudi, Newtown Neurotics, TV21), morrocotudo mod europeo de los 80′s (los alemanes Die Sache y Die Profis, los franceses Bikini), grupos espléndidos que no recuerda ni su prima la bizca (los relucientes y también muy modernos Yeh-Yeh) e incluso enchufamos una pizca de C86 político con ritmo Motown (el himno “Keep an open mind or else” de McCarthy). Oh: y entrada con unos tales Dexys, y ender con  dos grupos desconocidos llamados The Jam y The Clash.

La media de edad de los asistentes era de 22-24 años (con varios representantes skinheads de ambos sexos que rozaban la más alarmante minoría de edad), lo que contribuyó a que este su DJ se sintiera una vez más como Gandalf El Gris.

DEXYS Burn it down

THE TIMES Whatever happened to Thames beat?

TV21 Playing with fire

RUDI Crimson

THE BUREAU Let him have it

THE DONKEYS Don’t go

THE ACCIDENTS Curtains for you

YEH-YEH You will pay

NEWTOWN NEUROTICS Suzi was a heartbreaker

THE PURPLE HEARTS Friends again

McCARTHY Keep an open mind or else

KAMENBERT Sha-la-la-la

DEE WALKER Jump back!

THE MOMENT One, two, they fly

THE PRISONERS Hurricane

THE BLADES The last man in Europe

DIE SACHE The new art school

DIE PROFIS Zweifel

BIKINI La vide de tes nuits

JOHNNY BRITTON The one that got away

THE BEAT Best friend

THE DAYFRIENDS My teacher’s  favorite T-Shirt / My favorite girl

THE JAM When you’re young

THE CLASH Complete control

Lista del Mes (Septiembre): 8 Pantalones que llevé

1) Tejanos de pana violeta: La niñita de mis ojos en 1988. Me chiflaban, pues marcaba uno un paquete semi-aceptable sin entrar en el terreno Ariete Genital rocker, y hacían irritar bastante al sector agüela-Paz de los mods puristas (y sus parejas aspiraciones estéticas anabaptisto-funerarias). No es que los eche de menos ahora (su colorido fulgor haría que me encerraran), y aunque así fuera mi madre los debió tirar a la basura en alguna de sus anuales Noches de los Jeans Demasiado Cortos. Y Dios la bendiga por ello.

2) Tejanos blancos: Inicialmente de cualquier marca (¿Recuerdan los Marlboro de la calle Tallers, con aquella vendedora que siempre entraba al probador cuando estabas con el pito al aire?), poco después de la marca americana de los caballos tirantes en el logo. Aún hoy son los pantalones más bellos inventados por el hombre, aunque también los menos prácticos (solo aguantan un día de no-guarricie, y tres horas nocturnas de semi pulcritud; al poco rato siempre pareces un vagabundo recién orinado) y por si fuese poco ahora los fabrican con cintura Buster Keaton, a abrochar a la altura de los pezones. Un obstáculo insalvable para los que empezamos a llevar los pantalones caidillos a partir de 1991.

3) País de Gales: Hechos a medida, de la ilustre y desaparecida sastrería R. Ferran, en la calle Hospital. Hay una clara fecha de caducidad en los pantalones a cuadros (sea Pata de gallo, Gales o, Dios no lo quiera, Tartan -que algún mod barcelonés llevó en los mid-late 80’s, no se rían), un “No Llevar Después de los 25” que hay que seguir a rajatabla. De otro modo, uno acaba saliendo a la calle con esa pinta que mezcla predicador victoriano, Phineas Fogg, payaso catalán, funambulista y persona fenomenalmente excéntrica en general. O, si los llevan cortos de tobillo, simplemente Loco del Manicomio.

4) Tejanos negros: El epítome punk rocker y 80’s teen mod de batalla que más combates y refriegas aguantó en sus casi transparentes rodillas y entrepierna. Por razones de pocos posibles era tradicional reteñirlos una o dos veces según iban perdiendo negro original. El dramático resultado era parecido a lejiar unos jeans azules (ergo, unos tejanos con consistencia Papel de Cebolla, y que se desmoronaban al primer “¡Qué Vo-o-o-y!” eufórico-danzante) pero estos encima desteñían y le dejaban a uno la cacha gris. Una horripilante visión que congelaba en sus desvistientes pasos a las contadas féminas que consintieron yacer con nosotros durante los largos y solitarios 80’s.

5) Pantalones militares: Vergonzosa admisión, que sólo puede trasegarse con la excusa de que, cuando uno consume MDMA, se le agrandan mágicamente los calzones. O le brota un deseo incontenible de llevar ropa para las piernas lo más aireada posible, con sabe quién qué oscura intención (crear corrientes eólicas testículo-refrescatorias o esconder estupefacientes poderosísimos en sus amplias alforjas laterales, es difícil asegurarlo). Un pasajero vahído sartorial que aún nos hace levantar sudando en agitadas noches de invierno.

6) Tejanos de pana marrón: Con Kickers de Bota. Dicho así suena a roadie de Sopa de Cabra, o a alguno de esos losers inquietantes que venden panfletos estalinistas en las puertas de las universidades, pero hay que considerar compañías más adecuadas para esa peligrosa parte inferior de la anatomía. Combinadas con Snorkel (aquí “coreana”) con capucha, cisne y chapas ya entraba uno de lleno en el 80’s janglo-indie semi-modernista, que es perfectamente plausible y loable y un lógico apeadero estético para los de nuestra particular persuasión.

7) Negros, de traje: De nuevo, hechos a medida en R. Ferran hacia 1987. Eran una monada, pero aquí al menda se le fue la mano con la estrechura, y al cabo de dos chuchos de crema ya parecían mallas de soldado medieval, o unos Spandex metaleros, y no sé yo decirles qué es peor (lo segundo, claramente). Una de las prendas de ropa de menor vida de mi vida: ni dos meses. A partir del segundo mes ya me configuraban patas posteriores de cucharacha, un look nada deseable para ninguna meta bípeda o humana, especialmente la conquista amatoria.

8) Pantalones de Cuero: Es broma, obviamente. Los leather pants sólo se disculpan en Julian Cope, Jordi Valls (y todo Psychic TV), Jesus & Mary Chain y Bobbie Gillespie. Y Mick Farren. Quitando a estos prohombres, no le quedan bien a nadie, y huelen a sillón de abogado 70’s de los que le dejan a uno la próstata calcinada. Y el sudor… No queremos ni imaginar el estado en que deben quedar esas ingles ardientes en primavera.

Kiko Amat

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