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Miqui Otero: Jo, qué noche

Como en aquel álbum de Elvis, Miles de lectores del Rockdelux no pueden estar equivocados. Escogido Libro del Año 2012 de esta revista, La Cápsula del tiempo (Blackie Books) es una poliédrica narración de sucedió-una-noche plasmada en estilo Escoge Tu Propia Aventura, con decenas de desenlaces, personajes e historias. Es como su disco experimental, pero experimental del bueno, lúdico, con pasión y comicidad y emoción y mucha hipocondría y terror al futuro y citas de cosas. Es puro Miqui Otero, y escribirlo casi acaba con su salud mental.

Al contrario que el coronel Hannibal Smith de El Equipo A, me encanta que los planes salgan mal. Los planes que tengo yo para con la faena de otra gente, se entiende. El escritor barcelonés Miqui Otero me ha jorobado uno de esos planes –el que yo tramaba, como un villano perverso, para su obra- y, tras pasar unas cuantas semanas gestionando la idea, regurgitándola varias veces, me doy cuenta ahora de que ha sido para bien. Otero, en efecto, me ha entregado el típico trabajo chocante; el disco raro de tu músico pop favorito, el maxi house que no contemplabas para aquel grupo indie. Y (post-digestión) te das cuenta de que no había otra forma, que tenía que ser así, y que (de hecho) si llega a entregarte el libro que querías, le habrías llamado Gran Gallinita Mojada.

Otero debutó hace cuatro años con Hilo Musical (Alpha Decay, 2009), una novela semi- vivencial, emocional, llena de melancolía y mentores, plagada de aventuras urbanas y perdedores magníficos en un parque de atracciones. Un libro, además, formal y figurativo, sin trampa ni cartón. Algunos vimos madera allí. Pues bien: Otero agarró esa madera y, en lugar de ensamblar los tablones pulidos y rectilíneos y (sobre todo) cortos en la cómoda estilo Fante que le habíamos encargado para su segunda obra, nos montó un demencial laberinto de setenta metros de altura, con helipuerto y lago artificial, 500 puertas y 43 bidés, discoteca ye-yé y bodega con ping-pong. Y luego lo pintó de op-art violeta y lo llamó La cápsula del tiempo (Blackie Books, 2012) y lo descubrimos una mañana allí, en nuestro patio, y algo en nuestros calzoncillos hizo plof.

Mi reacción primigenia fue la de cualquier vecino a quien le joroban las vistas al mar: quita este mamotreto de mi jardín antes de que le meta fuego. Pero luego, con los días, lo fui mirando y leyendo, comprobando la solidez de las puertas, entrando y saliendo de las estancias, y no sé cuánto más puedo sostener esta metáfora arquitectónica. No importa. Lo que importa es que Otero ha triturado expectativas de uno y de otro lado y nos ha entregado un Escoge Tu Propia Aventura para adultos, una locura de libro lleno de historias, leyendas e impulsos, donde todo debe decidirse a lo largo de una noche de reyes y, peor aún, quien lo decide eres tú. Yo. Everybody. O sea: el lector. Gracias, majo. ¿Quién necesitaba esa responsabilidad?

Entra Otero por la puerta del bar. Gabardina azul con chapa de The Chords atravesada impunemente en la pechera. Curras victorianas y resfriado de tobillos. Cara de despiste, como si se hubiese metido por error en una pollería. Otero tiene nueve años menos que yo. Habla con metáforas y hace alarde de la mezcla de inseguridad-autoconfianza más alterada que he visto nunca. Tiene una bella faccia, bucea en bolsilibros y tararea bugalú, lleva gafas de pasta y no es un tipo enfadable. Se sienta y pedimos pacharán. Siempre cuenta sus planes, siempre lo cuenta todo, así que sonsacarle cosas se intuye chupado. Veremos.

La cápsula del tiempo nació como un encargo de Blackie Books. ¿Hasta qué punto eso te asustó, o dudaste en aceptar?

Todo depende de la vanidad que uno tenga. Debuté con una novela que era todo lo que quería decir entonces, y que aún me parece válida. Si yo hubiese considerado que mi obra sería recopilada de aquí cincuenta años con lomos dorados mediría mucho mi “segundo disco”. Pero la idea nació como una apuesta que hice mía; si la hubiese tomado como un encargo nunca la habría publicado. Me pareció que continuaba la idea de Hilo Musical, que de hecho empezaba con una mención a Escoge tu propia Aventura, y en cierto modo era un libro que podía continuar en este: un personaje perdido (como el protagonista de Hilo Musical) que tiene que resolver una aventura en una sola noche. Cuando me lo propusieron pensé de inmediato que el protagonista tendría mi edad, los miedos que tienen mis amigos, y que finalmente lo sentiría muy mío: hace reír, tiene personajes muy atractivos e ideas que me gustan mucho. Me da igual si la posteridad no lo considera “La segunda novela de”. No me tomo tan en serio.

¿Qué ha cambiado del Hilo Musical a La Cápsula del tiempo?

Dejando de lado algunos fragmentos de la cápsula, donde el estilo adoptado es paródico o pomposo porque lo requiere el narrador, los dos libros se parecen en lo básico: muchas imágenes (para mí soltar imágenes es como un problema de pérdida de orina) que intentan ser cómicas pero con desenlaces tristes, cosas así. He aprendido a precipitar acciones, a provocar que pasen cosas. Hilo musical era muy estática, no pasaba casi nada hasta la revuelta final, y si algo he aprendido en La Cápsula… es que avancen las historias de manera natural. En el futuro explicaré cosas muy parecidas pero me parecerá más fácil desarrollar tramas y lo pasaré mejor. Con La cápsula… sufrí mucho porque en ocasiones se me pasaba por la cabeza que estaba tejiendo miles de lazos para algo que en el fondo no valía la pena. Así que tuve que leer cada pedazo independiente, cogí los personajes y los analicé uno a uno (el rumano, los amigos que no consumen, la Chica de Anoche…) para ver si serían secundarios dignos de una novela lineal, si decían cosas interesantes.

Tienes razón en lo de la compulsión de imágenes. A veces parece que no tengas peaje cerebro-boca-dedos.

(Risas) ¿Qué prefieres, no tener nada de pelo o tener muchísimo? Prefiero tener este arsenal e irlo destilando, y sin renunciar a momentos chisporroteantes creo que en el futuro escribiré más reposado, menos explosivo. Pero prefiero tener a mano todo esto a que me suceda todo lo contrario. A veces lees a alguien y la excusa es que ha tenido al editor de Carver, cuando en realidad es que algunos escritores carecen de imaginación para crear cualquier tipo de metáfora que te rompa el cerebro. Es mejor tener la habilidad y aprender a controlarla, como en la escuela de La Patrulla X.

¿Te asusta que se considere a este segundo libro como un paso a una mayor complejidad argumental y estilística? Yo lo veo enrevesado pero lúdico, nada pomposo.

Es lúdico y es natural. Entre mis amigos lo de dudar de cada paso es algo innato, el hablar de si pueden decidir su futuro o ya es imposible, la coartada de no salir del sofá para no consumir… En aquel momento hacer un libro basado en decisiones en apariencia chorras pero que te llevaran a lugares muy distintos me parecía interesante para contar cosas. En él coexisten muchos géneros (picaresco, detectivesco, futurista, superheroico, de sitcom, cómico). Me he divertido siendo un poco como Animal Man, el superhéroe ese que tiene un poder u otro según a qué animal se arrime. En este caso, conservando un estilo que siempre quiero que sea chispeante, tirando con unos códigos o otros. Puedo intentar explicar, como he hecho, mis miedos, hipocondrías y alegrías, pero jamás quiero perder el enfoque lúdico que aquí he llevado hasta las últimas consecuencias. Y lo he hecho sin pensar en el qué dirán, o en si dirán que es posmoderno, lo he hecho en mi habitación, desquiciándome y divirtiéndome, sin pensar en qué esperaba allá fuera.

Algunas historias, como la del gallego que se larga del pueblo y sin querer termina en New York, me las habías contado como parte de una novela futura. ¿No te asusta haberla usado en La capsula del tiempo y que pase desapercibida entre todas las demás?

Bueno, yo veo esto como un mapa. No creo que las haya desperdiciado. Esto es mío, y si de aquí quiero agarrar una historia y hacerla grande, puedo hacerlo. Por añadidura, no creo que yo sea el tipo de escritor que hace una novela que va sobre ese gallego de los años treinta en Nueva York, porque no tiene nada que ver conmigo. Yo lo utilizo como un secundario más que arroja luz sobre el protagonista, que sí es un tipo parecido a mí. Será como el Capitán Nemo de las novelas: ahora entra, ahora sale, ahora aparece en otra. Siempre pondré a la figura de un mentor que explica historias y a mí se me ponen los ojos como platos, es algo que quiero escuchar siempre, son las historias luminosas que tú no has vivido y las nostalgias que no has grabado. Son las más atractivas, porque no las puedes contrastar.

Sí, pero en una novela lineal se parte de que el lector leerá todo lo que escribes. En La cápsula del tiempo es lo contrario. El lector que lo lea todo será una rareza, porque la forma del libro exige que escojas unos desenlaces por encima de otros.

Si, es algo que hace sufrir, yo al principio deseaba tener todos los números de teléfono de todos los lectores para fiscalizar su lectura y que llenaran una ficha, para poder guiar lo que leían. Pero eso también puede tomarse al revés: es un libro que puedes retomar, volver a abrir cada cierto tiempo y encontrar algo que no esperabas. En una época como la nuestra en que todo tiene que enseñarse y todo ha de tener feedback, esta es una apuesta de paciencia y de intimidad con el lector, y de no ponérselo todo muy fácil. Eso me parece muy especial. El misterio de encontrar o no un desenlace. Tiene un punto lúdico del que no quiero prescindir: la gente juega con el libro, se pelea con él, se siente tan perdida como el protagonista, se siente frustrada y premiada y divertida. Y hay una serie de elementos que no podría permitirme en ninguna otra novela: saltos del tiempo, cosas así, que no saturan porque se leen de manera fraccionada y un lector leerá algo que no leerá el siguiente, de modo que no termina en pastiche. Hay muchas novelas en una. Los problemas de unidad temporal acaban jugando a tu favor, porque puedes llegar al mismo desenlace siendo dos personas completamente distintas.

5 Inspiraciones (por Miqui Otero, de su puño y letra)

1) Las historias pizpiretas, sin raccord, coheteras, inverosímiles pero reales, y con una moral propia, de antihéroes dandis como Rocambole y Arsene Lupin. El folletín y el pulp, la escritura desacomplejada y no resabiada.

2) Las animaladas a pie de calle de Chester Himes y los detectives arruinados del Babilonia de Brautigan o El misterio de la cripta embrujada, de Mendoza. Incluso el Jonathan Ames de Bored to Death.

3) Los viajes al pasado y al futuro de Un yanqui en la corte del Rey Arturo, de Mark Twain, pero también la distopía de El talón de hierro de Jack London. Y la canción “Los marcianos llegaron ya”, de la Orquesta Aragón (nos invaden para enseñarnos a bailar el chachachá).

4) La obra de teatro de los falsos policías (Las fuerzas del desorden) está inspirada en El hombre que fue jueves, de Chesterton. Y todo sucede en una noche, como en Luces de bohemia pero también como en Jo, qué noche.

5) El libro negro de los 13 instantes estrellados de la humanidad es un elogio de la conspiranoia y las versiones no oficiales, pero también una especie de spoof o parodia del Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig. Todos, incluso los personajes célebres de nuestra historia oficial, cometemos pifias similares. Es un consuelo como saber que nos vamos a morir, pero que al menos no seremos los únicos.

Algunos Extras de la entrevista, exclusiva de Bendito Atraso:

En cuanto a las decisiones a tomar en el libro: yo intenté ser sincero (es decir: actuar exactamente como actuaría en la vida real) y terminé pésimo. En la primera lectura, a los cinco minutos ya me habían echado del libro. La segunda duré una poco más, pero no mucho. Hacia la novena decidí hacer ver que era un fulano aventurero y farrero a matar. Entonces empezaron a salirle bien las cosas a mi super-Yo.

(Risas) Pero al leer novela normal también sucede así. Es ser lo que quieres ser. No quiero ser realista. Lo que nos envuelve es tan feo que quiero potenciar las cosas mágicas y fantasiosas de la realidad. En el libro, cuando el personaje me cae mejor es cuando es aventurero y Rocambole y termina robando un anillo millonario y conduciendo una carroza de reyes por las curvas del Garraf. En ese momento es mi mejor amigo, pero no porque yo sea así, sino porque así me gustaría que terminaran las cosas. Es un libro muy inocente y muy naïf. Incluso en los finales sin gran premio hay pequeñas consolaciones. Si has terminado con la Chica de Anoche al menos sabes que has obrado bien, aunque sea una ceniza, y hay un pequeño brindis final y así es la vida; tampoco te dan putas medallas por cada buena acción. Tampoco es un libro de autoayuda. Es un libro de relatos cruzados que pasan en una ciudad, no es un libro escrito por un japonés new age, “Conózcase a usted mismo”. Es un Yo camuflado con miedos que yo tengo y que hace cosas que me gustaría hacer a mí y no hago. Lo que no hay es moralina.

Bueno, moralina tal vez no, pero al lector le das leña. Lo digo por experiencia, que fui abroncado varias veces. Me sentí muy viejo y cansado. Todo el rato quería irme a casa.

Pilla el aburrido, pero también pilla el malo. No sé, ¡es la noche de reyes y has hecho una promesa! Te estoy dando mil opciones para tomar las riendas de tu vida. No puedes dejarlas pasar así como así.

Siempre cuentas tus proyectos para autoconvencerte de que los puedes terminar, como un boxeador hablando consigo mismo. Cuéntame la próxima.

Eso lo hacía sobre todo antes, que tenía que escribir como en una partida de ajedrez con temporizador, de diez minutos en diez minutos y a ganarle al IBM. Ahora puedo escribir con más calma. Pero puedo decirte que…

(Otero me cuenta todo el argumento de su siguiente novela, con enorme detalle y casi con índice y dedicatorias. Pedimos otra consumición).

(Artículo publicado originalmente en la revista Rockdelux #317 de mayo del 2013. Las preguntas extra son una gentileza de Bendito Atraso. La foto principal del artículo nos encanta por los cuellarros Amaya que maneja nuestro socio. Otero estará firmando en la Feria del Libro de Madrid el fin de semana del 7-9 de junio; busquen sus horarios aquí)

Kapitoil: crudos que trajeron lodos

Novela El neoyorquino Teddy Wayne firma una novela sobre el crash financiero y la burbuja petrolífera que no solo es divertida y emotiva, sino que encima se posiciona políticamente.

Seguir el catálogo de Blackie Books se parece más a ser fan de un grupo pop que a otra cosa. Es una fiebre vírica que contagia a sus lectores mediante libros coloridos, gadgets oportunos, envidiable boca-a-boca y riesgo editorial. Gracias a todo esto, cada nuevo lanzamiento suele ser una agradable sorpresa. Su tino y modus operandi –muy pop, muy fanático, muy estético y tolerablemente hip- les ha reportado incluso el ocasional hit (Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett, va por su décima edición). Estos hits, a su vez, sirven para que la editorial publique otro tipo de libros que jamás serán superventas (Jardiel Poncela, Santiago Lorenzo o Richard Brautigan, por ejemplo) pero que son, en mi opinión, de lo mejorcito del catálogo. Y aunque en su fundación Blackie Books parecía decidida a no sacar novelas convencionales, su lista de títulos está empezando a añadir novelas que podrían jugar en la liga mainstream.

Kapitoil lo tiene todo para ser premio de la crítica. Primero, a Jonathan Franzen le chifla. Segundo, la historia que cuenta está enchufada al zeitgeist con el agarre de un catéter intravenoso; uno se siente tentado a sospechar que Teddy Wayne provocó él solito el crash financiero para cosechar réditos editoriales. Este bildungsroman tradicional narra la historia de Karim Issar, un musulmán qatarí, cerebrito de la matemática, que llega a Nueva York para trabajar en Schrub Equities, una empresa de inversiones. Una vez en la planta 88 del World Trade Center, a Karim –que de ética no va sobrado- se le ocurre un programa informático capaz de predecir las evoluciones del mercado petrolífero a partir del sesgo informativo (es decir, a partir de cómo los medios occidentales relatan los conflictos en Oriente Medio). Gracias al programa Kapitoil, Karim asciende en el escalafón y se convierte en protegido del superjefazo, todo ello mientras su familia las pasa más bien p***s en su Qatar natal. Gracias también a Kapitoil, Karim va dejando de ser “karimesco” (como él mismo aduce) y está a punto de mutar, a base de “cambios minúsculos”, en un desalmado halcón de las finanzas. Su periplo moral con freno y marcha atrás es el de un hombre hipnotizado que, justo cuando está a punto de perder su humanidad, se atiza un golpe en la cocorota y recobra el sentido, la orientación y la sensación de pertenencia. Como el legionario renegado de Astérix en Córcega, vamos.

Vonnegut decía que una novela siempre va de gente que ha perdido algo y se lanza a buscarlo; en el caso de Kapitoil, lo que se ha extraviado es la empatía y el sentirse parte de la condición humana. El neoyorquino Teddy Wayne narra esta búsqueda armado de un truco infalible: el protagonista que habla raro. Del mismo modo que un filme sobre el Holocausto siempre ganará Oscars, (como Kate Winslet aducía en Extras) un personaje de novela con voz peculiar –la deshumanizada jerga técnica que utiliza Karim para expresar sus pensamientos- resulta irresistible para el lector. Piensen si no en Todo está iluminado de Jonathan Saffran Foer; un novelista, por cierto, que no solo ha escrito también una novela ambientada en el World Trade Center, sino que incluso se parece un pelín a Wayne. Dicho esto, y pese a la innegable pinta de empollón que comparten, las similitudes terminan aquí: Wayne es mucho menos tramposo que Foer, su estilo narrativo más sobrio y transparente (nada de realismo mágico, artificios tipográficos o surf posmoderno), y la intención final de Kapitoil viene firmemente abrazada a un objetivo moral. Kapitoil no es, conviene recalcarlo, un mero ejercicio de estilo, sino una parábola sobre el bien y el mal que busca explicar los motivos de la crisis. Wayne, que estuvo involucrado en el movimiento Occupy Wall Street, no alberga ninguna duda sobre quién es el culpable de la presente situación. Su explicación, desprovista por completo de panfletarismo y moralina, no es solo justa, sino además divertida, rítmica y pegajosa. Y por si fuera poco, la novela termina mejor que Canción de Navidad y Qué bello es vivir, juntas. En tiempos oscuros como los que corren, necesitamos cada vez más este tipo de iluminación. Kiko Amat

Teddy Wayne

Kapitoil

Blackie Books

324 págs

Trad. de Marta Alcaraz

(Este artículo es inédito)

Tirándole de la barba a la tristeza: 5 de humor para Navidad

Si una cosa positiva tiene la literatura seria es que resulta excelente para echar siestas. Yo mismo me pegué uno de mis más memorables sueñecitos en 1997, con La gaviota de Chejov. No recuerdo quién demonios hacía de Zarechnaya o Medvedenko ni por qué aquellos fulanos miraban tanto por la ventana, como si esperaran al tipo de MRW, pero cómo olvidar aquella hora y media roncando en la sexta fila. Nada amodorra más que un poco de vieja gravedad rusa.

Por la misma regla de tres, nada tonifica y despierta más los sentidos que una buena dosis de risa desdramatizadora, preferentemente del tipo anglosajón. El humorismo es, después de todo, el gran igualador. Cuando vemos a Bertie Wooster descendiendo en pijama por un canalón, no nos reímos de él, sino con él. Tal danza de ridículo y patetismo personal es un aguijonazo humanista que aúlla: no somos gran cosa, pero estamos juntos en esto y se hace lo que se puede, ¿verdad?

1) PG Wodehouse Ómnibus Jeeves I y II (Anagrama): El mejor humorista de la historia, recopilado en dos ómnibus. Las novelas giran en torno al señorito más alelado de la aristocracia inglesa, Bertie Wooster, y su preclaro fámulo Jeeves. Las tramas suelen versar sobre malentendidos, absurdos, confusiones de identidad y objetos/cartas/prendas que hay que robar para evitar casarse/incurrir en la rabia de la tía Agatha/ser desheredado, etc. Casi siempre sucede lo mismo, pero lo que sucede es para enloquecer de risa y pegarse fuego a los propios pantalones. Nadie usó la hipérbole ni la comparación tronchante (ni la descripción de las resacas) como Wodehouse.

2) Rafael Azcona Por qué nos gustan tanto las guapas? (Pepitas de Calabaza / Fulgencio Pimentel): Dos editoriales de Logroño se unen para recuperar a su más ilustre nativo. Azcona es un olvidado del humor español de los cuarenta, contemporáneo de Jardiel Poncela, Tono o Mihura. Estuvo en La Codorniz y firmó los guiones de celebradas comedias como El pisito o Los muertos no se tocan, nene. Su estilo de humorismo posee un deje carrincló que lo delata como hijo de su época, pero aún consigue “tirarle de la barba a la severidad, a la tristeza, a la melancolía y a la estupidez”. Mi debilidad es el personaje de Don Herminio, quien siempre irrumpe en las historias arreando bastonazos y llamando ¡memo! e ¡imbécil! a todo el mundo.

3) Shalom Auslander Esperanza: una tragedia (Blackie Books): Va de un tipo (Kugel) que se encuentra a Anna Frank en el desván de su nueva casa. ¿Qué cenizo dijo que tras el Holocausto ya no se podía escribir poesía? Esta novela demuestra que al menos se puede escribir comedia. Aquellos de ustedes sin sentido del humor ya habrán abandonado la lectura de este artículo entre murmullos de desaprobación, así que me dirijo a mis fieles: me partí de risa con este libro. Y no solo me partí: me emocioné, aprendí, rompió mi corazón en un par de ocasiones y conocí al mejor personaje con el que me he topado en los últimos años (la madre de Kugel: una anciana pasivo-agresiva que cree haber sobrevivido a los campos nazis). Pasado, familia, remordimiento, pesimismo, ternura y locura; lo tiene todo.

4) Juan Pablo Villalobos Si viviéramos en un lugar normal (Anagrama): Empieza con unas mentadas de madre que escandalizarían a un rapper angelino. En solo 186 páginas, y a base de una voz hilarante (un niño de trece años que razona como un retorcido sofista), Villalobos logra bordar uno de los libros de humor-con-pathos del año. Es esta una historia de resignación patética en un lugar donde “la dignidad se consigue humillándose”. Habla del pecado natural que uno hereda por el mero hecho de nacer pobre, y por ello su tono es el único posible: la comicidad. También aparecen naves espaciales, sandías psicodélicas y vacas inseminadas. Es un festival.

5) Santiago Lorenzo Los huerfanitos (Blackie Books): Lorenzo es uno de los pocos autores españoles que acierta a conjugar comicidad con sentimiento. Campeón de los one-liners de contraportada, Lorenzo resume así la novela: “Los hermanos Susmozas odian el teatro. Se ponen a hacer teatro”. Es la historia de tres hermanos mal avenidos que heredan de su fallecido progenitor un ilustre teatro madrileño, pero muta en un tronchante canto a las cosas bien hechas y a avanzar a pesar de las catástrofes. Lorenzo posee una de las prosas más singulares de la actualidad: una mezcla del Valle-Inclán esperpéntico y el García Pavón más emocional, arcaica pero nueva, llena de casticismos añejos puestos a buen uso. Con Los huerfanitos, Lorenzo nos ha enseñado “cómo hay que hacer las cosas para que salgan bien y para que salgan bonitas”. Tomen nota. Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 12 de diciembre de 2012)

Libro del mes (abril 2012): RICHARD BRAUTIGAN Un general confederado de Big Sur

Un general confederado de Big Sur

Richard Brautigan

Blackie Books

167 págs.

¿Nunca les he hablado aquí de Richard Brautigan? Qué extraño. Y digo extraño por varias razones. La primera es que hablo de él muy a menudo. La segunda es que escribo libros gracias a él. Lo mínimo que podría hacer es lanzarle props, que dicen los ingleses. Admitir deudas, vamos.

Lo cierto es que sí les he hablado de él varias veces en el pasado. En decenas de entrevistas, sin ir más lejos. Y el segundo artículo que escribí para el Cultura/S de La Vanguardia, cuando empecé a trabajar para ellos hace ya casi una década, era un Reciclajes sobre Brautigan (el primero era uno sobre Nik Cohn; no quería dejar pilares sueltos). El mismo Cultura/S me permitió publicar hace un año una gran página dedicada a su genio, con ocasión del primer lanzamiento de la Biblioteca Brautigan de Blackie Books (La pesca de la trucha en América). Pero este mes de abril sentía como si le debiese más. Un panegírico más, con feeling. Venga: el último.

No exageraba cuando decía unas líneas más arriba que empecé a escribir libros gracias a Richard Brautigan. Sin embargo, conviene puntualizar: empecé a escribir libros porque siempre me había gustado escribir, y porque tenía la inclinación de base y un montón de historias que deseaba contar. El papel de Richard Brautigan fue el de inspirador y quitamiedos. Steve Jones de los Sex Pistols decía en The filth & the fury que antes de montar un grupo creía que los músicos eran una cosa que caía del espacio. Cito a menudo esta frase porque mi perspectiva, antes de ponerme a publicar, era similar: yo también creía que los escritores eran señores muertos, a menudo extranjeros, muy sabios y –especialmente- titulados. De veras creía (de niño) que hacía falta una carrera, un permiso, para dedicarse a ello, y esta fue la razón por la que abandoné la esperanza de hacerlo algún día. No me gustaba la universidad. Me parecía un camelo.

Y entonces, por supuesto, llegó el día en que leí a Richard Brautigan. Le leí en inglés y en Inglaterra, en uno de aquellos volúmenes de Houghton & Miffin que reunían tres de sus novelas en un tomo. Eran A confederate general from Big Sur, Dreaming of Babylon y The Hawkline monster. Era el año 1999, compré el libro en Foyles, en Charing Cross Road. Por aquel entonces ni sabía que Anagrama lo había traducido a finales de los ochenta, y creo que mentí sobre ello la primera vez que alguien me preguntó, yo ya en Contraseñas, cinco años más tarde. Me daba vergüenza no haberle leído junto a mis otros libros de cabecera de Anagrama -Bukowski, Burroughs, Fante, McInnes, el Buda de Kureishi, etc.- y me inventé una respuesta que me dejara mejor parado. Por aquella época debían importarme este tipo de cosas, supongo.

La cosa fue el shock. Lo maravilloso de su prosa. Nunca había leído nada igual. Su voz era tan natural, honesta, elástica y hermosa que parecía imposible. A pesar de lo desnudo, sincero y simple de su estilo, el resultado final rebosaba de excelencia y magnitud. Su cercanía a la tierra solo hacía que elevarle más y más. Eso me recuerda a la célebre frase de Hemingway: “Pobre Faulkner. ¿Realmente cree que las grandes emociones se sacan de grandes palabras? Piensa que no conozco las palabras de diez dólares. Pues claro que las conozco. Pero hay palabras más simples y antiguas y mejores, y esas son las que uso”. Brautigan no parecía conocer muchas palabras de diez dólares, pero el juicioso e imaginativo uso de todas las palabras pequeñas le hacían en cierto modo superior a los escritores verbosos. Sus párrafos eran una maravilla musical, llena de vida, ritmo y emoción. Creo que nada, nunca, tendrá en mí el efecto que tuvieron aquellas primeras treinta páginas de Un general confederado en Big Sur. Déjenme soltar un símil calcinado: fue como si de repente se encendiera la luz. Como si alguien hubiese abierto las persianas. Fue ver de repente las infinitas posibilidades de la palabra escrita. La capacidad que tiene ésta de tocarte personalmente. Y, muy especialmente, distinguir por primera vez el camino que lleva a realizar personalmente esa narrativa. Cómo escribir un libro, en resumen. Un pequeño manual privado para escribir un libro, allí; ante mis atónitos ojos.

El día que me vaya no se lo diré a nadie, mi primera novela, era tan Brautiganiana que hoy me hace sonrojar. Ni siquiera me molesté en buscarle al protagonista un atributo distinto al de Un detective en Babilonia; ambos se despistaban a menudo e iban a otro lugar, lejos de este mundo. Los capítulos eran pequeños y autotitulados, como los de Brautigan (y Vonnegut). La voz del narrador era naïf, inocente y pura, como si estuviese divirtiéndose con todo aquello; igual que hacía Brautigan. Los fragmentos en los que se mezclaban imaginación y realidad (sin acercarse ni de lejos al realismo mágico) eran similares a los de Sombrero fallout, de Brautigan. La narrativa como juego no-pomposo. En fin, que solo me faltó dejarme bigote para parecerme del todo a él. Quería ser Brautigan, hay que decirlo así de claro. Tras leerle, perdí la inseguridad, y se me desataron los nudos del cerebro. Fue una iluminación punk de manual: ¡yo también puedo hacerlo! “La primera vez que leí a Brautigan no me podía creer que pudieran existir libros así, ¡Fue como descubrir el nuevo mundo!”, dijo Haruki Murakami. Le entiendo bien.

He vuelto a leer Un general confederado de Big Sur hace poco, en su reciente traducción por Blackie Books, y he vuelto a quedarme boquiabierto. El golpe es casi eléctrico cada vez. Toda esa belleza y simplicidad casi mística, esa bondad tan californiana, ese humor socarrón, esa voz poética, llena de beat y reluciente como la mejor música pop, plagada de repeticiones y estribillos, de listas y sumas, de metáforas inusuales (hablando de mirar gaviotas: “el pasado, el presente y el futuro pasan casi como redobles de tambor hacia el cielo”). El argumento de esta novela casi no parece uno: les presento a Jesse, alias de Brautigan, y a su suerte de Dean Moriarty para este viaje: Lee Mellon. Un personaje del tipo Zorbás (solo que sin dientes), un devorador de vida, uno de esos excitados cohetes de adrenalina con los que todos hemos topado alguna vez. Mellon dice ser biznieto de un general confederado. Ambos se mudan a una cabaña en Big Sur y hay unas ranas que solo dejan de croar si les gritas “¡Sopa Campbell’s!”, y los dos holgazanean y se tiran pedos y se enamoran de chicas y se emborrachan y hay una motocicleta que… Da lo mismo. Lo que sucede no es particularmente importante. Hay ternura, hay risas, hay crueldad y hay pereza, hay glorificación de la pillería y el vivir al margen. Y hay un tipo de escritura que, si no se ha leído antes, le golpea a uno haciéndole saltar fuera de los zapatos.

No voy a hablarles de la vida de Brautigan, porque ya lo he hecho demasiadas veces en el pasado, y esto era casi una despedida de mi antiguo maestro. Pueden leer más sobre su vida en el artículo que me publicó Cultura/S. Pero debo añadirles que, a pesar de que su adláter y amigo Lawrence Ferlinghetti dijese de él que su prosa era naif e infantil, y que era incapaz de madurar, Brautigan sí evolucionó. En su última novela So the wind won’t blow it all away (1982) encontramos un autor abatido, mucho más triste, aún dueño y señor de sus verbos pero sin el optimismo soleado de los primeros libros. Dos años después se suicidaría de un tiro en la cara.

Lo que voy a hacer ahora es agarrar este ejemplar en español y ponerlo a buen recaudo, para que algún día le lean mis hijos y se maravillen como me maravillé yo. ¿Puede haber mejor legado? Kiko Amat

Ben Brooks: Así habló el pubescente

Ben Brooks tiene la cara, voz, porte y discurso de los diecinueve años. Nunca ha buscado engañar a nadie haciéndose pasar por un señor mayor: no lleva zancos, ni barba postiza, ni entra a licorerías con DNI falso. Por ello resulta chocante que la prensa inglesa le haya puesto a caldo por haber nacido cuando lo hizo (¡1991, por Dios!) y expresarse como alguien de su edad. ¿Qué leches esperaban, Así habló Zaratustra? Quizás las grullas que lo criticaron buscaban las meditadas reflexiones de un joven cirujano polaco que sobrevivió a los campos nazis, y montaron en cólera al toparse con un libro lleno de torpor, pajas, MDMA, afectación, vulgaridad, fiestas caseras, redes sociales y humor negro (todo ello ingredientes fundamentales de lo teenager hoy). Juzgar negativamente el Crezco de Ben Brooks por su falta de profundidad es como irse quejando de que el “Comanche” de Link Wray tiene poca letra. Me recuerdan a aquel subnormal de Channel Four que entrevistó a Blitz en 1981 y les pidió cuentas sobre “su generación”, la economía y el origen del cosmos. Crezco es lo que es: un libro vibrante, no muy sustancioso, soez, divertido, bastante estoyloco y siempre adolescente. Si saben lo que esperan, puede proporcionarles momentos estupendos, pero si van a empezar a lloriquear por cada metáfora dudosa o párrafo de calado insuficiente, han ido al lugar equivocado. Esto es mundo teenager, y no es país para viejos.

La literatura que se nutre de las propias vivencias puede ser un asunto peligroso, especialmente cuando uno lleva solo 17 años sobre la tierra. ¿Consideras que uno tiene que vivir mucho antes de haber escrito, como preconizaban Jim Dodge o Bukowski?

No creo que sea peligroso escribir sobre ser joven cuando eres joven; lo atrevido hubiese sido intentar escribir sobre ser viejo. Creo que estoy suficientemente cualificado para hablar de la experiencia juvenil. Si se tratase de otro tipo de libro, uno basado en la sabiduría y la reflexión en retrospectiva, entonces te daría la razón; es aconsejable escribirlo cuando eres mayor. Pero mi perspectiva es la del ahora, y para describirla es legítimo y aconsejable ser joven.

Me conmueve comprobar que los teenagers siguen siendo como yo los recordaba: una pandilla de cabrones crueles y narcisistas, superficiales, fríos y pajeros.

Somos definitivamente crueles; nada ha cambiado. Internet solo nos ha proporcionado nuevos escenarios para la crueldad. Internet te da la inmediatez, acelera la forma en que conoces a alguien de forma que no tengas que pasar demasiado tiempo en el estadio de cortejo. Eso acelera las relaciones; lo que, si tienes las hormonas de un adolescente, es una cosa buena.

A Crezco le han caído una buena serie de capones en la prensa inglesa por razones muy irritantes. La mayoría de reseñas negativas se centraban en que los adolescentes hablaban con estereotipos, o eran groseros todo el rato, o decían clichés, o eran naïf, o poco profundos. Parecen no recordar que ser adolescente es exactamente eso.

Los libros con niños o adolescentes emocionales y perceptivos suenan muy falsos. La realidad no es así.  Muchos de los críticos no creían que los adolescentes hablaran o se comportaran como mis personajes. Es chocante que se critique a un libro sobre adolescentes por ser demasiado cruel, o maleducado, o superficial, cuando los adolescentes son todas estas cosas, como dices.

En el “frequently bought together” de una célebre librería virtual siempre agrupan a Crezco con el Submarine de Joe Dunthorne y el The Perks of Being a Wallflower de Stephen Chbosky. ¿Qué te parece estar en compañía de ambos?

Ambos libros me encantan, y debo decir que Crezco debe en parte su existencia al Submarine: me parece una de las descripciones menos verídicas y fieles del hacerse mayor que he leído en la vida. Submarine intentaba con todas sus fuerzas ser un libro sobre el crecer, no una descripción precisa o creíble del crecer. Así que tuve que escribir el mío.

Crezco es tu primer libro de narrativa “convencional”. Parece que antes habías escrito unos cuantos libros experimentales. Aunque no he leído los tuyos, sí considero que en general la escritura experimental es (como el arte conceptual o los ensayos posmodernos) una excusa de primer orden para soltar gilipolleces.

(Se ríe) Tienes razón, pero la escritura experimental solo es una gilipollez si intentas escribir de forma experimental. Mis libros eran más un caso de: “Oh, vaya, esto que acabo de hacer no se parece a un libro normal”. Un accidente. Intentaba escribir normal pero no me salía, y de golpe surgía todo aquello de forma instantánea. Solo cuando empecé a aprender me vi preparado para escribir un libro de narrativa normal. Me gusta escribir libros más extraños porque no tengo que pensar demasiado; no hay personajes ni argumentos. Ni siquiera hay presión, porque cada uno solo es leído por unas doscientas personas.

O sea, básicamente me estás diciendo que los libros experimentales son los que se escriben cuando no se sabe hacer otra cosa.

Sí.

En Crezco me encantó la subtrama del padrastro homicida, pero me pareció como si el autor fuese perdiendo interés en lo que al principio parecía idea central, y terminara relegando lo de Keith a una mera anécdota entretenida.

Desde el principio la consideré una historia secundaria, aunque sí tiene cierta importancia para mí en el sentido de que ayuda a describir cómo era yo a los diecisiete. Era así de paranoico y miedoso. Me pasaba el día ocultándome detrás de setos para comprobar si alguien me estaba siguiendo, estaba perpetuamente atemorizado. Y desde luego me sentía mucho más a gusto con gente de mi edad que con cualquier adulto, de los que siempre desconfiaba.

Tu descripción de los efectos de algunas drogas suena maravillosamente fiel, aunque por supuesto no he probado las variedades de las que hablas.

Probé la metanfetamina a los dieciséis. En Inglaterra fue legal durante dos años, y todo el mundo tomaba Methedrine, el fármaco; especialmente gente entre los doce y los diecisiete años. Era barata y fácil de conseguir, y no había mucha información sobre los efectos adversos. Es como una mezcla entre la cocaína y el MDNA, con lo mejor y peor de cada uno: al principio te sientes muy bien, después solo te obsesiona ir a pillar más, y después de unas cuantas rayas más empiezas a no sentirte tan bien.

Una cosa más: espero que te hayan informado ya de que en España la gente no va con falda escocesa ni lleva bates de béisbol rojos, como bromeabas en tu blog a raíz del muñeco en la portada española.

(Risotadas) Lo sé, pero igualmente me decepcionaré si bajo del avión y no veo a nadie vestido así.

Si tanta ilusión te hace, me comprometo a venir a buscarte en falda.

Trato hecho, tío.

Kiko Amat

(Entrevista publicada originalmente en la revista Rockdelux #303 de febrero 2012. Esta versión lleva dos preguntas inéditas. Ben Brooks estará en Barcelona para el festival Primera Persona, el 4 y 5 de mayo del 2012 en el CCCB. Lo de ir a buscarle en falda es una broma)

Haciendo soul en su mente

Mingering Mike Presentamos a la estrella más prolífica del soul de los 60’s, un infatigable productor y músico de Washington DC que sin embargo jamás grabó o publicó un solo disco ni tocó en directo.

1. ¿Quién no ha tenido alguna vez un grupo imaginario de rocanrol? Que levante la mano el que nunca ha soñado en menear el cucu en un conjunto de rock bullicioso frente a un contingente de groupies danzantes. ¿Nadie? Díganme, se lo suplico, que no era yo el único que daba brincos en mi habitación (el Apollo Theatre), en pijama (traje de lamé dorado) ante una escoba (un micrófono) mientras soplaba en un cepillo (la armónica). Y yo que creía que todos codiciábamos la adulación perpetua y la autoestima estratosférica (y, huelga decirlo, el asueto genital) del estrellato pop. Que esto era, en fin, un delirio de muchos que no debería avergonzarme (ahora veo que sí).

En todo caso, esta ocurrencia se desvaneció de mi archivo de fantasías recurrentes a los catorce años (de acuerdo, de acuerdo: fue a los veinticinco), y jamás volví a pensar en mi plantel de grupos imaginarios: Los Egocéntricos, Henry & The Mancinis, Los Coppertones y tantos otros que me callo por puro sonrojo. Pero ¿se imaginan lo que habría sucedido si hubiese pasado el resto de mi existencia recreando los posibles discos y carreras de aquellos productos de mi psique?

2. Hace cuatro años se descubrió que alguien así había existido. Se hacía llamar Mingering Mike. Su aparición representó para círculos de fans de la música soul algo así como topar con una sublimación material de su propio fandom apasionado, y sus creaciones discográficas se analizaron como falsificaciones bizarras elevadas a la altura del original mediante improbabilidad, laboriosidad e imaginación deslumbrante.

El advenimiento del fenómeno Mingering Mike se lo debemos a un investigador privado y coleccionista de discos llamado Dori Hadar. Estaba el hombre un día del año 2007 pringándose los dactilares en un rastro de Washington DC cuando reparó en un extraño disco llamado The Mingering Mike Show –Live From the Howard Theater. La portada pintada a mano, el ignoto sello (Nation’s Capitol Records) y la selección de artistas desconocidos (The Monitors, The Colts Band, Mike & The Minutes, The Mailavar Dancers…) hizo creer a Mr. Hadar que acababa de darse de morros con un valioso incunable de soul raro. Imaginen su sorpresa cuando, al extraer el vinilo del interior, apareció un círculo de cartón con los surcos pintados a mano. Un rápido vistazo al resto de la caja le bastó para cerciorarse de que aquel no era el único disco ficticio del lote. La mayoría de álbumes eran piezas semejantes, manufacturadas individualmente y bautizadas con gran exhuberancia: Can Minger Mike Stevens really sing?, Mingering Mike and The Big “D” boogie down at The White House y un largo etcétera. Y no solo eso: Mingering Mike también era “productor” de otros artistas igualmente ficticios (editados de forma idéntica) como Joseph War, Audio Andre y los Outsiders. El colmo de la locura era que la mayoría de ellos venían envueltos en celofán y etiquetados con precios de época, simulando haber estado en venta alguna vez. Repetidos viajes a aquellos encants fueron desvelando la existencia de cientos de LPs, singles, cartuchos de ocho pistas, bandas sonoras originales (!!) y dobles álbumes en directo. Todo obra de Mingering Mike, quizás el artista más prolífico del soul 60’s. En su cabeza.

3. Pero ¿Quién era Mingering Mike? Nada más que un imaginativo adolescente negro de los sesenta llamado Mike, obsesionado por superestrellas soul como Temptations, Impressions o Marvin Gaye. Que el noblote Mike no tuviese la menor noción de música no fue óbice para que, desde 1968 (con el “lanzamiento” de su debut, Sittin’ by the window para Mother Goose Records), el joven empezara a erigir una compleja y sobrecogedora fantasía mental en clave soul. ¿Cómo era en realidad la vida del tal Mike? Bien, como suele suceder con los mejores ejemplos de outsider art y folk art, los trabajos del falso soulman pueden también leerse como diarios en clave. La mayoría de presuntos artistas de su compañía eran alter egos de primos y familiares, y los eventos capitales de la existencia del muchacho se filtraron una y otra vez en títulos y canciones (su llamada a filas en plena guerra de Vietnam, por ejemplo, daría pie a varios discos pacifistas con mensaje).

Mike abandonaría el quimérico negocio de su música hacia 1977 -tras cien discos y nueve películas (que también dirigió)- y solo el afán arqueólogo de Dori Hadar sería capaz de insuflarle un inesperado soplo vital post-mortem. Tras muchas pesquisas, Hadar localizó al hoy sesentón Mike en Washington DC. Un impago involuntario a la compañía guardamuebles había provocado que un desalmado subastara toda su discografía hacia el año 2003; de ahí que su tesoro artístico –y faena de una vida- terminara defecada de cualquier manera en un mercadillo de mala muerte.

Pero no hay mal que por bien no venga. Aquella catástrofe permitió, gracias al cielo, que el mundo fuese consciente de la existencia de Mingering Mike y añadiera su genio al panteón de visionarios con majara-universos similares, de Henry Darger (autor de The Story of the Vivian Girls) a Justo Gallegos (aquel labriego que se está construyendo su propia catedral en Mejorada del Campo, Madrid). Hoy en día existen varios libros dedicados a la obra de Mike, su cosmos privado ha sido objeto de repetidas exposiciones, y en el año 2010 el artista prestó su primera portada para un grupo real: el debut del grupo Kings Go Forth. Por si eso fuese poco, X, la estupenda novela de Percival Everett que recién ha publicado en nuestro país Blackie Books, luce cubierta ad hoc del delirante Mike. Un sueño hecho realidad, ni más ni menos, para el niño que creyó ser Tamla Motown.

Kiko Amat

Más información:

http://www.mingeringmike.com/

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 30 de noviembre de 2011)

Infierno circuncidado

Novela El ex-judío ortodoxo neoyorquino Shalom Auslander nos relata con el mejor humor sus cuitas pasadas y presentes con el Dios barbudo y castrador de la Torah.

Los preadolescentes educados en la fé católica gozamos de una ventaja respecto a nuestros congéneres judíos: el nuestro era un Dios bondadoso, algo calzonazos y hippie, a quien importaba poco el contenido de aquella VHS de New Wave Hookers que tanto videamos en los años del despertar. No merecía la pena torturarse por lo que había sucedido en nuestra planta baja con la escena de Chasey Lain; lo hecho, hecho estaba, y el camino al reino de los cielos seguía abierto si uno se arrepentía lo suficiente. O sólo un poco. O nada, de hecho.

Los judíos, por otra parte, tenían el Dios que Ricky Gervais ha descrito alguna vez como “50’s dad”: camisa arremangada y cinturón en alto, arreglándolo todo con un “Repite eso si eres hombre” y unos cuantos zurriagazos. Un Dios Cabreado, guerrero, partidista y medio loco, una bestia parda que no había forma de contentar, siguieses o no sus arbitrarias leyes (“No comerás peces abisales pescados en jueves por un pescador tuerto”, o cualquier otra idiotez). Ese es el Dios que sufrió Shalom Auslander, pornófilo impenitente, golafre sin solución y pésimo judío adolescente. Su Lamentaciones de un prepucio es una novela biográfica confesional de corte clásico, sólo que con yarmulke encasquetado en lugar de chupa de los Sharks o gorra con orejeras Holdeniana. Para Shalom, el quid no era creer o no creer en Él, sino qué camino tomar en esa lucha fraticida con un DIOS que existía de veras. Y que estaba de una pavorosa mala hostia.

Lamentaciones de un prepucio es un libro brutalmente hilarante, e hilarantemente brutal. Piensen en David Sedaris, Jonathan Ames o Sam Lipsyte, hagan una bola de escarabajo pelotero con los tres, aféenla con unas patillas acaracoladas, pónganle un Swank bajo el brazo y láncenlo a un mundo ingrato lleno de judíos temerosos de Dios: ese es Shalom Auslander. La trama de las Lamentaciones brinca de un tiempo a otro, transportándonos del presente (“Ahora tengo treinta y cinco años, y soy asqueroso”) al pasado, un lugar peor aún, alambrado con culpa (“A los dieciséis años toqué fondo, emocional, delictiva y gastronómicamente”), tentación y castigo. Y una familia que nos hace amar de repente a la nuestra, por disfuncional y opresiva que sea: “Mi familia y yo somos como el agua y el aceite, si el aceite consiguiera que el agua se deprimera, se irritara y quisiera suicidarse”.

Aunque Auslander, como nos cuenta aquí, es hoy un hombre libre que ha cercenado los lazos semitas que le atenazaban, no pasa día que no mire hacia el cielo temiendo ver el puño gigante que finalmente le aplasta como a un gusano. Su libro será para el lector español la mayor fuente de placer carcajeatorio del año. Cómprenlo, pero que no se entere Él.

Kiko Amat

Lamentaciones de un prepucio

Shalom Auslander

Blackie Books

Traducción de Damià Alou

298 págs.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 2 de febrero del 2011)

Humorismo Pt. 2: Sí a la violencia (de Jardiel)

Jardiel Poncela Blackie Books empieza su campaña de reivindicación del autor madrileño publicando dos de sus novelas, Amor se escribe sin Hache y La tournee de Dios.

Una amiga mía, enfrentada recientemente al humor bestial de la serie inglesa Black Books, se vió acorralada hasta tal punto que sólo acertó a espetarle a su novio: “Però, De què riu l’home?” (el novio no contestó; estaba revolcándose por el suelo en pleno ataque de risa). Dejando de lado lo memorable de la frase, hay que admitir que la incógnita es de lo más legítima: ¿De qué rayos se ríe el hombre? Nada más lejos de mi intención aquí que tratar de explicárselo, especialmente cuando alguien tan versado en ello como Jardiel Poncela admitía en su crucial prólogo a Amor se escribe sin Hache que “definir el humorismo es como pretender clavar por el ala una mariposa, utilizando de aguijón un poste del telégrafo”.

Así que lo que voy a hacer aquí es hablarles directamente de Jardiel Poncela, aprovechando las recientes reediciones de Blackie Books. Ustedes habrán escuchado hablar o no de Jardiel, pues su obra ha sido progromeada década tras década por cenizos de tendencias políticas (supuestamente) opuestas. Los señores de la chaqueta de pana que hablan diciendo “compañeros/as” jamás le perdonaron a Jardiel que terminara poniéndose de parte de la España Franquista hacia 1938, y que después de su exilio regresara tan pancho al lado Nacional. Pero la decisión un tanto precipitada de Poncela tampoco le acarrearía magnos laureles de poeta protegido en una España timorata y carrinclona que era incapaz de aceptar su humor carnicero. Así que Jardiel, como los mejores iconos, sigue siendo detestado por los peores cretinos de cada década y no encaja bien en ninguna parte. Y por ello hay que dar lustre a su nombre y legado de una vez por todas.

Jardiel Poncela nació en Madrid en octubre del 1901, y se autodefinía como “feo, singularmente feo, feo elevadamente al cubo. Además, soy bajo: un metro sesenta de altura”. Inicialmente se ganaba la vida como periodista humorístico en revistas como Buen Humor y Gutiérrez, y fue en una de las omnipresentes tertulias de café de los años veinte cuando conoció al que sería su máxima influencia en aquellos años de aprendizaje: Ramón Gómez de la Serna. Jardiel sólo escribió cuatro novelas: Amor se escribe sin hache (1929), Espérame en Siberia, vida mía (1930), Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? (1931) y La tourneé de Dios (1932). Todas fantásticas, qué quieren que les diga. El resto de su producción se centró en las obras de teatro, campo donde (en mi opinión, que es la que cuenta) fabricó las cumbres de su obra. Como por ejemplo Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936), deliciosa y delirante saga de unos señores que toman -para su desespero y tedio final- el elixir de la eterna juventud. Amor se escribe sin hache es, a la sazón, una sátira de las novelas de amor, escrita con la única intención de reírse de “las novelas de amor al uso (…) exactamente igual que hizo Cervantes con los libros de caballerías”. El argumento es lo de menos, y que tratar de ser racional sobre éste sería (permítanme que cite Un cadaver a los postres) “como televisol en luna de miel: innecesalio”.

Jardiel era un tipo extrañamente moderno, bastante anglófilo (llegó a trabajar en Hollywood) y a todas luces avanzado a su era en lo tocante a las relaciones de pareja. Se crió en un entorno familar intelectual y fue desde muy niño expuesto a todo tipo de disciplinas artísticas. Por fortuna, Jardiel siendo Jardiel, esto no le convirtió en un charlatán pedante sino precisamente lo opuesto: en su recurrido prólogo, el autor admitía que “(prefiero) una página de Julio Verne traducida por un analfabeto a toda la Ilíada, recitada por Homero en persona”. Una frase que podría resumirle como artista y lector; pues Jardiel insistió una y otra vez en practicar esa, la más bella de las dicotomías: reírse hasta la saciedad de sí mismo y de su obra, pero a la vez tomarse su arte muy en serio. Poca gente consigue transcurrir por su creación así, sin practicar en demasía lo primero (y terminar convertido en un titella amoral) ni lo segundo (y terminar convertido en un imbécil).

Y hablando de imbéciles. Quizás el rasgo más loable de Jardiel es ese carecer por completo de miedo al qué dirán, atributo del que hacía alarde a la menor ocasión. Solo tomando el prólogo de Amor…, vemos que Jardiel llama “imbécil” a varios contemporáneos, admite que “asesinaría a bastante gente” y define un par de cosas como “sandeces abazofiadas” y “palabras putrefactas”. Como ven, la autodefinición de su arte como “humorismo violento” no era una forma de hablar: el humor de Poncela es violento y salvaje (aunque educadísimo, pues Jardiel odiaba el mal gusto), y es así porque nace de la admisión de que el mundo está lleno de imbéciles sin remedio. Y que la única forma de vivir es dándoles candela.

Pero para que no me espeten que estoy realizando una encendida loa deificante, he de admitirles que Jardiel tenía sus fallos, como todo hombre. Para empezar, y dijese lo que dijese, era más misógino que un franciscano del año mil. Cosa que, por otra parte, me trae sin cuidado. Otro fallo es su encendido anticomunismo, que -no obstante- le hace el anticomunista más divertido del mundo (toda una novedad). Su prólogo a La tournee de Dios es quizás el argumento anti-igualdad, anti-libertad y anti-fraternidad más mondante de la historia, y uno de poco se atraganta de la risa cuando, hablando de autores soviéticos, Jardiel suelta lo de “entre Virgilio y Katiussupoff me quedaré siempre con Virgilio, que no olía a sardinas”. Más clasista y la diña, el tío. Una vez leído este prólogo, a uno ya no le parece tan casual que Poncela regresara maletas en mano al bando nacional.

Jardiel terminó su vida a los 50 años (en 1952) olvidado por todos, reivindicado por nadie, arruinado y abandonado por sus amigos. Recuperarle ahora quizás sea el gesto de decencia más apremiante de los últimos cincuenta años. Pues Jardiel, como las cosas más estupendas de la historia, siempre fue demasiado algo para alguien: demasiado elitista y señorito para los izquierdistas, demasiado irreverente y libertino para los de derechas, demasiado intrascendente para los los amantes de las cosas de altar y panteón. Y así como él juzgaba a las personas por su sentido del humor (única forma de juzgar a alguien, por otra parte), nosotros -sus discípulos- debemos juzgar a las personas por si les gusta o no Jardiel. Que es como decir si les gusta o no el humor. ¿Y bien? ¿De qué lado están ustedes?

Kiko Amat

Enrique Jardiel Poncela

Amor se escribe sin hache

Blackie Books

360 págs

La tourneé de Dios

Blackie Books

487 págs

(Artículo publicado como segunda parte del ensayo sobre humorismo -del mismo autor- publicado como tema central en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 12 de enero del 2011)

Richard Brautigan: hippy hippy pop

Novela Blackie Books da comienzo a su esperada “Biblioteca Brautigan” con la publicación de la segunda novela del dulce autor americano

Todavía soy capaz de recordar el seísmo Brautigan, la primera vez que le leí, y lo que sucedió después: yo, suspendido en el aire, los pies haciendo tolonc-tolonc-tolonc sin suelo que les sostuviese, como el Coyote de los dibujos animados. Y luego, la familiar erupción en el pecho, de nuevo el volcán del fanatismo incipiente empezando a escupir materia. El shock de leer a Richard Brautigan fue el típico salto de trampolín cambiavidas sobre el que tantas veces se ha escrito: la primera vez que alguien vió a Elvis por la TV en 1956, o a los Sex Pistols en directo, por ejemplo. Un mundo nuevo amanece, y de repente las barreras se esfuman y todo parece posible. De golpe, tras devorar aquel triple volúmen (A confederate general from Big Sur, Dreaming of Babylon y The Hawkline monster), vi con perfil diáfano ante mi narizota cómo escribir una novela, y me puse a ello sin dilación. El resultado fue un libro que hoy me inunda de una extraña sensación de sonrojo mezclado con simpatía: realmente parece un homenaje a Brautigan, así de patente es la influencia, el tono y ritmo, en aquel debut.

La supremacía de ese influjo no es algo que me sorprenda. Sé bien qué encontré en sus libros: las posibilidades infinitas de la metáfora traviesa, de la comparación virgen e inesperada, carente de cliché; el encanto de la frase corta, el uso del punto y aparte, el capítulo breve; el ritmo casi musical de su prosa; lo elástico y valiente de su voz narrativa, de tono tan infantil e inocente (Vonnegut admitió, como él, escribir con la voz de un niño); la excentricidad y el todo-vale de sus tramas; el humor pillastre. Leerle era, ¿cómo se lo diría yo? Como leer narrativa beat mezclada con novela juvenil de aventuras, contada por El Pequeño Nicolás mientras sonaban los Buzzcocks. Puro ritmo, empujones y risas de patio de colegio, de primera borrachera, pura literatura pop. Las palabras puro y pop le vienen de perlas: su estilo es simple, concreto, desprovisto de manerismos y afectación, yendo al grano, sin poesía trillada; como la voz de un niño cuando empieza a hablar. Palabras que saben a nuevo.

Y no obstante, su estilo no estaba desprovisto de mellas. Richard Brautigan fue el autor favorito de los hippies, y leyendo La pesca de la trucha en América, su cénit de infantilismo y cháchara LSD, es fácil ver porqué. El propio Lawrence Ferlinghetti – editor de City Lights y pope beat- afirmó: “Como editor, siempre esperé que Richard creciera como escritor. Me parece que era esencialmente ingenuo, naïf”, y añadía que en Brautigan no era algo impostado: realmente era así, un poco ganapia, y La Pesca de la Trucha en América es, ni más ni menos, su novela más mística, azucarada y pueril. Ideal para hippies, vamos.

En La pesca…, la voz narrativa es la voz del pillao del barrio, la baja-por-exceso-de-ácidos que todos los pueblos tienen: una mezcla de El Rey Pescador con el dealer majarón de Withnail & I. No me pidan que les cuente de qué va la novela, porque ni tengo la menor idea ni nadie puede asegurarlo a ciencia cierta. Son una larga serie de dulzonas historias fluviales, unidas por un lazo pesquero y versando alrededor de algo o alguien (a veces es un lugar, otras un ser) llamado Pesca de la Trucha en América. En efecto, dicho así parece una cara B de Hawkwind. Por supuesto, si superan la falta de trama, la ocasional charla hippy-dippy y lo inconnexo del asunto, se encontrarán a Brautigan, maravilloso como siempre: aún comparando como le salía de allí (“Me puse cómodo, como el astigmatismo” o “sacaba el pulgar como si fuese un racimo de plátanos”), aún hablando con su voz de EGB, aún desbarrando con ese lúdico surrealismo que es su marca de fábrica.

El resto es historia: La pesca de la trucha en América se hizo atómicamente célebre, vendió millones de ejemplares, y los niños descalzos de la Era de Acuario erigieron a Brautigan como uno de sus Dioses. Brautigan, que había pasado los recientes años de su vida vendiendo libros de poesía autoeditados por las calles de San Francisco, aprovechó la coyuntura divina para montar divinamente a toda fémina con la que se cruzaba (llegó a publicar su número de teléfono en un libro, el muy viejo verde), forrarse un poco,  gastar lo que había ganado en bobadas (2000 dólares al mes en llamadas telefónicas, por ejemplo), aferrarse a un par de adicciones -especialmente al bebercio- y hacerse algo mayor. Pero no mucho, ya que el 14 de septiembre de 1984 se pegó un tiro en su rancho de Montana. Su cuerpo no sería descubierto hasta al cabo de un mes, cuando ya había alimentado a todos los gusanos de la zona; quizás el final menos inocente posible para alguien como él.

Lo que Brautigan alcanzó a hacer años antes de morir, no obstante, fue abandonar el cuelgue de Pasota en Benidorm para escribir novelas cada vez mejores, mejor escritas y menos “idas”, aunque igualmente originales. Al contrario que como lo vieron los hippies -que le darían la espalda según se iba oscureciendo- mi Brautigan favorito es el tardío: si exceptuamos A confederate general from Big Sur, que es su debut de 1964 (y uno de mis libros favoritos), y The Abortion, de 1966, mis esenciales son 70’s y 80’s: especialmente su parodia de novela policíaca Dreaming of Babylon, de 1977 (traducida como Un detective en  Babilonia por Anagrama en 1982), el cénit de su carrera.

Hoy en día, como bien afirman en Blackie Books -a quien debemos agradecer el valeroso paso de publicarle- Brautigan sigue despertando pasiones ardientes. Mucha gente le detesta (George Steiner y Julian Barnes le pisotearon en sus críticas) y otros siempre le hemos amado, reverenciado y (con perdón) intentado copiar. La Pesca de la trucha… debe considerarse tan sólo como el primer escalón hacia una Biblioteca Brautigan completa (la intención de la editorial) de la que disfrutar al fin en nuestro país. Lean esta primera entrega, sin duda, digieran todo lo bueno que contiene, apoyen la iniciativa y eríjanle un mini-altar; pero no corran, que lo bueno está por venir. Palabra. Kiko Amat

Richard Brautigan

La pesca de la trucha en América

Blackie Books

153 págs.

Traducción de Pablo Álvarez Ellacuria

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 16 de junio del 2010)

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