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Libro del mes (noviembre 2012): STEVE EARLE No saldré vivo de este mundo

No saldré vivo de este mundo

Steve Earle

El Aleph

Traducción de Javier Calvo

271 págs.

Les presento a Doc. Doc es un médico de buena familia al que encontramos en vertiginoso tirabuzón vital: adicto perdido, hecho unos proverbiales zorros, malviviendo como médico-para-todo (todo mayormente ilegal) y abortista de cabecera en el barrio de South Presa, San Antonio, Texas, durante el año del Señor de 1963. Doc es un hombre en mal estado; bienes frágiles, manipulen con sumo cuidado. Se aloja en la casa de huéspedes Yellow Rose Guest Home, que llevan Marge, una lesbiana pelirroja de armas empuñar, y su amante rubia-platinesca Dallas. Su camello es un hombre montaña mexicano llamado Manny. Los dos son buenos amigos, unidos aún más por un poco común inviolable contrato adicto-dealer y por la birria de existencia que llevan. Manny pasa las horas vendiendo heroína en su coche y jugando al dómino con Doc en el bar. El roce hace el cariño. El bar en cuestión lo dirige una mexicana afable y sentimental llamada Teresa. Y ronda por la zona un pies planos llamado Hugo, cuyo papel es el de clásico tocapelotas corrupto (si se le paga a tiempo, asimismo, no ocasiona inconvenientes). Lo olvidaba: Doc comparte estancia y cerebro con el espectro de Hank Williams. El Hank Williams, alcohólico y malhadado icono del country triste y desesperanzado de los años cincuenta, hecho aquí ectoplasma cenizón. La trama insinúa que Doc es el mismo curandero que –en la vida real- acompañaba a la superestrella country por estos mundos de Dios, siempre armado con un abultado libro de recetas narcótico-estupefacientes. Realidad hecha leyenda. El mito como mejoría (o simple aumentación) de la realidad, vaya.

En fin. Ya ven el retablo románico que nos ha pintado Steve Earle –veterano roots rocker, ex-toxicómano, izquierdista empedernido y discípulo de Townes Van Zandt, además de actor en The Wire y Treme- en su debut narrativo largo: dos lesbianas, una mexicana, un camello, un pasma sucio y un fantasma country en pleno Dallas, 1963: ese es el entorno del viejo Doc. Su agitada vida social. Por si el tutti frutti de desgraciaditos sabía a poco, el escritor deja caer en medio de la comunidad a una espalda mojada llamada Graciela, cuyo pachuco chulapón ha tenido a bien de abandonarla con bombo. Doc, las venas de quien ya empiezan a parecer el metro en hora punta, practica el deseado aborto y desde allí Graciela empieza a fusionarse con el cálido microclima de la Yellow Rose Guest Home (cayéndole cada vez peor a Hank Williams, por cierto, desplazado del corazón de Doc por la recién llegada).

Pero no se me despisten, que ahora viene lo mejor: resulta, por añadidura, que Graciela tiene una herida en la muñeca que no se cierra jamás. Porque no es una herida. Es un estigma, de los de toda la vida y de los de toda la Biblia, de modo que Graciela desarrolla poderes curativos y todos los pacientes de Doc empiezan a curarse a una velocidad de espanto. Incluso Doc, el viejo Doc-dame-veneno-que-quiero-morir, gradualmente siente cómo va disminuyendo su tremebunda adicción (para nuevo desespero de Hank Williams, que ve cómo su poder sobre el matasanos disminuye a parejo ritmo).

Solo nos falta la tradicional figura maligna. Siempre hay una (si no me creen, miren a sus compañeros de oficina o, más cerquita, a los nombres de su árbol genealógico), y No saldré vivo de este mundo no es una excepción: entra el padre Killen, párroco irlandés de la iglesia más cercana. Cuando Killen se entera de lo que está sucediendo en la pensión (¡abortos! ¡milagros!), su primera reacción es la incredulidad, que rápidamente se torna cólera torquemadil y luego fe enloquecida. Fe enloquecida + cólera justiciera, como ustedes saben, es la infalible y probada receta para casi todos los genocidios y matanzas desesperadas que ha presenciado la historia. Así que ya pueden imaginar hacia donde van a encaminarse las acciones futuras del cura maníaco. A vender boletos del Domund ya les digo que no.

Lo que sucede a partir de allí mejor dejarlo sin contar. Además, si ustedes son como yo, ya habrán dejado caer apresuradamente el inestable explosivo líquido que llevaban una hora manipulando para presentarse –tras atropellar a varios ancianos del barrio que manaban del Casal Sant Jordi- en su librería de confianza, exigiendo a berridos y manotazos en el mostrador esta primera novela de Steve Earle. No va a defraudarles. No saldré vivo de este mundo, ya lo habrán intuido, es una heredera directa de esa tradición que tanto nos gusta: las novelas de caídos buenos. Los libros sobre gente maja con mala vida y peor pasado. Las historias de tipos que están en el fondo del cubo y, pese a su precaria posición en la cadena alimenticia y el escalafón social, tratan de sacar lo mejor de sí mismos. Gente que lo hace lo mejor que puede con las herramientas que les han tocado en suerte, que diría aquel poeta.

No saldré vivo de este mundo es, así, una novela de infortunio, culpa y redención: periodismo emocional americano de la escuela que nos chifla: Nelson Algren, Harry Crews, John Fante, el primer Richard Price, Hubert Selby Jr., Donald Ray Pollock, Don Carpenter… El paisaje donde se enmarca esa emoción vivida es el andamiaje Rue del Percebe que tantos autores han usado antes, con resultados excelentes: la comunidad de vecinos de clase baja (o directamente delincuente). De Principiantes a Need (de Nik Cohn), pasando por The L-Shaped Room y El hombre del brazo de oro, muchos libros se han escrito sobre el piso de viviendas y su entramado de plantas: el infracosmos desesperado pero solidario del lumpen urbano y marginal.

Ya ven, en cualquier caso, hacia donde me encamino con pasos firmes. Esta es ficción compasiva, humanista, que pretende mostrar el lado bueno de vidas pésimas, en lugar de regodearse en su sordidez. La novela de Earle no es timorata ni anhela edulcorar la realidad, pero tampoco va por ahí recubriéndola a brochazos de melodrama barato o sentimiento falso (o peor: sangría epatadora) para lectores desalmados o para esos críticos literarios que, tal vez faltos de acción en sus vidas intramuros, necesitan que fallezca la huerfanita tísica o violen al octogenario para alcanzar la paz.

No, este es un libro lleno de bondad. Se trata, ni más de menos, de realidad sublimada con cierta épica y encerada con humanidad. Como el propio Earle afirmaba en una entrevista que le hicimos para Rockdelux, el suyo es un libro responsable. A la usanza de Nelson Algren, el escritor rebusca en el fondo del alcantarillado y encuentra allí santos, milagros y catedrales. Podría pintar a los bípedos que caminan por el mal lado de la ciudad como incurables hijos de rata, pero se niega a hacerlo. Porque Earle sabe, como usted y yo sabemos, y además por propia experiencia, que hay gente digna y benigna en todas partes, incluso en las esquinas donde no pega el sol. Earle conoce la existencia de la redención; sabe que la posibilidad de mejoría es un hecho, no una falacia de folletín. Por consiguiente, nutre a su obra de una palpable posibilidad de arrepentimiento e indulto: las cosas pueden mejorar. La mugre mancha, pero puede lavarse; puede enseñarnos. A veces hay que caer del todo para levantar cabeza; una revelación total solo se consigue en pleno descenso. A veces es bueno vivir con algo así en la conciencia, que dijo Oakley Hall. Y todas esas cosas.

No saldré vivo de este mundo, por añadidura, tiene final feliz. No es exactamente el que imaginan, pero lo tiene. Y déjenme decirles algo más: no es solo un acto de supremo valor el colocarle uno, sino una declaración de principios. Una afirmación rotunda: sé que esto existe, porque lo he visto. Si ustedes son de los que intuyen que la redención existe, por elusiva que parezca, esta novela se convertirá en un libro de cabecera. Si son de los que desconfían de esa posibilidad, bueno… Tal vez Earle sepa convencerlos. Y si no lo hace, ¿qué puedo decirles, además de que lo siento en el alma?

Kiko Amat

Libro del mes (marzo 2011): PATRICK DEWITT Abluciones

Abluciones

Patrick DeWitt

Libros del Silencio

Traducción de Javier Calvo

211 págs.

Los últimos meses han descargado encima de Bendito Atraso un diluvio de libros sobre borrachos solitarios y lamentables. Leímos Chump change de Dan Fante (nuestro artículo correspondiente aparecerá en breve en el Cultura/S de La Vanguardia), leímos este Abluciones de Patrick DeWitt, y tuvimos que releer Knockemstiff del gran Donald Ray Pollock (donde no sólo aparecen borrachos, sino muchas otras especies de desvarío lumpen, pero aún así). Oh, oh, el infortunio y la inquietud. En consecuencia, nadie podría culparnos si estamos un poco bajos de moral. Tratamos de mantenernos alejados de discos de Jimmy Webb o Sun Kil Moon, cambiamos de acera si vemos algún cartel de Pa negre, no vamos a revisionar ni en pintura documentales como Dark Days o aquella cosa terrible sobre Da Nang, y no estamos cogiéndole el teléfono a ningún amigo pesimista: no podemos permitírnoslo. Ahora solo queremos ponis de color crema y strudels de manzana crujiente, y timbres de puerta, cascabeles de trineo y filete con fideos; sólo buscamos cosas hermosas y favoritas, porque estamos hechos de cristal barato y por menos que esto vamos a irnos de cabeza por la ventana al tragaluz del supermercado.

La causa #1 de esta desazón y angustia primordial sobre la condición humana y el bienestar (o falta extrema de él) que disfrutan todos y cada uno de los habitantes del planeta nos ha llegado por vía del brutal Abluciones, de Patrick DeWitt. Ya les digo que este artefacto lleno de letras es uno de los mejores libros que leerán en el 2011, y una novela imposible de olvidar. Por mucho que verse sobre alcohólicos, sería un mal comienzo ponerlo en la órbita Bukowskiana; para empezar, porque aquí, en esta santa casa, nunca nos han deprimido los libros del viejo Chinaski. En esto coincidimos una vez más con el maestro Casavella, quien siempre dijo que la obra del borrachín angelino sólo le despertaba envidia: estamos hablando de un señor que se pasa el día folgando con muchachas de busto generoso, bebiendo tintorro, pagando alquileres ridículos y escribiendo cuentos, amigos míos. ¿Qué hay de atormentado en todo esto? En Bendito Atraso firmaríamos ahora mismo para vivir eternamente en la “perdición” del gran y admirado Bukowski, un pájaro que –en el fondo- se pegó la vida padre. Y encima en Los Ángeles (me gustaría haberle visto en el Cornellá en 1978, a ver qué opinaba).

Otro error igualmente grave sería afiliar al autor a la corriente de literatura oscura que alardea de gran yonkitud, tifus, gangrena, homelessidad y pederastía, y que encabezan Dennis Cooper (fan de DeWitt, asimismo) o Tony O’Neill (también fan de DeWitt, maldita sea). Las frases laudatorias que vertieron sobre Abluciones ambos novelistas casi nos encañonan para que le comparemos a ellos, pero permitan que nos resistamos. Sería demasiado fácil y, por añadidura, ¿Somos los únicos que nos olemos el inconfundible aroma del shock fraudulento en la literatura de dichos autores?

Coloquémosle donde merece: Abluciones es un libro estupendo, sincero y corazón-en-la-mano que sigue la estela de la literatura compasiva, dura, honesta y vivencial de algunos de nuestros ídolos. Harry Crews, Nelson Algren, Hubert Selby Jr. y John/Dan Fante, sin ir más lejos, y sin que la obra de DeWitt esté en absoluto en un nivel inferior a los nombrados. No, el autor canadiense juega en la liga principal. Ha vivido, ha andado entre hombres, ha sufrido problemas dentales y diarreas, abandonos de mujeres y le han empleado en unos cuantos lugares insalubres y deprimentes: Abluciones es el resultado de su periplo o, más concretamente, del periodo que el autor pasó ejerciendo de camarero en un bar de Hollywood. Cuenta la historia de dicho camarero anónimo en los meses que van desde que empieza su historia hasta que ser lanza a perseguir su redención. Sin aspavientos ni terribles plagas: sólo día-a-día, en toda su sedienta rutina e  inescapable pesadumbre cuando se acerca el ocaso. Esa tristeza atroz de las borracheras con angustia y extravío que tan bien conocen todos los que hayan pasado las suficientes horas muertas en un bar, en un periodo paralítico, estancado y desesperante de su existencia.

¿Qué tiene Abluciones que otros alki-losers abatidos en pleno arrebato de confesionalidad no tengan? oigo que me preguntan. Bien, para empezar, está magníficamente escrito, usando un estilo inusual pero cercano y elástico (segunda persona: la voz narrativa se dirige al protagonista cuando habla de él “Ahora tiras de la cadena y…”), y por añadidura empleando unos poderes de observación y una perspicacia a la hora de analizar humanos que son simplemente apabullantes. DeWitt puede ser divertido en un párrafo –como cuando habla del coche “mágico” con el que nunca consigue estamparse ni que le pare la policía, por muy torta que vaya (esto trae a nuestra mente definiciones de la revista Viz como “beer bus”, el autobús imaginario que te lleva a casa por arte de birlibirloque sin que a la mañana siguiente consigas recordar un sólo paso de tu borrachuzo retorno). Pero también puede ser devastador en el siguiente –“te dedicas a escuchar tus propios gemidos y gruñidos, y se trata del ruido más triste y solitario que has oído en tu vida, y una tristeza que parece un telón lastrado con pesas de plomo desciende y te cubre y ahora, sin alcohol ni narcóticos que camuflen la emoción largo tiempo escondida, se adueña de tu cuerpo”. Y asimismo, DeWitt no necesita ser tan extremo para estropearnos el día; son, de hecho, sus apuntes casuales, en apariencia despreocupados, de pequeños detalles de la vida del bebedor-sin-gozo los que se hincan de forma más ardiente en nuestro tejido muscular. Post-its poco aparatosos que el autor incrusta aquí y allá, y que sin embargo acarrean el peso terrible de la verdad más conmovedora: “ahora sabe a ciencia cierta algo que lleva años sospechando, que es que tienes una veta de odio en el corazón y que es una veta profunda y ancha” o “los clientes habituales se tratan con calidez, pero por lo general van y vienen solos, y que tú sepas nunca se visitan en sus casas. Esto hace que te sientas solo y te da la impresión que el mundo en el fondo está lleno de frialdad y de mezquindad”. O qué me dicen del espantoso: “la idea de que seas una inspiración en la existencia de esa chica es una tragedia con todas las de la ley”.

La razón final por la que Abluciones se ha hecho con una plaza de párking de por vida en nuestro corazón es por su intención redentora, que tan pocos novelistas parecen considerar importante. En Abluciones, según va avanzando la trama, crece en el protagonista un deseo imparable de ser feliz, de estar mejor, que se convierte en el motor de su vida: “sientes asco de ti mismo por permitir que tu infelicidad se haya prolongado tanto tiempo y te prometes (…) que vas a intentar ser feliz (…) por muy tonto o infantil que haya sonado”. Y es ese anhelo de escapar de la desdicha y la culpa por haberlo hecho todo al revés, es esa cruzada Plan B que busca brincar del pozo de tormento en que te habías autosepultado, lo que eleva a Abluciones a un nuevo plano de magnificencia. Su inmensa belleza poética, su terrorífica aflicción, su desarmante honestidad, su humor ennegrecido por el sarcasmo, su lenguaje de escalpelo, certero y minucioso, su cándida voluntad de mejorar (mediante la narrativa) la suerte que a algunos les ha tocado, son todo factores que confirman a Patrick DeWitt como uno de los descubrimientos literarios más importantes –en cuanto a literatura vivida y palpitante- de los últimos dos años. Desde El hombre del brazo de oro no leíamos algo tan bello, terrible, trágico, verdadero e importante. Un auténtico triunfo de la honestidad y la pureza en el lenguaje narrativo. Inolvidable, de veras.

Kiko Amat

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