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Humorismo Pt. 2: Sí a la violencia (de Jardiel)

Jardiel Poncela Blackie Books empieza su campaña de reivindicación del autor madrileño publicando dos de sus novelas, Amor se escribe sin Hache y La tournee de Dios.

Una amiga mía, enfrentada recientemente al humor bestial de la serie inglesa Black Books, se vió acorralada hasta tal punto que sólo acertó a espetarle a su novio: “Però, De què riu l’home?” (el novio no contestó; estaba revolcándose por el suelo en pleno ataque de risa). Dejando de lado lo memorable de la frase, hay que admitir que la incógnita es de lo más legítima: ¿De qué rayos se ríe el hombre? Nada más lejos de mi intención aquí que tratar de explicárselo, especialmente cuando alguien tan versado en ello como Jardiel Poncela admitía en su crucial prólogo a Amor se escribe sin Hache que “definir el humorismo es como pretender clavar por el ala una mariposa, utilizando de aguijón un poste del telégrafo”.

Así que lo que voy a hacer aquí es hablarles directamente de Jardiel Poncela, aprovechando las recientes reediciones de Blackie Books. Ustedes habrán escuchado hablar o no de Jardiel, pues su obra ha sido progromeada década tras década por cenizos de tendencias políticas (supuestamente) opuestas. Los señores de la chaqueta de pana que hablan diciendo “compañeros/as” jamás le perdonaron a Jardiel que terminara poniéndose de parte de la España Franquista hacia 1938, y que después de su exilio regresara tan pancho al lado Nacional. Pero la decisión un tanto precipitada de Poncela tampoco le acarrearía magnos laureles de poeta protegido en una España timorata y carrinclona que era incapaz de aceptar su humor carnicero. Así que Jardiel, como los mejores iconos, sigue siendo detestado por los peores cretinos de cada década y no encaja bien en ninguna parte. Y por ello hay que dar lustre a su nombre y legado de una vez por todas.

Jardiel Poncela nació en Madrid en octubre del 1901, y se autodefinía como “feo, singularmente feo, feo elevadamente al cubo. Además, soy bajo: un metro sesenta de altura”. Inicialmente se ganaba la vida como periodista humorístico en revistas como Buen Humor y Gutiérrez, y fue en una de las omnipresentes tertulias de café de los años veinte cuando conoció al que sería su máxima influencia en aquellos años de aprendizaje: Ramón Gómez de la Serna. Jardiel sólo escribió cuatro novelas: Amor se escribe sin hache (1929), Espérame en Siberia, vida mía (1930), Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? (1931) y La tourneé de Dios (1932). Todas fantásticas, qué quieren que les diga. El resto de su producción se centró en las obras de teatro, campo donde (en mi opinión, que es la que cuenta) fabricó las cumbres de su obra. Como por ejemplo Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936), deliciosa y delirante saga de unos señores que toman -para su desespero y tedio final- el elixir de la eterna juventud. Amor se escribe sin hache es, a la sazón, una sátira de las novelas de amor, escrita con la única intención de reírse de “las novelas de amor al uso (…) exactamente igual que hizo Cervantes con los libros de caballerías”. El argumento es lo de menos, y que tratar de ser racional sobre éste sería (permítanme que cite Un cadaver a los postres) “como televisol en luna de miel: innecesalio”.

Jardiel era un tipo extrañamente moderno, bastante anglófilo (llegó a trabajar en Hollywood) y a todas luces avanzado a su era en lo tocante a las relaciones de pareja. Se crió en un entorno familar intelectual y fue desde muy niño expuesto a todo tipo de disciplinas artísticas. Por fortuna, Jardiel siendo Jardiel, esto no le convirtió en un charlatán pedante sino precisamente lo opuesto: en su recurrido prólogo, el autor admitía que “(prefiero) una página de Julio Verne traducida por un analfabeto a toda la Ilíada, recitada por Homero en persona”. Una frase que podría resumirle como artista y lector; pues Jardiel insistió una y otra vez en practicar esa, la más bella de las dicotomías: reírse hasta la saciedad de sí mismo y de su obra, pero a la vez tomarse su arte muy en serio. Poca gente consigue transcurrir por su creación así, sin practicar en demasía lo primero (y terminar convertido en un titella amoral) ni lo segundo (y terminar convertido en un imbécil).

Y hablando de imbéciles. Quizás el rasgo más loable de Jardiel es ese carecer por completo de miedo al qué dirán, atributo del que hacía alarde a la menor ocasión. Solo tomando el prólogo de Amor…, vemos que Jardiel llama “imbécil” a varios contemporáneos, admite que “asesinaría a bastante gente” y define un par de cosas como “sandeces abazofiadas” y “palabras putrefactas”. Como ven, la autodefinición de su arte como “humorismo violento” no era una forma de hablar: el humor de Poncela es violento y salvaje (aunque educadísimo, pues Jardiel odiaba el mal gusto), y es así porque nace de la admisión de que el mundo está lleno de imbéciles sin remedio. Y que la única forma de vivir es dándoles candela.

Pero para que no me espeten que estoy realizando una encendida loa deificante, he de admitirles que Jardiel tenía sus fallos, como todo hombre. Para empezar, y dijese lo que dijese, era más misógino que un franciscano del año mil. Cosa que, por otra parte, me trae sin cuidado. Otro fallo es su encendido anticomunismo, que -no obstante- le hace el anticomunista más divertido del mundo (toda una novedad). Su prólogo a La tournee de Dios es quizás el argumento anti-igualdad, anti-libertad y anti-fraternidad más mondante de la historia, y uno de poco se atraganta de la risa cuando, hablando de autores soviéticos, Jardiel suelta lo de “entre Virgilio y Katiussupoff me quedaré siempre con Virgilio, que no olía a sardinas”. Más clasista y la diña, el tío. Una vez leído este prólogo, a uno ya no le parece tan casual que Poncela regresara maletas en mano al bando nacional.

Jardiel terminó su vida a los 50 años (en 1952) olvidado por todos, reivindicado por nadie, arruinado y abandonado por sus amigos. Recuperarle ahora quizás sea el gesto de decencia más apremiante de los últimos cincuenta años. Pues Jardiel, como las cosas más estupendas de la historia, siempre fue demasiado algo para alguien: demasiado elitista y señorito para los izquierdistas, demasiado irreverente y libertino para los de derechas, demasiado intrascendente para los los amantes de las cosas de altar y panteón. Y así como él juzgaba a las personas por su sentido del humor (única forma de juzgar a alguien, por otra parte), nosotros -sus discípulos- debemos juzgar a las personas por si les gusta o no Jardiel. Que es como decir si les gusta o no el humor. ¿Y bien? ¿De qué lado están ustedes?

Kiko Amat

Enrique Jardiel Poncela

Amor se escribe sin hache

Blackie Books

360 págs

La tourneé de Dios

Blackie Books

487 págs

(Artículo publicado como segunda parte del ensayo sobre humorismo -del mismo autor- publicado como tema central en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 12 de enero del 2011)

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