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Preciosa insularidad
Pop neozelandés Los sellos Captured Tracks y Flying Nun empiezan una colaboración para editar discos emblemáticos y rarezas del segundo. La monja voladora despega desde el otro extremo del globo.
El símil se ha hecho antes: cuando los primeros pioneros se asentaron en Nueva Zelanda hace 700 años, en la zona no había mamíferos placentarios. Ni perros, ni caballos, ni vacas. En su ausencia habían fructificado los más exóticos animales: canguros, ornitorrincos, koalas y kiwis. Lo mismo podría decirse del “sonido Dunedin”, la discográfica Flying Nun y los grupos pop neozelandeses de los 80’s. Eran raros. Raros sin querer, sin sudarlo. Coincido con el discómano Kevin Pearce cuando desconfía de los músicos que se esfuerzan en ser extravagantes, como Butthole Surfers o Frank Zappa. The Clean, The Bats, The Chills, The Verlaines, Tall Dwarfs, Sneaky Feelings y el resto de grupos de Flying Nun, por el contrario, eran extraños de pura chiripa. Su singularidad no nacía de la visión comercial o las ganas de dar la nota, sino que era tan natural como una muletilla.
El aislamiento creativo es una herramienta vital –un búnker donde crear sin intromisiones, ajeno a modas veleidosas, erigiendo un universo personal- y pocos artistas han estado tan aislados como los grupos de NZ. Graeme Downes, de The Verlaines, achaca esa insularidad a que las tendencias inglesas tardaban dos años o más en llegar a las antípodas. “¿Para qué molestarse en seguir una moda”, afirmó en 2005, “si llegaba a nosotros ya moribunda?”. En esa lejana isla, los grupos de lo que sería bautizado como “Dunedin Sound” crecieron como anacrónicos saurios de El mundo perdido: sin contagios del resto del planeta. A su bola. Sin saber que eran deformes, como en una de esas paradojas de La dimensión desconocida donde vemos una sociedad de bizarros cuyas deformidades son la norma, y se enchirona al único fulano normal. Por monstruo.
Allá en su nube y privados de pop moderno, todos aquellos grupos tiraron de fondo de armario: viejos discos de Velvet Underground, Byrds, 60’s beat y garaje. Eso, sumado a una extraña combinación de poligamia intergrupal –sus miembros colaboraban continuamente en proyectos paralelos- y sana competitividad –todos ambicionaban crear la mejor canción- gestó un asombroso tipo de pop. Era austero, espacioso y tenía empuje. Era estrafalario y nervioso, pero cantable. La combinación de augusta ambición compositiva y limitada pericia instrumental levantaba canciones de nervio roto y épica torcida, emocionantes y espinosas. Era, y sigue siendo, algo maravilloso de escuchar. Hits imposibles de las antípodas. De gente que anda con la cabeza.
Roger Shepherd, dueño de una disquería, los agrupó en un sello con nombre extravagante (Flying Nun, por la serie La monja voladora) y empezó a sacar discos en 1981. Nueva rareza: aquellos éxitos implausibles se tornaron hits certificables. El segundo lanzamiento de la casa, “Tally ho!” de The Clean, llegó al #19 de las listas nacionales, y los siguientes treparían tan panchos por el Top 10 una y otra vez. Algo tenía aquel pop desviado, diferente sin ser consciente de ello, que cautivaba a los oyentes. En breve, aquellos anómalos náufragos pop trascenderían sus fronteras, y se sumarían a una red que tenía células en la Inglaterra indie, en el Paisley Underground americano o en el pop trotante, zurdo y velvetesco de The Feelies. Todos ellos venían del punk y el Hazlo-Tú-Mismo, de la comunidad sólida y la artesanía al margen del comercio, del rechazo a las rockstars y al darse aires. Todos tocaban acordes inusuales, escapaban del rock tradicional, convergían con otras tradiciones. Cosas que crecen entre las baldosas; flores raras, pero resistentes.
Y las más raras, ya se ha visto, serían las de Flying Nun. Había en aquellos grupos una extraña oscuridad, una precariedad amenazante, de la que carecían los grupos ingleses o americanos. No era psicodelia habitual: habían llegado al mismo sitio mediante otros caminos, saltando zanjas y evitando carreteras transitadas. Solo hay que escuchar “Night of the chill blue” o “Pink frost” de The Chills: pop épico que suena a emboscada en un bosque helado. Pop tenso que parece hablar de cosas malas a punto de pasarte; a ratos fatalista, a ratos esperanzado. Con ese arrugarse el estómago que solo producen el miedo o la anticipación: como “Calm before the storm” de The Bats. Un accidente que nadie puede impedir, unas palabras de aliento antes del desembarco fatal.
Tras haber sacado decenas de discos excepcionales, Flying Nun fue adquirida por Warner en el año 2006 y languideció durante años, llena de moho, como el arca perdida al final de aquella película. Por fortuna, su ex-dueño la rescató el año 2009 y recientemente ha empezado una colaboración con el sello Captured Tracks que se augura sabrosa. Su primer lanzamiento es un doble álbum de Toy Love, suerte de grupo nodriza del Dunedin Sound (sus miembros fundarían bandas emblemáticas de Flying Nun: Tall Dwarfs y The Bats) que de 1979 a 1980 mezcló punk 77 con sixties pop feliz, y produciría al menos un cripto-hit inmortal (la jubilosa “Swimming pool”). Qué extraordinario descubrimiento. Kiko Amat
Un Top 10 personal de hits antipódicos
THE BATS Calm before the storm (7” Block of Wood, 1987)
THE CHILLS Pink frost (7”, 1984)
THE VERLAINES Lying in state (del LP Hallelujah All the Way Home, 1985)
THE CLEAN Anything could happen (Boodle Boodle Boodle EP, 1981)
THE CHILLS Night of the chill blue (del LP Brave Words, 1987)
SNEAKY FEELINGS In the shape of a heart (del LP Hard Love Stories, 1988)
TALL DWARFS Dare to tread (del LP Fork songs, 1991)
THE BATS Miss this things (del LP Daddy’s Highway, 1987)
TOY LOVE Squeeze (del doble LP Toy Love, editado por Captured Tracks)
THE GREAT UNWASHED Neck of the woods (7”, 1984)
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 6 de marzo del 2013)
Disco del mes (Julio/Agosto 2012): THE BATS Daddy’s highway
Daddy’s highway
Flying Nun, 1987
Como anticipo a este verano nos complace recomendarles uno de los mejores álbumes salidos de Flying Nun: el debut de The Bats. Se titula Daddy’s highway, se publicó en el magnífico año de 1987 (muchos Álbumes del Mes en esta casa se editaron por esos aledaños), y acaba de ser reeditado en su forma original por el sello que lo vio nacer. The Bats eran -y siguen siendo, pues continúan en activo- Robert Scott, Kate Woodward, Paul Kean y Malcolm Grant, y unieron sus destinos en Christchurch (NZ), hacia 1982. Si ustedes están mínimamente versados en el año de marras, y en los artefactos que emergieron de Nueva Zelanda sobre aquella época (el llamado “sonido Dunedin” de Flying Nun: The Chills, The Clean, The Verlaines, Tall Dwarfs, etc.) ya pueden imaginar cuales fueron los parámetros fundacionales del cuarteto: pop melancólico, sutil y elegante, enraizado en el beat, los Nuggets y la V.U., pero que reusó todo aquel legado para refundar un pop nuevo con actitud punk y espíritu generacional. Sí, aunque emergieran de la otra punta del globo y fuesen santamente a su bola, The Bats –y, por extensión, el Dunedin Sound- suenan a puro 1987 independiente inglés: The June Brides, The Jasmine Minks, Razorcuts, Hurrah!, McCarthy, The Dentists (sin el garaje), pop escocés, etc. Por afinidades, vamos, no por mimetismo. Pop jangleoso con Rickenbackers cristalinas, ocasionalmente modesco y Byrdsiano, a ratos oscuro y amenazante, a ratos trotón y feliciano, pero siempre artesano y meticuloso. Como The Go-Betweens, The Bats prestaban una gran atención a la forma de las canciones, su perdurabilidad, su estructura y composición; buscando un método de componer que no estuviese trillado ni recordara demasiado al rockete de viejo cuño, pero que tampoco escampara por senderos de desvarío experimental.
En el álbum, consecución de varios años lanzando EPs crudos, abundan canciones con el violín solitario de Alistair Galbraith (puro The June Brides), y otras que usan una caja de ritmos razonablemente cálida, y todo se funde en un sonido coherente mediante la voz rica y cercana de Robert Scott, las guitarras quebradizas, el bajo de Kean y el órgano no-garajero de la Woodward. En el terreno de las baladas pop, The Bats son tan efectivos y emocionales como The Jasmine Minks (escuchen “Sir Queen”), pero también dominan la penumbra y lo sombrío (“North by north”, que es como el “Pink frost” de The Chills) y el hit celestial (“Treason”, “Round and down”, “Block of wood”, “Daddy’s highway” y bastantes más). ¿Cimas? Las favoritas de Bendito Atraso, si quieren saberlo, son “I miss these things”, que parece continuamente a punto de romperse y deshilacharse, deshacerse en las manos del oyente, pero se eleva cada vez en un monumental tobogán de crescendo; y una canción extra que no aparecía en el LP original (fue cara B de “Block of wood” y viene incluida en los downloads de la reedición): “Calm before the storm”. Un imponente himnazo POP con coros sacramentales, varias capas de tristeza dulce, sonido cuadrafónico a lo They Might Be Giants y emoción dérmica a porrillo (por no hablar de su letra); una canción que podría haber sido éxito para The Smiths o The Housemartins, o cualquier otro grupo de pop hermoso con acceso al mainstream. 2:50 minutos de absoluta perfección coral que los sencillos chicos de Dunedin decidieron ocultar en una modesta cara B, como si se tratase de un tesoro infantil. Tal vez pensando, con razón, que el álbum ya contenía suficientes canciones rotundas e inolvidables, y que no era plan de ponerse jactanciosos. Kiko Amat
Disco del mes (julio-agosto 2011): THE ART MUSEUMS Rough frame
Rough frame
(Woodsist, 2010)
Quizás ustedes ya hayan oído hablar de The Art Museums. En caso de que no sea así, empecemos con un buen chasco: acaban de disolverse (o eso deducimos de su codificado y escueto mensaje en Myspace). Las buenas noticias son que, al contrario que la mitad de mis grupos favoritos españoles de los ochenta, The Art Museums sí dejan legado: un álbum y un par de singles que no pueden faltar en su colección. The Art Museums son una de esas maravillosas contradicciones tan anacrónicas como atemporales, y desde luego geográficamente paradójicas. Como un grupo de merseybeat en la Barcelona de 1988, o una banda afrocubana en Saigón, o un violín irlandés en Caracas, The Art Museums pertenecen y no pertenecen a su lugar de procedencia, San Francisco. Suenan a 60’s deshilachados, corales y optimistas, en efecto, pero su testigo no viaja en un tren directo, sino en el típico borreguero que efectúa setecientas paradas en todos los pueblos innombrables (y fuera de ruta y camino equidistante) que puedan imaginar. Así, en lugar de beber de la cultura pre-hippy de su ciudad natal, de toda la armonía West Coast pretérita y de los miles de cantautores psicodélicos que poblaron sus pendientes, The Art Museums evitan los atajos y agarran los 60’s via 80’s, casi como The Style Council (o los mods originales) agarraron Inglaterra vía Europa. Su sonido es The Who y 60’s mod, sí, pero tal y como los imaginó Dan Treacy, replicando su iconografía a base de pobreza monetaria, corazón partío, falta de medios y concepción de grabación guerrillera-punk. Por tanto, The Art Museums toman el art-pop sesentiano de la mano de Flying Nun, Sarah y, muy (pero que muy) especialmente, de los filomods con veleidades artísticas del sello Whaaam!: The Times, los TVPs de 1982, primeros The Pastels, Small World psicodelizados, The Gifted Children, etc. Las similitudes con The Times (uno de los grandes grupos olvidados de los 80’s, y de mis favoritos de toda la vida) son tan exageradas –sin jamás rozar el pastiche- que aún me sorprendo al toparme con fotos de The Art Museums y recordar que son un cuarteto mixto de psico-nerdos californianos, ex-Skygreen Leopards y ex-Whyst, compañeros de sello de Vivian Girls y Crystal Stilts, y no varios pálidos ingleses ataviados con colgantes de sopa Campbell’s, jerséis con cuello de tortuga, gorras Lennon, vaqueros blancos y pisamierdas. Para acentuar la similitud, The Art Museums tienen la desfachatez de hablar de lo mismo que sus predecesores (subcultura, héroes pop, chicas modernas en cafés, escritores antiguos, actores fallecidos, jardines con esculturas…) y, puesto que graban con una vetusta tape machine, su sibilante producción es idéntica a la de los arty-mods lo-fi de 1983 (es decir, que el álbum suena como si lo hubieran grabado en el tracto digestivo de un gran cetáceo).
Todo esto daría un poco de miedo si no fuese por lo natural que resulta. The Art Museums aparentan ser gente que ama dicho estilo, y tienen la decencia de no disfrazarse de Ed Ball 1984. En lugar de pasar horas tratando de replicar el look de aquel video de “The painted word”, The Art Museums se han aplicado aquí a componer unas cuantas canciones inmortales, de lírica The Style Council y ecos The Jasmine Minks, que contrastan (y encajan) maravillosamente con sus barbas y camisetas de Mantles (otro grupo igualmente anglófilo de su mismo entorno). “So your baby doesn’t love you anymore”, con su batería Marbú, su mención a una “american movie” y su vocalista-en-gruta, suena a primer LP de Television Personalities. “Paris cafes”, pop apaisado y amplio con metronómica caja de ritmos y letra referencial, pura psicodelia 80’s, parece prima hermana del “Kardomah cafe” de los Cherry Boys. Y qué decir de “Oh modern girls”, cara B imaginada del “Big painting” de The Times.
Pero olviden la retahíla de nombres e influencias que acabo de lanzar graciosamente al aire como trasnochado confeti: todas estas referencias que listé son, en verdad, irrelevantes. Lo que realmente importa aquí -y deben recordar siempre- es lo siguiente: si les gusta el pop bonito, sin aditivos ni grasazas conceptuales, romántico y frágil y elegante, The Art Museums se convertirán en uno de los hallazgos más preciosos y preciados del año. Aunque ya no existan. O precisamente por su no-existencia.
Kiko Amat
Disco del mes (junio 2010): THE CHILLS Brave Words
THE CHILLS
Brave words
(Flying Nun, 1987)
Hay una oscuridad que no se manifiesta en esmalte negro de uñas o automutilación, y hay un desespero Cormaquiano y estepario que no tiene traducción, y cuando la tiene no suena a goth, sino a pop. Pop en penumbra, de luz tenue y acento reticente: pop que parece hecho por alguien a quien han llevado al escenario mediante empellones y amenazas, pop hecho por alguien que quizás quisiera estar en otra parte, pero tiene que quedarse por narices porque le apunta un rifle. Hay un pop tenso que parece hablar de cosas malas a punto de pasarte, y hay una luz que a veces sí se apaga, y cuando lo hace suena así. Como The Chills, en sus momentos solitarios; en Brave Words.
The Chills eran de Nueva Zelanda, de los 80, y a menudo suenan lluviosos, fríos y tiritantes. Su base en Brave Words (1987), que fue su primer álbum oficial, es un pop iluminado que se va apagando a través de bajonazos y desdichas, canción a canción, como un optimista enfrentado a la terrible realidad de una muerte inesperada. “Pink frost”, que fue una de sus mejores canciones del principio y no viene en este álbum, era el sonido de algo reptando al otro lado de tu ventana: música pop con amenazas, anónimos y catástrofes imprevistas. “Pink frost” era la más negra de las canciones de sus primeros singles, y venía temperada con el brillo y la bonhomía de “Doledrums”, su himno feliz a los días de paro y siesta y fiesta. Pero Brave words es, de hecho, un disco lleno de “Pink Frosts”, un disco que suena a rasca, desastres y lluvia; algo nada extraño, si consideramos que los dos primeros temas, “Push” y “Rain”, empiezan además con las frases “You made it rain…” y “Rain taps on the window pane…”. Diluvios, inundaciones.
Así, este es el sonido de tipos encerrados en casas espaciosas mientras fuera cae la de Dios: tipos abrazándose para entrar en calor, bebiendo para no acordarse de aquello y contándose historias que a veces hacen gracia, a veces llorar. Las que hacen gracia, y contagian ganas de ponerse en pie y bailar un pequeño jig irlandés, son los mini-hits de garaje pop: como “Look for the good in others and they’ll see the good in you”, que tiene un órgano omnipresente a lo Blue Orchids y coros de Fa-fa-fa-fa. O el éxito pop más obvio, “Dan Destiny and the silver dawn”, que podría ser de The DB’s en día de recibir cheque gubernamental y que además repite el nombre del protagonista todo el rato al final de los versos (“But it’s twenty below now Danny / It’s snowing outside now Danny”); y todas las canciones y libros que repiten el nombre propio de alguien molan y molarán siempre, Charlie Brown.
The Chills tienen este lado, ya decía, el lado del sol, de lo mejor del sol; tres años después, con su siguiente disco Submarine bells (1990), aquel buen tiempo se materializaría en su más ambicioso y radiofónico hit, una canción que proclamaba sus intenciones incluso en el título: “Heavenly pop hit”. Asimismo, en Brave words, la canción que desobtura chakras y contagia sonrisas es la que titula el álbum: “Brave words”, un canto (sí, canto) a la esperanza (sí, esperanza), que denuncia el vender los propios sueños -como aquella otra canción de The Pop Group- y resignarse, que es el peor de los finales. Y que suelta la que es una de las mejores declaraciones del LP: “Lo que me gustaría saber es si la apatía viene con la edad, porque entonces preferiría caer luchando / Así al menos me marcharía con orgullo / Preferiría caer intentando combatir / Combatir las dudas interiores”. La intención aquí parece un poco Mose Allison: caigo, pero no caeré sin lucha, aviso. Me hundo, pero aún me quedan fuerzas; que se sepa. Y “Brave words”, para colmo, suena vagamente a aquel previo hit/no-hit de un single de The Chills, “I love my leather jacket”, que era una gran canción que hablaba de una prenda de ropa; y las canciones sobre prendas de ropa siempre han molado y molarán.
Pero antes, el mal rollo. Un mal rollo medio bueno, como un spleen que sabes que pasará, o una pésima noticia que tus amigos te suavizan para que no te de el telele. Algunas de las mejores canciones de The Chills son esas beat ballads (utilizo un término del soul, pero que les va como anillo al dedo), esa nueva ola reticente, algo deprimida y que se abraza a sí misma. En Brave words está “Night of the chill blue”, un tema que me pone la piel de gallina por todas las razones y algunas más: da miedo y hace hinchar el pecho, como un desembarco, como una pelea que quizás vas a ganar, pero de la que en cualquier caso no puedes huir. Una canción que podría sonar en la imagen fílmica de camaradas con casco, amigos con armas en las manos, yendo hacia sitios donde las cosas terminan horrible. Una de las mejores canciones del mundo: “It’s the night of the chill blue and I hope to God you feel this too”.
Y también “Dark carnival”, que tiene un piano emborrachado y tono de cabaret venido a menos, de paredes con pintura desconchada y hombres viniéndose abajo: “Gone and I’m left cold standing alone”, dicen. O “you never get a ride when the cars come and you hide”, una de sus mejores metáforas sobre el miedo a lo venidero. Y que termina abruptamente, como si el cantante de repente se diese cuenta de que no tenía sentido continuar. Y luego “Sixteen heart throbs”, que habla de mentiras y mujeres muertas, y tiene juegos de palabras (“Jayne with a why”) y un coro que canta todos los números hasta el 16, y todas las canciones que enumeran molan y siempre molarán, 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 millones de veces y más.
Brave words es uno de esos discos excepcionales, un disco que es como una persona, con sus estados de ánimo y sus cambios de humor y su -ahora- mala leche y -ahora- buen humor. Martin Phillips, líder de The Chills, pasaría por muchas cosas horripilantes después de este álbum, empezando por una hepatitis y una adicción de las gordas. En el orden inverso. Brave words parece, con su tono oscilante entre el carpe diem y el fatalismo y el terror, preveer esa hepatitis y esos órganos dañados dejando de funcionar. Una maravilla subestimada, que no intenta convencer, que no está desesperada porque la escuchemos, que no llama la atención: pero que, con sus hombros encogidos y sus manifestaciones de desespero-con-ironía se convierte en uno de los grandes discos de los ochenta. Todo el mundo debería tenerlo.
Kiko Amat






