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Los violentos y los salvados: una charla con Donald Ray Pollock
Donald Ray Pollock erige en sus libros una Gran Verdad mediante fragmentos naufragados de su vida, poniendo sus entrañas extirpadas a secar y recubriéndolas de imaginación. Su debut del 2010, Knockemstiff, era una colección enhebrada de emotivas historias lumpen sobre su antiguo pueblo. El diablo a todas horas (Libros del Silencio, 2012) mezcla novela negra con monstruosidad y crueldad sureñas, estigmas sangrantes (propios y ajenos), redención y un impresionante retablo con lo peor y mejor de cada casa.
John Fante lo definió como La Verdad. “No quiero decir realidad autobiográfica”, decía al intentar describirla. “Es otra cosa. No sé cómo llamarla, pero es distinta de la autobiografía, y a la vez muy similar a ella”. Es difícil hablar de La Verdad; o la entiendes y eres capaz de distinguirla, o no. Pues esa verdad emocional existe, y le salta a uno a los ojos, uñas en ristre, al leer a determinados autores. Es esa narrativa llena de salvaje honestidad, confesión, compasión, brutalidad y humor, escrita en un lenguaje limpio, duro y hermoso, sin fingimiento, pomposidad ni afectación. Que se niega a guardar silencio (como decía el prólogo a Cuadernos manchados de vino, de Bukowski) “acerca de quienes más sufrían: los castigados, los pobres, los locos, los parados, los vagabundos en los callejones de mala muerte, los alcohólicos, los inadaptados, los niños maltratados, la clase obrera (…) Los agonizantes flacos y orgullosos”. Donald Ray Pollock posee la fuerza de la verdad, la que uno se arranca de las propias vísceras y anuda en eslabones de ficción, y esta vez la ha puesto al servicio de una adictiva, violenta y auténticamente emotiva historia sobre obsesión, fanatismo y sangre fácil en el Sur americano.
Harry Crews decía: “Me sedujo el crear mundos que nunca habían existido, pero también el enhebrar una sarta de mentiras que (…) terminaba siendo mucho más verdadero que lo que me había sucedido en la vida real”. ¿Podría eso aplicarse a tus obras?
Cualquier escritor de por ahí puede explicar el proceso creativo mejor que yo. Creo que cuando escribo entro en un mundo de sueños, pero, al igual que en los sueños, todo está influenciado por lo que ha pasado en mi vida. Mientras escribía los cuentos que figuran en Knockemstiff permanecí fiel a ciertas cosas, especialmente la pobreza y la reputación de lugar duro que tenía mi pueblo, así que el lugar resultó mucho más “real” para mí de lo que habría sido si todo hubiese sido inventado. En otras palabras, el libro tenía unos cimientos basados en la realidad, y alrededor de ella construí, como dijo Crews, “una sarta de mentiras”.
Crews también dijo que “la mejor narrativa casi siempre va de lo mismo: gente haciéndolo lo mejor que pueden con lo que les ha tocado en suerte, a veces actuando con honor, a veces no. A veces con amor y compasión y misericordia, a veces no”.
Creo que la mayoría de mis personajes encajan en esa descripción, pero probablemente la gran mayoría de personas en el planeta también lo hagan.
Al igual que Nelson Algren, Crews, Malcolm Braly o Edward Bunker hablas de los del fondo del cubo, pero lo haces con completa empatía. Incluso les tienes estima a los más pérfidos.
Sólo hay un personaje en El diablo… que me cae algo mal y es Teagardin, el predicador pedófilo. Me sería extremadamente difícil, quizás imposible, escribir largo y tendido sobre personajes que me siempre me cayeran gordos. Cuanto menos, siento simpatía por los que terminan siendo malos, porque, después de todo, yo les hice de esa manera.
Owen Jones, en su Chavs: la demonización de la clase obrera, afirma que los orígenes opulentos quizás no te impidan sentir empatía hacia los desfavorecidos por el sistema, pero desde luego sí dificultan tu comprensión de lo que piensan y las condiciones en que viven. Supongo que la razón por la que entiendes tan bien a tus personajes es que eres como ellos.
Bueno, sin duda me crié en un ambiente de clase trabajadora. Mi padre apenas terminó el octavo grado (2º de ESO) y luego trabajó cuarenta y dos años en una fábrica de papel. Tuvo la suerte de que la fábrica era un empleo sindicado. Sacó algo de dinero y gozaba de seguro de salud, y por eso, aunque mi familia tal vez se habría definido a sí misma como clase media-baja, eran ricos en comparación con algunos de los chicos con los que crecí.
Escapar del entorno es la médula espinal de Knockemstiff, y en El diablo… también hay sueños de fuga. ¿Era escapar de tu destino el pensamiento dominante de tus años obreros? ¿Hay alguien que quiera permanecer en Ohio?
En primer lugar, no creo que Ohio (aunque ciertamente no es un lugar atractivo ni glamuroso donde vivir) tenga gran cosa que ver con eso. Estoy seguro de que un montón de gente desearía escapar de la ciudad en España donde se crió, o de un mal matrimonio en Tokio, o un pésimo trabajo en San Francisco. Ohio sólo es el único lugar que conozco de verdad, por lo menos lo suficiente como para escribir sobre él. Es cierto que el pensamiento primordial de mis años en la fábrica de papel era la fuga, pero es que igualmente siempre he sido el tipo de persona que piensa que sería más feliz viviendo en otro lugar. Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no era el caso.
La redención es el epicentro de El diablo… Hay un montón de esperanza y necesidad de salvación. Les ofreces algo que no ofreciste a los personajes de Knockemstiff: la oportunidad de una vida mejor y un futuro más brillante.
Si he de serte sincero, lo que sucede es que cuando escribí El diablo… pensé más en el lector, y sé que a la gente le gusta encontrar al menos un atisbo de esperanza o de optimismo al final de un libro. Cuando escribí las historias de Knockemstiff no tuve en cuenta al público en absoluto, porque no creía que jamás fuese a publicar lo que escribía. ¿Hace eso que El diablo… sea un libro menos honesto? No lo creo. En todo caso, el lector se convierte en otra influencia de la narración.
Recientemente entrevisté a Steve Earle por No voy a salir vivo de este mundo y me dijo que los novelistas tienen que ser responsables, mostrar los aspectos positivos de las personas, no sólo la oscuridad. ¿Es algo que suscribes?
Bueno, estoy bastante de acuerdo con eso, pero tengo que admitir que no creo demasiado en cosas como la “responsabilidad del novelista”. Pienso que si el escritor se esfuerza para escribir la historia con honestidad, todo, bondad y oscuridad, acabarán mostrándose, al menos hasta cierto punto.
Algunos críticos cursis describen tu trabajo como “pornográfico”, sugiriendo que es cínico mostrar sólo los actos más horribles imaginables y las más bajas intenciones. Yo diría lo contrario: tu novela está llena de esperanza, porque la moraleja es que incluso en Meade, rodeada de lo peor, la gente logra actuar con bondad.
No escribo cuentos de hadas. Seamos realistas: aunque la mayoría de las personas suelen ser amables y cariñosas, unas cuantas son malas. Por añadidura, si alguien piensa que mi trabajo sólo muestra “los actos más horribles imaginables”, es que no se han puesto al día de la actualidad. Mis personajes ni siquiera se acercan a lo que los seres humanos son verdaderamente capaces en términos de las “más bajas intenciones”. Las cosas que escribo son ligeras en comparación con, por ejemplo, la masacre de veinte niños en una escuela de Connecticut hace poco.
Por la misma razón, en tu última novela se aplica castigo. A pesar de que los inocentes se ven perjudicados, los malvados no se van de rositas.
La gente debe responsabilizarse de sus crímenes, y creo que en última instancia la gente mala paga por sus pecados. No quiero ni pensar lo que el mundo sería si eso no fuese cierto. El castigo quizás no sea siempre la cárcel o la silla eléctrica o algún tipo de infierno en el más allá, pero al menos que anden con las almas podridas y nunca encuentren la paz.
Los finales relativamente agradables son tan fieles a la realidad como los malos finales. La vida real es una mezcla de los dos, ¿no te parece?
Considera la cantidad de historias reales que tienen lugar en el mundo, todos los días. Hay miles de millones de ellas. Algunas personas son bendecidas y otras no; siempre ha sido así. La vida no sería tan dulce si a todo el mundo se le asegurara un final feliz.
Te voy a preguntar algo que también le pregunté a Earle: Si, como Studs Terkel dijo, “la diferencia entre intérprete y artista es la afirmación del yo, el Aquí Estoy”, ¿Cuánto de ti hay en El diablo a todas horas? ¿O quizás hay un poco de ti en cada personaje? (esperemos que no en Teagardin).
Por supuesto. Incluso en Teagardin, joder. En el momento en que piensa en sentar cabeza en una vieja granja, y fantasea sobre sus hijos jugando en el patio al atardecer mientras él lee buenos libros en el porche… Eso es un pequeño pedazo de mí.
Venganza, secretos y culpa en El diablo a todas horas. Hay abundancia de las tres.
Bueno, la narrativa debe ofrecer conflictos para ser interesante y, como he dicho antes, no escribo cuentos de hadas. Muy pocos de nosotros somos santos. En algún momento la mayoría de la gente ha fantaseado con vengarse de alguien, ¿no? Si retirásemos las complicaciones (secretos, culpa, lujuria, venganza, etc.) la mayoría de historias no merecerían ser leídas.
Se te compara con frecuencia a Cormac McCarthy, pero para mí El diablo… es una mezcla de Harry Crews, Badlands y cualquier canción de Drive-By Truckers. Y el humor negro de Flannery O’Connor.
Me influencian muchas cosas, incluyendo música y las películas, o incluso algo que escucho por casualidad en la gasolinera. Me avergüenza que la gente me compare con Flannery O’Connor (¡especialmente por ella!). Sin embargo, McCarthy dijo una vez (parafraseo): “Los libros se hacen de libros”. Me parezco a otros autores, sin duda.
Última pregunta: ¿Has visto alguna vez morir de forma violenta a un hombre?
No violentamente. He visto a dos de mis amigos morir, pero ambos sufrían de cáncer. Odio decirlo, pero una muerte violenta habría sido mejor.
Kiko Amat
(Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista Rockdelux #314 de febrero del 2013)
Entre rejas
Novela carcelaria Examinamos algunas de las mejores obras de ficción sobre la experiencia carcelaria publicadas o traducidas recientemente, de Papillon a En el patio.
“Nadie quiere pensar en las cárceles”, aduce Jonathan Lethem en el epílogo para En el patio de Malcolm Braly. La cárcel es una de esas cosas que, como el departamento de oncología de los hospitales o la gestión de residuos no orgánicos, mejor apartar de la mente, pues preguntarse sobre ellas solo va a originar respuestas no jubilosas. La trena, trullo, mako o talego (el slang carcelario resulta especialmente fecundo) es el emplazamiento no-gozoso por antonomasia. Un mal asunto. Y asimismo, muchos autores han decidido plasmar la experiencia carcelaria en novelas o filmes. Algunos de ellos vieron en la prisión un marco excelente para traer a colación algunas de las más interesantes características de la condición humana: la amistad, la sumisión, el castigo, la culpa o el ansia innata de violencia. La cárcel como amplificador de pasiones, como laboratorio donde diseccionar los instintos (bajos o altos) del hombre. No sé si recuerdan aquel experimento que la Universidad de Stanford realizó en 1971, donde se colocó a veinticuatro estudiantes de clase media en un entorno carcelario fabricado ad hoc, distribuidos aleatoriamente en reos y guardias. Y cómo a las pocas horas de iniciar el experimento, todos aquellos voluntarios –conscientes de lo ilusorio del escenario- se habían deslizado cómodamente en roles de víctimas y verdugos. Incluso los psicólogos al cargo de la investigación terminaron comportándose como brutales alcaides de San Quintín. Stanford puso de relieve lo que sucede “cuando colocas a buena gente en un sitio malo”: cómo un entorno proclive al abuso y la degradación puede sacar lo peor de cada uno.
Quizás por esta razón, la cárcel es un caramelo literario al que muchos escritores son incapaces de resistirse. Algunos de ellos eran señores con estudios que imaginaron –ayudados por bibliografía y aseveración de la realidad- lo que debe ser vivir encarcelado, otros eran ex-presidiarios que buscaron legar en forma narrativa su experiencia dentro, creando a su vez algunas de las novelas más reveladoras de la literatura moderna. Fidedignas cartas desde el trullo, con sus caballeros y villanos, su altruismo y maldad, su sopor salpicado de ultraviolencia. “Un modelo para comprender aspectos de nuestras vidas”, como también sugiere Lethem. Un desagradable (aunque fascinante) microscopio por el que observarnos.
Las mejores obras carcelarias suelen incidir en los mismos temas, y uno de sus argumentos recurrentes es la amistad entre hombres. Las novelas carcelarias quizás sean -junto a los Dictators, Aterriza como puedas y el fútbol australiano- el artefacto más masculino de la creación: las propias constricciones del medio (imperativa segregación por sexos) provocan que todos sus protagonistas sean hombres. Esos hombres zafios y peludos se hacen amigos y se enemistan, y también -más a menudo de lo que ustedes creen- se enamoran. Si Stanford demostró que cualquier biólogo gafitas podía convertirse en un carcelero inhumano, En el patio de Howard Braly, Dura la lluvia que cae de Don Carpenter o La fábrica de animales de Edward Bunker exponen lo frágil que es el concepto “heterosexual” entre rejas. Una inmensa mayoría de reos sucumbe a los encantos del amor entre hombres, si bien –y aquí viene lo bueno- ninguno se considera “marica”. La homosexualidad carcelaria se plantea, así, como una desafortunada consecuencia de la ausencia de mujeres, pero, ¿es esto cierto? El lector sospecha que no. Don Carpenter ilustra mejor que nadie la paradoja del gay latente que yace en cada prisionero y, por consiguiente, en cada uno de nosotros (pues, sépanlo, todo el mundo puede terminar en la cárcel).
Ese amor bigo
tudo es uno más de los aspectos del paisaje carcelario que no escapan a la codificación. Al contrario de lo que uno podría imaginar, la cárcel es un entorno altamente moral, donde todo está prescrito en sólidos códigos de conducta honorable. Se trata de otra moralidad, sin duda, creada exprofeso para una vida de aislamiento y ausencia de libertad, pero es moral, al fin y al cabo. Esta ética-de-reo no siempre coincide con la idea del honor que impera en la calle, y solo puede entenderse entre rejas. Por supuesto, lo colorido y estructurado de esa moralidad interior se intuye como uno de los grandes hándicaps a la hora de reincorporarse a la sociedad. Después de tantos años sujeto a una ley, ¿cómo la canjeas por otra? Especialmente si muchos mandamientos de talego son el perfecto opuesto de su encarnación libre (como, por ejemplo, el énfasis en la preservación de la vida, inexistente en la cárcel). Del mismo modo, lealtad y honor, que en libertad son poco más que conceptos poéticos, se tornan entre rejas absolutos que marcan la distinción entre estar vivo o muerto. Nada intramuros es más importante que la lealtad, y no hay peor insulto que el de chivato.
La gran mayoría de estas novelas, empezando por la magnífica Papillon de Henri Charriere, pueden leerse, claro está, como una crítica al Estado y su sistema judicial y, en términos aún más generales, a la sociedad. Un sinfín de protagonistas de estas novelas (empezando por el propio Charriere) fueron arrestados cometiendo actos delictivos de cuestionable relevancia, y las razones de su internamiento obedecen más a mala suerte, injusticia inherente en el sistema capitalista, desigualdad racial o moral católica –en los casos de delito sexual- que a auténtica peligrosidad social. Por añadidura, el paso por prisión solo sirve para empeorar a los reos. Es casi un cliché, pero todas estas novelas coinciden en considerar la posibilidad de redención legal como un camelo. La cárcel no forja mejores personas, no redime sus delitos y no aporta ningún valor fundamental en cuanto a ejecutar un cambio de perspectiva o un inventario moral de los propios actos. Como resume Edward Bunker en su título, la prisión no es más que una “fábrica de animales”.
Bunker, Braly, Carpenter y los demás coinciden en señalar también otros aspectos periféricos de la experiencia: lo deshumanizador del aislamiento forzado, el ruido constante, el racismo automático, el pandillerismo forzado, las castas carcelarias, el estraperlo y el mercado negro y, muy especialmente, la drogadicción como escape principal del tedio. Un tedio imbatible y asfixiante que en ocasiones llega a convertirse en el peor castigo. ¿No es paradójico, entonces, que novelas que inciden de forma tan reiterada en el aburrimiento resulten lo opuesto de aburridas? El género carcelario, hoy revigorizado con tres nuevas traducciones al castellano, es un descubrimiento fascinante que conviene no dejar pasar.
Cuatro grandes novelas carcelarias
Henri Charriere, Papillon (RBA): La mejor novela carcelaria de la historia. Una prosa tremendamente sobria (casi sin metáforas) y rítmica, divertida y entusiasta como la de una novela de aventuras, narra la odisea de Papillon, condenado en 1931 a trabajos forzados en una colonia penitenciaria de la Guayana francesa. Zoología, aventuras, ciencia, soflamas antiburguesas… Como un Julio Verne taleguero y anarquista.
Malcolm Braly, En el patio (Sajalín Editores): Vonnegut dijo que era “la mejor novela carcelaria norteamericana” y Truman Capote alabó su autenticidad. Plagada de grandes personajes (Hielo Willy, Palo, Soledad Rojo, Gasolino…) y con un final que se lee sin aliento, En el patio quizás sea –realmente- la novela definitiva sobre la cárcel.
Edward Bunker, La fábrica de animales (Sajalín Editores): Otro clásico. Menos vivaz que la de Braly, escrita con el estilo adusto y casi forénsico de Bunker (autor también de Mr. Blue, No hay bestia tan feroz, actor en Reservoir dogs, etc.), es asimismo un documento excepcional de la experiencia carcelaria.
Don Carpenter, Dura la lluvia que cae (Duomo NYRB): Mi novela carcelaria favorita no fue escrita por un presidiario, pero en cuanto a pedazo de narrativa está a la altura de Ken Kesey o Joseph Heller, y es sin duda una de las mejores obras de los 60’s. Como un libro beat, pero en existencialista y amargo, repleto de emoción, acción y reflexión delincuente. Richard Price, George Pelecanos y Jonathan Lethem son fans: únanse al club.
Otras: Borstal boy (Brendan Behan), Bang to rights (Frank Norman), La canción del verdugo (Norman Mailer), Birdman of Alcatraz (Thomas Gaddis), Rita Hayworth and Shawnshank Redemption y La milla verde (Stephen King), La soledad del corredor de fondo (Alan Sillitoe), Un día en la vida de Iván Denísovich (Alexandr Solzhenitsyn).
Y dos españolas
Francisco Pérez Gandul, Celda 211 (Lengua de Trapo): Novela negra mezclada con En el nombre del padre y algún alegato contra la brutalidad policial. Se convirtió en la película homónima, pero la novela se sostiene sola. Una prosa dura que hace uso de jerga nada forzada y trama trepidante. Se lee de una sentada.
Lluc Oliveras, Confesiones de un gánster de Barcelona y El gran golpe del gánster de Barcelona (Ediciones B): True crime condal en estado puro. La historia real de Dani El Rojo, gólem rocanrolero y terror de sucursales bancarias, a lo largo de los años setenta y ochenta, entrando y saliendo de La Modelo como el que pasea por la Rambla. No es 100% carcelaria, pero cuando lo es, es insuperable.
Kiko Amat
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 22 de agosto del 2012)
El rockerazo de la fuca
Memorias Primera parte de las andanzas delictivas del célebre facineroso Dani El Rojo, azote rocker de los bancos barceloneses de los 80’s y frecuente inquilino de La Modelo.
Cuando Raymond Chandler escribió el prólogo para Bang to rights (1958), las memorias carcelarias del ex-criminal Frank Norman, no pudo evitar que un cierto desasosiego por la futura salud de las propias piernas y la facultad de moverlas a voluntad se vertiera sobre sus frases laudatorias. Uno puede perfectamente imaginar a Chandler –que, pese a la trama de sus novelas, no era un hombre de acción- atrancando puertas y ventanas tras entregar el prólogo, y escupiéndole a su esposa un tartamudeante “ha-haz las maletas, Cissy”.
Lo mismo, si he de decirles la verdad, estuvo a punto de sucederme a mí a la hora de escribir sobre Confesiones de un gángster de Barcelona. No saben la alegría que me inundó al comprobar que no sólo no se trataba de un mal libro (gracias, Dios mío) sino que de hecho era algo estupendo. Pues su protagonista, Dani El Rojo, fue a la sazón un dañino y legendario malandro barcelonés (mucho más que Frank Norman, puestos a comparar), y por muy reformado que esté – hoy en día lleva la seguridad de rockstars como Bumbury o Andrés Calamaro- sin duda todavía conserva frescos algunos de los expeditivos métodos que empleó para hacer cumplir su voluntad.
Confesiones de un gángster de Barcelona es un libro de memorias delictivo-carcelarias de aúpa, similares al Mr. Blue de Edward Bunker o la nombrada Bang to rights. Puro real crime que describe con gran crudeza y realismo el escalofriante descenso al Hades de su protagonista: cata la heroína cuando muchos de nosotros aún masticábamos palodul, roba insistentemente a su propia familia, le coge el gustillo a las timbas ilegales, se engancha cada vez más a los inyectables, empieza a atracar bancos, finiquita a un par de pájaros y, en tres ocasiones consecutivas, cumple penas de cárcel en La Modelo. Durante los periodos en que anda suelto, El Rojo no se dedica a fundar una ONG o cuidar minusválidos, sino que aprovecha para engancharse a nuevas substancias, estafar, sembrar enemigos y seguir entrando a sucursales bancarias fuca en mano y dando voces.
Su saga se cuenta aquí en toda su sordidez y trepidación. La prosa de Lluc Oliveras, rígida aunque utilitaria, cumple su cometido al servicio de lo crucial: la historia. Y la historia hace de estas Confesiones el mejor documento existente sobre la delincuencia 70’s y 80’s barcelonesa y las deficientes instituciones penitenciarias que la acogieron. Lo tiene todo: drogas, escopetones de cañón recortado y (algo de) rock’n’roll campando a sus anchas en una Barcelona misteriosa y aún no ramerizada. Va dejarles sin aliento, se lo garantizo.
Kiko Amat
Confesiones de un gángster de Barcelona
Lluc Oliveras
Ediciones B
602 págs.
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 23 de febrero del 2011)


