Entradas con la etiqueta ‘Jim Dodge’
Sé nuestro gurú, Jim
Cuatro caóticos documentos de word (uno de ellos… ¿vacío?) adjuntos a su correo confirman que Jim Dodge continúa impermeable a la tecnología. El escritor más ludita, inspirador y fascinante del mundo vuelve a estar de actualidad gracias a la reedición mejorada de Stone Junction, su celebrada saga anarco-alquímica. Hombres vs. plutocracia, bien contra mal, compasión contra crueldad, y encima explosiones, alucinógenos, póker y pócimas: un libro de fiesta mayor.
Nunca he seguido a santones o hechiceros, pero si tuviese que adoptar a mi Meher Baba, mi maestro yogi, escogería a Jim Dodge. He aquí el artista como hombre bueno, el autor de novelas como sabio humanista, como inacabable fuente de inspiración y dirección: figura paterna, camarada y consejero, corazón de león y alma en las pupilas, Dodge desafía la frase “Nunca conozcas a tu ídolo” (en realidad, la máxima debería continuar: “…si es Pete Doherty”). Pues si tu ídolo es un ex-poeta beat lleno de pasión, amor y humanidad (y también furia; que no somos hippies), una especie de Merlín rocanrolero con recursos inagotables de empatía, dulzura, astucia e imaginación; y encima ludita; y bioregionalista; y novelista insuperable; y encima fan del Big Bopper y Little Richard; y para colmo Hombre Erguido que tala árboles y vive sin conexión (no sabe ni que es “conexión”) y fríe animales cazados y considera la amistad como uno de los más sagrados bienes de un hombre… ¿Quién no querría adoptar a un maestro así? Este optimizado Stone Junction es, ya imaginan, una ocasión inmejorable para dialogar de nuevo con nuestro gurú.
Stone Junction exhibe una cantidad titánica de documentación sobre trucos de póker, historia de la alquimia, fusión nuclear, jerga de radio DJ’s, química, filosofía, plantas alucinógenas… Es inevitable preguntarse si todo este manantial de saber ya residía en tu cabeza o estudiaste trabajos especializados.
Por un lado, el arte de narrar consiste en crear ilusiones que revelen las ilusiones acorde a las que vivimos, y esa creación requiere una selección de detalles que convenzan al oyente de que sabes de lo que hablas. En otras palabras: la autoridad narrativa es esencial para el hechizo, tanto para lanzarlo como para mantener ese espacio mágico al que invitas al lector y donde participará en un acto colaborativo de imaginación. En Stone Junction algunas cosas ya las conocía por pura pasión, como el póker, la historia de la alquimia, el lingo de los DJ’s de la AM, la magia y (en menor medida) la física nuclear. Otras me llegaron por vía de familiares, amigos y amantes, gente que considero “informadores fiables” y me iluminó con su conocimiento sobre cultura de las drogas, tradiciones nativoamericanas, medicina y armas. Y lo que nadie sabía –venenos, reparación de embarcaciones fluviales y robo de cajas fuertes, entre otras cosas- lo investigué. Básicamente, seguí el consejo que siempre se da a los jóvenes escritores: escribe sobre lo que conoces.
Uno de los preceptos que expone Stone Junction es que es perfectamente lícito alzarse violentamente contra la injusticia. Y “existe una maldad en el mundo de la que hay que ocuparse”.
En SJ, si recuerdas, está prohibido cargarse a un enemigo a no ser que sea en defensa propia. Sí puedes usar tu imaginación para hacerle sentir culpable, o llevarle a la locura o al remordimiento de tal forma que termine suicidándose. Pero no puedes usar las mismas armas que la plutocracia, especialmente porque una de esas armas se llama “misil”, y hoy sabemos que las armas nucleares son biocidas: no sólo matan humanos, destruyen todo tipo de vida. Y encima, mediante la mutación genética, ponen en peligro la evolución futura. Aunque existe la mezquindad en el mundo, y residen en él poderosas fuerzas destructivas, creo que el término “maldad” parte de una construcción binaria algo simplista. De acuerdo que estas exquisitas distinciones morales no entran en juego si alguien te ha puesto el pie en el cuello (o un puñal en el de tu hijo) pero ciertamente un uso responsable de la inteligencia o la imaginación pueden prevenir decisiones de vida o muerte. La defensa propia es más un reflejo, una expresión instintiva de la fuerza de la vida, que un derecho; y cuando llegas a ese estadio ya puedes despedirte de la razón, la comprensión y la sabiduría.
Stone Junction tampoco deja lugar a dudas sobre tu opinión sobre el progreso tecnológico: “El conocimiento y las tecnologías siempre se anticipan a nuestra capacidad de comprender las consecuencias”. ¿Es el ludismo el camino, antes de que lo “entendamos todo demasiado tarde”?
Esa cita es del ciclo de Edipo, de Sófocles, y continua siendo mi definición operativa de tragedia. Empujadas por la innovación tecnológica, las cosas cambian tan rápido que las industrias dedican todos sus recursos a anticipar cambios venideros y direcciones de desarrollo. Eso ha provocado que la gente sienta que ha perdido todo control sobre su propia vida. Siempre he creído que la libertad reside en igualar tus necesidades, pero si realmente necesitamos todas estas máquinas sorprendentes, entonces ya podemos despedirnos de la libertad: no vamos a tener tiempo suficiente para dominar el uso y la reparación de esas herramientas, y además la mayoría de ellas requieren combustibles fósiles en lugar de energía metabólica. Quizás el ludismo sea la respuesta. Puedo decirte que yo mismo viví sin electricidad de 1979 a 1990, cultivando mi huerto, cazando, pescando y recolectando la mayoría de mi comida, y la vida era dulce y fácil, si bien en ocasiones agotadora.
Podrías aplicar lo dicho al uso de internet. Vonnegut dijo que “las comunidades electrónicas no construyen nada, siempre terminas con nada. Somos animales bailadores”. Creo que tal vez hayamos ganado en cierto tipo de “democratización” del conocimiento, pero a un precio muy alto: información fragmentada, debilitación de lazos comunitarios físicos, polución, aislamiento… Cómo te posicionas tú en el debate “¿Google nos está volviendo estúpidos?”
Básicamente, estoy con Vonnegut y otros cascarrabias como él. Siempre me ha gustado la homilía celta “Antes de darle un arma a un hombre, enséñale a bailar”. Por añadidura, la información no es conocimiento: el conocimiento requiere la síntesis de todos esos factoides fragmentados, y también el corazón necesario para llevar esa síntesis al reino de la comprensión, y la comprensión reclama alma, o espíritu, para acceder a la sabiduría. Ya veremos, pero hasta entonces todo lo que puedo decir es “quizás”.
Stone Junction comienza con una joven partiéndole la mandíbula a una monja, lo cual siempre es celebrable. Últimamente he vuelto a pensar (leyendo a Robin Lane Fox y a A.N. Wilson) que el cristianismo (o cuanto menos las tres religiones abrahamitas) sea posiblemente la causa de todos nuestros problemas. Junto a la codicia.
Yo iría aún más allá, y diría que la culpa es del monoteísmo y de cualquier poder centralizado. Especialmente cuando la historia nos enseña que la práctica prioritaria del poder humano es la imposición de control, sea ejercido a base de violencia física o la biopatología de mentirles a los niños sobre la naturaleza de la existencia. Desde Sófocles hasta el libro de Job, sean muchos dioses o Uno sólo, el mensaje es consistente: la divinidad se encuentra más allá de la comprensión humana, y la respuesta inteligente a la percepción que uno tiene de los Grandes Poderes es la sumisión. Creer, por definición, es fe sin pruebas, lo que es lo mismo que decir que es una decisión basada en la admisión de completa ignorancia. Así pues, ¿Por qué no reconocer que nadie tiene ni idea, abrazarlo como Misterio Profundo y dejarlo hasta el día en que nuestra dulce carne humana vuelva a las cenizas y el polvo?
Recientemente he vuelto a cavilar sobre el tema de los artistas que abandonan la disciplina a la que dedicaban su talento para dedicarse a sólo vivir, ignorando la demanda a “producir”. ¿De veras no va a volver a haber otra novela de Jim Dodge?
Bueno, mi decisión era mucho más compleja que esa. Mi pasión principal es la poesía, y si ese no es el ARTE en su manifestación más alta y más exigente que existe, no hay vida en la tierra. Una confluencia de sucesos acabaron de determinar mi decisión: adoptamos al hijo de mi cuñada, lo que exigió mi completa atención (él tenía dos años, por aquel entonces). Por mucho que hayas vivido de tu ingenio durante años, no puedes exigirle a un niño que lo haga también, así que me vi obligado a aceptar un puesto de profesor. Y, puesto que la enseñanza también ofrece numerosos desafíos y masajes de ego, vi que podía sentirme bien sin tener que pasar seis horas al día encerrado en una habitación. Además, descubrí que tener a un pequeño humano botando en mi vida había abierto un tremendo boquete en mi ambición. Dicho esto, ahora que ese pequeño humano tiene 20 años y estoy semi-retirado, estoy pensando en revisitar aquella novela de detectives que abandoné. Y también pienso en cómo siempre he deseado escribir una novela sobre béisbol, y otro libro sobre perros y montañeros, así que quién sabe.
Cuando te entrevisté en el año 2007 hablamos de tristeza, miedo, culpa y paternidad. Tus palabras fueron reconfortantes, humanas y curativas, los consejos de un hombre sabio. Yo nunca he sido de gurús, pero si tuviera de escoger uno, serías tu. ¿Quieres ser mi gurú, Jim?
¿Quién podría desear a Polonio como gurú? (aunque, de hecho, su “Pero, sobre todo, sé fiel a ti mismo…” no está mal, asumiendo que uno tenga una personalidad y la capacidad de conocerla). Pero de veras, Kiko, lo que describes –consejos honestos ofrecidos desde simple consideración por nuestros comunes aprietos humanos- suena sólo como un acto de verdadera amistad. Así que no me queda más remedio que rechazarte como estudiante o discípulo, aunque será un honor ser amigo tuyo.
Stone Junction (Alpha Decay, 2009)
Empieza con el puñetazo a la quijada de una monja, y progresa en propulsión alquímica en pos de la piedra filosofal. Daniel Pearse, el protagonista, es una suerte de Harry Potter anarquista en la AMO (Asociación de Magos y Forajidos) pero antes necesita enseñanzas detalladas –sobre drogas, invisibilidad, magia, póker y explosivos- que le impartirán una serie de maestros inolvidables. En el camino hacia el diamante filosofal (aún en poder del gobierno) Daniel tratará también de descubrir al asesino de su madre. Adictiva, desquiciada, proto-ludita, llena de conocimiento arcano, divertida e impactante, Stone Junction es como un Gravity Rainbow que no ocasionara cefalea. Una novela inolvidable que además otorga un aprendizaje crucial sobre (como dijo Pynchon) “todas las cosas que importan”.
Kiko Amat
(Entrevista publicada originalmente por la revista Rockdelux #298, septiembre del 2011)
Libro del mes (julio-agosto 2011): SANTIAGO LORENZO Los millones
Santiago Lorenzo
Libros Mondo Brutto
205 págs.
¿Los millones? Su reino no es de este mundo. ¿De qué reino hablamos? De uno que sobrevive perdido, aislado, olvidado, una meseta 80’s que –contra todo pronóstico- vuelve a nosotros en pleno 2011, acarreando algo de paz para combatir el desasosiego y la presente banalidad de base. Pero no me entiendan mal: Los millones no es un libro ochentas; simplemente está ambientado allí. En 1986, para ser exactos. Esta sensacional novela, por añadidura, ostenta la más escueta y a la vez descriptiva nota de contraportada que hemos visto jamás: “Marzo de 1986. A uno del GRAPO le tocan doscientos millones de pesetas en la Lotería Primitiva. No puede cobrar el premio porque no tiene DNI”. Pero esta (por otra parte) fabulosa reducción de trama podría llevarles a engaño, porque Los millones dista mucho de ser una noveleta-con-guiño, una broma pulp con aroma cañí, por mucho que transcurra en el Madrid de mediados de los ochenta y por mucho que su protagonista sea “terrorista”. He aquí una novela que podría ser descrita como “analógica”, de la forma en que Thomas Pynchon se refirió al Stone Junction de Jim Dodge. Un libro que, tanto por su celebración de las cosas que ya no existen, por su inherente panegírico a ese mundo (a ese Madrid) en vías de desaparecer, como por su lenguaje deliberadamente anacrónico, como por su rechazo a truquitos metaliterarios o fragmentación posmo, podría ser de cualquier época, perenne, inmutable. Noventayochista, si me permiten exagerar. Esta es, entonces, una novela pre-tecnológica, pre-globalización, escrita por alguien que aún está enamorado de Salgari, Verne, Chesterton, el Valle-Inclán de Luces de bohemia y Conan Doyle, ajeno a los dimes y diretes del mundo editorial, sus modas y bagatelas, sus pisaverdes y sus pelmazos. Una novela casi de aventuras, solo que en lugar de suceder la acción en un altiplano perdido de la Amazonia o en un bajel pirata que sortea el Cabo de Hornos (o en un café de 1924), su adictiva trama se nos presenta en un maravilloso Madrid 1986 preservado para nosotros con el amor y el cuidado de un veterano entomólogo.
La trama detectivesco-conspirativa de Los millones, como habrán imaginado, es solo un pequeño encanto de los muchos que pasea por ahí esta remarcable obra. Uno pasa las páginas con furia, enfrentado a un misteriete que tiene tanto de El hombre que fue jueves como de The Ipcress file. Pero lo que deja más poso, lo que le rompe a uno el corazón, es su maravillosa oda a un mundo que parecía eterno, y resultó no serlo. En ese sentido, Los millones es una obra nostálgica, de la forma menos imbécil, menos barata y menos estéril posible: una novela que celebra la sociedad, comunidad y forma de vida de 1986, un universo que aún era remarcablemente parecido al de 1886, un medio ambiente que creíamos destinado a la eternidad, y que hacia mitades de los 90 nos arrancaron de debajo de los pies sin avisar ni pedir permiso. Piensen en el reciente “My town” de The Wild Swans, o el “Losing Haringay” de The Clientele, o la penúltima novela de Jonathan Coe, y entenderán el sentimiento subyacente aquí; incurable pesadumbre por lo que ya no existe.
Los millones, por tanto (sin caer jamás en la sensiblería Reader’s Digest, o el afectado kitsch gilipollas del que luce una camiseta de Naranjito), le canta a Radio Ochenta Serie Oro, a la cazalla y los botellines, a las chupas de “termoforro”, a la prensa deportiva, los Bonys y el mundo social pre-Facebook, pre-móviles, pre-subnormalidad. En ese sentido, como obra que aplaude a un planeta 80’s tan seguro de su permanencia como inquieto por el futuro, la novela es insuperable. Es irónico, asimismo, que el responsable de describir esa sociedad sea, precisamente, un protagonista forzado a la marginación y a la asocialidad, pero tal vez sea su estática soledad la que realza la vida de una ciudad que vivía en la calle; o, más concretamente, en los bares de ésta. Y es que Los millones es también un canto al bar, a sus costumbres, hábitos, clichés y particularidades, a sus leyes y su aspecto, tanto interior como exterior. Desde luego, solo alguien que haya pasado media vida en bares y bodegas (ver lista de julio-agosto) puede ser capaz de plasmar con semejante meticulosidad molecular el maremoto de detalles y referencias que pueblan la prosa del libro. Como el propio autor reconoce al final, “todas las localizaciones de la novela son reales, y funcionaban como tales en 1986”. Ni que lo jures, Lorenzo.
No obstante, debemos insistir, esta no es una novela vivencial. Su propósito final es ese entretenimiento de vieja escuela, Jardielesco y Mihurista, que los cráneos previlegiados de la literatura actual rehúsan tocar, y que tan en falta se echa en las librerías de hoy. Y a la vez, esas aventuras son la excusa para hablar con grandioso pathos de la soledad y la supervivencia, de lo dañina que es la carestía amical, del hueco en el alma que horada la falta de seres a quien amar, y a la vez a las posibilidades redentoras del amor romántico, del compadreo eterno, del encuentro de la media naranja. Por si esto fuese poco, casi inadvertidamente, Santiago Lorenzo erige simultáneamente un manual para el ahorro, un decálogo para arreglárselas con pocas perras, que apreciaran todos los manirrotos patológicos y dados al dislate pecuniario.
Como todo debe encajar, quizás sepan ya que Santiago Lorenzo es además artista pre-tecnológico (no se pierdan sus esculturas-híbrido de modelismo amueblante), cineasta (suyas son Mamá es boba y Un buen día lo tiene cualquiera, además de varios cortometrajes premiados aquí y allá), señor con cola de caballo y amante fatal de una buena barra de bar. Es decir: un humano al que desearíamos conocer, abrazar, sepultar en lisonjas, abrumar mediante brindis de repetición y, ya juntos y ebrios, maldecir la dictatorial intangibilidad y estulticia de estos tiempos nuevos, nada salvajes. Compren su libro, por favor.
Kiko Amat
Libro del mes (junio 2011): RON CURRIE Jr. ¡Todo importa!
Ron Currie, Jr.!
Seix Barral
Traducción de Pedro Donoso
485 págs.
Si yo les dijera aquí y ahora que existe un libro que combina la Gran Historia Familiar Americana de John Irving con la epopeya alquímico-redentiva de Jim Dodge, la fábula sci-fi/biológica fatalista –pero esperanzada- de Kurt Vonnegut y el encuentro-con-uno-mismo y la pena interfamiliar de Tom Spanbauer o el Ron McLarty de The Memory of running, ¿Me creerían? Porque ese libro existe, y se llama ¡Todo importa! -con signos de admiración, como Hurrah!- y su autor es el americano Ron Currie, Jr. Este es su segundo libro. ¿Me creerían, entonces, verificada su existencia, si les dijese que este es uno de los más grandes libros que van a leer jamás y, a la vez (si son ustedes autores) el libro que jamás podrán escribir? (eso sí me apena pensarlo; pero, qué caramba, al menos lo ha escrito alguien).
¡Todo importa!, asimismo, le plantea a uno una disyuntiva terrible a la hora de escribir uns sinopsis. Porque en ¡Todo importa! todo sorprende, y la excitación más sublime brota de lo inesperado de todo ello, del impacto emocional que yace en cada nuevo giro de la trama. ¿Cómo hablar de él, entonces, sin chafar violentamente la metafórica guitarra de los posibles futuros lectores?
Esto es delicado, lo veo; una esplanada minada de spoilers. Pero síganme, tomen mi mano, y les aseguro nadie resultará dañado.
¡Todo importa! narra la historia de Junior Thibodeaux desde el primer instante en que nos topamos con él, aún buceando plácido en el bajovientre de su madre. Hasta ahí, un comienzo decimonónico como cualquier otro. La primera sorpresa es que una voz (¿El Destino?) le sopla al nonato Junior una profecía espeluznante: en 36 años, 168 días, 14 horas y 23 segundos un meteorito colosal (el Destructor de Mundos) impactará contra el planeta Tierra, desmenuzándolo y acabando con cualquier tipo de vida. La misma voz sobrenatural nos irá conduciendo, en forma de cuenta atrás numérica (100, 99, 98…) por las primeras presentaciones del entorno con el que va a convivir Junior durante sus primeros años sobre la tierra. Según vamos avanzando por esa primera trama de la novela –puedo seguir leyendo, no teman; aún no hemos aguado fiesta alguna- la cuenta atrás se va interrumpiendo para dejar hablar en primera persona a los miembros de la familia Thibodeaux: Debbie, la mamá alcohólica y dañada; John Sr., el firme, ecuánimo, fuerza-de-la-naturaleza y no-nonsense padre; Rodney, el hermano mayor, fan de Iron Maiden, slacker y simplón, que tiene todos los papeles para terminar mal; Uncle Rodney, el tío de Junior, camello de cocaína; y finalmente Amy, primera amiga (y futura novia) de Junior.
Y nos acercamos al punto en que, en breve, se impondrá dejar de hablar. Chocante situación, considerando que estamos aún en la página 61. Un día, Junior (aún tiene 18 meses) está viendo la televisión y de repente unas imágenes de pruebas nucleares le provocan un ataque similar a la epilepsia. De aquel suceso, Junior emergerá cambiado: serio de repente, huraño, y con un coeficiente intelectual que desafía toda comprensión. Y la conciencia plena de cada minuto de vida que le queda al planeta (además de muchas otras conciencias, entre ellas la de conocer el pasado y los secretos de quienes le rodean).
Y aquí les diría que pueden imaginar lo que sigue, si no fuese porque sería falso. No pueden. Nadie podría. Desde ese punto, ¡Todo importa! se torna algo que es mayor que una novela, y que reúne lo mejor de innumerables géneros, uniendo maravillosas viñetas de dolor, pérdida, confusión, compasión, lazos de sangre y descalabro espiritual humano con ciencia ficción, teorías conspiratorias, aventuras apocalípticas, acción aeroespacial, béisbol y biología. Es una novela de “tenemos 24 horas para salvar el mundo” mezclada con un perceptivo exámen de los errores de una vida, de las vidas arruinadas y la gran broma que es la condición humana. Es un libro que recién termina de hacerte sollozar hablando de amor paterno-filial, de redención, de cobardía y cómo aplastarla, de aguantar las cornás de la vida por encima de todo y proteger a los tuyos pase lo que pase, y de golpe te lanza de un empellón a un escenario digno de El ultimátum de Bourne. Es una obra que no teme preguntarse sobre la razón de las cosas, sobre qué es crucial en nuestro paso por el mundo, sobre la importancia del amor, la salvación implícita en la amistad, la catástrofe del amor perdido e irrecuperable, la inquebrantabilidad e incondicionalidad del amor filial, y a la vez relatar sin aliento un intento enloquecido de encontrar una cura contra el cáncer, pasando una semana sin dormir a base de un poderoso derivado secreto de la metanfetamina (en un fragmento que es puro Jim Dodge del Not fade away).
Mezclemos, mezclemos, pues, sin miedo: una narrativa de armaggedon digna del John Wyndham de El día dels trífids, un escenario de departamento secreto aeroespacial y black-ops (con un personaje genial, Sawyer: el típico “conseguidor”, medio El Lobo, medio G-Men, medio Men In Black), una historia de amor en sentido inverso y de cronología cambiante que recuerda al Olvídate de mí de Charlie Kaufman (o incluso a A matter of life and death, de Powell & Pressburger) y otra historia paralela de salvación Frank-Capriana con espíritu ¡Qué bello es vivir!. Y de columna vertebral, tanto el humor negro humanista de Vonnegut como la inmensa empatía y dulzura de Spanbauer. Sonrisas y lágrimas, amor y muerte, y un pedazo de meteoroide flamígero que va a reducirlo todo a cenizas como alguien no se dé prisa.
¿No les recuerda esto en cierto modo a un fragmento de la serie inglesa Black Books, en que una pareja de novios busca un libro ideal para sus vacaciones, y Bernard Black insiste en recomendarles a ambos el mismo best-seller?
Sí, hombre, éste:
Female customer: How do you know what we want?
Male customer: We don’t like the same sort of stuff anyway.
Bernard: You’re going on holiday. You want trash. But you want different kinds of trash. (To female customer) You’re a woman, you want social themes, believable characters. (To male customer) You, you want plots, suspense. This’ll do you both.
Female customer (not sure yet): Hmm…
Bernard: (holds up another copy of the book) There’s this temp, right? She’s 29, she can’t get a boyfriend, oh my god.
Female customer: Sounds great!
Male customer: No, no way.
Bernard: And she’s got 12 hours to stop nuclear war with China.
Male customer: Great.
Bien, pues ¡Todo importa! es algo así, sin deje trash de pulpa best-seller. Una novela elevada sobre la vida, el amor, la familia y la condición humana que utiliza para exponer sus tesis el lenguaje de la ciencia ficción y el ritmo frenético del más llameante apocalipsis venidero. Parece increíble, pero es cierto. Y si ¡Todo importa! no se convierte para todos ustedes en el mejor libro del 2011, me como el sombrero.
Kiko Amat




