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En las Batallas #14: Cuando Barcelona era la calle Tallers

“Cuando tenía diecisiete años / Londres para mí era Oxford Street / Era un mundo pequeño / Crecí en un mundo pequeño”. Lo cantaban Everything But The Girl en “Oxford Street”, del álbum Idlewild (1988). Everything But The Girl eran un grupo pop de suburbio, fascinados por la gran ciudad, cantando desde los márgenes. Al escucharla hace unos días pensé lo mismo: que a mis quince años, Barcelona era la calle Tallers. Y la calle Riera Baixa. Yo era un niño de pueblo del extrarradio. El extrarradio: tan lejos, tan cerca. Siempre agarrando lo PEOR de todo. Sin el glamur de la urbe ni la quietud de la aldea. Ajenos al meollo del neón y los tupés y los bares extraños, pero también a la verdadera autosuficiencia de las villas aisladas: quiero y no puedo, todo el tiempo; sin grupos de rock’n’roll ni pubs musicales, ni cines había, en Sant Boi. Crecimos en un mundo pequeño. Era un lugar estrecho: descampados, Ferrocarriles Catalanes, el río, moreras, bares extremeños, Xibecas, la Bobila, jevis de La Cope, la muntanyeta, abajoelpueblo, punks y mods y skins y rockers, el bar del instituto, las calles mojadas y desiertas. Y Barcelona parecía estar en Groenlandia, de tan distinta que parecía, y a la vez casi la podías tocar con las yemas de los dedos.

En todo el tiempo en que no la conocí, a Barcelona, hice lo que hacen los niños con los lugares fantásticos de los libros y las leyendas: la imaginé. La fui parcheando con trozos de cosas que encontraba por ahí: un pedazo de letra de El Último de la Fila, otro de Brighton 64 (“ya no hay chicas en el bar de negros”), una imagen robada de un fanzine olvidado, una batallita contada por algún viejo mod loco (de 24 años; eso era viejo para mí, a la sazón), un artículo de El periódico sobre La Mercè de 1986 (mis padres no me dejaron ir), aquella crónica del Reacciones sobre una fiesta mod de la concentración Lloret-Barcelona de 1986 en Zeleste (mis padres tampoco me dejaron ir). A los quince soñaba con Zeleste, una y otra vez. Lo visualizaba como el paraíso en la tierra, abarrotado de chicos alados y rubicundos con camisetas de ciclista, en los altavoces la música pop más hermosa que pudieses imaginar, todo el mundo bailando el “Get on your knees”.

Y el sábado por la mañana, a los quince y dieciséis, empecé a coger el tren, a veces solo, a veces acompañado (pocas veces), y completé aquel mapa indio, hilvanado a base de piezas de cuero, con algunas exploraciones por mi propio pie. Mi psicogeografía en 1986 era limitada, y realmente Barcelona estaba hecha de cinco o seis calles conocidas rodeadas por la incógnita y el vacío. ¿Estaciones de metro? Solo conocía dos (Espanya y Catalunya), y el trayecto entre ellas podría haber transcurrido entre desiertos y dunas, selvas y estepas, pues nunca bajé a explorar.

Llegando de Sant Boi, Barcelona era un mundo grande, así que tuve que empequeñecerlo; para que cupiese en mis manos, no sé cómo decirlo. Barcelona era comprar tejanos Marlboro negros en la calle Tallers, donde la dependienta siniestra te manoseaba los muslos. Luego explorar las tiendas de discos de la misma calle (las importaciones Edsel, Kent y Bam Caruso de Castelló) y andar hasta Riera Baixa para visitar Edisons y Papermusik. El sastre (R. Ferran) estaba en la calle Hospital, un poco más abajo, así que también entraba en la ruta, si había dinero. Luego volvía hacia el metro pasando por Portaferrissa, a ver si en el Camello habían traído tejanas blancas (nunca las traían) y a mirar los Boppins del escaparate y husmear las chapas. En ocasiones también andaba hasta Flexor, que era la tienda que vendía Fred Perry de concesión española (Comercial Ebro), fabricados aquí; y que ni recuerdo dónde estaba. Todo me desorientaba. Era un mareo. Un giro equivocado y me encontraba en mitad del mundo perdido, rodeado de gente extraña, y tenía que preguntar hacia dónde estaba Plaça Espanya, por favor. La Plaça Espanya era mi meridiano, mi eje, mi astrolabio. Sin ella iba a la deriva.

Y yo era tan pequeño, en aquel mundo grande. Aún no comprendía los códigos, los emplazamientos, no me habían presentado a los moradores. Una anécdota que me enternece: en 1985 vi un cartel que anunciaba un festival de los de entonces, La Cresta de la Ola, en un sitio llamado Mercat del Peix, y tocaban Kamenbert, Brighton 64, Los Negativos, Wom A-2 y Nervios Rotos, y leí también que habrían puestos con chapas, fanzines y discos. Descartando poder acudir al evento, pues tenía catorce años (y mis padres no me habrían dejado ir), opté por conformarme con acudir alguna mañana de sábado a aquella tierra prometida, El Mercat del Peix, y surtir mi habitación adolescente de chapas y pósters. Ya imaginan lo que sucedió. Recorrí, acompañado por un vecino, una y mil veces las calles de la zona, rodeando un edificio vacío, buscando sin aliento una puerta que me condujese al otro mundo. No entendía lo que pasaba; ¿habían cerrado? Al final regresé a Barcelona con una piedra atascada en la garganta, los bolsillos vacíos, mi vecino mofándose de mí, la sensación aún borrosa de haber hecho el ridículo pero sin saber por qué. Por supuesto, no existía aquel lugar mítico. El Mercat del Peix solo era un recinto fantasma que había acogido un concierto puntual.

Poco a poco espabilé, pero tampoco mucho. A los diecisiete, aquel mapa lleno de vacíos, como los de los conquistadores del siglo XII, estampó nuevos archipiélagos y penínsulas en mi psicogeografía a medio hacer: el bar musical María, el Humedad Relativa, el KGB de la calle Alegre de Dalt, el Sot del Migdia, la zona de Hostafranchs donde estaba el Communiqué, un par de calles de la zona alta (¿Herzegovina?) donde vivían unos amigos.

La cosa siguió así durante cinco o seis años más. Como un explorador a bordo de su bajel, rumbo a lo desconocido, fui apuntando en mi mapamundi mental todos los nuevos lugares, pero sin integrarlos en un contexto coherente, sin colonizar las tierras intermedias. Todos aquellos bares y lugares (Definitivo, Societé, Ave Turuta, el Barbara Ann, el Badlands, el Ultramarinos, la casa del Mágico Víctor, la casa de Fernando, la casa de Uri, el bar América, el Rufino…) seguían siendo puntos conectados entre sí en mi diminuto y disperso plano privado de la ciudad, pero no obedecían a la organización callejera de una ciudad al uso. Nunca sabía si aquellos bares estaban al norte o el sur, nunca registré en qué barrios se alojaban. Tal vez se iban desplazando de uno a otro, como algo sacado de los viajes de Gulliver, como la isla de Laputa. Barcelona aún era un misterio fascinante para mí, y seguiría así hasta 1996, que fue cuando empecé a conocerla íntimamente y a tutearla y a atar cabos, a adentrarme por las rutas intermedias, a ponerle nombre a las cosas. Mi mujer aún recuerda los primeros días juntos, en 1996 y 1997, cuando paseaba con ella por calles y plazas y de repente me detenía delante de un bar (ya cerrado, o con nombre distinto), los ojos como platos y una sonrisa de niño, y me ponía a gritar: ¡El Ave Turuta! ¡Estaba en Gràcia, justo aquí, al lado de la Plaça revolució! ¡Qué bueno! ¿No es increíble? ¡Siempre estuvo aquí! Es fuerte, ¿no crees que es fuerte?

Y mi mujer me miraba con dulzura y me besaba, sin entender todos los años que anduve perdido por esta ciudad, ignorando lo que se escondía detrás de las esquinas, a ciegas por estos mundos de Dios, guiado por lazarillos de una calle a otra. Ella sin acabar de comprender del todo lo pequeño que fue mi mundo, cuando Barcelona era la calle Tallers. Cómo crecí en aquel pequeño mundo. Kiko Amat

En las Batallas #13: Bebiendo en las batallas

Vomitar siempre ha sido algo importante en mi familia. Cuando digo vomitar me refiero a vomitar de borracho, no por culpa de una gastroenteritis, y cuando digo mi familia lo que quiero decir es mis amigos y yo. Durante una época vomitábamos siempre, religiosamente, como si hubiésemos pasado una noche entera bebiendo chupitos de vodka al microondas. “Chupitos de vodka al microondas” era, de hecho, la metáfora que utilizábamos cuando queríamos explicar que anoche habíamos bebido de forma potencialmente dañina y desprovista por completo de placer. Y siguió siendo tan solo una metáfora, algo cómico que soltar en bodegas, hasta que un día mi amigo David la utilizó en serio para retar a un rugbista a una competición de beber. Las palabras clave aquí son: “rugbista” y “competición de beber”. David y el gigante (le pasaba un metro, y su clavícula era extensa como una de esas ballestas gigantes de Leonardo Da Vinci) se apostaron en la barra, y el barman les fue sacando chupitos de vodka recién calentados al microondas, y se iban oyendo ¡pings! uno detrás de otro, y nosotros jaleábamos y nos matábamos de risa, y a la media hora al rugbista se lo llevaban en camilla. David solo tuvo un par de arcadas cerca de un árbol, al salir del bar. Fue una gran victoria, aunque a David le costase tener que tomar un Omeprazol diario durante el resto de su vida.

Por aquel entonces vomitábamos en fuente porque habíamos bebido a mares, y aún no estábamos muy duchos en el manejo de la alquimia. ¿Cómo conocer tu límite si nunca lo has sobrepasado? ¿Cómo saber a qué profundidad está el suelo si nunca lo has tocado? Algunos no aprendemos hasta que nos raspamos la cara contra el arrecife submarino; son solo métodos de aprendizaje. Cuando al fin aprendimos dónde estaba esa barrera que no había que cruzar seguimos bebiendo de forma consistente y casi profesional, solo que ya sin vomitar. No recuerdo casi nada de lo que sucedió entre 1992 y 1995: algunas anécdotas se me entremezclan, de tanto hacer lo mismo en el mismo sitio y terminando igual de inmundo. Dormí en comisaría y ni me acuerdo. Me pegó un policía municipal y como si no hubiese sucedido. Cuando el juez me hizo levantar para explicar lo que había sucedido la noche anterior bizqueé y me quedé en blanco. Dos días después estrellé mi Lambretta contra un coche aparcado y salí despedido unos cinco metros, sin casco, de cara al asfalto: no sentí dolor alguno, pese a que el impacto me dejó la frente como cien gramos de steak tartare, ni recuerdo casi nada del aterrizaje (excepto la carcajada que solté al verme en el suelo). De speed rememoras cada indignidad, borracho no recuerdas ni jota: aún no sé qué prefiero. Para el video conmemorativo de mis cuarenta años algunos amigos relataron anécdotas de mi adolescencia, y la mitad ni me sonaban. Era como si las hubiese protagonizado otro señor. Mi mujer me decía: pero no te entristezcas, tonto. Ya no eres ese tío. Y yo le dije: Pero es que no sé quién es, ese tío. ¿De dónde salía? ¿Por qué estaba tan enfadado? Me gustaría hablarle, a él y a su extraño pasajero. Decirles a ambos que todo iba a ir bien, que no se pusieran nerviosos.

De entre los vomitadores, yo era el menos vomitador. Es la verdad. Mi madre me decía que era porque yo había sufrido una hepatitis de niño, y que por eso mi hígado lo aguantaba todo. Cuando decía esto lo decía llorando, no como un elogio, pero a mí me sonaba poderosamente como uno, y me faltaba tiempo para ir zumbando al bar a explicarles a los compadres el motivo de mi saque sobrehumano. Cada mañana mi madre dejaba un frasco de Boldosal encima de la mesa de nuestra habitación. El Boldosal era un medicamento para el hígado. Acabo de buscarlo: aún existe, pero se usa para la terapia biliar. Quizás mi madre se equivocó en el diagnóstico (era muy amiga de la automedicación), pero a mí me daba igual, porque aquella cosa era efervescente y me hacía eructar y algunos de los gases nocivos abandonaban mi estómago, al menos.

Lo peor siempre eran las mañanas. He sufrido algunas de las resacas más espantosas que ha visto la humanidad, quizás precisamente porque las toxinas alcohólicas nunca abandonaban mi cuerpo con un simple regurgitado: mi superhígado las raptaba para darles un buen palizón y hacerse el milhombres, a mi costa. Era como retener contra su voluntad a un montón de espías nazis que van a dispararte por la espalda a la mínima de cambio. Todas aquellas mañanas, levantándome con el crujido. El crujido de la bolsa de discos con la que me había encamado la noche anterior, tratando de evitar un inoportuno vomitón en las sábanas. Aquella bolsa de discos fue la única cosa con la que me encamé durante un buen tiempo. Hace un par de días, regresando de Madrid, me mareé en el AVE –desde que soy viejo tiendo a marearme en todas partes- y pensé en aquellas bolsas crepitantes de Kebra y Castelló, espachurradas debajo de mi trasero cada maldita noche. Aquel sonido, que al principio parecía de grillos y luego te dabas cuenta de que no tenía nada que ver con grillos. Gusanos, si acaso. Gusanos momia flotando en lagos de mezcal.

En aquel AVE también pensé en todos los viajes de vuelta del campo de batalla nocturno (regresando del Carmelo, Vilanova, Sants, Gràcia, Viladecans), cuando teníamos que saltar casi en marcha de autobuses y ferrocarriles porque estábamos a punto de vomitar encima de alguna anciana, sudor frío en la frente y color Pato WC en las mejillas y tembleque de manos, una cosa horrible, todo aquello. Una depresión taquicárdica. Vomitando en parterres como chuchos sarnosos sin raza ni collar ni amo. Noches felices, mañanas tristes: el axioma más subnormal que he conocido. Y por las mañanas nos preguntábamos los unos a los otros: ¿Ayer llamaste a Raúl? Lo decíamos así: RRRRRAAAUULGLGL. Porque era un nombre-onomatopeya y sonaba a horrible náusea, y todo esto se suponía que tenía que ser divertido que no veas. En ocasiones, el desajuste etílico nos provocaba terribles diarreas, y estas se unían a las vomitonas en lo que llamábamos “El baile del doble surtidor”: sentados en la taza del váter mientras vomitábamos en el bidet, o en la bañera. No perdíamos el sentido del humor, pese a las numerosas razones que se nos ofrecían para hacerlo.

Y en cada comida de domingo mirábamos fijamente, mi hermano y yo, la bandeja de los langostinos que daba la vuelta a la mesa, persona a persona, hasta que se plantaba delante nuestro, y todas esas gambas nos observaban con descaro, los ojos saltones y las antenas patitiesas, como diciendo: “Cómeme. Si tienes huevos”. Y mi madre nos miraba con preocupación y nosotros allí, con nuestra blanca palidez. Bebiendo como si estuviésemos en guerra con alguien. Bebiendo como por venganza. Bebiendo en las batallas. Kiko Amat

En las Batallas #12: Fresas, o una historia de amor químico

Hace un par de semanas terminé PIHKAL; a chemical love story, un libro de Alexander y Ann Shulgin. El título es un acrónimo de “Phenethylamines I Have Known and Loved” (“Fenetilaminas que he conocido y amado”), lo que ya debería darles alguna indicación sobre su contenido. En él, una pareja –él científico, ella no- se enamora y empieza a probar todos los psicofármacos conocidos por el hombre, más algunos inventados para la ocasión. Fantástico. Lo gracioso del asunto es que su acercamiento a la experimentación psicofarmacológica consiste, en esencia, en hacer lo opuesto de lo que mis amigos y yo hacíamos a los dieciocho. En el libro, el gurú y su discípula toman una dosis matutina (de TMA, por ejemplo, procedente de una fuente ratificada) con zumo o agua, y proceden a gozar la jornada en un entorno seguro, comparando sensaciones y tomando notas. Cuando alguna droga tiene efectos adversos, se registran. El sabio controla picos y valles, para así ajustar los cambios sensoriales, y prever en qué punto del ciego van a producirse. Ocasionalmente también chingan. Una vez empiezan a diluirse las reacciones al compuesto, los dos debaten seriamente si procede añadir una dosis extra para culminar el viaje, o por el contrario es mejor permitir que los efectos se desvanezcan con naturalidad. Nunca hay pánico, destrucción o desaconsejables telefonazos nocturnos al jefe (“¿Usted también ve desde allí el Kraken llameante, o soy solo yo?”).

Bueno. En Sant Boi no lo hacíamos así. Nuestro cuadro operacional consistía en pillar cualquier cosa (cualquiera) que nos vendiese cualquier sinvergüenza al margen de la ley, y sin hacer preguntas. Una vez el ácido llegaba a nuestras manos, procedíamos a engullirlo con brusquedad en mitad de la noche, en el emplazamiento más desaconsejable posible, inundando los estómagos con lagares de cerveza y sin prestar la menor atención a composición o potencia. En la época de los tripis, de hecho, la única clasificación orientativa estaba basada en los dibujitos del dorso (Gorbachev: flojos; Bartsimpsons: ves nazis por todas partes; Yinyans: ectoplasmas de antepasados en cueros, etc.), sin reparar en lo absurdo y aleatorio de aquel método no centralizado. Cuando el fármaco parecía “bajar” se procedía a repetir de lo mismo en una dosis triplicada. En caso de que el malandro de antes ya hubiese sido conducido a comisaría, se pillaba sin pestañear cualquier otra cosa que estuviese en un campo psicofarmacológico vagamente cercano. A continuación, uno procedía a desbarrar y perder la razón por estos mundos de Dios, acompañado de varios sujetos en peor estado que uno, sin anclaje alguno a la realidad ni voz neutral que marcara el camino, durante el máximo número de horas posible y sin decir más que paridas. ¿Tomar notas? Decididamente no. ¿Chingar? Menos mofa, caballeros.

En esas estábamos cuando hicieron su aparición las Fresas. Llegaron el verano del 92, que fue el mejor verano de nuestra vida y, precisamente por ello, casi acaba con nosotros. Se trataba de un psicodélico potente (explicó el delincuente de turno tras el canje monetario), y como tal fue recibido en la pandilla: con honores que suelen dedicarse solo a los grandes dignatarios. Las Fresas –nos repetíamos, eufóricos y expectantes- iban a ser la cúspide de un año dedicado a engullir bioquímica alteradora sin ton ni son; la guinda tóxica en el pastel neuronal de nuestra estupidez. Y así fue, ¿saben? Por una vez en nuestra perra vida, las expectativas se correspondieron con la realidad. El puñetazo psíquico que nos arreó aquella pócima fue algo parecido a una trepanación quirúrgica del Medioevo.

De repente, nueve o diez adolescentes de extrarradio, skins y mods, lo más lejos que se podía estar del amor y la paz sin formar parte de la familia Manson, regresaron a un estadio anterior de la humanidad. Un estadio bonito, gregario y primitivo, el instinto comunal de autopreservación mística que poseían los cazadores-recolectadores de la prehistoria. Se disolvieron los espacios físicos, y tanto las distancias como el tiempo sufrieron una alteración capital. Nos sorprendimos de repente abrazados en la puerta de un bar, frotándonos las espaldas los unos a los otros, incapaces de desmembrar la tribu. A ello le sucedió un segundo de lucidez: teníamos que emprender el camino, movernos hacia las grandes praderas donde mora el búfalo. Sin embargo, cuando tratamos de mover la cuadrilla al bar de al lado (que estaba a menos de cien metros), vimos cómo de repente el establecimiento procedía a alejarse hacia el horizonte. Fuuuush. Se lo juro. Igualito a como lo pintan en las películas de ciencia ficción, en bucle helicoidal. Lo que sucede cuando estás a punto de irte a otra dimensión, o viajar en el tiempo; lo que realiza el Halcón Milenario cuando le pisan al turbo, vamos.

- Nunca llegaremos –dijo el Einstein, que era uno de los nuestros- Está demasiado lejos.

- Tenemos que intentarlo, tíos –dije yo, en modo Amundsen, entrecerrando los ojos y aferrando un imaginario piolet.

Nos pusimos en marcha por la calle, ahora kilométrica. Tardamos días, meses. En parte porque parábamos en cada portal oscuro, como si fuese la aventura más prodigiosa a la que podíamos enfrentarnos (“¡No entres, Einstein!”, le berreábamos, fuera de nuestras casillas, “¡Tenemos que rescatarlo, chicos!”), en parte porque a cada paso nos agarraba un ataque de risa que temblaba el misterio.

Finalmente llegamos al bar, donde un par de compinches (que también habían tomado Fresas) estaban intentando beber de un vaso. Un vaso pintado en un cuadro de la pared. Lo habían descolgado e intentaban saciar su sed de este modo, ante la mirada estupefacta del dueño.

- Dios, creía que nunca llegábamos –reí, meándome encima.

- ¿En qué año estamos? ¿Cuantos días hemos tardado? –rió el Einstein, ahora Rip Van Winkle, meándose encima.

- Diez minutos –rió el que estaba bebiendo del vaso pictórico, meándose de risa y esgrimiendo su reloj- Quizás un poco menos.

Estuvimos así hasta que amaneció. Diez años después.

Nunca supimos qué nos había golpeado hasta que, hace un par de semanas, leí lo que sucedía tras ingerir MDOH (100 miligramos):

“Eran las 8:38 y yo sabía intelectualmente que sólo habían pasado veinticinco minutos desde que noté los primeros efectos. Pero parecían veinticinco días”. Kiko Amat

En las Batallas #11: El honrado gremio del robo

Hace diez años, cuando vivía en Inglaterra, fui miembro de una organización criminal. No es algo de lo que esté particularmente orgulloso, pero como “he venido aquí a humillarme”, que dice Jabois, no me queda más remedio que contarlo.

Para entender el tipo de organización criminal de la que formé parte, primero tienen que comprender cómo funciona una tienda de discos de segunda mano. Les contaré solo lo relevante: cuando usted vende discos, el comprador (buyer) realiza una estimación de su coste y, tras entregarle su comisión del 30%, los registra en la tienda (Ej. “Batch 324: Tito Cifontes. 10 LPs – 30 libras. Comprador: K.Amat”). Ese batch se desgrana más adelante en discos que se ponen a la venta con su PVP individual. A más batches sea el comprador capaz de adquirir, más beneficio para el establecimiento.

A no ser, por supuesto, que un sindicato mafioso esté controlando la tienda. Yo no sabía nada de esto cuando entré, porque inicialmente uno es contratado como part-timer, y estos solo realizan faenas pesadas: servir a los clientes, pasar la aspiradora, hacer cientos de tés, ser humillado en público cada vez que se hace uno un lío con la lengua vernácula, etc. Pero entonces llegó el día en que me hicieron buyer, y pasé a comprar discos. Quiero dejar claro que no me convertí en el enloquecido Harvey Keitel de Teniente Corrupto de la noche a la mañana. Al principio era un empleado perfectamente honesto, y ni se me pasaba por la cabeza empezar a birlar todo lo que no estuviese remachado al suelo. Deambulaba por la tienda con una bobalicona sonrisa de gratitud en la boca, mientras a mi alrededor se desarrollaba (sin que yo me enterara) un escenario digno de Uno de los nuestros.

Hasta que un día un amigo me llevó aparte, y entonces descubrí con gran estupor la razón de todos aquellos cuchicheos alrededor de la máquina de café, y la razón por la cual todo el mundo blandía en el pub billetes de 20 libras con total abandono (como si les hubiese tocado el Gordo), y también por qué razón uno de los empleados conducía un Ferrari. No es broma: un peón cualquiera, al volante de un puto Ferrari. Que encima aparcaba delante de la puerta, con completa desvergüenza gansteril, para que lo viesen bien los jefes.

La razón era la siguiente (me dijo aquel amigo, ahora ya con un tono decididamente siciliano en su voz): el “sindicato” había ideado un sistema para registrar menos discos por cada batch comprado. Es tan sencillo y genial que aún hoy me sorprende. Los discos sobrantes simplemente no existían, a efectos legales; no estaban realmente allí, a pesar de que uno los estuviera sosteniendo en las manos. Imaginen ahora lo que sucedería si realizasen ese timo en cada transacción. En efecto: terminarían poseyendo mágicamente cientos de discos extra al día. Y aquí viene la perla: al final de la jornada, el Sindicato agarraba esos cientos de discos inexistentes y los revendía a la tienda con un nombre de vendedor falso. La operación era tan relajada que incluso había espacio para el humor: los nombres falsos solían ser de rockstars inglesas, y las direcciones deliciosos ejercicios de imaginación: Pete Townshend, Paedophilia Road 14… Y así, poco a poco se iba arruinando el establecimiento, a la vez que los buyers adquirían dinero extra en metálico y crecían imparables sus colecciones discográficas por estanterías y moquetas, como metástasis vinílicas. ¿Recuerdan aquel momento en Uno de los nuestros, donde los chicos listos se apropian del restaurante y revenden toda la mercancía por la puerta de atrás? Pues igual. Peor.

Ustedes podrán decir que esto que acabo de contarles es repugnante e inmoral, y no les faltará razón; yo pensé lo mismo a menudo mientras encendía mis puros con billetes de curso legal. Y sin embargo, los argumentos que el Sindicato esgrimía -con propagandística constancia- para justificar lo legítimo del plan no carecían de una asquerosa y convincente validez: los empleados cobraban una miseria, la tienda era propiedad de un millonario norteamericano (miembro de una secta, encima) y los vendedores de a pie (los señores que traían sus discos) nunca salían perjudicados, porque siempre se les entregaba la comisión debida. Y, en cualquier caso, la mayoría de esos vendedores eran también ladrones. El Soho entero era como una gran cueva de Ali-Babá: empleados de Kiss FM y la BBC robaban discos promocionales de la radio, que venían a vender a nuestra tienda, de donde nosotros, tras adquirirlos, los volvíamos a robar. Era un círculo vicioso del hurto, como el ciclo de la vida de El rey león. Nadie estaba limpio, créanme.

Lo más gracioso de todo ello era la inocencia del management; uno realmente se pregunta cómo llegaron los ingleses a poseer un imperio. En alguna ocasión habían pillado a algún gángster con excesivas deudas de juego emergiendo de la tienda, bolsas llenas de discos y bolsillos a rebosar de billetes, pero nunca se sospechó que la manzana podrida hubiese infectado al resto del cesto. A la mañana siguiente, el gran desfalco volvía a empezar, como si nada.

Huelga decir que nunca les pillaron. Por lo que sé, aquella liga de caballeros debe estar poniendo en práctica el viejo sistema en estos mismísimos momentos. ¿Quién dijo que el crímen siempre acaba pagando? Lo único que aquel crímen pagó fueron cientos de rondas de espumosa Guinness en el pub esquinero. ¡Una para mí, amigos de lo ajeno!

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el último número de la revista Barcelonés. Pese al cierre de la publicación, la serie En las Batallas continuará en Bendito Atraso)

En las Batallas #10: Veneno en la piel

No es una cagada de gaviota, ¿de acuerdo? Es un Spiderman. Salta a la vista. Es un Spiderman según lo dibujó Todd McFarlane, el dibujante más espantoso que ha existido nunca. ¿Por qué decidí tatuarme su versión? Fue otra genial idea típica de un mundo que erigimos sobre aguas turbulentas: mis años ochenta. El que empezó la moda fue mi amigo D, que era un skinhead apuesto y de tez aceitunada. Un día se presentó en el bar con un tigre en el brazo. Un tigre tatuado, no uno de verdad (aquello era imposible de confundir con un felino real: la fotocopia de fotocopia de un tigre bajo una palmera, según lo interpretaría un niño disléxico y daltónico). Su mala suerte fue que, ¿el día que nos lo enseñó? Le había brotado un grano de pus en plena palmera. Las bromas sobre el coco de la palmera no se hicieron esperar, y se prolongaron durante los cinco años siguientes. En ese periodo, mi amigo D añadió a su piel un elenco de los tatuajes más desaconsejables jamás realizados: un búho, un mago Merlín con una bola de cristal, un tribal enloquecido… El búho, por cierto, era realista -no anagramático del northern soul- pues D era un skin árabe ecologista que miraba somormujos en su tiempo libre. Es broma; no era árabe de verdad. Pero sí skin y ecologista, que ya es suficiente cruz.

En fin. Cuando vi los tatuajes de D, decidí tomar el camino contrario al que me estaba señalando mi cerebro (“Nunca te hagas algo así, imbécil”). Unos años antes había visto otros tatuajes, en Cartagena, cuando hacía la mili. Los reclutas más delincuentes de mi cuartel se fabricaron una máquina de tatuar con un motor de Scaléxtric, un bolígrafo Bic y una aguja de coser (literalmente) y empezaron a inscribir gárgolas deformes en troncos ajenos. Un amigo mío de Rubí se dejó tatuar un “águila” en el pecho. Pongo comillas porque, no hace falta que se lo diga, aquello no parecía un águila, sino un croissant tras un grave accidente de motocicleta.

Después de haber visto aquel “águila”, el tigre de D me parecía algo sacado de la Capilla Sixtina, así que me dije: voy a tatuarme algo así de molante en el omoplato derecho, caramba. Decidí hacerme un Spiderman, porque me gustaba Spiderman. Unos años más tarde lo racionalizaría de forma más cool, pero hoy no estoy aquí para mentirles: me gustaba Spiderman y se acabó; qué quieren que les diga. Cuando mi madre lo vio me dijo algo que repetiría incesantemente durante los veinte años siguientes: Ai, boget. La ignoré y volví a contemplar en el espejo aquella maravilla-con-telarañas mía.

El Spiderman, alias Cagada de Gaviota, había sido tatuado por un señor francés -sin duda buscado por la gendarmería- que tenía un estudio en la calle Argenteria. Pascal, se llamaba. Paseé el Spiderman de Pascal por las playas más lumpen del Baix Llobregat, despertando asombro y envidia a mi paso. En el Playafels de la época, los únicos que lucían tatuajes eran ex-presidiarios, gitanos o marineros. Un tío tatuado, aunque fuera con el excremento de ave zancuda que exhibía yo, hacía girar cabezas a su paso, créanme. Parece imposible de imaginar hoy, cuando incluso las amigas de mi abuela van tatuadas, pero así era.

En cualquier caso, el éxito de Spiderman Inmundo me llevó a buscarle compañía. El tatuador escogido esta vez fue otro fugitivo de la ley francesa llamado Philipp, y su estudio –cuando acudí a mi cita- estaba lleno de nazis imberbes dejándose pintar postales vikingas, cruces célticas y recuerdos del Reich. Supongo que Chez Philipp se consideraba país neutral, de otro modo no entiendo por qué no me sacudieron. Quizás no consideraron mi Peter Pan una seria amenaza de cara a la revolución nacionalsocialista. Han oído bien: era un Peter Pan de Disney, en jarras. Con la leyenda FOREVER YOUNG. ALL OR NOTHING enmarcándolo bien en mi bíceps, para que nadie dudara sobre su razón de ser ni nos faltara qué leer en momentos muertos.

Si piensan que aquello fue el último clavo de ignominia que laceró mi dermis juvenil, se equivocan. Aún tuve el ánimo de hacerme otro, en plena zona lumbar. En este caso, honrando la tradición chola de mi pueblo, opté por grabar eternamente el nombre de mi actual mujer (entonces aún novia en pruebas). Decidí grabarlo en japonés, por si acaso la moza me dejaba y tenía que inventarle un nuevo significado a aquel galimatías durante el resto de mi vida (“Os digo que aquí pone Chop Suey, leches”). No sé por qué me dio por hacerlo en japonés; nunca me ha interesado especialmente su cultura nacional. Para colmo le caí mal al tatuador, y el hombre torturó mis carnes con una saña inusitada. El muy desalmado llegó a decirme: “¿Te duele esto? Me alegro”. Pasé siete años desconfiando de lo que aquel sádico había escrito en mi piel (“¿Será de verdad Chop Suey?”), hasta el día en que le descubrí mis lumbares a Kay (de Comet Gain) y ella (tras el shock) deletreó, fonema tras fonema, el nombre de mi esposa. Menudo peso me quité de encima.

Aquello debería haber sido el final, pero no lo fue: aunque parezca incomprensible, me tatué seis veces más. Alguna gente no aprende nunca.

Kiko Amat

(Esta décima entrega de la serie En las Batallas fue publicada originalmente en la revista Barcelonés de mayo. La fotografía no es de mi Spiderman; este lo saqué al azar de Internet. El mío es mucho, mucho, infinitamente, peor)

En las Batallas #9: El nitrato atómico

Todo empieza con la singular propuesta que me hace Conocido Lejano X. Dicho Conocido Lejano X, con quien mantengo una relación de estricto hola-y-adiós, me atrapa una mañana en mitad de la rúe cuando regreso de acompañar a los niños al colegio y, aprovechando mi torpor matinal, consigue enredarme en una transacción de compra de bienes por internet. Su excusa es que no entiende el inglés, lo cual debería haberme hecho sospechar de inmediato (la página de Checkout no es precisamente Beowulf). Sin embargo, acepto, porque soy un alma caritativa.

Como había olvidado por completo nuestra cita, cuando le abro la puerta aún llevo puestos unos calzoncillos largos con aparatosa bolsa de sujeción testicular que, lo veo ahora, pueden conducir a engaño respecto a mis auténticas medidas genitales. El momento “cámara oculta” acontece cuando el tipo se sienta delante de mi ordenador y, tras teclear el destino, aparecen en pantalla varios modelos de pollas plásticas. Él suelta una risilla y murmura, innecesariamente: “Es una sex-shop”. Luego se dirige a la sección de popper y me indica que desea comprar varios botes del mismo, y añade una somera explicación sobre la legalidad del producto en cuestión. Mi respuesta, admito que poco meditada considerando el contexto, es la siguiente: “Me vas a contar a mí lo que es el popper, hombre”. El tipo vuelve la cabeza, se detiene un instante en mi engañoso bulto meridiano, y entonces reparo en el patente contenido homoerótico de la situación.

Por supuesto, nada sucede. El amor uraniano no se cuenta entre mis numerosas desviaciones. Por añadidura, la táctica de aquel Conocido Lejano estaba basada en una suposición errónea, a saber: que yo relacionaría la ingesta de popper con la visión de adultos vellosos probando coloridos métodos de inserción rectal. Nada más lejos de la realidad. El popper llegó a mi pandilla durante el invierno de 1993, en el páramo comprendido entre la anfetamina y el éxtasis, y el efecto buscado era puramente estupefactor. Siguiendo la costumbre de nuestro clan, el acercamiento a la substancia fue poco moderado: un día no sabíamos qué era, al siguiente lo estábamos utilizando a toda hora, como si fuese un suplemento vitamínico.

Pero les aseguro que el popper es el perfecto antónimo de las vitaminas. Para aquellos de ustedes que no hayan pasado por la singular experiencia de consumirlo, el popper es un compuesto químico (nitrito de amilo, por norma general) que la gente decente utiliza para tratar la angina de pecho o mejorar la combustión en motores de aeromodelismo. Tiene un color amarillento translúcido, y viene en unos botecitos minúsculos que pueden adquirirse en sex-shops (no vayan a tiendas de aeromodelismo). ¿Qué hace esa basura, me preguntan? Fácil: ustedes se la aplican a las napias y le atizan una fuerte esnifada (solo oler, insensatos, que no son gotas nasales). En diez segundos escasos el mejunje se asimila vía pulmonar y relaja las paredes de los vasos sanguíneos. La sangre empieza entonces a circular como un río fuera de su cauce, y todo ese insensato caudal inunda a traición cabeza, cuello y válvulas cardíacas. En treinta segundos ya tiene uno encima lo bueno: mareo y desorientación puntuales, seguidos por una explosión atómica en el cráneo, de ahí a un tipo muy particular de euforia tintada de pánico, y finalmente (como consecuencia directa de ello) un bárbaro ataque de risa. Es como la trepanación cerebral más divertida del mundo. En un par de minutos ha pasado todo, permaneciendo solo una leve náusea y, si vamos repitiendo la operación, una jaqueca espeluznante. Personalmente, nunca noté que le sucediera nada fuera de lo común a mi ano: ni se relajaba, ni cantaba hits de Enya, ni expulsaba volutas de humo, así que me veo incapacitado para darles la versión homosexual de la práctica.

Para nosotros se trataba tan solo de un euforizante barato y efímero. Nos apostábamos en la puerta de algún bar y nos pegábamos mucho los unos a los otros, y entonces íbamos inhalando del bote por turnos, como los bichos con trompa de El almuerzo desnudo, sin notar frío ni leches. Ocasionalmente, para multiplicar el vértigo, nos apretujábamos seis o siete tipos en un retrete (a más gente, más claustrofobia) y realizábamos allí la comunión química. La cosa era tan divertida que, como decía, no supimos parar. ¿Nos invitaban a una cena? Allí íbamos con nuestro botecito del humor y la asfixia, turnándonos para ir arreando inhalaciones clandestinas mientras el resto de invitados procesaban sus alimentos.

Comensal Pérez: Pues sí, parece que finalmente a mi madre van a tener que extirparle un riñón. Le detectaron un pólipo…

K (interrumpiéndole): ¿Me disculpas un momento?

K desaparece debajo de la mesa. Ensordecedor sonido de succión industrial. Reaparece con cara de muppet epiléptico, el pelo de punta, los ojos en espiral y la tez marmórea.

K (secándose los mocos con la manga): Perdón. Snurfs. ¿Decías?

Comensal Pérez (no dando crédito a sus ojos): T-te comentaba que a mi madre le van a extirpar…

Pasan 40 segundos. K se echa a reír como un endemoniado, agarrándose el cuello con ambas manos y desencajando la boca y pegando cabezazos sobre la mesa. Les echan del restaurante a patadas. Vuelven a empezar.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en la revista Barcelonés #19 de abril del 2012. Esta es la novena entrega de la serie En las batallas)

En las Batallas #8: El día que me cagué en los pantalones

El día que me cagué en los pantalones yo no debería haber estado allí, eso para empezar. Fue en un Purple Weekend, en León, hacia 1996. Yo había dejado de ir al Purple Weekend hacía años, pero en 1996 pesaba 49 kilos y estaba loco, tomaba muchas drogas y bailaba sin camiseta en discotecas extrañas. Me daba igual ocho que ochenta, así que agarré un tren y fui hacia allí, con ganas de ver a mi amigo R y tomar un montón descabellado de Centraminas.

El día que me cagué etc. había una fiesta en una disco. Los asistentes eran un montón de mods con cardados freakbeat y andares de porcelana, y justo allí en medio (¡Sublime coincidencia!) decidió apearse un escuadrón de nazis del Real Madrid que regresaba de un partido fuera. Supe temprano que iban a caer puñetazos, porque a) Soy de Sant Boi y b) Había tomado un montón descabellado de anfetaminas. Si llego a ser un estudiante gerundense enchufado de éxtasis hubiese estado triscando como un cervatillo en busca de su arroyuelo cuando empezaron las hostilidades, pero el sulfato multiplica por cien la visión de campo (y la paranoia). Me fue fácil deducir que el grupúsculo hincha estaba a punto de atacar, porque señalaban enfurecidos a un amigo mío de Lleida que había decidido reafirmar su pasión ye-yé luciendo una linda camiseta del Barça 1973/74. Los nazis habían insinuado sus opiniones con algunos codazos previos, pero mi amigo seguía bailando y sonriendo, un Cruyff hippie en mitad del ciclón. Sentí que me correspondía a mí alertarle del grave peligro que acechaba, y estaba ya entregando el mensaje cuando se nos acercó un nazi enano y, agarrándonos a cada uno por el cogote, hizo que nuestras cabezas chocaran.

¡Clongg!

Nos quedamos los dos paralizados, frotándonos la frente mientras aquel joven conservador escupía un breve resumen del caso (solo entendí la palabra “provocación”). Tras el shock, estuve un instante ponderando lo sucedido. En mi pueblo, aquel nacionalsocialista bajito nunca hubiese visto el día de mañana: mis amigos le hubiesen sepultado en un Heysel de patadas y mandado a la UVI. En el club aquel, sin embargo, la música continuó, y los chicos esbeltos siguieron contoneándose extasiados en la pista, y nuestro agresor volvió ileso a su lado de la discoteca. Por fortuna o desgracia, mi amigo R había visto el asalto, así que se acercó hasta allí acompañado de unos cuantos agentes de seguridad e invitó a los nazis a abandonar la sala. Aunque accedieron, yo sabía que no terminaría así la cosa, porque a) Soy de Sant Boi y b) Aún no se había derramado sangre. La fiesta continuó, mi cauto amigo leridano se marchó a la pensión, y yo me quedé allí, una rata anoréxica rodeada de felices vacas pastando, sabiendo que los chacales esperaban fuera.

Así fue y allí estaban, en marcial formación bajo la luna, en el parking desértico del club, cuando finalizó el guateque. El sacrificio que reclamaban (berreó su portavoz) era solo mi amigo R, por delator, pero yo fui con él porque a) Soy imbécil y b) El resto de gente estaba ocupada mirándose los zapatitos, como si aquello no estuviese sucediendo. Se formaron dos equipos: por un lado, diez tipos de cabeza rapada y puños prietos. Por el otro, mi lánguido amigo R, un par de mimbres melenudos con claveles en las orejas que habían acabado allí por error, y yo (que era una piltrafa lamentable).

Lo primero que noté fue aire silbante en mi oreja. Inicialmente lo achaqué a la brisa leonesa, pero al momento comprendí que acababan de lanzarme un ladrillo a la cara, y que no me había dado de milagro. Estaba a punto de afearles su conducta cuando se escuchó un ¡SIEG HEIL! aterrador, acompañado de un feroz ¡ARRIBA ESPAÑA!, y los diez echaron a correr. Hacia donde estábamos, maldita sea, no en sentido opuesto. En los dos segundos siguientes tropecé y besé el suelo, sentí un par de patadas en el bajo vientre, mis intestinos se aflojaron con un plof sordo y húmedo, noté el peso de la caca en los calzoncillos, me preparé a morir (aunque no dignamente: el zurullo que anidaba en mis jeans blancos imposibilitaba esa opción) mientras una tristeza terrible invadía mi cuerpo.

Fue entonces, yo hecho aún un ovillo excrementicio y lloroso en el asfalto, cuando escuché los gritos de guerra que invadían el parking. Levanté la cabeza y, mientras trataba de ponerme en pie, lo vi: el séptimo de caballería, al rescate. Un contingente de amigos asturianos y vascos, irreductibles e izquierdosos, que desperdigaban a los nazis (de puro terror) y que, una vez seleccionados los hooligans favoritos, procedían a administrarles un severo correctivo personalizado, estilo aldea gala. Eso es lo último que recuerdo: mi amigo gijonés L, que en aquella época iba de punk 77 y llevaba el cabello oxigenado, sosteniendo al nazi bajito contra un coche y arreándole una maravillosa serie de puñetazos en la puta cara. Años después del día en que me cagué en los pantalones, el L me dijo ”Aquella noche ganamos”, y yo, a pesar de mis jeans irrecuperables y de la humillación sufrida, tuve que darle la razón. Si cierro los ojos aún puedo ver aquella noche, los nazis huyendo aterrados mientras los míos les pateaban el culo. Es bonito cuando ganan los buenos; aunque solo suceda muy de vez en cuando. Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en la revista Barcelonés #18 de marzo del 2012)

En las Batallas #7: Puñetazos que nunca te di

Los puñetazos nunca han sido lo mío. Ya de niño, en peleas con mi hermano, mi madre tenía que irrumpir en la habitación a chillarme frases poco pedagógicas (¡Juego de piernas! ¡Vigila su zurda! ¡AL HÍGADO!) para a ver si así me daba el pronto Rocky y devolvía el golpe. Pero nada. A mí, lo de repartir mantecados no me salía. La genética no me había concedido el talento pugilístico ni la materia prima con la que ejercitarlo. Los bracitos Scooby-Doo, el tórax Barriguitas… Qué poco respeto imponían.

Por fortuna, al poco tiempo hice buenos amigos que sí eran diestros en el arte del cogotazo, y no volví a preocuparme por si alguien afirmaba que mi pelucón Small Faces era de mariquita: el malentendido se solucionaba con gran brevedad. La implacable actuación de mis amigos era lo opuesto de situacionista: terminaba situaciones. Aquellos años me sentí como el profesor Xavier de la Patrulla X: solo tenía que pensarlo, y una enérgica coz impactaba contra la cara del oponente. Y así fui emergiendo ileso de cada pelea. O el enemigo no me consideraba un objetivo militar, o ni siquiera acertaban a tocarme, como misiles de corto alcance que topan con un inesperado campo de fuerza: mis guardaespaldas.

Pero aquello también fue mala suerte, porque su omnipresencia bélica evitó que pensara en entrenar para el día de mañana. Y llegó el día en que uno estaba en la mili, el otro follando y el de más allá en el hospital comarcal con el labio hecho pedazos. Y yo, que era terco e irresponsable, continué berreando en solitario bravatas sobre madres de tipos cúbicos y sanguinarios. Por supuesto, los trompazos no se hicieron esperar. ¿Lo peor? Ver que dolía, joder; como cuando el Clark Kent sin poderes de Superman II encaja su primer pescozón humano.

En una ocasión, durante una guerra que duró varios días, mis socios se replegaron sin avisarme, y me encontré solo en medio del tumulto, a campo descubierto. Viéndome acorralado, hice lo primero que se me ocurrió: soltarle un papirotazo en la nariz a un skin con gafas que tenía al lado. Fue lo que digo: un papirotazo. Una especie de bofetoncín flácido lanzado con brazo de flan, mano abierta, muy cursi, el tipo de cachete que le soltaría a su mayordomo un noble francés debilitado por la sífilis; to-o-oma, toma y retoma, pérfido malandrín. Si quieren un ruido, el sopapito hizo ¡Pif!. Y las gafas del skin volaron medio metro, y nació el silencio, y pasó entre ambos un matorral llevado por el viento, y el skin Rompetechos se acarició perplejo la punta de las napias, y se dio cuenta de lo que había sucedido, y entonces vino gente a sujetarle porque iba directo a mi cuello, y yo salí corriendo y entré en el bar, y mi amigo R (que llevaba jersey de cuello en V sin nada debajo) estaba allí dentro dándole con el puño cerrado a uno de los malos, pam-pam-pam-PAM en la puta cara, y pasando a su lado pensé: Tiene que ser tan hermoso, saber zurrar así. Luego me encerré a cal y canto en el retrete, a esperar a que pasara todo.

Otra noche un yonki intentó atracarnos, en Sant Boi, una vez que nos rezagamos los más débiles de la manada: el O, un ex-skin bueno que ya no ejercía; mi hermano, que lucía guedejas Sir Galahad, botines puntiagudos y un cebollón cuadripléjico; el A, un psicodélico viejito de treinta años (parecía una edad bíblica, entonces) con varias dioptrías en cada ojo; su mujer, M, que medía 1.50 y llevaba minifalda op-art y manoletinas; y el desgraciado que les habla, también bastante beodo e inconexo. No éramos el gang de Kelly, como habrán deducido. Así que, viendo que éramos presa fácil, el toxicómano se acercó a nosotros, y empezó a intimidar primero a O en plena calle (“tú, el rubio”, le espetó) y luego a mi hermano, que había perdido ya la facultad de mover las piernas y casi no tenía pulso y parecía la momia descompuesta de Brian Jones. Empujándoles, porque tampoco quería malgastar una buena navaja en despojos. Y cuando se cansó vino hacia mí, el enclenque que bizqueaba aturdido al lado del container de basura, me soltó otro empujón y me pidió la pasta. Fue uno de esos momentos en que tienes que hacer algo, y tienes que hacerlo tirando a rápido. Tambaleándome, recordé las películas del Oeste, las trifulcas en el Saloon, y tras vislumbrar por el rabillo del ojo una botella vacía de champán en la basura, la agarré por el cuello y le aticé un violento botellazo a mi agresor.

¡PONK!

Tras el impacto volvió a hacerse el silencio, pasó de nuevo entre nosotros el matorral rodador, el yonki se echó ambas manos a la cabeza, yo miré la botella: intacta. Y pensé: Quizás es que hay que golpear dos veces. Así que volví a arrearle, en el otro lado del cráneo, algo más fuerte.

¡PONKK!

Pero tampoco se rompió. El yonki empezó a correr calle arriba, manos en los chichones, chillando de dolor, con mis amigos a la caza y dando voces (“¡Vuelve aquí, hijo de puta!”), la M ondeando el bolso y corriendo tras ellos, mientras yo permanecía plantado en aquella esquina, inspeccionando la botella de champán indestructible, preguntándome qué había hecho mal y qué bien. Kiko Amat

(La séptima entrega de la serie En las Batallas fue publicada previamente en el mensual Barcelonés de febrero. Siguen siendo historias reales, no ficción)

En las batallas #6: Paisaje industrial con culos

El pasado domingo por la tarde mi viejo amigo U vino de visita a mi casa, acompañado de sus hijos. Estábamos tomando una cerveza en el comedor mientras los niños jugaban por ahí, y de repente, hablando de fimosis infantil, le solté:
- ¿Te das cuenta de que nunca te he visto la polla?
Solo cuando sus globos oculares se separaron tres o cuatro centímetros de su cara me di cuenta de que acababa de pronunciar la frase más gay jamás pronunciada, después del “Joey, ¿Te gustan las películas de gladiadores?” de Aterriza como puedas.
- N-no era eso lo que quería decir –me apresuré a añadir, mientras él recogía a los niños y organizaba su mudanza a un país lejano.
Lo que en realidad quería discutir en profundidad era esto: en el pueblo del extrarradio barcelonés donde nací, ver las pollas de tus amigos era algo tan común y cotidiano como para casi no reparar en ello. Y también quise decirle que, siendo él de ciudad, se libró (para bien o para mal) de esta familiaridad genital. Verán, cuando yo era joven, la exhibición pollar era una acción multiusos que tanto se usaba para manifestar disconformidad (“¿Beatles mejores que Who? Agárrame esta, tío”) como para presentar un desafío interpandillero (“Eh, vosotros, los del otro lado del bar: A chuparla, maricones”) como para anunciar públicamente el momento de plenitud tóxica por el que uno pasaba (“Dios, menudo pedo llevo. Os quiero, tíos, os quiero como la tierra al sol. Y ahora, voy a sacarme la chorra”). Incluso se echaba mano del gesto en momentos de duda existencial, como una especie de soez tamborileo de dedos: “No sé qué está sucediendo aquí, pero siento alguna clase de agravio y desorientación vital haciendo mella en mi espíritu. ¿Cómo podría exponer mi postura? Bueno, mientras decido qué camino tomar realizaré unos cuantos molinetes con el rabo. Oe, oe, oe, oe”.

No me incomoda confesar que podría describir con todo lujo de detalles la mayoría de rabos de mis amigos de juventud. No es que me fijase particularmente, ¿entienden? Lo que sucedía era que siempre estaban allí, au naturel, emergiendo de las braguetas a la menor contingencia. Si existiese un concurso televisivo llamado ¡Identifica ese nabo!, me llevaría el premio gordo sin problemas. No tardaría demasiado en adjudicarles nombre y apellidos a los penes que sacaran la cabeza por entre los plafones del plató: “Veamos: glande cónico, apariencia de cobra enfurecida, trazas de esmegma residual, la corona de Venus presenta síntomas de irritación provocada posiblemente por excesivos hábitos masturbatorios… Mauricio, ¿verdad?”.
Y me temo que no solo se trataba de rabos. Culos también. El Completo, pantalones por los tobillos y ostentación total de atributos, buscando manifestar desagrado hacia aquel guardia de seguridad intolerante, o justo antes de abandonar en conga nudista alguna discoteca reacia a aplaudir nuestros métodos de diversión. Culos al aire era la reacción inmediata a casi todo, la contraofensiva gestual que a los dieciocho lanzamos en la cara del fracaso, el tedio y la desilusión. No me pregunten por qué tomó esa forma; quizás nunca llegamos a superar las freudianas fases rectales y fálicas de la infancia. Quizás era el armamento que teníamos más a mano (o al menos el más barato y fiable). Quizás lo único que sucedía es que éramos unos guarros, locos exhibicionistas, y aquel el único gesto simbólico de liberación a nuestro alcance.

Los culos, asimismo, poseían más aplicaciones prácticas que los rabos. A los usos anteriormente descritos podríamos añadir el gag de sujeción (emerger de algún armario con una linterna encendida/foto de novia ajena/disco/etc. sujeto entre los glúteos), la humillación nocturna al desmayado-por-cogorza (erigiendo una cresta de galletas María en su hendidura intergluteal, por ejemplo) o, nuestro favorito particular, el Destello de Culos en Contexto Incongruente. De este último conservo los recuerdos más entrañables. Recuerdo en particular una noche en que, borrachos y abatidos en nuestro bar nodriza, decidimos apostarnos en la puerta del restaurante finolis de al lado e ir cruzando de un extremo a otro, traseros al aire, para el disfrute de sus comensales. Pero nada de montar un calvo abigarrado y caótico, una melé glutear sin belleza ni orden; todo lo contrario. Anhelamos desplegar la plasticidad musical del ballet clásico, y cruzábamos en composiciones culares que aumentaban geométricamente con cada nuevo viaje: primero, Culo A cruza fugaz de derecha a izquierda. “¿Eh, Mariví, has visto eso? No, nada, debo haberlo imaginado. Te juro que por un momento me ha parecido ver un c… No, déjalo estar”. Ahora Culo A regresa como una centella de izquierda a derecha, pero esta vez se ha multiplicado en dos culos, el A y el B. “¡Mariví! ¡Dos culos! Te juro que acabo de ver dos pedazo de culos cruzando por esa puerta, enfocados hacia mí. No -oliendo su copa- te juro que solo me he bebido una”. Y así, hasta el delirio: tres culos, cuatro culos, cinco culos, seis culos… ¿Un día como aquel? No lo olvidas facilmente.

(Publicado previamente en la revista Barcelonés de enero. Sexta entrega de la serie “En las batallas”)

En las Batallas #5: Instituto de Vandalismo Público

Los niños construyen juguetes donde no hay, usando ramas, piedras, cojines. El hombre primitivo evolucionaba para adaptarse a su entorno, desarrollando capacidades olfativas, perdiendo o ganando vello donde era menester. Nosotros nacimos en 1971 en un pueblo del extrarradio barcelonés, y un rápido vistazo a las posibilidades de solaz que ofrecía aquel culo de mundo nos convenció de que, fuese lo que fuese lo que pusiéramos en práctica para divertirnos, iba a provenir de nuestro propio bricolaje existencial.

Claro que, por mucha maña que uno tenga, si la materia prima es un montón de basura humeante no puede esperarse que los platos resultantes sean haute cuisine de tres tenedores. Así que optamos por calzarnos botas, agarrar cogorzas y destrozar el mobiliario urbano. El pueblo se convirtió en un chikipark gigante con licencia para el pillaje nocturno. ¿Qué otra cosa íbamos a hacer?

Algunas madrugadas, regresando de los bares, las piernas blandas como babosas, nos colábamos en panaderías y nos llevábamos su pan seco. Y entonces, en la calle, empezábamos batallas. Guerras de pan, todos allí aullando, con la humedad del río en las rótulas, lanzándonos chuscos de pan a la frente los unos a los otros, borrachísimos y hartos de todo.

Otras noches nos subíamos a alguna cuesta y les quitábamos el freno a un par de contenedores de basura, y hacíamos carreras calle abajo, jaleando a los que iban en el interior de los vehículos, la porquería pegándose a los tejanos y los dedos, mejor ir pensando qué ibas a contarles a tus padres sobre aquel pestazo a mierda, sardina y vino agrio.

Cambiábamos vallas de sitio, cerrando calles. Arrancábamos señales a patadas y nos las llevábamos entre dos o tres, como operarios aplicados, aparcando el Stop en cualquier lugar cuando nos cansábamos de él. Robábamos cualquier cosa que no necesitáramos: conos, farolas, sillas de bar, troquelados publicitarios de videoclub. Una mañana  de sábado de 1990 abrí los ojos con un dolor de cabeza termonuclear y me descubrí abrazado a Eddie Murphy y Richard Pryor. Los dos allí, tumbados en mi litera. No veas el susto hasta que me di cuenta de que era el cartel a tamaño natural de Noches de Harlem.

Pero nuestra gran afición eran las papeleras. La papelera.

Muchas noches, saliendo del bar, echábamos a correr gritando “¡papelera!”, hasta la plaza del monumento a la sardana, diez o doce de nosotros, las caras brillando de sudor alcaloide, y agarrábamos la papelera de la esquina al unísono, tal que estibadores concienzudos. Y entonces, como si fuese algo simbólico, la incrustábamos en medio del círculo sardanista, aplaudiendo y muertos de risa. Al terminar solíamos quedarnos un rato mirando el fruto de nuestro esfuerzo, satisfechos de la faena bien acabada.

Cada domingo durante dos o tres años los vecinos de la plaza amanecieron con la papelera coronando su monumento. ¿Qué pensaban? Lo que debió causarles más desasosiego era la convicción de que iba a estar allí cada mañana, como un fenómeno poltergeist.

¿La policía? A veces venía, a veces no. Nosotros éramos más, y teníamos anfetaminas; no nos preocupaba la guerra de desgaste. Una de aquellas veladas encontramos un montón de sillas viejas en una esquina, y se nos ocurrió erigir un tablao flamenco. Las dispusimos en círculo, y los skinheads empezaron a dar palmas de cualquier manera, sin el menor ritmo, y en mitad del círculo se plantó la bailaora. El curda. Yo. Allí, por bulerías, realizando florituras alambicadas con una mano mientras con la otra ondeaba los bajos de mi parka, como si fuera una falda de faralaes.

En éstas que llegaron los municipales, y los chicos cesaron de dar palmas, poco a poco, como un tren perdiendo fuelle, y yo sin darme cuenta. Continué barriendo el aire con la parka y berreando con los ojos cerrados (ya estaba metido en el papel) ¡AAAAAY! ¡TOMA QUE TOMA! ¡ESOOO!¡ALE ALE! ¡ASÍ SE BAILA! como un anormal, hasta que sentí el top-top dactilar de la ley en el hombro.

Cuando me volví, tenía a un guardia urbano delante. Un señor mayor, ancho y marchito, con cara de estarse preguntando por qué leches dejó su aldea en Badajoz para venir aquí. En sus ojos, blandos como huevos poché, se leía: Ya no tengo edad para esto, chavales.

- El carnet- me dijo, intentando ser civilizado.

- ¡Dios santo, qué pestazo a carajillo!- le grité, tapándome la nariz, a medio centímetro de su boca.

Me la dio con la mano abierta, en la sien, la guantá. Salí despedido unos pasos hacia atrás, y por suerte fui a caer de espaldas sobre las gomas protectoras de una obra, que me rebotaron de nuevo a él. Como en un ring. Mientras me metían en el asiento trasero del coche celular, yo iba frotándome el lado entumecido de la cara. Dormí en comisaría, firmé lo que tenía que firmar al amanecer y en unos meses me llevaron a juicio, donde me cayó una multa por desacato a la autoridad. 100.000 pesetas, a descontar de mi sueldo en SEAT. Las pagué. ¿Qué otra puta cosa iba a hacer?

Kiko Amat

(Quinta entrega de la serie mensual En las Batallas, publicada en el número de noviembre de la revista Barcelonés )

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