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Disco del mes (octubre 2012): THE SINNERS From the heart down
From the heart down
(Amigo Musik AB, 1987)
Durante una época, parecía que el mundo entero era sueco. La discutible culpa –pues también podría juzgarse como acierto- la tuvo el Ruta 66 de finales de los ochenta, que perdía el trasero por cualquier grupo de rock’n’roll nórdico, e inundó sus páginas de bandas de tipos con jeans pitillos muy estrechos, botines psicodélicos, ojos azulísimos y apellidos llenos de fonemas dorso-palatales-fricativos-sordos y diéresis enloquecidas. De golpe se antojó normal hablar de las canciones de Magnus Swärdh-Alkmar (me lo invento) en una bodega de Les Corts, como si hubiéramos nacido en Uppsala y todos aquellos nombres raros y perfiles hamletianos fuesen lo más normal del mundo.
Lo cierto es que la mayoría de los grupos suecos, no me pregunten cómo, parecían llevarlo en la sangre, El rock’n’roll, digo. Tocaban y pensaban como grupos ingleses, tal que si el linaje del skiffle y el beat y el R&B hubiesen brotado en su península en lugar de en la isla nubosa que se aloja un poco a la izquierda. Y, de hecho, el plantel de grupos sixties suecos no tenía nada que envidiar al de otras zonas con alto índice de superfabulosidad eurobeat, mod y garajosa, como Holanda o Alemania. Si estos dos últimos tenían a Q’65, Outsiders, The Motions y The Boots, Suecia podía enorgullecerse de haber alojado a los sensacionales The Tages (super-mod-R&B-pop-art), The Longboatmen (favorito freakbeat whoesco de Bendito Atraso) y los fallidos aunque grandes The Namelosers (lo mismo: ruidazo Who y grandes camisetas op-art). Quizás no sea tan disparatado afirmar que estos cimientos sujetarían la potente generación de 1985-89 sueca.
Pero ojo: eso no es lo mismo que decir que todos sus grupos fuesen excepcionales: había petardos, como en todas partes. Y, asimismo, las bandas energéticas parecían ser mayoría. Quizás se trataba de un esfuerzo común para tratar de disimular la existencia de sus paisanos Roxette, pero entre 1987 y 1989 se publicaron excelentes discos de garaje, pop y rock’n’roll allá en Suecia. The Wylde Mammoths (que grababan en Crypt), Crimson Shadows (normalicos), The Nomads (favoritos de Ruta 66), The Stomachmouths (favoritos de esta casa, y también de Ruta 66, que los trajeron a tocar al KGB hacia 1988), Wilmer X o Psychotic Youth sacaron singles o elepés fornidos, decididamente celebrables, quizás no trascendentes o imperecederos –tampoco eran obras maestras- pero sí bien estrepitosos y juveniles y flequilleros. Y eso, mis amigos, es de lo que va el pop.
En este Disco del Mes hemos dudado hasta el último segundo entre dos grupos favoritos de la casa: The Creeps y The Sinners. Al final nos decantamos por los segundos, aunque solo fuera por el viejo reglamento de Bendito Atraso: protege al desvalido, haz caso al ignorado. Porque si bien The Creeps –que disfrutarán de un futuro Disco del Mes, se lo aseguro- no han sido aún invitados al Rock and Roll Hall of Fame y sus discos se encuentran ya a cuatro pesetas en todos los cajones de saldo, lo de los Sinners parece de pogromo. No se acuerda de ellos ni el proverbial Tato. En la lista de grupos de rock suecos de la wikipedia no salen ni en broma (claro que tampoco salen The Tages, lo que ya indica la fiabilidad del asunto), y es muy difícil toparse con alguien en bares y bodegas que afirme recordarles. Y de tener sus discos, ya ni hablamos.
Es una pena, porque su elepé From the heart down (Amigo Musik AB, 1987) aquí siempre nos ha parecido la monda. Le tenemos cariño hasta a la portada, que es sinceramente tirando a inmundita, incluso nos enternece la imagen de la banda, tan r’n’r de 1987: ojos pintados, camisas de topos, pantalones estrangulados, un ocasional tupé aquí, un cardado Dogs d’Amour allá, una americana de un botón acullá, una beisbolera que aparece por el margen derecho, unos creepers que asoman por debajo, unas camperas inquietantes que se entrevén al final de unos elásticos tremendos y potencialmente castradores. En aquella época, muchos grupos iban así; parecía ser una especie de código no hablado. Garajeros con aire hair-rock, por decirlo rápido y mal. Gente que amaba a The Replacements, el surf, el R&B y el 60’s punk, pero que lucían como teloneros de Quireboys. Miren nomás aquí a su cantante Sven Köhler haciendo el mico. ¿No les recuerda a alguien? A Bunbury, en efecto. Pero, ¿qué podemos decir? Le seguimos teniendo cariño a ese look y a esos andares farrucos.
Pero nos estamos yendo por la periferia: son las canciones de lo que les queríamos hablar. From the heart down tiene un montón de grandes composiciones. Es un álbum variado: el grupo tomaba de diversos sonidos y décadas (50’s a 80’s, sin problemas ni traumas), y las canciones rebotaban por el disco con heterogenia de tutti-frutti. No es que cada corte fuera un resumen de influencias, no me entiendan mal, sino más bien que cada canción venía de un lugar concreto y reconocible. Una era rockabilly, la otra surfeaba por las sisas, la de más allá era garaje puro de oliva y la siguiente power pop con signos de admiración, y sellaban el matxembrat con una que sonaba a ABBA (en bueno). Ese jaleo de influencias, unido a la visión compositiva y la embestida rítmica del quinteto, por no hablar del vozarrón testosteronil del mencionado Sven, tomaban forma en un disco lleno de sorpresas, donde un baile relevaba al anterior y uno no sabía hacia donde iba a tirar y acababa derrengado de tanto dar brincos y danzar el twist.
Fíjense bien: From the heart down lleva trompetas fleshtonianas y empujones The Plimsouls (“Good & evil”), rockabilly modernizado con caderas pop (“Future kiss”), estribillos con berreado de siglas (“You ain’t different”, y su vigoroso ¡D-I-F-F-E-R-E-N-T!), holocausto australiano a lo Radio Birdman (su casi-casi hit europeo “Walk on by”, favorita de rockeros de uno al otro confín), una que podría ser de BB Sin Sed (“999 kisses”), midtempos tensos y con alto porcentaje de cool (“If I only were lazy”) y una especie de cosa que aquí amamos sin freno y no sabríamos definir: “Sin city”. Tiene sección de viento, un bajo diapasón que recuerda a The Del-Fuegos y un escalonado build-up de canción que no escuchábamos desde los Byrds. Sin exagerar.
El disco, si tenemos que ser francos, está más superproducido y abrillantado que el Pleased to meet me de The Replacements, factor que no es necesariamente malo: aquí nos gustan los discos 80’s que suenan 80’s, aunque sean de garaje-rock. Y tiene un par de canciones mediocres, cosa que sí lo es (mala, queremos decir): “Watch out” es un malaconsejado ladrillo rock de 7:19 minutos que no se sabe muy bien lo que anhela conseguir, y la penúltima canción (“I’ll be your baby tonight”) es lo que ya imaginan: un tema de Dylan que popularizaron UB40, y que tiende a lo odioso lo hagas como lo hagas y lo pongas donde lo pongas. The Sinners fueron y lo colocaron en penúltimo lugar del álbum, emplazamiento que según Robert Forster siempre aloja el peor corte de un LP. En este caso, toda la razón.
The Sinners se rockizaron más y más con cada nuevo álbum, y corporativizaron su sonido de la peor manera hacia principios de los 90’s, llegando a aparecer repetidamente en MTV y siendo nominados para Grammys. The Creeps harían lo mismo con aquel nefasto funk-chungo-en-chalequillos de su última etapa, si recuerdan. Pero nada de esto importa mucho, porque siempre nos quedará su álbum de debut, conseguible por cuatro perras chicas en su ropavejero de confianza. Suyo será, si lo desean con suficiente fuerza. Kiko Amat
Kiko Amat, descompuesto
KIko Amat está perfectamente de la tripa. No es eso lo que queríamos decir. Se trata de que Kiko Amat estará el día 26 de abril a las 20:30h en la biblioteca Antonio Martín de El Prat, en el espacio Cèntric (Plaça de Catalunya, 39-41), hablando de 60′s punk y garaje 80′s. La conferencia forma parte de el ciclo El descompositor que organiza La Capsa. En su intervención, el autor pinchará y hablará de grandes clásicos del optimismo teen como “I never loved her”, “Born loser” y muchos otros. Pondremos énfasis en la parte ochentas, que parece apestada y nadie suele recordar. Es decir: The Chesterfield Kings, The Miracle Workers, The Gruesomes, Lyres, etc. Vengan. Vayan.
Garaje rock: angustia adolescente original
Garaje El sonido punk de los 60’s parecía hace unas décadas el estilo con menos posibilidades de ponerse de moda del mundo. Hoy en día, sin embargo, grupos inspirados en aquel están de rabiosa actualidad. ¿Puede saberse qué ha sucedido aquí?
Ya lo sabemos: hoy en día, todo es susceptible de ser recuperado por el mainstream y convertido en tendencia, incluso los referentes emocionales que eran su polar negación. Y asimismo, este socorrido axioma -que he anunciado con aparente temple mientras atusaba mis bigotes- me inunda de una trepidante inquietud. De entre todas las cosas estupendas que podrían haberse convertido en hype, el fenómeno que más me desconcierta es el de la música garaje. Si llegan ustedes a preguntarme hace veinticinco años qué sonidos no iban a estar de moda jamás, el garaje hubiese sido una de mis principales apuestas. Porque, verán, el garaje con el que yo intimé de joven era la música de los perdedores sin remedio, el sonido de los feos y tullidos que quedaban por escoger al final en la alineación de fútbol-calle (gorditos y nerds infantiloides, lectores de Tolkien y Lovecraft). No es casual que Greg Shaw de Bomp Records, padrino del garaje revival de los 80’s, hubiese empezado su andadura en 1971 como editor de fanzines sobre ciencia ficción y rock’n’roll. A la sazón, el garaje era la música de los freaks resentidos, onanistas compulsivos y otros entes dejados de banda en el banquete de la popularidad. La música de los auténticos losers, el estrépito punk de los no-atletas y para-nada-bellos, el ruido infernal y descoyuntado de un club secreto de adolescentes tísicos con peinado paje. ¿Cómo reconciliar la imagen de aquellos clubs que frecuenté en 1987 con lo que hoy abunda en los clubs “in” de la ciudad? ¿Es este garaje –el que pinchan hoy los DJs remunerados de la ciudad- el mismo sonido para una audiencia diametralmente distinta –chicos y chicas modernos y bien plantados- o ni siquiera se trata del mismo estilo?
El sonido garaje empezó hacia 1964 en Estados Unidos, y se trata de la segunda manifestación punk de la historia (la primera fue la eclosión de rockabilly post-Sun Records); o, como definió el propio Shaw, “innumerables artistas locales definen un intransigente tipo de sonido y estilo que nunca resulta tener éxito comercial, pero que en retrospectiva es enormemente influyente”. Se trataba, simplemente, de cientos de desgraciaítos con las glándulas sebáceas descontroladas tratando de emular la bullanga sexy de grupos ingleses como Yarbirds, Pretty Things, Them o –obviamente- The Rolling Stones; convirtiéndola, a su vez, en algo mucho más primario, mosca, huraño y arrogante que el sonido que lo originó, y encima mal tocado en garajes y sótanos de toda la geografía americana, utilizando guitarras baratas y ladrando consignas antisociales de odio-al-deportista, delincuencia menor y entrañable misoginia-del-adefesio. Sólo hay que escuchar la voz despechada y biliosa de no-hits de 60’s garaje-punk como “I never loved her” (The Starfires), “Born loser” (Murphy & The Mob), “I’m a living sickness” (The Calico Wall), “I ain’t no miracle worker” (The Brogues) o “Have you ever spent the night in jail” (The Standells) para percibir que sus autores no eran los guaperas exitosos del “insti”, sino los abortos que juraron venganza, como en un glorioso remake punk de La revancha de los novatos (1984).
Lógicamente, este sonido loser nunca pasaría de pequeño hit nacional (caso de The Leaves, Chocolate Watchband o Standells) o completa gema underground, y sería olvidado por el mundo durante una década. En el periodo que separa la edad dorada del garaje (1964-1966) de la eclosión punk rock (1975-76), sólo Bomp Records y el recopilatorio de Elektra Nuggets (compilado en 1972 por Lenny Kaye, del Patti Smith Group) habían mantenido la llama ardiendo. El punk-rock representó sin duda un segundo advenimiento del sonido 60’s punk, como demuestra la cantidad de minusvalías emocionales y terribles traumas sexuales que ambas subculturas comparten. Y para cuando el punk-rock empezó a hacerse el macho (la inaudita reapropiación del punk para fines testosteronados o, dicho de otro modo, cuando los ceporros atletas que zurraban a los punks terminaron fundando grupos hardcore), se hizo necesario un nuevo retorno a la inocencia y pureza de espíritu de aquellos enclenques asmáticos de los sesenta.
Este retorno fermentaría en la escena de garaje revival de 1981-1987 (en Europa duraría un par de años más, hasta 1989), una oleada subterránea y autárquica de grupos sensacionales que firmarían no-éxitos de calidad tan alta como sus antecesores sixties, y tras la que volvería a estar Greg Shaw, empujando el asunto con Voxx Records desde Los Ángeles. The Chesterfield Kings, The Miracle Workers, The Gruesomes, The Gravedigger V, The Vipers, The Morlocks, The Tell-Tale Hearts, The Crawdaddys… Decenas y decenas de grupos que le devolvieron el enfado, la autonomía y la pasión al sonido, bandas que jamás serían reconocidas por el mainstream más allá de la broma ye-yé (las revistas musicales lo trataron siempre con mayúscula condescendencia) a pesar de legar un número notable de discos maravillosos. El revival garaje de los ochenta moriría al entrar la década de los 90, aunque como afirmó Mike Stax, adalid del sonido y fundador de The Tell-Tale Hearts (así como del fanzine Ugly things), “No murió realmente; simplemente se hundió aún más en el underground”, cavando más hondo con cada nuevo intento de reapropiación del sonido para vender avionetas, zapatillas, discos infames o cuentas bancarias.
Y ustedes me dirán: muy fino, viejales; pero lo que de veras anhelamos saber es cómo se pasa de aquel sonido cáustico y crudo, fabricado por hoscos púberes adictos al Ventolín y peinados como el Príncipe Valiente, al exitazo mundial de hoy. ¿Cómo accede el grupo de súper-cenizos por antonomasia de los 60’s, The Sonics, a capitanear la alineación de uno de esos festivales-braquiosaurio tan en boga hoy? Lo único que puede uno aventurar es que cada vez quedan menos referentes sacrosantos de “autenticidad” en el pop, y ahora les ha llegado el turno a los zoquetes que desde un principio parecían inutilizables. Quizás contribuyeron a esta tendencia gestos fútiles y auténticamente ramplones como el de Jack White de The White Stripes pintándose en un brazo el nombre de Billy Childish (santo patrón del garaje), demostrando en el acto que no había comprendido nada. O quizás todo empezó con Mudhoney, una banda sensacional de losers originales que asimismo empujó a popularizar el concepto de garaje rock (muy a pesar suyo). O quizás han ayudado a hacer digerible el género los jóvenes apolíneos de los nuevos grupos de garaje triunfante: Black Lips y Strange Boys, con su pinta náutico-efeba de anunciar calzoncillos caros y desconocer la frustración y el desconcierto sexual que son indispensables para fabricar garaje decente. Se lo diré más claro, por si no me he explicado lo suficiente: el garaje es deformidad, distorsión y hastío, recelo y rencor, es la barahúnda gloriosa del alfeñique atribulado que sueña con encamarse con la guapa de la clase y aplastarle la p*** cara al rubiales profidén, son los sueños rotos, autoconmiseración con inquina y odio-al-mundo de todos los rechazados del planeta ¿entienden? Es la música que produce uno a los diecisiete años tras haber sufrido el primer gatillazo o haber recibido las primeras calabazas. Si eres bello y simpático y popular, no puedes hacer garaje. Te lo prohíbo.
En cualquier caso, los tiempos han cambiado: en los 80’s, la basura era basura y sonaba como tal (Duran Duran, Bon Jovi, Mecano); hoy en día, el cagarro va atildado de novio, y a veces suena espléndido (aunque sus autores sean una cuadrilla de cínicos que del garaje sólo les interesa el cochazo que podrán aparcar en él: caso de The Horrors, los Marichalar del garaje-rock). Son tiempos extraños los que corren, y no les sorprenda si un día de estos “Born loser” empieza a utilizarse para promocionar clubs de golf. Hasta que eso suceda, Dios no lo permita en su divina ira, podrán ustedes escuchar en el garaje rock original el grito primigenio de hartazgo y frustración adolescente mejor articulado de cuantos han aparecido en el siglo XX. Manténganlo puro, angustiado y sucio, se lo ruego.
Apoyen su escena garajera local
España siempre ha tenido su digna cuota de garajeros y punks psicodélicos. En los 80’s, capitaneaban las hordas los geniales Los Negativos (Barcelona) y los voluntariosos Sex Museum (Madrid), ambos recopilados en discos internacionales (el Battle of the Garages #4 de Voxx Records, de 1986), aunque les seguían centenares de bandas menores (Los Potros, Los Malvados, The Flashback V, Los Macana y un largo etcétera). Hoy en día, continúan vivos los decanos Dr. Explosion (a lo largo de los 90’s la banda de garaje más popular de España), aunque hoy la corona de Reyes del Garaje la ostentan sin duda los valencianos Wau y Los Arrrghs!, enarboladores del espiritu loser, rabioso y anti-padres del garage-rock primigenio. Otros grupos de garajismo ibérico son Fuckin’ Bollocks, The Phantom Keys, The Kongsmen, The Zombie Valentines, Little Cobras y especialmente los barceloneses Els Trons, que aúnan el espíritu garajero de los mid-sixties americanos con el cancionero beat del sello 60’s catalán Concèntric; el resultado son descacharrantes versiones de 60’s punk americano traducidas ñoño-irónicamente a lo Folch i Camarassa. Su grito de guerra, para que vean cómo las gastan, es “Fuzz i ratafia”.
21 clásicos del 60’s garaje USA
The Standells Riot on Sunset Strip
Chocolate Watchband I don’t need your lovin’
The Shadows of Knight Gloria
The Starfires I never loved her
Murphy & The Mob Born loser
The Third Bardo I’m five years ahead of my time
The Count Five Psychotic reaction
The Leaves Hey Joe
Gonn Blackout of Gretely
The Electric Prunes I had too much to dream last night
The Music Machine Talk talk
The Barbarians Are you a boy or are you a girl?
The Wailers Hang up
The Moving Sidewalks 99th Floor
The Sonics The Witch
The Syndicate of Sound Little girl
Kenny and The Kasuals Things getting better
Larry & The Blue Notes In and out
The Seeds Pushing too hard
The Haunted 1-2-5
Little Phil & The Nightshadows 60 second swinger
Y 10 clásicos de garaje 80’s
The Chesterfield Kings Bad woman
The Gruesomes Your lies
The Tell-Tale Hearts Crawling back to me
The Primates I ain’t like you
The Fuzztones Nine months later
Los Negativos (No soy yo) La psicoastenia
The Lyres Don’t give it up now
The Miracle Workers One step closer to you
The Cynics Yeah!
The Creeps Just what I need
Kiko Amat
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 13 de abril del 2011. Las fotos que hemos incluido a lo largo de esta versión digital son: The Standells, Greg Shaw, Wau y Los Arrrghs! y la galleta interior del “I never loved her” de The Starfires, himno garajero de primer orden)
Disco del mes (enero 2011): DOGS Different (Phonogram/Phillips, 1979)
Different
(Phonogram/Phillips, 1979, reeditado por Marilyn, 1986)
Es difícil usar palabras nuevas para hablar de rock’n’roll viejo. Y esa dificultad quizás sea la razón por la cual tanta crítica rockera de los últimos veinte años puede leerse como el delirio inconscientemente humorístico de un motora damnificado por la ingesta de LSD pocho (“Suena como si una motosierra bañada en Jack Daniels estuviese cercenando el pito de un estegosaurio conectado a una torreta de alta tensión en mitad de una lluvia de meteoritos…”). Lo cierto es que la disección de discos magníficos de cosas no-vanguardistas y no-abstractas –abstractas como lo son el techno o el free jazz, por ejemplo- debería estar cimentado, como tantas otras cosas, en palabras sencillas, agudas, cortantes y definitorias. E imaginativas y pictóricas, sin permitir que planee la pinza. En el caso de rock’n’roll, de ese rock’n’roll elevado y estupendo que tanto nos agita, los parametros etiquetadores deben ser siempre los mismos: tenso, tirante, nervioso, ruidoso, algo agresivo, algo chulesco, pegajoso, bailable (en cualquier modalidad no-sardanista) melodioso (o sea: tiene que tener melodía), un poco negroide y muy memorable. Oh: y espacioso.
En una excelente entrevista de Jon Savage con Crass que publicó recientemente la revista Mojo (aunque el texto como tal es de 1989, diez años después de la disolución de la banda), su co-fundador Penny Rimbaud esgrimía una teoría altamente edificante: si algo tienen en común el skiffle, el Mersey Sound, los Television y el punk rock es la cantidad de espacio libre que dejan: “Fuí a ver tocar a Television, y Tom Verlaine se interrumpió en mitad de un fraseo de guitarra, algo que nadie había hecho desde hacía diez años. Había tocado exactamente lo que quería, y el resto era espacio, y lo mismo pasaba socialmente”. Para luego razonar: “El sonido Mersey estaba lleno de espacios libres. Te permitía entrar en él. Era una extensión del skiffle (…) En realidad, el punk era skiffle, y lo mismo sucedía con el Mersey Sound; era algo abierto. Nadie hacía más de lo estrictamente necesario”. Uno puede extender esta definición al rock’n’roll primitivo, al sonido mod más nervioso y enfadado, a la Motown y el soul pre-Philadelphia en general: están llenos de campo que llenar, y nadie sobre-extiende su visita, nadie alarga las notas para realizar innecesarias demostraciones de ego ni virtuosismo: menos es más, siempre más. En todos ellos se trata de reducir, cortar, arrancar, eliminar lo superfluo. Tanto los músicos de estudio de Motown (los Funk Brothers) como la Wrecking Crew californiana de los 60’s –el equivalente de los anteriores en producción pop- tenían el talento para alcanzar a fabricar, si así lo hubiesen deseado, solos infinitos, redobles barrocos, para apretujar gimnásticamente catorce notas vocales en una (a lo Mariah Carey) o sacarse de la pelvis una línea demostrativo-funambulista de bajo de quince minutos. Pero conscientemente rechazaban hacerlo, porque cada uno de ellos tenía una faena encomendada, y la canción requería espacio abierto para respirar, y sólo se tocaba lo estrictamente necesario para que siguiese funcionando el ritmo, el encanto, la atracción, la succión. Y uno, tras pensar en todo ello, podría aventurar que es justamente ese vacío en la canción el secreto del hit sempiterno -sea en pop, hardcore, Chicago soul o ska- el factor que secuestra la voluntad y hace regresar al fan una y otra vez: la amplitud. Lo espartano. La decoración escasa y funcional. Lo básico. Lo primordial.
Para hacerles una prueba práctica –estilo Quimicefa- de que la fórmula que acabo de aventurar funciona, y no van a explotarnos en la cara las probetas humeantes, podría seleccionar cientos de cientos de discos de mis estanterías; pues, en verdad les digo, la mayoría de mis singles y álbumes basan su existencia en esa existencia de ESPACIO (de acuerdo: Steely Dan no). Pero voy a ejemplificarlo con un disco que reúne todas las condiciones antes mencionadas: Different (Phonogram/Phillips, 1979) de los franceses Dogs.
Los Dogs eran un cuarteto derivado en power-trío que nació en 1973 en Ruén, normandía, la Francia, y que vivió siempre paralelo al punk-rock, pese a que su formación lo precedía (anticipaba, incluso). Ciertamente, los Dogs eran fans de todo aquello que ahora es el arquetipo del cool, pero en 1974 no molaba un pelo y les gustaba solo a cuatro majaras con acné fuera de control y pésimo estilismo capilar: R&B bestiota, proto-punk de Detroit, rock’n’roll básico y sin cortinaje, soul de griterío y barbacoa, Flamin’ Groovies, incipiente pub-rock de patilla y chalequillo, garaje raro y sixties pop californiano. En una combinación de factores ya clásica, la poca pericia inicial y entusiasmo hormonal de los chicos, unido a sus grandiosas aspiraciones emulatorias, creó algo muy parecido a lo que hoy se entiende como punk rock: rock’n’roll veloz, nervioso, mosqueado, emocionado y emocionante, siempre a punto de quebrarse, siempre limpio y puro y afilado y concreto, andando por la fina línea que separa contención espartana de morrocotuda exhuberancia.
Anteriormente a Different, la banda había grabado varios EPs en sótanos, letrinas y armarios ajenos (todos excitantes, todos sonando a rayos, todos breves como un chasqueo de dedos), pero solo su álbum de 1979 contiene la mejor cara A de la historia. Todas las cosas magníficas del mundo suenan en esta cara A -compuesta en su totalidad por el líder del grupo, Dominique Laboubee- algunas como obvia influencia (MC5, Byrds, Flamin’ Groovies, Chuck Berry, VU, Shadows of Knight y Standells, Who, Stooges) otras por puro parentesco con contemporáneos en activo (Jam –a quien telonearon en 1977- Lurkers, los primeros Dr. Feelgood y Hot Rods –medio influencia, medio hermanos de sangre- Clash y Pistols, Saints, Radio Birdman y Heartbreakers). Es un lado de álbum que establece en axioma lo afirmado al inicio de esta crítica por Penny Rimbaud: gran tensión y espacio, unidos a algo de fervor y prisas, buenas influencias y actitud firme.
Different está considerado de forma unánime como su disco más pop, y quizás por esa razón –como puede leerse en la enciclopédica entrevista al grupo publicada en el fanzine Noise for heroes- desde algunos sectores se les trató de etiquetar como grupo de mod revival. El propio Laboubee afirma en dicha entrevista que, aunque el álbum recordaba a todo lo que escuchaba entonces su principal compositor (“It really sounds like what I was into in 1979: little bits of everything, British ‘60s, US garage bands and ‘77 punk”), la portada trataba conscientemente de evocar una cierta imagen mod-sixties. Caramba. Con todos los respetos hacia alguien de tanto talento como Laboubee, hay que tomar con cierta ironía y grandes dosis de contexto esta afirmación. Quizás para un crítico de la vieja guardia del NME del momento (hippie, gordo, feo, fan de Doobie Brothers, etc), el suyo era un afirmativo mod look, pero los que ya habíamos buceado lo suyo en los pormenores de La Gran Pinta, lo que vimos en portada fue a un tío vestido de Miguel Bosé etapa “Linda” (aunque peinado como el zagal moreno de Parchís), acompañado de otros dos energúmenos cariacontecidos, uno posiblemente primo de Rick Buckler en su etapa de caracolillo fulicular, y otro que parece el dealer de speed marrón de Richard Hell. Y no es que tenga ninguna importancia; pero se antojaba necesario puntualizar.
Y ahora, a lo vital: la cara A contiene siete excelentes canciones. “A different me” y “Gotta tell her” son hipertenso punk australiano y Johnny Thunders y “Aloha Steve and Danno” y “Jumpin’ in the night” y Lurkers y MC5 cuando estos versionaban a Little Richard y bailaban como James Brown. “Words” es un cachopo semicrudo de 60’s punk con armónica, medio Feelgood en su etapa crucial (es decir: con Wilko), medio macarrismo y tumbao-al-andar de Stooges, todo sonido del garaje y riffs de molino a lo Townshend; alma Nuggets desde los lavabos embozados del Hope & Anchor, por decirlo de algún modo. “More from you” es mi hit personal: tiene un claro toque mod revival (heredado, sin duda, de su parentesco con los Jam: trío, fans de Who, Rickenbackers en ascensor, etc) que les hace parecerse a los mejores Chords/Purple Hearts, y ello se sublima y eleva con arpegios de Byrds estimulados farmacéuticamente y Flamin’ Groovies etapa Shake some action. Sí: ¡viva! Oh, y contiene un semi-parón hacia el final que le eriza a uno todo el vello corporal erizable. “I’m real” regresa puntualmente a Dictators, con la tensión amplificada del “Descent into the mäelstrom” de Radio Birdman, pero “Stranger than me” recobra la calidad himnal de “More from you”: puentes y estribillos amplios, épica pop-punk-folk-rock a lo Chris Wilson, potencia farruca y una batería metronómica que se lo echa todo a su espalda, como un protagonista de Sometimes a great notion. Y la cara finaliza con “(I’m gonna learn to) live with it”. Otro himno, caramba. ¿Cómo podría definírsela? Digamos que toda la carrera no-surf de The Barracudas podría cimentarse exclusivamente en ella (y unas cuantas canciones de Ed Cobb y Gary Usher, de acuerdo). Un eufórico final para un lado de LP perfecto.
Y es posible que en este mismo instante, todos ustedes estén a punto de espetarme, de forma perfectamente lícita: cara A, cara A, pero ¿Qué narices sucede con la cara B? Bien, se lo diré ahora mismo: es curioso, tras tanto compararles con los primeros Jam, que Dogs tropezaran en las mismas piedras que aquellos. Lo peor de los tres primeros álbumes de los Jam, como sabemos todos sus fans, son las versiones: innecesarias, algo bobas, mal seleccionadas y exhibiendo un único atributo: la sobre-aceleración. O eran canciones que, con franqueza, uno no deseaba ni escuchar en su versión original (“Batman”, por el amor de Cristo), o eran entes insuperables en su forma primigenia, canciones de negros que ni un übermensch del rock’n’roll hubiese atinado a mejorar (“Heat wave”, “In the midnight hour”) o eran copias exactas de obras maestras del sixties pop (“David Watts”), que causaban en el oyente múltiples “vale, ¿y qué?” mentales. Este Different cojea por culpa de exactamente los mismos tendones dañados, y discúlpenme si nos ponemos un poco en plan IIª Intifada Modernista: ¿Qué sentido tiene versionear insuperables canciones de R&B y soul como el “Nobody but me” de los Isley Brothers o el apabullante “Fortune teller” de Benny Spellman? Cuando, para colmo, ya habían sido versionadas anteriormente por todos los grupos de R&B británico de 1964, y también por cada uno de aquellos grupos de garaje-pop americano de los mid-sixties. Y la única respuesta a esta pregunta más o menos retórica es: como declaración de principios. O para hacer brincar a la audiencia en un concierto. Y ambas cosas son, sin duda, acciones respetables y fundadas en una intención pura y hermosa. Pero aún así; tras escuchar todas las composiciones originales de Dominique Laboubee que componen el Different, ¿no se quedan ustedes deseando más? Y, en ese injusto desear, ¿no maldicen el lugar a codazos que marcan a su alrededor estas dos versiones completamente olvidables? La salvación de la cara B, y lo que la redime de una condición similar a la de las caras de versiones grabadas en directo (que la gente jamás escucha en los discos recopilatorios) es la presencia de “The greatest gift”, un mid-tempo angustiado pero entusiasta que vuelve a recordar a la conexión Groovies-Byrds de la que hacian alarde Dogs al menor despiste.
Aunque este Different, como dijimos, apareció en Francia en 1979, no llegaría a manos españolas –si exceptuamos a cuatro illuminati- hasta que el sello Marilyn lo reeditó en 1986. Y entonces se abrieron todos los infiernos. Aunque no en nuestra casa: aquí, haciendo alarde de ese irritante y exclusivista clasismo moddy que tantos daños ha inflingido en el espíritu adolescente (y alguna que otra victoria, hay que admitir), no pudimos pasar por alto la mencionada pinta Boseística de su líder y cara pública. Por imbécil que suene esto. Y nos costó un par de años de leer entrevistas Dog-laudatorias a Jeremy Gluck (de The Barracudas) y de quebrar el código de varios artículos semi-incomprensibles publicados en las revistas rock del momento (“Dogs suenan como una bola de keroseno introducida vía rectal en el colon putrefacto de un dodo con antrax…”) para caer en lo estúpido de nuestra posición, y redimirnos a base de cilicios y purgativos. Desde entonces, la cara A de Different nunca ha dejado de sonar en nuestro tocadiscos, y por ello anhelamos que en breve empiece a hacerlo en los suyos.
Kiko Amat




