Entradas con la etiqueta ‘alcohol’

Libro del mes (marzo 2011): PATRICK DEWITT Abluciones

Abluciones

Patrick DeWitt

Libros del Silencio

Traducción de Javier Calvo

211 págs.

Los últimos meses han descargado encima de Bendito Atraso un diluvio de libros sobre borrachos solitarios y lamentables. Leímos Chump change de Dan Fante (nuestro artículo correspondiente aparecerá en breve en el Cultura/S de La Vanguardia), leímos este Abluciones de Patrick DeWitt, y tuvimos que releer Knockemstiff del gran Donald Ray Pollock (donde no sólo aparecen borrachos, sino muchas otras especies de desvarío lumpen, pero aún así). Oh, oh, el infortunio y la inquietud. En consecuencia, nadie podría culparnos si estamos un poco bajos de moral. Tratamos de mantenernos alejados de discos de Jimmy Webb o Sun Kil Moon, cambiamos de acera si vemos algún cartel de Pa negre, no vamos a revisionar ni en pintura documentales como Dark Days o aquella cosa terrible sobre Da Nang, y no estamos cogiéndole el teléfono a ningún amigo pesimista: no podemos permitírnoslo. Ahora solo queremos ponis de color crema y strudels de manzana crujiente, y timbres de puerta, cascabeles de trineo y filete con fideos; sólo buscamos cosas hermosas y favoritas, porque estamos hechos de cristal barato y por menos que esto vamos a irnos de cabeza por la ventana al tragaluz del supermercado.

La causa #1 de esta desazón y angustia primordial sobre la condición humana y el bienestar (o falta extrema de él) que disfrutan todos y cada uno de los habitantes del planeta nos ha llegado por vía del brutal Abluciones, de Patrick DeWitt. Ya les digo que este artefacto lleno de letras es uno de los mejores libros que leerán en el 2011, y una novela imposible de olvidar. Por mucho que verse sobre alcohólicos, sería un mal comienzo ponerlo en la órbita Bukowskiana; para empezar, porque aquí, en esta santa casa, nunca nos han deprimido los libros del viejo Chinaski. En esto coincidimos una vez más con el maestro Casavella, quien siempre dijo que la obra del borrachín angelino sólo le despertaba envidia: estamos hablando de un señor que se pasa el día folgando con muchachas de busto generoso, bebiendo tintorro, pagando alquileres ridículos y escribiendo cuentos, amigos míos. ¿Qué hay de atormentado en todo esto? En Bendito Atraso firmaríamos ahora mismo para vivir eternamente en la “perdición” del gran y admirado Bukowski, un pájaro que –en el fondo- se pegó la vida padre. Y encima en Los Ángeles (me gustaría haberle visto en el Cornellá en 1978, a ver qué opinaba).

Otro error igualmente grave sería afiliar al autor a la corriente de literatura oscura que alardea de gran yonkitud, tifus, gangrena, homelessidad y pederastía, y que encabezan Dennis Cooper (fan de DeWitt, asimismo) o Tony O’Neill (también fan de DeWitt, maldita sea). Las frases laudatorias que vertieron sobre Abluciones ambos novelistas casi nos encañonan para que le comparemos a ellos, pero permitan que nos resistamos. Sería demasiado fácil y, por añadidura, ¿Somos los únicos que nos olemos el inconfundible aroma del shock fraudulento en la literatura de dichos autores?

Coloquémosle donde merece: Abluciones es un libro estupendo, sincero y corazón-en-la-mano que sigue la estela de la literatura compasiva, dura, honesta y vivencial de algunos de nuestros ídolos. Harry Crews, Nelson Algren, Hubert Selby Jr. y John/Dan Fante, sin ir más lejos, y sin que la obra de DeWitt esté en absoluto en un nivel inferior a los nombrados. No, el autor canadiense juega en la liga principal. Ha vivido, ha andado entre hombres, ha sufrido problemas dentales y diarreas, abandonos de mujeres y le han empleado en unos cuantos lugares insalubres y deprimentes: Abluciones es el resultado de su periplo o, más concretamente, del periodo que el autor pasó ejerciendo de camarero en un bar de Hollywood. Cuenta la historia de dicho camarero anónimo en los meses que van desde que empieza su historia hasta que ser lanza a perseguir su redención. Sin aspavientos ni terribles plagas: sólo día-a-día, en toda su sedienta rutina e  inescapable pesadumbre cuando se acerca el ocaso. Esa tristeza atroz de las borracheras con angustia y extravío que tan bien conocen todos los que hayan pasado las suficientes horas muertas en un bar, en un periodo paralítico, estancado y desesperante de su existencia.

¿Qué tiene Abluciones que otros alki-losers abatidos en pleno arrebato de confesionalidad no tengan? oigo que me preguntan. Bien, para empezar, está magníficamente escrito, usando un estilo inusual pero cercano y elástico (segunda persona: la voz narrativa se dirige al protagonista cuando habla de él “Ahora tiras de la cadena y…”), y por añadidura empleando unos poderes de observación y una perspicacia a la hora de analizar humanos que son simplemente apabullantes. DeWitt puede ser divertido en un párrafo –como cuando habla del coche “mágico” con el que nunca consigue estamparse ni que le pare la policía, por muy torta que vaya (esto trae a nuestra mente definiciones de la revista Viz como “beer bus”, el autobús imaginario que te lleva a casa por arte de birlibirloque sin que a la mañana siguiente consigas recordar un sólo paso de tu borrachuzo retorno). Pero también puede ser devastador en el siguiente –“te dedicas a escuchar tus propios gemidos y gruñidos, y se trata del ruido más triste y solitario que has oído en tu vida, y una tristeza que parece un telón lastrado con pesas de plomo desciende y te cubre y ahora, sin alcohol ni narcóticos que camuflen la emoción largo tiempo escondida, se adueña de tu cuerpo”. Y asimismo, DeWitt no necesita ser tan extremo para estropearnos el día; son, de hecho, sus apuntes casuales, en apariencia despreocupados, de pequeños detalles de la vida del bebedor-sin-gozo los que se hincan de forma más ardiente en nuestro tejido muscular. Post-its poco aparatosos que el autor incrusta aquí y allá, y que sin embargo acarrean el peso terrible de la verdad más conmovedora: “ahora sabe a ciencia cierta algo que lleva años sospechando, que es que tienes una veta de odio en el corazón y que es una veta profunda y ancha” o “los clientes habituales se tratan con calidez, pero por lo general van y vienen solos, y que tú sepas nunca se visitan en sus casas. Esto hace que te sientas solo y te da la impresión que el mundo en el fondo está lleno de frialdad y de mezquindad”. O qué me dicen del espantoso: “la idea de que seas una inspiración en la existencia de esa chica es una tragedia con todas las de la ley”.

La razón final por la que Abluciones se ha hecho con una plaza de párking de por vida en nuestro corazón es por su intención redentora, que tan pocos novelistas parecen considerar importante. En Abluciones, según va avanzando la trama, crece en el protagonista un deseo imparable de ser feliz, de estar mejor, que se convierte en el motor de su vida: “sientes asco de ti mismo por permitir que tu infelicidad se haya prolongado tanto tiempo y te prometes (…) que vas a intentar ser feliz (…) por muy tonto o infantil que haya sonado”. Y es ese anhelo de escapar de la desdicha y la culpa por haberlo hecho todo al revés, es esa cruzada Plan B que busca brincar del pozo de tormento en que te habías autosepultado, lo que eleva a Abluciones a un nuevo plano de magnificencia. Su inmensa belleza poética, su terrorífica aflicción, su desarmante honestidad, su humor ennegrecido por el sarcasmo, su lenguaje de escalpelo, certero y minucioso, su cándida voluntad de mejorar (mediante la narrativa) la suerte que a algunos les ha tocado, son todo factores que confirman a Patrick DeWitt como uno de los descubrimientos literarios más importantes –en cuanto a literatura vivida y palpitante- de los últimos dos años. Desde El hombre del brazo de oro no leíamos algo tan bello, terrible, trágico, verdadero e importante. Un auténtico triunfo de la honestidad y la pureza en el lenguaje narrativo. Inolvidable, de veras.

Kiko Amat

Libro del Mes (diciembre): VENEDIKT EROFÉIEV Moscú-Petushkí

Moscú-Petushkí

Venedikt Eroféiev

Marbot Ediciones

185 págs

Hay muchos rusos en Rusia, decía aquel chascarrillo inmortal de Eugenio, aunque no todos escriben igual. Algunos de sus libros, tal como majestuosamente describía nuestro amado Withnail (de Withnail & I), “están llenos de mujeres que miran por la ventana continuamente”, o madres hechas ruinas que no cesan de rellenar el samovar y preguntarse con ansia Cuándo volverá mi buen hijo de la deflagración bélica del bajo Tartaristán. Y vuelven a llenar el samovar. Y así durante 856 páginas, con algún intermedio en que entra un médico de Minsk que sobrevivió a las purgas estalinistas y cuenta su saga especificando cada muda de calcetines y cada estornino que sobrevoló su orreo.

Y luego hay otros rusos amargamente divertidos, perpetuamente enfadados, sempiternamente punk-rockers y borrachos como odres de vino. Uno de ellos es Edward Limonov, nuestro viejo amigo Eddie, autor de unos libros más queridos en esta casa (It’s me, Eddie), otro que le va a la zaga (His Butler’s story), y poseedor del currículum vitae más meandroso y bárbaro de la literatura universal, incluyendo la fundación en 1993 del Partido Nacional-bolchevique, una cosa filo-nazi estalinista que le hiela a uno las gónadas. Pero lo cortés no quita lo valiente, y que el Limonov cosecha 1994 esté como un cencerro no significa que el Limonov cosecha 1977 no fuera algo majestuoso, y un tipo más peligroso literariamente que una granada con zapatos de pecarí (Limonov es, manifiestamente, un dandy del bajo mundo). Limonov fue traducido al español en los 90’s por una pequeña editorial de Madrid, Libros del Oriente y el Mediterráneo, pero desconocemos cuál fue la calidad de su edición. A los que no lean inglés y les interese el universo russki-punk de Limonov quizás les convenga investigar por esos paraderos.

Pero, en cualquier caso, la razón por la que hablamos este mes de Limonov es este libro de Venedikt Eroféiev, Moscú-Petushkí, una novela impenitente, cáustica, malhumorada e imparablemente alcohólica que nos ha hecho recordar el espíritu Lemonoviano de “Todo el Mundo es Imbécil, trae acá esa botella de vodka-con-chili o te endiño un puñetazo en el ojo”. Poco se sabe de su autor, y un tecleado furtivo en Wikipedia sólo les acarreará la vergüenza de una página tendida en espléndido blanco nuclear. La biografía de contraportada de esta bella y reciente edición de Marbot Ediciones -si algo comparten todas las cubiertas europeas de Erofeiev, por cierto, es su bélica belleza alkie: todas, exceptuando la victoriana de Marbot, exhiben botellas y señores de ojos flamígeros- nos describe en diez escasas líneas a un tipo que nació en 1938 en el asentamiento noroccidental ruso Niva-2, y que deambuló por toda la superficie del país como un soviético Kerouac working class auténticamente molesto por su situación en el mundo, realizando los trabajos más peregrinos (entre ellos el tendido de cable telefónico que forma parte del argumento de la novela) y con ganas de matar al establishment y la autoridad, viniese de donde viniese. O sea, nada Kerouac, de hecho. Moscú-Petushkí, no podía ser de otro modo, fue prohibido en la URSS de los 70’s, y circuló de mano en mano en forma de samizdat ilegal, ganando prestigio y respeto con cada carcajada tuberculoso-espirituosa de cada nuevo lector. La primera vez que se publicó de veras fue en Jerusalén en 1974, no les digo más. Desde entonces ha sido traducido a multitud de idiomas, y -como verán- justamente.

Y ustedes se preguntarán, ¿De qué trata Moscú-Petuchkí? Y yo les diría que es el viaje en tren de un hombre fracturado por la pena y el cabreo primitivo, desde la estación Kursk de Moscú hasta la estación de cercanías de Petushkí.  Este hombre, que a la sazón es el mismo Veneditk Eroféiev (¿Para qué carajo molestarse en buscar pseudónimos?), podría ser descrito como una suerte de Arturo Bandini alcoholizado, o parecido al Widel-Jarlsberg de Hambre sólo que con bastante más ira de raíz sociópata y menos pusilanimidad y mutismo embarazoso. Sí, el bueno de Venedikt está de mala leche, con todo y con todos: con los antiguos colegas de sus empleos previos (“miembro del PCUS desde 1936, un viejo soplapollas”), con algunos de los desdichados que tienen la mala fortuna de viajar en su mismo vagón (“¿Qué tengo que ver con esta gente ajetreada a la que aborrezco?”), con las generaciones que vienen tras la suya (“Sí, palabra de honor. Desprecio a la generación que viene tras de nosotros. Me provoca repugnancia y horror”) y con muchas otras cosas. Y esta rabia perenne que se nutre de una imaginada -y por ello patética- superioridad, este vital ciscarse en todos los santos que exhibe el bueno de Eroféiev, hacen al protagonista entrañable e hilarante.

Las comparaciones con Bandini o Widel-Jarlsberg no eran gratuitas: la prosa de Eroféiev, y la voz de su alter ego, están afinadas con el histerismo extravagante, puño-juramental-al-cielo y mueca Basil Fawlty, de aquellos dos inolvidables personajes. Sus reflexiones interiores se rubrican invariablemente con ese extremo acento de señor perdiendo los papeles de manera augusta, y encima tajado como una mona y a punto de desahogarse en sus propios pantalones, y para colmo enamorado. Y este amor (demente, no correspondido y sin duda Quijotesco) sólo contribuye a hacerle aún más parecido a los dos mencionados gusanos de Hamsun y Fante, o al denuestador y anti-todo héroe de Limonov.

La primera mitad del libro aúna extensos monólogos enloquecidos de esta bestia parda punk-obrera en los que rememora su pasado más reciente, o justifica el insensato viaje de recuperación de su enamorada en el que está atrapado, o -la mayoría de las veces- tan sólo teoriza sobre el beber. El Por Qué, y el Cómo (el libro está plagado de recetas para fabricarse cócteles repugnantes de vodka, colonia, cerveza y otros ingredientes mucho peores) y el Cuándo (siempre), oscilando todo el rato entre el lamento del borrachín filopenitente (a la mañana siguiente, en pleno vaivén de la más fiera resaca) y la declamación orgullosa del alcohólico embravecido en plena ingesta de agua de fuego. Y, entre tanto, odiando. Odiándose a sí mismo, y también al mundo que le aloja, y a los idiotas con los que lo comparte.

Son estas peroratas de curda semi-punk ruso las que hacen de Moscú-Petushkí un libro tan divertido, y tan bestia, y la razón principal por la que merece la pena leerlo. Cuando arranca con alguno de sus exabruptos autoconvencidos, de origen frágil pero encallecidos por la vida, a grito pelado (interior) y escupiendo capellanes a troche y moche, balanceando el dedo índice al cielo como un párroco poseído, el cuello de goma y el licor de gramíneas embotellado fuertemente sujeto en la otra mano, es cuando la obra de Erófeiev toca su cenit. El lector sólo tiene que percibir la aparición de un signo de admiración para entender que es la señal y esperar la verborrea brutal del protagonista que sin duda seguirá: “¡Oh, vanidad! ¡Oh, fugacidad de las cosas! ¡Ah, horas de impotencia e infamia en la vida de mi pueblo! ¡Esas horas que van desde que amanece hasta que abren las licorerías! ¡Cuánto habéis hecho encanecer a la gente de pelo castaño, vagabunda y triste! Camina, Viénichka, camina.”.

El viejo Vienichka, ya ven, no escatima adjetivos para calificar lo que ve, y (a la manera Jardielesca) se suceden a lo largo de las páginas los insultos, las obscenidades, los denuestos y los pedos (de ambas disciplinas, gaseosa y bebible). Cualquier transeúnte puede ser su objetivo, cualquier cosa la fuente de su airada defensa: “Si un hombre está animoso y lleno de esperanzas por las mañanas, y le domina el abatimiento por las noches, seguro que ese hombre es una basura, un especulador, una mediocridad. Ese hombre me resulta repugnante. No sé que os parecerá a vosotros, pero a mí me resulta repugnante”. Genial, no me digan.

Así, se unen en Moscú-Petushkí la ira anti-humanos del mencionado Limonov, la descripción del borrachismo triste de Lowry (sin la chapa autoconmiserativa), el coraje del alcohólico luchador Bukowskiano, la tristeza descacharrante y Bandini-esca del freak sin esperanzas, abandonado por la sociedad y el progreso (y las chicas), y un montón de -ya dijimos- fórmulas alquímicas para fabricarse los peores licorzuelos de sus vidas. Y todo va recosido, como una chaqueta tejana llena de parches, con un fenomenal odio a la sociedad moderna, a los humanos más borreguiles y pasmados que la componen, y también con una generosa dosis de auto-odio y rencor hacia la propia estupidez y cobardía.

¿Y fallos? ¿Tiene fallos? Bien, como sucede con todas las borracheras y farras de 24 horas, llega un momento en que todo decae y lo único que queda es la vergüenza, la hemorragia nasal, el calzoncillo salpicado y el jaquecazo. Moscú-Petushkí no es una excepción. Según avanza la segunda mitad del libro empiezan a dialogar nuevos viajeros, a contar sus historias vitales (mientras el nivel de merluza general va saliendo disparado hacia el Cosmos), y el ambiente final de la novela empieza a asemejarse a las conversaciones trágicas de after a las 9 de la mañana de un domingo, cuando uno ya no sabe ni qué dice ni quién es, y está farfullándole cosas incoherentes a una stripper de 49 años, natural de Villagarcía de Arousa, que lleva tatuado en una nalga “Propiedad de Bob”. Es decir, que el libro se transforma en un galimatías incoherente, repetitivo, algo aburrido y (¡Oh, desgracia!) carente de aquellos intragritos y maldiciones universales que son típicos de su protagonista. Pero no se lo tengan en cuenta. Sólo por las noventa primeras páginas, Moscú-Petushkí amortiza de sobras lo invertido, y algunos de los fragmentos les resultarán imposibles de olvidar: “¡Oh, vacío! Oh, rictus animal de la existencia!”.

Cuánta verdad, Viénichka, cuanta verdad. Y ahora, trae acá esa botella.

Kiko Amat

Archivos

10 NUEVAS ENTRADAS

1) PJ PROBY Enigma

2) MARCOS VALLE Marcos Valle

3) THE TWEEDS Music for Car Radios

4) LOS CANGUROS Un salto adelante (1986-1990)

5) THE SOFTIES The Softies

6) NATURAL FOUR Natural Four

7) THE CLAIM Boomy Tella

8) EL ÚLTIMO DE LA FILA A veces se enciende

9) CHRIS STAMEY It's Alright

10) BILL WITHERS Making music

Leer más

RICHARD PRICE

The Wanderers

Roja y Negra/RHM

LOS CANGUROS

Un salto adelante (1986-1990)

BCore, 2013