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Los violentos y los salvados: una charla con Donald Ray Pollock
Donald Ray Pollock erige en sus libros una Gran Verdad mediante fragmentos naufragados de su vida, poniendo sus entrañas extirpadas a secar y recubriéndolas de imaginación. Su debut del 2010, Knockemstiff, era una colección enhebrada de emotivas historias lumpen sobre su antiguo pueblo. El diablo a todas horas (Libros del Silencio, 2012) mezcla novela negra con monstruosidad y crueldad sureñas, estigmas sangrantes (propios y ajenos), redención y un impresionante retablo con lo peor y mejor de cada casa.
John Fante lo definió como La Verdad. “No quiero decir realidad autobiográfica”, decía al intentar describirla. “Es otra cosa. No sé cómo llamarla, pero es distinta de la autobiografía, y a la vez muy similar a ella”. Es difícil hablar de La Verdad; o la entiendes y eres capaz de distinguirla, o no. Pues esa verdad emocional existe, y le salta a uno a los ojos, uñas en ristre, al leer a determinados autores. Es esa narrativa llena de salvaje honestidad, confesión, compasión, brutalidad y humor, escrita en un lenguaje limpio, duro y hermoso, sin fingimiento, pomposidad ni afectación. Que se niega a guardar silencio (como decía el prólogo a Cuadernos manchados de vino, de Bukowski) “acerca de quienes más sufrían: los castigados, los pobres, los locos, los parados, los vagabundos en los callejones de mala muerte, los alcohólicos, los inadaptados, los niños maltratados, la clase obrera (…) Los agonizantes flacos y orgullosos”. Donald Ray Pollock posee la fuerza de la verdad, la que uno se arranca de las propias vísceras y anuda en eslabones de ficción, y esta vez la ha puesto al servicio de una adictiva, violenta y auténticamente emotiva historia sobre obsesión, fanatismo y sangre fácil en el Sur americano.
Harry Crews decía: “Me sedujo el crear mundos que nunca habían existido, pero también el enhebrar una sarta de mentiras que (…) terminaba siendo mucho más verdadero que lo que me había sucedido en la vida real”. ¿Podría eso aplicarse a tus obras?
Cualquier escritor de por ahí puede explicar el proceso creativo mejor que yo. Creo que cuando escribo entro en un mundo de sueños, pero, al igual que en los sueños, todo está influenciado por lo que ha pasado en mi vida. Mientras escribía los cuentos que figuran en Knockemstiff permanecí fiel a ciertas cosas, especialmente la pobreza y la reputación de lugar duro que tenía mi pueblo, así que el lugar resultó mucho más “real” para mí de lo que habría sido si todo hubiese sido inventado. En otras palabras, el libro tenía unos cimientos basados en la realidad, y alrededor de ella construí, como dijo Crews, “una sarta de mentiras”.
Crews también dijo que “la mejor narrativa casi siempre va de lo mismo: gente haciéndolo lo mejor que pueden con lo que les ha tocado en suerte, a veces actuando con honor, a veces no. A veces con amor y compasión y misericordia, a veces no”.
Creo que la mayoría de mis personajes encajan en esa descripción, pero probablemente la gran mayoría de personas en el planeta también lo hagan.
Al igual que Nelson Algren, Crews, Malcolm Braly o Edward Bunker hablas de los del fondo del cubo, pero lo haces con completa empatía. Incluso les tienes estima a los más pérfidos.
Sólo hay un personaje en El diablo… que me cae algo mal y es Teagardin, el predicador pedófilo. Me sería extremadamente difícil, quizás imposible, escribir largo y tendido sobre personajes que me siempre me cayeran gordos. Cuanto menos, siento simpatía por los que terminan siendo malos, porque, después de todo, yo les hice de esa manera.
Owen Jones, en su Chavs: la demonización de la clase obrera, afirma que los orígenes opulentos quizás no te impidan sentir empatía hacia los desfavorecidos por el sistema, pero desde luego sí dificultan tu comprensión de lo que piensan y las condiciones en que viven. Supongo que la razón por la que entiendes tan bien a tus personajes es que eres como ellos.
Bueno, sin duda me crié en un ambiente de clase trabajadora. Mi padre apenas terminó el octavo grado (2º de ESO) y luego trabajó cuarenta y dos años en una fábrica de papel. Tuvo la suerte de que la fábrica era un empleo sindicado. Sacó algo de dinero y gozaba de seguro de salud, y por eso, aunque mi familia tal vez se habría definido a sí misma como clase media-baja, eran ricos en comparación con algunos de los chicos con los que crecí.
Escapar del entorno es la médula espinal de Knockemstiff, y en El diablo… también hay sueños de fuga. ¿Era escapar de tu destino el pensamiento dominante de tus años obreros? ¿Hay alguien que quiera permanecer en Ohio?
En primer lugar, no creo que Ohio (aunque ciertamente no es un lugar atractivo ni glamuroso donde vivir) tenga gran cosa que ver con eso. Estoy seguro de que un montón de gente desearía escapar de la ciudad en España donde se crió, o de un mal matrimonio en Tokio, o un pésimo trabajo en San Francisco. Ohio sólo es el único lugar que conozco de verdad, por lo menos lo suficiente como para escribir sobre él. Es cierto que el pensamiento primordial de mis años en la fábrica de papel era la fuga, pero es que igualmente siempre he sido el tipo de persona que piensa que sería más feliz viviendo en otro lugar. Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no era el caso.
La redención es el epicentro de El diablo… Hay un montón de esperanza y necesidad de salvación. Les ofreces algo que no ofreciste a los personajes de Knockemstiff: la oportunidad de una vida mejor y un futuro más brillante.
Si he de serte sincero, lo que sucede es que cuando escribí El diablo… pensé más en el lector, y sé que a la gente le gusta encontrar al menos un atisbo de esperanza o de optimismo al final de un libro. Cuando escribí las historias de Knockemstiff no tuve en cuenta al público en absoluto, porque no creía que jamás fuese a publicar lo que escribía. ¿Hace eso que El diablo… sea un libro menos honesto? No lo creo. En todo caso, el lector se convierte en otra influencia de la narración.
Recientemente entrevisté a Steve Earle por No voy a salir vivo de este mundo y me dijo que los novelistas tienen que ser responsables, mostrar los aspectos positivos de las personas, no sólo la oscuridad. ¿Es algo que suscribes?
Bueno, estoy bastante de acuerdo con eso, pero tengo que admitir que no creo demasiado en cosas como la “responsabilidad del novelista”. Pienso que si el escritor se esfuerza para escribir la historia con honestidad, todo, bondad y oscuridad, acabarán mostrándose, al menos hasta cierto punto.
Algunos críticos cursis describen tu trabajo como “pornográfico”, sugiriendo que es cínico mostrar sólo los actos más horribles imaginables y las más bajas intenciones. Yo diría lo contrario: tu novela está llena de esperanza, porque la moraleja es que incluso en Meade, rodeada de lo peor, la gente logra actuar con bondad.
No escribo cuentos de hadas. Seamos realistas: aunque la mayoría de las personas suelen ser amables y cariñosas, unas cuantas son malas. Por añadidura, si alguien piensa que mi trabajo sólo muestra “los actos más horribles imaginables”, es que no se han puesto al día de la actualidad. Mis personajes ni siquiera se acercan a lo que los seres humanos son verdaderamente capaces en términos de las “más bajas intenciones”. Las cosas que escribo son ligeras en comparación con, por ejemplo, la masacre de veinte niños en una escuela de Connecticut hace poco.
Por la misma razón, en tu última novela se aplica castigo. A pesar de que los inocentes se ven perjudicados, los malvados no se van de rositas.
La gente debe responsabilizarse de sus crímenes, y creo que en última instancia la gente mala paga por sus pecados. No quiero ni pensar lo que el mundo sería si eso no fuese cierto. El castigo quizás no sea siempre la cárcel o la silla eléctrica o algún tipo de infierno en el más allá, pero al menos que anden con las almas podridas y nunca encuentren la paz.
Los finales relativamente agradables son tan fieles a la realidad como los malos finales. La vida real es una mezcla de los dos, ¿no te parece?
Considera la cantidad de historias reales que tienen lugar en el mundo, todos los días. Hay miles de millones de ellas. Algunas personas son bendecidas y otras no; siempre ha sido así. La vida no sería tan dulce si a todo el mundo se le asegurara un final feliz.
Te voy a preguntar algo que también le pregunté a Earle: Si, como Studs Terkel dijo, “la diferencia entre intérprete y artista es la afirmación del yo, el Aquí Estoy”, ¿Cuánto de ti hay en El diablo a todas horas? ¿O quizás hay un poco de ti en cada personaje? (esperemos que no en Teagardin).
Por supuesto. Incluso en Teagardin, joder. En el momento en que piensa en sentar cabeza en una vieja granja, y fantasea sobre sus hijos jugando en el patio al atardecer mientras él lee buenos libros en el porche… Eso es un pequeño pedazo de mí.
Venganza, secretos y culpa en El diablo a todas horas. Hay abundancia de las tres.
Bueno, la narrativa debe ofrecer conflictos para ser interesante y, como he dicho antes, no escribo cuentos de hadas. Muy pocos de nosotros somos santos. En algún momento la mayoría de la gente ha fantaseado con vengarse de alguien, ¿no? Si retirásemos las complicaciones (secretos, culpa, lujuria, venganza, etc.) la mayoría de historias no merecerían ser leídas.
Se te compara con frecuencia a Cormac McCarthy, pero para mí El diablo… es una mezcla de Harry Crews, Badlands y cualquier canción de Drive-By Truckers. Y el humor negro de Flannery O’Connor.
Me influencian muchas cosas, incluyendo música y las películas, o incluso algo que escucho por casualidad en la gasolinera. Me avergüenza que la gente me compare con Flannery O’Connor (¡especialmente por ella!). Sin embargo, McCarthy dijo una vez (parafraseo): “Los libros se hacen de libros”. Me parezco a otros autores, sin duda.
Última pregunta: ¿Has visto alguna vez morir de forma violenta a un hombre?
No violentamente. He visto a dos de mis amigos morir, pero ambos sufrían de cáncer. Odio decirlo, pero una muerte violenta habría sido mejor.
Kiko Amat
(Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista Rockdelux #314 de febrero del 2013)
The Raincoats + Lidia Damunt, Donald Ray Pollock y Shalom Auslander en Primera Persona 2013
Todas las noticias de golpe, para que se empachen. Podemos congratularnos de haber conseguido ocho nuevos nombres para el cartel del Primera persona 2013. A saber:
Donald Ray Pollock, autor de Knockemstiff y El diablo a todas horas (Libros del Silencio), favorito de esta casa, working class hero #1 y narrador sin par, estará con nosotros los días 3 y 4 de mayo del 2013.
También lo hará Shalom Auslander, judío renegado extraordinaire, notorio expulsado-a-patadas-de-la-ortodoxia, ex-pajeador compulsivo y escritor mondante: aquí celebramos una y otra vez Lamento de un prepucio y la recientemente publicada Esperanza; una tragedia (ambas en Blackie Books).
Por último, nos llena de orgullo anunciar a voces que The Raincoats (Gina Birch y Ana Da Silva), celebradas pioneras del fem-punk, compadres espirituales de The Slits y orgullo de la Rough Trade de los ochenta, presentarán en exclusiva para Primera Persona un show de rock’n'roll, spoken word y performance que estará lleno de reflexión vivencial y óptica autosuficiente. Si nos permiten que ricemos el rizo, el colmo es que Lidia Damunt acaba de confirmarnos que se unirá a su show, de un modo aún no especificado pero que nos llena de expectativas y agitación estomacal.
Y, para terminar, otra cápsula: celebraremos los diarios, los dietarios y los cronistas en primera persona. Hemos invitado a cuatro representantes del género para que compartan sus visiones con nosotros: Manuel Jabois (Irse a Madrid, Pepitas de Calabaza), Federico Montalbán (Diario de un amargado, Morsa), Isabel Sucunza (La tienda y la vida, Blackie Books) y Patxi Irurzun (Dios nunca reza, Alberdania).
No tenemos más noticias, de momento. Quizás mejor, porque nos iba a dar un ataque cardíaco.
Libro del mes (diciembre 2012): DONALD RAY POLLOCK El diablo a todas horas
El diablo a todas horas
Libros del Silencio / Empúries
“Es el Nelson Algren de nuestro tiempo. Publíquenlo ahora”. Eso lo dije yo, cuando me preguntaron. Una editorial me había entregado el manuscrito de Knockemstiff, debut narrativo de Donald Ray Pollock, para que realizara una lectura, y mi imperativo entusiasta era el punto final a cuatro páginas de enloquecidos parabienes. En aquella casa no me hicieron el menor caso (resulta inconcebible: ¿Cómo alguien podría no hacerme caso todo el tiempo?), pero afortunadamente otras dos editoriales se abalanzaron sobre la novela, y una de ellas incluso me pidió un prólogo para su traducción al castellano. Eso fue con Knockemstiff. Decididamente mi novedad favorita del 2011.
Tan solo un año después llega El diablo a todas horas, segundo trabajo de Donald Ray Pollock, y me mantengo en mis trece: este gran hombre es de veras el Nelson Algren de nuestro tiempo. O el Harry Crews. O Edward Bunker, o Howard Braly, o el primer Richard Price, o (¡no intenten detenerme ahora!) Don Carpenter. El diablo a todas horas podría ser una mezcla de El cantante de góspel de Harry Crews (recién aparecido en Acuarela) y Badlands de Terrence Malick. El diablo a todas horas es, para qué andarnos con rodeos, una de las mejores novelas que he leído en la vida, y así se lo estoy contando. ¿Sube directa a nuestro podio de Mejor del Año? Podría, podría, pero existe un celebrable inconveniente: este 2012 ha visto aparecer también No saldré vivo de este mundo de Steve Earle (Libro del Mes de noviembre en Bendito Atraso) y el mencionado debut de Harry Crews, publicado originalmente en 1968. La cosa está reñida, y según parece solo va a poder dirimirse a puñetazos (de no estar muerto ganaría Crews, que ostenta veintisiete años de karate).
El diablo a todas horas posee, en cualquier caso, todas las cualidades que buscamos en una novela: dureza, compasión, redención, belleza, violencia, una trama adictiva y trenzada con tino, algo de humor (negro, calcinado humor), personajes inolvidables, aventuras dañinas, humanos extravagantes (pero creíbles), códigos de honor, locura y obsesión, fanatismo, sangre fácil y el Sur. Oh, y predicadores malvados. Y psychokillers en ruta (recuerden Badlands, olviden Natural Born Killers). Y un payaso gay. También un sheriff corrupto. Y bastantes disminuidos físicos o amputados (puro Harry Crews). También padres que han perdido la chaveta, incapaces de soportar el dolor de la pérdida o la ominosa carga de los recuerdos y la culpa. Eso: y culpa, mucha culpa (casi lo olvidamos); culpa a raudales. Y una elevada dosis de ignorancia sureña; esa ignorancia pura, casi admirable, demente y orgullosa. Y pueblos de mierda en medio de la nada (antes fue Knockemstiff, ahora es Meade) que, valga el lugar común, se convierten en personajes por derecho propio. Y sed de venganza, de retribución brutal. Y secretos de familia, onerosas cosas-nunca-dichas y

que mejor no saber jamás. Y bocadillos de chopped, alcohol flamígero, enfermedades venéreas, moscas y sacrificios humanos. Vómito y mierda y zurribandas tumultuosas y una abultada fila de cadáveres. ¿La trama? Al igual que sucedía en Knockemstiff, se trata de un mapa cruzado con encuentros y desencuentros, donde las vidas de unos interfieren fatalmente en las de lo demás. El porcentaje de malvados y benignos no anda tan ladeado como podría suponerse: cinco o seis de nuestros personajes podrían ser considerados buenos o potencialmente buenos (Arvin, la malograda Lawana, la malograda Charlotte, Emma, Hank Bell); cinco o seis más caerían en algún punto del diagrama de la maldad (redimible o más allá de la redención: el cura pervertido Preston Teagardin, los psychokillers Sandy y Carl, el sheriff sucio Boedecker, la jauria de matones clásicos, el abogado corrupto Henry Dunlap); y dos o tres más son simplemente subnormales, o malos-por-subnormalidad-o-inacción, o tipos chiflados de puro dolor insostenible (los extrañísimos predicadores Theodore y Roy; el demenciado padre de Arvin, Willard, y su fatal obcecación por los sacrificios expiatorios de fauna local).
Pero no se me confundan: esto no es gótico sureño, como escupen algunos despreocupadamente cada vez que aparece una novela firmada en algún punto del sudeste norteamericano. No hay impostura en El diablo a todas horas ni soluciones mágicas al asunto. La novela de Donald Ray Pollock se erige exclusivamente a base de compasión, redención y justicia (si bien ocasionalmente tardía, o post-mortem). Como Algren o Crews, Pollock ama a sus carneros, incluso a los más descarriados del rebaño; comprende su pesar, también cuando se transforma en perversidad. Esa comprensión, sin embargo, no les exime del castigo: los que tenían que pagar, pagan. El bueno logra salir de allí andando hacia el horizonte, pero sus hombros están llenos de vísceras y su alma a reventar de pesadumbre. Arvin, nuestro sufrido protagonista, termina como un tiznado Lucky Luke. La salvación existe, parece decirnos el autor, pero no va a resultar barata: hay que descender unos cuantos círculos del infierno para siquiera otearla en la distancia. Oakley Hall diría que “es bueno vivir con algo así en la conciencia”. Pollock parece no saber si es bueno, pero sí inevitable. No hay otra forma de limpiarse.
Por supuesto, la cantidad de violencia y sangre ha provocado que los críticos cursis de siempre lamenten la obsesión “pornográfica” del autor por los mamporros y los disparos a bocajarro, por los animales destripados y la putrefacción de la carne, por las cicatrices y los muñones y las
patadas en los huevos y las botas polvorientas. ¿Cómo describirles a dichos críticos el lugar físico y espiritual en que alguna gente habita? Owen Jones lo afirma en su Chavs; la demonización de la clase obrera: los orígenes opulentos quizás no te impidan sentir empatía hacia los más desfavorecidos por el sistema, pero desde luego sí dificultan tu comprensión de en qué mundo viven los del montón del cubo; las cosas que aman, el lenguaje que utilizan, su extraña dignidad, su forma de resolver los problemas. Para esos académicos, el mundo que pinta Pollock resulta tan extraño y lejano como el de una novela de marcianos. Lo lógico es que no lo entiendan. Y aún siendo así: me enoja. Es mi vieja patata en el hombro, ¿entienden?
Donald Ray Pollock habla de todo esto sin afectación, sin filigranas, desde dentro del intestino y poniéndose perdido de mugre, pero sin perderde vista el éxtasis, el humor, el amor y la belleza. Trabajador manual en una fábrica de papel durante 32 años y autor publicado a los cincuenta, Pollock es el epítome de héroe working class literario. Asimismo, si bien el contexto es crucial, si bien la autenticidad emocional es un requisito obligado, sus orígenes importarían poco si su novela fuese mediocre. Y, desde luego, no es el caso. Por añadidura, Pollock no juega la carta “fuck you, I drive a truck” (que diría Jim Dodge), no cae en la tentadora autoparodia del proletario para que aplaudan unos cuantos académicos pijos, el equivalente literario del gag Yorkshire de Monty Python (“vivíamos diez en un zapato dentro de un charco…”). Es este un señor digno con la nuca impecablemente rasurada que resulta que pasó 32 años en una factoría inmunda. Es lo que hay. Inevitablemente, muchos resaltan este hecho al hablar de su obra, lo cual es legítimo: la cosa, después de todo, tiene pelotas. Pero esto no es un chimpancé que ha pulsado por azar un par de teclas y le ha salido Madame Bovary. Esto es un rotundo, inmenso escritor que ha desarrollado lo que tantos ansían: un universo propio, reconocible y rico, y una voz dura, maleable y bella para explicar aquel mundo.
El diablo a todas horas es una tremenda novela. De lo mejor que he leído nunca. Me descubro ante Donald Ray Pollock. Kiko Amat
Libro del mes (noviembre 2012): STEVE EARLE No saldré vivo de este mundo
Steve Earle
El Aleph
Traducción de Javier Calvo
271 págs.
Les presento a Doc. Doc es un médico de buena familia al que encontramos en vertiginoso tirabuzón vital: adicto perdido, hecho unos proverbiales zorros, malviviendo como médico-para-todo (todo mayormente ilegal) y abortista de cabecera en el barrio de South Presa, San Antonio, Texas, durante el año del Señor de 1963. Doc es un hombre en mal estado; bienes frágiles, manipulen con sumo cuidado. Se aloja en la casa de huéspedes Yellow Rose Guest Home, que llevan Marge, una lesbiana pelirroja de armas empuñar, y su amante rubia-platinesca Dallas. Su camello es un hombre montaña mexicano llamado Manny. Los dos son buenos amigos, unidos aún más por un poco común inviolable contrato adicto-dealer y por la birria de existencia que llevan. Manny pasa las horas vendiendo heroína en su coche y jugando al dómino con Doc en el bar. El roce hace el cariño. El bar en cuestión lo dirige una mexicana afable y sentimental llamada Teresa. Y ronda por la zona un pies planos llamado Hugo, cuyo papel es el de clásico tocapelotas corrupto (si se le paga a tiempo, asimismo, no ocasiona inconvenientes). Lo olvidaba: Doc comparte estancia y cerebro con el espectro de Hank Williams. El Hank Williams, alcohólico y malhadado icono del country triste y desesperanzado de los años cincuenta, hecho aquí ectoplasma cenizón. La trama insinúa que Doc es el mismo curandero que –en la vida real- acompañaba a la superestrella country por estos mundos de Dios, siempre armado con un abultado libro de recetas narcótico-estupefacientes. Realidad hecha leyenda. El mito como mejoría (o simple aumentación) de la realidad, vaya.
En fin. Ya ven el retablo románico que nos ha pintado Steve Earle –veterano roots rocker, ex-toxicómano, izquierdista empedernido y discípulo de Townes Van Zandt, además de actor en The Wire y Treme- en su debut narrativo largo: dos lesbianas, una mexicana, un camello, un pasma sucio y un fantasma country en pleno Dallas, 1963: ese es el entorno del viejo Doc. Su agitada vida social. Por si el tutti frutti de desgraciaditos sabía a poco, el escritor deja caer en medio de la comunidad a una espalda mojada llamada Graciela, cuyo pachuco chulapón ha tenido a bien de abandonarla con bombo. Doc, las venas de quien ya empiezan a parecer el metro en hora punta, practica el deseado aborto y desde allí Graciela empieza a fusionarse con el cálido microclima de la Yellow Rose Guest Home (cayéndole cada vez peor a Hank Williams, por cierto, desplazado del corazón de Doc por la recién llegada).
Pero no se me despisten, que ahora viene lo mejor: resulta, por añadidura, que Graciela tiene una herida en la muñeca que no se cierra jamás. Porque no es una herida. Es un estigma, de los de toda la vida y de los de toda la Biblia, de modo que Graciela desarrolla poderes curativos y todos los pacientes de Doc empiezan a curarse a una velocidad de espanto. Incluso Doc, el viejo Doc-dame-veneno-que-quiero-morir, gradualmente siente cómo va disminuyendo su tremebunda adicción (para nuevo desespero de Hank Williams, que ve cómo su poder sobre el matasanos disminuye a parejo ritmo).
Solo nos falta la tradicional figura maligna. Siempre hay una (si no me creen, miren a sus compañeros de oficina o, más cerquita, a los nombres de su árbol genealógico), y No saldré vivo de este mundo no es una excepción: entra el padre Killen, párroco irlandés de la iglesia más cercana. Cuando Killen se entera de lo que está sucediendo en la pensión (¡abortos! ¡milagros!), su primera reacción es la incredulidad, que rápidamente se torna cólera torquemadil y luego fe enloquecida. Fe enloquecida + cólera justiciera, como ustedes saben, es la infalible y probada receta para casi todos los genocidios y matanzas desesperadas que ha presenciado la historia. Así que ya pueden imaginar hacia donde van a encaminarse las acciones futuras del cura maníaco. A vender boletos del Domund ya les digo que no.
Lo que sucede a partir de allí mejor dejarlo sin contar. Además, si ustedes son como yo, ya habrán dejado caer apresuradamente el inestable explosivo líquido que llevaban una hora manipulando para presentarse –tras atropellar a varios ancianos del barrio que manaban del Casal Sant
Jordi- en su librería de confianza, exigiendo a berridos y manotazos en el mostrador esta primera novela de Steve Earle. No va a defraudarles. No saldré vivo de este mundo, ya lo habrán intuido, es una heredera directa de esa tradición que tanto nos gusta: las novelas de caídos buenos. Los libros sobre gente maja con mala vida y peor pasado. Las historias de tipos que están en el fondo del cubo y, pese a su precaria posición en la cadena alimenticia y el escalafón social, tratan de sacar lo mejor de sí mismos. Gente que lo hace lo mejor que puede con las herramientas que les han tocado en suerte, que diría aquel poeta.
No saldré vivo de este mundo es, así, una novela de infortunio, culpa y redención: periodismo emocional americano de la escuela que nos chifla: Nelson Algren, Harry Crews, John Fante, el primer Richard Price, Hubert Selby Jr., Donald Ray Pollock, Don Carpenter… El paisaje donde se enmarca esa emoción vivida es el andamiaje Rue del Percebe que tantos autores han usado antes, con resultados excelentes: la comunidad de vecinos de clase baja (o directamente delincuente). De Principiantes a Need (de Nik Cohn), pasando por The L-Shaped Room y El hombre del brazo de oro, muchos libros se han escrito sobre el piso de viviendas y su entramado de plantas: el infracosmos desesperado pero solidario del lumpen urbano y marginal.
Ya ven, en cualquier caso, hacia donde me encamino con pasos firmes. Esta es ficción compasiva, humanista, que pretende mostrar el lado bueno de vidas pésimas, en lugar de regodearse en su sordidez. La novela de Earle no es timorata ni anhela edulcorar la realidad, pero tampoco va por ahí recubriéndola a brochazos de melodrama barato o sentimiento falso (o peor: sangría epatadora) para lectores desalmados o para esos críticos literarios que, tal vez faltos de acción en sus vidas intramuros, necesitan que fallezca la huerfanita tísica o violen al octogenario para alcanzar la paz.
No, este es un libro lleno de bondad. Se trata, ni más de menos, de realidad sublimada con cierta épica y encerada con humanidad. Como el propio Earle afirmaba en una entrevista que le hicimos para Rockdelux, el suyo es un libro responsable. A la usanza de Nelson Algren, el escritor rebusca en el fondo del alcantarillado y encuentra allí santos, milagros y catedrales. Podría pintar a los bípedos que caminan por el mal lado de la ciudad como incurables hijos de rata, pero se niega a hacerlo. Porque Earle sabe, como usted y yo sabemos, y además por propia experiencia, que hay gente digna y benigna en todas partes, incluso en las esquinas donde no pega el sol. Earle conoce la existencia de la redención; sabe que la posibilidad de mejoría es un hecho, no una falacia de folletín. Por consiguiente, nutre a su obra de una palpable posibilidad de arrepentimiento e indulto: las cosas pueden mejorar. La mugre mancha, pero puede lavarse; puede enseñarnos. A veces hay que caer del todo para levantar cabeza; una revelación total solo se consigue en pleno descenso. A veces es bueno vivir con algo así en la conciencia, que dijo Oakley Hall. Y todas esas cosas.
No saldré vivo de este mundo, por añadidura, tiene final feliz. No es exactamente el que imaginan, pero lo tiene. Y déjenme decirles algo más: no es solo un acto de supremo valor el colocarle uno, sino una declaración de principios. Una afirmación rotunda: sé que esto existe, porque lo he visto. Si ustedes son de los que intuyen que la redención existe, por elusiva que parezca, esta novela se convertirá en un libro de cabecera. Si son de los que desconfían de esa posibilidad, bueno… Tal vez Earle sepa convencerlos. Y si no lo hace, ¿qué puedo decirles, además de que lo siento en el alma?
Kiko Amat
Prólogo de Kiko Amat para Knockemstiff
Ya está en la calle la novela de debut de Donald Ray Pollock, Knockemstiff, que ha traducido al castellano Javier Calvo -el mejor traductor del inglés al español que tenemos en el país- y publica Libros del Silencio. La novela lleva un extenso y apasionado prólogo de Kiko Amat donde habla de trailer parks, anfetaminas, inbreeding, pollos muertos, esteroides y zopencos, pero también de compasión, empatía, perdición y tragedia de la nada heroica. Y también de La Verdad, la que escribieron Harry Crews, Nelson Algren, Fante, Hubert Selby Jr. y muchos otros; y, ahora, también Donald Ray Pollock.
Pueden descargarse exclusivamente el prólogo en este lugar que les indicamos, pero sería terrible que no compraran la novela y se estremecieran con cada palabra de este gran libro de salmos y lamentaciones working class que es Knockemstiff. Una de las cosas más honestas, impactantes y magníficamente bien escritas que hemos leído en años.
Encontrarán también un fragmento del asunto aquí, en la página de libros (realizada sin afán de lucro) Sigue Leyendo.



