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Rednecks de la pradera

Vida de zarigüeyas; cómo vivir bien sin empleo y (casi) sin dinero es un clásico de la literatura de supervivencia norteamericana. Fue escrito en 1978 por Dolly Freed, una moza tejana de 19 años, y se convirtió de inmediato en libro de culto. Más de treinta años después sigue vendiéndose junto a manuales que invitan a abandonar la “carrera de ratas” y echarse al monte armado de cayado y legumbres. Los lectores descubrirán rápido que no es tan fácil como insinúa el subtítulo. Freed empieza aconsejando que para poner en práctica esta forma de vida “sin dinero” es indispensable “tener un techo” en propiedad; a ser posible en un clima templado, alejado del mundanal ruido y con acceso a ríos limpios, caza y buenas vistas. En el presente contexto español de desahucios e hipotecas mortíferas esa extravagante recomendación inaugural suena a cachondeo. Es como si un libro que prometiera enseñar a volar empezase con la frase: “En primer lugar, debes poseer un par de alas enormes…”.

Así, procede tomarlo desde otra perspectiva. Agarrar el espíritu y obviar lo práctico. Los consejos de horticultura neorural están bien, pero cunden más las numerosas reflexiones existenciales. Por mucho que Freed insista en que no lo hacen por razones ideológicas (“no somos un par de Thoreaus papando en el lago Walden”), este es un libro político: las zarigüeyas tienen su razón de ser en la vagancia, la austeridad y el sentido común, no en una convicción mística sobre el poder regenerador de Gaia. En efecto, Dolly y su padre distan mucho de ser ecopuritanos con delirios granjeros: destilan alcoholazo casero, matan a cualquier bicho comestible que circule cerca de su cabaña, poseen rifles y utilizan la intimidación física para solventar trabas legales. Los Freed son como los Stamper de Casta invencible: rebeldes, honestos y muy testarudos, modernos outlaws libertarios en la más pura tradición fronteriza yanqui. Por ello puede y debe leerse Vida de zarigüeyas como la autobiografía de una gente, un lugar y un tiempo. Más allá de los consejos cotidianos, y muy a pesar de que la autora se disculpara años más tarde por algunas acaloradas convicciones redneck, hay que agarrar de Vida de zarigüeyas su inspiración fundamental: vale la pena desafiar al sistema, pensar por uno mismo y vivir con menos. Kiko Amat

Vida de zarigüeyas; cómo vivir bien sin empleo y (casi) sin dinero

Dolly Freed

Alpha Decay

Preámbulo de David Gates

Trad. de Rubén Martín Giráldez

219 págs.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 23 de enero del 2013)

Generación Buá-Buá: una charla con Meredith Haaf

Hace una semana Bendito Atraso se citó con la ensayista alemana Meredith Haaf en el café de La Central. Nos había pirrado su magnífico libro Dejad de lloriquear; sobre una generación y sus problemas superfluos (Alpha Decay, 2012), retrato insuperable de la generación nacida en los años ochenta: la Generación Perdida, o Generación Pragmática, como se la ha venido a llamar. Para aquellos de ustedes que no estén familiarizados con esta estirpe, los GP tienden a ser (a grandes rasgos): llorones, exhibicionistas, narcisistas (en su formato menos interesante o excéntrico), adaptables, emprendedores, empalagosamente simpáticos, apolíticos, apáticos, timoratos, fatalisto-egoístas y muy, pero que muy, pelmazos en Internet. Es suya la década de la cháchara, la banalidad, el consumismo bulímico y la diferenciación estéril (por tipos de peinados o zapatitos o clase de computadora); y, por añadidura, su generación engendró a los fidedignos hijos de Satán: los hipsters. Argumentando, criticando, ironizando y siendo mordaz a más no poder, la Haaf convierte su obra en un líbelo clásico, un panfleto de libro de estilo, si bien integrándose a sí misma en el clan que es objeto de acusación: Yo Nos Acuso. Y todo ello, por descontado, desde una posición inequívocamente anticapitalista e izquierdosa. Como ella misma nos confesó: “es importante estar en oposición, aunque no tengas las soluciones a todo”.

Defines que ser joven y moderno hoy en día “consiste en una constante cháchara estúpida en todas las direcciones posibles”.

La comunicación se ha convertido en un fin en sí mismo que domina el mundo en que vivimos. La gente siempre se ha comunicado, obviamente, y ha hablado para expresar sus sentimientos, pero no lo hacían a través de tantos canales o tecnologías ni con la frecuencia ni la rapidez con la que lo hacen ahora. La sensación prevalente hoy es que siempre hay alguien dirigiéndose a ti, y que siempre tienes que responderle.

La gente que te habla, por añadidura, parece saberlo todo de todas las disciplinas. ¿Habremos entrado de repente en el Renacimiento?

Un buen ejemplo de ello fue el juicio a Pussy Riot en Rusia. De repente, todo el mundo en la red era un experto en política y legislación rusas, y todo el mundo sabía qué estaba sucediendo, y quién tenía razón, y lo que iba a suceder. Pero en el instante en que terminó el juicio, el 99% de la gente dejó de hablar del tema y se acabó el twittering. Todos los expertos sobre Rusia habían cambiado ya de área de conocimiento, según parece.

En tu libro incides también en la bipolaridad entre las personalidades analógicas y digitales.

La gente se ha acostumbrado a decir cosas sin que existan consecuencias directas de ello (risas). De vez en cuando se publicitan esas grandes discusiones de Twitter, es cierto, pero en Facebook la gente no discute. Formas parte de esa red, y la mayoría son amigos tuyos, así que lo que haces es ignorar lo que te disgusta. Y por añadidura existe una completa desconexión entre las formas de ser de la gente online y offline. La gente crea una personalidad completamente nueva para estar online.

Casualmente, esa nueva persona online siempre es ingeniosa, valiente, cool y vivaz. Es curioso que el Yo Real que te encuentras luego en el bar sea casi siempre un hombrecillo pusilánime y afónico.

He tenido la misma experiencia. Hay gente que está todo el día posteando, y colgando fotos de todo lo que hacen y ven, pero luego les conoces y no tienen nada que decir. Tuve una ex-compañera de trabajo cuya personalidad de Internet era increíblemente agresiva, y todo el día se estaba metiendo en discusiones con todo el mundo, pero luego estabas con ella en un bar y no abría la boca. Cuando lo hacía, era para expresar opiniones no controvertidas. Hay una completa desconexión entre las dos personalidades.

Afirmas que no tener Facebook está rodeado de “un halo de rebelión”. ¿No es esa la mínima rebelión posible?

Es el mínimo común de la rebelión, es cierto. Pero creo que un éxodo masivo de Facebook marcaría una gran diferencia. Facebook es una compañía enorme, y sacan muchos beneficios de sus registrados. Ahora estoy escribiendo un manifiesto que urge a borrarse de Facebook, y creo que hacerlo sería un buen comienzo. Parece poca cosa, pero Facebook y todas esas compañías han pasado a formar parte de nuestras vidas, alterando la forma en que nos comunicamos con los amigos, y la forma en que sentíamos que formábamos parte del mundo. Hoy por hoy, si no estás en Facebook la gente te espeta: “¿Dónde te metes?”. Es difícil abandonarlo. Yo misma estoy en Facebook aún; es como una adicción. Sería algo bueno que todos nos borráramos a la vez.

La única forma posible de rebelarse contra Facebook es la no participación.

No estar allí es lo que más daña a Facebook. No hacer nada. No hablar y callarte de una vez. El silencio online no computa, no se considera una virtud. Todo el mundo tiene que estar hablando todo el rato.

Defines ese flujo imparable de opinión en la red como un “tsunami de banalidad”.

Utilizo la palabra tsunami porque si pasas unos minutos allí (¡y la gente suele pasar horas!) terminas allanado. Es un diluvio constante. Y creo que es una característica definitoria de mi generación el poner lo personal como prioridad absoluta en todo momento. La gente se define por cómo es su vida privada y profesional. Eso es lo que comunican en todo momento. Y lo que me preocupa es que es algo muy autoindulgente. Es un comportamiento narcisista más propio de niños en proceso de aprender. En un niño se trata de narcisismo saludable, porque les está ayudando a desarrollar la conciencia del Yo, pero en un adulto esa tendencia debería haber desaparecido; el individuo debería ser capaz ya de diferenciar entre lo que es relevante y no relevante para el público. Esta tendencia a confesar todo lo privado en público es una prueba más de nuestra extraña relación con la esfera pública. No hay separación alguna, y esa esfera pública no se aprecia como debería.

Todo apunta a que la respuesta a la pregunta “¿Google nos está convirtiendo en estúpidos?” es afirmativa. Creo que es útil para apuntar a lugares, pero no para proporcionarlos. Al final, te tienes que leer el libro y subrayarlo durante un par de semanas. Pero cuando digo esto, claro, parezco un monje loco que se haya teletransportado desde el siglo X.

(risas) Decididamente. El conocimiento también ha cambiado. No sé si Google vuelve estúpida a la gente, pero desde luego les hace un poco más vagos. Aún puedes descubrir cosas, e Internet en su forma libre actual aún es una fuente de riqueza cultural, pero Google ha reducido el tiempo que inviertes para saber algo. Lo buscas en Google y aparece. No has de invertir tiempo ni paciencia para poder digerirlo bien. Lo encuentras, lo lees a toda prisa, y con un poco de suerte te acuerdas de algo más tarde, y si no, lo vuelves a googlear. Está haciendo algo con nuestros cerebros, de eso no me cabe la menor duda. Aún no sé el qué.

¿Crees, como afirma el cómico Dylan Moran, que si estás filmando o grabando continuamente un momento, te estás perdiendo ese momento? O sea, que dejas de estar allí.

Creo que las prioridades están alteradas de una forma paradójica. La gente ve algo, y la primera reacción es: “¿Es esto algo sobre lo que puedo hacer un post?”. Suena muy pesimista, pero es así. La experiencia humana de las cosas ha cambiado, y creo que no para mejor. Las cosas que pones online se quedan allí para siempre, sí, pero a la vez se disipan y desaparecen. La actualidad de esos posts desaparece, y entonces ya es algo del pasado.

¿Es esto una enfermedad exclusiva de nuestro tiempo? El mundo siempre ha sufrido epidemias o guerras, por ejemplo, pero no se me ocurre un ejemplo previo de deformación de la comunicación como el que estamos viviendo. Esto no sucedió con la aparición del teléfono, ¿no?

Creo que es algo único de nuestro tiempo. El teléfono era algo mucho más directo. Al principio era un símbolo de estatus monetario, de acuerdo, pero no había un valor asociado al hecho de estar hablando por él. Nadie te estaba viendo, no tenías espectadores, así que tampoco desarrollabas una “personalidad telefónica”. No existía un foro desde el que opinar, ni existía la idea de que tenías que estar continuamente confirmando tu situación, y expresar lo que hacías y lo que sentías en tiempo real. No sé si existe una palabra para inglesa para eso, pero en alemán se llama Entfremdung. Significa desconexión. La experiencia de un evento está tan separada de tu persona real que el impulso a cambiarlo o a sentirlo como parte de ti desaparece. Es el efecto paralizante de estar maniatado por la tecnología.

Silvermond: Das deustsche Ohrejen de Van Gogh, mit Bisbalen rechts von dem foto.

Hablando del grupo alemán Silbermond, comentas que “nunca la cultura juvenil había sonado tan lastimosa, por no decir cobarde”. A mí me sucede lo mismo cuando leo letras que dicen “¿tendré un empleo fijo?” en lugar de “colguemos a todos esos malditos perros capitalistas”.

(Más risas) Silbermond son increíblemente populares. Han tocado una fibra sensible con sus letras sobre seguridad laboral. Está claro que eso es lo que procupa a la gente.

Las preocupaciones mundanas.

Sí, pero a la vez, un empleo fijo no es una cosa sin importancia. Si piensas sobre ello, lo es. Yo misma acabo de conseguir un empleo fijo por primera vez en mucho tiempo, y es una sensación maravillosa. Es muy fácil estar en contra del sistema si no piensas que eres uno de sus perdedores y que nunca vas a obtener seguridad laboral, porque entonces el foco se dirige a ti.

Lo que me sorprende de ello no es la preocupación por las cuitas individuales, sino  la falta de rabia.

Somos una generación extremadamente pragmática y materialista. Los de los ochenta no le ven el sentido a estar enfadados; no les proporciona gozo alguno. Hemos sido condicionados para creer que el orden actual es estupendo. Si eres de clase privilegiada, se te educa para pensar que es un orden perfecto, y si no lo eres, también, porque se te educa para que creas que es culpa tuya y que tienes que trabajar más para acceder a esos privilegios.

Esos son los cimientos del sueño americano y, por extensión, del capitalismo: la creencia de que vas a ser el siguiente en enriquecerte. Cuando, en realidad, las posibilidades son cada vez más altas de que mueras pobre como una rata.

Y, por añadidura, eso no debería ser el sentido de una vida. La gente cree que si se concentra en mejorar su actuación personal el sistema entero redistribuirá los beneficios. Eso explica la falta de rabia. En nuestra generación predomina la idea de que tienes que ser productivo y constructivo. “Piensa positivo”. Es lo que te inculcan en la escuela, los padres, los medios de comunicación… En la universidad, o en debates, me he encontrado en infinidad de situaciones en que se me ha espetado: “Eso que dices no es muy constructivo”. ¡Por supuesto que no! ¡Es destructivo! En eso se basa la crítica, en estar en contra de algo. Es importante estar en oposición, aunque no tengas las soluciones a todo.

En tu ensayo también comentas sobre el énfasis que le da tu generación al “derecho a escoger” y a la libertad individual. “Mis opciones”, “Yo lo valgo”, etc.

Esta desconexión individual, por la cual la gente no quiere pertenecer a nada, no quiere ser “encasillada” en algo que no va 100% sobre ella, lleva a una completa falta de solidaridad. Y surge una inhabilidad total de crear alianzas con el prójimo. Estoy muy involucrada en feminismo, y en los últimos años está resultando imposible crear cualquier tipo de coalición al respecto. Si no formas parte de la rama exacta de feminismo, entonces ya eres la rama incorrecta de feminismo, y no quiero tener nada que ver contigo. Así que acabamos teniendo una multitud de feminismos que quieren los mismo pero son incapaces de trabajar en grupo porque están demasiado preocupados con sus pequeños feudos. A la gente le resulta imposible siquiera pensar en formar parte de un movimiento, porque ello siempre conlleva pequeñas concesiones que nadie está dispuesto a hacer.

También afirmas que la gente se concentra en pequeñas diferencias, y que encima son las diferencias más irrelevantes. PC contra Mac. Vans contra Converse.

Es la cultura en la que vivimos. En Alemania ha llegado a extremos repugnantes. Cada vez que empieza un debate político sobre cosas fundamentales, la reacción mayoritaria es “Dejaros de luchas partidistas” y “dejaros de política de partido”. ¿Por qué? La política está precisamente para eso: para establecer discusiones. Estar fundamentalmente a favor o en contra de algo se percibe hoy como algo condenable. Es mejor decir: “Tengo un Mac”.

En términos generales, se usan muchos nombres para intentar definir a esta generación, pero la que se me ocurre de sopetón tras leer lo que describes en el libro es “pandilla de bastardos”.

(Risas) Quise ser la voz antigeneracional, no escribir algo constructivo. Es un panfleto crítico, y quería examinar todos estos temas bajo una luz política, no social. Pero no odio a mi generación. Si fuese así no me habría molestado en escribir un libro sobre ellos. Pretendía ser una valoración honesta. También tienen sus cosas buenas, no creas. Ser tan sociable y comunicativo puede estar bien, y esas condiciones producen a gente amigable y simpática. Es la “generación amigable”. Todo les va bien, y siempre tratan de crear atmosferas positivas. Pero no quería hablar de sus cosas bonitas. El libro hubiese quedado mucho más largo y menos potente en su denuncia.

En un fragmento dices que tu generación no estaba presente en las revueltas del 2010. Que estaban “de fiesta, o estudiando, o en Facebook”. ¿Crees que la esperanza yace en la generación más joven, o tal vez la inmediatamente mayor?

Los más jóvenes han comprendido que la política sí tiene un efecto directo en tu vida, y que puedes combatir algunos cambios. Mucha de la energía e ideas del 2010 nacían de esta generación más joven que la mía. Observando a mi hermana, que es más o menos de esa edad y ha experimentado solo los cambios en educación, por ejemplo, me he dado cuenta de que son más duros que nosotros. Mi generación nació en un vórtice extraño, donde aún estabas mimado pero vivías con la conciencia de que todo iba a empeorar. Los jóvenes de ahora, por el contrario, han nacido viendo que todo es una mierda, y por tanto son más proclives a pensar que pueden cambiar las cosas. Por añadidura, ya no están hipnotizados por internet. Lo usan y punto, sin nuestra fascinación o adicción.

En tus palabras, la única subcultura que ha surgido de tu generación es la hipster: la tribu banal y burguesa por definición, especialista en el vaciado de significado hasta que solo queda una imagen. Una imagen muy cara, de hecho.

El dinero es una característica esencial de lo hipster. La última vez que fui con mi novio a Los Angeles entramos a una tienda de ropa pensando que era de beneficencia, pero resultó ser para hipsters (se ríe): vimos un montón de abrigos raídos y deshilachados, y todos valían $200. La mayoría de cosas oscilaban entre los $800 y los $900. Era muy raro. Estaba claro que toda su clientela gastaba muchísimo dinero en tratar de parecer pobre. No hay una idea detrás de lo hipster, más allá de demostrar que puedes ganar todo ese dinero. Son solo símbolos y estética, pero por lo que veo sin significado alguno. El prestigio en ella se basa en ser capaz de nombrar muchas referencias culturales, pero sin relacionarse demasiado con el significado real que poseen, o su contexto. En los Estados Unidos, todos los hipsters beben Pabst Blue Ribbon, una cerveza asociada a la clase trabajadora, y también fuman cigarrillos baratos, pero no conocen ni les interesa nadie de la clase obrera. Es pura cosmética. Algo bastante repugnante, la verdad.

Y peligroso. Porque si empiezas a vaciar cosas de su significado, todo vale. Hoy es la Velvet Underground, mañana pueden ser los einsatzgruppen polacos. Llevaban uniformes bonitos, ¿no? Es lo que hacen publicaciones como Vice: ¡Tatuajes carcelarios rusos! ¡Francotiradores croatas! ¡Actrices porno! ¡Dictadores coreanos! ¡Contenedores en llamas!

Vice es un ejemplo perfecto de vaciado completo de significado y contexto. Además, es increíblemente misógino. Las chicas allí son o chicas, o “perras”. Hay “perras”, que son las putas guapas, y luego hay “putas”, que son las feas. Muchas mujeres leen la revista y se identifican con todo eso. Por supuesto no puedes criticar esa actitud, porque la excusa que dan es que todo es “irónico”: no piensan eso de las mujeres, en realidad aman a las mujeres.

Mi última pregunta es: ¿Qué carajo salió mal? ¿Podemos culpar de todo a la internet?

No. Creo que la culpa es de Tony Blair y de Bill Clinton. Empezó en los ochenta con Thatcher, y se consolidó en los noventa, cuando gobiernos supuestamente socialdemócratas empezaron a adoptar políticas que buscaban favorecer los mercados, y los mercados se convirtieron en algo más importante que la sociedad. Thatcher llegó a decir: “No existe lo que llamamos sociedad”. Luego, la caída del mundo comunista creó un consenso alrededor de la idea de que vivíamos en el mejor de los sistemas posibles, y esa es la idea que adoptó mi generación. Ese es el problema principal.

(Esta entrevista es una exclusiva de Kiko Amat para Bendito Atraso)

Prólogo de Kiko Amat para Memphis Underground

Se publica esta semana en España la novela Memphis Underground, de nuestro admirado Stewart Home, en la editorial Alpha Decay.  El libro lleva un prólogo de Kiko Amat que empieza así:

“1. Cuidado con este libro: es irritante. Irrita y escuece como el chili bengalí, el primer disco de Suicide, los conciertos de Swans o los ladrillos fílmicos de Guy Debord. Es decir: a propósito. Para chinchar. Es la literatura como ortiga, como arma química, como zancadilla. Es una literatura con enemigos, entre los que quizás esté usted. Porque, como comprobarán en breve, la literatura de Stewart Home no está hecha para todos los paladares. Y porque encima, como verán en un instante, la literatura de Home trata de no serlo; literatura, quiero decir. Y si algo puede definirse como antiliteratura (un concepto que, es cierto, tratan de apropiarse infinidad de cursis y pusilánimes), ese algo está ahora sujeto en sus manos. Y quema que no veas, digan la verdad.”

Y luego se lanza a lanzar hurras por la working class, el punk rock, la cultura skinhead, el pulp, los recopilatorios baratos de northern soul y la literatura anti-establishment y anti-cultura seria. El prólogo incluye, por descontado, numerosos panegíricos a favor de Stewart Home y su visión.

Javier Calvo se postra también ante el genio de Stewart Home en esta entusiasta entrada para su blog.

Sé nuestro gurú, Jim

Cuatro caóticos documentos de word (uno de ellos… ¿vacío?) adjuntos a su correo confirman que Jim Dodge continúa impermeable a la tecnología. El escritor más ludita, inspirador y fascinante del mundo vuelve a estar de actualidad gracias a la reedición mejorada de Stone Junction, su celebrada saga anarco-alquímica. Hombres vs. plutocracia, bien contra mal, compasión contra crueldad, y encima explosiones, alucinógenos, póker y pócimas: un libro de fiesta mayor.

Nunca he seguido a santones o hechiceros, pero si tuviese que adoptar a mi Meher Baba, mi maestro yogi, escogería a Jim Dodge. He aquí el artista como hombre bueno, el autor de novelas como sabio humanista, como inacabable fuente de inspiración y dirección: figura paterna, camarada y consejero, corazón de león y alma en las pupilas, Dodge desafía la frase “Nunca conozcas a tu ídolo” (en realidad, la máxima debería continuar: “…si es Pete Doherty”). Pues si tu ídolo es un ex-poeta beat lleno de pasión, amor y humanidad (y también furia; que no somos hippies), una especie de Merlín rocanrolero con recursos inagotables de empatía, dulzura, astucia e imaginación; y encima ludita; y bioregionalista; y novelista insuperable; y encima fan del Big Bopper y Little Richard; y para colmo Hombre Erguido que tala árboles y vive sin conexión (no sabe ni que es “conexión”) y fríe animales cazados y considera la amistad como uno de los más sagrados bienes de un hombre… ¿Quién no querría adoptar a un maestro así? Este optimizado Stone Junction es, ya imaginan, una ocasión inmejorable para dialogar de nuevo con nuestro gurú.

Stone Junction exhibe una cantidad titánica de documentación sobre trucos de póker, historia de la alquimia, fusión nuclear, jerga de radio DJ’s, química, filosofía, plantas alucinógenas… Es inevitable preguntarse si todo este manantial de saber ya residía en tu cabeza o estudiaste trabajos especializados.

Por un lado, el arte de narrar consiste en crear ilusiones que revelen las ilusiones acorde a las que vivimos, y esa creación requiere una selección de detalles que convenzan al oyente de que sabes de lo que hablas. En otras palabras: la autoridad narrativa es esencial para el hechizo, tanto para lanzarlo como para mantener ese espacio mágico al que invitas al lector y donde participará en un acto colaborativo de imaginación. En Stone Junction algunas cosas ya las conocía por pura pasión, como el póker, la historia de la alquimia, el lingo de los DJ’s de la AM, la magia y (en menor medida) la física nuclear. Otras me llegaron por vía de familiares, amigos y amantes, gente que considero “informadores fiables” y me iluminó con su conocimiento sobre cultura de las drogas, tradiciones nativoamericanas, medicina y armas. Y lo que nadie sabía –venenos, reparación de embarcaciones fluviales y robo de cajas fuertes, entre otras cosas- lo investigué. Básicamente, seguí el consejo que siempre se da a los jóvenes escritores: escribe sobre lo que conoces.

Uno de los preceptos que expone Stone Junction es que es perfectamente lícito alzarse violentamente contra la injusticia. Y “existe una maldad en el mundo de la que hay que ocuparse”.

En SJ, si recuerdas, está prohibido cargarse a un enemigo a no ser que sea en defensa propia. Sí puedes usar tu imaginación para hacerle sentir culpable, o llevarle a la locura o al remordimiento de tal forma que termine suicidándose. Pero no puedes usar las mismas armas que la plutocracia, especialmente porque una de esas armas se llama “misil”, y hoy sabemos que las armas nucleares son biocidas: no sólo matan humanos, destruyen todo tipo de vida. Y encima, mediante la mutación genética, ponen en peligro la evolución futura. Aunque existe la mezquindad en el mundo, y residen en él poderosas fuerzas destructivas, creo que el término “maldad” parte de una construcción binaria algo simplista. De acuerdo que estas exquisitas distinciones morales no entran en juego si alguien te ha puesto el pie en el cuello (o un puñal en el de tu hijo) pero ciertamente un uso responsable de la inteligencia o la imaginación pueden prevenir decisiones de vida o muerte. La defensa propia es más un reflejo, una expresión instintiva de la fuerza de la vida, que un derecho; y cuando llegas a ese estadio ya puedes despedirte de la razón, la comprensión y la sabiduría.

Stone Junction tampoco deja lugar a dudas sobre tu opinión sobre el progreso tecnológico: “El conocimiento y las tecnologías siempre se anticipan a nuestra capacidad de comprender las consecuencias”. ¿Es el ludismo el camino, antes de que lo “entendamos todo demasiado tarde”?

Esa cita es del ciclo de Edipo, de Sófocles, y continua siendo mi definición operativa de tragedia. Empujadas por la innovación tecnológica, las cosas cambian tan rápido que las industrias dedican todos sus recursos a anticipar cambios venideros y direcciones de desarrollo. Eso ha provocado que la gente sienta que ha perdido todo control sobre su propia vida. Siempre he creído que la libertad reside en igualar tus necesidades, pero si realmente necesitamos todas estas máquinas sorprendentes, entonces ya podemos despedirnos de la libertad: no vamos a tener tiempo suficiente para dominar el uso y la reparación de esas herramientas, y además la mayoría de ellas requieren combustibles fósiles en lugar de energía metabólica. Quizás el ludismo sea la respuesta. Puedo decirte que yo mismo viví sin electricidad de 1979 a 1990, cultivando mi huerto, cazando, pescando y recolectando la mayoría de mi comida, y la vida era dulce y fácil, si bien en ocasiones agotadora.

Podrías aplicar lo dicho al uso de internet. Vonnegut dijo que “las comunidades electrónicas no construyen nada, siempre terminas con nada. Somos animales bailadores”. Creo que tal vez hayamos ganado en cierto tipo de “democratización” del conocimiento, pero a un precio muy alto: información fragmentada, debilitación de lazos comunitarios físicos, polución, aislamiento… Cómo te posicionas tú en el debate “¿Google nos está volviendo estúpidos?”

Básicamente, estoy con Vonnegut y otros cascarrabias como él. Siempre me ha gustado la homilía celta “Antes de darle un arma a un hombre, enséñale a bailar”. Por añadidura, la información no es conocimiento: el conocimiento requiere la síntesis de todos esos factoides fragmentados, y también el corazón necesario para llevar esa síntesis al reino de la comprensión, y la comprensión reclama alma, o espíritu, para acceder a la sabiduría. Ya veremos, pero hasta entonces todo lo que puedo decir es “quizás”.

Stone Junction comienza con una joven partiéndole la mandíbula a una monja, lo cual siempre es celebrable. Últimamente he vuelto a pensar (leyendo a Robin Lane Fox y a A.N. Wilson) que el cristianismo (o cuanto menos las tres religiones abrahamitas) sea posiblemente la causa de todos nuestros problemas. Junto a la codicia.

Yo iría aún más allá, y diría que la culpa es del monoteísmo y de cualquier poder centralizado. Especialmente cuando la historia nos enseña que la práctica prioritaria del poder humano es la imposición de control, sea ejercido a base de violencia física o la biopatología de mentirles a los niños sobre la naturaleza de la existencia. Desde Sófocles hasta el libro de Job, sean muchos dioses o Uno sólo, el mensaje es consistente: la divinidad se encuentra más allá de la comprensión humana, y la respuesta inteligente a la percepción que uno tiene de los Grandes Poderes es la sumisión. Creer, por definición, es fe sin pruebas, lo que es lo mismo que decir que es una decisión basada en la admisión de completa ignorancia. Así pues, ¿Por qué no reconocer que nadie tiene ni idea, abrazarlo como Misterio Profundo y dejarlo hasta el día en que nuestra dulce carne humana vuelva a las cenizas y el polvo?

Recientemente he vuelto a cavilar sobre el tema de los artistas que abandonan la disciplina a la que dedicaban su talento para dedicarse a sólo vivir, ignorando la demanda a “producir”. ¿De veras no va a volver a haber otra novela de Jim Dodge?

Bueno, mi decisión era mucho más compleja que esa. Mi pasión principal es la poesía, y si ese no es el ARTE en su manifestación más alta y más exigente que existe, no hay vida en la tierra. Una confluencia de sucesos acabaron de determinar mi decisión: adoptamos al hijo de mi cuñada, lo que exigió mi completa atención (él tenía dos años, por aquel entonces). Por mucho que hayas vivido de tu ingenio durante años, no puedes exigirle a un niño que lo haga también, así que me vi obligado a aceptar un puesto de profesor. Y, puesto que la enseñanza también ofrece numerosos desafíos y masajes de ego, vi que podía sentirme bien sin tener que pasar seis horas al día encerrado en una habitación. Además, descubrí que tener a un pequeño humano botando en mi vida había abierto un tremendo boquete en mi ambición. Dicho esto, ahora que ese pequeño humano tiene 20 años y estoy semi-retirado, estoy pensando en revisitar aquella novela de detectives que abandoné. Y también pienso en cómo siempre he deseado escribir una novela sobre béisbol, y otro libro sobre perros y montañeros, así que quién sabe.

Cuando te entrevisté en el año 2007 hablamos de tristeza, miedo, culpa y paternidad. Tus palabras fueron reconfortantes, humanas y curativas, los consejos de un hombre sabio. Yo nunca he sido de gurús, pero si tuviera de escoger uno, serías tu. ¿Quieres ser mi gurú, Jim?

¿Quién podría desear a Polonio como gurú? (aunque, de hecho, su “Pero, sobre todo, sé fiel a ti mismo…” no está mal, asumiendo que uno tenga una personalidad y la capacidad de conocerla). Pero de veras, Kiko, lo que describes –consejos honestos ofrecidos desde simple consideración por nuestros comunes aprietos humanos- suena sólo como un acto de verdadera amistad. Así que no me queda más remedio que rechazarte como estudiante o discípulo, aunque será un honor ser amigo tuyo.

Stone Junction (Alpha Decay, 2009)

Empieza con el puñetazo a la quijada de una monja, y progresa en propulsión alquímica en pos de la piedra filosofal. Daniel Pearse, el protagonista, es una suerte de Harry Potter anarquista en la AMO (Asociación de Magos y Forajidos) pero antes necesita enseñanzas detalladas –sobre drogas, invisibilidad, magia, póker y explosivos- que le impartirán una serie de maestros inolvidables. En el camino hacia el diamante filosofal (aún en poder del gobierno) Daniel tratará también de descubrir al asesino de su madre. Adictiva, desquiciada, proto-ludita, llena de conocimiento arcano, divertida e impactante, Stone Junction es como un Gravity Rainbow que no ocasionara cefalea. Una novela inolvidable que además otorga un aprendizaje crucial sobre (como dijo Pynchon) “todas las cosas que importan”.

Kiko Amat

(Entrevista publicada originalmente por la revista Rockdelux #298, septiembre del 2011)

Miqui Otero: ardiendo en llamas de entusiasmo

Novela Con humorismo y pasión se planta Miqui Otero en medio del panorama español. Un parque temático de ahora, un músico rock’n’roll de los 60’s, batallitas, pop y Galicia: disfruten del Hilo Musical.

¿Es esto una guerra? Si es así, acaban de desembarcar los aliados. Cuando de niño jugaba al juego de mesa La IIª Guerra Mundial no me inquietaba que mi ejército (el inglés, por supuesto) fuese vapuleado por los nazis en las primeras rondas, pues en la tirada 8 entraban los yankis y entonces, juntos, le zurrábamos la lúdica badana a esa Wermacht comefrankfurts. En literatura, esta tirada 8 se ha hecho esperar lo suyo, pero al fin han hecho entrada “los nuestros”. O al menos uno de ellos.

Ese Uno viene locuaz y titularero, con ganas de empezar “grandes batallas a la luz del sol”, que cantarían Charades. Su nombre es Miqui Otero, y quizás les suene por las recientes entrevistas en las que, con ocasión del lanzamiento de su debut Hilo Musical, se ha dedicado a hablar de cosas tan inauditas como el Enfoque Cómico, Entusiasmo vs. Cinismo y la Auténtica Influencia Pop. Si en esto del escribir hay bandos, Otero está en el ejército de la literatura entusiasta, figurativa y divertida, aunque también dura cuando procede, que se nutre del universo vivencial de uno, literatura que no habla de literatura (Vonnegut diría que “no tiene la cabeza metida en su propio culo”) sino de Cosas Que Pasan y Momentos Catárticos y Amores Furiosos, literatura valiente que no busca impresionar a cuatro críticos decimonónicos, sino que tiene fans; una novela que no teme hacer reír ni tampoco ser fieramente romántica y emotiva. Y que, encima, ostenta trama.

Quizás les sorprenda que esto me sorprenda pero es que, ¿aquí?, los que buscaban realizar novelas basándose en estos parámetros eran tres y el cabo, y uno de los tres falleció. Y de golpe llega Miqui Otero, que no tiene trampa ni cartón, que no utiliza el salero de las referencias pop para darle vitamina a un peñazo de vocación erudita, sino que escribe dando mandoblazos de Autenticidad de Emoción y Vida. Sí, Hilo Musical está lleno de vida, y la cita a John Fante no es casual. Haber escrito una novela así, manufacturada con esa pasión, sin renegar del denostado pulp o el humor, yendo a la caza del enganche clásico, rehuyendo la ampulosidad y la pacata “experimentación” de las generaciones recientes… En fín, tiene su mérito.

Hilo Musical, a la sazón, habla de parques temáticos (como el Pastoralia, de George Saunders), pero también de músicos 60’s que sobrevivieron grabando para el hilo musical, y contiene sublevaciones espontáneas y un protagonista tan torpe que a su lado Holden Caulfield parece Claude Van Damme. Pero dejemos que el autor, mediante esos titulares naturales que expele al hablar, comente para Cultura/S los atributos capitales de este debut:

1) Pop: “Pop para mí es ritmo, honestidad, estribillo. Y no textos de vocación erudita salpicados con algún tag contemporáneo o una mención a Radiohead. Sé que las convenciones que exige una novela no son las de una canción de dos minutos, si no, además de imprudente, sería idiota. Las canciones de menos de tres minutos que se escriben y gritan en un garaje antes de que nadie las escuche. Esas canciones son inocentes, pero no imbéciles y mucho menos vacías de significado. El pop, como dijo alguien mejor que yo, es una cultura de objetos encontrados, de referentes compartidos a todas las clases sociales. Pero también es una gincana de códigos secretos y fascinantes”.

2) Pulp: “De esos escritores que cobraban a la línea me quedo con la obsesión por la trama, por la aventura, en tiempos en que eso parece cutre o poco sofisticado. Para mí, su papel en el Tardofranquismo fue seguramente más importante que el de la literatura de alto quilate. Por una sencilla razón: los compraba gente de la calle y prometían un horizonte de futuro en un país gris que parecía no tenerlo. Esos libros democratizaron el futuro. Ese compromiso con la fantasía y la aventura es el que quiero tomar de ellos”.

3) Enfoque Cómico:  “Creo que está en horas bajas en nuestro país, pero no ha sido así siempre. Ahí está Enrique Jardiel Poncela. Parece que la palabra “divertido” siempre se dice con una mueca condescendiente, cuando no debería ser así. Chesterton dijo “lo contrario de divertido no es serio. Lo contrario de divertido es aburrido”. El motor del mundo es la incoherencia y el absurdo, ¿cómo no usar la comedia para afrontarlo? Si lo hicieron Joseph Heller o Kurt Vonnegut con las vivencias en la IIª Guerra Mundial, por qué no hacerlo nosotros con nuestras miserias juveniles o con nuestro pasado reciente como país”.

4) Entusiasmo vs. Cinismo: “Si el malditismo fue la lacra de la anterior generación, el cinismo es el de la mía. Esa manía de estar de vuelta de todo sin haber disfrutado del viaje de ida, del universo de “las primeras veces”. El cinismo es como un sofá cómodo desde donde comentas la jugada como si lo supieras todo. Y, lo peor, cuando te das cuenta, tu espalda está fastidiada: los sofás blandos son especialmente perjudiciales para tu columna. Mi intención era ofrecer algo colorista y con brillo, que te diera más ganas de salir a la calle y no de encerrarte en tu habitación”.

Y bravo. Esta conexión con autores contemporáneos es una cosa tan rara que hay que saborearla a fondo, por si no hay otra en media década. Mis más recientes y felices apoplegias sucedieron hace ya unos años, con La balada del Pitbull de Pablo Rivero y El Secreto de las fiestas de Francisco Casavella. Cómo no graznar feliz aquel “Let’s celebrate” de las Jones Girls cuando en el mismo año aparecen Corona de Flores de Javier Calvo y este Hilo Musical. Quizás se trate de una hermosa epidemia.

Kiko Amat

Hilo musical

Miqui Otero

Alpha Decay (Col. Héroes Modernos)

298 págs.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 22 de diciembre del 2010. Este era el encabezamiento original, que luego se modificó por cuestiones de espacio -mutando en “Humor, emoción y pop”)

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