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Infierno circuncidado
Novela El ex-judío ortodoxo neoyorquino Shalom Auslander nos relata con el mejor humor sus cuitas pasadas y presentes con el Dios barbudo y castrador de la Torah.
Los preadolescentes educados en la fé católica gozamos de una ventaja respecto a nuestros congéneres judíos: el nuestro era un Dios bondadoso, algo calzonazos y hippie, a quien importaba poco el contenido de aquella VHS de New Wave Hookers que tanto videamos en los años del despertar. No merecía la pena torturarse por lo que había sucedido en nuestra planta baja con la escena de Chasey Lain; lo hecho, hecho estaba, y el camino al reino de los cielos seguía abierto si uno se arrepentía lo suficiente. O sólo un poco. O nada, de hecho.
Los judíos, por otra parte, tenían el Dios que Ricky Gervais ha descrito alguna vez como “50’s dad”: camisa arremangada y cinturón en alto, arreglándolo todo con un “Repite eso si eres hombre” y unos cuantos zurriagazos. Un Dios Cabreado, guerrero, partidista y medio loco, una bestia parda que no había forma de contentar, siguieses o no sus arbitrarias leyes (“No comerás peces abisales pescados en jueves por un pescador tuerto”, o cualquier otra idiotez). Ese es el Dios que sufrió Shalom Auslander, pornófilo impenitente, golafre sin solución y pésimo judío adolescente. Su Lamentaciones de un prepucio es una novela biográfica confesional de corte clásico, sólo que con yarmulke encasquetado en lugar de chupa de los Sharks o gorra con orejeras Holdeniana. Para Shalom, el quid no era creer o no creer en Él, sino qué camino tomar en esa lucha fraticida con un DIOS que existía de veras. Y que estaba de una pavorosa mala hostia.
Lamentaciones de un prepucio es un libro brutalmente hilarante, e hilarantemente brutal. Piensen en David Sedaris, Jonathan Ames o Sam Lipsyte, hagan una bola de escarabajo pelotero con los tres, aféenla con unas patillas acaracoladas, pónganle un Swank bajo el brazo y láncenlo a un mundo ingrato lleno de judíos temerosos de Dios: ese es Shalom Auslander. La trama de las Lamentaciones brinca de un tiempo a otro, transportándonos del presente (“Ahora tengo treinta y cinco años, y soy asqueroso”) al pasado, un lugar peor aún, alambrado con culpa (“A los dieciséis años toqué fondo, emocional, delictiva y gastronómicamente”), tentación y castigo. Y una familia que nos hace amar de repente a la nuestra, por disfuncional y opresiva que sea: “Mi familia y yo somos como el agua y el aceite, si el aceite consiguiera que el agua se deprimera, se irritara y quisiera suicidarse”.
Aunque Auslander, como nos cuenta aquí, es hoy un hombre libre que ha cercenado los lazos semitas que le atenazaban, no pasa día que no mire hacia el cielo temiendo ver el puño gigante que finalmente le aplasta como a un gusano. Su libro será para el lector español la mayor fuente de placer carcajeatorio del año. Cómprenlo, pero que no se entere Él.
Kiko Amat
Lamentaciones de un prepucio
Shalom Auslander
Blackie Books
Traducción de Damià Alou
298 págs.
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 2 de febrero del 2011)


