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En las batallas #2: Puede producir nerviosismo
Todas las cosas, incluso las más imprudentes, tienen su metodología. Hacia 1992, casi todos los de mi pandilla nos habíamos habituado a engullir anfetamina como si se tratase de gominolas. Las usábamos para bailar, aguantar la ingesta de alcohol y mantenernos despiertos mucho más rato, aunque es lícito preguntarse por qué alguien querría estar tantas horas despierto en el Sant Boi de 1992.
La era dorada de la intoxicación estimulante española terminó, pero una nueva ola de aceleradores químicos bautizados con eufemismos renacía en las farmacias: Delgamer, Centramina y Finedal (supongo que llamarles Acelerex, Velocidina y Cebollazol hubiese resultado demasiado obvio). El quid, en todo caso, residía en su adquisición: ninguna de dichas pastillas se vendía sin receta, y parecía poco probable que nuestros médicos de cabecera decidieran de sopetón que lo que les convenía a nuestros temblequeantes cuerpos de veinte años era una severa dosis diaria de sulfato.
Se imponía una resolución, así que una noche aprobamos de forma unánime cruzar la línea de la legalidad. Al imbécil de la pandilla a quien le tocó dar el primer paso delictivo fue a mí: pedí hora a mi dermatóloga (mi madre se había emperrado en curarme el acné) y acudí una mañana de primavera a su consulta. Tras haber observado mi dermis aceitosa sin efectuar ninguna mueca de repugnancia discernible, la amable colegiada salió de la habitación –para consultar, tal vez, alguno de sus volúmenes sobre casos extremos- y yo premié su benignidad y confianza empezando a rebuscar en todos sus cajones como un perro enloquecido por la hidrofobia. Tras unos instantes de puro escenario Requiem por un sueño topé con su libreta de recetas y, sudando como un auténtico cerdo, arranqué de cuajo una veintena. Justo entonces entró la señora y se puso a hablarme, y tal vez me informó de que había pillado la lepra, no sabría decir. Porque, por supuesto, en lo único que podía pensar mientras embutía el recetario arrugado en mi bolsillo era que mis amigos iban a recibirme como a un héroe.
Aquella semana inauguramos nuestra rutina veloz, nuestra cadena de montaje de putos colgados. Cada viernes agarrábamos un par de recetas –las habíamos fotocopiado, así que las existencias eran infinitas- y hacíamos parada en casa del amigo Randy, que tenía letra de médico. Una vez nuestro amanuense particular había replicado la firma de mi dermatóloga y especificado el producto deseado, nos marchábamos a hacer la ronda de farmacias. Primero, por Sant Boi. Unos meses más tarde, cuando ya nos tenían fichados en todas, por los pueblos colindantes: Cornellà, Gavà y Viladecans. Mi maravillosa táctica era esta: “si vamos con un gordo nadie sospechará”. Por tanto, en el contingente que realizaba la ronda siempre debía estar presente el Luz, que era el más orondo de la banda. Y, aunque nosotros creímos que este era un plan sin fisuras, y que éramos unos maestros del disfraz, lo que el dependiente veía era esto: dos skins flacos (uno de ellos con acné galopante y medio mod) y un tercero con sobrepeso, los tres ostensiblemente tensos, la mirada a medio entristecer, los pantalones de tubo y las bombers de saldo, haciendo gala de una notable falta de experiencia criminal y encima acarreando una receta fotocopiada de una dermatóloga que exigía una cantidad irracional de estimulantes anoréxicos. Con una rúbrica muy poco convincente, por añadidura.
- Son para éste –señalábamos al Luz- que está muy gordo.
Y el caballero tras el mostrador empezaba a marcar el 091.
Pero lo delirante de esto es la cantidad de ocasiones en que sí nos hicieron entrega de la mercancía. En aquellas ocasiones, un júbilo explosivo tomaba al grupo. ¿Veinte cápsulas de Centramina (composición: 90% de sulfato de anfetamina) a 100 pesetas? ¡Tiembla, Cosmos!
Desgraciadamente, a toda bonanza sigue una recesión, y lo bueno siempre acaba mal (cantaban La Granja). Un día se terminaron las recetas, o las posibilidades de continuar practicando el timo, y la sequía nos catapultó a tomar medidas aún más desesperadas. Un día, en un salto de fe que nadie ha sido capaz de olvidar, me presenté en el bar con una enciclopedia farmacéutica y les anuncié a todos:
- Vamos a consumir todos los medicamentos de aquí, de la A a la Z, que recomienden no mezclar con alcohol o que puedan “producir nerviosismo”. ¿Todos de acuerdo?
Puesto que nadie contestaba, les señalé el primero: Apsedon. “Toca éste”, añadí, porque ya me había vuelto completamente majara y no atendía a razones.
La noche siguiente tomamos todos nuestras cuatro cápsulas de Apsedon, y nos pusimos a esperar que cayera el chaparrón de nerviosismo. Y mientras aguardábamos, por hacer algo, me puse a leer los efectos secundarios:
- Al loro: dice que el abuso de este medicamento buede brovogar obsdrugción de las fosas dasales.
- ¿Gomo? –me preguntó el Hedilla.
- Las fosas dasales –le dije, señalándome la narizota. Y todos venga a reír.
Kiko Amat
(Segunda entrega de la serie de columnas sobre batallistas adolescentes del autor publicadas mensualmente en la revista Barcelonés)
Harto de todo: Hardcore Barcelona
Jordi Llansamà, fundador del pionero sello BCore, recoge en Harto de Todo: una historia oral del punk en la ciudad de Barcelona 1979-1987 todo lo que merece la pena saber sobre el inicio del punk y el hardcore en la Ciudad Condal. Su libro (contrastado, veraz, exhaustivo) marca un antes y un después en la investigación subcultural de los cultos juveniles post-franquistas en España.
La escena punk barcelonesa nunca ha sabido vender bien sus gestas subculturales, sus héroes y batallas. Siempre ha existido un miedo a parecer presuntuoso, una moral no escrita basada en la humildad y el quitarle hierro a todo, como si aquello (el inicio del punk y el DIY, la construcción de una subcultura no-dependiente del comercio y las corporaciones) fuese solo una feina que sus protagonistas realizaron sin intenciones fraudulentas ni ambiciones carreristas. No hay más que comparar la cantidad de celebridades y star system que generaron el punk madrileño y el barcelonés para ver que no se trata de dos versiones distintas de una misma subcultura, sino dos concepciones radicalmente opuestas desde su gestación.
Hasta hoy, la historia de esta nueva cultura se conservaba sólo de forma oral. Al margen de los fanzines y discos del momento, no existían documentos escritos que registraran su trayectoria; y cuando estos aparecían, se trataba de obras en extremo amateurs y poco elevadas, indudablemente punks pero caóticas y sin ambición historiadora. Harto de todo, de Jordi Llansamà, viene a cambiar todo esto, y encima lo hace de manera gigante. Su trabajo es una monumental faena de investigación completamente inaudita en nuestro país, y el resultado un libro excepcional que no canjea pasión por erudición, sino que exhibe ambas, y encima usando las voces de los implicados.
Esta ciudad se merecía su Hardcore California, su Por favor mátame, su England’s dreaming o su Banned in DC en versión local, y finalmente ha llegado. Harto de todo: no sólo el mejor libro sobre el punk escrito en España, sino el mejor documento sobre una subcultura jamás publicado en nuestro país.
Escena y actitud
La moralidad dentro del punk era intocable. Los punks tenían una falsa moral, no podías enseñar una teta o provocar porque te tachaban de cualquier cosa. Silvia Resorte
Algo que influyó al punk fue que estábamos en España. La tradición del alcohol y la cultura de fumar. La gamberrada tiene un toque humorístico, lisérgico, surrealista, tamizado por un uso importante del hachís. Aquí se producía una combinación bastante curiosa que surgía de la chispa del surrealismo andal
uz (…) metida en la mente de unos jóvenes con un espíritu y unos ideales de hacer cosas de otro mundo. Cirera (Frenopaticss)
La relación entre los punks de esa época era muy dura. Éramos colegas, pero no te podías fiar de nadie porque había mucha mezcla de lo que era punk y lo que era delincuencia juvenil. Y todo asociado al consumo de drogas. No había nada establecido sobre lo que era punk. El que más punk era igual era el que más bestia era, el que pegaba más palos o el que era capaz de hacer más el gilipollas. Panko (Último Resorte, Attak)
Los principios del punk fueron muy garrulos, porque para uno que había con ideas había diez que eran destroyers. No es como ahora, que el movimiento se ha hecho más inteligente. Se venía del franquismo y de la represión, el punk auténtico era cholo. Cuando pensabas en punk no pensabas en una cresta y tachuelas. Eso sólo lo podían tener los privilegiados que se podían permitir el lujo de viajar a Londres. Dimony (Attak)
Madrid-Barcelona
En aquellos momentos teníamos buena relación con Alaska, Ana Curra, etc. Pero todo se fue al garete por unas declaraciones que hice en una revista que decían: “Mis muñequeras son para pegar y las de Alaska son de adorno”. Silvia Resorte
Con la gente de Madrid (Alaska, Parálisis Permanente…) existía una relación amor-odio. A veces se dejaban caer por Barcelona o nosotros visitábamos Madrid, pero no les gustaba demasiado nuestro rollo callejero y de movernos por El Chino. Cirera (Frenopaticss).
Punk de escaparate. Así llamábamos sobre todo a las cosas que nos llegaban de Madrid. Aunque en Barcelona la relación entre la peña fuese más dura, el movimiento era más social, más radical, más antisistema. Panko (Último Resorte, Attak)
Violencia
La gente habla de palizas y yo recuerdo solamente empujones. A los mods no los podías apalizar porque cuando levantabas la mano ya estaban a diez metros. Quique (Skatalà)
Recuerdo un concierto de Frenopaticss donde me dieron una paliza en que casi me matan. Fue una pelea con los garrulos del bario. Todos los punks se rajaron y salieron por patas, y a mí me dieron una tunda casi mortal. Xavi Shock me tuvo que meter cuatro picos de morfina en una pensión de Portal Nou. Si hubiera nacido en Madrid sería más famoso que el coño de la Bernarda. Dimony (Attak)
Tocamos en el Rock-Ola de Madrid. Sólo pudimos tocar cuatro temas, porque al dar el primer acorde la gente nos empezó a escupir, en especial a Silvia, que parecía un árbol de navidad. Además la tiraron al suelo y le arrancaron la camiseta. Me puse de los nervios y le tiré el pie de micro a un tío a la cabeza, y a algún otro le aticé con el bajo. Al final acabamos todos en comisaría, sin cobrar y con una demanda por destrozos de parte de la sala. Juanito (Último Resorte, GRB)
Yo estaba peleado con el punk desde sus orígenes, porque viví muchas situaciones de violencia: Xavi Shock cogiendo a chavalas por la calle y cortándoles el pelo, gente que cuando necesitaba dinero iba a las Ramblas y pegaba pequeños palos y volvía con chupas robadas (…) Muchas peleas, botellas partidas en la cabeza, etc. Strong (Último Resorte, GRB)
Sonidos punk y mutaciones hardcore
La gente sonaba a punk rock, utilizaba riffs de rock’n’roll, y nosotros empezamos a hacer un punk mucho más acelerado y agresivo. No era hardcore, pero era más rápido y distorsionado: un sonido más como los Dead Kennedys o incluso Discharge. Dimony (Attak)
El hardcore tuvo un día decisivo en Barcelona y fue la actuación de los MDC. En la prueba de sonido ya estaban regalando singles (…) llevaban skateboards -no sabíamos ni qué eran- y sus seguidores se sabían las letras de pe a pa. Además, eran vegetarianos e iban todo el día comiendo verduras crudas. El primer choque cultural fueron las hamburguesas que les habían preparado en el Fantástico. Evidentemente, no cenaron. Silvia Resorte
La mayoría de bandas como Resorte o Kangrena sonaban más a Ramones, The Exploited o Plasmatics. Nosotros ya hacíamos una especie de hardcore bastante radical para la época. Hacíamos un punk disonante y muy rápido, más como Discharge o GBH. Ya pasábamos del sonido de Pistols o Ramones. Manel (Attak, Shit S.A., Anti/Dogmatikss, Skatalà)
La evolución del punk al hardcore la vivimos en nuestra propia carne: me acordaré siempre del día en que llegó el primer LP de los Dead Kennedys al Texas, el bar donde quedábamos normalmente. Nos quedamos a cuadros. Oír aquellas canciones, con aquella duración, fue una locura. Medio minuto y empieza otro tema (…) Para mí hay un antes y un después. Ángel (Frenopaticss, GRB)
Cuando vinieron los MDC las cosas cambiaron radicalmente, primero porque vimos una actitud más politizada, más radical; una estética menos llamativa que la que llevábamos hasta el momento heredada del punk pero agresiva y muy de calle, y sobre todo por el sonido. Yo, que tocaba la batería y creía que tocaba rápido, cuando vi a los MDC dije: “¡Coño, esto es impresionante!”. Boliche (Subterranean Kids, Frenopaticss, Shit S.A., Tropel Nat).
Luego llegó el hardcore, que era un poco más creativo y constructivo. Nosotros no éramos demasiado panfletarios o políticos. Aunque en la maqueta hay una declaración de intenciones, hablábamos de lo que veíamos en la calle. El rollo panfletario y alternativo a veces pude ser demasiado fofo. Nunca he soportado el rollete hippie-punk. Mimo (Subterranean Kids)
Drogas punk
Nuestra droga era la anfetamina. Cada día antes de empezar un ensayo íbamos a la farmacia y pillábamos Bustaid y Maxibamatos. Evidentemente, necesitabas receta, pero entonces era fácil falsificarla. Íbamos colocadísimos, lo mínimo que nos metíamos eran diez pastillas de Bustaid al día. Silvia Resorte
Cuando entró el caballo eso sí fue un palo gordo, porque ver a la gente que formaba el movimiento punk tope espitosa, y después quedarse así, con la cabeza para abajo y medio zombies… Fue la decadencia. Dimony (Attak)
Nosotros nos metimos en el caballo a través de los RIP. Carlos, el cantante, fue el primer tío que me metió un pico de caballo por la vena (…) Yo no sabía que ellos iban de heroína (…) les veía muy tranquilos y tampoco tenía mucha idea de los efectos que producía (…) Estuvimos enganchados a la heroína entre 1983 y 1990, el año en que murió Manolo de sobredosis. Murió aquí, sobre mis piernas. Kike (Kangrena)
La concepción del caballo para alguien como yo, que venía de un barrio obrero y de una familia obrera, es que era pijo. La gente de la escena que lo consumía venía de otras clases sociales más acomodadas. Para ellos era la marca para convertirse en una leyenda: “Me meto caballo”. Mike (Último Resorte, GRB)
Punk rock changed his life: Al habla con Jordi Llansamà
Cuéntanos por qué la historia empieza en Último Resorte y no en La Banda Trapera del Río. ¿Es una decisión moral o estilística?
Porque para mi Último Resorte son la primera banda punk de Barcelona. La Trapera podría ser Proto-Punk o Rock Macarra, pero no punk. Me pasa lo mismo con Stooges o Dictators, etc. Para mi punk son los Pistols. El punk lleva chupa de cuero, tachas y los pelos de punta, aunque casi paralelamente aparecieran bandas con menos peso estético pero de similar actitud a las que también considero punk.
¿Con qué dificultades te encontraste a la hora de hablar con los implicados?
En general con pocas, ya que a muchos de ellos les conocía personalmente o teníamos algún amigo en común. El trabajo más duro de investigación fue encontrar a Kike de Kangrena, quien llevaba desaparecido décadas. Encontré una pista en internet por una baja de trabajo del Ayuntamiento de Masnou. De ahí conseguí su dirección y le envié una carta ordinaria. Con esa pista y a través de un conocido de Boliche acabé por dar con él en Masnou.
¿Hay alguien que lamentes no haber podido incluir en el texto final? ¿Desechables?
Estuve investigando para encontrar a “Chema Campeón”, que era el portero y regidor del Zeleste durante esa época y seguro que nos podía explicar cosas interesantes y desde otra óptica. Sobre todo porque los grupos trataban con él a la hora de montar los conciertos, etc. Luego se han quedado en el tintero entrevistas como la de Ernest Casals de Flor y Nata Records, el Conan de Mensakas, etc., pero tuve que decidir poner fin en algún momento o no lo hubiera acabado nunca. Lo de Desechables fue un error informático. Quedé con Tere y estuvimos conversando, pero tuve un problema con el archivo de audio y, aunque lo intenté de nuevo en diferentes ocasiones, nos fue imposible volver a quedar.
¿Por qué el fin en 1987? ¿En cuanto a implicado, qué echas de menos de aquellos años? ¿Qué crees que ha empeorado y qué ha mejorado, comparando con el punk/HC actual?
Porque a partir del 87 el punk-hardcore deja de ser un movimiento marginal o estrictamente escenero y empieza a ser absorbido por los universitarios o chavales de clase media-alta. Aparecen las primeras bandas de hardcore melódico y el sonido empieza a comercializarse. Los punks ya no son gente de la calle o de barrio, son chavales con más medios, menos compromiso y las temáticas de las letras son más banales. Personalmente creo que no tiene tanto interés. Lo que más se echa de menos es la espontaneidad, la falta de pretensión y el cabreo. Creo que ahora la gente está demasiado domesticada. Evidentemente el panorama musical actual es mucho más rico y el acceso a la música y la cultura en general es mucho más fácil. Lo difícil en esta jungla de sobreinformación es separar el grano de la paja.
Kiko Amat
(Artículo publicado originalmente en la revista Rockdelux #294, abril del 2011. Las imágenes son, por orden descendiente: Shit SA, Zeleste 1985, Manel y Wells. Foto: Arturo Xalabarder; Kangrena: Manolo, Jhonny Sex, Quoque y Kike. Foto: Archivo Yuju; Joni Destruye, de Epidemia. Foto: Archivo Meme; Jordi Llansamà. Foto: Ivone Lesán)


