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Kiko Amat: hablando de Fante (jueves 28)

Como ya anunciamos en un pasado pegote de Bendito Atraso, este vespre a las 19:30h del día 28 de febrero el autor Kiko Amat estará en la librería Taifa (Verdi, 12) hablando de uno de los máximos héroes del panteón familiar: John Fante. ¿La ocasión? La editorial 1984 presenta su traducción al catalán del Full of Life (Plens de vida). El traductor es Martí Sales, de Els Surfing Sirles, que también nos acompañará en la tarima para leer unos fragmentos.

Se han  prometido cervezas antes, durante y después del acto.

La soledad del escritor en pijama: cuatro noticias

Cuatro noticias de Kiko Amat, novelista en pijama desde el año 2003.

En primer lugar, se ha publicado La soledad del corredor de fondo de Alan Sillitoe en la editorial Impedimenta. La obra en cuestión lleva prólogo nuestro, y procede decir que es de los mejores que hemos escrito. Así, juzgándolo con imparcialidad.

También hemos sido entrevistados en el Núvol (no se pierdan las cienfueguescas imágenes de “viejo huraño en columpio”) y hemos colaborado en esta pieza sobre la Crisis de los 40, escrita por Miqui Otero.

Fuimos a Madrid este pasado domingo 17 y estuvimos una hora hablando de fenómenos que amamos y fenómenos que nos repugnan cosa mala (pero conocemos al dedillo): Joe “Brigade Rosse” Strummer, neofolk nazi, RAR y RAC, Tony Wakefield y Sol Invictus y Above The Ruins, DiJ, la hilarante Tercera Posición del NF de los 80′s, Nicky Crane y los skins gays de Blood & Honour, Red Wedge, 2-Tone, la influencia de Julius Evola en el movimiento post-industrial, Boyd Rice y el American Front, CRASS y Crisis y nuestros queridos Redskins, auge y caida de Skrewdriver, Doug Pearce y strasserismo, Cockney Rejects zurrando la badana a 150 boneheads, The Style Council y Soul Deep y muchas otras historias de política y pop.

Y, por último, el jueves 28 de febrero a las 19:30h, estaremos en la librería Taifa de Gràcia hablando de John Fante, uno de nuestros héroes literarios. La editorial 1984 ha traducido Full of life al catalán (Plens de vida). El autor de la traducción es Martí Sales, que también estará allí pegando la hebra sobre Fante.

Fante e Hijo, S.A.

Novela Se publica en España por vez primera Chump change, el debut del hijo de John Fante, Dan Fante. Aprovechamos para buscarle al escritor maldito de Los Ángeles unos cuantos hijos literarios más.

La primera norma del club de la lucha (literaria): Si tu padre es escritor, no le imites. Hacerlo sería una decisión profesional asaz desaconsejable que sólo puede terminar en lágrimas, decepción, críticas-con-motosierra y una magnífica cirrosis. En este sentido es lícito preguntarse si tras la voluntad de rellenar las profundas huellas literarias del progenitor no se ocultará un masoquismo incurable. Pues, históricamente, el porcentaje de hijos que alcanzaron el nivel narrativo de sus padres es ínfima: están los Waugh, los Amis y los Dumas; y pocos más. Por ello, el consejo que uno le daría a cualquier Hijo De Novelista es: haz lo que se te antoje, majo; pero, por lo que más quieras, no escribas. Las carcajadas van a escucharse desde Djabouti, y tu única recompensa va a ser una habitación acolchada en la clínica Betty Ford.

Por todo lo descrito nos sorprendimos agarrando el debut literario de Dan Fante con dos dedos, como si fuera un topo semiputrefacto incrustado en nuestro guardabarros. Y tamaña desconfianza no hizo más que subrayar la fiera belleza que resultó encerrar Chump change, y su facultad de convencer por sí misma, sin comparaciones con su padre, el novelista John Fante. Pero, ¿Cómo ha logrado Dan Fante salirse con la suya cuando tantos otros se dieron el costalazo? (oigo que me preguntan en timorato coro los fallidos aspirantes). Bien, la primera respuesta es: viviendo. Capeando una existencia trágica, terrible, itinerante, autodestructiva en grado sumo e infinitamente raconteurizable. Y luego transformando esa existencia en una literatura elástica y honesta, llena de vida y verdad, arrancada con violencia de la realidad más próxima.

Así, en lugar de quedarse en Los Ángeles y anclarse a la estela de su padre, Fante Jr. se declaró “poeta fallido” y encaminó sus pasos hacia un futuro repletito de castrante vergüenza y fracaso existencial. Fue taxista, limpiador de ventanas, vendedor puerta a puerta y telefónico, amargo adicto a la cocaína y el mam. A los 46 le llevaron maniatado a una reunión de Alcohólicos Anónimos, y su posterior sobriedad le permitió escribir este crudo debut. Una primera novela que originalmente rechazaron cuarenta editores norteamericanos y sólo se salvó de la ignominia gracias a su rápida publicación en Francia.

Chump change es el primer intento de confesión de Dan Fante, y la primera entrega de una trilogía que protagoniza su alter ego, Bruno Dante (el de John Fante era Arturo Bandini). Aquí, Dan relata su regreso a L.A. con ocasión del fallecimiento de su padre, y la espiral de degradación, pésimos empleos, prostitutas tartamudas, perros enfermos y vino dulce en la que se verá atrapado. John Fante, por cierto, emerge de la novela retratado como un egoísta, un borde inveterado y un padre espantoso; la novela, si así lo desean, puede leerse con la óptica morbosa que uno aplicó al Dream Catcher (de la hija de J.D. Salinger) o el You can’t catch death (de la hija de Richard Brautigan).

Pero esa mirada es, en realidad, periférica. Chump change exuda una salvaje sinceridad, un chocante esto-que-veis-aquí-es-lo-que-soy que sólo puede llegar a buen puerto haciendo uso de un talento sólido. En este sentido, Dan Fante se asemeja a Harry Crews o Hubert Selby Jr. (o a su propio progenitor) en cuanto a carecer por completo de miedo narrativo. El Bruno Dante que vamos a conocer es un tipo patético, egoísta, algo repulsivo e incapaz, pero al menos no es un pusilánime, un fariseo o un lameculos. Es un hombre relatando sus onerosas andanzas con las manos desnudas y el corazón sobre ellas. No hay triquiñuelas de prestidigitador en Chump change: Bruno Dante es lo que es, y muy poca gente se atreve a mirarse así a los ojos. Como cuando relata un arrebato de escritura que le sobreviene en plena curda: “El resultado fue un palabrerío lleno de pretensión y egolatría. Tenía poco de poesía, era peor que la peor bazofia de Ferlinghetti: afectada, pomposa, delirante… las bobadas y necedades de un colgado. Aquello me confirmó que yo era un farsante, un patético impostor, y desde luego no un poeta”.

La ironía de todo esto es que, por muy gusano que fuera Dan en alguna de sus previas encarnaciones, la vida le otorgó suficiente genio como para dejar de serlo. Y por ello sus palabras bravas, limpias, honestas y terribles saltan del texto a pecho descubierto, llenas de pasión y lástima y gozo por estar vivo (a pesar de las perrerías del destino). Y se tornan, en su desnudez, conmovedoras e inolvidables. Chump change es un auténtico triunfo de la verdad, la valentía, la emoción y la pureza de intención sobre la afectación y la pomposidad; y por todo ello merece que la lean.

Chump change

Dan Fante

Sajalín editores

231 págs.

Fante Nuestro: 4 hijos de Bandini

Charles Bukowski: El Heredero. Para él, “Fante era Dios”. Le añadió mucho más morapio a la ecuación, pero en general siempre fue Fanteano. Un gran hombre, aunque también culpable (a su pesar) de mucha de la narrativa y poesía malditista sub-Bukowskiana que nos hemos tenido que tragar desde los 90’s.

Guillermo Fadanelli: El Fante mexicano. Siempre ha mentado a Fante como luz y guía, y su relación con el DF es similar a la que aquel tuvo con L.A. Todas sus novelas y relatos cortos son altamente Fanteístas, especialmente La otra cara de Rock Hudson (Anagrama, 1997). Su trabajo más reciente, Hotel DF (Random House Mondadori, 2011), trasciende en ambición las cercas de Fante, pero su lenguaje continúa siendo Bandini-esco, el personaje principal (Frank Henestrosa) es un alter ego de Fadanelli, y el DF borbotea en cada página. Todo puro Fante.

Billy Childish: El artista más honesto del mundo y faro espiritual punk-rocker es también un conocido Fante-lover. Su My fault está tan lleno de bravatas, rabia y empatía como los libros del angelino. Childish afirmó: “Leyéndole, una gran oleada de humanidad brotó de mí, llenándome el pecho (…) Creo que lo que hace grande a un escritor es su bravura y, finalmente, la falta de amargura que expresa. El poder de su amor e integridad llenan los libros de Fante y elevarán el corazón de cualquier pobre chico que deambule por el mundo creyendo que está solo”.

Patrick deWitt: Más Bukowski que Fante, pero áun así. Su genial Abluciones (Libros del Silencio, 2010) comparte con Fante la confesionalidad, la férrea candidez, la desesperación, el humor amargo y una voz transparente, dura y dulce a la vez. Muy recomendable.

Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 23 de marzo del 2011)


Miqui Otero: ardiendo en llamas de entusiasmo

Novela Con humorismo y pasión se planta Miqui Otero en medio del panorama español. Un parque temático de ahora, un músico rock’n’roll de los 60’s, batallitas, pop y Galicia: disfruten del Hilo Musical.

¿Es esto una guerra? Si es así, acaban de desembarcar los aliados. Cuando de niño jugaba al juego de mesa La IIª Guerra Mundial no me inquietaba que mi ejército (el inglés, por supuesto) fuese vapuleado por los nazis en las primeras rondas, pues en la tirada 8 entraban los yankis y entonces, juntos, le zurrábamos la lúdica badana a esa Wermacht comefrankfurts. En literatura, esta tirada 8 se ha hecho esperar lo suyo, pero al fin han hecho entrada “los nuestros”. O al menos uno de ellos.

Ese Uno viene locuaz y titularero, con ganas de empezar “grandes batallas a la luz del sol”, que cantarían Charades. Su nombre es Miqui Otero, y quizás les suene por las recientes entrevistas en las que, con ocasión del lanzamiento de su debut Hilo Musical, se ha dedicado a hablar de cosas tan inauditas como el Enfoque Cómico, Entusiasmo vs. Cinismo y la Auténtica Influencia Pop. Si en esto del escribir hay bandos, Otero está en el ejército de la literatura entusiasta, figurativa y divertida, aunque también dura cuando procede, que se nutre del universo vivencial de uno, literatura que no habla de literatura (Vonnegut diría que “no tiene la cabeza metida en su propio culo”) sino de Cosas Que Pasan y Momentos Catárticos y Amores Furiosos, literatura valiente que no busca impresionar a cuatro críticos decimonónicos, sino que tiene fans; una novela que no teme hacer reír ni tampoco ser fieramente romántica y emotiva. Y que, encima, ostenta trama.

Quizás les sorprenda que esto me sorprenda pero es que, ¿aquí?, los que buscaban realizar novelas basándose en estos parámetros eran tres y el cabo, y uno de los tres falleció. Y de golpe llega Miqui Otero, que no tiene trampa ni cartón, que no utiliza el salero de las referencias pop para darle vitamina a un peñazo de vocación erudita, sino que escribe dando mandoblazos de Autenticidad de Emoción y Vida. Sí, Hilo Musical está lleno de vida, y la cita a John Fante no es casual. Haber escrito una novela así, manufacturada con esa pasión, sin renegar del denostado pulp o el humor, yendo a la caza del enganche clásico, rehuyendo la ampulosidad y la pacata “experimentación” de las generaciones recientes… En fín, tiene su mérito.

Hilo Musical, a la sazón, habla de parques temáticos (como el Pastoralia, de George Saunders), pero también de músicos 60’s que sobrevivieron grabando para el hilo musical, y contiene sublevaciones espontáneas y un protagonista tan torpe que a su lado Holden Caulfield parece Claude Van Damme. Pero dejemos que el autor, mediante esos titulares naturales que expele al hablar, comente para Cultura/S los atributos capitales de este debut:

1) Pop: “Pop para mí es ritmo, honestidad, estribillo. Y no textos de vocación erudita salpicados con algún tag contemporáneo o una mención a Radiohead. Sé que las convenciones que exige una novela no son las de una canción de dos minutos, si no, además de imprudente, sería idiota. Las canciones de menos de tres minutos que se escriben y gritan en un garaje antes de que nadie las escuche. Esas canciones son inocentes, pero no imbéciles y mucho menos vacías de significado. El pop, como dijo alguien mejor que yo, es una cultura de objetos encontrados, de referentes compartidos a todas las clases sociales. Pero también es una gincana de códigos secretos y fascinantes”.

2) Pulp: “De esos escritores que cobraban a la línea me quedo con la obsesión por la trama, por la aventura, en tiempos en que eso parece cutre o poco sofisticado. Para mí, su papel en el Tardofranquismo fue seguramente más importante que el de la literatura de alto quilate. Por una sencilla razón: los compraba gente de la calle y prometían un horizonte de futuro en un país gris que parecía no tenerlo. Esos libros democratizaron el futuro. Ese compromiso con la fantasía y la aventura es el que quiero tomar de ellos”.

3) Enfoque Cómico:  “Creo que está en horas bajas en nuestro país, pero no ha sido así siempre. Ahí está Enrique Jardiel Poncela. Parece que la palabra “divertido” siempre se dice con una mueca condescendiente, cuando no debería ser así. Chesterton dijo “lo contrario de divertido no es serio. Lo contrario de divertido es aburrido”. El motor del mundo es la incoherencia y el absurdo, ¿cómo no usar la comedia para afrontarlo? Si lo hicieron Joseph Heller o Kurt Vonnegut con las vivencias en la IIª Guerra Mundial, por qué no hacerlo nosotros con nuestras miserias juveniles o con nuestro pasado reciente como país”.

4) Entusiasmo vs. Cinismo: “Si el malditismo fue la lacra de la anterior generación, el cinismo es el de la mía. Esa manía de estar de vuelta de todo sin haber disfrutado del viaje de ida, del universo de “las primeras veces”. El cinismo es como un sofá cómodo desde donde comentas la jugada como si lo supieras todo. Y, lo peor, cuando te das cuenta, tu espalda está fastidiada: los sofás blandos son especialmente perjudiciales para tu columna. Mi intención era ofrecer algo colorista y con brillo, que te diera más ganas de salir a la calle y no de encerrarte en tu habitación”.

Y bravo. Esta conexión con autores contemporáneos es una cosa tan rara que hay que saborearla a fondo, por si no hay otra en media década. Mis más recientes y felices apoplegias sucedieron hace ya unos años, con La balada del Pitbull de Pablo Rivero y El Secreto de las fiestas de Francisco Casavella. Cómo no graznar feliz aquel “Let’s celebrate” de las Jones Girls cuando en el mismo año aparecen Corona de Flores de Javier Calvo y este Hilo Musical. Quizás se trate de una hermosa epidemia.

Kiko Amat

Hilo musical

Miqui Otero

Alpha Decay (Col. Héroes Modernos)

298 págs.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 22 de diciembre del 2010. Este era el encabezamiento original, que luego se modificó por cuestiones de espacio -mutando en “Humor, emoción y pop”)

Libro del mes (enero 2011): BRUCE ROBINSON Las peculiares memorias de Thomas Penman

Las peculiares memorias de Thomas Penman

BRUCE ROBINSON

Cabaret Voltaire

379 págs.

Los grandes hombres también lloran, y los artistas geniales también patinan. Nadie se libra de meter la pata: es parte del proceso creativo-educativo, es parte del crecer, del andar, y desde luego del escribir y del componer. Kurt Vonnegut, sin ir más lejos, tiene en su haber varias novelas de Suficiente bajo (autopuntuadas así por él mismo, de hecho), A start in life de Sillitoe es algo mediocre (y, en cualquier caso, demasiado larga), Dog run de Arthur Nersesian completamente innnecesaria y relamida (y encima salen perros), el The wanderer de Kevin Rowland un memorable excremento, las novelas 70’s-80’s-90’s de Shena Mackay una chapa notable (y altamente girly), Head to toe de Joe Orton una lata, This is the modern world inconsistente y más bien regular en cuanto a composición (excepto “The combine”), y podría seguir y seguir citando ejemplos hasta que se helasen los infiernos. Como artista, uno acaba –ocasionalmente, sin hacer de ello una costumbre- creando material de inferior calidad; por fuerza, porque no hacerlo se antoja imposible. Nadie es perfecto, que diría Billy Wilder (su Kiss me, stupid, de hecho, es una auténtica porquería; sólo se salva por la aparición de Dean Martin haciendo de él mismo).

No, nadie es perfecto; esa es la verdad.

Excepto Mose Allison.

Y eso nos lleva a empellones al rellano mismo del buen Bruce Robinson. Dios sabe que el hombre ha realizado algunos ñordos memorables a lo largo de su carrera, queridos amigos de Bendito Atraso, y tal cosa nos duele en el alma, y aquí y allí también. Que el guionista y director de Withnail & I –una de nuestras diez películas favoritas de todos los tiempos, sin discusión, sin debate, sin turno de réplica- realizara unos años después Cómo triunfar en publicidad (1989) ya fue inquietante, de nada serviría mentirles. El filme no era absolutamente abyecto -la denuncia al mundo publicitario resultaba más que celebrable, el argumento tripioso y hunter-s-thompsoniano tenía alguna escena decente, Richard E. Grant estaba en ella magnífico (como es habitual)- pero desde luego representaba un descenso descalabrante por la escalera del genio para alguien que había firmado –insistamos- Withnail & I. No contento con eso, el GRAN Robinson –incapaz aparentemente de detener su proceso de inmersión en las simas onerosas del has-been-ismo- dirigió Jennifer 8, para la cual no tenemos palabras no-ofensivas. Y, por si lo dicho no fuese suficiente, en breve se dispondrá a poner ante nuestras fauces su adaptación de The rum diary, algo que francamente nos llena de congoja (el protagonista es Johnny Depp. Cristo, ¿Por qué nos has abandonado?).

Y justo cuando estábamos a punto de plantificarle a nuestro ídolo y guía un visible letrero luminoso de One-Hit-Wonder en la cocorota, de calificarle para siempre de galleta humedecida e incomestible y carente por completo de toda la consistencia original, leemos Las peculiares memorias de Thomas Penman, su novela de 1998. Y suspiramos con ostentoso alivio. Bienvenido a casa, Bruce.

Las peculiares memorias de Thomas Penman es una clásica novela de iniciación, de ritos de tránsito niño-a-joven, y ostenta de forma reluciente todos los factores que hacen entrañables a este tipo de libros: amoríos en ciernes (con la guapa de la clase, encima), vida en familia y familiares extravagantes, abuelo moribundo, encantador vínculo secreto abuelo-benjamín (nadie más parece comprenderles), mejor amigo taimado y traicionero, sexo y muerte, progenitores en alarmante proceso de descomposición marital (y un pater familias que es un acemila y un adúltero de tomo y lomo), pornografía antigua, ruidosos pedos, código Morse, enemas arbitrarios y la fotografía de una señora con una cabeza de pato emergiéndole del orificio rectal. Bueno, a decir verdad, estos últimos factores no son moneda común en todas las novelas de iniciación; pero forman parte de esta, qué carajo quieren que les diga. El propio Thomas Penman, poeta autodidacta de trece años y protagonista de estas memorias, lo define casualmente en un fragmento en que trata de justificar la temática macabra de sus poesías: “Si se reducía todo a las partes que lo componían, los ingredientes domésticos eran del orden de: cáncer, odio, pubertad, divorcio, mierda de perro, carne de perro y muerte”.

La acción trascurre en la monocromática, apacible y comatosa Inglaterra rural de los años 50, y no hace falta ser un lince para intuir que la fuente de la mayoría de sucesos de la trama es la vida del propio autor. Ningun problema con ello, porque si algo expone el axioma Robinsoniano con certera irrevocabilidad es que cuando Robinson agarra de su propia vida, realiza genialidades (Withnail & I) y cuando no… En fin, le sucede lo que a John Fante cuando, en un futil gesto de “modificar la temática de sus libros”, empezó a hablar de inmigrantes filipinos y su circunstancia, y soltó un par de humeantes (y fraudulentas) bostas literarias que jamás hubiese emitido de ceñirse a hablar de aquello que conocía y le era cercano. Él, vamos. Él y su padre, y los italoamericanos peludos y bigotudos con camiseta imperio que componían su círculo habitual.

A Bruce Robinson le sucede algo parecido, y por ello es de celebrar que acabara aceptando la dura realidad y se decidiera a enfrentarse a su infancia en el Kent pueblerino de los fifties. Posiblemente, uno de los lugares físicos más aburridos que han existido y existirán jamás en el universo (sin contar Catalunya, en cualquier era), y que no se redimiría de esta estulticia genética hasta que llegaron cabalgando las hordas del Medway Sound, Childish y todos los suyos, a finales de los 70’s.

En cualquier caso, aquel aburrimiento no existe en la cabeza de Thomas. Thomas tiene distracciones a mansalva: su abuelo, fan del morse y de la pornografía, así como ex-combatiente en la Gran Guerra y única persona que parece querer al joven, está muriendo de cáncer. Sus padres se encuentran en medio de una Gran Guerra privada, la beligerancia de ambos atizada por las frecuentes escapadas adúlteras de Rob, el ceporro y filo-fascista del padre. De hecho, Thomas empieza a inquietarse progresivamente por las escasas similitudes físicas y cerebrales entre aquel alcornoque y él mismo, hasta que en su mente empieza a perfilarse una duda que en realidad es un secreto. Un secreto que sólo conoce su abuelo. Desgraciadamente, éste se niega a desvelarlo (aunque se decidiese a hacerlo podría estar inventandose la respuesta, pues “ambos eran expertos mentirosos”), y para colmo parece estar un poco gagá. Por añadidura, la casa cada día huele más a mierda de perro, y su madre está tratando de asesinar a su padre a base de comida: “Ella lo castigaba con carne (…) Podía odiar la cocina, pero a él le odiaba más”.

En cuanto a Thomas Penman, ese entrañable Holden Caulfield aldeano, es “un enano asmático de trece años con grandes orejas y aspecto poco saludable” que desde su infancia tiene la sana costumbre de irse cagando por todas partes (“No era nada patológico, no le ocurría nada malo, no padecía incontinencia ni nada parecido. Simplemente cagaba donde quería”) y/o esconder sus calzas excrementicias en los más imaginativos lugares del hogar. Es su protesta, parecida a las “huelgas fecales” de Bobby Sands y los suyos en las prisiones inglesas, sólo que Thomas la proyecta mayormente hacia su padre, ese bruto pichabrava. Y entonces hace su aparición la encantadora Gwen Hackett, de la que Thomas se enamora perdidamente, y se descubre la mencionada foto de la señora con el pato vivo emergiendo de su réctum, y una adivinadora le lee la mano a Thomas y…

En fin, ahí la tienen, ante sus ojos: una magnífica novela de iniciación, llena de humor fino, de diálogos geniales y ajustados al milímetro, llenos de wit e ironía inglesa (no podía ser de otro modo, tratándose del autor de Withnail & I), de duda y pasión puberticia, de escatología, personajes inolvidables, porno pachucho, sexo furtivo y –hemos de insistir en ello- la instantánea de una mujerzuela que acarrea la cabeza de un pato vivo en su anus. Dios santo: ¿no suena esto al tipo de novela que ustedes están deseando leer en estos precisos momentos? Sin duda lo será. Emotiva y dulce, aunque no por ello menos hilarante, Las peculiares memorias de Thomas Penman es a la vez un libro memorable y un retorno espléndido. Oh, y un debut (pues es un debut, al menos en cuanto a narrativa) espectacular. Aquí se la dejamos: suya es.

Kiko Amat

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