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Indignación antigua, protesta veloz
Hardcore/punk BCN El sello discográfico Sell Our Souls aglutina a varios representantes actuales del HC/punk más litigante, enfurecido y molesto de la ciudad
Desde que amaneció el soleado 15M se ha hablado mucho de su banda sonora, de la necesidad de una nueva canción protesta y de cómo el pop en España es un hobby pequeñoburgués que solo se nutre de liviandades del espíritu, banalidades camufladas de costumbrismo, babuchas deportivas y otras anemias coyunturales. Esta perspectiva ha sido el germen de propuestas lúdico-políticas tan audaces como Operación Robo, un colectivo musical izquierdista que anhela gestar “rimas contundentes” y nuevos himnos para las indignaciones que se avecinan. Pero al margen de las estimulantes broncas de “Clase obrera (dónde está la, la, la)” o “Cómo hacer crac” (de Nacho Vegas), merece la pena no olvidar a otro colectivo musical (una escena, si quieren) que nunca ha dejado de estar indignado. El enfado perenne y antiguo es, de hecho, su mayor seña identitaria. Nos referimos, claro está, al hardcore punk.
El hardcore punk barcelonés actual es el hijo de una longeva tradición anti-pop, anti-corporaciones, anti-censura y ocasionalmente anti-todo que tiene su germen en el hardcore americano de los primeros 80 (Negative Approach, Faith, Void, Minor Threat, Agnostic Front, 7 Seconds… ), pero también en paisanos punks que berrearon aquí su disconformidad, como los protagonistas de Harto de todo; una historia oral del punk en la ciudad de Barcelona 1979-1987 (ya tratado en Cultura/S). El hardcore local, en efecto, lleva décadas mordiendo la mano que no lo alimenta, ciscándose en una urbe que demoniza los bajos ingresos y se postra ante la divisa foránea, y eludiendo (como axioma de fe, y por propia voluntad) el radar comercial. A todos los efectos, este micro-culto de punks cabreadísimos parece una sociedad secreta del XIX: solo les hacen falta los ritos illuminati y los nombres en clave (y algún regicidio lustroso) para ser, a todos los efectos, como una hermandad mística del espíritu libre.
La lista de bandas barcelonesas o catalanas que han encajado a lo largo de los años en el abanico generalizador de hardcore (si bien practicando estilos distintos, y a distintas velocidades) es ciertamente tan extensa como variada. Podríamos retroceder hasta L’Odi Social, GRB, HHH o Subterranean Kids, si quisiéramos nombrar a los decanos del sonido, y continuar en busca del relevo que brotó a principios de los 90, la mayoría bajo el paraguas del estajanovista sello BCore: los de inspiración Washington DC (Childhood, los añorados Aina), hardcore melódico (Corn Flakes, Innocents, Penguin Village), hardcore vieja escuela (24 Ideas o XMilk), los rotundos No More Lies y más. Aquel caleidoscópico todo culminaría, como suele suceder, en diversos cismas y escisiones irreparables. El alma disruptiva y radical de 24 Ideas, por ejemplo, iba a desembocar años después en el risorgimento del siglo XXI: Cinder, Northstar (de Sant Boi), E-150 o Afterlife, todos partisanos del sindicato hardcore-punk de los últimos años.
El pequeño sello Sell Our Souls es uno de tantos cores (nunca mejor dicho) aglutinantes del joven HC subterráneo de nuestros días. Sus grupos no van a sonarles, amados lectores, porque no los contratan para spots cerveceros estivales ni para publicitar espardenyes glorificadas. Son Fresh Trash, Hzero, Über, Fix Me, Col·lapse (herederos de Cinder) y The Gundown. De la primera a la última, son bandas que sobreviven por pura dedicación y (debemos insistir) rabia primigenia, y cuyo concepto de la propia existencia es tan simple como “queremos ser activos, hacernos las cosas nosotros mismos y buscar la diversión y la satisfacción personal en cosas que no tienen nada que ver con el dinero o el concepto general del éxito. Si esto es ser punks, somos punks” (The Gundown) o “un grupo de amigos nacido a raíz de una idiosincrasia. Tener un espíritu crítico para con la sociedad, compartir una visión particular de la vida, e intentar ser autosuficientes musicalmente hablando” (Load, de Hzero). Una vocación que, ya lo ven, no les acerca precisamente a la mayoría de representantes del pop-en-venta de la ciudad. La integridad comunal y pureza de sus bandas se preserva hasta el punto de no contestar entrevistas para medios mayoritarios, algo que pudimos comprobar en nuestras magulladas carnes cuando nadie –excepto una magra minoría- contestó a los amables y crecientemente desesperados avances periodísticos que lanzamos en su dirección. Un gesto que les honra, si me preguntan, y una razón añadida para ir a presenciar sus extremos exabruptos y enfurecidas encíclicas la próxima vez que toquen (casi a escondidas) cerca de su casa.
4 de trumpa-trumpa bélico
Hzero: Soeces, malcarados y ruidosos, Hzero son fans locales de grupos apisonadores como Gang Green, Negative FX o Poison Idea. Sus letras prescinden de cualquier tipo de sutileza para verbalizar cuitas diarias con máxima mala hostia. Evidencia de esto son sus hits “Democracia”, “Payasos”, la sutil “Me cago en tu rock” o el himno “Canya antigua”. Fans de Russian Red: no compren su nuevo disco, La Barbarie (Sell Our Souls, 2011). O mejor: ¡háganlo!
The Gundown: De Tarragona. Su estilo mezcla hardcore armónico (Leatherface, Dag Nasty, Jawbreaker), Oi! de berrido extrarradial y apretujamiento en gradas (The Business, Cock Sparrer) y punk-mod del 77 (SLF, The Jam). Y funciona. Gustan de producir himnos épicos para corear en trincheras, como “Generation”, y su reciente álbum Endless loads of rage (Sell Our Souls, 2010) suena a derrotas por vengar.
Col·lapse: De mis favoritos. Como unos Dag Nasty catalanes, Col·lapse –pronunciar en catalán- tienen letras politizadas y afligidas, como “Paper mullat” o “Angoixa”, y las escupen en su idioma materno junto a compases quebrados, premura rítmica (su debut Mínima esperança va a 45 rpm) e intención sublevadora. Descienden de los celebrados Cinder, aunque Col·lapse ha buscado en concreto la conexión DC (primera Dischord de Embrace o Rites of Spring). Y su sello es Bcore, como en los viejos tiempos.
Fresh Trash: Los más jóvenes y gamberretes, desde El Masnou, estilo Cro-Mags y New York HC. En su último disco La jungla (Sell Our Souls, 2011) han madurado desde la época en que coreaban “pizza, cerveza y hardcore-punk”. Pero no mucho. Aunque ahora rocanrolean más, es posible que sus inclinaciones vitales sigan siendo las mismas (¿pizza, cerveza y hardcore punk?).
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 9 de noviembre del 2011. La foto de Hzero es de Eric Altimis)
Disco del mes (mayo 2011): HARD-ONS Love is a battlefield of wounded hearts (Taang!, 1989)
Love is a battlefield of wounded hearts
(Taang! / Vinyl Solution, 1989)
Saquen el libro de historia local: en el ambiente de deserción masiva que propició el almidonado general de la subcultura modernista en Barcelona a principios de los noventa, los renegados (y a mucha honra) optaron por buscar sus propias iluminaciones. Caminos de salida para poder permanecer: formas de mantenerse en contacto con la esencia de lo que les había llevado a firmar por la antigua causa en la pubertad: la pasión juvenil, el entusiasmo desbocado, el rictus de desprecio hacia el mundo, la mirada transparente del que busca algo elevado, algo que merezca la pena. Pues hacia 1991 todos aquellos chicos con parka que apedreaban a la policía, realizaban fanzines con nombres farmacéuticos, llevaban camisas a topos y pintaban en los muros consignas de afiliación tribal se habían extinguido, dejando en su lugar a una nueva estirpe de braquiosaurios estáticos y anquilosados, evolución al revés, constreñidos por su propia liturgia calvinista. Una situación harto antipática para alguien que tenía diecinueve años, y un potente caudal de feromonas e ideas terribles fluyendo sin interrupción por el sistema cardiovascular.
Y así, cada uno de los integrantes de la diáspora exploró sus propias revelaciones. Para algunos sería la bondad, camaradería, discos sensacionales, baile espléndido y ausencia de gilipollez del northern soul inglés. Para otros fueron aquellos recopilatorios de Jazz Juice con Airto o Art Blakey, el camino de Gilles Peterson y el nuevo aire del jazz dance, Mo’Wax, Straight No Chaser, acid jazz, Us3, Galliano y Corduroy, Gabiccis, collares y flautas danzantes. Y para otros fue entrar en una sala de conciertos de Poble Nou y ver a doscientos niños (menores de edad, en su mayoría) lanzándose de un escenario estilo Ícaro-en-bermudas, sonrientes como sandías y felices como gínjols, al ritmo del punk rock más acelerado, tenso y paradójicamente dulce, enamoradizo, que uno había escuchado jamás. Revelaciones, ya ven. Anunciaciones, ya dije.
Los Hard-Ons eran un trío australiano que parece un chiste malo: van un coreano, un yugoslavo y un indio de Sri Lanka… Tres etnias paternas distintas se unieron en un grupo casi infantil (al principio solo podían tocar en all ages shows, porque no alcanzaban ni los diecisiete) que nació en Punchbowl (Sidney) a mediados de los ochenta, y que alcanzaría su cénit de 1989 a 1991. Su sonido se basaba en los mismos parámetros que el de contemporáneos suyos como Doughboys, Snuff, Mega City Four o Descendents/All: melodía sixties-pop con avalancha de riffs casi metálicos, aceleración hardcore y romanticismo (o sus opuestos: despecho y resentimiento) adolescente. Los pilares estaban claros desde el principio: Hüsker Dü, The Undertones, Phil Spector, el primer álbum de Ramones, los MC5 del segundo, power pop, los Buzzcocks y Clash más armónicos, grupos de chicas de Red Bird y (ejem) algo de Black Sabbath para solidificar la cosa en un recio muro de distorsión. Cantaba el batería (Keish, sangre india), una voz aniñada y versátil que era parte crucial del grupo, mientras Blackie (eslavo) y Ray (padres coreanos) estrangulaban guitarra y bajo respectivamente a un volumen francamente estremecedor.
Como sucede con Descendents o innumerables ejemplos de música Oi! que no hace falta tocar aquí, la parte menos interesante y bonita de Hard-Ons es la escatológica y de chascarrillos fáciles que expulsaban en sus primeros trabajos. Para mí siempre ha sido una inconveniencia (y una vergüenza) que himnos de ejemplar poesía teen como “Do it with you”, “Missing you, missing me”, “Get wet” o “Rejected” estén al lado de “Chitty chitty bang bang” o “Spew”. En el caso de Descendents (un grupo que se les parece, en cierto modo) es casi ofensivo comparar “Sour grapes” o “Get the time” con la bobada insustancial y vergonzante de “Enjoy” (empieza con un pedo, no digo más). Y en el caso de Hard-Ons, bien, ¿Cómo les digo esto? No pasa nada si se saltan el Smell my finger (autoexplicativo) o el “Suck and swallow” (¿Les dibujo un mapa?) y van directamente a Love is a battlefield of wounded hearts (Taang / Vinyl Solution 1989) o Yummy! (Vinyl Solution, 1990).
No se asusten por esas portadas (un crítico musical las llamaría “feístas”). Todo lo que uno reclama en la mejor música pop (emoción, pasión, armonía, inspiración, lozanía, poderío, estribillos, amoríos y abandonos) está en ambos álbumes: lo que sucede es que en el caso de los Hard-Ons viene abrigado en un vendaval de riffs derriba-muros y cabeceado metalizante que aterroriza a los vecinos y acongoja a los cursis. Sí, amigos y lectores: la única vez que mis vecinos han temido que empezaba el anunciado apocalipsis, pues sus cuadros se desembarazaban de clavos para precipitarse al suelo, la nevera daba pasos de claqué por toda la cocina y llovía desconchado del techo, fue cuando puse Love is a Battlefield… a imprudente volumen un mediodía de este mes pasado. El seísmo decibélico que zarandeó la finca fue de antología, y dudo que los amables inquilinos de mi bloque logren olvidarlo –o perdonarme- jamás. Desde entonces vivimos un número más adelante, pues el edificio entero se desplazó diez metros a la derecha.
Y, por encima del rítmico repicado de escobas contra mi suelo y las trompetas de timbres indignados que soplaban desde la puerta como en la proverbial Jericó, he ahí la audiencia del disco, en temeraria primera fila: un señor de avanzada edad sin camiseta ni pudor ni sentido del ridículo, descuajaringándose las ingles con su pose Joey, pretendiendo tocar el “Get wet” mientras los bafles aullaban de puro calambre. Un señor que no podía ni pensar, porque los Hard-Ons no propician precisamente la reflexión pausada, pero que si llega a ser capaz de exprimir un razonamiento por entre las apretujadas notas de feedback calcinado, sería que los Hard-Ons le habían salvado hacía más de veinte años en una encrucijada que sólo llevaba a parálisis del alma, a aburrimiento y a rendición. Gracias a los Hard-Ons nunca llegué a ser “viejoven” (que diría Hilo Musical), porque la trompada de ruidote clausuró esa puerta con firmeza, y señaló alegre la única que parecía viable, enriquecedora y con futuro: el regreso al entusiasmo y la juventud, el atolondramiento, la urgencia y el punk rock más exultante, libre y salvaje del planeta. ¿Y les extraña que les tenga tanto cariño?
Kiko Amat
Harto de todo: amanecer punk
Subcultura Jordi Llansamà documenta con mimo investigador el periodo inicial del punk en Barcelona (1979-1987) en Harto de todo, un trabajo minucioso y emotivo que plasma mediante historia oral el verdadero underground urbano de los 80’s.
A la gente se le olvida lo grises que fueron los setenta españoles. Comparados con el mundo tecnicolor (y privatizado) de la Barcelona de hoy, con esas aulas que parecen anuncios de Benetton y la rua incesante de gente cool por nuestras calles, la Ciudad Condal de entonces se antoja un lugar en perpetua penumbra, borroso con interferencias de televisor portátil; un páramo de convención, miedo, abulia e inexistente cultura juvenil. Y, sin embargo, como en los continentes inexplorados del XIX, aquello no era óbice para la existencia de múltiples focos virales de entusiasmo adolescente y furia creadora. En aquella ciudad podrida pero sin domar nació el punk barcelonés de 1979; otro mundo virgen y secreto, aún por hacer.
Harto de Todo de Jordi Llansamá narra con entusiasmo y, asimismo, gran maestría un periodo que, por urgencia, inocencia y pasión, puede compararse a los 60’s británicos: el lugar donde empezamos, que diría William Golding. De la plastilina verde-ocre del marasmo post-franquista empezaron a surgir héroes, batallas, narrativas y, especialmente, una auténtica avalancha de bravos y ruidosos grupos: Último Resorte, Attak, Shit S.A., Kangrena, Sentido Común, Frenopaticss, L’Odi Social, GRB, Subterranean Kids, HHH, Skatalà y más. Y han leído bien: antes he dicho héroes. Porque la bravura que implicaba ir por la calle vestido de punk en el periodo documentado sólo puede ser tildada de heroica. “Yo creo que hemos sido más punks aquí que en Londres”, declara en el libro Dimony, entonces batería de la banda Attak, “En Londres era una moda, estaba apoyada por una tienda y por alguna tendencia. Aquí llevando esas pintas te jugabas el físico diariamente, aparte de que ya tenías claro que acabarías un par de veces al día, como mínimo, en la comisaría”.
El propio Dimony, uno de nuestros soldados desconocidos sin monumento, expone también la gran diferencia identitaria entre la nueva ola condal y la madrileña: “En el centro de Barcelona se empezó a formar realmente un movimiento que en mi opinión fue mucho más auténtico que el de Madrid, porque allí tuvieron el apoyo político de Tierno Galván. Fíjate en la cantidad de grupos que salieron de Madrid. Pues aquí había los mismos grupos o más, pero nunca tuvimos ningún tipo de apoyo”. En la capital española, la avalancha de imperdibles tuvo un componente pop del que careció por completo el punk rock condal. O, como declara Llansamà en su emotivo prólogo: “Este libro no es un homenaje, es una afirmación. El punk existió en Barcelona, y existió totalmente al margen del negocio musical, de la prensa y la farándula. Aquí no posamos para salir en la foto. Aquí se vivió con todas sus consecuencias”. Comparar el punk condal con el madrileño es como comparar la insurrección sindical de SEAT en los setenta con la caputxinada. En Madrid, la clase artística y cultural se alineó con las aspiraciones artísticas, la movilidad social y las –sin duda espléndidas- canciones de la nueva ola filo-punk (Pegamoides, Paraíso, Radio Futura…). Barna, por el contrario, era Amanecer Zulú: los punks estaban dejados de la mano de Dios, y no hace falta decir que la mayoría de escritores, comixeros y fotógrafos de la élite contracultural presenciaron el brote punk con un rictus de asco-terror en sus caras, como si se tratara del “enemigo interior” (que diría la Thatcher). Ese patente abandono inoculó en nuestro punk un espíritu de guerrilla que lo radicalizó al máximo, subrayando aún más las diferencias con su primo madrileño: según se popizaba allí, aquí se avanzaba hacia el hardcore; según se tornaba apolítico allá, aquí gestó el inicio del movimiento squatter, las movilizaciones anti-OTAN y la militancia antifascista.
Llansamà relata esta epopeya teen de la única forma en que puede hacerse: prescindiendo de sociólogos y musicólogos, y hablando en exclusiva con los protagonistas. Son ellos y sus coloridos nombres (Boski, Panko, Boliche, Dimony, Gos, Poly, Damned, Strong…) los que edifican esta historia oral, con todas sus drogas, fanzines, caídos, bares y locales de ensayo. Y su historia se lee como un poema épico de autosuficiencia, rebeldía y testarudez ante la derrota. Harto de todo, hay que decirlo, no es sólo el mejor libro sobre el punk escrito en España, sino el mejor documento sobre una subcultura jamás publicado en nuestro país. No olvidarán su lectura.
La otra novedad punk: Que pagui pujol
Uno de los entrevistados por Jordi Llansamà durante la recopilación de testimonios de su libro fue el editor del fanzine NDF, Joni Destruye. Fue aquella conversación la que inoculó en el entrevistado el ansia de contar su versión, y el inmediato resultado fue Que pagui Pujol!; una crònica punk de la Barcelona dels 80. Su libro es distinto de Harto de todo por varias razones: Que pagui pujol no pretende ser otra cosa que una visión privada, relatada con emoción y candidez, de la primigenia experiencia punk barcelonesa y su evolución. Su estilo es fragmentario, casi como un monólogo inconsciente, y el autor salpica en el texto recuerdos de infancia, familiares y de escenario en la cronología. Está lleno de ideas y reflexiones acertadas, pero no puede verse como (ni trata de ser) un intento de visión unitaria y archivista de la historia punk condal. En ese sentido, Que pagui Pujol puede tomarse como el complemento de Harto de todo, pues al margen de lo ya comentado, incide en áreas donde el libro de Llansamà no pretendía adentrarse (las manifestaciones, la okupación); a su vez, el trabajo de Joni D. ofrece mucho menos punk rock, drogas o uniformes que Harto de todo, con la meticulosa exposición de evolución sonora y metamorfosis tribal de este último. Cada uno en su casa, pues, y punk en la de todos.
Kiko Amat
Harto de Todo: una historia oral del punk en la ciudad de Barcelona 1979-1987
Jordi Llansamà
BCore Books
634 págs
Que pagui Pujol!; una crònica punk de la Barcelona dels 80
Joni D.
La Ciutat Invisible Edicions / Hace Color
188 / 191 págs
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 27 de abril del 2011. Las dos fotos que incluímos aquí son un insignificante aunque sublime ejemplo del maremoto de material gráfico -en su gran mayoría inédito- que inunda las páginas de Harto de todo. La primera muestra a Rosa y Strong, ambos de Último Resorte (foto: Nuria Delgado, archivo Strong), y la segunda está protagonizada por Panko, de Attak, en directo en El Garatge de L’Hospitalet (foto: Arturo Xalabarder). Próximanente publicaremos aquí el otro artículo escrito por Kiko Amat sobre Harto de Todo, en este caso para la revista Rockdelux, con un sinfín de fragmentos escogidos del libro, así como una mini-entrevista con su autor, Jordi Llansamà)



