Entradas con la etiqueta ‘Don Carpenter’
Don Carpenter y The Sea and Cake
Nunca hicieron una colaboración (aunque hubiese molado horrores; como lo de Richard Brautigan y Mad River en 1969). Los hemos juntado en el título porque últimamente hemos leído dos cosas inspiradoras y bellas de ambos, y de ambos somos fans hasta el espanto.
Nuestro maestro musical Kevin Pearce escribe uno de sus elogios alambicados y ay-qué-dolor-de-cabeza-me-está entrando sobre The Sea and Cake que, como es habitual en su escritura, se transforma en un fuego cruzado que dispara en mil direcciones a explorar. Lo de Kevin Pearce es un empleo a jornada completa, y por ello a veces no estamos por todo lo que nos cuenta. Hay demasiadas cosas que aprender en una sola sentada, y casi que uno tiene que abandonar a mujer e hijos y trasladarse a una cabaña durante diez años para asimilar lo aprendido. Pero en este escrito sobre nuestros amados The Sea and Cake sí tomamos notas: sale todo lo que es maravilloso en el mundo, del recopilatorio de Joyce para Mr.Bongo pasando por los Feelies, los Gabiccis de Vic Godard y la tradición del Chicago soul, NRBQ y Rough Trade. Viva The Sea and Cake.
De nuestro héroe Don Carpenter hemos encontrado una entrevista estupenda de 1975 para la colección Fiction!. Cada frase es de pancarta, y nos ponemos firmes con todas: “Es mejor escribir una buena historia para mucha gente que una gran historia para unos pocos”, por ejemplo. Viva Don Carpenter.
Libro del mes (noviembre 2012): STEVE EARLE No saldré vivo de este mundo
Steve Earle
El Aleph
Traducción de Javier Calvo
271 págs.
Les presento a Doc. Doc es un médico de buena familia al que encontramos en vertiginoso tirabuzón vital: adicto perdido, hecho unos proverbiales zorros, malviviendo como médico-para-todo (todo mayormente ilegal) y abortista de cabecera en el barrio de South Presa, San Antonio, Texas, durante el año del Señor de 1963. Doc es un hombre en mal estado; bienes frágiles, manipulen con sumo cuidado. Se aloja en la casa de huéspedes Yellow Rose Guest Home, que llevan Marge, una lesbiana pelirroja de armas empuñar, y su amante rubia-platinesca Dallas. Su camello es un hombre montaña mexicano llamado Manny. Los dos son buenos amigos, unidos aún más por un poco común inviolable contrato adicto-dealer y por la birria de existencia que llevan. Manny pasa las horas vendiendo heroína en su coche y jugando al dómino con Doc en el bar. El roce hace el cariño. El bar en cuestión lo dirige una mexicana afable y sentimental llamada Teresa. Y ronda por la zona un pies planos llamado Hugo, cuyo papel es el de clásico tocapelotas corrupto (si se le paga a tiempo, asimismo, no ocasiona inconvenientes). Lo olvidaba: Doc comparte estancia y cerebro con el espectro de Hank Williams. El Hank Williams, alcohólico y malhadado icono del country triste y desesperanzado de los años cincuenta, hecho aquí ectoplasma cenizón. La trama insinúa que Doc es el mismo curandero que –en la vida real- acompañaba a la superestrella country por estos mundos de Dios, siempre armado con un abultado libro de recetas narcótico-estupefacientes. Realidad hecha leyenda. El mito como mejoría (o simple aumentación) de la realidad, vaya.
En fin. Ya ven el retablo románico que nos ha pintado Steve Earle –veterano roots rocker, ex-toxicómano, izquierdista empedernido y discípulo de Townes Van Zandt, además de actor en The Wire y Treme- en su debut narrativo largo: dos lesbianas, una mexicana, un camello, un pasma sucio y un fantasma country en pleno Dallas, 1963: ese es el entorno del viejo Doc. Su agitada vida social. Por si el tutti frutti de desgraciaditos sabía a poco, el escritor deja caer en medio de la comunidad a una espalda mojada llamada Graciela, cuyo pachuco chulapón ha tenido a bien de abandonarla con bombo. Doc, las venas de quien ya empiezan a parecer el metro en hora punta, practica el deseado aborto y desde allí Graciela empieza a fusionarse con el cálido microclima de la Yellow Rose Guest Home (cayéndole cada vez peor a Hank Williams, por cierto, desplazado del corazón de Doc por la recién llegada).
Pero no se me despisten, que ahora viene lo mejor: resulta, por añadidura, que Graciela tiene una herida en la muñeca que no se cierra jamás. Porque no es una herida. Es un estigma, de los de toda la vida y de los de toda la Biblia, de modo que Graciela desarrolla poderes curativos y todos los pacientes de Doc empiezan a curarse a una velocidad de espanto. Incluso Doc, el viejo Doc-dame-veneno-que-quiero-morir, gradualmente siente cómo va disminuyendo su tremebunda adicción (para nuevo desespero de Hank Williams, que ve cómo su poder sobre el matasanos disminuye a parejo ritmo).
Solo nos falta la tradicional figura maligna. Siempre hay una (si no me creen, miren a sus compañeros de oficina o, más cerquita, a los nombres de su árbol genealógico), y No saldré vivo de este mundo no es una excepción: entra el padre Killen, párroco irlandés de la iglesia más cercana. Cuando Killen se entera de lo que está sucediendo en la pensión (¡abortos! ¡milagros!), su primera reacción es la incredulidad, que rápidamente se torna cólera torquemadil y luego fe enloquecida. Fe enloquecida + cólera justiciera, como ustedes saben, es la infalible y probada receta para casi todos los genocidios y matanzas desesperadas que ha presenciado la historia. Así que ya pueden imaginar hacia donde van a encaminarse las acciones futuras del cura maníaco. A vender boletos del Domund ya les digo que no.
Lo que sucede a partir de allí mejor dejarlo sin contar. Además, si ustedes son como yo, ya habrán dejado caer apresuradamente el inestable explosivo líquido que llevaban una hora manipulando para presentarse –tras atropellar a varios ancianos del barrio que manaban del Casal Sant
Jordi- en su librería de confianza, exigiendo a berridos y manotazos en el mostrador esta primera novela de Steve Earle. No va a defraudarles. No saldré vivo de este mundo, ya lo habrán intuido, es una heredera directa de esa tradición que tanto nos gusta: las novelas de caídos buenos. Los libros sobre gente maja con mala vida y peor pasado. Las historias de tipos que están en el fondo del cubo y, pese a su precaria posición en la cadena alimenticia y el escalafón social, tratan de sacar lo mejor de sí mismos. Gente que lo hace lo mejor que puede con las herramientas que les han tocado en suerte, que diría aquel poeta.
No saldré vivo de este mundo es, así, una novela de infortunio, culpa y redención: periodismo emocional americano de la escuela que nos chifla: Nelson Algren, Harry Crews, John Fante, el primer Richard Price, Hubert Selby Jr., Donald Ray Pollock, Don Carpenter… El paisaje donde se enmarca esa emoción vivida es el andamiaje Rue del Percebe que tantos autores han usado antes, con resultados excelentes: la comunidad de vecinos de clase baja (o directamente delincuente). De Principiantes a Need (de Nik Cohn), pasando por The L-Shaped Room y El hombre del brazo de oro, muchos libros se han escrito sobre el piso de viviendas y su entramado de plantas: el infracosmos desesperado pero solidario del lumpen urbano y marginal.
Ya ven, en cualquier caso, hacia donde me encamino con pasos firmes. Esta es ficción compasiva, humanista, que pretende mostrar el lado bueno de vidas pésimas, en lugar de regodearse en su sordidez. La novela de Earle no es timorata ni anhela edulcorar la realidad, pero tampoco va por ahí recubriéndola a brochazos de melodrama barato o sentimiento falso (o peor: sangría epatadora) para lectores desalmados o para esos críticos literarios que, tal vez faltos de acción en sus vidas intramuros, necesitan que fallezca la huerfanita tísica o violen al octogenario para alcanzar la paz.
No, este es un libro lleno de bondad. Se trata, ni más de menos, de realidad sublimada con cierta épica y encerada con humanidad. Como el propio Earle afirmaba en una entrevista que le hicimos para Rockdelux, el suyo es un libro responsable. A la usanza de Nelson Algren, el escritor rebusca en el fondo del alcantarillado y encuentra allí santos, milagros y catedrales. Podría pintar a los bípedos que caminan por el mal lado de la ciudad como incurables hijos de rata, pero se niega a hacerlo. Porque Earle sabe, como usted y yo sabemos, y además por propia experiencia, que hay gente digna y benigna en todas partes, incluso en las esquinas donde no pega el sol. Earle conoce la existencia de la redención; sabe que la posibilidad de mejoría es un hecho, no una falacia de folletín. Por consiguiente, nutre a su obra de una palpable posibilidad de arrepentimiento e indulto: las cosas pueden mejorar. La mugre mancha, pero puede lavarse; puede enseñarnos. A veces hay que caer del todo para levantar cabeza; una revelación total solo se consigue en pleno descenso. A veces es bueno vivir con algo así en la conciencia, que dijo Oakley Hall. Y todas esas cosas.
No saldré vivo de este mundo, por añadidura, tiene final feliz. No es exactamente el que imaginan, pero lo tiene. Y déjenme decirles algo más: no es solo un acto de supremo valor el colocarle uno, sino una declaración de principios. Una afirmación rotunda: sé que esto existe, porque lo he visto. Si ustedes son de los que intuyen que la redención existe, por elusiva que parezca, esta novela se convertirá en un libro de cabecera. Si son de los que desconfían de esa posibilidad, bueno… Tal vez Earle sepa convencerlos. Y si no lo hace, ¿qué puedo decirles, además de que lo siento en el alma?
Kiko Amat
Entre rejas
Novela carcelaria Examinamos algunas de las mejores obras de ficción sobre la experiencia carcelaria publicadas o traducidas recientemente, de Papillon a En el patio.
“Nadie quiere pensar en las cárceles”, aduce Jonathan Lethem en el epílogo para En el patio de Malcolm Braly. La cárcel es una de esas cosas que, como el departamento de oncología de los hospitales o la gestión de residuos no orgánicos, mejor apartar de la mente, pues preguntarse sobre ellas solo va a originar respuestas no jubilosas. La trena, trullo, mako o talego (el slang carcelario resulta especialmente fecundo) es el emplazamiento no-gozoso por antonomasia. Un mal asunto. Y asimismo, muchos autores han decidido plasmar la experiencia carcelaria en novelas o filmes. Algunos de ellos vieron en la prisión un marco excelente para traer a colación algunas de las más interesantes características de la condición humana: la amistad, la sumisión, el castigo, la culpa o el ansia innata de violencia. La cárcel como amplificador de pasiones, como laboratorio donde diseccionar los instintos (bajos o altos) del hombre. No sé si recuerdan aquel experimento que la Universidad de Stanford realizó en 1971, donde se colocó a veinticuatro estudiantes de clase media en un entorno carcelario fabricado ad hoc, distribuidos aleatoriamente en reos y guardias. Y cómo a las pocas horas de iniciar el experimento, todos aquellos voluntarios –conscientes de lo ilusorio del escenario- se habían deslizado cómodamente en roles de víctimas y verdugos. Incluso los psicólogos al cargo de la investigación terminaron comportándose como brutales alcaides de San Quintín. Stanford puso de relieve lo que sucede “cuando colocas a buena gente en un sitio malo”: cómo un entorno proclive al abuso y la degradación puede sacar lo peor de cada uno.
Quizás por esta razón, la cárcel es un caramelo literario al que muchos escritores son incapaces de resistirse. Algunos de ellos eran señores con estudios que imaginaron –ayudados por bibliografía y aseveración de la realidad- lo que debe ser vivir encarcelado, otros eran ex-presidiarios que buscaron legar en forma narrativa su experiencia dentro, creando a su vez algunas de las novelas más reveladoras de la literatura moderna. Fidedignas cartas desde el trullo, con sus caballeros y villanos, su altruismo y maldad, su sopor salpicado de ultraviolencia. “Un modelo para comprender aspectos de nuestras vidas”, como también sugiere Lethem. Un desagradable (aunque fascinante) microscopio por el que observarnos.
Las mejores obras carcelarias suelen incidir en los mismos temas, y uno de sus argumentos recurrentes es la amistad entre hombres. Las novelas carcelarias quizás sean -junto a los Dictators, Aterriza como puedas y el fútbol australiano- el artefacto más masculino de la creación: las propias constricciones del medio (imperativa segregación por sexos) provocan que todos sus protagonistas sean hombres. Esos hombres zafios y peludos se hacen amigos y se enemistan, y también -más a menudo de lo que ustedes creen- se enamoran. Si Stanford demostró que cualquier biólogo gafitas podía convertirse en un carcelero inhumano, En el patio de Howard Braly, Dura la lluvia que cae de Don Carpenter o La fábrica de animales de Edward Bunker exponen lo frágil que es el concepto “heterosexual” entre rejas. Una inmensa mayoría de reos sucumbe a los encantos del amor entre hombres, si bien –y aquí viene lo bueno- ninguno se considera “marica”. La homosexualidad carcelaria se plantea, así, como una desafortunada consecuencia de la ausencia de mujeres, pero, ¿es esto cierto? El lector sospecha que no. Don Carpenter ilustra mejor que nadie la paradoja del gay latente que yace en cada prisionero y, por consiguiente, en cada uno de nosotros (pues, sépanlo, todo el mundo puede terminar en la cárcel).
Ese amor bigo
tudo es uno más de los aspectos del paisaje carcelario que no escapan a la codificación. Al contrario de lo que uno podría imaginar, la cárcel es un entorno altamente moral, donde todo está prescrito en sólidos códigos de conducta honorable. Se trata de otra moralidad, sin duda, creada exprofeso para una vida de aislamiento y ausencia de libertad, pero es moral, al fin y al cabo. Esta ética-de-reo no siempre coincide con la idea del honor que impera en la calle, y solo puede entenderse entre rejas. Por supuesto, lo colorido y estructurado de esa moralidad interior se intuye como uno de los grandes hándicaps a la hora de reincorporarse a la sociedad. Después de tantos años sujeto a una ley, ¿cómo la canjeas por otra? Especialmente si muchos mandamientos de talego son el perfecto opuesto de su encarnación libre (como, por ejemplo, el énfasis en la preservación de la vida, inexistente en la cárcel). Del mismo modo, lealtad y honor, que en libertad son poco más que conceptos poéticos, se tornan entre rejas absolutos que marcan la distinción entre estar vivo o muerto. Nada intramuros es más importante que la lealtad, y no hay peor insulto que el de chivato.
La gran mayoría de estas novelas, empezando por la magnífica Papillon de Henri Charriere, pueden leerse, claro está, como una crítica al Estado y su sistema judicial y, en términos aún más generales, a la sociedad. Un sinfín de protagonistas de estas novelas (empezando por el propio Charriere) fueron arrestados cometiendo actos delictivos de cuestionable relevancia, y las razones de su internamiento obedecen más a mala suerte, injusticia inherente en el sistema capitalista, desigualdad racial o moral católica –en los casos de delito sexual- que a auténtica peligrosidad social. Por añadidura, el paso por prisión solo sirve para empeorar a los reos. Es casi un cliché, pero todas estas novelas coinciden en considerar la posibilidad de redención legal como un camelo. La cárcel no forja mejores personas, no redime sus delitos y no aporta ningún valor fundamental en cuanto a ejecutar un cambio de perspectiva o un inventario moral de los propios actos. Como resume Edward Bunker en su título, la prisión no es más que una “fábrica de animales”.
Bunker, Braly, Carpenter y los demás coinciden en señalar también otros aspectos periféricos de la experiencia: lo deshumanizador del aislamiento forzado, el ruido constante, el racismo automático, el pandillerismo forzado, las castas carcelarias, el estraperlo y el mercado negro y, muy especialmente, la drogadicción como escape principal del tedio. Un tedio imbatible y asfixiante que en ocasiones llega a convertirse en el peor castigo. ¿No es paradójico, entonces, que novelas que inciden de forma tan reiterada en el aburrimiento resulten lo opuesto de aburridas? El género carcelario, hoy revigorizado con tres nuevas traducciones al castellano, es un descubrimiento fascinante que conviene no dejar pasar.
Cuatro grandes novelas carcelarias
Henri Charriere, Papillon (RBA): La mejor novela carcelaria de la historia. Una prosa tremendamente sobria (casi sin metáforas) y rítmica, divertida y entusiasta como la de una novela de aventuras, narra la odisea de Papillon, condenado en 1931 a trabajos forzados en una colonia penitenciaria de la Guayana francesa. Zoología, aventuras, ciencia, soflamas antiburguesas… Como un Julio Verne taleguero y anarquista.
Malcolm Braly, En el patio (Sajalín Editores): Vonnegut dijo que era “la mejor novela carcelaria norteamericana” y Truman Capote alabó su autenticidad. Plagada de grandes personajes (Hielo Willy, Palo, Soledad Rojo, Gasolino…) y con un final que se lee sin aliento, En el patio quizás sea –realmente- la novela definitiva sobre la cárcel.
Edward Bunker, La fábrica de animales (Sajalín Editores): Otro clásico. Menos vivaz que la de Braly, escrita con el estilo adusto y casi forénsico de Bunker (autor también de Mr. Blue, No hay bestia tan feroz, actor en Reservoir dogs, etc.), es asimismo un documento excepcional de la experiencia carcelaria.
Don Carpenter, Dura la lluvia que cae (Duomo NYRB): Mi novela carcelaria favorita no fue escrita por un presidiario, pero en cuanto a pedazo de narrativa está a la altura de Ken Kesey o Joseph Heller, y es sin duda una de las mejores obras de los 60’s. Como un libro beat, pero en existencialista y amargo, repleto de emoción, acción y reflexión delincuente. Richard Price, George Pelecanos y Jonathan Lethem son fans: únanse al club.
Otras: Borstal boy (Brendan Behan), Bang to rights (Frank Norman), La canción del verdugo (Norman Mailer), Birdman of Alcatraz (Thomas Gaddis), Rita Hayworth and Shawnshank Redemption y La milla verde (Stephen King), La soledad del corredor de fondo (Alan Sillitoe), Un día en la vida de Iván Denísovich (Alexandr Solzhenitsyn).
Y dos españolas
Francisco Pérez Gandul, Celda 211 (Lengua de Trapo): Novela negra mezclada con En el nombre del padre y algún alegato contra la brutalidad policial. Se convirtió en la película homónima, pero la novela se sostiene sola. Una prosa dura que hace uso de jerga nada forzada y trama trepidante. Se lee de una sentada.
Lluc Oliveras, Confesiones de un gánster de Barcelona y El gran golpe del gánster de Barcelona (Ediciones B): True crime condal en estado puro. La historia real de Dani El Rojo, gólem rocanrolero y terror de sucursales bancarias, a lo largo de los años setenta y ochenta, entrando y saliendo de La Modelo como el que pasea por la Rambla. No es 100% carcelaria, pero cuando lo es, es insuperable.
Kiko Amat
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 22 de agosto del 2012)
Teletipo de atrasos: 6 breves recomendaciones literarias para el verano
DON CARPENTER Dura la lluvia que cae (Duomo NYRB 2011)
El mejor libro que hemos leído este año, y no hay más que hablar. Hay un antes y un después de leer a Don Carpenter. Este es un clásico de 1964 mucho más duro y en-tu-cara que cualquier libro beat, y se lee como un American graffiti en hardcore. El protagonista es Jack Levitt, al que conocemos como delincuente juvenil menor de edad, y acompañamos a lo largo de una azarosa vida: billar, raconteurismo delincuente, periplos automovilísticos, flashes de Corea, alcoholismo, amistad teenager, San Quintín, homosexualidad tardía… Una novela honesta, violenta y llena de emoción que nos ha conmovido profundamente. Richard Price es fan, y con razón (The Wanderers es prima hermana de esta). A partir de ahora, una pieza fundamental de nuestro canon privado. Una enorme muesca de literatura antiacadémica, callejera y viva.
FRANCISCO GARCÍA PAVÓN Las hermanas coloradas (Destino, 1970)
Placer a un euro. Nos lo recomendó, naturalmente, el gran Santiago Lorenzo (ver entrevista en Bendito Atraso), y el tipo no había terminado la frase que ya estábamos rebuscando en libroviejeros (lo encontramos en la fantástica librería Cercles, de la calle Bailén, donde su dueño nos espetó: “En toda mi vida de librero, es la primera vez que alguien pregunta por García Pavón”). Forma parte de una serie de novelas sobre un policía municipal de Tomelloso, Manuel González, alias Plinio, una suerte de Holmes bonachón, hierático y manchego (con su Watson particular: Lotario, el veterinario del pueblo). En esta entrega, Plinio marcha a Madrid a indagar el caso de unas gemelas pelirrojas desaparecidas. No leía prosa castellana tan apasionada, perceptiva, elegante y divertida desde hacía mucho tiempo. Humorística pero nada boba, compasiva y melancólica en determinadas ocasiones, dramática cuando procede… Una maravilla. Y a un euro, va en serio. ¿Cuántas acciones cambia-vidas y sublimes pueden realizarse hoy con un euro, gente?
DAN FANTE Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia (Sajalín, 2011)
El perfecto compañero para el Full of life, la biografía de John Fante que escribió Stephen Cooper, y mucho mejor escrito. Una gran saga de testarudez, orgullo malherido, artesanía narrativa y pésima paternidad, así como corrupción Hollywoodiense, narrada con la prosa impecable y dura del Hijo del Hombre (que es un escritor tan bueno como el padre). También incide en la tragedia de Dan Fante y otros miembros de la familia, como el subtítulo indica. Es imperativo que la lean, sean asiduos de la casa Fante o no.
SANTIAGO LORENZO Los huerfanitos (Blackie Books, 2012)
Ya no se lo podemos decir más, ni en más idiomas. El libro en castellano del 2012 es este. En breve aparecerán reseñas nuestras del libro en el Cultura/S, y hemos entrevistado ya a su autor aquí, pero no queríamos irnos de vacaciones sin volver a recomendarles su adquisición. ¿De qué va? De tres hermanos que heredan un teatro madrileño, el Pigalle, y se ven obligados a preparar una obra para pagar las deudas que les legó el padre. Una novela que viene del mismo lugar que las de García Pavón: lenguaje sensacional, humor procedente, compasión y condición humana, aventura y desperfectos del alma, miseria y cómo sobrellevarla, anhelos y dignidad… El tipo de libro que nos gusta, por definición. Y Santiago Lorenzo es un gran hombre; uno de nuestros atrasados favoritos.
ROLAND CAMBERTON Scamp (New London editions, 2010)
En esta casa no nos cansamos nunca de kitchen sink ni de novelas sobre bohemia del Soho, dos géneros que abultan cosa mala en nuestros estantes. Todas se parecen lo suyo entre ellas, y siempre acontecen cosas similares, como en un western. Pero el género (porque lo es: un género en sí mismo) nos chifla. Así como London Books (de John King) se ocupa de la tradición antiacadémica y obrera inglesa desde los 30’s (Gerald Kersh, Sillitoe, James Curtis, Robert Westerby…), New London Editions –subsello de Five Leaves Editions- se ocupa de la bohemia londinense de los 30’s a los 60’s: clubs de jazz, pubs, malas dentaduras, bedsits reumáticos, beatniks y excéntricos, pequeña delincuencia, aspirantes a escritor… Scamp, de 1950, es una de las mejores. Parece imposible, considerando que narra los esfuerzos de Ivan Ginsberg por fundar una revista literaria (Scamp), pero así es. Piensen en una mezcla entre Knut Hamsun, Ask the dust, Hurry on down de John Wain y el Principiantes de McInnes. Y qué portada. Como dice Iain Sinclair, a veces sí puedes juzgar a un libro por su cubierta. Por cierto: está en inglés.
MALCOLM BRALY En el patio (Sajalín, 2012)
La otra gran novela norteamericana que se traduce este año también viaja desde los 60’s (ahora en serio: con todos estos libros alucinantes de hace medio siglo, ¿Quién tiene tiempo para pijadas neoyorquino-universitarias de hoy?). Este novelón data de 1967, para ser exactos, y tiene muchas cosas en común con la de Don Carpenter. En este caso, no obstante, la experiencia carcelaria ocupa toda la obra, no solo un fragmento de ella. Hablaremos extensamente de En el patio en una pieza sobre literatura carcelaria de próxima aparición en el Cultura/S de La Vanguardia; esto solo es para que hagan boca. Braly es como un Edward Bunker sentimental, su estilo es menos escuálido y forense que el del renombrado criminal/escritor y, por tanto, más proclive a la manifestación de emociones. Vonnegut y Capote eran fans (el segundo, no nos cabe duda, debió morirse de envidia al leerlo), y el libro rezuma autenticidad, camaradería, pathos y mala vida. Desde hoy, un clásico de Bendito Atraso, forever. Kiko Amat



