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La redención de Steve
No saldré vivo de este mundo, la primera novela de Steve Earle, puede enmarcarse en la tradición de Nelson Algren, Richard Price o Don Carpenter. Escritores humanistas que vivieron en las alcantarillas y, además de desolación, supieron ver allí benignidad, corazón y pureza. Muy pocas veces un músico se lanza a la prosa y acierta a crear algo trascendental. Esta es una de ellas.
Debutar a los cincuenta y siete años es una cosa extraña, pero hacerlo con un libro memorable llamado a permanecer es más raro aún. Steve Earle, laureado antihéroe roots, country-rocker marginal, casado siete veces, autor de trece elepés, actor ocasional (recuérdenle en The Wire) y activista izquierdoso nos presenta ahora su primera novela, una obra llena de arrepentimiento, empatía y vidas rotas vueltas a enmendar. Su mundo, vamos. Cuando escuchamos su Hola telefónico, Earle acaba de aparcar el coche en una cuneta y se dispone a hablarnos de compasión, de tocar fondo, de oscuridad y del “desgraciado de mierda” de Cormac McCarthy.
Has debutado como novelista después de tres décadas como músico. Eso es un poco como el Coronel Kurtz de Apocalypse now alistándose en los marines a los cuarenta.
Me gusta ser nuevo. Solo empecé a escribir prosa hace dieciocho años. Mi sponsor en Narcóticos Anónimos me recomendó que escribiera un diario, que terminó convirtiéndose en mi primer libro de relatos. Empezar a escribir narrativa ha sido un trabajo duro; cuando me drogaba creía que no estaba a mi alcance. Cuando me desenganché, vi que quizás podría hacerlo. Así que soy doblemente nuevo. He renacido y he escrito una novela.
Nelson Algren solía quejarse de la forma en que Preminger pintó a Frankie Machine en El hombre del brazo de oro. Algren insistía en que a él sí le caían bien sus personajes. Leyendo No saldré vivo de este mundo, uno llega a la misma conclusión: que les tienes afecto a tus personajes.
¿Cómo no iba a tenerles afecto? Doc soy yo. Todos ellos son versiones más o menos fieles de mí. Toda la gente que vive en ese microcosmos, engullidos por la desazón y llevando vidas de mierda: son yo. Pero todos tratan de hacer lo que tienen que hacer para poder ver el día de mañana. Por mucho que parezca estar tratando de matarse, Doc ha sido puesto allí en medio por la gracia de Dios. Tiene que sobrevivir.
Tu novela comparte un tema con las de Nelson Algren: la posibilidad de redención. Una limpieza fundamental que borre la culpa y el dolor.
Para mí no existe otra manera. Después de todo lo que me ha sucedido en la vida, tengo que creer en esa posibilidad. Todavía sigo acudiendo a las reuniones de N.A. Esa es mi redención espiritual: la forma en que miré a la muerte y decidí alterar una condición autoimpuesta. Por añadidura, mientras escribía la novela me sucedieron algunas cosas negativas: a lo largo de los últimos tres años de escritura, la salud de mi padre fue empeorando, y al final murió. El dolor de su pérdida se sumó al resto de males.
Los no-salvados gozan de una determinada santidad. Tu novela sugiere que hay mucha gente en lo más bajo que es buena, y en ocasiones mucho mejor que los que están en la cumbre.
No sé si la gente de abajo es necesariamente mejor. Lo que sí sé a ciencia cierta es que hay mucha gente en lo más alto que es mala. Mi punto de vista surge del alcantarillado, que es donde viví, por desgracia. Desde allá abajo no se divisa bien lo que hay en las alturas (ríe). Así que, qué remedio, hablé desde el fondo. De haber hecho lo contrario hubiese sido un punto de vista deshonesto. En mi mundo existían solo dos tipos de personas: los de dentro, los insiders, que eran las putas, los camellos, los drogadictos; y por otro lado los intrusos, los outsiders: policía, curas, agentes sociales… El tema de bondad o maldad no se consideraba.
Habiendo mencionado antes a Algren, quizás deba preguntarte hasta qué punto es una influencia. Veo muchos paralelismos entre tu novela y Un paseo por el lado salvaje o El hombre del brazo de oro.
Tony Fitzpatrick, el artista que ha hecho la cubierta del libro y todas las portadas de mis álbumes desde 1996, está obsesionado con Nelson Algren; siempre me habla de él. Pero lo cierto es que, pese a que me gustan sus novelas, no pensaba en él a la hora de escribir. Mi novela tiene ese factor de hiperrealismo, y de realismo mágico, que las novelas de Algren no suelen poseer. Existen espíritus animales, así como milagros, en nuestro mundo. Te puedo asegurar que existen de veras en nuestro mundo, y son una parte fundamental de él. Eso se refleja en el libro.
No me dejas otra salida que preguntarte el epítome del lugar común: tus influencias literarias.
Uno de los libros que más me ha inspirado es A través del matadero, de Michael Ondaatje. Cuenta la historia de un trompetista de jazz que existió realmente, Buddy Bolden. Louis Armstrong era discípulo suyo. El libro narra los últimos meses de cordura de Bolden, en 1907. Tras sufrir un ataque de esquizofrenia no volvió a ser el mismo. Como nunca llegó a grabar su música, la leyenda ha crecido alrededor del personaje real. Lo mismo intenté yo hacer con Doc, basándolo en el curandero que acompañó a Hank Williams durante los últimos años de su vida.
Algunos críticos se han quejado de que el final feliz estropea tu libro, pero yo creo que se trata de lo contrario: la vida real está llena de finales felices. Pintar solo la amargura es excluyente y efectista.
Alguien tenía que hacerlo. Alguien tenía que hacer algo para detener la influencia del puto Cormac McCarthy. En serio: ese tío me deprime. Leerle no te alienta a ser lo mejor que puedas ser, a intentar sobresalir. Su literatura miente: sí hay un camino. Estoy andando, ¿no? Estoy vivo. Eso cuanto menos prueba que hay una salida. Existen formas de mejorar lo que somos.
Algunos escritores, sin embargo, arguyen que la oscuridad existe, y alguien tiene que pintarla. El viejo “Sólo cumplo órdenes”, vamos.
Esa visión es poco realista y tendenciosa. Pintar a los humanos como pedazos de mierda te proporciona la excusa perfecta para comportarte a tu vez como un gran pedazo de mierda. Tenemos que superarnos. La literatura tiene la responsabilidad de dar buenos ejemplos, de mostrar algo a lo que aspirar.
Studs Terkel dijo que lo que distingue “a un artista de un intérprete es la revelación de uno mismo. El aquí estoy”. ¿Cuánta revelación de ti mismo hay en el libro?
Un montón. Para escribir hay que tener algo de qué hablar, y no hay fuente mejor que tu vida. Estuve de verdad en el aeropuerto de Dallas, a los ocho años, el día antes de que asesinaran a JFK. Mi padre trabajaba allí como controlador aéreo. La escena de la multitud que va a recibir al presidente está basada en mis propios recuerdos. Cuanto más reveles de ti mismo, más potente será tu arte (Se interrumpe y cambia de tema). Studs Terkel era el mejor entrevistador que ha existido nunca. Estaba siempre en modo entrevista (se ríe). Una vez me topé con él en una fiesta en Chicago, cuando ya tenía setenta años. Alguien nos presentó y él empezó a hacerme preguntas sobre mi vida. La gente nos interrumpía constantemente para saludarle. En un momento en que pudimos reanudar la charla, me dijo: “Bueno, decías que fuiste a Yale, ¿no?”. Y yo le dije:
“No, Studs. He dicho jail, no Yale. Fui a la cárcel” (se ríe). El hombre se mondaba. Ya estaba bastante sordo, por aquel entonces.
En El hombre del brazo de oro dicen que “tener lástima es lo que la gente hace para camuflar su odio”. Tu libro también está lleno de compasión genuina, pero no te compadeces de nadie.
Compadecer es una palabra terrible. Tengo que sentir empatía por mis personajes a la fuerza. Yo estaba allí. Viví en un mundo muy similar al que pinto, en San Antonio, Texas, incluso antes de haber probado las drogas. Mucho de lo que sucede en la novela lo viví en South Nashville y Los Ángeles, cuando ya estaba metiéndome.
¿Qué aprendiste de haber tocado fondo?
Aprendí que tengo un don, y tengo que cuidarlo. Aprendí que cuando no cuido de mi don, me suceden cosas malas. Aprendí que los doce pasos funcionan; llevo dieciocho años limpio. Y aprendí que Dios existe, y que no está en mí.
¿Crees que todos almacenamos oscuridad en nuestro interior, y alguna gente sucumbe a ella y otra no?
Creo que la oscuridad está fuera, no dentro de nosotros. Y cuando no cuidamos de nosotros mismos, permitimos que esa oscuridad penetre en nuestro interior. Esa oscuridad es el vacío, es la completa ausencia de espíritu. Pero puedes redimirte de esa oscuridad. Cormac McCarthy no tiene ni puta idea.
Bueno, yo…
Joder, parece que ahora no puedas cagarte en Cormac McCarthy, ¿verdad? Es como cuando salió el White light, white heat de Velvet Underground. El mundo estaba lleno de capullos que lo tenían y no lo habían escuchado entero ni una puta vez. Decir que no te gustaba era un sacrilegio. En Williamsburg hoy sucede lo mismo: no puedes decir que no te gusta Cormac McCarthy. Pero yo no vivo en Williamsburg. Cormac McCarthy posee todas las herramientas, sí, pero sus intenciones son malas.

Jim Dodge me dijo en una ocasión algo así sobre Hunter S. Thompson. Que sus protagonistas tendían siempre a aterrorizar a sirvientas o gasolineros en lugar de a sheriffs y militares.
El arte es una responsabilidad. Puedes escribir sobre lo que quieras, pero tienes que ser responsable. Creo que Cormac McCarthy es un desgraciado de mierda, y pretende que todos nos sintamos como desgraciados de mierda. Bueno, pues que le jodan.
Si les ha gustado No saldré vivo de este mundo… (Tres novelas de tradición similar)
1) El hombre del brazo de oro (Nelson Algren): Mencionada repetidamente en este artículo. La obra maestra de Algren comparte numerosos puntos de vista con la novela de Earle: humanismo realista, afecto por los caídos, diálogos vivaces, yonkis con corazón y una perspectiva optimista de la vida en la tierra, pese a los morrones del gueto.
2) Última salida para Broklyn (Hubert Selby Jr.): Por decir una. Todas las novelas de Selby hablan de los despanzurrados en la cuneta del progreso. Selby, sin embargo, se niega a pintarnos el momento de redención. En sus obras, los caídos quedan caídos y los perdedores lo pierden todo. Earle no estaría de acuerdo con él, pero al menos no es Cormac McCarthy. Selby es compasión pura.
3) Dura la lluvia que cae (Don Carpenter): Como un libro beat, pero en existencialista y amargo, repleto de emoción, violencia, tragedia y reflexión delincuente. Richard Price, George Pelecanos y Jonathan Lethem son fans. Hay un antes y un después de leer a Don Carpenter, créanme.
Kiko Amat
(Entrevista publicada previamente en la revista Rockdelux de noviembre del 2011)
Míster Primera persona: una charla con Oriol LLopis (Parte 2 de 2)
Lo que es innegable es que ningún otro rock critic pasado o presente iguala el listado de anécdotas bizarro-rockeras o directamente narcóticas que exhibes en el libro: la foto nudista con Dalí, la polla menguante de Iggy, cruz de navajas con Ramoncín por una mala crítica, persecución mafiosa en Ibiza, Johnny Thunders en los toros… ¿Te has dejado algo para un segundo volumen?
Más anécdotas para un segundo volumen de haberlas haylas, pero creo que en el fondo no sería sino más de lo mismo. Segunda parte de la pregunta (no hace falta que me la hagas tú, te ahorro la faena y me la hago yo mismo): ¿Y un segundo volumen a partir del presente y p’alante? Y yo te contestaré que, por desgracia, La Felicidad No Vende. Y ese es mi estado actual. Pero si me pones encima de la mesa un par de miles y un contrato-tipo, me saco de la manga las aventuras de un rock-critic que se ve envuelto en tal cantidad de merdés que más de un lector hará trampas y, a escondidas, irá a las últimas páginas para saber cómo acaba el follón. Creo que me he expresado de modo suficientemente claro.
¿Cuál de tus empleos periodísticos recuerdas con mayor cariño? La edad de oro, Rock Espezial (donde, como narras en uno de los mejores fragmentos del libro, te despidieron por robar discos promocionales), los especiales heavy de Disco Expres, Vibraciones…
Más que por una revista, un programa televisivo o una época concreta en la que sentías que estabas aportando algo válido, el cariño, la emoción pura y dura la sentías cuando encontrabas, por primera vez en tu vida, ahí, en papel satinado en letras de imprenta y firmado en negrita (¡Con tu nombre!¡En una revista “DE VERDAD”!) algo que te había salido de las tripas. Aunque fuera un recuadradito, a pie de página y que no iba más allá de las cinco o diez líneas. ¡Ya eras un “autor”! ¡Un rock-critic o como quisieras llamarle a eso! Por cierto, mi “estreno” fue en uno de los primeros Vibraciones. Había visto en una discoteca de pueblo un grupo que se llamaba Carretera Y Manta. Era por algún pueblo perdido cercano a Vilafranca del Penedés, y lo suyo no era ni rock sinfónico, ni cósmico, ni fri yas ni progresivo ni, por supuesto, el denostado “roc laietano”. Tenía algo de todo eso -lo bueno- y nada de lo malo. Fueron flor de un día, claro. Pero aquella noche fueron la mejor banda del mundo, lo transcribí como buenamente pude (sí, sí, con todos los adjetivos que me cabían por frase, de entre las que me permitiré resaltar algo así como que “entonces comprendí el porqué de su nombre: porque, como vagabundos interestelares mal abrigados, deberían propulsarse con la única fuente de energía pura, sin contaminar y capaz de llevarles hasta los confines del Universo, donde por fin su música sería comprendida….”) ¿Qué puedo decir en mi defensa, señoría? ¡Tenía diecisiete años! ¿Cuenta como atenuante?
Sí. Me pregunto si los numerosos fans españoles del rock duro sabrán algún día que todos aquellos especiales Iron Maiden de Disco Exprés los escribía un fulano a quien le importaba un bledo el género.
No problemo. Dudo que los metalheads formen parte de la raza que se fija en quién firma la jugada. Pero hay algo más. Reconozco que a veces hasta yo mismo tenía que escribir las mismísimas cartas al director, y no porque no llegasen sino porque… Dios mío, el nivel era aberrante. Ya no hablaré de las cuestiones ortográficas, de sintaxis o simplemente de caligrafía, porque nadie tiene la culpa de haber podido acceder o no a una educación mínimamente decente; es que era en plan “sus voy a tirar al pilón al prósimo que me hable mal de los Accepts, carallus!!!!” También había la versión opuesta, los que con toda la educación del mundo te pedían si sería factible llevar a cabo un extra sobre el metal patrio de entonces. O se te presentaban los Evo -que llegaron a grabar para EMI su Animal De Ciudad (cuánta información inútil corre por mis neuronas, madre de Dios) para agradecerme personalmente el magnífico artículo que había hecho sobre ellos, y que a su disposición para lo que hiciera falta y tantos backstage pass como quisiera… Siempre había cosas buenas, claro. Cuando hace falta soy muy camaleónico, y eso me valió por ejemplo para ser tratado a cuerpo de rey en Mallorca, donde Barón Rojo preparaban su doble en directo. ¡Qué hotelazo! ¡Qué Suites! ¡Qué de todo!
Drogas. Tus numerosos problemas con la heroína, sobradamente relatados en tu trabajo, parecen venir de una “desesperanza” original que ya anidaba en tu corazón. Pero, como tú mismo admites en las páginas del libro, venías de buena familia catalana, eras culto… ¿De dónde emergió tu oscuridad y cómo la venciste?
Muchos puntos por aclarar veo yo ahí. Ser de buena (dejémoslo en burguesa) familia catalana y ser culto no te exime en absoluto de engancharte al jaco: he conocido gente más que sobrada de pasta con una adicción que podría incluirse en el libro Guinness de los Récords. Eso por un lado. Otro: esa desesperanza que mencionas no es sino consecuencia de lo anterior. A los quince, dieciséis años estudio sin motivación, no le veo la lógica a nada de lo que tengo que meterme en la sesera. Y que no me hablasen de “labrarme un porvenir”, porque eso ya era kafkiano. Así que un día un colega del instituto nocturno donde íbamos a parar las ovejas negras me pasa un canuto, luego un tripi, luego un tirito de coca, luego la hero… Todo eso del mismo modo que habría podido pasarme El capital o Así habló Zaratustra, y entonces vete a saber dónde habría ido a parar. Es broma. Si algo tenía más o menos claro es que yo quería, como decía Sabino Méndez en su libro, “la aspirina total”. La encontré, solo que se escribía con “H”. De dónde emergió mi oscuridad no lo sé, pero te diré algo: NUNCA se vence. Es como aquello de las películas: “Hola, soy fulano de tal y soy alcohólico”. Y el tipo igual lleva veinte años sin tocar una gota de ginebra. Pues lo mismo. Estoy limpio, pero no hay ni un solo día en que, por A o por B, no aparezca en mis pensamientos.
Una pregunta añadida sobre toxicomanía: en mi generación (la posterior a la vuestra) ya casi no hay caídos por “cabalgar a lomos de un caballo loco”, como tú lo describes. ¿Crees que esto se debe a algo cultural (mayor información sobre las contraindicaciones del alcaloide + desmitificación del yonki épico de los 70’s), o simplemente a escasez de la materia prima?
Por supuesto que la falta de información provocó auténticos desastres, verdaderas masacres. Y sigue habiendo muchísima falta de información. Es como con los curas. Supongamos que eres católico practicante. ¿Cómo coño te van a “asesorar” ellos sobre cómo debe funcionar tu matrimonio, tu relación con tu pareja si (supuestamente) ellos no tienen ni folla sobre el asunto, si no lo han experimentado en su vida, si (repito, supuestamente) no han echado un polvo en su vida? Bien, pues el problema es algo parecido. Se supone que vas a tratar mi adicción y ayudarme a superarla. ¿Cómo? No tienes ni puta idea. Pínchate heroína una, dos, cien veces, y luego trata de superar el mono. Entonces empezarás a hacerte una leve idea de cómo de grave es la cosa. Mientras tanto, no me hables de esfuerzos de voluntad. No me trates como a un niño que tiene el capricho de una chuchería y monta una pataleta porque sus padres no se la compran. En cuanto a lo de la escasez de materia prima… ¡No me hagas reír, que me atraganto!
Respecto a los orígenes y las raíces de uno, me gustó particularmente la forma en que hablas de ti como un renegado de tu tradición familiar. Cómo te explica “Take me home, country roads” y sin embargo la cultura catalana de tus padres te es ajena. Tus consideraciones sobre esta dicotomía –por qué unas cosas te emocionan y otras no- me parecen muy pertinentes.
Y sigue siendo la gran incógnita. Yo todavía no la he solucionado, el “¿Porqué A sí y B no?”. A veces puede ser mágico, a veces irritante. Lo que no me he creído nunca, lo siento, es esa moda que inició Brian Jones, “descubriendo” y grabando las Pipas de Pan De Jojouka. Descubrir súbitamente ritmos tribales de Chochonia y ver la luz. O convertirte en un devoto defensor de las armonías esquimales más radicales. Venga ya. Sí, es un misterio. En cuanto a distancia es más o menos lo mismo, pero: ¿Porqué el “Rock & Roll Music” de Chuck Berry SÍ y los cantos tiroleses NO? Ah, amigo, supongo que lo llevamos en los genes, o en el puto ADN ese… Chi lo sa. Repito, no tengo respuesta, pero quizás eso es parte del atractivo del asunto.
A caballo de lo anterior, no dudas en realizar la afirmación tabú #1 en nuestra ciudad: tu enamoramiento a primera vista de Madrid, y cómo te parece en muchos sentidos una ciudad superior (aunque sea emocionalmente) a Barcelona.
No tengo ni idea de cómo está Madrid ahora. Estuve ahí por unas horas no hace mucho y la zona de Callao me pareció más cálida que nunca. Madrid en el 76 para un tipo con los veintiún años recién cumplidos y los Bajos de Aurrera en plena explosión fue una revelación. Y Malasaña en el 84, y… Bueno, yo NUNCA vi una escena así en Barcelona. Igual existía, y yo debía estar mirando para otro lado. Pero te has quedado en la comparación entre Madrid y Barcelona. Ahora he encontrado algo mejor, ya sabes… La refinitiva. Sevilla. Empezaría a contarte cosas y no pararía, así que mejor dejémoslo en eso. Sevilla….¡Qué maravilla!
Siempre has sido fiel a tus amores de toda la vida: Burning, Flamin’ Groovies, Blue Öyster Cult, Golden Earring, The Pretty Things, Elliott Murphy, Velvet Underground… ¿Nunca te cansas de ellos? ¿Sientes que te estás perdiendo algo, volviéndole la espalda a la novedad?
Hay discos de los Groovies o de Golden Earring que llevo escuchando más de veinte, más de treinta años. Y no, no me canso. Pero citar esa gente es demasiado fácil. Hay cientos, miles de canciones que aún no he escuchado de los ´60, los ´70, incluso -creo- de los ´90. Nunca presté atención a Sam and Dave, por poner un ejemplo, pero estoy seguro de que ahí hay, esperándome, una discografía que tumba de espaldas. La obra completa de Dion sin los Belmonts, eso debe ser interesante de verdad… Y tampoco es que le dé la espalda a la novedad, sencillamente es la sensación de que no llega a la magnitud de aquellos bombazos. Así que, repito, vale: cuando termine con los citados Sam & Dave, Dion y tantas obras magnas que siguen esperando turno, tal vez empiece con los joíos Wilco. Pero creo que antes me daría un garbeo por todo lo que hizo y sigue haciendo un rock´n´roller de verdad, el gran Wilko Johnson, con o sin sus Dr. Feelgood. ¿Verdad que me entiendes?
Pregunta inescapable: después de los intentos de suicidio, los amigos caídos, las traiciones y las rupturas: ¿Volverías a hacerlo todo igual?
Quieres que nos pongamos serios-serios, ¿eh? Muy bien. Empecemos por clarificar algunos puntos: ¿Tendría yo acceso a los datos de los errores cometidos, traiciones y todo lo demás, o debería partir de cero sin un triste bloc de notas al que recurrir? Si tuviese siquiera “un vago recuerdo” de lo hecho a fin de borrar, corregir o eliminar pues te diría que perfeccionaría las maniobras. Para empezar, no habría tardado tantos años papando moscas, sino que muchísimo antes habría embarcado en un tren dirección Sevilla, qué carajo. ¡Digo!
Kiko Amat
(Esta es la segunda y última entrega de nuestra extensa charla con Oriol Llopis, rock crític de leyenda, Míster Primera Persona y personaje autocombustivo de primer orden. Ha sido una exclusiva de Bendito Atraso para todos sus lectores y amigos. Pueden encontrar La magnitud del desastre en todas las buenas librerías del país)
Mister Primera Persona: una charla con Oriol LLopis (Parte 1 de 2)
Leyendas, obsesiones, discos trascendentales y primeras personas. En un fragmento no publicado de la reciente entrevista que nos hizo Víctor Lenore para Rockdelux le hablamos de Nik Cohn y Lester Bangs, y de la perspectiva que adoptaban ambos frente a la crítica de música pop: “Eran tíos que hablaban de su circunstancia, raconteurs poco fiables (desde un punto de vista puramente objetivo y técnico) que iban detrás de una verdad emocional. Lo suyo me interesaba mucho más que lo que explicaban los biógrafos al uso. Lester Bangs era un bocazas caprichoso altamente falible, pero leyéndole entendías por qué razón The Troggs le habían afectado de aquella manera. Explicándose a sí mismo explicaba la magia y el influjo del grupo. Lo mismo con Nik Cohn, que aún hoy es mi maestro e indiscutible favorito. Robert Burns dijo de él: “Nik Cohn no deja que la verdad se entrometa en una buena historia”. Su forma de periodismo musical es casi ficción, nadie debería leerle buscando verdades. Lo que hay detrás de sus escritos es emoción y un programa casi político de afirmación de ideas y sentimientos personales. Yo busco lo mismo”.
Oriol Llopis también lo hizo, bastantes años antes que nosotros. El rock critic más kamikaze, subjetivo, “poco fiable” y vivencial de los 70’s y 80’s ha publicado hace poco sus memorias, La magnitud del desastre (66rpm Edicions, 2011). Un trabajo de anecdotario, aventuras, tragedia, humor y narcóticos que está en el polo opuesto de un libro de periodismo rock al uso. Aquí siempre hemos sido fans del Llopis. Él lo hizo antes que nadie, y el tributo es más que merecido. Fans de la crítica rock objetivo-técnica y enemigos de la primera persona casi narrativa deberían dejar de leer ahora; solo van a granjearse una úlcera de aupa. Fans de todo lo otro: pasen y lean.
La primera vez que escuché tu nombre, hacia 1985, ya eras una especie de leyenda viviente del periodismo rock. Fue cuando se publicó tu artículo de The Pretty Things en Ruta 66 (con fotos de “archivo Flowers”, si no recuerdo mal). Allí pude leer en directo una de tus mejores cualidades: la subjetividad. La revisión del grupo sólo hablaba de tus dos discos favoritos, SF Sorrow y Parachute, ignorando por completo el resto de su carrera y discografía.
Todo lo dicho es verdad. Me molaba la idea de escribir un artículo sobre Pretty Things, pero… ¿Ponerme a currar su biografía entera? ¿Analizar montones de grabaciones donde lo único que remachaban, una y otra vez, era eso que Diego A. Manrique definía como Rhythm’n’Blues “belicoso”? Ah, no. Así que subjetividad al canto, que tal vez sea, como bien dices, una de mis mejores cualidades, pero que seguro que según el libro de estilo de El País debe ser algo próximo al pecado mortal. Resumiendo: que nada, de cabeza a esos dos discos que citas. Y aprovechando la coyuntura, voy a recomendar Freeway madness. Grabado un par de años después, no llega a la altura de los antes mencionados; sin embargo… Digamos que va en tercera posición. Pero S.F. Sorrow y Parachute… Venga, no me negarás que no son dos de los discos más infravalorados en la historia. No ya no solo del rock psicodélico, sino del rock a secas.
Otro aspecto que me gusta de tu estilo es algo cada vez más raro hoy en día: lo vivencial. En tus artículos siempre has utilizado la primera persona, y en innumerables ocasiones te has lanzado a contar anécdotas de tipo personal que ilustraban tu argumento, pero que –si nos ceñimos a los mandamientos periodísticos de pro- no hablaban en particular del objeto de tu pieza. Cuéntanos por qué tomaste esta decisión.
La verdad es que no la tomé. Mucho tiempo después me enteré de que algunos me llamaban “Mister Primera Persona”, sospecho que más en tono despectivo que halagador. Pero…¿Qué más da? Si estamos apalancados en dos taburetes en la barra de un bar y te cuento que he escuchado un disco que es la repera, y que tienes que escucharlo, y para convencerte intento pintar gráficamente las emociones que me provocan tal o cual canción, te lo contaré exactamente así, tal y como lo expresaba cuando escribía la crítica de un disco. Y si a medio contarte las virtudes del disco en cuestión me venía a la cabeza una anécdota, relacionada de cerca o de lejos con el tema, del mismo modo que te la hubiese contado a ti la plasmaba en el papel. No, no fue una decisión, ni algo estudiado. Me parecía lo más normal del mundo, en serio.
Me pregunto si este factor (el posicionamiento vivencial, o de crónica) era más habitual en tu generación, o también entonces eras un rara avis. Ramón de España era, sin contarte a ti, mi otro crítico favorito de entonces: por su humor, mal café y subjetividad irreductible.
No sé qué decir. A veces uno se inventaba una especie de alter ego porque consideraba que encajaría mejor con el artículo. Jaime Gonzalo, avisándolo de antemano, escribió un artículo en Star sobre Robert Gordon en el que se inventaba un falso viaje a Nueva York. Se plantaba en casa de Robert y ahí tenían una interesantísima conversación, totalmente ficticia, salida del coco de Jaime pero que plasmaba perfectamente el carácter, la personalidad y la forma de encarar la vida de Gordon. ¿Por qué no? Ramón de España a veces recurría a eso, pero él era más socarrón. Más que Ramón de España, a veces empleaba una caricatura de sí mismo. Pero con un humor irrepetible. Yo, por mi parte y para bien o mal, me lo tomaba todo mucho más a la tremenda.
Pensando en todas las revistas españolas que mencionas en La magnitud del desastre, y la forma en que funcionaban, es inevitable concluir que nadie tenía ni idea de nada, y que ello se suplía con grandes dosis de entusiasmo y autarquía. ¿Era eso mejor, en tu opinión, que la sobreinformación liofilizada e impersonal que tanto abunda hoy?
Podría decir que era más romántico, y posiblemente lo era. Pero vaya curro, nen. Con suerte conseguías algún “diccionario del rock” (en inglés, claro; y encima faltaban la mitad de los grupos que realmente te interesaban), y revistas guiris. Yo tenía la suerte de vivir en Barcelona, y en los kioscos de las Ramblas podías adquirir puntualmente el Rock & Folk y el Best franceses, el Melody Maker y el New Musical Express ingleses. Con eso y, como bien dices tú, grandes dosis de entusiasmo y autarquía (luego miraré en el diccionario qué significa eso), pues… Tirabas p’alante. Ahora bien, para alguien a quien le ha tocado currar en estas condiciones, no negaré que meterte en Youtube y teclear, por ejemplo, “Stooges. Rare Footage”, eso… ¡Eso es UNA PAJA!!! Entonces con suerte tenías una foto en blanco y negro y borrosa de, qué sé yo, Blue Cheer, y ahora accedes instantáneamente a infinidad de material de esa gente. Y he mencionado a Blue Cheer por eso, porque las noticias llegaban en cuentagotas, y en la mini-sección musical de una revista que se llamaba Garbo aparecía la escueta noticia de que esos tres peludos impresentables habían reventado los altavoces del estudio donde estaban grabando, debido al volumen que exigían. Y hala, te quedabas con la miel en los labios. ¿Quiénes eran? ¿De dónde salían? Era inútil, no ibas a tener nuevas noticias de los Cheer hasta… Quién sabe cuándo. Por cierto, el tema que hizo explotar los speakers del estudio era una salvaje versión del “Summertime Blues” de Eddie Cochran, cosa que, obviamente, averigüé AÑOS después.
El entusiasmo. Eso también parece haber sido erradicado de una buena parte de la prensa musical actual. En mi opinión, no puede hablarse de discos maravillosos sin utilizar la pasión. Y la pasión por esos discos solo puede exponerse hablando de las emociones de uno mismo, y el contexto en que aquellas obras fueron descubiertas.
El entusiasmo, sí. Eso y no otra cosa es lo que me ha apartado de la prensa musical según el concepto clásico. No puedo hablar con pasión de Wilco (eso ya empieza a parecer un chiste), Black Keys, Govt´ Mule, Drive By Truckers, Dan Baird y tantos otros, a pesar de que supuestamente son los que van a salvar al rock & roll un día de esos. No despiertan mi pasión. Y como comprenderás, no voy a escribir un artículo de tres páginas sobre el Toys In The Attic de Aerosmith, a pesar de que me sigue despertando pasión, entre otras cosas porque dudo muchísimo que me lo publicasen en algún sitio. Y de ser debidamente retribuido, dicho sea de paso, vamos a correr un velo estúpido, que dicen, más o menos. Seguro que me entiendes.
La magnitud del desastre, celebro decir, está lleno de anecdotario personal no particularmente musical: el Safari Aitana donde trabajaste en 1991, el colegio, la mili, los amores y desamores… Creo que eso sublima el libro a un estadio superior al del mero libro de periodismo rock (que suelen ser un tostón).
¿Y ahora qué contesto yo a eso? Te doy la razón de todo corazón. Tienes más razón que un santo. Todo lo que mencionas no solamente sublima el libro, sino que directamente lo eleva al nivel de lo sublime (ejem, ejem).
Antes hablabas de comprar cada semana el NME, el Melody Maker, las revistas francesas… Supongo que debiste descubrir allí a algunas presuntas influencias, como (imagino) Nick Kent o Charles Shaar Murray. ¿Qué te enseñaron?
Shaar Murray no mucho, la verdad es que me ha enseñado más estos últimos años en las entrevistas que he visto y escuchado no de él, sino directamente sobre él. Es una especie de Manrique, sabe de todo. Nick Kent….Bien, a pesar de que mi inglés era de primer curso de la Berlitz School, no sé por qué lo entendía. Por no hablar de los temas que escogía, claro, que para mí eran como elegidos a la carta. Lo que pasa es que, ya te digo, cuando tu inglés es tirando a básico, bastante trabajo tienes con comprender mínimamente los datos que te suministra como para, encima apreciar los matices de su estilo. Los franceses eran otra cosa, comprendía el idioma perfectamente y ahí sí que diferenciaba claramente el estilo de cada uno: Patrick Eudeline, Chistian Lebrun, Philipe Manoeuvre… Entendí que ya no era sencillamente periodismo: era literatura de verdad. ¿Qué me enseñaron? A envidiarlos, joder, a envidiarlos con todas las de la ley.
Aquí en esta casa somos muy de Nik Cohn, que lo sepas.
Todo un cerebro. Alguien que a los veintidós escribe algo como Awopbopaloop merece un respeto. Y si antes de los treinta ya ha hecho la tesis definitiva sobre un momento, una música y una juventud como lo del Fiebre del Sábado Noche, pues ya te puedes retirar tranquilo. Dicho esto, debo confesar que no he leído mucho a Cohn. En realidad, teniendo en cuenta lo que llegó a parir, ni siquiera puedo decir que conozco a fondo la obra de Lester Bangs, otro que tal mea(ba).
Algunas de tus reflexiones sobre estilo están presentadas como defectos. Hablas de un periodo donde (por culpa del Boom sudamericano) amaneciste pomposo, y estabas convencido de que “cuantos más adjetivos embutiese en una frase, mejor luciría”. Tu conclusión, que según expones te ha llevado una vida aprender, es que hay que escribir como hablas, cosa con la que no estoy seguro de coincidir. Sin duda debe existir un término medio entre escribir churrigueresco y escribir “como hablas”, con las muletillas y los defectos de la oralidad.
No te discuto ni una coma. Eso de “escribir como hablas” es simplificar mucho, claro. Hay gente que si lo intentara saldría, pues… Como la carta de un caloyo a la novia que le espera en el pueblo. Dejémoslo en que hay que haber leído mucho para poder lanzarse a ello. Pero también quería dejar claro que los adjetivos son un arma de doble filo: o te quedas corto o te pegas un tajo que provoca una sangría que no hay dios que la pare. Lo mismo pasa con frases tan manidas como “tenía la frente perlada de sudor”, o lo de “la cena regada con excelentes caldos”. Anda ya. Por cierto que, a raíz de una extensísima charla epistolar que mantuve con Diego Fuentes, también conocido como Dogo, descubrí no ya a un gran compositor (a ese ya lo conocía), sino a un sorprendente escritor que lograba justamente eso que tú propones, el equilibrio entre el lenguaje más descaradamente callejero y unos aderezos churrigueresco/gongorinos que equilibraban la balanza a la perfección. Quizás el futuro esté ahí.
Kiko Amat
(Esta entrevista ha sido una exclusiva de Bendito Atraso. Proximamente la parte 2: Llopis hablará de manufacturar él solo revistas de heavy metal, de heroína, de delincuencia, tradición familiar -cómo rechazarla-, Sam and Dave y mucho más anecdotario de crítico gonzo. No se la pierdan)
Género: no aburrido. Una conversación exclusiva con Santiago Lorenzo
Una de las múltiples lecturas que puede hacerse de Los Huerfanitos (Blackie Books, 2012) es que es un canto a la búsqueda de la perfección mediante la artesanía. “Para que le enseñe cómo hay que hacer las cosas para que salgan bien y para que salgan bonitas”, como sugiere el propio libro.
Ese comentario me salió como de padre, ¿no? Mi madre hacía las cosas bastante mal, así que debe venirme de mi padre. Le tengo un odio visceral a las cosas mal hechas, como la Estación de Atocha. Es un gran ejemplo de cosa mal, mal, mal hecha, pensada para poner tiendas y tirarse el pisto en vez de para que la gente común se desplace. Opuesto a ello está la solidez del puente de Portugalete, que es una cosa bien hecha. O ver cómo trabaja Mar García, o Eduardo de Armiñan, o Luis Arrizabalaga. Los ves en acción y te dices: “Eso es hacer las cosas bien”. Es una gozada.
En cualquier caso lo de “hacer las cosas bien” es un concepto que suena pretérito, como de otra época.
Sí, es un concepto de antes. El otro día mi novia trató de arreglar un aparato que se nos había estropeado (el router), y cuando lo abrió no había tornillos. No se podía desmontar. Así que la idea de hacer las cosas bien es una cosa antigua, como los tornillos. De la época de los tornillos (ríe).
Tu libro también desprende un aire a anti-individualismo. Defiende hacer las cosas en equipo, y se alinea firmemente a favor de la colaboración entre humanos y el estrechamiento de lazos. Al “heroísmo doméstico, familiar, artesanal”.
Incluso los hermanos Susmozas se juntan, aunque sea en república federal. Resuelven un problema a base de federalismo: cada uno haciendo lo que sabe hacer: el alemán, la ciencia jurídica, la inventiva ingenieril…
En cambio, la faena del escritor es de una espantosa soledad. Carece por completo de esa resolución de problemas prácticos en equipo que es tan reconfortante. “¿Cómo pasamos este sofá por esa puerta?”, y tal.
El cine es el trabajo de equipo por antonomasia. Es como una de esas películas de guerra en que los mandos medios son los que hacen el trabajo sucio, y a la cabeza de todo está un generalito que no se entera de nada. Están por un lado los tíos brillantes y efectivos (que suelen ser los sargentos y tenientes), y luego por otro lado está el Pentágono. Pues el cine es así.
En De aquí a la eternidad Burt Lancaster se niega a ser ascendido porque si deja de ser sargento no podrá llevar la compañía eficazmente.
Pues eso. Pero yo soy director de teatro. Titulado, ¿sabes? (ríe). Tengo el carné. Así que en teoría mandaba yo.
De eso se deduce que Los Huerfanitos es un libro de extracción completamente vivencial y de primera persona, pues está basado en la puesta en escena de una obra de teatro.
Sí, pero lo que he hecho de verdad es cine. El teatro casi ni lo caté. Hice unas mierdas… La verdad es que tenía gracia por lo mal que salía todo. La gente iba a vernos para ver cuándo la íbamos a cagar. Era como en Los productores de Mel Brooks, pero sin querer. Así que Los huerfanitos sí es vivencial, en cierto modo. Lo que pasa es que cambias cosas. Hitchcock hacía películas de tíos que eran lo opuesto a él: guapos, ocurrentes, divertidos… Yo no. En 1997 se me acumularon 39 millones de pesetas en deudas (de una película) y me dieron cuatro meses para arreglar la papeleta. Eso está en el libro, más o menos.
Pero tú no te pusiste a estrenar una obra de teatro en el Pigalle.
No. En la vida real, lo que sucedió fue un final terrible. Quiero decir que de pasar eso en un libro, todo el mundo hubiese dicho: “Pues vaya mierda de final le ha puesto”. Lo que sucedió es que llegó alguien (el padre de mi novia) y puso el dinero. Así de fácil. Pero lo pasé fatal durante una época.
En Los millones (Mondo Brutto Libros, 2010), tu primera novela, exponías lo que casi parecían recetas para sobrevivir a la pobreza. A ratos es como un manual práctico para sobrevivir sin un duro.
Eso está bien, porque así funcionará también como libro de autoayuda, que siempre se venden más que las novelas. La clave está en reaprovechar cosas, como también hacen los Guajardos en Los Huerfanitos. Yo he sido muy pobre. La amenaza de la pobreza siempre suele estar hanging over me. Ahora se me ha ocurrido una huerfanada para salir de la última crisis. Otra vez.
Has declarado alguna vez que la pobreza ennoblece.
Sí. Lo que no ennoblece son las cremas faciales. O la enología. Ahora todo el mundo es columnista de El País, todo el mundo es muy fino. (Afecta voz cursi) “El hotel estaba muy bien, pero los pomos de las puertas eran muy ásperos”. “¿Podría ver la carta de almohadas del hotel?”. Vete a tomar por culo, hombre.
Has mencionado a los Guajardos, mis personajes favoritos de la novela. Me encanta la idea de que sean especialistas en algo, no aficionados. “Hombres y mujeres que, a fuerza de años de aprender, eran maestros a la hora de enseñar”. Gente que sabe hacer algo muy bien, y te obliga a pedirles consejo. Eso también suena a concepto anticuado. Hoy en día todo el mundo cree saber hacerlo todo.
A veces tengo yo el miedo de ser uno de esos gilipollas que se creen que saben de todo, pero luego lo pienso y concluyo que no, que yo no soy así. La culpa es del cine. En ese mundo, al director le convencen de que ha de saber de todo. Los productores creen saber de todo. En ese sentido me gusta la dimensión puramente manual de Los Huerfanitos: “Esos tíos saben poner luces”. Es lo que saben hacer.
Desgraciadamente, por dedicarte a un par o tres de disciplinas, imagino que a menudo deben adjudicarte el término “multidisciplinar”. A los periodistas culturales les encanta que un artista se dedique a un montón de cosas distintas, aunque todas sean una puta mierda. No es tu caso, claro.
Peor que multidisciplinar es “hombre del renacimiento” (ríe).
Tanto Los millones como Los Huerfanitos son libros altamente compasivos. Como en las novelas de Nelson Algren, las tuyas se alinean con los desgraciados, los pobres, los feos, los dejados de lado a la hora de pavimentar el éxito y el progreso.
Volvemos a lo vivencial. Hablo de mí mismo, por eso mis personajes son unos desgraciaos. Es más cómodo hacerlo así. Todo el material lo tienes en tu propia casa. Solo has de mirarte un poco, y te ahorras mucho trabajo de documentación. Y si lo tuyo no basta, bajas a la calle y ahí tienes todo lo que te falta.
¿Te sientes anacrónico? ¿O es el mundo que cambia cuando no debería?
Mis historias empiezan y acaban, y eso es tan crónico como anacrónico. Hace poco me pidieron que hiciese una lista de cosas cañí, pasadas de moda, que me molaban, y empecé a pensar que había mucho cañí que molaba y muchos otros que me daban muy mal rollo. Creo que tú lo dijiste una vez, mencionando a Naranjito y la nostalgia mal entendida, el recuperar lo peor. Hay cosas cutres del pasado que no merece la pena rescatar. Así que hay un cañí bueno y un cañí malo. El malo será algo como Esperanza Aguirre, pero el cañí bueno será afirmar verdades como que el ventilador es mucho mejor que el aire acondicionado. O el botijo mejor que el frigorífico.
Hay conceptos que son eternos, y no pueden prescribir. En tus libros hablas de los bares, los amigos, el esfuerzo, la compasión, la pena, el vino…
Sí, hay cosas inmutables. Luego tienes por otro lado la dirección de arte de la novela, que es intentar que no aparezcan anacronismos físicos. Que si estamos en 1986 no aparezca un tamagotchi.
Tus lecturas se intuyen harto viejas. Y castellanas.
Siempre me comparan a Jardiel Poncela. Ya me gustaría. Quizás me parezco a él en el ansia por decir paridas. No sé si es en La tournee de Dios o en cual, porque todas las novelas de Jardiel son iguales y me confundo, que el personaje de Zambombo está metido en un problema de pelas (Amor se escribe sin hache, ed.). Así que Jardiel decide colocar un Deus Ex Machina y hace que un tipo le entregue los millones que necesita. Lo que decíamos antes: pues vaya mierda de final. Pero a Jardiel le funciona. Además, como el favor que le ha hecho el otro es tan grande, Zambombo decide inventarse una palabra de agradecimiento, pues “gracias” le resulta insuficiente. Lo que se le ocurre es “Carchofas” (ríe). Si me das fuego, te doy las gracias. Si me das cien millones, te digo Carchofas. También soy fan de Valle-Inclán (solo las obras de teatro), de Galdós, de Ramón Pérez de Ayala y de un novelista de los sesenta que se llamaba García Pavón. Tiene una serie de libros sobre un guardia civil de Tomelloso (él era de allí) llamado Plinio que, acompañado de una especie de Watson –el veterinario del pueblo-, tiene que resolver los crímenes de la aldea, sean robos de jamones o asesinatos. Mihura no me gusta mucho, pero me siento obligado a decir que sí porque Miqui Otero lo dijo en la frase de la faja del libro. Luego lo cambió por Jardiel.
También se intuye un amor por las novelas de aventuras clásicas, de Salgari a Verne.
Ese es el mayor piropo que se le puede soltar a un escritor.
Vete a saber. De Cosas que hacen BUM un fulano dijo que eran como novelas de vaqueros e indios ambientadas en la ciudad. Yo me lo tomé como un cumplido, pero tal vez pretendía ser un insulto.
¡Es un cumplido! Es el mayor cumplido que pueden hacerte. El nombre incluso suena a Far West: Cosas que hacen BUM. Es como cuando el malo dice: “Que hablen las armas”. Malcolm Scarpa, que también sacó un libro que eran todo paridas, me dijo que sería fenomenal leer un libro de Marcial Lafuente Estefanía que se llamara Guarida de subnormales (ríe). Pero se trata de eso, al fin y al cabo: Aventurillas urbanas, en ciudades grandes.
Antes mencioné el vino. El vino tiene cierta importancia en tu novela, con la aparición de los ex-alcohólicos Vocaciones. Pero su abstinencia no es óbice para que digas cosas lindas, como que el vino proporciona “el calor de la intimidad con uno mismo, la más legítima de las intimidades”.
El veintiocho de febrero del año 2005 tomé la decisión de arrinconar para siempre el consumo de alcohol, que ya había dado varias vueltas al marcador. Así que en eso también iba documentado de sobras.
Pero no se te intuye arrepentido.
A los que dicen “mi hijo bebe demasiado” hay que decirles: Bebe poco. Hay que hacerle beber más, porque solo lo dejará cuando reviente. No es algo que yo sienta que hay que rechazar. Han pasado siete años y medio, pero me acuerdo todos los días de los buenos tiempos que pasé.
Hay gente que tiene mejor y peor bebida.
Bueno, yo nunca me saqué la chorra o hice el gilipollas por la calle.
Yo sí.
(Se carcajea) Lo que quiero decir es que nunca hice nada verdaderamente malo, como violar a una tía, o algo así.
Un amigo mío dice que nunca será alcohólico, porque beber le gusta demasiado y quiere seguir haciéndolo toda la vida. Así que se modera. Su adicción le modera.
Es como uno que ama a Dios, pero se guarda de amarle demasiado, porque entonces pensará en él todo el día, y empezará a cuestionarse su existencia y al final tendrá que hacerse ateo. O acabará de monje en el monasterio de Poblet. Un buen cristiano ama a Dios con cautela. Un mal cristiano se va a Filipinas a predicar y le acaban colgando como un julay. Los Vocaciones están en la fase de la abstinencia. No sé les ve beber ni cuando beben: hay una elipsis y vamos directos al mega-pedo. Malcolm Scarpa escribió un libro llamado Qué te debo, José, donde se ve a muy poca gente bebiendo, pero que es puro alcoholismo.
Las mejores cosas se forjan en el aislamiento. ¿Te sientes aislado del resto de novelistas y tendencias literarias?
Con mis amigos novelistas siempre hablamos de intentar que nadie se aburra. Me gustaría pertenecer al club de gente que pretende no aburrir al escribir.
Género: no aburrido.
Exacto.
Quizás no lo hayas pretendido, pero sí eres una rareza. Tus libros, por lo clásicos, son hoy altamente originales y extraños. Parecen provenir de otro mundo.
a) Estoy de acuerdo en eso.
b) Me gusta lo que acabas de decir
c) Pero eso lo tienen que decir los lectores, no yo. Son los otros los que tienen que decir si escribes guays, si eres un puto mainstream… Es como el cineasta aquel que dice: “Yo hago mierdas”. Y el periodista le contesta: “Eso lo tenemos que decir nosotros, no tú”. Lo de ser escritor también te lo tienen que decir los otros. La única respuesta posible a la frase “yo soy actor” es: Eso ya lo veremos.
En tus dos libros hay humor. Mucha gente no le pilla el punto adecuado al humor: o pergeñan una astracanada pedorrera sin pathos ni emoción, o un ladrillazo petrificado de seriedad. En un libro no se puede hacer Aterriza como puedas. Creo que tiene que existir también una cierta búsqueda de elevación, como tú haces.
Aterriza como puedas es una película mucho más pura de lo que la gente cree. Es imposible de reproducir en otro medio que no sea el cine. No es adaptable al teatro, por ejemplo. Eso la hace un artefacto mucho más puro que algunas películas de Griffith, y encima tiene gracia. La segunda de Aterriza como puedas, siendo floja como es, vale mucho más que cualquier cosa de Yolanda García Serrano. Julio Medem hace comedias de puta madre. Es solo que, cuando terminan, no sale nadie diciendo “¡Que esto no iba en serio!”. De hecho, la gente incluso lloriquea. Pero me estoy despistando. Los millones va de un tío que las pasa canutas, de un tío que está muy solo. A mí me daba una pena tremenda, pero a todo el mundo le hacía gracia. En Los Huerfanitos, en cambio, sí busqué ser cómico. Me dije: (afecta voz presuntuosa) “Voy a hacer comedia”. Qué le voy a hacer, las cosas feas me las acabo tomando a coña. Es como una disposición fisiológica. Mi padre me dijo el otro día: “Que poco dados a deprimirnos somos en esta casa”.
Los millones ilustra una soledad terrible.
Hombre, en eso también nos hemos documentado, qué te voy a decir.
(Ayer 26 de junio del 2012 entrevistamos al novelista, cineasta y juguetero Santiago Lorenzo, uno de nuestros autores favoritos de ahora mismo y del mundo entero. En esta casa somos muy fans de sus novelas -Los millones y Los huerfanitos- sus películas -como Mamá es boba- y sus maquetas imposibles y diseños pre-tecnológicos. Esta charla se desarrolló en dos lindas bodegas obreras del alto Raval)
Biscuit: permaneciendo (una entrevista exclusiva con Xavi y Armand Cardona)
Empecemos hablando de amor. Amor a los discos. Me gustaría que me hablarais de vuestras primeras iluminaciones, las primeras cosas que os atrajeron del rock’n’roll, la canción que os cambió la vida a los quince años.
XAVI: Por alguna razón, recuerdo que el rock’n’roll siempre me había atraído, desde muy pequeño. Pero la iluminación vino -poco original que es uno- con los Beatles. Primero, una amiga de la familia un poco mayor que yo me dejó una cinta con varios Ep’s españoles de los Beatles grabados. Poco después, otro amigo, ante mi insistencia (aún recuerdo su cara de “Tú estás colgao, tío”), me dejó otra cinta del 20 éxitos de oro, una recopilación que acababa de salir y que se habían pillado sus padres. Al poco, me lo regalaron, en vinilo (que aún conservo) y me pasé todo séptimo y octavo de EGB machacando aquel pobre disco. Y eso fue todo, se había liado la cosa por los restos.
ARMAND: Soy el hermano menor o sea que imagínatelo. Creo que Xavi se deja el visionado de The Kids are alright de los Who como una de las primeras y fundamentales iluminaciones… Esas canciones y esa actitud cafre nos marcaron para siempre.
Y prosigamos con la mierda que os gustaba antes de que llegaran esos discos catárticos. No hace falta ni que sea placer, mientras sea culpable.
X: Antes de los Beatles mi obsesión era la Segunda Guerra Mundial. Estaba tan obsesionado con aquella época que los primeros discos que pedí (entonces no tenía ni dinero ni capacidad para comprármelos yo) fueron dos recopilatorios de la orquesta de Glenn Miller, que también conservo. Aunque, a decir verdad, no me siento nada culpable de ello. La música que escuchaban mis amigos de la escuela era Pink Floyd, Alan Parsons, Supertramp y cosas por el estilo. Debo decir, y aquí si que hay culpabilidad, que lo único que me gustaba de todo aquello era el Breakfast in America. Ah, sí, y los Bee Gees, y no los del First, precisamente. Cuando empecé a meterme en el rock’n’roll estaba más solo que la una, en casa jamás hubo un disco de rock’n’roll y, como he dicho, mis amigos no estaban mucho por la labor. Por todo ello, en mi búsqueda hice alguna cagada que otra como pillarme (y aprenderme de memoria, lo juro) un disco de Sleepy La Beef, o el single de la versión de “Be My Baby” de… ¡Leif Garrett! Yo qué coño sabía quién era el rubiales, a mí me gustaba la canción, que, obviamente, tardé años en saber de dónde salía.
A: Tú lo has querido: el Sinchronicity de Police, el Born in the USA de Springsteen y… el Sssshhhh de Ten Years After (¡este aún me gusta, qué pasa!).
Creo que la Segunda Guerra Mundial y la ciencia ficción (y la contracultura) eran los sellos del freak 70’s y 80’s. Greg Shaw fue simultáneamente fan del sci-fi y del rock’n’roll. ¿Habrá algún tipo de conexión subliminal entre saberse todos los detalles de la campaña de las Ardenas y luego comprarse discos de The Creation?
X: Pues debe haberla, porque me consta que no soy un caso único. No lo sé, en mi caso quizás un fenómeno y otro se deban a la misma necesidad de huir de un tiempo y un lugar en el que no te sientes a gusto. Y también el gusto por la historia, por los hechos que conformaron esa realidad con la que tan poco te identificas. Bueno, y el ser un poco nerd también ayuda, para qué engañarnos.
Billy Childish afirma que lo que más te gusta a los diecisiete es lo que más te gustará el resto de tu vida. ¿Es vuestro caso?
X: Absolutamente. En esa época yo estaba inmerso en la música de los sesenta cual niño en una tienda de caramelos, descubriendo el R&B británico, el pop, el rollo West Coast, el garaje americano, el freakbeat… La música que, a pesar de la notable apertura de miras acontecida en estos veintitantos años, sigue siendo mi preferida sin duda.
A: Está claro, todo el rollo garaje 80’s nos marcó mucho: Cynics, Fuzztones, Miracle Workers y Chesterfield Kings y su evolución posterior nos llevó a otros sitios que fueron fundamentales para nosotros: el rollo Detroit, el West Coast, el rollo hippie pre-hard rock… Todo eso sigue siendo algo a lo que vuelves siempre y creo que se nota en lo que hacemos. Posteriormente hemos escuchado mucha música pero no creó que nada nos haya influenciado tanto como eso.
Para Xavi: tu primera relación estable fue con el rollo 60’s filomod, y el tema garaje 80’s. Llegaste a tener un grupo, Canley Crematorium, luego Dr. No. ¿Qué recuerdas de aquellos años?
X: En el instituto, ¡por fin!, encontré a otros pardillos obsesionados con los Beatles y los artistas que versionaban, con lo que pronto acabé pasando las tardes de sábado en casa de alguno de ellos, jugando al fútbol con chapas de coca-cola y escuchando a los Beatles, Chuck Berry o Carl Perkins. Pronto, cuatro de nosotros decidimos que éramos los Beatles (sí, yo era John, el tocapelotas) y, cuando decidimos pillar unos instrumentos y lanzarnos… Resultó que Ringo no era capaz de tocar un cuatro por cuatro a la batería ni que le apuntaras con una pistola cargada. Pobre Ringo. Santa inocencia. Todo era la hostia: la primera guitarra eléctrica, los ensayos el sábado por la tarde a los que acudíamos de punta en blanco –mods de pueblo- para salir hechos una mierda, chuzos perdidos y sordos como tapias, el primer bolo en Barcelona (en el Communiqué, en un Mod Meeting co-organizado por ti, si no recuerdo mal. Cuando nos fuimos nos despediste como si fuéramos los Sonics: “Adiós, Gerry, adiós, Larry, adiós, Andy…), el primer local “propio”, un antro en el barrio de pescadores con pulgas incluidas… Fueron unos tres años divertidísimos. Éramos malos como la tuberculosis, pero, como te decía, todo era la hostia.
Blue Bus fue tu siguiente banda, donde empezó a militar tu hermano. Asumimos que le habías convertido a la causa. Él no llegó a llevar Chelsea boots y camisas de paramecios, sin embargo.
X: Bueno, no fue exactamente así. De hecho, Blue Bus eran la continuación de The Finitivos, el grupo de mi hermano al que me uní en el 88 o 89, cuando mis compañeros en Dr. No decidieron que querían convertirse en gerentes de inmobiliaria o altos cargos de la Generalitat (no bromeo), y me dejaron con el culo al aire. Mi hermano y yo siempre hemos estado muy unidos y él enseguida se apuntó a lo del rock’n’roll hasta el punto de que éramos una especie de “ente único”. Si uno de los dos decía que algo era la hostia o una mierda, se daba por sentado que hablaba por los dos. Sigue siendo así, en gran medida.
Habladnos de Blue Bus: logros y pifias, camisas tie-dye, amor por Screaming Trees y Doors, y qué pensáis ahora de vuestro único álbum, All Way.
A: Lo recuerdo con cariño por lo malos que éramos y lo tontos que llegamos a ser. All way da un poco de pereza escucharlo pero tiene su gracia y recuerdo lo divertido que fue grabarlo con Enrique Lindo, el productor del Picnic Caleidoscópico con el que contactamos gracias a la gente del Ansia de Color. Aunque lo bueno de Blue Bus fue la primera maqueta: esa no da pereza escucharla, tiene la frescura del grupo que acaba de empezar y no tiene ningún prejuicio en hacer lo que le sale, gracia de la buena.
X- Éramos muy jóvenes (cuando entramos a grabar la maqueta había alguno que apenas era mayor de edad) y la verdad es que podríamos haber hecho las cosas mejor en muchos sentidos. Aún así, a día de hoy yo sigo defendiendo All Way mucho más que, por ejemplo, el nefasto primer disco de Biscuit.
¿Por qué nefasto? Y una pregunta imbécil: ¿Por qué Biscuit? La verdad es que el nombre suena más a grupo indie-pop español de 1995 (Glamour, Zapato, Batidora, Viruela…) que a grupazo de garaje-ROCK.
A: Lunch music, nuestro primer y “escondido” disco es un truño, señores. Pero de todo se aprende en la vida y está claro que grabar un disco con autocritica = 0 y sin ningún objetivo claro de cómo debía sonar consiguió que nuestros discos posteriores fueran mejores… Y conocer a Santi García, claro!
X: Y lo del nombre proviene de una broma demasiado estúpida y soez como para reproducirla a estas alturas. Desde luego, yo hoy en día me negaría a ponérselo al grupo, pero es que la primera mitad de los noventa fueron tiempos raros para nosotros.
Hasta qué punto opináis que Biscuit fue una continuación de Blue Bus, o por el contrario lo veis como punto y aparte. Quiero decir que vuestras aspiraciones debían ser parecidas, y los miembros son (casi) los mismos. ¿Se trató de un “cambiemos de nombre y hagamos ver que somos otro grupo para poder echar al cantante”?
A: La verdad es que el cambio de nombre fue en gran medida porque estábamos hasta los huevos de las comparaciones con los Doors y porque queríamos hacer algo más “actual”, con menos influencias 60’s pero sin obviarlas… Me da la risa de pensarlo, siempre hemos estado muy fuera de onda. Ah, y los Doors nos siguen gustando.
X: Hombre, y el hecho de que las relaciones con el cantante ya fuesen tirando a tensas cuando yo entré en el grupo también tuvo su peso en la decisión, digámoslo todo. En todo caso, para mí está claro que se puede trazar una línea que une la primera maqueta de Blue Bus con Memorabilia. Parafraseando a Ali Rasheed Muhammad, de A Tribe Called Quest (¡toma eclecticismo!), la energía que tiraba de aquel carro viene a ser la misma que tira de este.
Me lo invento, pero ¿influyeron Redd Kross en vuestra intención de cambio? En desear ser un grupo menos psicodélico y más bailongo, más ruidoso, más feliz, más MC5, más powerpop, con más griterío, coros y riffaje.
X: No te equivocas, Redd Kross fueron uno de los grupos que nos marcaron el camino y nos enseñaron que sí, que se podía hacer música melódica con guitarras a tutiplén, energía a porrillo y un ojo y medio mirando hacia el pasado y ser el copón divino, junto con muchos otros como Posies, Teenage Fanclub, Buffalo Tom, Gigolo Aunts, etc. Aunque el verdadero punto de inflexión en este sentido tuvo lugar a finales del 97, poco después de sacar el primer disco (convertirnos en el grupo que somos fue un proceso mucho más lento y tortuoso de lo que hubiera sido recomendable). Tuvimos la oportunidad de telonear a los Young Fresh Fellows y, la verdad, ver a esos tipos más bien tirando a mayorzotes hacer lo que hicieron sobre el escenario de la sala La Imagen fue toda una lección que nos hizo entrar en razón definitivamente.
¿Cómo ha cambiado Biscuit desde que empezasteis? Vuestros cimientos siguen siendo la armonía, los riffs y el groove, como vosotros mismos afirmáis.
Nuestros cimientos siguen siendo esos, creo que el concepto sigue siendo el mismo del principio: guitarrazos y melodías pop. Hemos simplificado las canciones, cada vez tienen menos cambios y menos acordes, nos hemos dado cuenta haciendo versiones que las buenas canciones siempre tienen pocos acordes, las mejores tres, comprobado científicamente.
Me importa un huevo si lo habéis contado antes cien veces: quiero que digáis cuáles son los grupos y géneros que sujetan vuestro canon personal, y a los que de un modo u otro queréis pareceros. Porque hay grupos que son fans/nerds de discos y grupos que no lo son, y vosotros sí lo sois.
X: Sí, sí lo somos, y a mucha honra. Por alguna razón, yo siempre he tenido debilidad y me identifico plenamente con ciertos grupos australianos que manejan fórmulas muy similares a la que estamos tratando de encontrar nosotros desde hace años: Hoodoo Gurus, Johnny Casino and the Secrets, The Monarchs y, sobre todo, You Am I. Hay muchos más, la verdad, como Bevis Frond, todos los grupos de Graham Day, los Screaming Trees, los Raconteurs… Y si nos remontamos al pasado más remoto, ya no te digo. Pero lo de Australia siempre me ha llamado la atención.
A: Importantes para mí son los Who como concepto, Screaming Trees siempre, el 5th Dimension de los Byrds como referencia ineludible, los MC5 y los Stooges como “así es como tiene que sonar un grupo de R’n’R de blanquitos”, el soul Stax como “así tiene que sonar un grupo… de verdad”, los Small Faces y sus ramificaciones y los dos primeros de Led Zeppelin.
Sois defensores del grunge bien entendido (no mucha gente lo es, o se atreve a afirmarlo). Indudablemente, como todo fenómeno, tuvo cimas y simas. ¿Qué os parece más relevante de la escena/sonido de Seattle?
A: Nos gustaron y nos siguen gustando Nirvana, eran buenos en lo de guitarrazos y melodías pop. Además fueron muy importantes para descubrir a otros grupos de los 90 de los que somos muy fans y que grabaron discos que aun nos flipan ahora como Superchunk, Sugar, Posies, Buffalo Tom, Love Battery o Pond. A los Screaming Trees y Mudhoney los conocíamos antes de que inventaran esto del grunge y además fue el último “movimiento musical” que viví en primera persona, los anteriores (más interesantes, sí) no los pude vivir porque o no había nacido o era demasiado pequeño y los posteriores me la sudaron por razones de diferente índole.
X- Sí, yo sentí lo mismo. Nuestro acercamiento a lo que luego se llamó “grunge” se produjo de un modo natural: nosotros veníamos del garaje-punk de los 80 y queríamos hacer música atronadora con mucha melodía, mientras que ellos venían del hardcore de los 80 (cuando conocimos a los Screaming Trees aún publicaban los discos en SST) y, como se ha dicho de un modo un tanto estereotipado, mezclaban a los Beatles con Black Sabbath. No era lo mismo, pero se parecía lo suficiente.
¿Influye mucho ser de pueblo en vuestra percepción del mundo y en vuestra forma de organizaros? Mi apreciación es que las mejores cosas se consiguen en el aislamiento, y Biscuit son una nueva prueba de ello.
X: Claro que influye, no nos enteramos de nada y no queremos enterarnos. Somos lo peor en cuanto a saber relacionarse en el mundillo, cosa que las generaciones más jóvenes si han sabido hacer, ejemplo: Faraday… y así nos ha ido, pero también tiene sus cosas buenas, nuestra carrera y discurso, si se le puede decir así, es nuestro y solo nuestro, no es original, lo sabemos pero es muy nuestro, no crees?
Aunque uno tenga que vacunarse contra el infame “vinagre” vilanovino, por supuesto.
X: Por supuestísimo, hemos tenido suerte de que nunca hemos tenido éxito, lo llegamos a petar y nos despedazan… Aunque bien parados no salimos, fijo, aquí el vinagre corre a lo Usain Bolt.
Por otra parte, habrá otros grupos del país con los que ocasionalmente hayáis sentido algún tipo de conexión. Además, existe una red de rock’n’roll y garaje en España que seguro os debe haber cobijado todos estos años. ¿O es que os sucede lo típico: “Demasiado 60’s para los punks, demasiado brutos y rockandrolleros para los mods, demasiado indie para los puristas sixties, etc”?
A: Con los que siempre hemos sentido una especial conexión musical y personal es con los Meows, con los que hemos compartido conciertos y noches de desbarre vario. También con Sex Museum y Los Negativos como grupos bandera que abrieron caminos que otros pudimos seguir. Personalmente no me he sentido apoyado nunca por ninguna escena, siempre hay algún elemento que hace que no encajemos, demasiado cafres para los poperos, demasiado melódicos para los rockeros, demasiado indies para los 60’s, demasiado 60’s para los indies, demasiados solos de guitarra para los punks, demasiado punk para los hippies… ¿Sigo?
X- En todos estos años hemos conocido a mucha gente con la que hemos congeniado mucho en lo personal y lo musical. Los Meows son el caso más obvio y yo añadiría a los desgraciadamente desaparecidos Fortune Tellers, por ejemplo, pero nunca hemos formado parte de ninguna escena, lo cual no debería ser malo, pero me temo que en este país nos ha perjudicado más que otra cosa.
En vuestro backstage lo máximo que he visto consumir han sido carajillos y porros (en letal combinación). ¿Es posible llevar una vida de amor al rock’n’roll sin grupis, drogas ni adulación perpetua?
X: Hace años propuse adoptar como lema “So uncool even our drug of choice is legal”, pero no prosperó. A estas alturas creo firmemente que no solo es posible, sino necesario. Claro que eso puede ser por el perfecto desconocimiento que tengo de cómo debe ser la cosa CON grupis, drogas o adulación perpetua.
¿Y, más aún, es posible ser un rock’n’roller normal? ¿Tener hijos, hacer barbacoas, soplar velas en los cumpleaños, conservar un empleo?
X: Sí, desde luego si en algo se nos puede considerar arquetípicos es en eso. Somos la demostración viviente de ello. Para mí, a día de hoy, mi vida es un triángulo con tres vértices: la familia, el curro y el grupo. Evidentemente, hay ocasiones en que alguna de las facetas se da de hostias con otra, pero nadie dijo que la vida fuera fácil, ¿o sí?
Por cierto: ¿Qué piensan vuestros hijos de lo vuestro? ¿Les interesa o les parece una cosa de carrozas tripones? Mis hijos están ahora con el “Ai se eu te pego”. Vosotros que tenéis hijos mayores: ¿debería obligarles a escuchar discos dignos, o eso no haría más que crear nuevos recelos?
X: Hombre, mi hijo mayor cumple los siete el mes que viene, así que todavía me queda un respiro hasta que empiecen a odiar todo lo que hago o me gusta a mí. De momento, a pesar de que las influencias externas, por lo que dices y por desgracia, son las mismas que las de los tuyos, les hace bastante gracia lo del “grup del papa i el tiet”. En cuanto al consejo que pides, sí, me temo que cuanto más les eches tráquea abajo, más te lo vomitarán en los zapatos. Mi táctica es no forzar la cosa, pero tampoco esconder que la música (y cierto tipo de música en concreto) es parte fundamental de mi vida. A partir de ahí, ellos decidirán. De momento, debo admitir que gozo cual perra al verles corear a los tres al unísono el “Ready, Steady, Go” de Generation X, una de sus canciones preferidas.
Vida en la carretera. Inefable parte de la mitología r’n’r. En qué punto del camino de la vitta uno se dice a sí mismo: “Vale, estoy hasta los cojones. No vuelvo a ir a tocar al Beat de Tomelloso. Vended la furgoneta”.
X: ¡No hemos tocado nunca en el Beat de Tomelloso! A ver si hay suerte y eso cambia. En nuestro caso, tengo la impresión de que el hecho de que nos conozcamos desde hace más de un cuarto de siglo y nos hayamos soportado todo este tiempo nos ayuda a llevarlo mejor. Qué coño, seguimos pasándolo de muerte haciendo el mongo por estas carreteras de dios, así que la respuesta a la pregunta es: aún no lo sé.
A: Pregúntamelo un jueves a las 4 de la mañana descargando la furgo después de tocar en el Sidecar, pensando en que dentro de 4 horas tengo que llevar los niños a la escuela y trabajar en esa misma escuela… Y lo hablamos. Coñas aparte, para mí a día de hoy sigue valiendo la pena.
No me pudo creer lo del Beat de Tomelloso. ¡Es vuestro hogar natural! Por allí paran todos los grupos que os chiflan. De gira por Europa, Los Dictators hacen (no es broma) Madrid, Barcelona, TOMELLOSO, París, Londres…
A: Me remito a la anterior pregunta, pensarán que somos demasiado indies o que sabemos tocar demasiado, ¡vete tú a saber! No sé, pero me gustaría mucho tocar allí, todo el mundo habla maravillas de ese sitio.
X: Lo del “hogar natural” me recuerda a ciertos festivales (al menos un par de ellos hay) de los que se hacen por España en los que todo el mundo considera que deberíamos haber tocado (“Pero, ¿cómo? ¿No habéis tocado en el XXX? ¡Pero si parece hecho a medida para que toquéis vosotros!”) y, seguramente por razones ligadas a lo que apuntabais (u otras de índole más personal que ahora mismo no se me ocurren, pero vete a saber), no se ha dado el caso.
También nos hemos visto en infinidad de conciertos. Debo decir que echo de menos el modus vivendi conciertero (en cierta época veíamos tocar a dos o tres grupos por semana, mínimo), pero por otro también me alivia no tener que soportar al tonto bailón, al motora empujón, al borracho que decide hablarte justo cuando empieza “la buena”, al promotor mezquino, al ampli defectuoso, la cuerda rota y la sala inmunda, etc.
X: Me sabe terriblemente mal admitir esto pero, sí, la verdad es que llegó un punto en que me cansé de ir a conciertos. Bueno, no, cansancio quizá no sea la palabra correcta… No sé cuál es. Lo que sí sé es que, durante muchísimos años, ir a un concierto era como lo de ser un adolescente e ir a ensayar los sábados que te contaba unas preguntas más arriba. Salías descamisado, sudado, si había presupuesto con alguna camiseta o un disco, siempre con varias cervezas de más, y sintiendo una felicidad de una clase que ninguna otra actividad, por placentera que fuese, te daba. Un día, y de eso no hace mucho, aquello sencillamente dejó de ocurrir. Supongo que podríamos estar horas analizando causas y efectos, pero lo cierto es que pasó. Dicho esto, hace un par de semanas teloneamos a Eddie and the Hot Rods y me lo pasé de miedo con ellos, pero… No es lo mismo, coño, ya no es lo mismo.
¿Os tomáis de forma personal el escaso caso que os hacen los medios (a excepción de un par de revistas rockeras), o ya os va bien estar como estáis? Así, tranquilitos.
X: Antes nos lo tomábamos fatal, pero con nuestras circunstancias vitales actuales estar un tanto, o mucho, fuera de la pantalla del radar ya nos viene bien, la verdad (al menos a mí…).
A: La crítica, poca como has dicho tu, siempre nos ha tratado bien, el público menos, cuando te haces 600 km en furgoneta para tocar para 15 personas, a veces duele, aunque los 15 sean majetes y se compren el disco al acabar el concierto.
No voy a preguntaros especificaciones técnicas de Memorabilia, vuestro último álbum, porque ni me importan ni las entendería (pese a que me encanta el disco). Pero sí habladme un poco de él, como padres orgullosos (y sin menciones a amplis de válvulas, etc.).
A: Es muy sencillo. Dejando de lado lo que dices tú -Chicago, el estudio, las guitarras molonas, etc.- las canciones son las catorce mejores canciones que hemos hecho en los veinte años que llevamos juntos, sencillas, directas y con pelotas, nada más y nada menos.
X: Totalmente de acuerdo, es así. Además, viene a ser como aquellas recapitulaciones que hacen en todos los capítulos de ciertas series americanas, pero a lo bestia, en vez de empezar con: “En el último capítulo…”, empezaría con: “En los últimos nueve años…”. Fue como coger todo, o casi todo, lo que nos gustaba de los tres discos anteriores, añadirle algo de lo que siempre habíamos querido hacer pero no habíamos podido y aplicarle todo lo que hemos aprendido en estos años. El resultado es que ahora nos encontramos que lo siguiente que hagamos tiene muchas probabilidades de ser “más de lo mismo”, situación en la que jamás nos habíamos encontrado. Pero bueno, eso pertenece ya a otro capítulo.
(En Bendito Atraso siempre hemos sido fans de Biscuit. Desde antes de que existieran, de hecho: vimos a Dr. No en 1988 (y tuvimos su maqueta) y seguimos a Blue Bus durante su breve trayectoria. Hoy, Biscuit acaban de sacar uno de los mejores discos de su carrera, Memorabilia, para La Castanya, y actúan este jueves 21 en el Heliogàbal (Ramón y Cajal, 80). No falten)
Entrevistando a gente famosa cuya existencia desconocía #356
Vanidad me llama y me encarga una faena. Resulta que aún se acuerdan de aquella entrevista con Juliette Lewis que realicé para su revista, y con la cual se rió de mí (no conmigo) medio país. En aquella ocasión, el entourage de la actriz me trató poco mejor que a un mozo del butano con varicela, y fue esa intangibilidad magnífica la que le proporcionó los visos de tragicomedia al texto. Cuando no eres nadie, los famosos ni te ven. No cuentas, simplemente, como esos mayordomos de Gosford Park que permanecen en los márgenes de las vidas de sus amos, viéndolo todo pero sin posibilidad de participar (a un lacayo le sueltan “He’s nobody”, como si el infeliz no estuviese allí). Recuerdo haber pensado esto una vez que cené con Ángela Molina (y trece personas más) durante un Festival de Cine de Gijón. La mujer me dirigía la palabra, sí -no le quedaba más remedio, pues yo estaba frente a ella, sorbiendo la sopa como un gorrino- pero mi papel era solo el de anónimo receptáculo de su voz. Aquella noche también pensé que para que un famoso te preste atención, tienes que sacar un revolver. Pero luego me acordé de John Hinckley Jr. y Jodie Foster, y lo dejé correr.
Dos
Cuando Vanidad cuelga, he aceptado hacer la entrevista con Paco Plaza y Leticia Dolera, pese a que hace tan solo dos minutos no tenía la menor idea de quién eran. Mientras José Ganga, editor del magazine, me contaba los detalles, yo oprimía el teléfono entre la oreja y el hombro e introducía sus nombres en Wikipedia, por si acaso eran miembros del Klan o curas salesianos. Cuando vi que el asunto tenía que ver con cine español me apresuré a vociferar ¡Soy tu hombre, Ganga!, olvidando decirle que no sé nada de cine español, y que posiblemente sea el tipo menos indicado para la tarea. Cuando Vanidad cuelga de veras (lo de antes era un flashback), me siento como un doble agente de la Resistencia, un espía en medio de la Francia ocupada.
Tres
Ya llegué a la sesión de fotos, que se desarrolla en un principal suntuoso de la calle Aragó. ¿Que si me documenté antes? Sin duda. Agarré raudo el teléfono y llamé a mi amigo T, que trabaja en tinglados cinematográficos, y él se apresuró a contarme todo tipo de chismorreos increíbles sobre mis futuros entrevistados. No es que toda aquella alcahuetería de National Enquirer me fuese particularmente útil, pero pasé un rato la mar de agradable. Además, descubrí lo principal: que eran director y primera actriz en Rec 3.
¿Debería haber visto la película antes de entrevistarles?, me pregunto, pulsando el timbre de la puerta. Suena el bzzzz, me digo que no tiene importancia si he visto el filme o no, y (cómo no) lo primero que sucede al entrar en el piso es esto:
Paco Plaza: ¿Has visto la película?
Yo (pensando: Mierda): No.
Paco Plaza (decepcionado): P-pero yo creía que la entrevista era precisamente…
Yo: No soy ese tipo de entrevistador. Yo busco el lado humano.
Tras haberle soltado esa estupidez, aparco mi culo en un sillón y frunzo el ceño. Todo el equipo me mira y, tras cerciorarse de que, efectivamente, no soy nadie, regresa a sus quehaceres. Observo el familiar paisaje: el fotógrafo de acento inquietante, pantalón tubular y corte de pelo NSDAP. La asistente con casco Quant y silueta baja en lípidos. La maquilladora con afro Angela Davis y sonrisa flúor. Los tres revolotean alrededor de la reina del cotarro, Leticia Dolera, mientras ella realiza una pose tras otra: Leticia haciendo el pino en una cama. Leticia comiéndose una manzana en paños menores. Leticia en modo “estar por casa”, a pesar de que (como apunta el mismo Paco Plaza, levantando la vista de su cómic) nadie, a lo largo de la historia, ha ido por casa luciendo esos negligés raquíticos y peluquería de granito.
Entre shoots, Leticia Dolera deambula por la estancia de forma casi espectral, élfica, sin siquiera tocar el suelo. Pienso en Los Burros: “Eres tan flaca, que casi no estás”. Su calidad de nebulosa antropomórfica parece idónea para una actriz de terror: esa fragilidad de aparición post-mortem, de ectoplasma bien parecido, ojos como platos, flotando en el éter. Plaza, por su parte, sigue en el sofá, camiseta geeky, facciones amables y despeine estudiado, leyendo su tebeo sin inmutarse.
La sesión dura un par de años luz. Va sonando Nouvelle Vague, una música abominable cuyo único propósito parece ser ambientar sesiones de moda como esta. Finalmente nos sentamos a la mesa a charlar, pero antes tienen lugar un par de conversaciones telefónicas de Leticia Dolera, que gestiona entradas para no-sé-dónde y menciona a celebridades por el nombre de pila. Al cabo de un rato cuelga y me mira, abriendo mucho esos ojos parabólicos. Parece decir: tu turno, Seasquienseas.
Kiko Amat
(Para el número de abril de la revista Vanidad me encargaron entrevistar a Paco Plaza y Leticia Dolera, director y protagonista respectivamente de la película Rec3. Este fragmento es la introducción a la entrevista como tal, que pueden leer en el mencionado número del magazine)
Entrevista exclusiva con Juanito Wau (Wau y Los Arrrghs!)
¿Qué opinión os merece esta paradójica reinserción del sonido garaje (con jota) en el canon? Porque hace diez años esto era anatema para el hype, y se consideraba música revivalista para ceporros irrecuperables y analfabetos terminales. Y hoy The Sonics son invitados a tocar en un macrofestival.
Bueno, particularmente no veo mal que algo se ponga de moda, porque en cualquier caso no las dictamino yo y ya me cansa ser el típico carca regañón que se queja de que otros tiempos fueron mejores. La música sigue y este es nuestro momento, y con lo que hay pues a seguir disfrutando. Recuerdo cuando se puso de moda la música instrumental a raíz de la peli Pulp Fiction y otras movidas, y creo que se canalizó bastante bien con el aluvión de grupos surfers y garageros en los primeros noventa. Gracias a la reactivación de sellos como Estrus, Romulan, Dionisyous etc salieron bandas a porrillo y con una sensación de algo que se puso de moda pero que era a la vez disfrutable. No me molesta que lo disfrute más gente o no, preocuparte de si lo disfruta la gente adecuada o no es una pérdida de tiempo emocional, y no es mi faena, además! Ya vale de malditismos, joder. Ojalá pudiéramos escuchar en las cadenas comerciales de hoy cualquier lista de las que se hacían en los sesentas. Si no mal recuerdo, el cantante de los Herman’s Hermits era el vocalista favorito de Joey Ramone. Una cosa es escuchar música y otra es la estupidez humana, dos realidades en mi persona nada pasajeras; si juntamos las dos ya tenemos al demonio, que está por encima de cualquier moda.
Tienes toda la razón. Dicho esto, la mayoría de los nuevos grupos de garaje más o menos mainstream –por llamarlos de algún modo- son, desde mi punto de vista, inferiores (en cuanto a número de hits potenciales y canciones memorables) que los grupos de garaje 60’s o 80’s que me gustan. Como vosotros, por ejemplo.
Gracias por el cumplido. Yo a día de hoy escucho mas material de los 50′S, 60′S y 70′S que actual, no sé, creo que son ciclos que tienen que ver más con tu estado y tus evoluciones (en este caso involución). En mi cabeza ahora mismo no hay ninguna neurona que me diga que me estoy perdiendo cosas o que debería estar más actualizado; de momento me resulta placentero estar en la charca donde nado. Lo primordial es que me produce placer y no tengo ninguna sensación de agobio o prisa por conocer cosas. También tengo muy marcados ciertos estereotipos en los estilos musicales. A mí no me gusta todo: el blues me aburre, por ejemplo, los grupos tipo Gories me parecen un tostón, no soy nada amigo de la psicodelia y lo ácido muy justito. Me gustan las canciones con estructura básica, con beat y pegada. Todo ese rollo de las granjas y de los pantanos me confunde. También le doy mucha importancia a la cuestión del cuerpo, ¡el baile, tío! Me encanta bailar y suelo darle muchos puntos a las canciones si me permiten bailar. Si una canción solo consigue que mueva la cabeza como si dijera “sí, amo” y no consigue hacerme mover los pies instantáneamente, ya pierde, para mí.
Hablando de 80’s: en Bendito Atraso enarbolamos la teoría de que el garaje 80’s es cualitativamente igual que el garaje 60’s, y que hay hits de Gruesomes, Miracle Workers, Lyres, Thanes, Chesterfield Kings, Fleshtones, etc. que están a la altura (o sobrepasando) los cénits del 60’s punk. ¿Cómo lo ves tú?
Dos épocas cojonudas. Igual tengo más mitificada los 80’s porque es la que viví de lleno, etiquetada como revival cuando no eran más que un
puñado de chavales mostrando su amor por el garaje de los 60’s. En los ochenta yo no era consciente del asunto, lo disfrutaba con toda mi pasión y punto, pero al pasar el tiempo la he visto como una escena propia y muy particular. Escucha las producciones: eran muy de la época y eso me sigue gustando. Quitando algunas excepciones como los Chesterfield Kings y alguno más, aquellos grupos sonaban al momento que estaban viviendo, con los cánones de sonido y producción que imperaban en los ochenta. Cada vez que escucho a los Stomachmouths instantáneamente sale de mi cabeza “Viva los ochenta”. La prueba la tienes que en los noventa y ahora hay más grupos que tratan de ya no de hacer música de los sesenta, sino de sonar exactamente igual que en los sesenta.
Los sesenta son los campeones. Lo son todo y por todo: cambios sociales, cambio de actitudes, se acabo el ver conciertos sentado (modelo americano), experimentación, Shelmer, válvulas, transformación de la música negra, lamento, inmediatez, el pop y las melodías, los gritos (sí, amigos, como suenan los gritos en los discos de los sesenta no suenan en ninguna parte del universo). Con esto quiero decir que para mí los ochenta fue la última década con personalidad propia, con un estilo concreto aunque hicieran las mismas cuatro notas, la última década con detalles marca de la casa. No entiendo como los DJ’s no ponen más material de esa época, deberían de ser más valientes. No os mareéis con los niveles de comparación, ¿acaso cuando estoy escuchando a los Headless Horsemen pienso que los Downliners Sect no están a la altura? Pues no, cuando escucho música en lo primero que pienso es en mí mismo.
Una aventurada teoría garajera que quizás venga por vía directa de la insatisfacción genital de los ochenta: el garaje sólo puede surgir del resentimiento teen, de un profundo sentimiento antisocial, y de esa pesada carga testicular que acarreamos. Los grupos excepcionales de garaje femenino son minoría (The Brood, por ejemplo), aunque duela admitirlo. ¿Es el garaje, entonces, una cosa de hombres peludos y zafios?
Los recopilatorios Girls in the Garage dan fe que no, aunque hay que admitir que los chicos ganan por mayoría. El garaje es de todos, como un equipo de fútbol donde además de jugadores hay masajistas, recogepelotas, taquilleras, animadoras, gamberras, seguratas, managers, etc etc. La condición sexual está inmersa en el espectáculo y a la vez muy definida, no hay que alarmarse ni tener miedo. Dejarse llevar por tus pensamientos más primitivos es una herencia que surge del mismo espectáculo. De ahí surge la atracción animal, de siempre desde el principio de los tiempos. Ese hombre peludo que mueve las caderas y se pone a gritar hace que todo gire y funcione como solo funciona la naturaleza primitiva. Si a eso le añadimos el POP (unos botines o un buen decorado), pues ya lo tenemos. Tanto en la realidad como en nuestro subconsciente siempre veremos el Rock and roll así: los chicos arriba moviendo la cintura, las chicas abajo suspirando por esas cinturas.
Amigos de las drogas: Como demuestra la historia del rock’n’roll, algunos estilos de éste solo pudieron haber surgido en la forma que lo hicieron gracias a los estimulantes o psicodélicos ingeridos. ¿Creéis que es inseparable el hacer rock’n’roll con un cierto lifestyle que incluye licores de alta graduación y anfetamina?
Esta pregunta te la puedo contestar sin ninguna duda. Se puede sentir, amar y, más importante todavía, hacer Rock & Roll sin la priva y las drogas. Mientras escribo estas líneas quiero recalcar algo como una fecha señalada (¡Estas cosas motivan, tío!). Hoy mismo, después de dos años y medio, me van a dar el alta en el centro donde han tratado mi dependencia física al alcohol. No te voy a contar mi puta vida porque no interesa a nadie, esto es una historia personal de decidir y elegir.
Elegir el Rock and roll con todo lo demás o todo lo demás con el Rock and roll me da igual. Yo lo he elegido todo y ahora mismo lo tengo todo, no me hace falta de nada, así de claro, amigos. Lo único que puedo decir es que cuando ya me vi como un vagabundo alcoholizado y solo, ya nada vale nada; ni las minifaldas de las chicas, ni ese parche tan bonito, ni ese temazo de los Seeds, un bocata o un simple paseo con tu chica.
Yo no demonizo, que las drogas son un icono de esta historia nadie me lo tiene que contar. Que la peña se drogue me parece cojonudo, mi pasado me parece glorios
o en muchos aspectos, diversísimo y me ha formado, criado y amamantado. Siempre recuerdo con alegría mis momentos de desbarre con la banda o sin ella, puedo afirmar que estoy en un momento muy interesante de mi vida, ni estoy apalancado ni echo de menos el crearme ficticiamente un lifestyle. Si consigues drogarte, flipar con el rock & roll y no ser un cretino mentiroso (yonki) como era yo, pues ¡adelante con todo el equipo!!
El speed ha formado parte de manera tan activa en el desarrollo del rock’n’roll, los mods, el punk, que no puede examinarse ninguno de estos fenómenos sin tenerlo en cuenta.
Te contestaré a esta pregunta como si fuera un viejo Astronauta que estuvo en la luna y va dando conferencias sobre sus experiencias en la materia (que no es poca), soy así de amable. El speed es la mejor droga del mundo para el Rock & Roll, digan lo que digan; el speed es la sección rítmica de cualquier cuerpo/canción. Tiene que ver mucho cómo de importante es para ti salir a pasarlo bien. Sí, peña, a pasarlo bien he dicho, y no a enseñarle a toda la humanidad cuanta psicología sabes, cuantas ciencias controlas y lo guapo que eres. El speed te quita esas movidas de un plumazo, hay que dejar en la nevera al lado de los huevos tus traumas y tu ansiedad de que todo esté bajo control (coca) aunque sean las seis de la mañana. No me canso de decirlo, las corridas con el speed son espectaculares, nada graves, son mega agudas, ja ja ja.
Tu dulce voz tenor sólo puede surgir del dolor, el insomnio, la velocidad, el licor Hijo Puta y la mala vida en general. Ahora que afortunadamente te has convertido en un hombre cabal y estás desintoxicado, ¿no temes que el grupo pierda uno de sus atributos más distintivos, o que pierda el empuje?
Para nada. Es más, ya estamos con canciones nuevas para un nuevo disco. Reconozco que estoy más perro para la composición de temas, y sobre todo para las letras, pero no me preocupa mucho. En los dos discos anteriores las letras se hicieron el mismo día de la grabación, espero no utilizar ese sistema (se llama perrería, no sistema) para el próximo. Se lo debo a Jorge Explosión que me dijo que como vuelva por su estudio sin una letra me mata. Ahora en serio, se pasa muy mal, genera mucha tensión, en vez de cantar lo que haces es leer las letras que acabas de escribir, imagínate. En cualquier caso ya superé hace tiempo mi primer concierto sobrio, mi primera gira y ahora voy de cabeza a por el primer disco. Toda una aventura.
Ya lo has comentado en alguna ocasión, pero quisiéramos incidir una vez más en el binomio Valencia-Desbarre. Hay sitios del país que llevan en el código genético una cierta predisposición a ver amanecer tres o cuatro veces seguidas sin tocar colchón, una particular querencia por el despiporre y el ahí me las den todas. Asturias es uno. Valencia otro.
En Asturias yo creo que la cosa tiene que ver con su humor tan particular, un muy buen humor, con clase y macarrismo por partes iguales, nada chabacano. Lo de Valencia es generacional o casi genético. Además está la infraestructura, cosa que los vascos y asturianos no tienen. Solo tienes que ver qué es lo que vende en esas comarcas: campos con vacas, papeo interminable, turismo rural, caserones, prados y humedad. Como tú comprenderás, con nuestra oferta turística de sol, cutreapartamentos, petardos, discotecas, cuatro tapas y va que chuta, olor a buñuelo… Pues está claro, en desbarre no nos gana nadie y aprovecho para decir que ahora mismo Valencia es la ciudad de España donde hay más chavales con menos de 19 años que saben diferenciar y apreciar desde los Eaters a Screaming lord Sutch.
Tu pasado como mod bailador de soul no es muy conocido, quizás porque -como tantos de nosotros- abandonaste a toda prisa esa subcultura cuando viste el cariz seminarista y almidonado que estaba tomando a finales de los ochenta. ¿Qué recuerdas de tus primeros pasos como encapsulado modernista con parka?
Sigo teniendo parka y me sigue gustando bailar. Me lo pasaba de puta madre, y con una ignorancia que tiraba de espaldas. Creo que fue en el 87 u 88 cuando nos conocimos tú y yo en la sala Metro de Zaragoza. Pues eso, con un 600 con la bandera inglesa en el capot delantero y todo el maletero lleno de cajas de centraminas y dexedrinas y pallá que nos íbamos, solo queríamos divertirnos, creo que nos hicimos mods por cualquier casualidad, por pertenecer a algo. En las concentraciones me di cuenta de que era una historia demasiado compleja para mis 17 años, menudo rollo, te decían hasta lo que tenias que fumar, ja ja. Pero guardo un gratísimo recuerdo de todo aquello, y reconozco que la esencia mod sigue estando en mí: me gusta mirarme al espejo, y soy el único de la banda que se maquea. Gracias al mundo mod superé una de mis primeras pruebas existenciales: desligarme de cualquier borreguismo y amar la música. También tuve la oportunidad de ver lo más granado de las bandas españolas del momento: Furtivos, Malvados, Negativos, Los Scooters de donosti, Allnighters, Kamembert, Los Buenos, Los Sencillos, los Contentos, Los Cardiacos etc, etc… Aún me acuerdo del parche que hiciste del club “etilista” y de la inolvidable noche de los What For! en la KGB completamente bañado de pope.
Vuestro direct
o es excepcional, por supuesto. Antes que vosotros, no se me ocurre ningún otro grupo español que hiciera de cada concierto una fiesta. Aparte de Dr. Explosión, que eran la monda. ¿Os veis como descendientes de ellos, en cuanto a farra y show?
Alguna vez lo he hablado con Jorge: pase lo que pase, estés donde estés, el garaje siempre vuelve a hacer explotar tu cabeza. La carrera de los Explosión me parece cojonuda, no solo aguantar esos años sino hacerlo con ese nivel festivo. Algo así no es fácil, especialmente si te mueves en un estilo muy limitado. Personalmente me alegro mucho de que los Explosión estén apostando más por las canciones en español. Generacionalmente sí que podemos ser descendientes de ellos, somos dos bandas que no engañamos a nadie, con un directo contundente y con mucha pasión. Lo único que nos diferencia de los Explosión es la disciplina, de eso ellos van sobraos.
Link Wray es Dios, de acuerdo. Pero Billy Childish está sentado a la derecha del padre. ¿Qué se siente al compartir escenario con gente de Milkshakes y Headcoats?
En esta pregunta me voy a pegar el moco, porque yo lo valgo: una de las cosas que más orgullo y placer me da es cuando alguna gente en Valencia me dice “oye Juanito, gracias a ti conocimos a los Milkshakes”. Esto puede parecer una gilipollez, pero para mí no lo es. Tengo cien mil bandas favoritas, como todo el mundo, pero los Milkshakes son mi banda, en mi mundo particular todo empezó a cuajar gracias a ellos, todo tenia respuesta y sentido en mi cabeza, fueron y son la banda que me hace entender el rock & roll al estilo de Juanito.
Todo el mundo menciona a Childish y a Bruce Brand, pero no nos olvidemos de Mickey Hampshire. Me acuerdo que ya en el año 93 Fletán tenía un programa de radio y me invitó a hacer un especial Medway Punk. Allí ya rompí una lanza en favor de Mick, el que lo empezó todo. Billy sigue siendo más mediático con sus movidas artísticas, pero ¿lo pedazo de artista que es Mick, con su mismo curro de jardinero de toda la vida y viviendo en la misma barcaza? Me quito el sombrero.
Hemos tocado con ellos tres veces, la segunda vez fue en Graz (Austria). Yo no sé hablar inglés, pero Mick y yo estuvimos dos días visitando museos de armaduras, bebiendo champán y sin quitarnos nuestros trajes. Nunca una persona me ha dicho tan seriamente que soy un punk rocker. Los Milkshakes son una de las cosas más importantes que me han ocurrido en la vida y así de dramático y rimbombante os lo digo. Joder, que a gusto me he quedado.
Te voy a soltar un piropo: “Piedras” es mi canción favorita de Wau y los Arrrghs! Y la letra me chifla (cuesta creer que la hicieras en el mismo estudio, como afirmabas antes). Para mí está a la altura de uno de mis hits eternos de garaje 80’s, el “Your lies” de The Gruesomes.
A mí también me gusta mucho la letra, cogiendo un temazo de los lyrics flipamos con lo que acabó saliendo. “Piedras” y “It´s great” son dos canciones de desamor pero con ritmo, mala leche y humor. Joder, colega, que digas que para ti esta a la altura del “Your Lies” de los Gruesomes me parece un pasote, pero bueno, no es mala noticia. El primer reportaje que leí de los Gruesomes fue en tu fanzine Rowed out, la primera casete que tuve de ellos fue una que me mandasteis tu hermano y tú… Como ves, nuestros caminos se vuelven a encontrar. Dios, no puedo entender como hay gente a quien le gustaban los Gruesomes y ahora dice que le molan otras cosas. ¿Pero qué pasa? ¿Que por ir un día al “Bulli” vas a dejar de comer Tortilla de patatas?
Una pregunta de lagarto, lagarto: ¿Has estado alguna vez a punto de morir?
Unas cuantas veces, como todo aquel que aun esté vivo.
(Esta es una entrevista exclusiva con Juanito Wau para Bendito Atraso. Wau y Los Arrrghs! tocarán este viernes 30 de marzo en el CCCB de Barcelona, con ocasión del BCN mp7. Wau y Los Arrrghs! son nuestro grupo favorito de garaje actual. No de España; del mundo)







